Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

                               

Juan F. Benemelis

 

 

 

 

                                                       

 

 

 

Sudán del Sur y el nuevo Mahdi: nuevo país, viejos problemas

 

La influencia constante del Egipto faraónico sobre las tierras que los egipcios llamaban Kush y los griegos Nubia fue uno de los factores que impidió desde el III milenio a. C. hasta cerca de la era cristiana la formación de un Estado organizado en la región. Los faraones preferían tener tribus dispersas en su retaguardia. Por eso el reino de Napata surgió en el siglo VIII a. C., cuando la gravedad de la decadencia egipcia permitió que el país fuese gobernado por dinastías extranjeras. La última de ellas era precisamente sudanesa: los reyes de Napata conquistaron Egipto en el año 730 a. C. para convertirse en faraones hasta el 663, cuando se produjo la conquista asiria. La caída de la dinastía significó también la del país que, sin ser ocupado, se disgregó. Pero pronto surgieron, en su lugar, los tres reinos de las cataratas, Nobatia, Dongola y Alodia, que se mantendrían más de 20 siglos.

 

Mientras persas, griegos, romanos y árabes se sucedían en el dominio de Egipto, esos reinos se mantuvieron política y culturalmente autónomos, apoyados en su calidad de intermediarios comerciales entre el mercado mediterráneo y las fuentes de esclavos, marfil, pieles y otros artículos del África ecuatorial. Los grandes acontecimientos de ese largo período, sin embargo, son pocos. La conversión al cristianismo en el siglo VI por influencia etíope, y la invasión árabe un siglo después, obligó al rey de Dongola, mediante un tratado que garantizaba la integridad territorial de ese reino y el de Alodia, a dar facilidades a los comerciantes árabes y permitir la religión musulmana. Ese tratado se mantuvo en vigencia durante más de 600 años.

 

Los mamelucos egipcios destruyeron Dongola en el siglo XIV y Alodia hacia 1500. Sus incursiones se hicieron constantes, a pesar de la formación de nuevos reinos, esta vez musulmanes, en Sennar, sobre el Nilo Azul, Kordofán más al oeste y Darfur en pleno desierto.  Decidido a exterminar a los mamelucos, el pachá Mohammed Alí penetró en el Sudán en 1820. A partir de entonces la presencia militar egipcia, que estableció una base en Jartum, se hizo constante, hasta culminar, en 1876, con la total ocupación del país. Esa dominación significó un violento impacto.

 

La unificación del país afectó la autonomía de todas las pequeñas jefaturas locales. La introducción de nuevos ritos -aún dentro de la ortodoxia sunnita predominante- conmovió a los medios religiosos. La prohibición de la esclavitud por presión de los ingleses perjudicó a los poderosos traficantes que hasta poco antes controlaban el país. Finalmente, el establecimiento de impuestos, que gravaban en especial a agricultores y ganaderos, crearon un clima de profunda y generalizada disconformidad.

 

Cuando, en 1881, Mohammed Ahmad se proclamó Mahdi -salvador o redentor- e inició una cruzada por la salvación del islamismo, encontró inmediato eco, particularmente entre la población arabizada del norte. La intervención directa de los ingleses, que en 1882 habían ocupado Egipto, no consiguió cambiar el curso militar de la insurrección. En 1885, los mahdistas ocuparon Jartum, derrotando a los ingleses del general Charles Gordon, y establecieron el primer gobierno nacional. Pero los intereses británicos no podían admitir la existencia de un Estado que se oponía a su estrategia de unir El Cairo y El Cabo con un corredor continuo de colonias.

 

En 1898, en una operación de pinzas, Inglaterra movilizó tropas de Egipto y desde Uganda y Kenia para atacar al Mahdi en dos frentes. Francia, que tenía su propio proyecto transcontinental este-oeste, también estaba interesada en el Sudán y envió tropas hacia allí. Tomado entre tres fuegos, el Mahdi fue derrotado en septiembre de 1898. El posterior encuentro de los ejércitos coloniales en Fachoda casi llevó a la guerra entre Francia e Inglaterra, pero los franceses terminaron reconociendo el predominio británico sobre la cuenca del Nilo, que se oficializó en la forma de un condominio anglo-egipcio sobre el Sudán.

