Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

LA TRANSICIÓN EN LA ALEMANIA DEL ESTE

 

 

El Munich de los ochenta

 

     Bajo la rúbrica de Europa central se ubican cinco Estados que son, dicho sea de paso, los más comúnmente analizados en lo que a la transición y sistemas de partidos respecta: Alemania del Este, República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia. Las revoluciones democráticas de 1948, en Europa central, se basaron tanto en los ideales liberales como en las consideraciones étnicas. La limpieza étnica es la precondición para el establecimiento de pequeños Estados tiranizados por mayorías étnicas. Las minorías representadas por judíos, kurdos, gitanos y otros, por lo general coexistían de forma segura dentro de los regímenes autocráticos como la Austria de los Habsburgo y la Turquía de los otomanos; pero eran abusados y asesinados cuando esas autocracias dieron a luz Estados independientes dominados por mayorías étnicas.

     Occidente no perdió a Europa del Este en la conferencia de los tres grandes en Yalta, la abandonó en Munich cuando abdicó, ante Hitler y Stalin, su responsabilidad por la seguridad de esa región. El clima de agitación ideológica desatado en el bloque soviético después de la muerte de Stalin fue descrito como "el deshielo"; el término se aplica mejor a lo que sucedió en la Unión Soviética y en Europa del Este.

     Con el colapso de la estructura de seguridad de la Guerra Fría y el fracaso de Occidente para intervenir a tiempo, la transición pacífica en Europa del Este tuvo lugar en aquellos países donde existía un ala reformista del partido comunista que fue capaz de facilitar el cambio. Los nuevos países surgidos del bloque ex comunista escogieron su propia auto-imagen, pero a partir de estereotipos nacionales. Y la política estaría en manos de una combinación de militares, servicios de seguridad y oligarquías.

     Era entendible y esperado que el control soviético sobre la Europa del Este se erosionase con la perestroika, exponiendo como obsoleta la concepción territorial de seguridad. A medida que se descongelaba la famosa Guerra Fría y que el conflicto ideológico Este-Oeste desaparecía, surgieron las diferencias reales que desde siglos forman los problemas básicos por los que ha desandado la historia del continente europeo. La crisis de la ideología marxista leninista, que junto con la represión cimentaba la unidad del disparate multiétnico que se llamaba Unión Soviética, hizo estallar las tensiones que el sistema mantenía latentes.

 

     Los viejos nomenklaturistas, hábiles en leer las entrelíneas, se percataron de que la nueva dirigencia soviética no se iba a contentar con erigir estatuas en honor a las victorias contra los nazis. Cuando Gorbachev se refirió al principio a una nueva mentalidad en la política exterior, muchos en Occidente dudaron de su sinceridad, puesto que la verdadera prueba era si podría poner fin a lo que resultaba el centro de la Guerra Fría: la subyugación de toda la Europa del Este.

           

     El Kremlin, al inicio, permitió cualquier estilo de reformas, en tanto sus aliados se mantuviesen militarmente leales en el Pacto de Varsovia. Pero, los bruscos cambios en la Europa del Este avanzaron tanto que la propia alianza militar se transfiguró en un club político. La nueva doctrina del Kremlin responsabilizó a los viejos gobiernos de la élite comunista con la reforma de sus propios sistemas, entronizándose la confusión y los temores. En todos los partidos comunistas tuvo lugar una división entre los partidarios de la perestroika y los "conservadores" que tratarían de mantener el viejo estilo y sus privilegios.

     Comenzaba la resistencia pasiva de Erich Honecker en Alemania del Este, mientras el rumano Nicolás Ceaucescu se protegía en un nuevo nacionalismo. Pero ya Polonia había inaugurado el camino con Lech Walesa y su sindicato independiente Solidaridad, desde hacía una década y los soviéticos se habían retirado de Afganistán porque estaban convencidos de que el régimen comunista de Mohammed Nayibulla era incapaz de resistir la ofensiva de los muyaidines. Por su parte, el búlgaro Todor Yivkov forcejeó durante dos años antes de ser derribado, el checo Gustav Husák rechazó a Gorbachev y el cubano Fidel Castro “camboyizó” a su país. Moscú se apresuró a apretar las clavijas y se implementaron también los virajes de autoprotección. El búlgaro Yivkov, el polaco Jaruzelski y el alemán Honecker al final aceptaron algunos puntos de la perestroika, mientras la dirigencia vietnamita iniciaba el retiro de toda la nomenclatura de línea dura. Los checos y los húngaros reemplazaban a Husák y a János Kádár, mientras Ceaucescu y Castro censuraban los discursos de Gorbachev.

