Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

Raza y Nación ( II ) : El determinismo racial en América y Cuba

 

La xenofobia, como aversión a lo extranjero o como exclusivismo de raza, casi siempre ha surgido en quienes pretenden definir una nación. Pese a haberse proclamado la unicidad imaginaria de cada nación, con el mestizaje como fuente de la "nacionalidad", la verdadera naturaleza de las relaciones identitarias y políticas en el proceso constitutivo como sociedad nacional tienen como legitimidad ideológica la discriminación racial del "blanco" por sobre el resto de la población. El racismo con referentes teóricos de las ciencias biológicas, la antropología y la sociología determinó la formación de la nación e identidad nacional en Cuba.

 

La discriminación y la segregación tuvieron su apogeo durante el siglo XIX en el sur de Estados Unidos y en Cuba por medio de regulaciones y restricciones que redujeron a los afro-descendientes a un estatus de subordinación, por la cual se impedía la contaminación sexual. La "segregación racial" sureña establecía que un 3 % de "sangre" negra era suficiente para clasificar como negra a una persona, pero en el caso del racismo ibérico las categorizaciones de identidades raciales resultan más complejas, yendo más allá de los factores fenotípicos. Ello responde a las diferentes filosofías y modelos coloniales y la mayor o menor asimilación de la construcción cultural de raza biológica.

 

Patrick Chamoiseau y Raphaël Confiant nos dan, una vez más su versión: “A partir de 1685, y por tanto de un éxito en la comercialización de la caña de azúcar, la esclavitud y la Trata que la alimenta van a perder comodidades. El Código Negro que regulaba la esclavitud en las Antillas francesas (casi literatura, ya que el encuentro entre lo jurídico y lo innombrable sonará como insólito) prohibirá, entre otras, las relaciones sexuales entre blancos y negros, y planteará las leyes de la gran vergüenza”.

 

La literatura antropológica en nuestro continente no se ha puesto de acuerdo para definir las categorizaciones raciales, tanto de los blancos como de los negros, de los europeos como de los africanos. Ni que decir de las ciencias sociales, las cuales se hallan perdidas para establecer los términos de clases, etnias y razas. La dificultad para rehacer las situaciones del pasado se debe a  que se utilizaban  criterios de clasificaciones con otras consecuencias sociales.

 

Las identidades raciales en Cuba fueron construidas en el período de la esclavitud, para funciones sociales, económicas y políticas específicas, y tal construcción identitaria no ha variado en la psiquis de la población ni en la práctica socio-política. Estas identidades raciales tenidas como fijas y universales se relacionan con categorías sociales que han congelado, como naturales y dadas, las diferenciaciones en todos los ámbitos de la sociedad. De ahí que la necesidad de analizar y variar tales identidades raciales construidas durante la esclavitud para legitimar dirección-subordinación grupal-racial, implique más allá que un mero cambio de percepción social. La actual simplificación en Cuba, de negro y blanco, tiene que ver con la no aceptación en los estratos supremos de la sociedad de una representación equitativa del negro.

 

Dentro de la ideología de determinismo racial, nacida con la esclavitud del africano, la creolidad permitió múltiples ejes de identidad, un repertorio de formas de identificación social, de construcciones sociales de raza muy diferentes y específicas. En el contexto hispano la mezcla racial (blanco-negra o mulata) resultaría un ejercicio del derecho de superioridad, propiciando así el proceso de "blanqueamiento" y nunca una mayor "flexibilidad" o "benevolencia". Al proclamarse el fin de la esclavitud, cesó la distinción entre "esclavo" y "libres de color", o "pardos y morenos", quedando todos automáticamente clasificados como "negros" que, fichaba la inferioridad más que el color de la piel. A diferencia de una víctima de la opresión religiosa que puede cambiar de fe, la del racismo no puede cambiar de color y por tanto no puede escapar a la opresión racial. Esta designación racial absoluta determinaba desde las uniones sexuales socialmente permisibles hasta el lugar en la jerarquización social.

 

La forma y persistencia del racismo en Cuba está relacionada con las estructuras del poder. La Revolución difundió una historiografía oficial y aupó una supuesta "cultura nacional" que institucionalizara al régimen político. La narrativa dominante recogía que la nacionalidad se había conformado a partir de dos grandes componentes: el ibérico en lo fundamental, y el africano como secundario, y que el resultado de esta mezcla resultaba el criollo cubano heredero cultural y político. Así, mediante un proceso bio-genético se llegaría a un sincretismo cultural que resumiría en lo "cubano" ambas vertientes; la diversidad cultural (lo africano) quedaría como materia prima de la nación.

 

Las naciones latinoamericanas, incluyendo a Cuba, recibieron tras la independencia una segunda ola migratoria europea que reforzó la ideología supremacista y la idea de una homogeneidad cultural. Este racismo científico adquirió patente ideológico y no ha resultado fácil rebatir, pese a que muchos antropólogos, como Boas, se le opusieron desde los inicios. Cómo es posible que nunca se haya cuestionado la validez de las categorías raciales que se derivan de la esclavitud africana por los españoles (negro, blanco, mulato) y se siga manipulando la etnicidad para la discriminación sistemática.