 

Ante la aspiración real de Egipto de llevar a cabo la unidad del Nilo con la integración de Jartum a El Cairo, Inglaterra se dispuso a impedirlo. Para ello, amenazó con conceder la independencia federada a las poblaciones meridionales, pobladas por una mayoría animista y una minoría cristiana, frente al norte árabe y musulmán. Los ingleses iniciaron una política de aislamientos territoriales que impedía cualquier tipo de contacto entre el sur y el norte.

 

En 1953, Sudán obtuvo un régimen de autogobierno y en 1955 se eligió un parlamento íntegramente sudanés, que proclamó la independencia del país el 1º de enero de 1956. Pero, la población del sur no encontró solución a sus problemas, ya que quedaba desplazada y sin participación real en la política del nuevo Estado. Cinco meses antes de la independencia se desató una cruenta guerra civil que se prolongaría durante 16 años en forma ininterrumpida.

 

En 1969, en medio de esa guerra civil, el general Jaafar Nimeiri asumió el poder y concedió al sur la autonomía. En 1976 Sudán y Egipto firmaron un pacto de defensa mutua y el gobierno de Nimeiri apoyó, al principio, los acuerdos de Camp David, firmados por Anwar El-Sadat, Jimmy Carter y Menahem Beguin. Sin embargo, cuando quedó claro que esa posición lo aislaba del resto del mundo árabe, el régimen de Jartum comenzó a alejarse de El Cairo para acercarse a Arabia Saudita. El general Nimeiri adoptó, luego, una línea que enfatizó el carácter islámico de su régimen. En contrapartida, esa islamización le enajenó las simpatías del sur, que no es musulmán.

 

En mayo de 1977, el general Nimeiri fue reelegido presidente por un nuevo período de seis años. Poco después el gobierno de Jartum anunció el inicio de un proceso de reconciliación nacional, que permitió el reingreso al país de algunos líderes políticos en el exilio y dio cabida a partidos hasta entonces opositores como el Ansar (Partido Umma), Partido Democrático del Pueblo y la Hermandad Musulmana. Sin embargo, el Partido Comunista Sudanés y el Frente Nacional del ex ministro de Finanzas, Sheriff al-Hindi quedaron al margen.

 

El general Nimeiri fue reelegido por tercera vez en 1983, bajo acusaciones de fraude. En junio del mismo año, en forma inconsulta y violando el acuerdo de 1972, el gobierno dividió las provincias del sur en unidades regionales más pequeñas, lo que generó de inmediato reacciones de descontento en la región afectada. En septiembre el presidente Nimeiri impuso sin previo aviso la aplicación de la ley islámica (Sharia) en todo el territorio nacional, cediendo a las presiones de Arabia Saudita con el fin de obtener su ayuda económica.

 

Esta medida provocó la protesta general de los animistas y cristianos del sur y la reactivación inmediata del movimiento guerrillero.  Estalló una rebelión en la ciudad de Bhor, de la cual surgió el Movimiento Popular de Liberación de Sudán (SPLM), organización político-militar que dio al movimiento guerrillero del sur una nueva base ideológica. El nuevo movimiento planteó como objetivos realizar la unidad nacional e instaurar el socialismo, en un marco de respeto de la autonomía del sur y de la libertad religiosa. El Ejército Popular de Liberación del Sudán, ala militar del SPLM, amplió sus acciones a tal punto que las compañías extranjeras que hacían prospección de petróleo en el sur de Sudán fueron poco a poco abandonando sus instalaciones debido a la guerra.

 

Mientras tanto, en el norte, la Hermandad Musulmana y los partidos de oposición aumentaron sus críticas contra Nimeiri por estar usando la ley islámica para reprimir a los críticos del gobierno. La comunidad financiera internacional también comenzó a presionar al presidente sudanés para que no aplicara íntegramente la Sharia. La deuda externa se multiplicó, llegando a 8,000 millones de dólares. El pago de las amortizaciones e intereses pasó a ser sistemáticamente retardado y, por lo menos en dos oportunidades, hasta comienzos de 1984, el país fue considerado en quiebra. En 1985 el gobierno estadounidense suspendió los créditos de ayuda y el FMI forzó un alza de precios en los alimentos.