 

     Los finales del año 1988 y todo el 1989, marcan el período crucial que puso a prueba la “doctrina Brezhnev” en Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Alemania del Este. En el grueso de los países de la Europa del Este la situación se desarrolló de forma diferente. En la Unión Soviética, así como en Hungría, los elementos dinámicos de la sociedad se concentraron en el partido y el gobierno, posibilitando la "reforma desde arriba". Pero en Polonia, Checoslovaquia, Alemania del Este, Rumania y Bulgaria, el motor dinámico del cambio se hallaba en la oposición o en grupos aislados u obligados a retirarse de la arena política. En aquellos Estados comunistas donde los elementos dinámicos de la sociedad estaban fuera de las estructuras, el régimen fue abatido.

 

La Alemania del Este

 

     Cuando a fines de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados no se pusieron de acuerdo sobre qué tipo de tratado de paz requería Alemania, cada una de las dos mitades en que estaba entonces dividida (la soviética y la franco-anglo-americana), aplicó el modelo político del ocupante. En 1949 los soviéticos establecieron la República Democrática Alemana, como contrapeso a la República Federal Alemana, con una constitución y un gobierno comunistas. El espectro del nazismo alemán había sido conveniente para la política europea soviética pues no sólo legitimaba el dominio de Moscú sobre la Europa centroriental, sino que justificaba la existencia incontrovertible del Pacto de Varsovia (Garton, 1992: 91).

La RDA sería un foco de atención a partir del famoso bloqueo de Berlín y del puente aéreo de 1948-1949, producto de que no era un Estado nacional unido sino parte de una nación dividida. La RDA ocupaba un lugar especial de la política soviética, ya que su misma existencia significaba la presencia militar soviética en el corazón del continente europeo. De hecho, líderes soviéticos sucesivos, comenzando con el propio Stalin, trataron de establecer la unidad alemana, desde los intereses soviéticos, o al menos un Estado neutral. Parte de esta estrategia está ilustrada por el “plan Rapacki” propuesto a la ONU en 1957 por el entonces canciller polaco Adam Rapacki, que buscaba la creación de una zona libre de armas nucleares en el centro de Europa, implicando el desmantelamiento de la cohetería de la OTAN en suelo alemán, mientras la Unión Soviética retenía su vasta superioridad convencional. Otro intento en esa dirección fue la crisis creada por Jruschev sobre Berlín en 1958. Para 1960 la RDA poseía el nivel de vida más alto de todo el bloque soviético y era el socio comercial principal de Moscú. Pero, al mismo tiempo, la represión doméstica era considerable y su policía política, conocida como la “Stasi” era la más grande del planeta.

 

     Temerosos de que la Alemania occidental convenciera a la comunidad internacional de la reunificación y de que se le aceptase como la única y “verdadera” Alemania, los soviéticos desataron una ofensiva en todos los foros internacionales, presionando por concretar acuerdos de seguridad europea que aceptasen la Alemania del Este y las fronteras polacas de posguerra. La línea divisoria en la historia de la RDA (1949-1989) lo fue la construcción del Muro de Berlín en agosto de 1961. Es conocido que el mandatario germán oriental de ese momento, Walter Ulbricht, presionó a Jruschev para que le permitiese construir el muro. Esto fue de importancia crucial para la RDA debido al constante drenaje de jóvenes y profesionales que buscaban la mejora de su futuro en la Alemania Federal, algo fácil de lograr con solo cruzar un puente. Durante el período previo al Muro de Berlín alrededor de 3 millones de alemanes huyeron a la porción occidental (Martin, 1971).

 

Por supuesto que muchos espías penetraron a la Alemania Federal en ese exilio masivo. El aparato de espionaje de la RDA dirigido por el hábil operativo Markus Wolf logró ubicar muchos operativos en la OTAN, y uno de sus golpes magistrales fue ubicar al espía Günter Guillaume (Carl Herbert Frahm) como asistente del canciller Willy Brandt, quien había sido el alcalde de Berlín Occidental entre 1956 y 1966 y luego canciller por dos veces. Brandt tuvo que renunciar debido al escándalo que se provocó al descubrirse el espía (Wolf and McElvoy, 1997: ch. 9).