 

La histórica exclusión económica, política y social de los afro-cubanos se sustenta en la ideología de supremacía blanca, la cual se ha mantenido en el tiempo histórico y geográfico, a partir de la trata y la esclavitud africana en la Isla. No obstante, la relación de conflicto del Estado y el conjunto afro-cubano ha estado determinada por las particulares formas en que se produjera una colonización con esclavitud, una expansión capitalista con una población marginada por su color, y una revolución socialista que no quiso admitir la paradoja de su racismo. No asombra que durante el periodo inicial de la república cubana, los negros y mulatos fueron víctimas de una violencia inusitada por el Estado, que de no haberse detenido a tiempo hubiera concluido con el exterminio en masa de la población afrocubana, durante la mal bautizada “guerrita de los negros”. Asimismo, no es extraño que los soldados enviados a Angola y Etiopía fuesen mayormente afro-cubanos y que también lo sea la población penal actual.

 

La cruzada bélica contra el PIC se planteó en un momento en que el poder supremacista avizoró que podía perder su capacidad “de legitimar su dominio a través de un Estado de derecho” y de mantenerse en el poder, marcando los límites del control de los sistemas de dominación. Los miembros del PIC fueron perseguidos y asesinados con una violencia que buscó siempre romper la memoria de los pueblos y destruir su voluntad de lucha. Podría decirse que este pronunciamiento a favor de la equidad resultó una utopía efímera, pues no se contaba con la decisión de utilizar la fuerza de manera implacable por parte del poder del Estado. Esta masacre orquestada por el supremacismo blanco marca los límites de las políticas homogenizadoras sustentadas en el universalismo monocultural de la “cubanía”, y en el uso perverso del discurso de la diferencia y de la cohesión social.

 

El repliegue y la derrota de los afrocubanos que conformaban el Partido Independiente de Color (en su mayoría ex mambises), fue el quebranto de la unidad de este sector poblacional, que por largo tiempo quedarían postergados al silencio, sin poder refutar las expresiones discursivas racistas de políticos, intelectuales y profesionales de ascendiente ibérico. Destruida su aspiración a ser parte del poder político y obstaculizado de poseer tierras o de recibir ayuda estatal para establecer su ascenso económico (como se concedía a los inmigrantes ibéricos), persistirían y persisten todavía las causas que originaron el conflicto.

 

La memoria de esta masacre de negros y negras en Oriente contribuye a comprender el presente porque muestra las líneas de continuidad del conflicto y las prácticas de un Estado que jamás se ha desviado de la supremacía blanca. El caso del PIC ha sido ignorado en la noción de los supremacistas blancos, pero es paradigmático para los  subyugados negros y mulatos, y su impacto si bien ha sido irrelevante en la reflexión de la intelectualidad euro-blanca, no lo ha sido así para los pensadores afrocubanos, que aún lo considera, parafraseando a Iván César Martínez, como una herida abierta.

 

La clase supremacista cubana llegó a la conclusión que no era preciso enviar al África a los afro-descendientes o aplicar su exterminio, puesto que a través del Estado pudo y puede conformar todos los ámbitos de la vida política y social y mantener al afro-descendiente en “espacios” económicos y socio-culturales. Así, el Estado cubano cerró todos los espacios de mediación al eliminar las aspiraciones de poder de un "enemigo racial" en lo adelante estigmatizado, e impedido de pertenecer a las instituciones sociales de mayor prestigio.

 

En Latinoamérica el retraso y la lentitud del desarrollo económico y la equidad social siempre se tratan de explicar a partir de la noción de las razas “inferiores” y de la mezcla racial. En Cuba las élites cubanas defendían la idea de una jerarquía natural de las razas, en la que la blanca era la superior. En el resto de América, lo más importante es el color y no el origen; de ahí la lógica detrás la construcción de las categorías raciales y las estrategias de invisibilización de los rasgos fenotípicos. La superioridad estará dada en el concepto de “blanquitud” (a pesar de Cocó Channel y su moda del bronceado).

 

“Las narrativas que circulan a través de burocracias, medios de comunicación social, rumores y otros, juegan un papel clave en la construcción de la desigualdad social y en la protección de las instituciones. Dichas narrativas hegemónicas juegan un papel clave en el mantenimiento de una definición tradicional de las “comunidades tradicionales”. El ensayista brasileño Euclides Da Cunha, sostenía que "el mestizo era psicológicamente inestable y degenerado, una víctima de la fatalidad de las leyes biológicas". Y el escritor argentino Borges opinaba que había sido un error cometido por los Estados Unidos, de liberar a los esclavos.

 

La variedad de actitudes y prácticas que, respecto de “otros” raciales, se actualizan en distintos contextos. El estereotipo es la resultante de un proceso de simplificación cultural del aporte afro ante el desinterés del euro-cubano por comprender al Otro en su verdadera dimensión, minusvalorando su potencial y de paso subrayando su statu quo. El esquema de clasificación racial para dar base al sistema de estratificación social que marca a nuestra sociedad. En Estados Unidos lo esencial es el origen genético; una gota de sangre negra quita al individuo de la categoría de blanco.