 

La rebelión estalló incluso en la capital. En abril de 1985 Nimeiri viajó a Estados Unidos en busca de ayuda, pero no pudo retornar a su país; su ministro de Defensa y comandante general del ejército, Abdulrahman Suwar al Dahab, había tomado el poder. El golpe no varió la situación política. La burguesía islámica del norte comenzó a acomodarse, mientras el Movimiento Popular de Liberación de Sudán mantuvo sus actividades en el sur, al no variar sustancialmente la discriminación político-económica contra la región. Fueron disueltos los partidos políticos y se abolió la división del sur. También se comenzó a estudiar la aplicación de la Sharia, y Dahab prometió convocar a elecciones en 1986. Las elecciones de abril de 1986 las ganó el Partido del Pueblo (umma), una organización de base islámica, y Sadiq al-Mahdi fue elegido primer ministro.

 

El Movimiento Popular de Liberación de Sudán pidió la renuncia de Mahdi y la formación de un gobierno provisional, mientras sus doce mil guerrilleros rodeaban las guarniciones del sur leales al gobierno, manteniendo al Sudán prácticamente dividido en dos, en tanto el hambre también había comenzado a hacer estragos en la región ante el bloqueo aéreo creado por la guerrilla. Ésta aceptó dejar pasar los aviones con alimentos y medicamentos enviados por la ONU a las ciudades sitiadas de Juba, Yirol y Wau. Sin embargo, las contradicciones económicas, políticas y culturales entre norte y sur seguían sin solución, prolongando el conflicto.

 

Luego, con el secularismo bajo ataque en todo el mundo islámico, Nimeiri revertió curso y buscó el apoyo de los islamistas, nominando al líder espiritual islámico Hassan al-Turabi como Fiscal General. En 1983 se imponía la Sharia como la ley fundamental para todo el país. Para entonces, el descubrimiento de petróleo en el sur exacerba el conflicto que responde al intento del norte por islamizar al sur. Las unidades armadas compuestas por tribeños del sur se amotinan, precipitándose una guerra civil que, a un costo de más de un millón de vidas, aún está vigente.

 

Sería precisamente Al-Turabi, integrante de la Hermandad Musulmana, graduado de universidades islámicas y europeas, quien se alzaría de los escombros humeantes de la Guerra del Golfo como guía ideológico del fundamentalismo. Sudán es un país donde aun se venden efebos y bellas sudanesas escogidas especialmente para el placer de jeques petroleros y de magnates norteafricanos, que vive bajo el síndrome del Mahdi, del cual Al-Turabi pretendía asumir el manto.

 

En 1989 el entonces mandatario Sadiq al-Mahdi iba a ofrecer al sur un sistema federal dentro del contexto del Islam pero, en junio de ese año, en medio de la prolongación de la guerra entre el SPLM y el ejército y una tensión social cada vez más grande, un grupo de militares fanáticos islámicos, dirigidos por el coronel Omar Hassan al Bashir, un discípulo de Al-Turabi, propinó un golpe de Estado. Tras el golpe de Estado Turabi fue catapultado a los primeros planos del país y de la arena internacional islámica, haciendo del Sudán una base y refugio para terroristas.

 

Al-Bashir disolvió los partidos políticos, creó una junta militar con 15 integrantes y prometió poner fin a la guerra. A los 10 meses de asumir el gobierno militar, se produjo un intento de golpe de Estado por parte de la oficialidad del ejército. También se vieron frustradas en esa oportunidad las mediaciones de Etiopía, Kenia, Uganda, Zaire y Estados Unidos para solucionar el largo conflicto interno. Las distintas iniciativas de paz fracasaron, mientras las tropas del gobierno y grupos paramilitares árabes financiados por al-Bashir hostigaban a los pueblos del sur.

 

Al-Turabi buscó transformar al Sudán en el centro del renacimiento islámico y la plataforma de lanzamiento de la yijad contra la civilización judeocristiana, y se afanaría por aunar a los sunnitas con el chiísmo iraní, y así conformar el anhelado califato islámico bajo su dirección. El faccionalismo cultural establecido por Al-Turabi imposibilitó la negociación y la reconciliación, arrestándose a los líderes sindicales y aboliéndose las sociedades de profesionales. Su régimen se destacaría por las torturas, las ejecuciones, la prohibición de la vida nocturna, del canto y el baile, de la bebida.

 

El apoyo de Al-Turabi se concentró en las comunidades intelectuales islámicas procedentes del valle del Nilo y de la universidad de Jartum, de sectores “modernos” como el ejército, los sindicatos, la burocracia. Al-Turabi internó a miles de huérfanos en las escuelas coránicas -las madrazas- para instruirles en la destrucción y muerte de los no creyentes. En 1991 auspició en Jartum, la capital sudanesa, un concilio de congregaciones terroristas de cada país objeto de la lucha de liberación islámica (Al-Qaeda, HizbAlláh, el FIS de Argelia, el FLS del Sudán, movimientos del Sudeste Asiático, los egipcios de Abbud Al-Zumur), para construir una infraestructura financiera pantalla en Europa y Estados Unidos, y campos de entrenamiento.

