Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

RUSIA: GEOPOLÍTICA Y PETRÓLEO

 

Rusia tiene las mayores reservas de gas de todo el mundo y es el segundo país en exportaciones de petróleo del mundo tras Arabia Saudita. La excesiva dependencia estadounidense del petróleo de Arabia Saudita y otros países inestables del Golfo Pérsico ha contribuido a la aparición de una nueva relación en materia energética entre Estados Unidos y Rusia. Sin embargo, la cooperación bilateral energética se ha ido desarrollando con lentitud. De hecho, la mayor parte del petróleo ruso se exporta a Europa. Rusia ni siquiera se encuentra entre los quince principales proveedores de petróleo a Norteamérica. Por otro lado, el primer envío de gas natural licuado a Estados Unidos tuvo lugar en septiembre de 2005.

 

Ambos países también han encabezado un llamamiento al incremento de la producción de energía nuclear para conseguir un suministro energético más seguro a nivel internacional. Tras una reunión de los ministros de Energía de los países del G8 en Moscú, en mayo de 2006, Estados Unidos y Rusia propugnaron un “renacimiento sustancial” de la industria de la energía atómica mundial. El plan energético de Moscú incluye el incremento de la energía atómica nacional en un 25%. No obstante, esta cooperación más estrecha se ha visto obstaculizada por la preocupación de Washington en relación con los acuerdos de Moscú con Irán y la propuesta de acuerdo para suministrar uranio enriquecido a dicho país.

 

Las inmensas riquezas energéticas del Asia Central y del Cáucaso son consideradas por Rusia como parte de su seguridad nacional. Por eso, si Estados Unidos construye oleoductos hacia el sur, a través de Afganistán a Pakistán, Rusia pierde el control de las Repúblicas de Asia Central y Estados Unidos aumenta el poder sobre los países que lo usen, especialmente Pakistán e India. Por ello, esta es una competencia que tiene a otro querellante, los rusos, quienes buscan torpedear los planes turco-iraníes de acarrear el petróleo asiático al Mediterráneo a través de la meseta de Anatolia, o la idea de Irán de transbordarlo al Golfo Persico. Los rusos quieren sustituir a ambos con un diseño propio: el de un oleoducto a través del Mar Negro hasta los estrechos del Bósforo.

 

El póquer geoestratégico domina este espectáculo petrolero. Es justamente el afán de impedir el fortalecimiento de las posiciones de Rusia en el Cáucaso Norte lo que mueve a Washington a utilizar sus resortes políticos y económicos para lograr que Moscú mantenga una diplomacia de negociaciones. Pero Rusia sigue aspirando al pedestal de gran potencia, algo que no agrada a Europa y Estados Unidos. Entre las principales desavenencias entre Rusia y Estados Unidos se halla, en lo fundamental, la situación con Georgia, el petróleo del mar Caspio y las bases militares rusas en el Cáucaso y Moldova.

 

Al mismo tiempo, la Casa Blanca teme que el presidente ruso Vladimir Putin esté intentando volver a convertir a Rusia en una gran potencia haciendo uso de los ingresos procedentes del gas y el petróleo. Así, dichos ingresos, cada vez mayores, han permitido a Putin consolidar la autoridad del Kremlin, imponerse a los centros de poder que compiten con él y reafirmar el control sobre las antiguas repúblicas soviéticas. El Kremlin también se ha hecho con el control de los recursos energéticos por medio de empresas estatales, como Rosneft, la compañía petrolífera estatal, y Gazprom, el monopolio de gas estatal.

 

En un discurso pronunciado en Vilnius (Lituania) por el vicepresidente norteamericano, Dick Cheney, advirtió al Kremlin de que no debía utilizar el suministro de gas y petróleo como un arma política. Cheney afirmó que “no existen intereses legítimos cuando el gas y el petróleo se convierten en armas de intimidación o chantaje, ya sea a través de la manipulación del abastecimiento o de los intentos de monopolizar el transporte”. Sus comentarios han generado un intenso debate en Europa acerca de la seguridad del suministro de energía procedente de Rusia. A comienzos de 2006, el monopolio de gas ruso Gazprom interrumpió temporalmente su suministro a Ucrania debido a una disputa sobre el precio, una decisión que fue duramente criticada por la Casa Blanca. Las previsiones indican que para el año 2025 Rusia suministrará el 70% del gas natural de Europa Occidental. Puesto que la vulnerabilidad de Europa va en aumento, algunos analistas temen que Rusia pueda usar su suministro energético como un arma para imponer sus prioridades geopolíticas, incluida la quiebra de la solidaridad en el seno de la OTAN.

