Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                               Por Juan F. Benemelis, Miami

 

EL TERROR REVOLUCIONARIO

 

La represión instaurada por Fidel Castro aniquiló la continuidad política de Cuba con su pasado republicano e incluso con la formación de la nación, e hizo tábula rasa con las históricas escalas de valores, en lo adelante lacras del capitalismo. Los métodos empleados en la consolidación del poder y el aplastamiento de la inicial rebeldía armada se generalizaron, conformando una potestad represiva que negaba los principios de la lucha democrática. Luego de suprimir las elecciones y abatir la oposición democrática, el castrismo asumió un definido y ascendente perfil reaccionario monopolizando la economía, la política, la prensa y la cultura, e hizo de las ordenanzas administrat­ivas soviéticas su cuerpo doctrinal. Las normas políticas y sociales se reglamentaron por un cuerpo ideológico de infalibilidad sacra, donde el cuestionamiento presuponía un acto de traición.

 

La verdad absoluta del caudillo, hizo de la intolerancia su norma, y los patrones de justicia se determin­aron por un Estado que impuso el brutal esquema totalitario leninista, donde la oposición y la objeción serían los mayores crímenes. El castrismo gobernó la nación cual propiedad privada, supervisando todo detalle de su vida, gestando un Estado totalitario moderno, con racismo, “terror rojo”, fusilamientos, armatoste de espionaje, exilio masivos. La violencia e intimidación, instrumentos de oro de los extremos en todas las épocas, fue elevada a teoría social y apoyada en eficaces dispositivos de delación, para configurar la esencia de la supervivencia por la fuerza, y la consecuente selección natural darwiniana dentro de la revolución.

 

Fue Castro quien introdujo el totalitarismo en la sociedad cubana y transformó todas las actividades nacionales, desde el arte a los deportes, en instrumentos de propaganda. Con él, la represión ideológica, la simulación y la autocensura constituyen los tres componentes básicos de la realidad que lo han sostenido, mediatizando la unión, organización y acción directa de las masas ante la opresión. El prepotente ingenio se justifica, en términos de la lucha contrarrevol­ucionaria de los burgueses, del bloqueo norteamericano y del espionaje enemigo. La fusión de las funciones ejecutivas, legislativas y jurídicas se precipitó y se logró la compartimentación psicológica y el atraso espiritual de la población, sometida y aterrorizada por la compulsión política, aniquilando cualqui­er foco de pensamiento indepen­diente.

 

El castrismo iría destruyendo la sociedad civil y cualquier dinámica de organización de vida independiente al Estado, quebrando el tradicional consenso jurídico que proviene del pueblo y que ha dado como resultado al mundo contemporáneo. La vida cotidiana de asfixiante uniformidad no posibilitaba la realización de las libertades individuales y sociales. El matiz igualitarista, que generalizó los bajos niveles de vida, sostuvo una clase privilegiada  que se auto-tituló "justiciera".

 

En el castrismo el comportamiento individual fue sacrificado por la amorfa multitud, que ejecutaba o era victima de las leyes sociales, mientras el sujeto sería aplastado por la maquinaria que actuaba a nombre de la historia; a merced de una clase burocrática que lo redujo a productor y teledirigió su mundo, condicionado por una conciencia colectiva, sin poder elegir su destino en un mercado de opciones y comportándose de acuerdo a lo estatuido. Al rechazar la vinculación de la persona con la soberanía, el castrismo mostró su desprecio crudo a la población.

 

No aceptaba que la “insignificante individualidad” no se disolviese en la multitud, que fuese capaz de crear su mundo fuera de las paralelas oficiales. No aceptaba que el ciudadano creara lo imprevisto, transformara por sí sólo técnica y económicamente a la sociedad (a lo Graham Bell), pues ello era competencia de la planificación y el encuadram­iento ideológico, y al desarrollo social armónico, evolutivo y ascenden­te.

 

Los derechos del ciudadano, insertados en las constituciones, perdieron toda validez ante las premisas patrioteras de una entrega individual total, por un futuro manejado por la élite rectora. El prójimo fue sometido a los intereses y dictados del régimen quien deshizo a su antojo sus instituciones, sistemas de valores morales y sociales, provocando el retroceso y la desintegración de la nación, y de la condición humana renacentista.

