Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

 Yemen: Autocracia tribal versus democracia tribal ( I I )

 

Los eventos en Túnez y Egipto lograron desatar la agitación política en Yemen. La noticia de la dimisión del egipcio Hosni Mubarak fue impactante para el Yemen.

 

Las manifestaciones anti-gubernamentales se dispararon y con igual intensidad la represión ejercida por los partidarios del presidente, Alí Abdulá Salé, que se personaban contra los manifestantes armados con cuchillos y bastones. El 27 de enero, la oposición salía a las calles portando pancartas que reclamaban la salida del presidente Salé, gritando consignas como: “Ben Alí se fue tras 20 años. 30 años en Yemen, ya basta”, “Tú eres el tercero, oh Alí!”; denunciando la corrupción y pidiendo cambios políticos y mejoras sociales; revueltas que no han cesado hasta el día de hoy.

 

El mandatario yemenita calificó a los manifestantes de “matones” al servicio de poderes externos que intentaban desestabilizar el país y su gobierno. El 3 de febrero, la jornada, denominada "Día de la ira", se llevó a cabo tal como estaba planeada por la oposición. Mientras el gobierno enviaba a miles de sus seguidores a la plaza Tahir (Liberación), en el centro de la capital, donde estaba estipulado el encuentro de los opositores. Los estudiantes cambiaron entonces el lugar en el que hicieron las manifestaciones. También miles de personas se pronunciaron de forma pacífica en la tercera ciudad del país, en Taíz.

 

Los jóvenes protestantes se asentaron en los predios de la Universidad de Saná y en las tres avenidas colindantes; allí se agruparon no menos de 20,000 opositores, al igual que en la ciudad de Adén, gritando a coro "No a un régimen hereditario, no a una prolongación del mandato". La oposición decidió unirse a los manifestantes, compuestos hasta ahora principalmente por estudiantes, para exigir desde la plaza Tahrir la caída del régimen. El régimen echó manos a los efectivos de seguridad, que dispararon a mansalva y gasearon a los manifestantes para desmantelar los campamentos levantados allí por los estudiantes y otros grupos de inconformes.

 

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, expresó su preocupación ante los acontecimientos y urgió al gobierno y a los grupos opositores de Yemen a entablar el diálogo para evitar un mayor deterioro de la crisis yemenita, a causa de la represión desatada por las fuerzas policiales en la plaza de la universidad, contra los que exigían reformas políticas y el fin de los 32 años de mandato de Sale. Asimismo, el titular de la ONU instó a las autoridades a respetar las normas del derecho internacional humanitario y a investigar la alegada existencia de asesinatos extra-judiciales. Hillary Clinton, secretaria de Estado de Estados Unidos, pidió al gobierno implementar reformas, y calificó de inaceptable la violencia de las fuerzas de seguridad para reprimir las protestas. 

 

Las mayores revueltas se han sucedido en la ciudad de Taíz, considerada la capital cultural de Yemen, situada al sur de la capital, Saná. Taíz fue la primera ciudad en movilizarse contra el régimen del presidente Salé siguiendo el ejemplo de Túnez y Egipto. Desde mediados de febrero, miles de jóvenes y mujeres se mantienen acampados en la plaza de la Libertad. Algo común entre los manifestantes yemenitas con los restantes del mundo islámico es el pedido de mejoras en las condiciones de vida en un país donde la mitad de sus habitantes (unos 12 millones) vive con menos de dos dólares al día y una tercera parte sufre de hambre crónica.

 

Por otro lado, la desobediencia civil tiene prácticamente paralizada la ciudad portuaria de Adén. Los grupos de oposición se han lanzado allí a una campaña de desobediencia civil, apoyando la que tiene lugar en las ciudades norteñas; y si bien logran paralizar totalmente la actividad comercial y portuaria adenita, no ha sido tan constante como en otras ciudades, sobre todo en Saná y en Taíz. En al caso de la porción sur del Yemen, con centro en las urbes de Adén y Mukalla, la queja más voceada ha sido la marginación de esa región desde la unificación del país en 1990, lo que ha hecho retornar con gran fuerza al movimiento separatista que quiere recuperar la independencia para la antigua República Democrática de Yemen.