 

En Cuba desde la época del colonialismo hasta la actualidad, la ideología de supremacía blanca ha  estado  en este sistema ideológico totalitario en cada lugar y en cada expresión social. Los viciosos tentáculos de esta corrosiva ideología han invadido y penetrado el poder, la política, la administración pública, las actividades empresariales, cultura, literatura, periodismo, estudios históricos, radio, televisión, cine, así como las expresiones gráficas. Lo peor de todo es que esta ideología de tipo patriarcal ha arruinado las mentes de cada persona de color y raza.

 

Cuba ha sido uno de esos países donde los asuntos raciales importantes se mantienen centralizados y donde una combinación de desdén y coacción contra los otros ha estado enfatizada  por leyes naturales no escritas. En  Cuba la ideología de supremacía blanca ha sido usado no solo como una expresión de poder absoluto y excluyente, sino también como una expresión cultural. Esta situación donde la visión de supremacía involucra la vida material y espiritual de los habitantes del país es la clave  para entender la naturaleza de la ideología de superioridad dentro de la isla. En Cuba durante años los textos de novelas, películas, televisión, narrativa, teatro, comerciales, artes visuales, etcétera, siempre han reflejado y presentado la imagen de una persona blanca cuando algo ideológicamente importante o relevante esta siendo transmitido al público en general.

 

Tal representación visual es una clara forma ideológica que tiende a reflejar de forma palpable, incluso más de lo esperado, el alcance y la visión del mundo que esta elite posee. Esta forma directa de proyectar su realidad y la universalidad de la opinión de esta elite hacia el mundo exterior  (la nación) tiene una seria implicación y consecuencias porque  en esa  forma ellos  magnifican de manera subliminal la forma en que el colectivo considera que el mundo es y debe seguir siendo.

 

La descaracterización étnica de los afrocubanos les ha vedado el criterio de “autenticidad” como parte originaria de la nación, sino como “importados” por los “verdaderos” nacionales. Los parámetros pre-determinados que categorizan la población de la Isla refuerzan la hegemonía blanca y el criterio del negro como minoría, lo que evita, además, identificarla con la pobreza y víctima del racismo. Tener ascendencia negra era considerado una mancha que reflejaría negativamente en el individuo que descendiera de ellos. Los descendientes de africanos han sido invisibilizados por las narrativas que han constituido simbólicamente a la nación cubana como “blanca y europea”. Así, los individuos o grupos pueden ser interpelados u ocultados por representaciones públicas del pasado que parecen garantizar su identidad o negar su significatividad.

 

Foucault refiere que una sociedad racista que aplica la eliminación virtual de los otros fenotípicos es capaz, en cualquier coyuntura, de exteriorizar la violencia genocida, algo de lo cual ya fue testigo la nación cubana en 1912, y recién en los países que otrora constituyeron el bloque soviético. El mito de la superioridad blanco-europea, entronizado en nuestra psiquis nacional mantiene latente tal posibilidad contra el afro-descendiente, sobre todo para aquellos que tratan de reivindicar formas culturales diferenciales.

 

En una nación cromáticamente ciega como Cuba, las postulaciones estadísticas brindan coartadas a la invisibilización racista y encapsulan a la comunidad negra en el folclorismo, evadiendo la constante racial para aparentar no ser racistas. El tratamiento de las políticas censales y las categorizaciones que posee responde al discurso de “la blanquitud” en el sistema de representaciones ideológico-demográficas, a través de la negación y el ocultamiento de las raíces africanas en el componente poblacional. Los encuadramientos que de la población históricamente ha hecho el Estados, han estado informados por ideologías nacionales blanco supremacistas. Así, la construcción dominante de una “blanquitud” de la nación se ha garantizado a partir de macro-procesos de invisibilización de los negros en la historia, el poder político, económico y la cultura nacional, a través de operaciones censales, categorizando como no-negras a segmentos poblacionales de ascendencia africana. El poder de las clasificaciones del Estado-nación y de ellos a quienes favorece o excluye a partir del argumento censal que lo legitima; por tal, ello no es una práctica reciente. Tal homogeneización ha privilegiado siempre al segmento blanco.

 

Los sentimientos, ideas, valores, las aspiraciones personales y colectivas, esfuerzos, y sueños de este importante segmento de la población se han mantenido de forma sistemática sin representación. El principal objetivo de este procedimiento ideológico de mantener a un grupo de la población fuera de las mentes y reflexiones del conjunto de la población, es mantener la invisibilidad e irrelevancia de de este grupo social y reforzar la idea de que son unos presentes ausentes dentro de todo el conglomerado.