 

Sin embargo, las acusaciones mutuas entre Washington y Moscú podrían complicar aún más los esfuerzos por controlar la seguridad energética, que fue el principal tema tratado en la Cumbre del G8 en San Petersburgo (Rusia) en julio de 2006. Asimismo, debilitan el intento de Estados Unidos de conseguir el respaldo de Rusia a una resolución firme en la ONU con respecto al programa nuclear de Irán. Washington está intentando convencer a Moscú de que olvide sus objeciones a una resolución en la que se imponga a Teherán un plazo para paralizar las actividades nucleares sensibles o se enfrente a las posibles sanciones.

 

Moscú otorga una gran importancia al mantenimiento de su acuerdo con Teherán para finalizar la construcción de una central nuclear en Bushehr, ya que, en efecto, Irán ha salvado el sector de la energía nuclear de Rusia. La industria rusa tuvo que hacer frente a un futuro incierto después de la pérdida de clientes tras la caída del comunismo y el acuerdo con Irán da trabajo a decenas de miles de empresas rusas.

 

En octubre de 2003, Estados Unidos persuadió a Rusia para que aplazara la entrega de las barras de combustible a Bushehr, lo cual ha ralentizado el programa iraní y la inauguración del reactor valorado en 800 millones de dólares se pospuso. Mientras tanto, Rusia e Irán continúan adelante con sus largas negociaciones sobre la construcción de tres a cinco instalaciones adicionales por un coste de 3.200 millones de dólares.

 

Entre tanto, la apertura del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (BTC) en octubre de 2005, que llevará el petróleo del Caspio a los mercados mundiales, constituyó un importante éxito de la política exterior estadounidense. El oleoducto va desde los pozos petrolíferos submarinos de Azerbaiyán hasta el puerto mediterráneo de Ceyhan en Turquía, a través de Georgia, evitando pasar por Rusia, que domina todas las rutas hacia los mercados occidentales del petróleo desde el Caspio y Asia Central. Estados Unidos lideró el proyecto como un medio para fortalecer la independencia de las antiguas repúblicas soviéticas frente a Moscú.

 

Rusia lucha denodadamente por asegurarse que la única ruta para exportar los recursos energéticos euroasiáticos pase por su territorio  buscando consolidar su control sobre el petróleo de Azerbaiján al punto de haber promovido el golpe de estado en junio de 1993 contra el presidente Abulfaz Elcibey, un evidente pro-turco, el cual fue sustituido por el ex jefe de la KGB y del Politburó de Brezhnev, el general Heidar Aliyev, un evidente pro-ruso (Cohen, Ariel).

 

En 1995, la Azerbaiján International Oil Consortium (AIOC) anunció que sus 80,000 barriles de crudo diario se trasladarían a través de dos ramales; por el norte hacia el puerto de Novorosisk, atravesando Chechenia, y por el oeste al puerto georgiano de Supsa, decisión apoyada por la administración norteamericana de Bill Clinton y evidentemente lesionando los intereses de la compañía petrolera rusa Lukoi, la cual tiene firmado con Azerbaiján un acuerdo por $6,000 millones. Rusia respondió concediendo apoyo al “señor de la guerra” Suret Husseinov, un allegado del ministro de Defensa Pavel Grachev, mientras el presidente Aliyev era objeto de varios atentados. Además, el Kremlin alentó el separatismo étnico de las minorías lesguienas en el norte y talishas en el sur. El conflicto del Karabaj, centro del proyectado oleoducto del Caspio a Turquía, se movía por las mismas coordenadas petroleras y aquí Rusia jugó con ambos bandos, apoyando a los azeríes y alentando a los armenios.

 

Rusia ha hecho todo lo posible por evitar que Georgia, pieza clave de este “gran juego” se acerque a Occidente. Georgia es la ruta de oleoducto más conveniente para el petróleo azerí y para los yacimientos petrolíferos de Tengiz, en Kazajistán, pero es una ruta que pasa por territorio chechenio. Al ser uno de los países del Cáucaso y Asia Central más avanzados, ejerce atractivo a Occidente, y sus dirigentes siempre han conducido una política anti-rusa.