Al-Turabi convenció a los fundamentalistas del Medio Oriente de que el Islam era la fuerza ideológica más poderosa en esta post Guerra Fría, la única capaz de motivar a los jóvenes desarraigados y ofrecerles un futuro, sobre todo porque Occidente no estaba al tanto del actual renacimiento islámico. Para Al-Turabi la civilización mundial y los estados nacionales árabes se hallaban en plena decadencia, mientras África se hunde en el tribalismo, e incluso Irán, tierra del triunfante chiísmo, no presenta la esperanza de una nueva visión. Sólo al Asia, con su “solidaridad cultural” y su disciplina, le concedía un futuro brillante.

Será Al-Turabi, y no Ben-Laden, el cerebro inicial tras los planes grandiosos para el terrorismo islámico; y Al-Qaeda uno de los tantos aparatos alimentados por el sudanés. Al-Turabi comisionó a Ben-Laden para que formara una maquinaria financiera, aprovechando la largueza de los servicios secretos sauditas, iraníes, paquistaníes y los estados del Golfo. A partir de ese momento, los ex miembros de la Legión Árabe que había operado en Afganistán serían despachados hacia sus países de origen y a lugares donde existiesen comunidades islámicas, con la misión de plantarse y esperar la señal de ataque. Varios sudaneses de Al-Turabi participaron en el complot para dinamitar el World Trade Center.

El entramado de desestabilización para todo el este africano en 1992, cuyo designio era la expulsión de Estados Unidos de Somalia, fue diseñado por Al-Turabi y ejecutado por Ben-Laden. Somalia marcó el cambio crucial del terrorismo, su primera victoria contra Estados Unidos, consolidando a Al-Turabi como el mentor intelectual y religioso, y a Ben-Laden como el brazo vengador de un futuro imperio islámico fundamentalista, que tendría su primer asiento territorial en toda el África Oriental. Pero, Al-Turabi, no logró atraerse las áreas rurales influidas por el sufismo y por los seguidores del Mahdi (campesinos y beduinos). Muchas autoridades islámicas se le opusieron, como Yussuf el-Daim y Hashem El-Hadiya. Los estudiantes sudaneses perderían la fe en el Islam que ha cesado de generar nuevas ideas, y cuyo pensamiento se ha fosilizado.

 

El 4 de febrero de 1991, el gobierno instauró el sistema federativo. Por el mismo, Sudán se dividió en nueve estados, administrados cada cual por un gobernador y un gabinete ministerial. El 31 de enero de ese año, el gobierno del general Omar al-Bashir firmó además un nuevo código penal basado en la Sharia, aplicable en el norte del país, en donde predomina la religión islámica. En mayo de 1994 el gobierno firmó con los dos grupos rebeldes un acuerdo de ayuda para las poblaciones aisladas por el conflicto. Pero la situación siguió empeorando y las organizaciones humanitarias reiteraron sus denuncias. African Rights acusó en julio de 1995 a Jartum de ser responsable del genocidio de los nubios. En las elecciones de marzo de 1996, al-Bashir salió reelecto con 76 % de los votos.

 

Después de 12 años de guerra, con un millón de muertos y tres de refugiados, las posibilidades de coexistencia entre los teócratas del norte del país y los rebeldes del sur parecían cada vez menores. En noviembre de 1997, las disputas con Egipto por la administración del triángulo de Halaib -rico en fosfato, manganeso y supuestamente en petróleo- motivaron que Sudán pidiera la intervención de la Liga Árabe. En virtud de un acuerdo de 1899, el Halaib le pertenecía a Egipto, pero un nuevo acuerdo, firmado en 1905, se lo otorgó a Sudán.