 

Lo que ha llamado la atención es la participación de las mujeres en todas las ciudades, donde miles recorren constantemente las calles de las ciudades principales (Adén, Taíz, Hodeida, Saná, Mukalla, Lájei). De las mujeres se ha destacado la activista Busha Al-Maktari, que en pocas semanas se ha transformado en una de las líderes de la oposición. Por otro lado, el opositor Hassan Machaimaa, exiliado en Londres, anunció su retorno al país, pese a los cargos de terrorismo. La oposición ha recurrido a las “sentadas” de miles de yemenitas en lugares públicos, al bloqueo de carreteras y, en casos, a los enfrentamientos sangrientos, a los “ajusticiamientos” de connotados defensores del presidente yemenita, además del estado de rebelión en algunas unidades militares.

 

El uso de la fuerza, de los gases, de los vehículos acorazados y tanquetas, no ha sido suficiente para detener las manifestaciones. Sin embargo, al igual que en Libia, hasta ahora las manifestaciones yemenitas no han logrado el efecto que tuvieron las de Egipto, que coronó su triunfo obligando a que el presidente Hosni Mubarak renunciara a su cargo. Y, por otro lado, no han fructificado los pedidos del presidente Salé a la oposición para que cesen en sus protestas, con vistas a negociar "un traspaso pacífico del poder".

 

El presidente Salé, declaró a la prensa que no se irá más que “por medio de las urnas”, pese a la intensificación del rechazo. Asimismo advirtió a la oposición de no organizar manifestaciones, ya que causaban "el caos y la destrucción", y los instó a participar en un gobierno de unidad nacional.  A la vez, anunció un paquete de disposiciones presidenciales para calmar la situación, prometiendo que no se presentaría a los siguientes comicios presidenciales y que su hijo no aspiraría a la presidencia. También presentó un plan de reformas constitucionales. "Propongo una nueva iniciativa para evitar al país la sedición", dijo ante miles de personas congregadas en Saná, prometiendo "un referendo antes de fin de año para votar por una nueva Constitución que previese claramente la separación de poderes".

 

Sin embargo, sus palabras no han recibido el apoyo entusiasta de la oposición, todo lo contrario; sus opositores no se avinieron a la negociación y consideraron estas medidas como una maniobra del presidente Salé. "La iniciativa del presidente está superada, constituye el acta de defunción del régimen político, cuyo fin reclaman los manifestantes", declaró a la AFP Mohamad al-Sabri, portavoz de la oposición parlamentaria.

 

Hace tres semanas, luego de la matanza de 52 personas en la ciudad de Saná, pareció que el presidente Salé estaba dispuesto a irse e incluso se empezaron a negociar las condiciones. Sin embargo, desde entonces, el presidente se ha dedicado a movilizar a sus simpatizantes, dejando claro que no tiene previsto dimitir. El Yemen que se enfrenta a esta oleada de protestas, en comparación con el de décadas anteriores, padece de un Estado que ha mermado su poder y su capacidad para ejercer la autoridad en todo el territorio, lo que le impide atender las necesidades primarias de la población.

 

La creciente demanda hecha por los manifestantes, de participación política y económica, y la de una rápida reducción de los ingresos, debilitó la tradicional capacidad del presidente Salé para mantener una coalición políticamente viable. Todo parece indicar que la retirada de la escena del presidente Salé es inevitable, aunque lo incierto es el posterior desenvolvimiento en la distribución del poder entre las fuerzas que pugnan por él.

 

La gran dificultad de este movimiento popular es si puede lograr. después de la salida del presidente Salé, el desmontaje de la membresía del poderoso CGP, de sus cargos y funciones, las cuales innegablemente disponen también de un sólido apoyo tribal. Ya muchos de sus hábiles políticos se han asumido como “reformistas” y ponen distancia personal al presidente Salé, dividiéndose el Partido de gobierno en dos bloques independientes, que aspiran a ser los beneficiados de esta revuelta popular.