 

Se estima que Georgia genere más de 500 millones de dólares anuales por estos derechos de tránsito y por tal razón Tbilisi firmó la Declaración de Ankara que favorecía el oleoducto Bakú-Ceiján y otros oleoductos transcaspianos menores, con los cuales Washington desplazaba a Moscú e inclinaba a Georgia hacia Occidente. Estas veleidades de Shevardnadze con Occidente derivaron en un atentado a su vida en agosto de 1995, a todas luces perpetrado por su jefe de seguridad personal Igor Georgadze, un hombre de Moscú.

 

No es coincidente que los movimientos separatistas en el Cáucaso estallasen en cada momento que Moscú exploraba vías de transportes petroleros alternativos a la de Chechenia. Así, la mano del Kremlin fue evidente en el movimiento separatista de Karachai–Cherkessia en 1999, sobre todo al disponer los cherkeses de una influyente diáspora instalada en Turquía. Rusia manejaba al Daguestán como otra alternativa al transporte petrolero, ante la interrupción de la ruta por Chechenia. Pero al verse invadido ese territorio por fuerzas chechenias al mando de Chamil Basaev y del jordano wajabita Khabib Abdar Rahman Khattab, en agosto de 1999, y establecerse un “Estado islámico”, se añadía el elemento religioso que tanto horroriza a Moscú, quien al ver desvanecerse la opción del Daguestán, denunció a Washington de apoyar este fundamentalismo islámico para debilitar su poder.

 

Armenia, un punto estratégico para el transporte de gas y petróleo del Cáucaso, era un aliado de Rusia por el apoyo que ésta brindó a la secesión del Karabag. Pero, la movida del presidente Robert Kocharian, al comprometer a su país junto al Azerbaiján, Georgia, Turquía, Rusia y Estados Unidos en el pacto de seguridad de la Transcaucasia, que obliga al retiro de las tropas rusas en Armenia, debilitaría su tradicional alianza con el Kremlin y la ubicaría en el campo opuesto.

 

Chechenia es otro lugar donde se ha batallado para mantener la hegemonía rusa en el transporte del crudo. El paso del oleoducto por territorio ruso permite a este país mantener el control sobre el transporte de energía, sus precios, lo que utiliza como mecanismo de control político. La guerra en Chechenia se ha venido desarrollando por siglos; pero, a su vez, es una guerra nueva, en cuya dimensión económico-estratégica aparece como factor determinante el petróleo y el gas y el control sobre las vías de transporte tanto de los mismos. Las primeras perforaciones de petróleo comenzaron en 1887, con refinerías de capitales anglo-franceses y la Dutch Shell.

 

Detrás de Chechenia se halla la desesperación de Rusia por participar en lo que a todas luces será el gran negocio del siglo XXI: el reparto de las inmensas cuencas petrolíferas del Mar Caspio, estimadas en más de 25 billones de barriles, debajo del mar Caspio y de las ex repúblicas soviéticas de Kazajistán, Azerbaiján, Turkmenistán y Uzbekistán, que son similares a las de Kuwait y mayores que las de Alaska y del Mar del Norte juntas. Estas reservas petrolíferas serán cruciales durante todo el siglo XXI. Las pugnas por el control de estas reservas y sus rutas de comercialización constituyen, actualmente, una de las cuestiones más importantes para las grandes potencias mundiales. Tanto Azerbaiján, Turkmenistán, Kazajstán, Irán y Rusia tienen fronteras sobre el Mar Caspio y las reservas de hidrocarburo deberán repartirse en proporción a esas costas. El dilema ruso es que posee sólo el 13% de las costas. Además de ser de extracción difícil, Moscú no dispone aún de la tecnología para desarrollar las reservas de petróleo y gas en las profundidades del Mar Caspio.

 

Por Chechenia cruzan los oleoductos que traen el crudo de la Siberia, para salir al Mar Negro. Este petróleo ha sido objeto de un reparto entre dirigentes chechenios y miembros de la nomenclatura rusa que vendían los recursos naturales para su beneficio personal. Y, el régimen que se había instaurado en Grozni beneficiaba las operaciones ilegales que engalanaron a la transición rusa, vendiendo este petróleo en los mercados exteriores.

