Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

 No es crisis financiera, ni siquiera económica: es geo-política ( I )

 

El error de los economistas es pensar que nos hallamos ante una crisis financiera pura que pueda transfigurarse en una crisis económica.

 

Pero estamos ante un contexto mucho más complejo si se analiza la historia; un escenario de geo-economía y de geo-política, que ha sucedido a lo largo de los siglos cada vez que comparece una nueva potencia comercial, económica o militar, que busca desesperadamente hacerse espacio, dentro de un área ya copada con anterioridad, y de todas las secuelas que ello entroniza en las relaciones internacionales y en los mercados financieros.

 

Para considerar ejemplos más recientes. Cuando Francia surgió como potencia industrial en los 1800 (con las consecuentes crisis financiera y económica internacional) el reajuste anglo-francés se realizó mediante las guerras (de y anti) napoleónicas. El mundo entonces quedó sosegadamente repartido: Europa para Francia y el resto del planeta para Inglaterra. Asimismo sucedió con la aparición tardía de Alemania en el siglo XIX al reparto colonial, con su reto al concordato franco-inglés: la crisis financiera europea que hizo creer a Carlos Marx en el fin del capitalismo. Ella se solventó con la guerra franco-prusiana de 1871 (que llevó a Francia a un papel segundón), y con la Primera Guerra Mundial.

 

Francia, Inglaterra y Estados Unidos preservaron el “espacio vital”, maniataron a Alemania mientras se deshacían de los viejos contendientes: los imperios del zar, el imperio austro-húngaro y el imperio otomano.

 

La solución a la crisis del capitalismo patentizada en la década de los 1930 demandó el fin de la anarquía de la propiedad privada y del mercado. En cierto sentido este control se lograría mediante el equilibrio en el mercado, la organización financiera y productiva en gigantescas corporaciones privadas y públicas, las cuales utilizan las más avanzadas tecnologías y los métodos ultramodernos de cálculo del mercado.

 

La escuela austriaca (Cal Menger, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y sus discípulos actuales, como Richard Lachmann e Israel Kirzner) concibe el mercado como un resultado de la acción de agentes, empresarios, comerciantes y financieros en busca de beneficios. Influido por las teorías de la percepción de Ernest Mach y del socialismo fabiano Mises publicó un ataque devastador contra la economía de plan en su ensayo Socialismo, en el cual argumentaba que el cálculo económico requería un mercado para los medios de producción y que sin ello era imposible establecer los valores de tales medios. Mises había elaborado su teoría monetaria y bancaria, aplicando el principio de utilidad marginal de la escuela austriaca y diseñó la teoría de las fluctuaciones industriales, las que ya habían sido bosquejadas por el sueco Knut Wicksell.

Estas ideas de Mises influyeron directamente en Hayek, el cual se transformó en el representante de la escuela económica austriaca y creador de la teoría de los ciclos financieros. Entre los que influyeron poderosamente en Hayek estaba Karl Popper. Hayek se basó en Mises para sus propias indagaciones sobre las fluctuaciones, explicando el origen de los ciclos económicos en términos de la expansión del crédito bancario y su transmisión como capital mal invertido. Gradualmente la “teoría austriaca” de los ciclos fue aceptada como la explicación preferida para la depresión, hasta que John Maynard Keynes (1883-1946) publicó en 1936 su libro: The General Theory of Money, Interest and Employment.

Hayek había tomado otro rumbo y elaboraba una teoría del capital a partir de los criterios de Eugene von Böhm-Bawerk. Pero, el proyecto de Hayek (La teoría pura del capital), no fue completado hasta 1941 y para la fecha el macro-modelo de Keynes ya se había establecido firmemente. La teoría austriaca del capital, como parte integral de la teoría del ciclo económico fue supuestamente “enterrada” por las críticas del Piero Sraffa. Así, desafortunadamente, las teorías de Mises y Hayek serían relegadas en favor de la revolución keynesiana.