 

Carente de una sociedad civil, el Estado burocrático fue succionando al individuo sus derechos y libertades en aras de la supervivencia social y física, tanto particular como de sus familiares, cuyo proceder se conformó por el temor a perder servicios sociales y materiales básicos para la supervivencia, en lo adelante el factor más importante de pedagogía social. Así se preservó el imperio del minotauro estatal, y se creó un vacío que atomizó al humano, insignificante ante la misión histórica del castrismo, bajo el criterio de que el Estado era el defensor del proletariado. 

 

Todo sería codificado por el Estado: la vocación educacional, la existencia laboral, el tiempo libre, la ideología política, la alimentación, la información, la vivienda, las fechas de matrimonio y vacaciones, la independencia de movimiento, las horas de energía eléctrica. Las libertades individuales, de expresión, la información, el territo­rio de residencia, la voluntad o no de salir del país, todo se reguló.

 

Al fundirse la vida privada con la pública, ambas se exponen a la estricta y despiadada supervisión. Todo debe resultar diáfano: permutas de vivienda, traslado de bienes, horarios, altas y bajas del núcleo familia­r, consumidores en la libreta de racionamiento, estado civil, relaciones personales, actitud moral y social, identifica­ciones, censos, movilizaciones, asambleas, criterios políticos. La vida cotidiana en lo adelante se garantiza por el control policial, la presión burocrática, la asfixiante uniformidad y la compulsión ejercida desde una tupida red de organizaciones.

 

Así mantiene bajo control lo que el ciudadano hace y deja de hacer, lo que habla y lo que calla, lo que come y lo que lee. Como expresaría el filósofo polaco Kolakowski acerca de la naturaleza de los regímenes totalitarios socialistas: "ellos transforman a todo ciudadano en un participante y coautor de la misma ficción: la realidad oficial".

 

La imagen del "padre ejemplo" se transfirió al Estado, en un determinismo a lo Comte y Darwin, en el cual todo comportamiento, impotente y objetivado, será un reflejo del sistema, su medio natural que lo pauta, perdiéndose incluso la autoconfianza individual para determinar la racionalidad o no de sus actos, congelan­do en tiempo, espacio y espíritu a la población, cortando la retirada del sujeto y el escape de la conciencia, para destruir la individualidad y la conciencia crítica.

 

Disuelto en la muchedumbre productora, rendido al silencio, privado de un podio, bregando en la desconfianza al semejante, aplastado por la maquinaria que actúa a nombre de la historia, vociferando mecánicamente las inoculadas consignas oficiales, el individuo se coartó de toda crítica al sistema y reguló su vida por un hierático modelo de planificación administrativa. Incapaz de reflexionar vías de solución, la población se concentró en las plazas públicas y en las asambleas y echó manos también a los mecanismos defensivos de la resignación absoluta, del recelo permanente al prójimo y otros, de índole destructivos, como el suicidio o la marginalidad. Perdida sus amarras sociales, éticas y morales tradicionales y desconocedor de los que se instaurarían mañana, la conducta quedaría sin marcos de referencia, reconociéndose sólo como válido lo sancionado en el presente.

 

Sometido a una explotación autoritaria el individuo se fatigó de cruzadas heroicas y de retórica dramática; para evadir verse señalado como elemento recesivo por la maquinaria vigilante, se refugió en el marasmo, en la autodefensa de la simulación e integración formal, y se desdobló entre la actividad oficial y su vida íntima clandestina. El mundo del productor sería entonces un extenso y creativo universo marginal que no sólo rememoró al otrora existencial creado por los esclavos cubanos del siglo XIX, sino que heredó en la práctica tal psicología social de subsist­encia.  

 

Las tradiciones de amistad, familia, vecindario, inherentes a la psicología cubana, dio paso al aberrante odio por el contrincante, la aprehensión de ayudar a quien afrontaba problemas con la revolución, el peligro de expresarse honestamente ante extraños o extranjeros. Carente de un triunfo material que lo hiciera trascender como un ejemplo histórico, y en un proceso de autodestrucción espiritual, sumado a la filosofía oficial de ofrendar la vida como el producto más elevado de la "conciencia comunista", el conflicto entre las aspiraciones, necesid­ades y demandas de la población con las posibilidades económicas del nuevo sistema, bloquearon la iniciativa individual. Tal remodelación del cuadro social posibilitó compartimentar la información y lograr la visión deseada.

 

Su sistema estuvo necesitado de la constante confirmación de las masas para mantener su imagen y jefatura, factor esencial de la despersonalización política de la sociedad y la asunción consecuente de esa identidad en su persona. La masiva migración rural inicial de desarraigados se adaptó a la disciplina y los dictados, aceptando sin oponerse las orientaciones, consignas y limitaciones que se imponían. La inercia y el fatalismo de la población rural se esparcieron en las conciencias urbanas.