 

En enero de 1998 Estados Unidos anunció el embargo económico a Sudán, alegando que respaldaba el terrorismo internacional entrenando a grupos de oposición en países vecinos, para desestabilizarlos, y faltando el respeto a los derechos humanos. Un mes más tarde, la ONU instó a la comunidad internacional a brindar a Sudán más de 100 millones de dólares para asistir a 4 millones de víctimas de la guerra y la sequía. La guerrilla sudanesa reivindicó el atentado en el que murió el vicepresidente Al Zubair Mohammed Saleh en febrero de 1998, cuando se estrelló su avión en la localidad de Nasir, a 700 kilómetros de Jartum. Según observadores, los rebeldes cristianos del ELP contarían con apoyo estadounidense a través de la colaboración de Uganda, Etiopía y Eritrea. La Iglesia Católica de Sudán decidió participar por primera vez en las conversaciones de paz entre el gobierno islámico y la facción del Ejército para la Liberación del Pueblo de Sudán (SPLA) que aceptó dialogar.

 

Una epidemia de meningitis asoló el país a partir de marzo de 1999. Solamente en Jartum fallecían 30 personas por día, siendo las zonas más afectadas los asentamientos en las afueras de la ciudad. Mediante una inversión de 3,000 millones de dólares, Sudán consiguió inaugurar en junio un oleoducto de 1,500 kilómetros que le permitía explotar vastas reservas de petróleo, que la guerra y los problemas políticos habían postergado. Hacia fines de septiembre se comenzaron a producir 150,000 barriles de petróleo diarios, cifra que se pretendía elevar a 250,000. Sin embargo, dado el gran costo de inversión, Sudán recién comenzaría a ganar dinero por este concepto después del año 2003.

 

Entre tanto, el hambre y la guerra seguían asolando el país. Diariamente, entre mil y dos mil personas desplazadas continuaban llegando a los centros donde operaban las organizaciones internacionales. Vestido de militar, Al-Bashir asumió una vez más como presidente en febrero de 2001, delante de los gobernantes de los países de la región que estaban en Jartum para una reunión del grupo de los estados del Sahel y del Sahara. Al-Bashir resultó reelecto con 86,5 % de los votos en las elecciones de diciembre, que fueron boicoteadas por la mayoría de los partidos de la oposición.

 

En diciembre de 2001 las autoridades en Jartum afirmaron haber liberado más de 14,500 esclavos luego de seis meses de campaña por parte de organizaciones defensoras de los derechos humanos. En enero de 2002, el SPLA firmó una alianza con su rival sureña, la Fuerza Sudanesa de Defensa Popular, para hacer frente común contra el gobierno. En octubre, con la apertura en Kenia de negociaciones de paz entre el gobierno sudanés y el SPLA, se puso fin a una guerra civil que había cobrado la vida de dos millones de personas.

 

En esa oportunidad, el secretario de Estado norteamericano Colin Powell, cuyo equipo de gobierno había declarado el acceso al petróleo africano como un “asunto de interés nacional”, presentó un acta donde amenazó con triplicar su contribución al SPLA a 300 millones de dólares y con mantener el embargo a Sudán, en caso de no alcanzar la paz para marzo de 2003. Asimismo, el jefe del SPLA, el general John Garang, solicitó ejercer la vicepresidencia de Sudán, en lugar de Alí Osman Taha, al tiempo que reclamó las provincias sureñas de Nuba, Abyei y Nilo Azul, caídas bajo jurisdicción del norte en 1972, aunque no hubo una solución a este diferendo durante los años inmediatos.

 

Entre abril y diciembre de 2003, el gobierno sudanés y el SPLA pactaron para integrar sus tropas en un ejército de 39 mil soldados en el 2004, compartir las ganancias del petróleo, redactar una nueva Constitución, otorgar al sur la autonomía administrativa y convocar a un referéndum para 2010, con vistas a la independencia de esa región. Asimismo, Hassan Al-Turabi, líder islamista encarcelado durante años, fue liberado en octubre de 2003, levantándose la proscripción de su partido, el Frente Islámico Nacional (NIF). En 2003, 92 % de los sudaneses vivían bajo la línea de pobreza.

 

En enero de 2004, mientras se alcanzaba la pacificación entre las zonas norte y sur, las tropas gubernamentales lanzaron una ofensiva en la zona de Darfur, en el extremo oeste de Sudán (comprendida dentro de las jurisdicciones norte y sur), contra el Ejército del Movimiento de Liberación de Sudán (EMLS, ex Movimiento de Liberación de Darfur). El EMLS había sido fundado el año anterior, en respuesta a ataques sistemáticos a la región de Darfur por parte de grupos de pastores árabes, expulsados por la desertificación del Sahel (su región de origen), que pretendían desalojar a las tribus negras islamizadas de sus tierras bien irrigadas.