 

La Pax Americana

 

El posterior reclamo del “espacio vital” europeo-africano (tecno-económico) por Alemania y asiático por Japón llevó a la Segunda Guerra Mundial. No fue Alemania quien al final de la contienda ocupó el “espacio vital” sino Estados Unidos el cual se alzó definitivamente con la primacía, imponiendo la democión de Inglaterra y Francia a potencias económicas de segundo nivel.

 

Con el golpe comunista de posguerra en las regiones euroasiáticas y el proceso de descolonización, el mercado mundial se redujo geográficamente, provocando una remodelación en los polos industriales y financieros del Occidente que transformaron sus economías en modelos agroindustriales casi autosuficientes. Tendría lugar, entonces, una remodelación gigantesca de empresas económicas provocada por quiebras, fusiones, recesos y demás. Ello obligó a que en el orden financiero, tecnológico y comercial el Occidente se fuese encerrando en sí mismo.

 

Si bien los costes de producción se elevaron provocando períodos de inflación y elevación de precios, el mercado aumentó en volumen y se desató el consumismo, trayendo una constante y rápida renovación de las capacidades tecnológicas obsoletas. Así se conformaron enormes acumulaciones de capital en manos de las corporaciones privadas que avanzarían rápidamente por el camino de la renovación tecnológica.

 

A medida que decursaba el siglo XX se presenciaría una intervención mayor del Estado en las economías abiertas de mercado que, lejos de hundirse en el caos y la decadencia social solventaron los desequilibrios y las crisis, canalizaron las inversiones hacia los sectores más productivos, reformaron las monedas, establecieron el control de los precios y los impuestos, planificaron la producción regulando los beneficios y los costos de producción, transformando mediante la corporatización y la cartelización al viejo sistema de librecambio.

 

El dominio de un predio o mercado fue la nueva forma de competencia; así, el interés general porque se mantuviesen los altos niveles de ganancias no residió tanto en los bajos precios sino en la propaganda, en operaciones de menor costo, en la productividad, en los mecanismos de competencia.

 

Al irse esfumando la tradicional fuente de ganancia derivada del intercambio desigual entre los productores de materias primas baratas y los polos industriales proveedores de mercadería semielaborada se hizo necesaria la conformación de amplios bloques de consumidores. Asimismo, la internacionalización de la producción comprometería el papel del Estado, cuya regulación y financiación facilitaban que las empresas deficitarias elevaran sus tasas de ganancia por encima de la media proporcional, resultando un elemento imprevisto que revitalizaría al sistema; el porcentaje del sector público y corporativo en la formación de capitales fijos sería predominante.

 

El paso a una economía de demanda resultó ser la respuesta sociopolítica para lograr la continuidad y supervivencia del sistema en su conjunto, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Así, el “Estado del bienestar” inspirado en la economía keynesiana y la “sociedad de consumo” se va a convertir, entonces, en el eje del encauzamiento y asimilación de las enormes poblaciones a partir de la superación de los años de post-guerra.

 

La tendencia general hacia la estatalización se manifestó con fuerza en el período económico inmediato a la posguerra, sobre todo en los polos industrializados del planeta. Este keynesianismo, junto a la descomunal expansión del comercio mundial fueron los factores que posibilitaron al sistema capitalista, entre 1948 y 1975, “resolver” las limitaciones iniciales del sistema, sus contradicciones centrales y lograr resultados económicos sin precedentes en la historia de la civilización. La recuperación del capitalismo logró crecimientos anuales del 5 al 6 % en Estados Unidos y la Europa Occidental, e incluso muchos más altos en el Japón.

 

Una de las soluciones que se trató para revertir los procesos inflacionarios fue la consolidación de las monedas europeas para contrabalancear a los Estados Unidos, los cuales desde los tiempos del "plan Marshall" se habían ubicado en los ámbitos financieros, económicos y tecnológicos por sobre Europa y Japón.