 

     Desde el punto de vista militar, la Alemania del Este resultaba la pieza cardinal de cualquier ofensiva terrestre del Pacto de Varsovia. Y la Alemania del Oeste, lo mismo en lo tocante con la OTAN. La Alemania del Este era el aliado más firme de Moscú y la economía socialista que mejor funcionaba, encarnando un valor inmenso para la Unión Soviética. Además, su ejército —por su preparación y eficacia— era el puño de hierro de vanguardia del Pacto de Varsovia. De producirse una guerra en Europa, por estar situada precisamente en el centro de ese continente, Alemania siempre sería, como lo fue, el campo de batalla y el epicentro de las victorias y las derrotas.

 La Ostpolitik

      La llamada “doctrina Hallstein”, aplicada por Bonn en la década de los años cincuenta y parte de los sesenta, determinaba que no se reconocería a ningún Estado que sostuviese relaciones diplomáticas con la Alemania del Este. Esta política congeló cualquier iniciativa de las grandes potencias con respecto a la Europa central. Hasta 1969, sin embargo, el obstáculo a la reunificación no sólo provenía de la Alemania comunista. A su vez contribuyó la intransigencia del partido gobernante de la Alemania occidental: los demócratas cristianos de Konrád Adenauer.

 

     La Alemania del Oeste varió su política hacia la del Este y hacia todo el bloque soviético a partir de 1969, después de que Willy Brandt y la socialdemocracia asumiesen el poder e introdujesen la famosa Ostpolitik, en la cual estaba implícita la aspiración de reunificar ambas partes; así como la inclinación ancestral y geopolítica hacia los espacios abiertos del Este. La Ostpolitik proclamaba la renuncia recíproca del uso de la fuerza y la misma tuvo su punto culminante en 1970 con la firma de varios tratados con la Unión Soviética y Polonia, lo que llevó en 1973 al reconocimiento tácito de la existencia de dos Alemania.

 

     Erich Honecker, quien dirigió la República Democrática de Alemania desde 1971, fue un dirigente frío e insensible que mantuvo un abismo entre los gobernantes y los gobernados. Hubo una época en la cual Honecker se presentaba como un promotor de la sociedad socialista de consumo, cuando la RDA obtuvo una prosperidad relativa a cambio de falta de libertades políticas. Para  los “duros” y pro-soviéticos del régimen comunista germano oriental, la Ostpolitik resultaba peligrosa al mono-partidismo y su Estado policía-benefactor. De ello parte la enorme resistencia de los comunistas alemanes a la Westpolitik de Honecker (la apertura a la Alemania del Oeste) difícil de contrarrestarse por el apoyo popular de la misma. Honecker permitió el desarrollo de las relaciones oficiales con la RFA; pero era, además, el hombre que había ayudado a levantar el Muro de Berlín en 1961 cuando era el jefe de la seguridad del Estado.

 

     En Alemania del Este los intelectuales no sólo emigraron, sino que aquellos que optaron por permanecer desafiaron a las autoridades. El propio Bertolt Brecht en 1951, en su Carta abierta a los artistas y escritores alemanes, proponía la reunificación pacífica de las dos Alemania (Garton, 1992: 42). Parecía que las oleadas migratorias hacia la Alemania de Occidente hubiesen minimizado la oposición, pero en 1976 doce escritores firmaron una carta de protesta contra el gobierno, provocando la airada respuesta del mandatario Honecker y la vendetta contra la renombrada escritora Christa Wolf. La repulsa internacional a la política represiva germano-oriental hacia los creadores, obligó a que el propio Honecker recapacitara. No sería hasta fines de la década ochenta que un pequeño movimiento disidente apareció en la RDA, ligado a la Iglesia Luterana Alemana, que permitió en sus sedes las reuniones de los disidentes y que pregonaba la democratización del sistema comunista.

 

    Para la RFA, el factor de la geopolítica, su destino histórico de reunirse con la RDA, era más fuerte que su adhesión a las potencias democráticas liberales. Por eso, la fusión de las dos partes de Alemania aunado a su consiguiente salto demográfico y fortalecimiento económico, causaba nerviosismo en las principales potencias de Europa. Josef Joffe, ex director de la publicación Die Zeit, apuntaría las razones por la cual la Alemania de posguerra estaba condenada a sufrir el destino de la mujer del César: la de estar por encima de las sospechas (Garton, 1992: 87). Mucho más que en Estados Unidos, o la OTAN, la clave de la reunificación alemana se hallaba en el Kremlin y el impedimento básico era Polonia. Por eso, incluso, la izquierda y los liberales alemanes no apoyaban los esfuerzos de Solidaridad, que eran vistos como un freno para la reunión pues las huelgas desatadas por los sindicatos polacos en los ochenta entorpecieron las negociaciones del canciller Helmut Schmidt con Honecker (Garton, 1992: 115).

