Cubanálisis  El Think-Tank

         ARTÍCULO ORIGINAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                    Juan F. Benemelis

 

 

 

 

                                                       

 

 

Una visión sobre el mundo islámico ( I I, FINAL )

 

La Espada de Damocles

 

Irán es un país del tamaño de los Estados Unidos, inmensamente rico en petróleo, con un mosaico de nacionalidades y con veinticinco siglos de monarcas absolutos y divinos. El Islam aquí se mezclaría con un distintivo sello persa, que mantendría tensas sus relaciones con los «árabes» a quienes tildarán de piojosos primitivos.

 

El 1 de febrero de 1979, el ayatolá Ruholah Jomeini -la sombra de Alláh- aterrizaba en Irán, expulsaba al Shah de su trono del Pavo Real, establecía una República y secuestraba a 63 norteamericanos. El derrumbe del Shah, al igual que el de la Unión Soviética, es uno de esos enigmas de la historia donde la pérdida de legitimidad resultó el catalítico.

 

La asonada chiíta y el fiasco del rescate militar de Estados Unidos se juzgó como un triunfo sobre Occidente, confirmó a los ojos ortodoxos un Washington indeciso, y llenó de orgullo a las masas islámicas. No sólo se perturbó la ecuación estratégica de seguridad regional, que fue lo más visible, sino que en las filas del militantismo islámico precipitó una nueva y amplia diversidad de agrupamientos políticos.

 

El régimen del Ayatolá Jomeini marcó una ruptura con el hasta ese momento rechazo chiíta al poder temporal, al instituir un “Estado de juristas”, en el que una clerecía iluminada “persuadida por Alláh” aceptó gobernar. Al transfigurarse el Islam en una ideología y en un instrumento de gobierno y, por consiguiente, fracasar en la organización de un estado moderno y próspero, el experimento tuvo efectos contraproducentes, al minar su credibilidad frente a una joven generación distanciada de las “turbas divinas”.

 

Las minorías étnicas, la mujer, los intelectuales y los teólogos chiítas fueron objeto primario de la represión ortodoxa. El decreto del ayatolá Jomeini de que las mujeres procrearan varones para el ejército, tuvo efectos demográficos desastrosos al duplicar la población en solo dos décadas. El ayatolá Jomeini acusó a la minoría bajai de apóstata, y puso precio a la cabeza de Salman Rushdie por sus Versos satánicos, un libro que él mismo confesó nunca había leído.

 

No es sólo el peligro de la propagación del terrorismo contra Occidente, la implosión de cuatro rascacielos más o el chantaje de Bagdad sobre sus vecinos de la Media Luna y la Cimitarra lo que ha estado en juego en el Medio Oriente. Para Tel-Aviv, no hay duda alguna de que el rearme iraní tiene como primer punto la destrucción de su Estado a corto, mediano o largo plazo. A Tel-Aviv lo que no le sobra es tiempo.

 

Desde hace más de una década, Israel ha estado advirtiendo a Washington de que Irán lo tiene como su próximo blanco. Los temores israelíes con sus vecinos islámicos no son infundados; en 1981 su aviación fulminó los reactores atómicos de Osirak, que Saddam Hussein instalaba con la complicidad francesa, y por esa fecha el Mossad envió al paraíso a los técnicos que construían un famoso “super-cañón” capaz de alcanzar a Israel.

 

El vector atómico no es sólo el cohete o el avión. Existen diversas formas para la dispersión reactiva, aparte de la explosión, que fueron ingeniadas por la ex Unión Soviética. Los propios rusos confesaron que no sabían ciertamente cuántas ojivas nucleares se produjeron en tiempos soviéticos, ni cuál era el número exacto en su arsenal, ni cuántas fueron a parar a Ucrania o al Asia Central. Tampoco pudieron controlar toda la frontera sur de China a los Balcanes. Todo ello se agravó con el deterioro de su sistema de seguridad y la corrupción que ha corroído a sus fuerzas armadas y a todo su programa nuclear.

 

A Estados Unidos y a todo el mundo occidental no le era permisible que tal era el camino para solventar el expediente iraní, pues la región, llena de componentes explosivos, se podía ir al diablo. No se podía admitir que los Ayatolas se hiciesen impunemente de armas atómicas y bioquímicas, por el precedente que ello establecería para Corea del Norte, para Irán y, sobre todo, para la India y Paquistán, quienes resolverían entonces lo de Cachemira con ramalazos atómicos. Un disparo nuclear iraní contra cualquiera de los frágiles Estados árabes vecinos destruiría estas sociedades de forma irreversible.

