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ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

 Yemen: Autocracia tribal versus democracia tribal ( I )

 

Yemen, talón de la península Arábiga, es un país eminentemente tribal. La parte norte siempre constituyó una unidad territorial con centro en la ciudad de Saná; y fue independiente en todo el Medioevo, aunque luego cayó en manos de los turcos. La parte sur siempre se resistió a unirse con el norte, por su característica diferente, tanto tribal como cultural. El Sur fue el territorio que los ingleses colonizaron (los llamados Emiratos Árabes) y que se constituyó en un país independiente a mediados de la década del sesenta, sólo después de una lucha armada sangrienta contra los ingleses. Históricamente, han sido constantes los choques políticos y bélicos entre el norte, más ortodoxo desde el punto de vista islámico, y el sur, más laico, hasta que a inicios de la década de 1990 se logró la unificación de ambos territorios.

 

La actual revolución popular en Yemen tiene como protagonistas al presidente Alí Abdalá Salé, a los jóvenes que iniciaron las protestas, a las formaciones políticas clásicas, a la sociedad tribal y las relaciones exteriores. El presidente Salé ha permanecido en el poder durante casi 33 años. Hay que contar los 12 años en el antiguo Yemen del Norte y los 21 en el Yemen unificado. El presidente Salé, sin dudas, ha sido el político yemenita más astuto y un superviviente nato, un “cambia casaca” que ha balanceado su tendencia voraz a acumular poder con su afán de riqueza, en sus manos y en la de su familia.

 

En 1962 Salé  participó en el triunfante alzamiento militar dirigido por el coronel Abdulá As-Salal contra el Imán y el rey Muhammad al-Badr, hecho que proclamó la República Árabe de Yemen. Pero el Imán shiíta, asistido por Arabia Saudí, reorganizó sus fuerzas para recuperar el poder, dando comienzo a una guerra civil. Siendo comandante de un batallón al cargo de la defensa del estrecho de Bab-el-Mandeb, Salé fue uno de los implicados en el golpe de Estado que en junio de 1974 reemplazó al entonces presidente Abdul Rahman al-Iriani. En junio de 1978 el presidente Ahmad al-Gashmi fue asesinado, al explotar una maleta enviada por el gobierno de Yemen del sur. El general Salé asumió la jefatura del Estado Mayor de las Fuerzas Acorazadas del ejército, e integró el Consejo Presidencial dirigido por Abdul Karim al-Arashi.

 

En el norte del Yemen, han señoreado siempre dos confederaciones tribales poderosas: la Hashid y la Bakeel. Cuando Salé, perteneciente a la confederación tribal Hashid, tomó el poder en 1978, se apoyó en su propia tribu (la de Sanhan), y también en las demás tribus de la confederación Hashid, marginando de paso a la tribu Bake, rival de aquella. El nepotismo y corrupción de Salé llevó a que sus propios clanes tribeños se le opusieran; entonces, el presidente Salé hizo lo impensable e imperdonable, al pactar con la confederación tribal rival, con la Bakeel, maniobra que le valió retener por más largo tiempo el poder, puesto que la Bakeel es la tribu yemení más numerosa y la de más alcance geográfico.

 

El general Salé se mostró como el personero más visible de una línea moderada pro-egipcia, pro-saudita y pro-estadounidense, y obtuvo para el ejército armamento de Estados Unidos para la campaña militar contra el socialista Yemen del Sur. En esta guerra fronteriza contra Yemen del sur, en 1979, el general Salé se reunió con el entonces dirigente sureño, el marxista Abdul Fatá Ismail para llevar a cabo la fusión de ambos territorios.

 

En agosto de 1981 el ejército norteño de Salé aplastó una invasión guerrillera del Frente Democrático Nacional (JWD), promovida por el régimen sureño de Adén. El general Salé se presentó entonces en la ciudad de Adén, en Yemen del Sur, negociando con el entonces presidente adenita, Alí Nasser Mohamed, la creación de un Consejo formado por ambos presidentes para supervisar la labor reunificadora.

 

Yemen del norte dependía virtualmente de Arabia Saudí, por dos vías: las remesas familiares de un millón de trabajadores emigrados y la ayuda financiera directa del Gobierno de Riad.  Pero en 1985, el entonces rey saudita Fahad, provocó un derrumbe de los precios del petróleo, dejando sin trabajo a cientos de miles de yemenitas. Arabia Saudita no veía con buenos ojos la idea de una unificación de los dos Yemen. Además de que una extensa sección de la frontera común con el Yemen estaba pendiente de definir, desde la fundación del reino saudí en 1932, y siempre en esas fronteras tenían lugar tensiones y escaramuzas armadas.