 

La caída del Muro de Berlín

 

     El ritmo de los acontecimientos políticos se aceleró y aclaró la vía para la unificación de Alemania y para un nuevo sistema de seguridad europeo. El curso de los eventos alemanes fue una clara demostración de cuán débil devino la influencia soviética, cuya voz en los asuntos europeos dependía de la medida en que era capaz de proyectarse militarmente. En 1988, cuarenta mil germano-orientales abandonaban el país ante el nerviosismo de Honecker, quien de manera empecinada expresaba que no habría cambio y que el Muro de Berlín se mantendría por cien años más. Pero, desde mayo de ese año, muchas agrupaciones religiosas, eternos focos de oposición al régimen comunista, unían fuerzas en una campaña para que el pueblo se abstuviera en las elecciones del día 7, como una forma de protesta. Según el estimado de la iglesia evangélica, el 10% de los electores, unos 300,000 votantes, no concurrieron a las urnas, propinando un serio golpe a la imagen del Partido Comunista de Alemania. Al lado del crecimiento religioso y el desarrollo de un fuerte movimiento en favor de los derechos humanos, en la ciudad de Leipzig se inició una gran intranquilidad pública entre la juventud.

 

     En el año 1989, Gorbachev soltaba las riendas de la Europa del Este, pero en Alemania del Este la vieja guardia —atrincherada alrededor de Honecker— rehusaba entrar en razones. Las palabras perestroika y glasnost estaban suprimidas en la prensa oficial, así como las publicaciones soviéticas. Berlín del Este continuaba con su rigidez. El movimiento de protesta en Alemania del Este se encaminaba a una revolución política. Las primeras manifestaciones de masas eran a favor del derrocamiento de la burocracia y la introducción de una variante socialita democrática. El régimen de Honecker se había adjudicado el 98,85% de los votos en las elecciones municipales de mayo de 1989. Por eso, tras la masacre de Tiananmen —el 4 de junio en China—, Egon Krenz, por entonces mandatario germano, se dio el lujo de enviar un mensaje de felicitación a las autoridades de Beijín.

 

    En 1989, la Alemania del Este —el miembro más tenaz del Pacto de Varsovia— sufría el primer gran descalabro. Un nuevo peligro se barruntaba en sus fronteras: la veloz conversión de Polonia y Hungría hacia modelos de reformas poscomunistas. Cuando Hungría comenzó a deslizarse hacia el Oeste, la Stasi informó a su Politburó de que tal hecho les traería graves problemas, debido a la cantidad de germano-orientales que se hallaban de vacaciones en Hungría (Stokes, 255: 1991). Ante la disyuntiva de cerrar las fronteras con Hungría, Honecker asumió la errónea decisión de esperar. 

 

     En cuanto los húngaros levantaron el Telón de Hierro, los alemanes orientales iniciaron su estampida por la frontera. Hungría se llenó de campos de refugiados alemanes. La rebeldía se hizo manifiesta y la salida de gente joven por embajadas extranjeras vaticinaba la fiebre que antecedía a la libertad. Mientras las embajadas extranjeras en Berlín del Este se llenaban de disidentes, en agosto, Honecker desaparecía de la escena por razones médicas. Para fines de ese mes, miles de germano-orientales llenaban las embajadas de Alemania occidental en Praga y Varsovia y se apiñaban en campos de refugiados en Budapest. Los húngaros declinaron enviarles de regreso por la fuerza. El 29 de ese mes abrían sus fronteras con Austria, escapando de golpe 900 alemanes. El 10 de septiembre más de 200,000 alemanes fueron autorizados a emigrar a Occidente. Los trenes que partían iban repletos y, por el camino, los que marchaban a pie se colgaban de las ventanillas. Así se quebraron los acuerdos que existían con Alemania del Este y se derrumbó la unidad existente en el bloque soviético desde la Segunda Guerra Mundial.