 

Concurren varias paradojas en el actual Irán, atrapado en el callejón sin salida de un fundamentalismo cada vez más impopular, pero obstinado en su designio de mantener el poder, y sin planes de contingencia para cuando se agote el petróleo para la exportación. Acaso estemos abocados a otra crisis petrolera en el Golfo Persa -y en fecha no muy lejana-, pues la solución que acaricia Teherán es la anexión de los emiratos del Golfo Persa, territorios que de forma vehemente han reclamado como suyos.

 

Israel, además, no se va a contener si Irán le lanza algún cohete, porque no existía una coalición con los árabes como en 1991, y en el poder se hallan los “halcones” de Bibi Netanhayu. Israel ha probado que por sí solo puede afrontar el reto militar de todos los estados árabes combinados; Irán ha desencadenado y legitimado lo que ridiculizaban los nacionalistas seculares: la religión hecha política.

 

Afganistán

 

Afganistán es un país con 20 millones de habitantes, que está cortado en dos por la monumental cadena montañosa Indo-Kush, y con pasillos, como el paso del Kiber, por donde se filtraron hacia la India todos los conquistadores, incluyendo a Alejandro. En su recodo superior derecho se elevan los montes Pamir, que Marco Polo llamó “el techo del mundo”. Su geografía ha determinado su política, la naturaleza de su pueblo y su historia, que es de rutas, como la de La Seda, de encrucijadas de imperios, como el de Alejandro Magno, de avalanchas nómadas, como las de Gengis Kan y Tamerlán, el cojo de hierro, de convulsiones religiosas, como el zoroastrismo, el maniqueísmo y el budismo. El célebre poeta hindú, Mohammed Iqbal, representó el Afganistán como “el corazón del Asia”, mientras lord George Curzón, virrey británico de la India, lo denominó como su “marmita”.

 

En el norte viven varios grupos étnicos donde destacan los uzbecos y los tadyikos; en el este los persas profesantes del chiísmo; en el sur, moran los pashtún, mayoritarios en el país, y que lo han señoreado por casi 300 años, además de algunos conglomerados étnicos de lengua persa. Los ingleses crearon aquí otro embrollo, componiendo el Afganistán a partir de pedazos de Irán, de las repúblicas asiáticas y de Paquistán, por donde se dividió al pueblo pashtún. Por su parte, los soviéticos nunca entendieron Afganistán, y por eso se empantanaron en una revuelta étnica armada por Estados Unidos, China y Arabia Saudita.

 

No resulta novedoso para Afganistán, tierra de feroces guerreros, ser el epicentro de conflictos, como el actual. Sus antiguos monarcas lo consideraban el centro del mundo, y tal espejismo ha persistido hasta nuestros días. Inserto en una zona de alta conflictividad, Afganistán trató durante el inicio de la Guerra Fría de mantenerse equidistante entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Sin embargo, progresivamente, se vio forzado a depender cada vez más de la Unión Soviética, debido al sostenido apoyo de Estados Unidos a Paquistán.

 

El dilema afgano reside en este punto: cuatro etnias poderosas, de tendencias islámicas diferentes, que han sido enemigas por siglos; a la hora de ejercer el poder, cada una se ha mostrado implacable para con el resto. La pashtún (proclives al Talibán) no ha sido la única etnia que ha llevado a cabo el genocidio; por eso, en Afganistán nunca han funcionado las coaliciones, los pactos, la “representatividad” en el Gobierno. Este país siempre ha operado a partir de la hegemonía cruel de una etnia sobre otra.

 

El Talibán, en su intento de oponer tal credo al Occidente y generar un nuevo choque de civilizaciones, es sólo el último en un amplio inventario de conquistadores, señores de la guerra, apóstoles, justos y sofistas, que han desandado por este corredor intramontano, destruyendo sin piedad viejas culturas y teologías.

 

Paquistán

 

Paquistán significa tierra de los puros. Fue la religión (el Islam) el elemento unificador de un pueblo de diferentes comunidades étnicas y con lenguas diversas. El problema de la identidad musulmana, sin embargo, adquirió gran importancia con el ocaso del poder musulmán y el ascenso de la clase media hindú en épocas del colonialismo británico. Entre 1948 y 1949 Paquistán libró una guerra con India y logró anexarse un tercio del territorio de la provincia fronteriza de Cachemira.

