Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

 Raza y Nación ( I ): de la bio-raza a la bio-política

 

El concepto de raza y la xenofobia

 

¿Por qué se dan jerarquías de privilegios sociales basadas en la raza, las definiciones étnico-culturales, la discriminación racial, cultural, religiosa, social, entre grupos, etcétera? Lo único que explica que individuos o comunidades enteras de población puedan ser excluidos de la participación en los procesos políticos, ya no por no poseer propiedad o status especial, es que existe una fórmula de categorización que los ubica como una especie de humanidad deficiente y por tanto subordinada.

 

El racismo es un fenómeno social de exclusión, que no puede describirse sin la intervención directa o indirecta del Estado debido a la existencia de una matriz ideológica de relaciones asimétricas dominantes del imaginario que se expande a todo el ámbito de la sociedad.

 

Ciertamente, el racismo no es un conjunto de actitudes y prácticas individuales animadas por determinados afectos, ni sólo una “propiedad estructural del sistema” y acción exclusiva de las clases dominantes y del Estado. Las figuras del racismo en el discurso nacional suelen asociarse con representaciones y prácticas que sustentan determinados actores en diversos espacios de la vida social. El paradigma del Estado omnipresente como aparato de control ideológico y político no reivindicó la acción del sujeto afro-descendiente y se acotó la perspectiva del racismo como instrumento de dominación, el Estado no siempre evidente como actor que incide en su reproducción y difusión.

 

El Estado interviene institucionalizando ciertos discursos y prácticas de exclusión y no sancionando otras prácticas que adquieren su propia dinámica en campos de relaciones específicos, y contribuyen así, directa o indirectamente a la reproducción de distintas formas de racismo y, en casos “limite”, desplegando su poder para prescindir del Otro. La educación mantiene la proyección mono-cultural y aún no han sustituido los libros de texto que representan al africano marginado del desarrollo económico y la cultura.

 

De otra parte los medios de comunicación masiva, con su indiscutible poder de disuasión y difusión de valores, exaltan estereotipos negativos de los afro-descendientes sin que el Estado promueva el respeto y la valoración de tales culturas y de sus miembros, en ausencia de una normatividad para las campañas publicitarias dirigidas al turismo internacional, que difunden imágenes del negro(a) y el mulato(a), que lo fijan en el tiempo y exacerban la xenofilia, desvalorizando las identidades étnicas y nacionales.

 

Los orígenes prístinos del racismo como mecanismo de poder del Estado, para Michel Foucault, comienzan desde que éste asume la gestión de lo biológico y las teorías darwinistas se convierten en una de sus fuentes, todo lo cual conduce a justificar la eliminación del “Otro”. En el caso cubano, este discurso nunca se ha expresado de manera abierta, pero eso no implicó que alcanzara altos niveles de intensidad, como en 1912 o después de 1990.

 

Por eso, el racismo en sus manifestaciones más destructivas sólo ha sido posible con el uso de la tecnología, la concentración del poder y los recursos del Estado moderno, invariablemente relacionado con experiencias como el nazismo, el apartheid, la segregación y la limpieza étnica, pero de ninguna manera ajeno a la historia de la relación entre el Estado y los afrocubanos a partir de los primeros asientos.

 

El pensamiento etnocéntrico ha sido una “tendencia general” de la sociedad humana a lo largo de la historia. Los humanos han encontrado excusas para las diferencias de todas clases que han podido surgir entre ellos, para los malos tratos que unos han aplicado a otros; han guerreado por diferencias ideologías, políticas, religiones, razones económicas, sociales, y diferencias sobre el aspecto físico. No existe una sola nación que no esté formada por una mezcla de razas.

 

Desde fines del siglo XIX las relaciones entre culturas y naciones se han visto envenenadas por las creencias racistas. El racismo designa una creencia cuyos rasgos fundamentales son creer que los humanos se dividen en razas, cuyas importancias antropológicas son decisivas. Acorde con el racismo, las razas contienen características inmutables, y transmiten los caracteres físicos, las aptitudes y actitudes psicológicas, generando todo ello diferencias culturales. Por ello, supuestamente existe una jerarquía de razas, en la cual algunas son superiores a las otras, e implica que la mezcla racial es un proceso de degeneración para las "superiores".