 

     Ante la gravedad de los acontecimientos, el 7 de octubre, Gorbachev asistió a los festejos del cuarenta aniversario de la RDA, ensombrecidos por la avalancha de germanos que huían a la Alemania occidental. En su visita, Gorbachev presionaría por la introducción de reformas como medida preventiva, dejando saber a Honecker que las divisiones soviéticas acampadas en la RDA no intervendrían en los asuntos internos del país. Allí comunicó a los jerarcas estalinistas alemanes la necesidad de dar paso a un equipo de reformistas que implementara una variante de la perestroika, a la vez que alentaba a los elementos pro reformistas —como Egon Krenz y Günter Keiber— para que depurasen la vieja guardia ortodoxa (Garton, 1992: 366). De esta suerte, Gorbachev les daba el “beso de la muerte” a sus camaradas alemanes.

 

     La presión de Gorbachev, unida a estas masivas migraciones y las constantes protestas callejeras que se sucedían, inclinaron a la burocracia comunista germano-oriental a experimentar en el campo de la reforma. Honecker ratificó su decisión de no introducir cambios. Su posición de apoyo a la represión de Beijín, en Tiananmen, provocó una ronda de protestas en la población germana. Durante la visita de Gorbachev, la policía de Berlín Este, Leipzig y Dresden apaleaba en las calles y encarcelaba a los grupos opositores del Nuevo Foro. En Leipzig, 70,000 personas desfilaron clamando por reformas. Krenz ordenó a las autoridades de Leipzig no obedecer las órdenes de Honecker de reprimir la manifestación. Esto exigía un gran valor. Los estalinistas podían haber recurrido a la violencia, a un escenario tipo Tiananmen, para mantenerse en el poder. De hecho lo valoraron seriamente, pero Gorbachev se dio cuenta de que eso provocaría una explosión que no se habría limitado a las fronteras de Alemania.

 

      Este desafío unilateral se ventiló en el Politburó. Allí chocaron viejos aparatchik aliados a Krenz, como Eric Mielke, el jefe de la seguridad, Kurt Hager, el jefe ideológico y Günter Keiber, el secretario del Partido de Berlín del Este, mientras Honecker luchaba desde la minoría con sus aliados Günter Mittag y Joachim Hermann. Krenz llevó la disputa más allá del Politburó y convocó a los 15 secretarios de partido de distritos, incluyendo al notorio reformista por Dresden, Hans Modrow. El 11 de octubre el Politburó pasó por encima de Honecker y aceptó el criterio de la mayoría de discutir abiertamente los problemas del país en la prensa. Los pequeños partidos de “oposición”, sumisos al comunista, de pronto adquirían personalidad propia.  En la reunión del Politburó del 17 de octubre, Willy Stoph, el primer ministro, le comunicó a un confuso Honecker de que era el momento para que renunciara. Krenz fue elegido como nuevo jefe del Partido, el Estado y presidente del Consejo de Defensa.

 

     Pero Krenz era un burócrata de línea dura que debía su ascenso a las conspiraciones e intrigas; era cualquier cosa menos el posible arquitecto para los cambios. En sus primeras alocuciones desde el poder, Krenz trataría de cambiar el viejo estilo estalinista mediante toda una campaña publicitari­a, acusando al PCA de cometer gruesos errores, aunque defendiendo el derecho de mantener el sistema de partido único, desconociendo a la ya influyente agrupación oposicionista Foro Nuevo. Este fue el gesto que precipitó la revolución pacífica callejera. El número de los manifestantes se incrementaba por días, llegando al medio millón, con lemas de “elecciones libres”, “libertad”, además de pedir la unificación con la otra Alemania. La oposición de la Iglesia se hizo más pública y la prensa y los medios de televisión se rebelaron contra sus censores, desempolvando la historia oculta de las represiones y los privilegios (Garton, 1992: 371).

 

     El 1 de noviembre Krenz voló a Moscú y allí apoyó públicamente la perestroika, pero la crisis no había concluido. El poder se encontraba realmente en las calles. Sintiendo la debilidad del régimen, el ambiente entre las masas se volvía más decidido cada hora que pasaba. La cantidad de gente en las manifestaciones se multiplicaba. El 4 de noviembre millones de germano-orientales se lanzaron a las calles pidiendo la implantación de la democracia. Siguiendo el consejo de Moscú, el partido comunista (SED) intentó introducir reformas desde arriba para evitar su derrocamiento. Honecker fue sustituido por Krenz y se formó un nuevo gobierno.