 

Rusia fundó la Caspian Pipeline Consortium (CPC) junto con los gobiernos de Kazajistán y Omán, para construir un gigantesco oleoducto de 1,600 kilómetros para comunicar los campos petrolíferos de Tengiz a Novorosisk en el mar Negro, en una inversión que arrojaría la colosal suma de 28 millones de toneladas de crudo anuales. Este descomunal proyecto necesita la pacificación y el dominio ruso del Cáucaso, lo que constituye actualmente lo que Nora Sainz Gsell denominó como el “nudo gordiano” de la diplomacia rusa.

 

La ejecución del proyecto denominado Tengiz-Novorosisk quedó a merced del desenlace del proyecto que Washington apoyara hasta el 2004, cuando se esperaba que la producción alcanzara un millón de barriles diarios, según los cálculos que diera a conocer Bill Richardson, el por entonces secretario de Energía estadounidense durante el gobierno de Bill Clinton. La falta de control del funcionamiento del oleoducto y la constante pérdida de petróleo bombeado por el mismo obligó a que Moscú suspendiera el funcionamiento del oleoducto que corre a través del territorio chechenio.

 

Rusia podría lograr una victoria estratégica al bloquear los planes de las compañías occidentales, deteniendo la influencia de Occidente. Pero las compañías petroleras occidentales quieren la estabilidad a toda costa. La actitud de Occidente hacia el Cáucaso, a su vez, se halla dentro del contexto de la transportación de petróleo del Caspio y de la lucha por sus yacimientos. De esta manera, Rusia debe mantener su hegemonía apoyada en su eje con Kazajstán y las pequeñas repúblicas más pobres del Asia Central, frente al creciente protagonismo de Turquía, de Uzbekistán y de Estados Unidos, preocupados por un Mar Caspio rico en recursos petrolíferos y muy cerca de Rusia y lejos de Norteamérica.

 

No fue coincidencia el que los rusos armaran a la Alianza del Norte en Afganistán, la que desató la ofensiva contra los talibanes, bajo el mando del general uzbeco Abdul Rashid Dostum y el tayiko Mohammad Qasim Fahim. La entrada inconsulta a Kabul de la Alianza del Norte, que provocó la irritación del Pentágono, tenía como objetivo la instalación de un gobierno pro-ruso y aliado a la India, con vistas a controlar el futuro pasillo petrolero.

 

La detención del jerarca petrolero ruso Mijail Jodorkovsky, principal accionista de la Yukos (la mayor petrolera rusa, con reservas superiores a las de Kuwait) provocó honda preocupación en Occidente y una crisis doméstica en Rusia. Este arresto y la posterior renuncia del ministro Alexandr Voloshin, representante de la facción Yeltsin, precipitó un choque entre los dos clanes que comparten el poder y que están ligados a la política petrolera: los "yeltsinianos" y los silovici leales a Putin, una liga de militares con la KGB. Muchos calificaron la movida de Putin como un golpe de estado de la KGB, para realizar “un nuevo reparto de la propiedad privatizada" (El País, 31 de octubre de 2003). Pero según el afamado escritor trotskista polaco K. S. Karol, "no todo el gobierno es la KGB" (El País, 3 de noviembre de 2003).

 

Los leales de Putín, el grupo de San Petersburgo liderado por Dimitri Medvedev, intentan desplazar del poder económico a la actual oligarquía, chocando con la poderosa Yukos, pero se niegan a verse sometidos a los silovici (The Moscow Times, 31 de octubre de 2003). A su vez, este grupo “putiniano” ha mostrado recelo ante el avance político y militar de Estados Unidos en el Cáucaso y el Asia Central, alarmándose a partir del momento que las petroleras norteamericanas negociaban devorar a la Yukos (The Moscow Times, 31 de octubre de 2003). El zar de las finanzas, Boris Gryzlov, ya había advertido que los recursos naturales de Rusia no se privatizarían ni pertenecerían a corporación o individuo alguno sino a la nación (The Moscow Times, 31 de octubre de 2003).

 

Si bien la explotación petrolera se había privatizado, el Estado controlaba la red de oleoductos, regulando con ello las cuotas de exportación y el destino de las exportaciones. Así, se tomaría la prerrogativa de reducir la cuota petrolera de la Yukos de 700,000 a 200,000 barriles. La llamada "frontera sur" (Georgia, Azerbaiján, Kazajstán y las ex repúblicas soviéticas de Asia Central) se le escapan  al control del Kremlin bajo la presión de los intereses petroleros promovidos por los Estados Unidos. El Kremlin considera como seguridad nacional que los oleoductos del Mar Caspio a Europa atraviesen Rusia, de ahí su pertinaz obsesión con Chechenia.