 

El ya presidente Salé entonces se acercó a la Unión Soviética y a los países árabes radicales (Libia, Siria, Irak) para diversificar los intercambios comerciales y buscar alivio financiero. En octubre de 1981, Salé viajó a Moscú para renegociar el pago de las armas suministradas, y en octubre de 1984 suscribió con el Kremlin un Tratado de Amistad y Cooperación valedero por 20 años. Absolutamente identificado con la causa palestina y amigo íntimo de Yasser Arafat, el presidente Salé brindaba refugio a los fedayines de Al-Fatah, que establecieron en Saná sus cuarteles generales.

 

El descubrimiento en 1985 de importantes reservas de petróleo en el área de Mareb-Al Jauf suscitó grandes expectativas en un país desolado; pero la mala coyuntura del mercado internacional produjo ingresos muy inferiores a los esperados.

 

A lo largo de su carrera, Salé, como todo político yemenita, creó una extensa red clientelar donde figuraban influyentes jefes tribales, jurisconsultos islámicos y altos militares. A esta entelequia la llamó Congreso General del Pueblo (CGP); un supuesto partido con el cual ha gobernado desde Saná, como capital. Heredero de un sistema esencialmente militar, este mandatario noryemení estructuró un partido como guisa de soporte para establecer una modalidad de unificación con el sur. En la segunda mitad de la década de los ochenta Salé, condujo una política de conciliación nacional basada en un doble, pero frágil equilibrio entre las tribus del interior (bastiones del tradicionalismo y autónomas del poder central), y el Ejército apegado al laicismo y al republicanismo. Y, por el otro lado, entre los shiíes de la secta zaidita (el 59 % de la población), y los suníes de la subsecta shafií (el 39 %). Para gran sorpresa, en las elecciones de julio de 1988, una cuarta parte de las bancas había ido a parar a militantes de la Hermandad Musulmana.

 

Mientras tanto, en Yemen del sur tenían lugar sangrientas luchas entre las facciones del Partido Socialista gobernante que en 1986 alcanzaron cotas de una guerra civil que terminó con la derrota del bando encabezado por el pro-soviético Abdul-Fatá Ismail. El nuevo hombre fuerte del Sur, Abu Bakr al-Attas, de inmediato buscó la alianza de Yemen del norte, al darse cuenta del caos que tenía lugar en el bloque soviético y que afectaba a la URSS. Entre 1986 y 1989 se dieron pasos entre las capitales, Adén y Saná, para establecer un Estado unificado y un supuesto modelo pluripartidista.

 

Pero en ambos Yemen hubo una tenaz resistencia a la unificación. El meollo de las discordias era la posición de la sharía en el sistema legal del Estado. Los tradicionalistas y fundamentalistas norteños exigían su consagración como exclusiva fuente de derecho; mientras que sectores sureños se oponían férreamente, sobre todo por el tratamiento a la mujer. Los saudíes también trataron de abortar una fusión que podría conformar un promontorio laicista en el extremo sur de la Península Árabe; y, desconfiada de que el presidente norteño Salé pudiera controlar a los sureños. Los sauditas azuzaron los levantamientos de las tribus tradicionales noryemenitas, que desencadenaron una ola de atentados terroristas contra los suryemenitas.

 

El 22 de mayo de 1990 los presidentes Salé y Attas proclamaron en la ciudad de Adén la fusión, y Salé se convirtió en jefe del Estado, con un Consejo Presidencial con dos miembros del sur, y dos miembros del norte. Attas se convirtió en primer ministro.

 

Pero el nuevo Estado constituyó un completo desastre ante la invasión por Irak de Kuwait el 2 de agosto. Salé estaba en deuda con Saddam Hussein, al que había apoyado en ocasión de la guerra con Irán, y además, por su aporte generoso a la unificación; todo lo contrario a la Arabia Saudí. Las calles del país se convirtieron en un hervidero de apoyo a Saddam Hussein, y el presidente Salé se distinguió durante toda la crisis del Golfo por su apoyo incondicional a Irak. En enero de 1991 Yemen presentó ante el Consejo de Seguridad de la ONU un plan de paz que incluía la retirada incondicional iraquí de Kuwait, el cual no prosperó.

 

Tras la derrota de Irak, Salé pagó muy caro su apuesta por el caballo perdedor. Arabia Saudí expulsó sin contemplaciones al millón de yemenitas residentes, mientras que las monarquías del Golfo y algunos países occidentales cortaban su cooperación al desarrollo y las líneas de crédito. La brutal caída de los ingresos del Estado yemenita desequilibró aún más la balanza comercial deficitaria, empeoró la deuda exterior, desvalorizó la moneda, el rial, y disparó la inflación con efectos funestos sobre el desempleo.