 

Las milicias árabes pro-gubernamentales obtuvieron armamento, entrenamiento y equipamiento por parte del gobierno sudanés (desde antes de 2003, según la organización Human Rights Watch, en contradicción con la versión de las autoridades gubernamentales, a las que acusó de llevar a cabo una "limpieza étnica"), para realizar la operación "tierra quemada". La misma costó diez mil vidas humanas, destruyó 2,300 localidades y desalojó un millón de personas, que pasaron a deambular en busca de refugio por los suburbios de distintas ciudades de Sudán o cruzaron la frontera con Chad, sin conseguir escapar a torturas, violaciones y saqueos, en la más completa impunidad. La Organización Mundial Contra la Tortura denunció ese año la aplicación de torturas a niños refugiados de Darfur.

 

En marzo de 2004, Al-Bashir ordenó nuevamente el arresto de Al-Turabi y de sus partidarios políticos y militares. En abril, la comisión de Derechos Humanos de la ONU se abstuvo de aplicar sanciones al gobierno sudanés. No obstante, el programa de ayuda alimenticia de ese organismo denunció que el hambre alcanzaba en Sudán a tres millones de personas, en lo que calificó de "desastre humanitario" En mayo, el ejército de Chad fue atacado en la frontera por las Fuerzas regulares sudanesas. Algunos observadores políticos alertaron sobre una posible alianza antigubernamental entre los grupos armados de Darfur y los de Nuba, Abyei y Nilo Azul, y sobre la propagación de enfrentamientos armados a través del territorio de Sudán.

 

En junio, el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, visitó Sudán e intentó presionar para que finalizaran los ataques contra la población civil en Darfur. Los enfrentamientos en esa región tomaron inmensas proporciones. Washington advirtió a Jartum que el Consejo de Seguridad de ONU podría interferir si continuara la violencia. Kofi Annan (secretario general de la ONU), señaló por su parte que si Sudán no protegía a la población de Darfur, la comunidad internacional debería actuar. La ONU ha descrito el conflicto de Darfur como la peor crisis humanitaria del mundo. Al menos 10,000 personas murieron en los últimos quince meses de enfrentamientos.

 

Según la ONU, los asesinatos y el desplazamiento masivo de personas reafirmarían la voluntad de una "campaña de limpieza étnica". El gobierno de Sudán negó repetidamente las acusaciones de apoyar a los milicianos árabes que han atacado las aldeas. Las organizaciones humanitarias denunciaron que el gobierno sudanés puso trabas a la distribución de alimentos y medicinas. Mustafá Ismael, ministro de Relaciones Exteriores de Sudán, admitió que había "un problema" en Darfur, pero sugirió que la magnitud se estaría exagerando y prometió que su gobierno presentaría una serie de medidas para tratar el tema antes de terminada la visita de Estados Unidos.

 

En julio, la ONU desplazó miles de refugiados sudaneses hacia campamentos seguros. Los sudaneses continuarían huyendo a la vecina Chad debido a la violencia continuada en la región de Darfur. Según ONU, 15,000 refugiados fueron trasladados en esos meses al Chad. Organizaciones humanitarias acusaron a los janjawid como responsables del desplazamiento fuera de fronteras de 1,2 millones de sudaneses. Estados Unidos pidió a la ONU que adoptara sanciones contra Sudán pues consideró que Jartum demostraba gran pasividad frente al desastre humanitario en el país.

 

Al mismo tiempo, el vicepresidente y líder guerrillero cristiano John Garang, que encabezó por más de 20 años una cruenta lucha armada contra el norte musulmán sudanés, murió en un accidente aéreo, y el gobierno creó una comisión investigadora para determinar si la muerte de Garang fue un accidente. Para marzo de 2005 se estimaba que 180,000 personas habían muerto en el conflicto de Darfur en los 18 meses anteriores y que dos millones habían abandonado sus aldeas, buscando refugio en las ciudades principales, en tanto 200,000 habían huido al Chad.