 

     En ocasión de una visita a una fábrica de maquinaria, en Berlín oriental, Krenz tuvo que enfrentar duras críticas de los obreros. Para responder a este creciente desafío a la misma naturaleza del sistema, Krenz expresó en una entrevista que la solución de los problemas del país residía en un mayor aporte ciudadano al trabajo, concluyendo con una sorda amenaza al defender las medidas represivas aplicadas por los comunistas chinos contra los estudiantes en la plaza Tiananmen. Pero la ola de demostraciones anti-gubernamentales en Leipzig y Dresden y la fuga masiva hacia el oeste obligaron al diálogo con la oposición, con promesas de reformas substanciales del sistema, como la suspensión de las restricciones de viajes, la anulación de la censura de prensa y la ampliación de la oferta de alimentos a la población. Krenz se acercó a la Iglesia Protestante, solicitándole que sirviera de intermediaria para que regresaran los alemanes que habían huido a Occidente.

 

     Desgraciadamente, los dirigentes confusos del Nuevo Foro, el mayor grupo de oposición, no sabían hacia dónde iban y menos cómo llegar. Era imposible mantener un estado de fermento durante largo tiempo sin plantear la cuestión del poder de manera clara y decidida. Los ataques más determinantes, sin embargo, emanaron de flancos que hasta ese momento eran formalmente fieles al régimen. La pasiva Unión de Escritores alzó su voz contra Krenz atacándole por rechazar un genuino pluralismo político; por su parte, la otrora fiel oposición, la del Partido Social Demócrata, abogó por el establecimiento de una democracia parlamentaria, una economía socialista de mercado y el salario mínimo.

 

     Asimismo, el ala reformista del propio PCA cobró fuerzas abrazando como líder a Hans Modrow, jefe del Partido en Dresden y un reformador estilo Gorbachev. A medida que se profundizaban las reformas en todo el bloque de la Europa sovietizada y que las frustraciones de la población crecían, los cambios en la Alemania del Este eran inevitables. Mientras Polonia y Hungría abandonaban el comunismo monolítico, Krenz insistía (con razón) en que sin el partido comunista la República Democrática Alemana desaparecería. Krenz vaticinaba que la reforma terminaría por desgajar a Checoslovaquia del bloque soviético y dejaría sin aliados a la dinastía rumana de Ceaucescu.

 

     Atrapado entre la necesidad de cambios y el recelo por las reformas, Krenz no disponía de alternativas viables, sino la de una transición con variaciones simbólicas en el terreno de Alemania del Este. Por todo el país se producían cambios fuertes en las filas del Partido, permitiendo el ascenso de aquellos que promovían reformas. El 7 de noviembre, el Consejo de Ministros en pleno renunció. Al momento cundió el pánico en la vieja guardia. El Politburó dimitió, a lo que siguió un éxodo colosal de la membresía de base del partido comunista y de la seguridad del Estado, la tenebrosa Stasi.

 

     El movimiento fue desencadenado por la apertura de la frontera austro-húngara, la primera brecha en el Muro de Berlín. Ante la ausencia de una alternativa clara, la tendencia a marcharse se intensificó. La frontera con Checoslovaquia fue abierta y, poco después, se desmoronaba el Muro de Berlín por la Puerta de Brandemburgo, arrastrando consigo no sólo al gobierno comunista alemán, sino a toda la Europa del Este que aún no había enfrentado la reforma. Durante el fin de semana del 10-11 de noviembre, unos 2 millones de alemanes del Este inundaron Occidente. Millones de ellos pudieron ver los bienes de consumo de Alemania Occidental —la economía capitalista más rica de Europa y la tercera potencia económica del planeta—, en contraste con la vida gris en la RDA. Esto indudablemente tuvo un efecto importante.

 

   El Partido Comunista de Alemania y su gobierno de transición, con Modrow a la cabeza, trató de sostenerse en el poder. Pero la situación prontamente se transformaría en las elecciones del 6 de mayo de 1990, en las que se presentó una oposición de cinco partidos: la Alianza-90, la cual, pese a estar pobremente organizada, amenazaba con descarrilar a la artificial República Democrática Alemana. Al igual que Hungría, aquí se sucedieron las mesas redondas de todo tipo, que fijaron las fechas para las elecciones locales, regionales y nacionales. El Parlamento, que otrora se mostraba pasivo, ilegitimó al PCA, el cual con rapidez se desvaneció de la escena nacional. Con él, también se esfumó la Stasi, el aparato represivo y de seguridad más temible de toda Europa.