 

Pero los oleoductos estatales existentes son insuficientes para facturar los 8,4 millones de barriles/día que se producen y los 11,3 millones que se espera en el futuro inmediato. La Yukos de Jodorkovsky, enfrentado al grupo de Putin, veía en la privatización la fórmula para establecer los oleoductos necesarios y por eso buscaba dotarse de un oleoducto hasta Murmansk (en el mar de Barents) para suplir el 10% del mercado estadounidense, desplazando a Arabia Saudita y Venezuela. Al mismo tiempo, planificaba un oleoducto separado de Siberia a China. El Kremlin vetó al plan de la Yukos de negociar con Estados Unidos y China y presentó su oleoducto para servir al Japón a través del puerto de Nagoda, utilizando una inversión japonesa de 7,000 millones de dólares y el compromiso de adquirir 1 millón de barriles diarios: "Rusia no está en condiciones de abastecer al mismo tiempo a Estados Unidos, China y Japón". (The Washington Post, 25 de octubre de 2003).

 

Jodorkovsky se oponía a los intentos del Kremlin de imponer impuestos extraordinarios a las petroleras, como forma de adquirir parte de las ganancias derivadas por los altos precios del mercado internacional que muchos estimaban en 40,000 millones de dólares anuales. El hombre de la Yukos en el parlamento ruso era el diputado Vladimir Dubov y su influencia resultaba de tal envergadura que se acusaba a Jodorkovsky de controlar este órgano legislativo: "Cuando hay un proyecto que afecta a Yukos, parece que hubiera 250 Dubov en la sala", reconocía el presidente de la Duma (The Wall Street Journal, 1 de noviembre de 2003).

 

La Yukos acababa de adquirir la petrolera Sibneft, del magnate Roman Abramovich, con lo cual se había transformado en la petrolera número cuatro del planeta. Las gigantes Exxon-Mobil y la Chevron-Texaco suspendieron las negociaciones que sostenían para adquirir una parte sustancial de la Yukos, aproximadamente el 40% de su paquete accionario a un costo de 28,000 millones de dólares. Fue por ello que Washington tildó de “ilegal” la detención y puso en entredicho la "imparcialidad" judicial rusa. Esta redistribución de los activos de la Yukos por las petroleras internacionales resultaba inaceptable para el gobierno de Putin (Clarín, 1 de noviembre de 2003).

 

La construcción del complejo de oleoducto-gasoducto Bakú-Ceiján, patrocinado por Estados Unidos y financiado por el Banco Mundial, es visto en el Kremlin como el Caballo de Troya de Washington y “el eje de la política norteamericana en la región" (Le Monde, 6 de noviembre de 2003). El mismo conforma una alianza anti-rusa de Georgia, Azerbaiján y Turquía protegida por las nuevas bases militares norteamericanas en tales territorios. El “grupo Putin” ha tratado de flanquear esta movida obligando a que Georgia contratase a la empresa estatal rusa Gazpron para que le provea de gas subsidiado, remozando de paso un viejo gasoducto existente entre ambos países, acción que se considera obstaculice al proyecto Bakú-Ceiján (Le Monde, 6 de noviembre de 2003).

 

Ante la virulenta oposición de Moscú, las petroleras norteamericanas promueven otro oleoducto aún más grande que arranca de los campos petrolíferos del Kazajstán, atravesando el Azerbaiján hasta desembocar en Turquía. Esta agrupación de Kazajstán, Georgia y Azerbaiján con Estados Unidos, mediante redes de oleoductos, esfumará de un golpe la histórica "frontera sur" zarista, soviética y de la actual Rusia, al punto que el Kremlin lo considera como una amenaza a su seguridad y ha amenazado con "golpes preventivos" contra las repúblicas del Cáucaso y Asia Central (The Moscow Times, 16 de octubre de 2003).

 

Para el Kremlin, la privatización de los oleoductos implica perder esta guerra estratégica con Estados Unidos y la Yukos se veía como el enemigo inmediato de este plan. Con la defenestración de Jodorkovsky, Putin condicionaría las negociaciones de oleoductos y cualquier adquisición de valores de las petroleras a realizar directamente con el Estado y no con los barones del petróleo, como han dejado entrever los voceros de la Exxon, Shell y Chevron que negociaban con Yukos (Le Monde, 6 de noviembre de 2003). Así, la British Petroleum adquiriría la mitad de las acciones de la petrolera estatal rusa TNK, mientras la Exxon-Mobil se asociaría con la empresa estatal Rosneft para explotar los campos siberianos de Sajalin-Uno.