 

Desde su nacimiento a la vida independiente Paquistán sufrió permanentes crisis políticas. En Paquistán el ejército siempre ha sido una institución de mucho poderío. El país ingresó a la Organización del Tratado del Sudeste Asiático (OTASO) en 1954, y a la Organización del Tratado Central (CENTO) en 1955, dos poderosas alianzas militares dirigidas por Estados Unidos. Si bien Paquistán se retiró posteriormente de estas alianzas, los vínculos con Estados Unidos no cambiaron. Las relaciones con India siempre han sido tirantes. Ambos países sostienen reclamos sobre el territorio del estado de Cachemira.

 

El año 1988 cambió drásticamente el destino a favor del terrorismo islámico. El avión en que viajaba el presidente de Paquistán, Zia-ul-Hak y parte de su equipo de gobierno, se estrelló en circunstancias hasta hoy desconocidas, permitiendo el ascenso de la hija de Alí Bhutto, Benazir Bhutto como la primera mujer en presidir un país predominantemente islámico, y con ella la visión grupal más dogmática de Paquistán. Benazir Bhutto entró de inmediato en alianzas con Siria, Irán y Corea del Norte, en su intento de avivar el Islam militante en toda Asia, hacerse de Cachemira, instalar al Talibán en Afganistán, y lanzar a Ben-Laden y su Al-Qaeda contra los países “moderados” del área. Todo esto lo hizo bajo las propias narices de Occidente.

 

Los esfuerzos de Benazir Bhutto por la democratización del país y la igualdad de derechos, fueron empañados por la violencia política y étnica en 1994 y 1995, los años más sangrientos desde 1971, cuando la separación de Bangladesh.

 

El régimen talibán, que gobernaba en Kabul, había sido directamente apoyado militar, económica e ideológicamente por Paquistán; la victoria talibán era considerada por sus miembros como la primera “victoria” del ejército paquistaní. Al estallar el conflicto en el Golfo Pérsico, Paquistán se alineó con Estados Unidos. Envió tropas a Arabia Saudita tras la invasión iraquí a Kuwait, pero ante encuestas reveladoras de enormes simpatías proiraquíes entre la población, el gobierno anunció que sus fuerzas se limitarían a defender los lugares santos del Islam y no participarían en combates ni entrarían en territorio iraquí.

 

En febrero de 2004, el principal científico nuclear del país, el doctor Abdul Kader Khan, admitió haber trabajado en proyectos secretos de desarrollo de armas nucleares y dijo que la tecnología había sido transferida a Libia, Corea del Norte e Irán. ¿Por qué Paquistán, que durante la Guerra Fría había aceptado de buen grado los fondos y las armas de los Estados Unidos, se había vuelto de la noche a la mañana violentamente anti-norteamericana? Según los paquistaníes, muchos de sus oficiales que desde 1951 habían servido fielmente a los Estados Unidos se sentían humillados por la indiferencia de Washington.

 

La Puerta Sublime

 

Después de la faraónica, la dinastía otomana es la más estable de la historia, con un ejército cuyas raíces llegan hasta las legiones romanas. Herederos del califato de Bagdad y de los kanatos mongoles, tomaron Constantinopla en 1453, convirtiendo al Mediterráneo en un lago turco. En la realidad, sólo reemplazaron el barniz bizantino por el islámico. Sus sultanes eran meros emperadores bizantinos y sus mezquitas, inclusive, copias del viejo estilo arquitectónico de las iglesias ortodoxas.

 

La gran diferencia del califato turco con el resto de los que fraguó el Islam es que Turquía fue una continuación directa del extraño engendro griego y bizantino, donde la Pax Otomanica igualmente marcó el maridaje entre las civilizaciones euro-cristianas y las asiáticas, en medio de un entorno multiétnico y multicultural que albergaba a los tres credos monoteístas.

 

Si bien es cierto que en los umbrales del siglo XX el coloso otomano estaba enfermo, no se reconocieron los vientos de reforma y remozamiento que acometían los Jóvenes Turcos, aquel núcleo de oficiales conscientes de la prepotencia militar y económica de la civilización occidental y de la necesidad de modernizar su conservador mundo islámico.