 

     Las necesarias reformas en la economía y en la infraestructura tendrían que esperar hasta después de unas elecciones que debatían la unión con su parte occidental. En pocos meses, el régimen estalinista de Alemania del Este colapsó como un castillo de naipes. La gente anhelaba la libertad. Además, el gobierno de Bonn desarrollaba una campaña masiva a favor de la unidad de Alemania. Así, el desplome del comunismo en Europa del Este se hizo inevitable y, entonces, la Alemania Federal se apresuró a negociar la "compra" de la reunificación alemana. Dado el colapso de la economía de la RDA, muchos vieron la unificación como la manera de conseguir mejores niveles de vida. Alemania Occidental estaba dispuesta a realizar ingentes inversiones para asegurar la unificación alemana, con la oferta del cambio parejo de un marco del Este por uno del Oeste. La unificación se impuso.

 

Unificación alemana y transición

 

     A medida que se descongelaba la Guerra Fría, el sovietizado Pacto de Varsovia se hundía y la OTAN luchaba desesperadamente por encontrar un nuevo destino. El futuro inmediato de una poderosa y unida Alemania, renuente a ser dirigida por otros poderes, se transformó en el hecho internacional de mayor importancia. Gorbachev atacó la idea del retorno de Alemania a las fronteras de 1937, basado en la noción de que los acuerdos de Yalta y Postdam eran ilegítimos. En su entrevista con el presidente de Alemania occidental, Richard von Weizsaecker, el dirigente soviético le expresó que la RFA y la RDA estaban divididas por una línea fronteriza a través de Berlín y que esto era una realidad histórica, formada por el resultado de la Segunda Guerra Mundial. Gorbachev recalcó que existían dos Estados alemanes reconocidos por tratados internacionales, con sistemas sociales y políticos distintos y cada uno con sus propios valores (Gorbachev, 1987: 185).

 

     Las invitaciones de unificación y de instantánea democracia capitalista, que sugería la Alemania Occidental, calaron más profundamente que las medidas pausadas y la transición paulatina que prometían los partidos y grupos opositores (Foro Nuevo, Amanecer Democrático o Democracia Ahora), con su revisionismo socialdemócrata, su pacifismo ecologista, su protestantismo de izquierda y la idea de preservar ciertos valores y logros de la Alemania Oriental como el supuesto igualitarismo, la asistencia social y demás.

 

     Mucho más que los vientos de reformas, lo que caracterizó el caso alemán fue la sorpresiva e inmediata decisión del pueblo de unirse a la Alemania del oeste. La unificación comenzó desde “abajo” y a ritmo acelerado y la población le pasaba por encima al humanismo social de los militantes opositores y de la Iglesia protestante. Escogía el “duro” y “explotador” capitalismo germano-occidental. Incluso, el gobierno de Bonn fue tomado por sorpresa, no obstante esperaba que la rápida fusión territorial evitase las oleadas de inmigrantes. Irónicamente, fue con Gorbachev que la unión se transformó en un hecho, cumpliéndose el temido "destino histórico" de la nación germana. Gorbachev estuvo demasiado preocupado con su declinante economía y las guerras étnicas como para meterse de lleno en el problema alemán, pese a que disponía allí de 400,000 soldados.

 

     El gobierno de Helmut Kohl tuvo que aclarar a sus aliados de Occidente que no existía contradicción alguna entre su membresía en la OTAN, en la que la seguridad Europea se garantizaba por una Alemania sujeta a tratados militares, y su aspiración de reunificar los dos territorios alemanes. Kohl desarrolló una sorprende­nte blitz en Moscú, "comprando" virtualmente la reunificación, al punto de que Alemania se transformó de golpe en el principal socio comercial y banquero ruso. Esta fue la garantía que necesitó Rusia para que Alemania no resultase una amenaza militar y para evitar que cualquier guerra pudiese desatarse desde su suelo. Pero el derecho de la unión alemana, adquirido por Bonn de la antigua Unión Soviética, implicó un gran peso económico.