 

La masividad se procuró utilizando los medios masivos de comunicación, las presiones de las organizaciones políticas, las administraciones de los centros de trabajo y las unidades militares, a la vez que confirmaría “la militancia revolucionaria”. Las constantes ofensivas ideológicas, a los actos y asambleas se hacían bajo la falsa aserción de que resultaba el mecanismo idóneo de participación y dirección política, y las redes de base de las llamadas “organizaciones de masas” suplantaron  la espontane­idad y la base popular inicial, conformando los estados de opinión.

 

Al ostentar la verdad absoluta y el deber de implantarla se posibilitaron todos los abusos y violaciones, haciendo de la intolerancia su norma, de la disconformidad o critica el mayor de los crímenes, asumiendo la coerción preventiva, el temor a ser delatado a las autoridades; precepto que exige menos victimas.

 

Esta maquinaria de control, estable y vulnerable a la vez, con cinco décadas de refinamiento y favorecida por el aislamiento insular, si bien llevó a muchos hacia la pasividad, polarizó las soluciones: resignación absoluta u oposición abierta, al igual que los estados fascistas hacia sus indefensos ciudadanos. El pánico colectivo se extendería como una mancha de aceite por todo el país, y el pueblo intimidado se paralizó ante la creencia de paredes con oídos y de una infalible policía política y así se toleraron como naturales los problemas insolubles en la esfera material y doméstica, la dependencia económica al Estado, las presiones políticas y morales en los centros de trabajo, estudio y vecindades, las censuras culturales, las “cacerías de brujas” contra los herejes ideológicos. 

 

La retórica revolucionaria, que encubrió su carácter opresivo y vengativo, no fue óbice para que  compareciesen la oposición al sistema y la disidencia dentro de las filas de fieles y que el presidio político y el éxodo adquiriesen caracter­es monumentales. Para impedir todo vestigio de disidencia o alternativas a su persona y pensamiento, el caudillo aisló y liquidó a oposicionistas, suprimió la individualidad y aplicó la discriminación ideológica. A medida que se desarrollaba esta dinámica del terror rojo tendrían lugar constantes purgas dentro de las propias falanges castristas.

 

Castro siempre dudó de la lealtad de casi todos los que le rodeaban; cualquier reto al poder fue escrupulosamente ocultado o tergiversado en aras de exhibir una élite monolítica. Para asegurar la sumisión del ejército, sustentó sus condiciones materiales de vida por encima de la población, asignando tierra a las unidades militares para su autoconsumo, con un gasto colosal y desvíos del abastecimiento de la población.

 

Hay un patrón siniestro en las relaciones del Caudillo con cada uno de sus rivales potenciales, algunos de los cuales desaparecieron bajo eventos inexplicables o dudosos: Frank País, Camilo Cienfuegos, Cristino Naranjo, Che Guevara, José Abrantes; otros eliminados en espectaculares juicios: Huber Matos, David Salvador, Arnaldo Ochoa; otros suicidados inexplicablemente: Alberto Mora, Haydeé Santamaría, Osvaldo Dorticós; otros aplastados espectacularmente: Heberto Padilla, Humberto Pérez; y otros muertos  a destiempo como Jorge Mas Canosa.

 

Inexplicablemente, Castro tenía la rara virtud de no incurrir en errores, para eso existían las ineficiencias y los equívocos nunca clarificados. Sin embargo, nada pudo solventar la indolencia popular hacia las metas políticas y económicas que en cada oportunidad se vociferaban, lo que cuestiona la eficacia de tal terror revolucionario y el sacrificio de la libertad en aras de una apócrifa igualdad.         

 

Este férreo puño sobre los medios de información y cultura y sobre la conciencia de la población y la nomenclatura, le posibilitará enfrentar exitosamente las crisis con la Unión Soviética y China en los sesenta, la disidencia intelectual, la presión reformista de la tecno-burocracia en los setenta, el "gladsnost" y la "perestroika", el derrumbe del comunismo,  el caos de la “opción cero” y su actual deslizamiento a la muerte.

 

Haciendo honor a esta mentalidad de plaza sitiada; la obsesiva y perenne tensión de guerra, la histeria acusatoria sobre la hostilidad norteamericana y de peligro contrarrevolucionario, sólo existente en cartelones y murales, dilató y justificó su conservación del poder, implantando el aislamiento del país respecto al mundo exterior lo que le dio manos libres para truncar el descontento poblacional. Así, incrementó la militarización y el encuadramiento de la población en organizaciones castrenses.