 

El racismo hunde sus raíces en la xenofobia, el miedo al extraño, una actitud o sentimiento prácticamente innato que encontramos tanto en los animales como en los humanos y así como en los grupos sociales, incluidas las naciones. En pocas palabras, la xenofobia es la desconfianza instintiva hacia el extraño al grupo, percibido a priori, y de forma casi mecánica y automática, como un enemigo potencial. Esta xenofobia, que sin duda se relaciona con los instintos territoriales, no es sin embargo completamente equiparable al racismo, ya que éste no se presenta como un instinto, sino como una teoría. De ahí, de ese impulso innato y primario, a la formulación de doctrinas racistas hay un largo trecho y, en realidad, el racismo como ideología y dogma político no aparece en la historia sino muy recientemente, en el ámbito de lo que llamamos Modernidad.

 

El fenómeno de la xenofobia, del racismo ha estado presente -como sentimiento racionalizado- más allá de las diferencias entre las clases sociales, sobre todo al encaramarse sobre sentimientos nacionales o religiosos. El racismo es una proyección discursivo de la estructura económica moderna, patriarcal y monoteísta, que instrumentaliza a grupos humanos a partir de supuestos principios genealógicos y de una aparente hegemonía de universalismo. El mundo contemporáneo se mueve en sus relaciones entre grupos culturales diferentes, entre el racismo y el temor al racismo. Todas las expresiones persecutorias tienen que ver, más que nada, con el miedo, que es el denominador común.

 

Aunque el racismo está completamente desacreditado como doctrina científica y como ideología política, en el pasado se difundió ampliamente apoyada por pensadores tenidos por insignes, a la vez que considerada como plenamente científica. Aunque muchos jamás se han definido como racistas tienen, sin embargo expresan un comportamiento inequívocamente racista cuando conviven con personas de otra raza. Pero todo esto es un estereotipo cultural a partir de ciertos rasgos visibles externos (color de la piel, características del pelo, rasgos faciales, constitución anatómica), que fueron sistematizados por pensadores europeos post-renacentistas, y a los que superpusieron predisposiciones intelectuales e incluso espirituales.

 

A pesar de que no existe fundamento biológico alguno para determinar las variaciones humanas individuales y culturales que se ha dado en llamar raza; la sociología y la etnología utilizan locuciones y conceptos raciales para afirmar variables sociales que se deben a otros agentes. Así es común leer las expresiones "raza biológica" y "raza social". La auto-identificación individual no es explicable en estos términos. La marginación y percepción de un grupo frente a otro se debe a diferencias culturales y factores políticos e históricos, no a características somáticas. La diferenciación social de cultura, idioma, valores éticos, estructuras socio-familiares se "racializan" para legitimar las exclusiones y la imposibilidad del excluido de controlar su propio discurso racial y su memoria histórica.

 

La “raza” se convirtió en un sistema de clasificación universal que configuraba todas las instituciones básicas y discursos de la modernidad occidental, así como una mediación básica en las configuraciones de poder, cultura y subjetividad nacionales y locales. Lo que hay en juego aquí no es sólo cómo la “raza” y el racismo construyeron el mundo moderno, sino también cuál fue el universo de mundo que la raza construyó, o cómo las divisiones raciales posibilitaron la producción de culturas expresivas, corrientes intelectuales y movimientos sociales negros.

 

Tanto las diferencias de sexo no menos que las diferencias de raza son construidas ideológicamente como “hechos” biológicos significativos en la sociedad, naturalizando y legitimando las desigualdades sociales. Las razas son construcciones sociales modernas ideadas por antropólogos y etnólogos, por la cual se han clasificado culturas y poblaciones de espacios geográficos, que explican y legitiman las estructuras sociales, políticas y económicas de poder en tal ámbito. La creencia común considera que las distinciones raciales obedecen a la herencia biológica y que la raza determina la posición socio-económica del individuo. Los códigos raciales por los cuales se encasillan personas y grupos, y que conforman ideologías de poder no responden a circunstancias históricas y sociales específicas, no son universales ni están determinados por la naturaleza ni se pueden corroborar científicamente.