 

     El partido comunista obligó a Krenz a dimitir y propició el cambió de su nombre por el de Partido del Socialismo Democrático (PDS). En su lugar, el nuevo gobierno de Modrow prometió elecciones libres para mayo de 1990, pero después las adelantó a marzo. Modrow también se vio obligado a permitir la participación de una mayoría de no comunistas en su gobierno, por primera vez en la historia de la RDA. En marzo de 1990, las elecciones generales dieron la victoria a los cristiano-demócratas conservadores, bajo el disfraz de la Alianza por Alemania. Apoyados por el prestigio de Kohl (y por los marcos occidentales), obtuvieron casi un 50% de los votos, con una campaña por "una rápida unión política y monetaria" con Occidente. La Alianza 90, formada por el Nuevo Foro y otros grupos de oposición, sólo recibió un 2, 9% de los votos, a pesar de haber dirigido el movimiento de masas. El resultado no fue sorprendente, en una situación en la que se planteaban crudamente las cuestiones fundamentales, no había espacio para una vía intermedia por muy bien intencionada que fuese, por lo amorfa y confusa que era.

 

     En todo este proceso de desmontaje del Partido Comunista de Alemania, de creación de mecanismos de transición y de su coalición con la parte occidental, la burocracia comunista se recicló con celeridad y desempeñó un papel decisivo en el logro de todos estos objetivos. La Alemania occidental inundó financieramente la parte oriental para reconstruir la ineficiente y obsoleta base industrial, elevar los niveles de ingresos y proveer suficiente empleo. Este costo económico para la reconstrucción de la Alemania y Europa del Este significó el tercer gran choque financiero desde la guerra del Vietnam, la crisis petrolera de 1973‑1974 y el programa económico del presidente norteamericano Ronald Reagan.

 

     Occidente no podía creer su suerte. El presidente norteamericano George Bush dijo que estaba "regocijado". El canciller germano Kohl, que se presentó como el campeón de la unificación alemana, en realidad se vio obligado a actuar debido al éxodo de masas que amenazaba a ambos regímenes. En ese momento había grandes ilusiones en la economía de mercado y en la posibilidad de combinar la fuerza de trabajo barata y cualificada del Este con la industria moderna y el capital de Occidente.

 

    La unión no sólo fusionó la geografía del país, sino también su pasado y sus mitos nacionales que de pronto recobraron su vigencia. En la práctica, Alemania obtuvo los recursos necesarios para financiar la absorción de su parte oriental con la apertura de los mercados que van del río Rin al Volga, especialmente la República Checa, Eslovaquia, Polonia y Hungría, cuya región hoy colapsaría sin Alemania. Sin dudas asistimos al renacimiento de un viejo nacionali­smo, donde el ciudadano alemán se adhiere más fácilmente a su acervo, a un sentimiento nacionali­sta. Pero ello no se contrapone a los sentimientos anti‑alemanes en la región, que aún no han desaparecido.

 

     Con excepción de los alemanes, nadie en Europa estuvo convencido de las bondades de la reunifi­cación y muchos consideraron que el mundo civilizado accedió demasiado rápido y olvidó que en el lapso de 70 años, el Reich inició tres guerras y sacrificó a millones de seres en el holocausto. El colapso soviético y la unificación alemana minaron la fuerza nuclear de disuasión francesa como instrumento de poder político. Inglaterra expresó su ansiedad ante la Alemania unida, al acordar con Francia la permanencia de las tropas anglo‑francesas en territorio alemán. Los vecinos europeos del nuevo coloso germano aún no están del todo convencidos de que en un futuro Alemania no resulte una amenaza y no demande la revisión de las fronteras europeas.

 

     La actual estrategia económica de modernizar su parte oriental y monopolizar el mercado de los países del antiguo bloque soviético, ha despertado el nerviosismo en casi toda Europa, que ve levantarse un coloso con 80 millones de personas que genera anualmente casi 2 trillones de dólares y que amenaza con engullirse todo el continente, además de ser capaz, en el futuro, de competir contra Estados Unidos y Japón.

 

     Desde tiempos del zar Alejandro I y del canciller de hierro, Otto von Bismarck, los líderes de Alemania y Rusia han estado convencidos de que ellos sostenían las llaves del poder y la seguridad europea. Sobre todo porque la poderosa maquinaria militar teutona invadió a Rusia dos veces en el siglo XX. Los boyardos de Boris Yeltsin primero y ahora de Vladimir Putin, han mirado con preocupación que la poderosa economía de Alemania restablece su esfera de influencia en Europa central, después de verse interrumpida por la Segunda Guerra Mundial. Para Berlín y Moscú es imprescindible mantener un terreno estable de paz y de negociaciones dentro de una amplia alianza militar continental y así evitar cualquier contingencia entre ambos gigantes.