 

Esta forma de conocimiento indirecto y transitivo de los otros tiende a generar una reacción normal tanto en la raza dominante, como en los dominados en cuanto las ideas de los primeros basadas en conclusiones perjudiciales y esquemáticas. Esta invisibilidad permanente tiende a justificar y reforzar la creencia de que lo que ha sido dicho históricamente sobre los otros es verdadero.

 

Es conocido que la ideología de supremacía blanca ha negado de forma sistemática la presencia física y espiritual de los otros  a través de importantes medios como es la creación de una imagen positiva (aunque también puede ser usado para crear una imagen negativa) y humanizando la realidad de la sociedad y de los individuos que viven en ella. Esta casi permanente ausencia de los negros y mulatos siempre ha estado asociada a un enfoque específico el cual ha generado ignorancia, coacción y condicionamientos de la sociedad en su conjunto hacia  el sector poblacional de piel oscura.

 

Por otro lado, la estética de los negros, así como sus valores morales, sociales, sus aspiraciones políticas y sus religiones resultan controversiales e indeseables para la elite. En función de la hegemonía, la masa de negros no resulta agradable y podría arruinar la visión de la población blanca, mientras que sus valores morales, sociales, sus aspiraciones políticas y su religión, aunque es practicada de forma extensiva por la mayoría de los cubanos, independientemente del color de su piel, debe ser ocultada y tratada exclusivamente como un comportamiento folklórico y como un rezago del pasado que infortunadamente aún existe. Con todos estos falsos argumentos y esas ideas racistas y retrógradas, la elite cubana pretende eliminar las posibilidades de notoriedad de  “negros” y “mulatos”, a la vez que las exponen en apoyo a sus conclusiones erróneas y excluyentes.

 

La persistente invisibilidad y la imagen falsa de los otros, crea una percepción excluyente de su existencia individual y social. Las consecuencias de esto es la pérdida de conciencia social en sus vidas; la  creencia generalizada de que son seres humanos inferiores; y la ausencia de suficientes pruebas o hechos que puedan describir a los otros como un grupo valioso.

 

La posibilidad de adjudicarse las representaciones nacionales ha sido explotada al máximo por grupos étnicos que, aunque sin derecho bajo las formulaciones existentes de lo universal, apelan a la formulación de concepciones discriminantes de justicia, como la Ley de Peligrosidad en Cuba actual. El color de la piel es sin duda un poderoso factor de impedimento de la movilidad social que nunca es tomado en cuenta en los análisis de desigualdad social. Para Cuba el negro es la imagen más fuerte de alteridad, por la miscegenación que pese al prejuicio se produce, al estar exorcizándolo de la sangre, de la familia, de la ciudad, de la cultura y de la historia. Para el euro-cubano lo que rige sus interacciones con otros individuos y sus valoraciones, y las inferencias se realizan por el color de la piel y otros rasgos fenotípicos. Luego de “domesticarlos” en 1912, se creía que la Isla pertenecía por derecho propio al mundo nor-atlántico.

 

Al mismo tiempo la elite de poder se ha propuesto crear una muy especial imagen de ellos mismos, representando a su grupo racial como personas de gran moralidad, cariñosos, familiares, intelectuales, etcétera. Engañando de forma permanente a los otros, la elite “blanca” intenta en esencia hacer de la creación divina  su propia hegemonía y una estructura jerárquica de la sociedad basada en las razas y los colores de la piel, donde los que poseen y controlan el poder puedan  continuar por siempre.   

 

Los medios de difusión controlados solamente por el estado, además de todos los demás recursos ideológicos a su disposición, están completamente atrapados en la estructura jerárquica de raza-color existente en la nación y de esta forma actúan conjuntamente con las concepciones hegemónicas y visiones de la elite blanca. Cualquier otro punto de vista es juzgado como esotérico, peligroso, anti-cubano y parte de la propaganda enemiga.  

 

La ideología de supremacía en Cuba opera a diferentes niveles de la conciencia individual y colectiva. Resulta muy común ver el inconsciente  significado de su mensaje llevando a cabo el mito ideológico de la superioridad de la elite en cuanto a disciplina, conocimiento, seriedad de los propósitos, educación, manejo de los fondos públicos, comportamiento sexual y por supuesto en una forma explicita en lo referido a los valores morales, la estética física y las relaciones familiares.

 

Ese es el porque en Cuba la elite ha atribuido el nombre de “folclor” a todas las expresiones culturales, hábitos, religión y bailes entre otras cosas que provienen de las costumbres africanas y que se han desarrollado en el país durante siglos de mezclas entre las culturas Ibérica-morisca y la cultura africana. El mensaje es claro, hay una cultura Europea que es blanca y por lo tanto superior a la que los negros y mulatos han heredado, la cual en la actualidad no es cultura sino folclor y,  por lo tanto, inferior como cultura a la de los europeos.

 

De este modo, la elite cubana ha diseminado de forma constante e intencional sus valores racistas con el objetivo de crear una conceptualización  natural y emocional de que lo que ellos están representando no es simplemente sus aspiraciones políticas o su propia ideología, sino más bien la cultura nacional que cada uno debe aceptarla como tal.