 

Sin dudas, el levantamiento yemenita fue iniciado por estudiantes, por activistas de la sociedad civil, por masas marginadas de desocupados y por muchos frustrados con el comportamiento y la dinámica de los partidos políticos a los que pertenecen. Esos jóvenes, de diversas procedencias tribales y territoriales, se aglutinaron a través de redes sociales, de canales de televisión y de actividades de organizaciones civiles. Esta amalgama ha simbolizado la legitimidad del cambio, constituyéndose en centro de gravedad para los desafectos del régimen. Sus decenas de mártires, sobre todo los del 18 de marzo, cuando más de 52 jóvenes perdieron la vida, han desatado una cadena de deserciones en el régimen, inclinando finalmente la balanza en contra del presidente Salé y de sus acólitos.

 

Pero, poco a poco, la voz que clama por la salida del presidente Salé se va escurriendo de la mano de los manifestantes, y está centrándose en núcleos de políticos de los partidos tradicionales, de empresarios, de tribus y grupos de interés que han saltado al carro de los eventos a última hora.

 

La crisis presidencial de Salé se profundizó cuando los poderosos jeques de la confederación tribal Bakeel, la tribu con la cual comparte ahora el poder,  al igual que los jeques de la otra confederación tribal, la Hashid, su tribu natal a la cual traicionó, lograron un acuerdo para remover al presidente Salé, dejándole sin base social. La gran sorpresa, luego de desencadenarse las manifestaciones, fue el apoyo prácticamente unánime de los tribeños Hashid y Bakeel a las protestas. Esto se debe a dos factores: por una parte, los saudíes, que apoyan económicamente a importantes jeques de ambas confederaciones, decidieron abandonar al presidente Salé, buscando que se resolviera con rapidez el movimiento, para que no tuviese impacto en Arabia Saudita. Por otra parte, en las dos confederaciones tribales impera un profundo descontento con las prácticas del presidente Salé, especialmente la de Hashid, de donde proviene, y la cual no quiere unir su suerte en el bando perdedor.

 

El estimado es que más de 120 personas han muerto y unos 5,000 heridos desde el inicio de las protestas en febrero. Esta fue la razón por la cual muchos mandos militares, entre ellos el general Alí Mohsen, un tribeño Hashid, decidieran unirse a las protestas, lo cual significó el aldabonazo final para el presidente Salé. Aunque el general Alí Mohsen ha declarado que no tiene interés en asumir el poder u ocupar puestos de Estado.

 

Mientras tanto, el Pentágono llamaba por una solución negociada para la transición yemenita, tan pronto como fuese posible. El Secretario de prensa del Pentágono, Geoff Morrell expresaría que la situación era muy difícil y que mientras más tiempo pasara más difícil se tornaría. El hecho de que Arabia Saudita ha esgrimido los mismos argumentos y casi con el mismo lenguaje, induce a pensar en un acuerdo entre los sauditas y los norteamericanos para el caso del Yemen. En Londres, el ministro del Exterior, William Hague, planteó que estaban estupefactos por los hechos de sangre y condenaban el uso indiscriminado de la violencia por las fuerzas de seguridad, sobre todo cuando el presidente Salé había prometido restringir al máximo el uso de las fuerzas de seguridad para el control pacífico de las manifestaciones.

 

Los países árabes del Golfo invitaron a representantes del gobierno y de la oposición a sostener conversaciones en Arabia Saudita. Pero Salé no ha hecho caso a los pedidos de un plan de transferencia de poder planteado por la oposición, aceptado por casi todos los países árabes, incluyendo al general disidente Alí Mohsen, y al representante de los partidos de oposición, Mohammed Al-Sabri.

 

Para descrédito del presidente Salé, las fuerzas de seguridad yemenita, de su guardia presidencial, le hicieron un atentado al general Mohsen, disparando también contra un grupo de sus fieles, muchos de los cuales perdieron la vida.

 

El tablero político yemenita actual es el siguiente:

 

a)         El Congreso General del Pueblo (CGP); partido gobernante que tiene su base de poder en las poderosas y belicosas tribus Bakeel, que colindan con Arabia Saudita.

 

b)        El Comité Conjunto de Partidos (CCP), fundado en 2002, que es una coalición relativamente cohesionada de por lo menos seis formaciones de oposición.