 

La comisión de la ONU para el conflicto, por su parte, concluyó que el gobierno de Sudán no era culpable de genocidio -figura que hubiera obligado a la comunidad internacional a intervenir- aunque sí de “serias violaciones a los derechos humanos y a la ley humanitaria internacional”, que podrían ser perseguidas como crímenes contra la humanidad. La comisión recomendó “especialmente” que el Consejo de Seguridad de la ONU pidiera que la Corte Penal Internacional (CPI) investigara a fondo la situación. Esto rápidamente motivó un nuevo desencuentro a Estados Unidos, que rechazaba la Corte Penal Internacional, pedía se instalase una corte ad hoc en Arusha, Tanzania y que el Consejo de Seguridad sancionara a Sudán, y la Unión Europea, que sostenía que la Corte Penal Internacional debía tomar cartas en el asunto.

 

Las presiones internacionales sobre Omar al Bashir continuaron incrementándose con el repudio internacional al genocidio de Darfur y las continuas denuncias de organizaciones internacionales de derechos humanos y de refugiados, al extremo de que, en la actualidad, al Bashir es uno de los dos jefes de Estado en ejercicio con una orden de captura dictada por parte de la Corte Penal Internacional (el otro es Muamar Khadafi).

 

Durante el período de la autonomía de la región sur del Sudán la guerra civil perdió en intensidad sin terminar definitivamente, pero los habitantes del sur confiaron en la prometida realización de un referéndum en 2011 para decidir sobre la independencia.

 

Una serie de problemas pendientes, algunos milenarios, fueron discutidos por negociadores del norte y el sur durante la etapa de la autonomía comenzada en 2005, pudiéndose resolver algunos y quedando pendiente una buena parte de ellos. Uno de los problemas más espinosos era el reparto de las utilidades del petróleo sudanés. Si bien los campos petrolíferos fundamentales están en el sur, los oleoductos y refinerías, así como el puerto de exportación principal, Port Sudán, pertenecen al norte, de manera que ninguna de las dos partes en pugna puede completar la operación por sí sola.

 

En base a estos criterios, el norte impuso al sur el reparto de las utilidades 50%-50%, lo que el sur debió aceptar en esos momentos, pero tan pronto se proclamó la independencia el sur solicitó renegociar esos acuerdos, en busca de condiciones más favorables.

 

Solamente la presión internacional sobre el norte de Omar al Bashir y la imposibilidad de lograr una victoria militar en los enfrentamientos armados condujeron al dictador sudanés a aceptar y posteriormente realizar el referéndum sobre la independencia en enero 15 de 2011, donde más del 99% de los votantes dijo “sí” a la pregunta de si deseaban un estado independiente, separado del Sudán.

 

Como resultado del referéndum, el 9 de julio del 2011 nacía la nueva Republica de Sudán del Sur, con 8 millones de habitantes (el número es solamente aproximado) y más de 619,000 kilómetros cuadrados de superficie, poblada casi en sus dos terceras partes (63%) por personas de religiones autóctonas, más de un 20% de cristianos animistas, y un 11% de musulmanes. El Presidente del nuevo país, Salva Kiir Mayardit, es un veterano militante del Movimiento de Liberación Popular de Sudán, y desde 2005, tras la muerte del legendario John Garang, era Primer Vicepresidente del único Sudán de entonces. La nueva constitución establece que el presidente es Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Comandante en Jefe de las fuerzas armadas.

 

Cuando fue convocado el referéndum, Omar al Bashir prometió que en caso de resultar vencedor el “sí” para la independencia, Sudán reconocería la doble ciudadanía de los sudaneses del sur, pero con posterioridad desconoció esa oferta y propuso una federación del corte de la Unión Europea.

 

La independencia de Sudán del Sur no es la solución para todos sus problemas ni mucho menos. Está pendiente la realización de “consultas populares” en las regiones de Kurdufán del Sur y Nilo Azul, para determinar el futuro de ambas, si se integrarán a Sudán o a Sudán del Sur. Por otra parte, la región de Abyei, en la frontera entre ambas naciones, era gobernada por un Área de Administración de Abyei bajo el control de Jartum. Está prevista la celebración de un referéndum en esta región para determinar su futuro, pero en mayo de este año el ejército sudanés ocupó la región, y en este momento su futuro, así como el del referéndum, es incierto.

 

En el plano internacional, la nueva nación se incorporó a la Organización de Naciones Unidas, y pretende incorporarse rápidamente a la Unidad Africana, la Mancomunidad Británica de Naciones (Commonwealth), la Comunidad de África del Este, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Aunque al nuevo país se le ofreció membresía en la Liga Árabe, con la intención de cuidar las relaciones con la nueva nación con casi un millón de musulmanes, parece ser que ésta preferiría participar solo como observador, al menos de momento, y no como miembro pleno en dicha organización.