 

La elite cubana actuó y actúa como colonialistas internos en su propio país, han ejercido una completa  hegemonía cultural subrogada con el desafortunado consentimiento de aquellos que han sido victimas de sus mitos ideológicos. Muchos negros en la actualidad han sido victimas de esta persistente ideología de alienación y de subordinación que va más allá de la pérdida de poder y de oportunidades económicas y severos daños sicológicos, al orgullo y a la humanidad de sus victimas. Esta es la razón por la cual la población blanca en la sociedad y algunos cubanos de color alienados frecuentemente parecen “pensar parecido” con respecto a la población de color y  a otros problemas raciales. Cuando la mayoría de la población piensa similar sobre algunos asuntos, o incluso olvidan que existen alternativas a la situación actual, entonces estamos en presencia de una teoría hegemónica.

 

En Cuba los problemas de marginalización económica, política y social y de subordinación afianzados en la ideología de supremacía blanca, constituye también un problema de dominación cultural, de visualización exclusionista  y de representación. Negros y mulatos a pesar de estar en mayoría, continúan siendo considerados los presentes/ ausentes dentro de la población, y son tratados como los otros, a pesar de todo lo que ellos han hecho como una supuesta parte de la  comunidad en su conjunto.

 

La  clase dirigente blanca ha continuado su comportamiento histórico de usar su poder en contra de la cultura de los negros y mulatos, aunque la población de piel oscura esta carente totalmente de poder.  La realidad es que en la estructura gubernamental de hoy, los otros deben ser constantemente monitoreados, para la visión de la elite la población de color es un “enemigo latente” que no debe ser agitado o fortalecido. Durante la etapa post-abolicionista, en la republica y bajo el socialismo, solo un pequeño grupo de negros y mulatos han sido aceptados por la “elite”, simplemente para evidenciar que no son racistas y con el objetivo de demostrarse a si mismos, pero especialmente a la población, que los negros y mulatos deben estar satisfechos con el reconocimiento que los dirigentes le han hecho a algunos de ellos.

 

No hay  ideas nacionalistas, ni utopías sociales que puedan ser consideradas como válidas para la población de color, si la implementación de la misma llama a tolerar la exclusión, la discriminación o los prejuicios raciales en cualquiera de sus formas.

 

Durante siglos la estructura blanca-cubana impuso alternativas paternalistas con el objetivo de lograr seguridad y ha diseminado una inmensa sombra sobre la vida de los cubanos de todos los colores de piel. Esto ha creado un sentido de fragilidad, dependencia, inseguridad, dentro de la nación. El presente marxista siempre da más importancia a la preservación del poder, la fuerza como contrapunto a la discusión, y la  fidelidad absoluta a los líderes como la única forma de expresión. Este subconsciente elitista de absoluto poder, no permite a los gobernantes cubanos de hoy, como a los del pasado, tener una verdadera consciencia nacional.

 

La Nación ¿cubana?

 

La construcción de una nación como Estado, exigía la fabricación simultánea de una historia -como gesta- nacional. En este esfuerzo inventivo, la elite intentó y aún intenta borrar del imaginario histórico la participación fundamental de la comunidad afrocubana en todos los planos sociales, y especialmente en el logro de la independencia, practicando una re-apropiación monopólica del pasado de participación en las guerras y movimientos sociales. La nación se construyó sin establecer un diálogo con su diaspórica africana. El proyecto nacional que la elite había creado proponía disfrazar esa contrariedad estableciendo una raza mejorada y homogénea, que finalmente resultó ser blanca y europea.

 

El fallecido ensayista afro-cubano Walterio Carbonell sugiere lo intencional y tergiversante de muchos historiadores, como Ramiro Guerra, de considerar como formadores de la nación cubana a defensores del coloniaje y del régimen esclavista como Francisco de Arango y Parreño, "consejero del aparato colonial", José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero, "plantador esclavista de su ingenio azucarero La Luisa", Agustín Caballero y Domingo del Monte. Mientras, los defensores del sistema esclavista son "glorificados" los mismos historiadores guardan silencio ante el primer representante de la nacionalidad, José Antonio Aponte, el cual organizó un movimiento para liquidar la esclavitud. Tanto Carbonell como Iván César Martínez apuntan que es, precisamente, a partir del revuelo causado por Aponte y su plan de rebelar a los esclavos, que puede considerarse el punto inicial de la manifestación nacionalista, puesto que la independencia de los plantadores no consideraba la abolición de la esclavitud.

 

Sin embargo desde sus inicios el nuevo país se auto-explicaría por una silente tenacidad discriminatoria, trivializando el compromiso moral de igualdad racial establecido en el discurso patriota durante las guerras de independencia con la población afro-descendiente, que tan decisivamente apoyó las guerras. De este modo, la Cuba homogénea blanca estableció las categorías de identificación en el momento formativo del estado-nación obviando lo racial en la nacionalidad. Pero como un curioso proceso que no sirvió de salvoconducto para quienes portaban un color de piel incriminador: el negro siguió siendo negro y el blanco, blanco.