 

La suerte de los otomanos quedó sellada con el error de coligarse con Alemania, el perdedor de la Primera Guerra Mundial; y con ver las regiones de su imperio (los Balcanes, el Cáucaso, la Gran Siria, Mesopotamia, la península árabe) transformadas en un semillero de Estados islámicos artificiales que conformaron un tablero político hasta hoy inestable. Así, París y Londres descarrilaron la obra de los Jóvenes Turcos, que buscaban forjar un moderno Estado secular multinacional de casi todo el mundo islámico articulado a Europa, que estuviese regido por una clase media profesional, y que englobara todo el petróleo del Medio Oriente. Sólo la habilidad política y militar de Mustafá Kemal (Atatürk), el héroe de Galípoli y el más brillante de los nacionalistas del siglo, pudo salvar la meseta de Anatolia, fundando en pilares seculares a la República de Turquía.

 

En la democracia turca, asentada después de la Segunda Guerra Mundial, la teocracia militar ha sido la fibra reformadora y revolucionaria de la sociedad -herencia de los reformistas de Atatürk- secundada tras bambalinas por las comunidades financieras de los judíos turcos, griegos y armenios, la otrora élite bizantina de Estambul. En la actualidad, el Estado Mayor es quien, en realidad, maneja a Turquía y su política exterior.

 

Turquía arrastra la complicación kurda, el único grupo minoritario que quedó sin Estado después de ese conflicto. Siria, que mantiene una querella con Turquía por el desvío del río Éufrates, reclama la porción sureña turca de Hatai y alienta el terrorismo kurdo. Con Armenia subsiste un enorme resquemor por la masacre de un millón de armenios en 1915, y la expulsión de Anatolia de los que quedaron con vida. Estambul convenció a la OTAN para que intercediera a favor de los musulmanes de Bosnia, y sus negociantes han invadido nuevamente los Balcanes. En el caso de Iraq, Turquía no ha cesado en sus reclamos sobre la provincia petrolera de Mosul, que espera recuperar.

 

Turquía alimenta una estrategia a largo plazo en Azerbaiyán, donde se ha sumergido en la economía y entrena al ejército. Allí busca construir un oleoducto de mil millas desde Bakú al puerto Mediterráneo de Ceiján, proyecto endosado en 1999 por el presidente norteamericano Bill Clinton. La geografía, que confirió a Turquía ser la “Puerta Sublime” al Asia, puede asignarle el mismo papel en este siglo XXI. Ahora que el imperio soviético se esfumó, el Mar Negro puede trocarse en su traspaís. La rivalidad por el Cáucaso -con reservas de petróleo superiores a las de Iraq e Irán combinadas-, promete ser entre Turquía y Rusia. El Occidente cristiano de nuevo reconoce en Estambul su pared de contención a una flamante y agresiva autocracia ortodoxa rusa.

 

Es exagerado decir que un moderno imperio Bizantino-Otomano está naciendo en el Bósforo, pero no puede omitirse la realidad de que Turquía pueda proyectar su poderosa silueta en el Medio Oriente y el Asia Central, alterando la ecuación política de toda esa enmarañada geografía. El destino de Iraq también pasa por Estambul.

 

Palestina

 

Con los romanos, los árabes abasidas y los turcos otomanos hasta su desmembración en 1947, Palestina nunca gozó de autonomía o de independencia, y su pueblo nunca se identificó con su territorio. Sus habitantes se reconocían como parte de la nación árabe y, bajo el mandato británico, como naturales de la Siria colonial: Palestina, Líbano, Siria, Jordania. Los palestinos (sirios del sur), regulados bajo el arcaísmo feudo-tribal, no disponían de la coherencia suficiente para enfrentarse a las tres magnas crisis que les planteó el siglo XX: el mandato británico sobre ese territorio, el sionismo y la modernización.

 

El imperativo demográfico, y no la realidad política, fue lo que legitimó el reclamo sobre su oriundez, justamente cuando los judíos instauraban allí su Estado. No ha sido insólito el incidente histórico donde individuos y comunidades se han definido por sus enemigos, y esto es concretamente cierto con los palestinos, catalizados por una sociedad propiamente no-árabe, como la israelí. Lo que hoy se conoce como Palestina fue articulado por la respuesta belicista árabe a la marea migratoria judía. Y ese traumático encuentro puntualizó una identidad que se cimentó simultánea a la israelí, igualmente traída de la mano internacional.