 

En los comicios de abril de 1993 a la Asamblea de Representantes, la alianza entre el partido del presidente Salé con el premier sureño Attas entró en crisis, cuando no prosperó un intento de fusión partidista. Los sureños adenitas empezaron a exteriorizar su disgusto por el vericueto que estaba tomando la unificación, interpretada como una mera absorción del Sur más débil por el Norte. Asimismo, no se producía la esperada integración de los dos ejércitos, que seguían virtualmente separados en mandos y tropa.

 

El entramado levantado por Salé empezó a fracturarse por la soldadura que ligaba precariamente al islamismo con el tradicionalismo por un lado, y al secularismo y socialismo por el otro. Los políticos sureños se inquietaron por la campaña de atentados llevados a cabo contra ellos por los islamistas norteños, a la vez que rechazaban las componendas con los tradicionalistas tribales también del norte.

 

En agosto de 1993 el elegido vice-presidente sureño, Alí Salem Al-Baid rehusó personarse en Saná, la capital del Estado, alegando que los fundamentalistas querían asesinarle. En febrero y abril de 1994 se generalizaban incidentes y combates entre tropas nordistas y sudistas, en distintos puntos del país. El 5 de mayo, el país se sumergió en la guerra civil abierta, cuando Salé decretó el estado de emergencia para "neutralizar a los elementos separatistas", acusando al vice-presidente Al-Baid de "conducir a la nación al abismo del fratricidio".

 

La contienda fue tan breve como cruenta, con operaciones terrestres y bombardeos aéreos. La superioridad del ejército de Salé se impuso tras varios días de batallas encarnizadas, y los nordistas entraron en la urbe de Adén el 5 de julio. Al-Baid, desde su baluarte en las montañas sureñas de la región del Hadramut, no recibió ningún reconocimiento internacional, ni siquiera de una Arabia Saudí interesada en el malogro de un Yemen unificado con ínfulas democratizadoras. Attas, que había sido destituido por Salé por sospechoso, puso en marcha desde su refugió saudí un Frente Nacional de Oposición. Al-Baid, por el contrario, comunicó desde Omán su retirada de toda actividad política.

 

El 28 de septiembre de 1994 el legislativo confirmó a la sharía como única fuente de derecho y consagró la supremacía del partido del presidente Salé. El Consejo Presidencial norte-sur fue disuelto y Salé fue investido presidente de la República, con un vicepresidente de su partido, el general Abdul Al-Hadi. El revanchismo nordista se multiplicó, quedando de hecho el sur enteramente sometido a la Policía y a los tribunales de justicia de Saná. El antiguo partido único del Sur quedó marginado de las elecciones legislativas, y se deslizó a una oposición no exenta de ambigüedades.

 

Entonces, el presidente Salé buscó recomponer los lazos con el mundo árabe y con Irán, liquidando los dos litigios territoriales: el de Arabia Saudí, por el cual renunciaba a las regiones perdidas desde los años 1930, y el de Eritrea por la delimitación de la frontera marítima, en la entrada del mar Rojo. Salé visitó Francia, en octubre de 1997, y Estados Unidos, en abril de 2000.

 

El  atentado islamista del 12 de octubre de 2000 contra un destructor de Estados Unidos atracado en el puerto de Adén, dañó las poco fluidas relaciones con Washington y puso en evidencia la influencia de los fundamentalistas en Yemen, después que Salé diera visto bueno a la prelación de la sharía. Se evidenciaba, a su vez, la frágil seguridad del país, los raptos de extranjeros por las tribus norteñas, los enfrentamientos entre musulmanes fundamentalistas de la Hermandad Musulmana y adeptos a cultos tradicionales, tanto sunitas como sufíes, así como la represión gubernamental contra periodistas y activistas contestatarios. Por otro lado, Salé, engalonado como mariscal en diciembre de 1997, se puso al frente de los halcones del mundo árabe que exigían una acción contundente del mundo árabe contra Israel.

 

La génesis de la actual explosión popular tiene lugar por la incongruencia de Yemen como país. No han sido solamente los altos índices de corrupción, de nepotismo del gobierno del presidente Salé, políticamente deslegitimado. Dentro de la extensa lista de problemas enfrentados por el gobierno del presidente Salé, se hallan la conocida rebelión Houthi zaidíes en la región norteña de Saadá, y el movimiento secesionista en el sur, favoreciéndole así el resurgimiento y el fortalecimiento de las antiguas estructuras tribales, así como también el asentamiento de grupos terroristas internacionales.