 

A fines del siglo XIX, la instalación de la categoría de identificación de clase social ayudaba a quebrar la hermandad racial y a subsumir diferencias anteriormente validadas en nuevas categorías de identificación. Por ello, se imaginó una construcción de categorías raciales e identificaciones ligadas a la nación territorial. Alegaremos que la “raza” era una categoría identificatoria fuerte en este período inmediato post-esclavista, pero que finalmente fue dejada de lado para sustentar otros modos identificatorios acordes con las políticas estatales de construcción forzada de una nación “blanca y homogénea” y con los recursos de identificación que se sucedían contra el afro-descendiente, en un grupo social que quedaría negado de nuestra historia nacional.

 

La superioridad atribuida al conocimiento europeo omitía y silenciaba los conocimientos subalternos del “otro” por “subdesarrollado” y “atrasado”. El monologismo y el diseño global monotópico de Occidente se relaciona con otras culturas y personas desde una posición de superioridad Los guerreros de la Independencia cubana enunciaron principios, pero no pudieron ponerlos en marcha. La emancipación de los esclavos se realizó partiendo que en los afro-cubanos no primaba la idea de asumir la identidad por igual al blanco, algo que se demostró en el pronunciamiento del Partido Independiente de Color. Ese fue el fracaso de la política constitucionalista, dentro de la cual la convulsión social subsiguiente a las guerras de la Independencia, eran una prueba implicó ausencia de ideas propias.

 

En Cuba se inventó el mito de un Estado representante fraterno del crisol de razas. La identidad nacional era un simple episodio de la "lucha de razas", y su evolución estaba regida por leyes biológicas. Así se evolucionaría desde la barbarie (lo negro-mulato) hacia la civilización europea (lo blanco).

 

La conformación de la estructura social cubana de entre-siglos proveyó un discurso homogenizador de la población para cuestiones raciales y fue el basamento en donde se pudieron cimentar las ideas de “pueblo cubano”. Finalmente, el aluvión inmigratorio de las primeras décadas del siglo XX contribuiría a la imagen creciente de una población cada vez más euro-blanca, con la esperanza de que las diferencias raciales se diluyesen en la percepción colectiva, pero consolidando en su lugar un tipo de prejuicio social por el cual el color oscuro se asociaba no sólo a una distinción racial, sino también a la pertenencia a capas socio-económicas inferiores.

 

En las páginas escritas por nuestros historiadores no pesa lo suficiente la inmoralidad de la esclavitud, lo apocalíptico de la lucha anti-colonial, la ausencia de vergüenza colectiva ante la matanza de negros en 1912, el escepticismo ante el destino socialista, la secuencia de gobiernos y ciudadanos sin obligaciones uno para con el otro. Es una historia y una política de la apariencia defendiendo un europeísmo sustantivado en abstracciones, aún cuando Europa, el Viejo Continente, no puede ser América, el Nuevo Mundo. Una comprensión antinómica de la historia polarizada, de un "espíritu latinoamericanista", que sería un rescate de lo español y lo latino por oposición a la negritud. Así los teoremas americanos se buscaban resolver con hipótesis europeas fabricando constituciones y principios, copiando gobiernos y jurisprudencias, partidismos.

 

En nuestros orígenes políticamente conflictuales figura una tradición constitucional con aspiraciones a ser un equilibrador reflexivo. Así, la justificación pública cubana se ha presentado en la manera que su sociedad política siempre ha elaborado una justificación de la concepción política compartida insertándola en sus varias doctrinas de “valores” supuestamente libres de conflicto, como la multi-culturalidad. Si “raza” es en el fondo una formación social, cultural y política con designios de subyugar a otros grupos, entonces en una sociedad ideal, como la que supuestamente siempre ha existido en Cuba, debe omitirse como un componente estructurador de la misma. Pero, la sociedad ideal es un "constructo" teórico alejado de la realidad.

 

Pero nuestra supuesta autenticidad elaborada en el siglo XX, no ha sido más que una construcción de algo supuestamente nuevo, pero afincado en prácticas y principios provenientes del período colonial. Así, la ideología más coherente para justificar la preeminencia en el poder y la economía del blanco, tanto en la época republicana como en revolucionaria, no es otra que la elaborada por José Antonio Saco; aunque la misma no ha sido señalada en las épocas referidas, los principios de su discurso racial y cultural, los mecanismos y fundamentos de la discriminación por él elaborados, son los que han  estado vigentes desde la primera mitad del siglo XIX hasta hoy día.

 

La retórica nacionalista republicana de armónica cubanidad e igualdad no se debió a la mezcla racial en el período colonial, o al peso demográfico y económico de los afro-descendientes, o ni siquiera a la transculturación como trató de embrollar el racista Fernando Ortiz, sino a un bien pensado mito político y social que perpetuaba la hegemonía de la élite blanca-europea. Así, poner en duda la armonía racial era cuestionar la fidelidad a la patria. Ello se hizo evidente en la manera que se enarbolaba el “mito” a la hora de las elecciones entre los partidos políticos republicanos, y el uso brutal del poder y la fuerza contra el Partido Independiente de Color.

