Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

 NI UTOPÍA NI SOCIEDAD PERFECTA

 

En tiempos modernos, dos visiones parecieran disputarse el campo de lo humano. El viejo sueño de la sociedad perfecta, el Estado ideal, no importando el daño y sufrimiento que ello conlleve. Estos sueños derivaron de utopías críticas del mundo real. Las utopías occidentales que siempre nos han rondado, con su estado de armonía pura, donde el individuo se halle libre de peligros, de escasez, de inseguridad, de injusticia, de violencia concluyen en el “1984” de Orwell a lo Corea del norte o la Cuba castrista.

 

En realidad estos experimentos de sociedad perfecta terminan por ser complejos estáticos, sin necesidad de cambios, al estar todos los deseos realizados. Ello parte de la extraña noción de que el individuo es un ser de naturaleza fija, de metas comunes, de aspiraciones idénticas y al cual se le puede ofrecer la misma ropa y la misma comida.

 

Este supuesto de realización humana por metas logradas no puede variar pues entonces no tendría sentido la utopía, y es por ello que estas ingenierías sociales terminan con una entidad socio-territorial estancada y marchando al retroceso: del tractor a los bueyes y de los automóviles a las bicicletas.

 

Todos los ideales de utopía buscan sus raíces en una supuesta Edad de Oro, de humanos felices y perfectos; el paraíso inmaculado de la Biblia; ya Homero y Hesíodo la habían reseñado, luego Platón con su perdida Atlántida, las utopías satíricas de Aristófanes, el Estado perfecto de Teopompo, el sueño de Evemerus, de morar felizmente en islas sin animales salvajes, llenas de árboles frutales; Campanella con su ciudad del Sol, Bacon con su Nueva Atlántida, un país dirigido por filósofos; Tomás Moro, Carlos Marx con su comunismo, etcétera.

 

Sólo que en todos los casos, a partir de Adán y Eva y terminando en el cubano de a pié, el humano se rebela a la obediente perfección que lo metodizaba, ya sea Dios omnipotente o Yo el Supremo dictador.

 

El primer diseño de utopía que tuve oportunidad de conocer, recuerdo, fue en la poesía de Alfred Tennyson con su reino de luz eterna en un mundo en calma, incluso sin lluvias ¡qué aburrido me pareció! En los “trabajos voluntarios agrícolas” Marx siempre me pareció beber del profeta hebreo Isaías con sus “últimos días en los cuales las espadas y lanzas se tendrían que convertir en arados”; un comunismo que no nos libraría de la granjería.

 

También me rompía la cabeza pensando cómo convivirían el lobo y el leopardo junto al cordero y cómo podría florecerse el desierto; “tendrán que preguntárselo a los israelitas” me respondía en silencio. Otro profeta utópico, San Pablo, me presentaba un mundo sin judíos, sin hembras ni varones, ni esclavos ni libres: un sueño de eunucos.

 

Lo común en todos estos paraísos terrenales es aplicar la estática perfección humana a fuerza de cuerazos, pues es lo que se merece la “clase recesiva” de que hablaba el cubano Juan Valdés Paz allá por los años sesenta. Lo irónico es la conformación jerárquica en que se organizan los utópicos, el famoso locus del partido que definió León Trotsky: al proletariado lo suplanta el Partido Comunista; al Partido Comunista el Comité Central; al Comité Central el Buró Político; al Buró Político el Secretario General.

 

Y eso nos viene por distintos vericuetos de Platón, el cual reseñó tres tipos de naturaleza humana destinadas a enmarcarse en tres estamentos sociales específicos. Es decir, quien nace para monarca, jornalero o funcionario ya tiene su destino determinado. Tal cosa se me parece a un enunciado de Carlos Rafael Rodríguez cuando hablaba de “dirigentes y productores” en la sociedad cubana. Qué parecido tiene la República de Platón, con el socialismo real de Carlos Rafael y con el sistema de castas hindú.

 

El griego Zenón el estoico parece menos peligroso que Lenin, con su sociedad en la cual todos los seres racionales viven en felicidad sin el beneficio de las instituciones; y si bien nos deja pensando, pues si el humano es racional, entonces ¿para qué el control? Sin embargo, me disgusta de Zenón que quiere vestirnos de manera idéntica a hombres y mujeres, y alimentarnos con la misma comida. Bueno, Zenón se hubiera alegrado al contemplar las tiendas de ropa y de comida de la Cuba actual.

 

Esta es una idea persistente que recorre el pensamiento europeo desde sus más tempranos inicios; subyace en todas las viejas utopías y ha influido profundamente en las ideas metafísicas, morales y políticas de Occidente. En este sentido, el utopismo, la noción de la unidad rota y su restauración, constituye un hilo central en la totalidad del pensamiento occidental, y por eso siempre crece como la verdolaga, no importa el mata-hierbas.

 

Yo me inclino por la diversidad, por las sociedades abiertas, por el pecado inicial que probamos en el Jardín del Edén, del fruto del Árbol del Conocimiento, por huir del aburrido Edén, y sobre todo porque tal conocimiento como castigo, está condenado a permanecer incompleto durante nuestra vida terrenal y nos obliga a seguir buscándolo.

 

En suma, luego de probar la Utopía perfecta me declaro a favor del Estado que dista de ser perfecto. No importa las crisis por las cuales atraviesa… yo no lo juzgo por eso, pues lo que me aterra es la idea de que se quiera buscar como remedio la Utopía del perfecto.