 

c)         La Congregación Islámica para la Reforma; el Islah, partido que agrupa a islámicos moderados y también a fundamentalistas.

 

d)        El Partido Socialista Yemení (PSY), partido único y gobernante en Yemen del Sur antes de la unificación.

 

Estos partidos que forman el CCP se han movilizado en apoyo a las manifestaciones, cada uno a partir de su visión particular del Yemen futuro, encontrándose ambos extremos: los que buscan implantar una sociedad islámica “talibánica” mantenida por la sharia (con gran arraigo en las partes norteñas del país), y las facciones y miembros que promueven la modernización y una democratización de las estructuras (en lo fundamental provenientes de la región costera Hodeida-Taíz, y del sur y Adén).

 

Lo positivo es que este conjunto de los partidos podría beneficiarse si cambian las reglas del juego político, sobre todo si consiguen imponer un sistema electoral que sustituya al actual, de candidato único por circunscripciones.

 

Las crisis que han envuelto a Yemen nunca tuvieron la atención internacional. El subdesarrollo que carcome el país, los enfrentamientos tribales, los desplazamientos internos por conflictos armados y las matanzas, la crisis aguda por agua, el increíble desempleo, etcétera, nunca fueron parte de la agenda a solucionar por las opulentas petro-oligarquías árabes o por las potencias de Occidente.

 

Fue a partir de la transformación del territorio yemenita en base de entrenamiento de Al-Qaeda cuando Occidente puso su verdadera atención en ese país. Era infantil pensar que se había neutralizado en Yemen a la organización Al-Qaeda cuando se liquidó al peligroso Abu al-Hariti, uno de sus líderes envuelto en el atentado al USS-Cole en Adén, en el año 2000.  No debe olvidase que el ejército árabe que participó en la yihad contra la ocupación soviética en Afganistán estaba compuesto en su inmensa mayoría de yemenitas reclutados por Osama Ben Laden, quien se considera un yemenita.

 

Ya para el 2009, Al-Qaeda daba muestras de resurgimiento en Yemen, apoyado en la guía espiritual de Anuar al-Aulaqui, y en el pacto entre los fundamentalistas sauditas con los fundamentalistas yemenitas, que gestó el AQPA (Al-Qaeda de la Península Arábiga). Los bombardeos estadounidenses a las supuestas madrigueras de Al-Aulaqui, y la ayuda militar al gobierno de Saná, no detuvieron el crecimiento ni las acciones terroristas de Al-Qaeda. Vale destacar que el presidente Saná utilizó esta ayuda militar de Washington para reprimir a los rebeldes Houthi y a los secesionistas del sur.

 

Ningún gobierno en Yemen del Sur, en toda su historia, ni incluso los ingleses en tiempos coloniales, o los socialistas del FNLA, o el actual de Saná, han logrado controlar las fronteras entre Yemen del Sur y Arabia Saudita. Una tierra de nadie, calcinada por un calor superior a los 120 grados F, donde se desconoce dónde comienza un país y termina el otro. Tierra más que favorable que le propicia el acceso a Al-Qaeda, por medio del desierto, a las fronteras de casi todos los países del Medio Oriente. Pero, incluso, ese elemento no debió sorprender, pues a partir de la noción de que Ben-Laden es un clan del Hadramut yemenita, y todos los descendientes Ben-Laden, como el connotado Osama, tienen allí (y no en Arabia Saudita) su red tribal y de apoyo, resultaba lógica la gravitación de Al Qaeda hacia los deshabitados arenales del sudeste yemenita, en los cuales el control administrativo y político del gobierno central de Saná ha sido y es prácticamente nulo.

 

En este escenario, el presidente Salé por un tiempo decidió jugar ambas cartas (Occidente y Al-Qaeda), pues una política frontal contra Al-Qaeda podría traerle el rechazo de las tribus norteñas, practicantes de un islam fundamentalista. Es frecuente el criterio de que el presidente Salé ha sido un aliado clave de Estados Unidos y de Arabia Saudita en la campaña contra el terrorismo. Sin embargo, en su política para ambos países, se ha mostrado como un mandatario difícil, que en muchas ocasiones ha vacilado en dos posiciones, sobre todo por la influencia tribal Shiíta en el país, y por el apoyo que en los bazares tiene tanto Al Qaeda como todo acto de violencia contra Estados Unidos.