 

Para un país que niega la historia negra y que se ha proclamado desde su fundación como no-racista, tener en cuenta que las categorías raciales han estructurado siempre la realidad cotidiana dice mucho sobre la construcción de imaginarios sociales falsos. Para el inmigrante ibérico, el pertenecer a la raza blanca constituía una categoría de adscripción identitaria automática de cubano. En el caso de los descendientes de esclavizados, el signo de oprobio de la esclavitud ligado a un color de la piel, uniría a quienes de otro modo no tendrían nada en común. Así, la idea de “pueblo” involucraba sus propios límites: las elites nacionales permanecerán desmarcadas racialmente, mientras que otros grupos, como la “gente de color”, serán marcados como “otros”, aún cuando formen parte de la misma “comunidad imaginada” de la nación. Estos otros internos fueron el resultado de la creación de discontinuidades interiores que generaron jerarquías y tensiones.

 

La independencia llena de máximas jacobinas no se redujo más que a ocupar los cargos creados por la administración militar norteamericana. La nación no de-construyó la ética y los valores de los colonizadores, ni sus costumbres sociales y credo religioso; por eso fue una acción política "irremediablemente dual" exenta de la necesaria síntesis entre autoritarismo y liberalismo. Nuestra nación es el corolario de un terrible pasado de negación y olvido, por un afanoso intento de fundar al Estado nacional a partir de las culturas europeas. La "era criolla" fracasó a la hora de emprender la construcción del Estado nacional, al no creer sinceramente en principios de igualdad entre los hombres, pues para ellos la realidad multi-cultural siempre fue un enigma. Así, la independencia fue una fórmula de conciliación política entre euro-cubanos independentistas, anexionistas y pro-coloniales, más que un puente integrador de aquel abismo cultural entre blancos, negros y mulatos; de discursos que han construido simbólicamente a la nación cubana como “blanca y europea”.

 

El quiebre de la raza era congruente con la coyuntura histórica que comenzaba a “establecer” a la Cuba blanca y homogénea, pero también provocaba pequeñas luchas generacionales entre aquellos que sentían que debían defender la fraternidad racial y aquellos jóvenes que veían más provechoso deshacerse de su color para despojarse del destino del paria.

 

Es la escenografía post-independentista inscrita en el retorno a una retrospectiva nostálgica por lo ibérico, ante un presente de alienación ante el desbalance demográfico que amenazaba transformar la Isla en otra negra-antillana; problemática corregida por la importación de un millón de blancos ibéricos y la masacre de cinco mil negros. En lo adelante, esta vocalidad de “cubano” será una identidad intangible al mantenerse hasta ahora la discriminación y exclusión racial contra el negro-mulato de las esferas decisivas de la nación. Al moverse en una doble identidad, como nacionales y “negros”, de hecho quedan excluidos de las versiones oficiales de la nación aunque se reconozca su especificidad histórica y cultural. Los discursos que definen la cubanidad, la americanidad: latinidad, hispanidad, los excluye de tales identidades de nación.

 

La nacionalidad cubana encierra el problema colonial y la discriminación no superado, porque el proceso de independencia fue un proceso de política formal que no estuvo acompañado por una conciencia de descolonización de fondo porque los blancos que figuraron en la lucha por la independencia y asumieron la República, eran parte del proceso colonizador. La independencia se quedó en lo político-formal, con una conciencia límite que aún persiste. La élite blanca que asumió en los primeros gobiernos los resortes del poder sí disponía de un proyecto nacional, que se había incubado en los gobiernos en armas y en los clubes del exilio. En el mismo, el negro, pese a la poderosa sombra del general Antonio Maceo, y pese a un contra-proyecto de Morúa Delgado y Juan Gualberto, no estaba incluido como factor de autoridad. Esta élite, de ninguna manera, se quería retar con una descolonización puesto que también estuvo y estaba comprometida con la explotación esclavista y el racismo.

 

La era actual perteneciente a la Cuba revolucionaria y socialista ha tomado su concepción ideológica del colonialismo donde una separación propagandística entre palabras y significados  están conectados a una lógica de afirmaciones y negaciones. La ceguera hacia las razas y los colores, las libertades individuales y colectivas, la democracia socialista, todos esos son conceptos vacíos, palabras sin un significado adecuado y que son simplemente productos para el consumo público los cuales son constantemente negados en cada acto práctico de la vida.

 

El liderazgo actual, al igual que la elite de la etapa colonial y al igual que la elite de la  época de la república “liberal” de economía de mercado ha practicado  de forma dominante lo que se conoce como “ruido ideológico”; una de las formas que crea un tipo de creencia de parcialidad lo cual  evita que los miembros del grupo racial dominante en Cuba, presten oídos, atención o tomen en serio a otros que no pertenecen a su círculo. 