Lo burdo de todas las construcciones de categorización racial es que partieron de los rasgos bio-físicos, para conceder expresión socio-política moderna a imágenes estereotipadas que determinaban lo capaz e incapaz, esenciales para su misma inteligibilidad y normatividad; así, los textos históricos y los académicos sociales entonces santificaron las antiguas prácticas de dominación racial y aportaron las nuevas que concernían a los africanos. Los estudios de comparación entre los negros y los animales serían habituales, del negro adulto con las mismas capacidades que un niño ario, que son proclives a asesinar por su condición genética. No debo apartar de mi análisis que, en éste tipo de estudios, se utilizaba la medición y el peso de los cerebros para determinar la inteligencia que, como es obvio, la inferior siempre es la del hombre de color.

La categorización de una persona como “no negro” no surge naturalmente de la ceguera cromática sino a través de una constante invisibilización de los rasgos fenotípicos negros a nivel micro por medio de la adscripción de la categoría de negro tan solo a quienes tienen tez oscura y cabello rizado. La categoría trigueño, utilizada durante el siglo XIX, resulta clave para entender las categorizaciones raciales, permitía que en los censos, los trigueños pudieran ser clasificados oficialmente como blancos. Progresivamente un número cada vez menor de rasgos fenotípicos pasan a denotar ascendencia africana, hasta llegar a solo dos: el color oscuro y el cabello rizado que deben estar presentes de manera conjunta.

 

Las clasificaciones raciales y su lógica, en las cuales el negro es un “desaparecido”, sin embargo su presencia opera en la reproducción de las diferencias sociales. Así se indaga sobre la lógica detrás de la construcción de la categoría negro, la lógica de la invisibilización de rasgos fenotípicos tras el discurso de la “blanquitud”, los distintos sentidos de la palabra negro y cómo la clasificación racial incide en el sistema de estratificación social. ¿Querer ser qué? ¿Convertirse en quién? Es una doble identidad, la geográfica y los criterios de pertenencia grupal y distinción con los no-afro; es una búsqueda de la revalorización de la identidad que la sociedad niega, concientemente.

 

Si el concepto de raza negra es de índole social y no biológica, el racismo sólo tiene como base a la ignorancia y se manifiesta en estereotipos distorsionados. La racialización resultará así una manipulación de la ideología que establece la diversidad humana, y el racismo, la estereo-tipación. Este racismo, como un modo de gestión de principios de inferioridad y de diferenciación, se manifiesta diferente; ya no echa manos a la noción biológica de la raza, sino que establece una construcción socio-cultural adaptada al contexto histórico, en el cual se consolida un sistema de dominio de un grupo que excluye y marginaliza, mediante representaciones socio-cognitivas.

 

Las razas no tienen características inmutables, y las deficiencias culturales no son trasmitidas  genéticamente, ni existen jerarquías por la cual algunas son superiores a las otras y la mezcla no degenera a las "superiores". No existió una raza romana, sino una cultura romana; no hay una raza indoeuropea, sino una lengua y, a grandes rasgos, una cultura indoeuropea; no hay una raza alemana, sino una cultura alemana. La "clásica" clasificación existente de tres razas universales (caucásica, mongólica y negroide) no dispone de real basamento científico; es falso también la existencia de una "personalidad racial", psíquica, o de atributos congénitos de las razas; asimismo, no existe diferencia intelectual entre las mismas.

 

Frente a esta perspectiva abierta por la biología molecular, toda la supuesta “base científica” del racismo se ha demolido. La publicación reciente del mapa genético por los profesores Luca Cavalli-Sforza, Paolo Menozi y Alberto Piazza,  niega toda base científica al racismo. Las modernas técnicas de la genética de poblaciones ha concluido que no hay fundamento científico para clasificar a los humanos en razas pues la diversidad genética, bioquímica y sanguínea entre individuos de una misma "raza" es incluso mayor que la existente entre "razas" consideradas distintas.

 

El 99,9% de los genes de toda la humanidad son iguales: 99,9 % de blancos, negros, amarillos, o lo que fueran. Las diferencias genéticas sólo son la décima parte del 1 % del ADN total, casi nulo. El código genético demostró que las diferencias raciales prácticamente son insignificantes, pues sólo un 7 % de tales disparidades genéticas tienen que ver con sus orígenes étnicos. Así, la consideración de "raza" es apócrifa y solo responde a consideraciones ideológicas. En esencia no existen razas de humanos, aunque nos vemos enfrentados constantemente el término diferenciador de "raza", en extremo peligroso precisamente por su vaguedad e indefinición.

