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ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

RESULTADOS DEL XVII CONGRESO: COMUNISTAS CHINOS POR LA PROSPERIDAD

El Presidente Hu Jintao, afirmó ante los 2,200 delegados convocados para el recién  XVII Congreso del PCCh, que las reformas continuarán, pero siempre aplicando el “socialismo con características chinas”. La agenda se centró en la selección del Comité Central para los próximos cinco años y de una nueva comisión de disciplina interna.

 

Hu Jintao añadió que el pueblo era dueño del país y que era necesario escuchar opiniones para elaborar leyes, reglamentos y políticas estrechamente vinculados con los intereses de las masas. Agregó que se considerará una reestructuración política a fondo, acorde con el desarrollo económico y social y con la meta futura de construir una sociedad próspera para el 2020, cuadruplicando el Producto Interior Bruto (PIB) per cápita respecto al de 2000, avanzando en la separación entre administración gubernamental y gestión empresarial, fortaleciendo la aplicación de la ley y reduciendo la intervención oficial en la microeconomía.

 

El actual equipo dirigente chino, con Hu Jintao a la cabeza, busca consolidarse en el poder frente a sus críticos internos, sobre todo los de la claque de Shangai, que era el bastión de Jan Zemín. En este Congreso, Hu Jintao se las ha arreglado para desplazar definitivamente a los fieles de Jian Zemín, eligiendo un equipo de confianza para la Comisión Permanente del Buró Político del Comité Central que le permita capacitar al Partido a las nuevas situaciones del país. Hu Jintao hizo claro que la divisa actual es la superación del atraso económico del país, sin que se cuestione la dirección política del PCCh.

 

Hu Jintao sabe que en las circunstancias actuales, la fuente de legitimación del PCCh reside en garantizar y ampliar los niveles de consumo. Pero, en contraste con el economicista Jiang Zemin, ha implementado un modelo de crecimiento más sostenible en lo social y ecológico, tratando de adaptar al país, en lo más posible, a las exigencias internacionales y evitando que el precio por el crecimiento económico sea a costa de los recursos y el medio ambiente. La dirigencia china conoce que, en términos generales, la transición a la economía de mercado, en los países del Este, ha sido catastrófica en todos los ámbitos sociales. De ahí la estrategia China de desarrollar el sector público de la economía en apoyo al sector privado, bajo un sistema de regulación macroeconómica, que en honor a la verdad no ha sido fácil de equilibrar.

 

Hu Jintao ha sentado las bases de un horizonte de economía mixta y de una sociedad más flexible, que permitió convertir a China en un gigante económico mundial con un volumen de comercio comparable a Estados Unidos y a la Unión Europea. Bajo su dirección la economía china ha conseguido una media anual de crecimiento del 10% en PIB. Las transformaciones han mejorado la eficacia del sistema productivo lastrado por la planificación rígida, pero la transición de la planificación central a una economía orientada hacia el mercado, continúa accidentada.

 

Así, China atraviesa enormes cambios en su economía, en sus instituciones políticas, en su sistema de educación, su vida social y los valores que se fomentan. La fórmula de Hu Jintao “sociedad armoniosa” y “concepto científico de desarrollo” ha generado un rápido progreso económico, pero también ha desencadenado una crisis social considerable, destacándose las aspiraciones políticas de los grupos sociales más beneficiados por dicha apertura.

 

A pesar de la falta de limitaciones constitucionales explícitas y formales sobre el poder del gobierno, punto que ha sido el fuerte de las críticas internacionales e internas, tanto de los defensores de derechos humanos como los viejos bonzos maoístas, las innovaciones sucedidas bajo Hu Jintao han impuesto sobre dicho poder limitaciones políticas informales pero ciertamente efectivas. El creciente valer de la opinión pública y la exposición del ciudadano común a las costumbres de Occidente y especialmente a la práctica del principio del derecho, han fijado límites implícitos respecto al uso de la autoridad por parte del Estado. Este nuevo ángulo ha quedado ilustrado más vívidamente a través de la disminución, tanto en la magnitud como en alcance, de la represión política.