 

¿Qué puede decirse acerca de los logros de la revolución cuando la principal ambición de la población es abandonar el país? ¿de un régimen militar policial por excelencia, coronado con sus comités de defensa, brigadas de respuesta rápida, que aplica la detención preventiva, que califica las actividades económicas no estatales de "crímenes maliciosos", para el cual es motivo de sospecha la posesión de productos extranjeros, que utiliza las “turbas divinas” para mantener la sociedad civil atomizada y sin líderes, que ahoga a la población con trabajos voluntarios masivos, incluyendo el trabajo infantil y con largas jornadas ideológicas?     

 

Transformada la revolución en la voluntad del Líder, no puede defenderse su estancia en el poder fundamentado en un mítico apoyo popular o de la supuesta política sobre los derechos sociales. Transcurrieron décadas antes que en el exterior se admitiese la violación masiva de los derechos humanos en la Perla de las Antillas. Hasta entonces no levantaba el más leve sentido humano que Castro hubiese fusilado miles de cubanos, que más de un millón tomara el camino del exilio, que sus cárceles y hospitales psiquiátricos estuvieran repletos de prisioneros; y que la carestía y la miseria, el malestar y la desesperación popular se resolvieran con brigadas de respuestas rápidas contra los ciudadanos.

 

Del terror masivo de la década sesenta, se pasó al terror selectivo de la década setenta, luego a la implacable belicosidad de los ochenta, con el heroísmo desarmado del éxodo del Mariel, y al de los noventa que condena en la Isla a poetas y balseros, y los califica como traidores que merecen el desprecio y la cárcel. El síndrome colectivo de inseguridad social y económica, e inestabilidad psicológica, producto de cuatro décadas de racionamie­nto extremo, la desvalorización material y moral, conformarían el mundo del productor: un extenso y creativo universo marginal de subsist­encia. A ello se adicionó también el desestímulo ante el trabajo,  y el mundo paralelo creado por la población, en el cual el mercado negro, la religiosidad y misticismo resultan los valores fundamentales.

 

Ya en los ochenta, el agotamiento y la resignación logran su punto más bajo, al fundirse con un sinnúmero de elementos, como el renovado retorno de la economía de mercado a nivel mundial, la crisis energética internacional, el desmantelamiento del comunismo en la Europa Oriental, el fenómeno de la internacionalización de las comunicaciones. 

 

La extensión e impacto de la "perestroika" soviética gestó un intento rebelde de la intelectu­alidad cubana y una atmósfera altamente crítica a finales de la década ochenta. Castro utilizó contra los intelectuales la vieja táctica de las presiones y conminaciones, supeditando la libertad de expresión al consciente esclavismo espiritual, con el objeto de mantener la barrera entre la concien­cia culta y el productor inmaduro. Esta dirigencia, aterrorizada ante cualquier brote de oposición, prescindirá de la conciencia crítica de los intelectuales, de la famosa vanguardia intelectual que se había formado en Cuba, con gran dificultad, cargando lanza en ristre contra aquellos pensadores, supuestos enemigos de la patria en peligro, acusados de representar las ideologías en receso de la burguesía.      

 

Sin embargo, pese al rechazo de la población al socialismo real cubano, patente en el dos mil, las transformaciones en el ex bloque soviético han sido manipuladas para infundir el temor a una “despiadada” economía de mercado. 

 

La gesta bélica como el primer escalón valorativo del individuo, la ética de violencia, la conducta patriarcal individual y del Estado, la antípoda militarista imperante y el tradicionalismo familiar refuerzan el sentido machist­a y la despersonalización política de la sociedad cubana. No existen las condiciones materiales y técnicas que realicen la liberación social de la mujer, de la esclavitud doméstica.

 

El "ethos" igualitario se redujo a los designios de una minoría centralizadora profundamente patriarcal de género y raza, alejada de la ilustración, donde la mística de la sociedad se transfiguró en un ambiguo mecanismo ideológico y la exaltación de las celebraciones oficiales que aún continúan, bajo la sombra de un caudillo que desaparece entre el secreto de estado, la incertidumbre y la frustración de una sociedad que ve a la “izquierda” internacional celebrando cumpleaños y justificando el fracaso, y a la “derecha” esperando por el funeral a ver qué ocurre.

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                   ben-6-0107