 

Tras la guerra de 1948 de los árabes contra los judíos, Palestina se borró como entidad geográfica y como pueblo: entre Israel, Jordania y Egipto, absorbieron casi todo el territorio que les correspondía. Una parte de los palestinos se quedó en Israel, y el grueso fue confinado en refugios en el Líbano y Siria. La campaña de los palestinos expatriados en favor de su derecho al retorno fue lanzada por los otrora monarcas árabes de Egipto (Farouk I), Jordania (Hassan II) y Arabia Saudita (Feisal), precisamente los autores de los campos de refugiados palestinos para sus cruzadas anti-israelíes. Este credo modeló por décadas la estrategia regional, al punto que nadie en el área, ni el propio Yasser Arafat, homologó el caso de estos palestinos con los judíos de Alejandría, Fez, Bagdad, Damasco o Beirut, que fueron expulsados por los árabes. Así, la propaganda y la historia mística no han dejado de explotarse por ambas partes.

 

Con la guerra de 1967, los palestinos se desembarazaron de sus patrones árabes. Al igual que los refugiados en Líbano, Jordania y Siria (que de desheredados se convirtieron en fuerzas políticas), los de Gaza y Cisjordania se alzaron con voz propia. Fue así, paradójicamente, que la ocupación israelita reunificó nuevamente la geografía de Palestina; e insólitamente las mismas comunidades (judíos y palestinos) reiniciaron la misma lucha que sobre idéntico territorio -Palestina bajo mandato británico- emprendieron sus abuelos. Si sus padres se “egipciaron” o “jordanizaron”, las nuevas generaciones palestinas en Gaza y Cisjordania enfatizaban su filiación, ahora que los anteriores protectores -Egipto y Jordania- yacían derrotados. Y esto fue lo que reverdeció, de la noche a la mañana: la esperanza de labrarse un Estado.

 

Utilizados por los árabes, derrotados por los judíos, y olvidados por el resto del mundo, los palestinos fueron extraídos de este marasmo por obra y gracia de Arafat, quien los independizó de sus tutores, les dotó de una infraestructura internacional, y los hizo tristemente célebres como terroristas.

 

No puede subestimarse la pujanza financiera de los petro-árabes, y con ellos su causa favorita (Palestina), la más sagrada del Islam. Apuntalado por sus “hermanos islámicos” y encabezando al Tercer Mundo, Arafat tuvo la sagacidad de transustanciarse en una especie de Papa árabe, y no le fue difícil que la OLP obtuviese el reconocimiento de la ONU y de un centenar de países. Tras ensamblar una masa crítica que consolidó su liderazgo cuasi dictatorial, y la unicidad de la OLP, se las arregló para mantener bajo su puño a las mafias de activistas, mediante favores, corrupción, con una ideología de simples términos, y rehusando ponerse al servicio de un particular bloque árabe.

 

Para ellos, que abandonaron sus viviendas en Jaffa, Haifa y Galilea, reconocer a Israel implica que sus sufrimientos y sus muertos resultaron en vano. Por eso los agitadores, los ideólogos y los guerrilleros han constituido el elemento más dinámico de su política. Era la psicología islámica negada a insertarse al progreso contemporáneo, con sus complejos de inferioridad y megalomanía, perdida en sus sueños de guerra santa. Pese a esta metamorfosis, de refugiados aciagos a una nación en busca de soberanía, los palestinos descubrirían en Beirut y luego en Jerusalem -tras los acuerdos de paz-, que los atributos de Arafat como líder (el guerrillero de teflón), que los sacó de la oscuridad, eran ahora precisamente los obstáculos para la creación de su Estado. Con Arafat se produjo la simbiosis terrorismo = palestino, aunque en verdad el grueso de la población jamás se involucró en actividades violentas y siempre favoreció una solución pacífica.

 

Los palestinos de la OLP se niegan a cortar sus ataduras con la vieja camarilla de línea dura y de largo exilio, y relega las opiniones de los palestinos bajo ocupación de concretar un acuerdo definitivo con Israel. La muestra de que han perdido autoridad ante Hamas lo verifica su incapacidad de liquidar el terrorismo. La posición de Israel ha sido meridiana: mientras más imperturbable se muestre la Autoridad Palestina ante los cohetes de los partidos fundamentalistas Hamás y de Yijad Islámica, menor será su peso negociador. Este es justamente el dilema escrito en las torretas de los tanques israelíes: elegir el naufragio junto a las turbas divinas, sucumbir a manos de sus incontables contrincantes, o fumar la pipa de la paz con la caballería.