 

Los guerrilleros conocidos como Houthis se constituyen en un grupo rebelde de los tribeños zaiditas, que tomó su nombre del jeque Hussein al-Houthi, un líder religioso shiíta, de vasto prestigio en el norte, el cual inició un movimiento de protesta a favor de Al Qaeda y en contra del alineamiento yemenita con Estados Unidos en la Guerra contra el Terrorismo. Este jeque shiíta Al-Houthi fue ultimado por allegados al presidente, en el año 2004, pero sus seguidores continúan la oposición armada hasta el día de hoy, apoyados en secreto por Arabia Saudí, que los provee de armas, recursos y refugios.

 

Esta comunidad zaidita, centro del shiísmo en todo el Medio Oriente, y cuyo Imán posee más prestigio y autoridad que los ayatolas iraníes, fue el polo del poder político en Yemen del norte durante siglos. Los shiítas zaidíes fundaron el Imanato de Yemen a fines del siglo IX y se mantuvieron en el poder hasta que la revolución pro-nasserista, de militares nacionalistas de 1962, derrocó al Imán Muhammad al-Badr; desde entonces, el nuevo gobierno se esforzó por debilitar a los zaidíes, quienes buscan nuevamente recuperar el poder político y la influencia social y religiosa en el Yemen actual.

 

Por otra parte, las tendencias secesionistas de Yemen del sur se han acrecentado ante la dejadez de Sana a los problemas económicos y a la marginación política y social de los lideres sureños, ante el favoritismo del presidente Salé para con su clientela tribal, la cual se conformó durante la guerra civil de 1994, en la que el actual presidente derrotó en elecciones a sus opositores socialistas de Yemen del Sur.

 

Las protestas actuales del sur yemenita no son nuevas, ni están determinadas por los sucesos del mundo islámico contemporáneo. Los pronunciamientos del Sur se desencadenan ya en 2007, ante el incumplimiento de las promesas de reforma política por parte del presidente Saléh, y en respuesta a la represión sangrienta que se llevó a cabo contra tal manifestación en la ciudad de Adén. Y pese a que es en el área de Shabwa, en el sur del país, donde se encuentran muchas de las instalaciones petroleras del país, los sureños acusan al Norte de haberse apoderado de estos recursos y de haberles excluido.

 

Otro de los elementos por los cuales los sureños yemenitas buscan la separación es la incapacidad del gobierno central, desde Saná, para administrar y regir los territorios del sur, sobre todo el sudeste yemenita, en el cual prácticamente se ha perdido el control; lo que ha facilitado el asentamiento de grupos terroristas ligados a al-Qaeda, aprovechando la infraestructura militar y de entrenamiento guerrillero construida anteriormente por los cubanos en la isla de Socotra, en la parte oriental de Bab-el-Mandeb, en el interior del Hadramut, en la frontera con el Rub-al-Khali y en el Radfan yemenita, colindante con Omán.

 

A esta crisis actual de poder se suman los indicadores económicos que sitúan a Yemen como el más pobre de los países árabes, y como dependencia a los ingresos provenientes de las rentas petroleras, que aportan el 76 % de su presupuesto estatal. El país está sumido en una vertiginosa crisis económica forzada por la devaluación del riyal, con deudas crecientes, insuficientes reservas del banco central, y sólo puede cubrir la mitad de las importaciones requeridas anualmente. El aumento del coste de la vida, especialmente debido al alto precio de los alimentos básicos importados, como el arroz, el trigo y el maíz, amén del agravamiento de las sequías y el aumento abrupto del costo de los fertilizantes, promueven el descontento social y la sensación de frustración con el Estado. Con una población de 23 millones de habitantes, el 65 % tiene menos de 25 años, y el desempleo llega al 40 %. El 50 % de la población vive bajo el umbral de la pobreza.

 

El enorme analfabetismo, la falta de una diversificación económica ante la inminente extinción de su petróleo en pocos años, y el aún más grave dilema de la carestía de agua pesan también en esta alarmante situación yemenita. La seguridad se ve quebrantada sobre todo por la estructura tribal, la proliferación de las armas, y porque Yemen se está convirtiendo en un santuario seguro para los miembros de Al Qaeda. Tal inestabilidad se asoma peligrosamente a una zona estratégica para la economía mundial: el estrecho de Bab-el-Mandeb.

 

Según la revista Foreign Policy, y la acreditada institución Fund for Peace, Yemen se ubica en el lugar 15 del ranking de los llamados “Estados Fallidos”; a partir de indicadores sociales claves como la presión demográfica (23 millones de habitantes), la crisis humanitaria, el enfrentamientos inter-tribales, el desarrollo económico desigual entre grupos, el crecimiento de economía informal, el nivel de endeudamiento, el nivel de pobreza, el nivel de corrupción de la elite, el nivel de desconfianza en las instituciones y los procesos estatales, el grado de fragmentación de la elite (The Fund for Peace, 2010).