 

Aunque las condiciones de los derechos humanos en China son abominables acorde con las normas internacionales, es razonable apuntar que bajo Hu Jintao el país se apartó de la era sombría del régimen totalitario ejemplificado por la Revolución Cultural en 1966-1976. Con anterioridad a su mandato, la disensión política era castigada severamente; comúnmente los infractores políticos terminaban ejecutados o sentenciados a pasar largos años encarcelados. Ahora, la pena de muerte para los opositores al régimen quedó abolida de una manera implícita y las sentencias de encarcelamiento se redujeron.

 

No todo es tan deprimente como lo pinta la crítica marxista y los defensores del maoísmo. En las ciudades, la liberalización de la fuerza laboral facilita el ascenso y aumento de pequeñas y medianas empresas de comercio y de servicios, y los organismos que hasta ese instante se han encargados de manipular esta fuerza laboral, son disueltos.

 

La emergente nueva sociedad civil en las ciudades pequeñas y medias, no admite con facilidad la imposición de los candidatos a alcaldes que postula el PCCh, salvo que sean individuos de probada honestidad y solvencia, camino que puede llevar a nuevas formaciones electorales y una fórmula de multi-candidaturas en la base de la sociedad.

 

La corriente de la “nueva izquierda” china integrada por altos funcionarios que estuvieron en la dirección del Estado durante la época de Yaobang y Jan Zemín (Qin Zhongda, Mao Linchun, Han Xiya y Mo Mengzhe, entre otros), pugna por que se restringa el crédito al sector privado, cuestionando la privatización de las empresas estatales ineficientes. En los últimos años, esta corriente ha recuperado adeptos, sobre todo por los escándalos de corrupción dentro del PCCh, cuyo caso más escandaloso fue el de Shaanxi, en el cual los miembros del partido local prácticamente implantaron un régimen de trabajo esclavo para su beneficio personal.

 

Esta “nueva izquierda” ataca la nueva clase de campesinos ricos, alegando que el sector “derechista” ahora en el poder niega el principio de la propiedad pública de los medios de producción y la dictadura del proletariado, al admitir a capitalistas dentro del Partido Comunista. A lo que Hu Jintao responde que es una medida para evitar la auto-organización de la burguesía, advirtiendo con su lema de que “no todo es economía, pero sin estómago tampoco hay ideología”.

 

Pero, ¿quién establece cuanto hay de reaccionario y cuanto hay de progresivo en el proceso de las últimas décadas de China?  Desde Deng Xiaoping hasta Hu Jintao las reformas en China han sacado de la pobreza a 400 millones de personas. A los críticos se les olvida que China ha hecho auto-suficiente a un quinto de la humanidad, que se ha convertido en una exportadora de alimentos; que si bien el proletariado estatal se lamenta de su perdida de estabilidad, en su despensa hay más opciones de productos básicos; asimismo, los trabajadores de empresas multinacionales disponen de un poder adquisitivo  mayor que en décadas pasadas.

 

Y, el plan expuesto en el Congreso por Hu Jintao parece un sueño, pero es realizable. Convertirse de cuarta potencia económica mundial y primera en cuanto a exportaciones, en una potencia a la par de Estados Unidos, cuadruplicando su Producto Interno Bruto (PIB) per cápita en 2020 con respecto a las cifras de 2000; con lo cual elevará el nivel de vida mínimo a los estándares internacionales, sobre todo aquellos con bajos ingresos.

 

Pero ello no implica que el país no afronte grandes dificultades y problemas. El precio del crecimiento en recursos naturales y medio ambiente; el desequilibrio en el desarrollo urbano y rural, y entre las regiones; la dificultad para aumentar los ingresos del campesinado; empleo, seguridad social, educación, sanidad, vivienda, labor judicial y orden público, son algunas de esas dificultades.