 

Estados Unidos que había reinado sin rivales enfrentó dificultades financieras y de mercado, realizó su declaración de guerra del “espacio vital” imponiendo entonces al dólar como moneda internacional. Inglaterra, Alemania, Francia y Japón todos aplicaron políticas proteccionistas ante los Estados Unidos. El Estado fue un elemento clave en todas esas economías, en especial durante el período que finalizó en 1974, e incluso en el Japón que, usualmente, se utilizaba como el modelo a seguir. La entente Estados Unidos-Europa no se quebró en ese momento debido a la Guerra Fría y a la amenaza del rodillo de tanques soviéticos en las fronteras del Danubio.

 

A fines de la década sesenta resultó ostensible que el grueso de las inversiones ya no se orientaba a los sectores industriales y bancarios sino a nuevas áreas de tecnología sofisticada; asimismo, el elemento definitorio no resultaba la exportación de capitales; la expansión económica disponía de otros instrumentos menos riesgosos como las tendencias tecnológicas y la búsqueda de la autonomía financiera. La actividad global de la banca y las grandes corporaciones allanaría el camino para que ingentes cantidades de capital fluyesen libremente entre los continentes con rapidez y para evadir las crisis bombeándola a los mercados secundarios y el balance de los presupuestos y el saneamiento financiero.

 

El Sol naciente

   

 La elevación de los precios del petróleo por sí misma no resultó el elemento único que desencadenó la reacción alcista en todas las economías mundiales; esta alza de precios del crudo se escenificó en una etapa de plena inflación acelerada y si bien contribuyó a profundizarla su impacto ha sido sobreestimado. Otros factores como la retención de materias primas, desde el algodón hasta los metales no ferrosos contribuyeron en igual medida. Pero fue la entrada de Japón en busca de su “espacio vital” tecnológico, y de mercados, en la década setenta-ochenta lo que provocó las dos crisis energéticas y el disparo de los precios de las materias primas. Lo de los árabes y el desbalance financiero fueron meras secuelas.

 

El empuje nipón hundió en una profunda recesión a Europa y desbarató la industria automovilística norteamericana (que debió desaparecer en los ochenta y sólo ha subsistido debido a subsidios, proteccionismos y a fusiones con conglomerados nipones) alzándose con la primacía en la electrónica. En la década ochenta, la actividad inversionista y el mercado de valores de Occidente, es decir, la industria de servicios financieros, fue golpeada por esta irrupción japonesa con su revolución tecnológica, sus nuevos sistemas de intercambios electrónicos, con sus veloces computadoras, procesamiento electrónico de datos y programas innovadores.

 

Estados Unidos vería reducir el poder del patrón dólar y sufriría entonces, con mayor agudeza, la competencia de los países europeos, del Japón y los tigres asiáticos así como de las producciones de sus propias transnacionales ubicadas en el extranjero. Este cambio le llevó a que sus finanzas se encaminasen a la inversión en el exterior. Los altos salarios e impuestos y el elevado volumen en la composición de sus precios internos, resultarían un impedimento constante al incremento de la productividad, frente a la terrible competencia exterior.

 

En buen ejemplo histórico, era un momento clásico para que Estados Unidos, retado nuevamente en su “espacio vital”, hubiese aplastado al Japón en una guerra de alianza anglo. Pese a la histeria del congreso y la opinión publica norteamericana horrorizada ante el “made in Japan”, la conjunción del síndrome Viet-nam y la amenaza soviética no posibilitaron que tal escenario se concretase. Por eso, las crisis financieras y económicas eran las secuelas.

 

Los tecnócratas japoneses, conocedores de Occidente y convencidos de su misión mundial, resultarían, a partir de ese momento, un enemigo estratégico difícil para los gigantes financieros occidentales.  Japón rechazó el modelo norteamericano y nunca le abrió las puertas de su mercado interno. Mientras rehusaba "liberalizar" su mercado financiero, el Yén invadió toda el Asia, contribuyendo a un tremendo "boom" exportador hacia Europa y América. Mientras, el comercio inter-asiático se transformaba en el mercado más importante para el Japón.