 

A pesar de sus abundantes recursos naturales, Sudán del Sur es uno de los países más pobres y subdesarrollados del mundo. La prospección y extracción de petróleo está en manos de varios consorcios: China National Petroleum Corporation, con un 40%; Petronas, de Malasia, con un 30%; Oil and Natural Gas Corporation, de la India, con el 25%, y Sudapet, del gobierno de Sudán, con el restante 5%. Total, de Francia, recibió desde hace años un vasto territorio como concesión en un área diferente, pero nunca lo ha explotado.

 

Como el antiguo Sudán, al que pertenecía el Sur, está en la lista de países promotores del terrorismo, que elabora Estados Unidos, las compañías petroleras norteamericanas no pueden realizar actividades en Sudán, ni tampoco ninguna compañía norteamericana de ningún tipo, pero esa situación debería cambiar con la creación del nuevo país de Sudán del Sur, pero es algo que todavía no ha sucedido, aunque el nuevo gobierno ha manifestado claramente su interés en resolver esta situación y ha comenzado las gestiones pertinentes.

 

Además del petróleo, el nuevo país cuenta en su territorio con, oro, plata, hierro, cobre, cromo, zinc, tungsteno y mica, así como abundancia de recursos hidráulicos (el río Nilo atraviesa su territorio), pero, como país extremadamente subdesarrollado, su economía depende en lo fundamental de la agricultura, produciendo de manera primitiva algodón, maní, sorgo, trigo, millo, caña de azúcar, yuca, plátano, boniato, mango, papaya y sésamo, básicamente para la subsistencia.

 

La infraestructura en el país es prácticamente inexistente, tiene los índices más elevados del mundo en mortalidad materna y analfabetismo femenino; la tasa de analfabetismo es superior al 80%, y se calcula que menos del 1% de las niñas termina la escuela primaria.

 

La República Popular China habría ofrecido al nuevo país una línea de crédito por varios años para la construcción de un oleoducto hacia Kenia y la negociación de un acuerdo de exportación con esa nación, pero de momento Sudán del Sur seguirá utilizando las instalaciones del norte. Si tal acuerdo se materializara, Estados Unidos podría importar petróleo de la nueva nación.

 

El gobierno cubano no ha estado ajeno al Sudán desde hace muchos años, y cientos de jóvenes estudiantes de esa nación cursaron diferentes estudios en Cuba. Decenas de sudaneses de la región sur estudiaron medicina en Cuba, y hoy ejercen como médicos en el sur, el norte y otras naciones africanas. Regresando de Irán, al día siguiente de la proclamación de la independencia, el vicepresidente cubano Esteban Lazo se detuvo en Juba, capital de la nueva nación, donde fue recibido por el nuevo presidente, de manera muy amistosa. Aunque se desconocen detalles de lo tratado en esa conversación, es de suponer que el régimen haya ofrecido, por lo menos, colaboración médica y educacional a la nueva nación, que necesita mucho ambas cosas..

 

Sudán del Sur es la más reciente nación independiente del mundo. Tiene por delante enormes oportunidades, pero también enormes retos y amenazas: la mayor, las relaciones con Sudán, la antigua nación a que pertenecía el nuevo país, y que aunque se ha presentado con un lenguaje amistoso de cara a la comunidad internacional, sigue viendo al sur como parte de su territorio y mantiene pretensiones hegemónicas, más aún siendo un país dirigido por un personaje como Omar al Bashir.

 

Tiene por delante, también, un aplastante subdesarrollo que vencer, y deberá buscar la forma de que sus recursos naturales puedan explotarse en función de los intereses populares y no sólo para el enriquecimiento de élites corruptas, algo tan común en África. Al menos, una de las primeras declaraciones del nuevo gobierno ha sido que priorizará la alfabetización y educación de los sudaneses del sur.

 

Y tiene el peligro de la influencia árabe, en una nación considerada por siglos como árabe, a pesar del cristianismo en el sur. Los árabes pueden acercarse al nuevo país con sus enormes recursos monetarios, pero también, junto a los capitales, han de venir, aunque en cierto sentido ya están ahí, los fundamentalistas y extremistas, deseosos de sumar otro país a la yijad.

 

El nuevo país nace a la vida con con viejos problemas, los de siempre, y los que surgen de su condición de nación independiente. Muchas miradas están puestas sobre Sudán del Sur, y no todas con las mejores intenciones.