 

El concepto de raza biológica impone una determinada estructura histórica y social que excluye las tradiciones culturales y el protagonismo de los grupos locales, una reformulación de categorías raciales como parte de cambios políticos y económicos impuestos. Al definir de tal manera el objeto de estudio no importará su actuación social, su desempeño económico y su creación cultural, estética.

 

Entre raza, etnicidad y clase, la predominancia asignada a los primeros dos factores oscurece la relevancia del tercero, de la clase social. Para explicar las desigualdades sociales siempre ha sido y es la raza el factor que, pese a estar ocluido y poco enunciado, es el que “legitima” los privilegios y el poder por un lado, y “explica” la pobreza y la impotencia social por el otro, pues se halla implícito en las cualidades, los modelos y los valores del discurso hegemónico. Para superar tal marginalidad teórica, sobre todo en el aspecto de raza, es necesario entonces combinar los fines reconstructivos de la teoría normativa con los interpretativos y explicativos de los estudios de base empírica y fines prácticos de la crítica social y política. El anti-totalitarismo tendrá que abandonarse y estudiarse de nuevo el problema clásico de la tiranía; necesitamos conceptos políticos aplicables universal e internacionalmente.

 

Así, durante los años iniciales del siglo XX, lord Bryce declaró en una conferencia en la Universidad de Oxford, que a su parecer uno de los problemas más apremiantes del mundo moderno era el de las relaciones entre las razas avanzadas y atrasadas de la Humanidad;

 

La historia de los últimos siglos está plagada de persecuciones y humillaciones que fueron llevadas a cabo en contra de humanos considerados "diferentes": judíos, gitanos, africanos, minorías étnicas, nacionales o religiosas. La esclavitud se identificó con el negro hasta producir la sinonimia, dándose un giro racial a lo que era un fenómeno económico. En palabras de Eric Williams: "La esclavitud no nació del racismo; por el contrario, el racismo fue la consecuencia de la esclavitud. La fuerza del trabajo esclavo del Nuevo Mundo fue mestiza, negra y amarilla; fue católica, protestante y pagana".

 

En el “contexto de aplicaciones” entre la teoría ideal y no-ideal, muchos no desean poner en riesgo su pertenencia a la sociedad blanco-hegemónica, defendiendo la igualdad y equidad racial y tradicionalmente en nuestra sociedad, la desvalorización y difamación de individuos con características físicas o valores grupales supuestamente diferentes es un recurso para obtener el reconocimiento de pertenencia al medio. Así, los mulatos, al resultar el estamento que trata de verse aceptado en el grupo dominante, cuyo vínculo es el de la raza, optan por discriminar, necesitan marcar la diferencia con los discriminados. Y, los blanco-europeos, retroalimentan su hegemonía y reafirman su supuesta superioridad con la pertenencia a un círculo común, mediante la discriminación.

 

De la bio-raza a la bio-política

 

Así, el racismo clásico tendría como locus exegético a las teorías deterministas del darwinismo, de las leyes mendelianas de la herencia. El tratamiento igualitario de todos los ciudadanos frente a la ley no significaría, por mucho, la inexistencia de discriminaciones sociales. El racismo se practicaría entonces con otras connotaciones: limpieza étnica, apartheid, fundamentalismos, guerras culturales. El racismo de la diferencia cultural desempeñaría el mismo papel que el racismo de la inferioridad natural.

 

La reproducción de las ideologías y las prácticas racistas se manifestarán en la inferioridad asignada, en la aculturación, en la identidad regional. Se enfatiza la superioridad cultural en nombre de la pureza e inmutabilidad, que se ejerce contra conjuntos humanos definidos por su nacionalidad, religión, etnicidad. Así, comparece la discriminación en los derechos legales de riqueza o autoridad por razón de raza o religión; de ahí el énfasis en los programas compensatorios a favor de determinados colectivos, mujeres, minorías étnicas.

 

Los teóricos racistas sostienen que los "caracteres raciales" se heredan y no son influidos por las condiciones externas de vida (la alimentación, el clima) y se transmiten sin modificaciones a la descendencia. Al considerar estos autores a la raza como un resultado de la evolución, la garantía del porvenir reside en que la capa dominante de una nación eluda el caos racial y aplique una higiene racial correspondiente. El sofisma de los teóricos racistas es que parten de suposiciones que no pueden comprobarse

 

Lo deficiente de nuestros conocimientos sobre los procesos internos de la herencia no nos autoriza a decir si hubo o no razas originarias. Las razas puras no se encuentran hoy en parte alguna y no han existido nunca. Todos los pueblos representan una mezcla de todas las razas posibles, en términos de gradación. El concepto de raza es de naturaleza biológica artificialmente creada, el cual no define algo inmutable, sino en permanente circulación, en continuo cambio.