 

Para entender la política en el Cáucaso y Asia Central se necesitar disponer de un mapa en la mano para entender la existencia de una feroz competencia de civilizaciones entre los pueblos turco e iraní por las futuras rutas comerciales petroleras procedentes del Asia Central. El Caspio y las áreas aledañas son, por lo demás, una zona de enorme importancia geo-económica, tanto por los yacimientos de petróleo y gas natural que albergan, como por los oleoductos y gasoductos correspondientes.

 

Las reservas de gas y de petróleo del Mar Caspio y de las repúblicas centroasiáticas de Kirguizistán, Kazajstán, Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán, todas ellas colindantes con Afganistán, son reconocidas como la tercera más importantes del planeta, con niveles que ascienden a 270 millones de barriles y es considerada como la alternativa a las del Golfo Pérsico. La región cuenta, además, con yacimientos de gas estimados en 236 millones metros cúbicos. Estas fuentes de energía, las menos explotadas del mundo, se extienden hacia el este desde Bakú, la ciudad petrolera del mar Caspio. El India Times estima que sólo los yacimientos del Caspio son el equivalente a las reservas de Arabia Saudita (India Times, 20 de octubre de 2001) (Con arreglo a las nuevas normas de medición de las reservas, Canadá es el segundo país con mayores reservas de petróleo, cuando se tienen en cuenta las arenas petrolíferas de Alberta, cuya explotación se consideraba anteriormente excesivamente costosa).

 

Los principales campos petroleros de la región están en Kazajstán y Azerbaiján. Los acuerdos entre las empresas petroleras y los gobiernos del Cáucaso permitían trazar una ruta mucho más directa del petróleo del Caspio hacia los países centrales, cruzando Azerbaiján y Georgia en camino al Mediterráneo. Por su parte, el ejército de Georgia estuvo recibiendo entrenamiento especial de expertos norteamericanos, fortaleciendo la capacidad de este país para defender el trayecto final del oleoducto que una al Mar Caspio con el Mar del Norte y el Mediterráneo.

 

A fines de 1997 Azerbaiján celebró la apertura de sus campos petrolíferos del Mar Caspio. La iniciativa fue resultado de un contrato entre el gobierno azerí y un consorcio de 12 empresas con una participación estadounidense del 40%. Opuesta a Rusia se desarrolla una alianza de Turquía con Azerbaiján y con Israel. Las principales compañías petroleras occidentales están representadas en Azerbaiján. El boom petrolero en Azerbaiján poco ha hecho a favor de su desarrollo, excepto la construcción de algunas mezquitas y estaciones de gasolina a lo largo de la ruta del oleoducto. La nueva “ruta de la seda” es el nuevo vector del poder que conectará a Europa con el Lejano Oriente a través de oleoductos de petróleo y gas, ferrocarriles y rutas automotoras, de Budapest a Bucarest, a Estambul, Ankara, Supsa, Tbilisi hasta Bakú; de Bakú a Turkmenbashi y Ashagabat en Turkmenistán, y finalmente a Kazajstán, China y Japón.

 

En Kazajstán se ubican tres grandes campos petrolíferos (Tenguiz, Karazhanbas y Dunga) y altas reservas de gas codiciadas por la British Gas y la AGIP. Bakú es el cruce del comercio energético internacional. Es el encuentro de Europa con el Asia interior. El oleoducto Bakú-Supsa concede una forma segura de exportar el petróleo del Asia Central a través de Georgia y Azerbaiján a Occidente sin tener que pasar por Rusia vía el Mar Negro y el Bósforo. En Bakú los soldados de Alejandro, el Magno, descubrieron por vez primera el gas metano que salía de las arenas, y los templos zoroastra con sus “llamas eternas”, que eran escapes de gas metano encendidos.

 

Los yacimientos de Kashagan concentran depósitos superiores en volumen al petróleo del sector británico del Mar del Norte. Los recursos de gas natural y de petróleo del Mar Caspio convierten a Uzbekistán en uno de los principales protagonistas del renacer estratégico de Asia Central, en cuyo tablero Uzbekistán intenta estar respaldado por Turquía y Estados Unidos.