 

Los oligopolios y financieras japonesas más poderosas se aventuraron en el sector energético, en Vietnam y Brunei, y en la industria de comunicaciones telefónicas, espaciales, cable-TV. Así Japón se lanzó contra Europa y Estados Unidos por el control del mundo financiero internacional. La consecuente crisis de esa década ochenta no fue de insolvencia como hizo creer Wall Street, ni incluso de falta de liquidez: fue una crisis por el “espacio vital”.

 

En las décadas ochenta y noventa el Asia oriental fue la región de más rápido desarrollo del planeta. Asimismo, estos tigres asiáticos no abrieron sus compuertas al libre-comercio de Occidente y la práctica no fue invertir en los mercados financieros, sino realizar inversiones directas. Así, estas economías asiáticas continuaron creciendo, empinando sus exportaciones, a la vez que mantenían bajo control sus déficits presupuestarios. Ya para fines del noventa, el grupo asiático transformó su exceso de capital en un elevado inventario de bonos y documentos financieros, contrayendo su liquidez que se preservó hacia sus reservas de divisas extranjeras.

 

Occidente no equilibró sus economías y finanzas ante el golpe japonés, sólo atinó a ir solventando cada situación en específico en las últimas dos décadas. Estados Unidos, principalmente, endeudó a sus consumidores y a su economía para preservarse en el primer puesto y no verse desbancado por la combinación tecno-industrial euro-asiática.

En la década de los noventa, Estados Unidos rehusó fundirse económicamente con el Japón, y sólo lo hizo en algunos consorcios automovilísticos. Tal opción nos hubiese llevado a un mundo diferente del actual, en el cual acaso China no hubiese emergido con la velocidad que lo hizo y Rusia y la Europa oriental serían clientes totales del eje Washington-Tokio. Una historia plausible.

 

El desbalance

 

En la década ochenta comenzó una variante de desnacionalización, tanto en los países desarrollados como en los del Tercer Mundo. Esta reacción al excesivo estatismo tuvo resultados positivos en el boom económico iniciado en 1982, hecho que afectó profundamente al bloque soviético provocando su descomposición.

 

 La transformación de los países industrializados en sociedades de servicio y de producción de alta tecnología desencadenó el traslado de las capacidades fabriles con altos costos de capital operativo hacia aquellos países donde el precio de la mano de obra posibilite mantener su rentabilidad. La inestabilidad de los mercados financieros creó la insostenible e impagable deuda del Tercer Mundo, favoreciendo el auge del mercado internacional de valores. Así, las tasas de intereses flotantes, los créditos sindicados y las cláusulas colectivas de seguro contra riesgo de insolvencia se tenían como mecanismos perversamente concebidos para reducir los riesgos bancarios crediticios y transferirlos a los gobiernos tercermundistas.

 

Por otro lado, el alto costo de los servicios y de la nueva producción de alta tecnología obligaba a la creación de un mercado consumidor mucho más amplio que el existente en las sociedades desarrolladas, para afrontar una producción más vasta. Así, lo decisivo para esa modalidad capitalista post-industrial era el ampliar la capa poblacional consumidora del planeta propiciándole mayor poder de compra, algo que no tuvo lugar con la rapidez ni la vastedad requerida.

 

Es cierto que los mercados de valores "líquidos" con sus transacciones a bajo costo, limitaron los riesgos de los inversionistas individuales, pero atentaron contra el conjunto de las inversiones. Ya Keynes se había equivocado al respecto y los describió como "casinos", proponiendo encarecerlos para hacerlos inaccesibles.

Todo induce a pensar que con el fin de la Guerra Fría, con el fin del bloque soviético, Occidente también enfrentó sin saberlo un fin de historia. No se puede negar la incomprensión y la casi guerra comercial existente entre Estados Unidos con el Japón y la Unión Europea, e incluso entre los miembros de la UE y entre esta última y Japón. No se pueden minimizar los conflictos y proteccionismos que entroniza el Tratado del GATT; la inviabilidad del pago de la deuda en el Tercer Mundo y los efectos de la epidémica sobreproducción en el Club desarrollado. No se puede negar el sentimiento de incertidumbre ante un gigante que se va alzando en la lejanía oriental.

(continuará)