 

Aún se desconoce cuáles serán las nuevas reglas del juego y las políticas adoptadas en el Yemen, el día después de la caída del presidente Salé. No sabemos hasta dónde llegará la profundidad del cambio logrado por esos jóvenes, qué necesitarían para poder consolidar su poder revolucionario, recursos económicos y técnicos adecuados, que les permitan competir social, política y económicamente con los políticos tribales tradicionales.

 

Las incertidumbres van desde si tendrá lugar una secesión del sur, con centro en la ciudad de Adén, algo que es muy probable, pero que será fuente de conflictos violentos entre ambos territorios; o la cristalización de la rebelión de los fundamentalistas Huthi en el norte; o si el país seguirá unido con su centro en Saná. O si bien, la parte norte de Yemen se dividirá a su vez, entre los rebeldes tribeños Huthi colindantes con Arabia Saudita, y la franja costera del Mar Rojo, teniendo como ejes a la urbe de Taíz y el puerto de Hodeida.

 

Desde el punto de vista estratégico, Yemen, localizada en el Golfo de Adén, así como coro central de la Península Árabe, y emporio de Al-Qaeda, conjuntamente con los estados del Golfo, es más importante para los intereses estadounidenses que Libia. Se estima que Yemen constituye el país con más armas per cápita del planeta: 4 armas de fuego por persona.

 

En estos momentos de debilitamiento de los poderes centrales a lo largo del mundo islámico, y ante el dilema yemenita, la pregunta fundamental para Estados Unidos y Occidente en general es la siguiente: ¿cuál de los regímenes durará más tiempo, Arabia Saudita o Irán? Si Arabia Saudita logra sobrepasar este torbellino, significará una victoria estratégica para Occidente; pero si Irán logra encontrar entre los nuevos cambios revolucionarios regímenes más afines a su política, tanto en Egipto con la Hermandad Musulmana, en Libia con los pro-islamitas, como en Yemen con los shiítas, esta teocracia de ayatolás logrará eclipsar la influencia norteamericana en todo el Medio Oriente.

 

Si bien la democracia es parte ya de la identidad de gran parte del planeta, sobre todo de los países industrializados, sin embargo no puede resultar el centro estratégico rector del gran esquema político para el Medio Oriente, pues ello equivaldría a dejar de un lado los intereses de seguridad nacional, por muy cínico que se interprete. Precisamente, porque el mundo islámico es ya un hervidero, la política más racional es la de estar preparados para las crisis venideras que puedan provocar estos cambios, mucho más que preocuparse por las crisis del momento.

 

Las guerras en Afganistán e Irak, la fragilidad del Pakistán, el carrera nuclear de Irán, la posible respuesta militar israelí, la posible secesión de Libia entre bereberes y árabes, la posible secesión del Yemen entre el norte tribal y el sur, la interrogante del futuro saudita, el alineamiento de la Irak shiíta con el Irán Shiíta tras la salida de las tropas norteamericanas, resultan problemas que no se van a solucionar con una política basada en los principios éticos de la democracia.

 

Quizás estas crisis del mundo islámico están enseñando que en política exterior todas las cuestiones morales, en última instancia, se ven eclipsadas por las cuestiones del poder. En la actualidad, promover el derrocamiento del libio Muamar el-Kadafi no representa ni afecta los intereses estratégicos de Europa o de Estados Unidos. Pero asistir a los aplastados shiítas en Bahrein, o a los protestantes norteños shiítas yemenitas, en sus afanes de consolidar la sharia, si incide en la política general de Occidente para la región.

 

En cualquiera de las alternativas futuras del Yemen, la violencia parece que no estará ausente. No sin razón el último Alto Comisionado inglés en Adén, Lord Mounbatten, quien dirigió la descolonización del Yemen del sur en 1966, planteaba que con Yemen el universo árabe acababa de recibir el más complejo y explosivo de sus problemas.