 

En Cuba existen dos grupos raciales distintos, cuyos estatus han estado bien definidos desde el siglo XVI: el opresor, dominante y superior (el blanco) y el otro oprimido, el inferior (el negro-mulato). Desde fines del siglo XIX el contexto multi-cultural étnico era evidente en Cuba. El problema de las identidades en la formación de la nación cubana estará determinado por la poderosa ideología racial, tanto de liberales como de conservadores, los cuales imponen límites a la identidad nacional de la población negra en una nación cubana independiente. La diferenciación de raza por color, introducida por la colonia española con sentido de exclusión, permite construir una identidad nacional totalmente blanca e “hispana”, de espaldas a su entorno caribeño y herencia africana.

 

El mito de la igualdad racial, el paradigma fundante de nuestra identidad nacional, se enarbolará contra el negro y el mulato cuando estos aborden el tema de la discriminación, y servirá para justificar el statu quo social y político, y el bloqueo al negro y al mulato para su desarrollo económico. La identidad nacional no se resuelve en 1898, en 1959 o en 2009, y pese a la igualdad jurídica entre negros, mulatos y blancos, la equidad política, de poder económico  y social quedan pendientes, salvo el reconocimiento cultural y deportivo.

 

La educación conformadora del sujeto nacional, construye un relato que introduce un corte entre “un antes” y “un después”, con una sola estrategia discursiva que esquiva el problema central de la nación, por la obstinación a negar que la identidad cubana no fue el resultado de una integración de las distintas estrategias discursivas afro-europeas. La continuación de una jerarquía racial que beneficia a los blancos y justifica la posición inferior de los negros y mulatos, se fundamenta con una representación negativa de los afro-cubanos como inferiores y poco civilizados, repitiendo la visión del Continente hecha por Henry Stanley, de selva, tribus, dialectos. De ahí que el discurso del mestizaje fuese central en la construcción de la identidad nacional cubana, que se producía en medio de un proceso de blanquizaje demográfico.

 

Todas las constituyentes cubanas, incluyendo la socialista, han arrastrado la mentalidad del patrón colonial racista, porque han evadido demoler la estructura social de discriminación. La igualdad no implica equidad, pues la igualdad es una relación personal prejuiciado o desprejuiciada, y la equidad es compartir el poder económico y político acorde con la demografía nacional; por eso, la ausencia de segregación racial no implica la ausencia de la discriminación racial. El blanco o el negro, en lo social, no pueden discriminarse… pueden rechazarse por prejuicios de raza; la discriminación sólo se puede ejercer desde el poder político o económico, cuando se tiene el poder de incluir o excluir. Es por ello que el anti-intelectualismo militante, de republicanos y revolucionarios, ha regido los destinos cubanos, apoyado en el mito de las razas y el euro-centrismo, escondidos en el subconsciente, y por instituciones democráticas o socialistas, que reproducen el patrón colonial, de modelos que no responden a su realidad.

 

Las élites gobernantes cubanas desde 1900, no importa su matiz político ni su ideología, nunca han entendido con precisión qué es la libertad. Por eso, el liberalismo republicano se emparentó con el marxismo castrista en que jamás se mostraron dispuestos a ceder libertades en el terreno de la política. Ser libre para ellos consiste gobernar a los otros y la disidencia de opinión es enemigo, hostilidad que autoriza la represión, los ejemplos comenzando con el asesinato del general negro Quintín Banderas y el fusilamiento del general mulato Arnaldo Ochoa, son innumerables.

 

La historia cubana del siglo XX no fue por eso una mera historia occidental, puesto que lo occidental dejó de ser geográfico hace largo tiempo. En ella se conjugaron la cuestión racial no resuelta, la independencia sujeta a influencia exterior, la democracia excluyente, el socialismo sin equidad, y también, la autoconciencia, la búsqueda del propio pasado por una élite pensante negra y mulata. No se puede negar el hecho de que al tratar de definir la nación cubana, la cuestión racial tenía que surgir. Según la antropóloga cubana Maria Ileana Faguaga: "Narrativas politizadas y racializadas –siempre polarizadas- de la nacionalidad cubana parecieran imponerse en determinados espacios de poder o de pugnas por éste, ignorándose o pretendiéndolo, a los millones que conformamos y sostenemos a la nación, cualquiera sea el credo impuesto –cultural/religioso, racial, político, económico- por sus élites, de ayer y de hoy" (Faguaga, La Habana, 2007).

 

La historia racial en Cuba y la ideología de supremacía blanca es la clave invisible que ha guiado las actividades políticas, económicas, culturales y sicológicas de la nación. De ahí que resulte posible entender por qué el racismo del poder y los prejuicios raciales no han desaparecido sino que se fortalecen. Usando los términos fanonianos, la muerte de la ideología de supremacía blanca podría provocar la muerte del racismo en Cuba, la muerte de la categoría social de “blancos y negros” y la muerte de la estructura jerárquica de dominación basada en el color de la piel, que ha existido durante siglos. Incluso como consecuencia de su desaparición se originaría el nacimiento de una verdadera unidad nacional con un agudo sentido de humanismo y de democracia nunca antes conocida en los 500 años de historia de la nación.