 

Los caracteres especiales de las diversas razas han sido adquiridos. Los cuatro grupos de sangre se encuentran en todas las razas. Se puede lograr artificialmente, mediante experimentos, la producción de nuevas razas, de lo que se desprende que los caracteres físicos no son inmutables y que un cambio posible aun sin un cruce de razas. Además, toda fecundación es propiamente un cruzamiento, aun dentro de la misma raza, porque no hay individuos completamente iguales; por tal, en todo proceso de fecundación comparecen resultados muy diversos. Al ser la comparecencia de los factores hereditarios físicos de manera geométrica, en pocas generaciones se borra el patrón original debido a las infinitas combinaciones, lo que desdice la "homogeneidad racial".

 

Es discutible si el racismo expresa la crisis de la modernidad incapaz de asociar el progreso con la identificación nacional, es decir, con la desintegración de la idea iluminista de nación. Tanto Immanuel Wallestein como Etennie Balibar consideran que el racismo es producto del coloniaje europeo, del industrialismo, y la comparecencia del nacionalismo forjador del Estado moderno. Para otros críticos la idea racial es consustancial con la cultura de Occidente, que inventa la noción de raza.

 

No ha sido suficiente la condena a los holocaustos del siglo XX a manos de regímenes totalitarios, y la acción legislativa de organismos internacionales para extirpar el racismo y sus múltiples expresiones: xenofobia, discriminación, intolerancia, prejuicio, exclusión, etcétera. El racismo es la "incapacidad de algunas personas para enfrentarse a la diferencia. El estatuto teórico racista no sólo envuelve el vinculado al campo bio-físico, o a supuestos atributos intelectuales, existen, además prácticas sociales que conducen a inferiorizar y excluir al otro. El espacio empírico del racismo incluye los prejuicios, la discriminación, la segregación, la exclusión, la supuesta racionalidad de las acciones y la violencia simbólica.

 

Sin ejercer el poder, el racismo pierde trascendencia. Al estar incrustado en las relaciones de poder formula una ideología que legitima y reproduce la hegemonía;  logra, mediante la categorización y clasificación, el rol pasivo del otro; se impone una concepción que divide la sociedad en superiores e inferiores. Al establecer la relación de superioridad-inferioridad, al irrumpir en la esfera política, deja de ser una doctrina para tornarse en la ideología del poder. Nada impide, entonces la construcción imaginaria  del origen nacional. Estos mitos fundacionales racistas, imponen en una sola imagen por encima de los otros factores que constituyen la cultura nacional.

 

La búsqueda de la homogeneidad nacional del espacio nacional y cultural, la concepción de la nación como una realidad inmutable y cuasi eterna, promueve códigos y relaciones de identidad excluyentes racistas. Mito e ideología legitiman la segregación del “otro”, privándole de toda humanidad al naturalizarlo y estigmatizarlo. En esta dimensión imaginaria de la diferencia quedar como “minoría” (no necesariamente numérica) implica que no se ejerce o comparte el poder, contrario al grupo mayoritario que sí ejerce el poder político, económico e ideológico, además del acceso o control del aparato estatal

 

El nacionalismo político y cultural delimitó al Estado dentro de una nación cultural; pero en muchos de ellos quedaron inmersos otras nacionalidades y grupos étnicos en calidad de subordinados. El nacionalismo occidental, al construir jerarquías excluyentes y racistas no es más  ni menos "civilizado" que los orientales. El derecho a la diferencia y a la diversidad cultural, como legitimador de la xenofobia, es utilizado contra la coexistencia entre diversas culturas para evitar la mezcla.

 

Se buscaría que además de participar de manera racional-instrumental en el Estado, el ciudadano lo hiciera también de la mitológico-ritual de la nación para lograr su realización. Se ha hecho un karma la idea de que la identidad nacional implica estabilidad política, lealtad a la nación; quienes no forman parte de tal “identidad” resultan elementos desestabilizadores. Así, la soberanía estaría quebrantada por los límites a la integración de todos los grupos étnicos. Los racistas con el control estatal y preeminencia ideológica intentan mantener el territorio que ocupan, o por el hecho de que lo han ocupado desde tiempos remotos. El problema estriba cuando el discurso nacionalista es invocado contra sectores poblacionales que desean mantener sus propias culturas frente a la discriminación de la hegemónica, camino que puede desembocar en la violencia.