 

Pese a las medidas de Hu, el desempeño de la economía China sufre los efectos de su integración a la economía mundial: la tecnología importada se vuelve indispensable para su industria pesada. Con la expansión de la agricultura y la ganadería comerciable, ha cobrado fuerza en el agro un sistema moderno de agricultura capitalista (con conexiones internacionales) al lado de una economía campesina dependiente y fragmentada.

 

Muchas de las “empresas privadas” chinas se subordinan al ejército, y ellas abarcan no sólo al complejo militar-industrial, sino a corporaciones hoteleras, comerciales, turísticas, de transporte, etcétera, así como corporaciones asociadas al PCCh. En definitiva estos son los “nuevos millonarios emergentes”.  Pero, a diferencia de las acusaciones de la “nueva izquierda”, esta nueva oligarquía privada es demasiado débil para adoptar o promover un proyecto nacional alternativo al trazado por Hu Jintao.

 

Una inmensa parcela del poder ejecutivo aún se halla en manos de administradores y políticos locales que aprovechan para su propio beneficio el rechazo popular de las instituciones centrales. Las regiones, especialmente las del boom sureño, que saborean los frutos de la prosperidad, evaden someterse a la autoridad central de Beijín, mientras por otra parte, el círculo político tradicional pugna por mantener la autoridad en un partido comunista que aún se debate en cuál tipo de transición implementar.

 

A todo ello se unió la desilusión y el descreimiento en la población de que el Partido Comunista pueda superar su actual grado de corrupción. Los cuadros y militantes que malversan fondos públicos exigen coimas y venden puestos oficiales y participan o encubren contrabandos, propician la evasión fiscal y negocian en moneda dura. Esta erosión de la imagen pública del Partido Comunista se une al aumento de las diferencias económicas entre las distintas regiones.

 

Si la elección que China hizo tuvo que ver con la rapidez de su desarrollo económico, entonces la respuesta económica al problema que hoy padece es disolver las empresas incosteables subsidiadas por el Estado, pero el PCCh no quiere asumir el costo político de hacer algo así, y por eso la solución se ha dilatado. La reforma política y la económica son inseparables, por eso China requiere de cambios constitucionales y una nueva manera de pensar.

 

En China el régimen autoritario de partido único no pretende ser una democracia o un Estado de derecho, aunque afirme la necesidad de evolucionar hacia un gobierno basado en la ley. Este enfoque gradual hacia la transición ha sido costoso, al rezagarse la reforma macro-política, sobre todo en el sector de la micro-administración institucional y de los mecanismos de distribución, desatando una inflación que erróneamente se afronta con tradicionales medidas administrativas.

 

En ninguno de los nuevos hombres fuertes existe la intención de poner fin a la dominación mono-partidista instaurada oficialmente en 1949. En efecto, una cosa es la dictadura del Partido Comunista o el poder absoluto con los esquemas estalinistas, y otra es una noción de partido que se reorganiza bajo una multiplicidad de organismos, pero consciente de que, dentro de esa variedad formal, conjuntamente se deba ejercer la dictadura contra los que no son como ellos.

 

El “final político” de esta nueva revolución está aún por verse. En realidad lo que imitan los comunistas chinos es lo que intuitivamente realizó la burguesía decimonónica al forjar un esquema en el cual no existió nunca “la dictadura del partido burgués” ni “el poder absoluto del partido burgués” que llevara adelante su revolución. Lo que implantó la burguesía en el siglo XIX fue una pluralidad de partidos o grupos o movimientos “burgueses” que, democráticamente en unos casos y violentamente en otros, llevaron adelante sus transformaciones por el mundo. De ahí que, en base a esta pluralidad “revolucionaria”, los comunistas chinos propugnen el engendro de la “dictadura democrática comunista”.