 

La noción de "raza" lleva a la estatalización de lo biológico como tecnología del poder, al racismo de Estado o la bio-política, la cual con un programa de higiene pública se atribuye funciones de la soberanía como el derecho sobre la muerte, y la normación de la población. Así, defiende al "conjunto" de los peligros contaminantes internos, del adversario que es ahora biológico. De allí que para Foucault la especificidad del racismo no es del orden de las mentalidades e ideologías sino que está ligada a la tecnología del poder como "mecanismo que permite el ejercicio del bio-poder.

 

Al ser el objeto de la decisión política el material biológico un asunto de Estado, no del sujeto o del ciudadano, se introduce la violencia al aparato jurídico y se define una bio-política en la vida de las poblaciones como control coactivo para inmunizarla de los peligros: la tanato-política. Pero es una inmunidad como cara negativa del bio-poder en la medida en que refiere a la exención, a la dispensa de la condición comunitaria pues interrumpe el circuito social de la donación recíproca, un paradigma portador de un carácter histórico y reversible, que marca a la política de Occidente desde su origen. Entonces, el racismo es aceptado para legitimar la aniquilación normada y regulada, como metafísica de la muerte del "otro". Para ello no es necesario abordar las figuras de las morales de la tolerancia o de la hermenéutica de la comprensión, puesto que ellas pertenecen a la incomprensión de un poder con un proyecto genealógico.

 

Es la comunión de derecho y violencia lo que ubica a esta última fuera del derecho, y por tal peligrosamente fundadora de derecho. Al normar la vida a partir de la raza, esta queda como un estatuto meramente biológico que puede ser suprimido, sobre todo porque su defensa (la del blanco hegemónico) se transforma en el "criterio último" de legitimación del poder. Pero la bio-política va más allá, puesto que para poder "eliminar" a la vida, tiene que despojarla de cualquier categoría cultural civilizadora (el negro primitivo) y pregona la prevención de la amenaza (la eugenesia o limpieza racial), para lo cual se formulan medidas profilácticas que se anticipan a la sentencia de culpabilidad (características criminales), soslayando la culpa efectiva.

 

La discriminación, la segregación o las demandas de seguridad hegemónica fundadas en la dureza penal y la selectividad del carácter de víctima hace que al afro-descendiente no se le juzga porque sea culpable, sino que ya de antemano es culpable y por tanto es materia juzgable y condenable. La abrumadora carga destructiva que atañe a tal política, como lo ilustra la revulsiva represión contra los miembros del PCI, casi todos negros mambises orientales, hacen que en la filosofía política o la teoría social propugnada por la élite blanco supremacista cubana, la relación entre vida y política se reduzca a una apropiación violenta de la primera por parte de la segunda, bajo el paradigma de una soberanía, relacionado con los procesos biológicos y la conservación de la raza blanca en el del bio-poder.

La historicidad y el carácter contingente y no ineluctable de dicha relación de preservación y auto-protección, es una tecnología de poder que tiene como objetivo y como objetivo la vida, que ejerce el derecho de matar y la función homicida, al retroceder el poder soberano. El imperativo de muerte, en el sistema de bio-poder supuestamente tiende a la victoria, a la eliminación del peligro biológico. Con la acepción de raza y racismo se normaliza la aceptación del homicidio (físico, político o la expulsión) al funcionar el Estado sobre la base del bio-poder. El racismo, entonces, separa lo que debe vivir y lo que debe morir, mediante la jerarquización y la calificación de razas como buenas y malas. La muerte del otro, la muerte de la mala raza, de la raza inferior.

La muerte del otro equivale al reforzamiento biológico de la raza hegemónica, ubicando al racismo no como una mentalidad o ideología, sino con la técnica del poder, con el funcionamiento de un Estado obligado a valerse de la purificación de la raza para ejercer su poder soberano. El nazismo es un claro ejemplo de racismo de Estado. Pero este juego está inscrito en el funcionamiento del Estados moderno, ya sea capitalista o socialista.