 

Es necesario el debatir hoy la utopía, pues el grito que se oye ante la crisis financiera en la cual estamos envueltos es la de adentrarnos en el modelo Platonimarxista. No existe analista político o tele-evangelista, aquí en Estados Unidos, en la BBC de Londres o en la Mesa Redonda de la TV cubana, que no se vanaglorie en haber encontrado la respuesta a nuestro dilema contemporáneo, ya sea en los textos sagrados o en las profecías utópicas, o en la inagotable verdad de las ciencias.

 

Eso me recuerda cómo en los albores del siglo XX tales diferencias de opiniones entre los teóricos del socialismo (Remember Zimmerwald) desataron sangrientos conflictos y cruentas guerras. Si en aquella época se hablaba de la Apocalipsis de manera estridente, hoy día se ha generalizado la convicción del Armageddon para el 2012. Y, la razón de inclinarme por la sociedad democrática “en crisis”, por la economía de mercado “en estancamiento”, es que pienso en lo inútil de buscar la salvación del género humano dependiendo de las respuestas adecuadas a las preguntas necesarias.

 

El punto que quiero hacer ver es que todos los bandos suponen que tienen las preguntas a responder, y las respuestas a tales preguntas, e insisten en que el problema consiste en encontrar el sendero. Europa insiste en la culpa usamericana… Rusia añora la época en que balanceaba la polaridad… China sonríe pues apuesta al futuro… La India exige su espacio económico vital. Aquí, se ha roto el puente de comunicación entre liberales y conservadores… Al sur del río Bravo, de nuevo surgen los petro-profetas por elección propia que van de peregrinaje a la isla cubana regida por concreciones viscosas de excrecencias humanas.

 

O, para utilizar otra metáfora, está de moda decir que la humanidad se encuentra ante las partes dispersas de un rompecabezas. Sólo que no se pueden reunir todas las piezas, y eso es lo que nos salva como democracia ante la meta utópica de la búsqueda de la perfección, de la verdad, de la virtud. No me opongo a que sea sermoneado en el púlpito, si me atemoriza cuando es parte de la plataforma programática de un partido político.

 

Hasta ahora todo ha sido un caminar por la desigualdad y la imperfección: Roma versus los bárbaros; y cada vez que tratamos de buscar la imitación de modelos de un pasado remoto fracasamos. Cada época, cada sociedad, difiere en sus metas, hábitos y valores: los demócratas griegos tenían esclavos y los comunistas incaicos sacrificaban humanos. La concepción de la historia humana como un proceso universal único de lucha hacia la luz, cuyas últimas etapas y personificaciones son necesariamente superiores a las anteriores, en donde lo primitivo es necesariamente inferior a lo refinado, constituye una falacia enorme.

 

Las relaciones humanas no pueden normarse en las becas escolares compulsivas a la cubana, pues se fundan en la individualidad, que tal vez nunca pueda ser descrita exhaustivamente, ni menos aún analizada. Este fue el error de Marx y Lenin, del gallego Fernández y de los que aún aspiran al socialismo del siglo XXI, puesto que igual sucede con las comunidades, las culturas, las épocas; la manera como se expresan y se ven a sí mismas y piensan y actúan.

 

Eliminar una cultura por ser capitalista como la república pre-castrista, en provecho de otra, para ser socialista como la castrista, subyugar a una sociedad para implantar medidas generales y destruir una sociedad imperfecta para instaurar otra supuestamente perfecta, como lo han hecho los aventureros a la Che, o los profetas e ideólogos, no sólo siempre ha fracasado, sino que es un monstruoso crimen contra el derecho de ser uno mismo.

 

Y es que la proclamación de una sociedad ordenada científicamente, como la proclamada en el marxismo, ejerció gran atractivo en la intelligentsia, sobre todo porque sus talentos fueron convocados para la construcción del nuevo orden. Los cautivó la supuesta oportunidad de eliminar los escollos que históricamente impidieron el pleno desarrollo de la creación. Los convenció la revelación de un compendio científico que barrería tales obstáculos mediante una planificación racional.

 

Ya al borde de ser fusilado por el delito de presentar una alternativa al estalinismo, Nicolás Bujarin, el brillante benjamín de los bolcheviques había concluido que el marxismo en la práctica era un fracaso. A una consideración parecida arribaba en su exilio de México León Trotsky.

 

Ninguno de estos pueblos o culturas, o modelos económicos es superior a cualquiera de los otros, sólo son diferentes; puesto que son diferentes, buscan fines diferentes. La trampa es establecer la perfección con una vara única de medir; ello es evidencia de ceguera hacia lo que hace que los seres humanos sean humanos. El socialismo-comunismo, cuando se erige en un modelo en cualquier pueblo o cultura quiere uniformar al humano, como hizo Castro cuando nos puso a comer a todos en bandejas de calamina, porque es la única forma de legitimidad que tiene.

 

Pero si la uniformidad mata, entonces la doctrina de la Ilustración francesa —el supuesto occidental del cual he hablado— necesita revisarse drásticamente pues existe algo profundamente errado en la idea de una sociedad perfecta. Es una lástima que los Hugo Chávez y los Correa aún insistan en tal cosa.

 

Los humanos pueden vivir vidas plenas sólo en sociedades con una textura abierta, en la cual existe un amplio espectro de opiniones, de pensamiento de visiones que chocan entre sí; ¡qué importan las crisis, las fricciones y los conflictos, cuando pueden corregirse! Pues en ellas la variedad no es meramente tolerada sino alentada.

Yo parto de la convicción de que el sistema capitalista es superior a todos los que han existido hasta ahora en el planeta, incluyendo al sistema socialista. De ello se deriva que cuanto más sólido sean los cimientos capitalistas, mejores serán los resultados del sistema a mediano y largo plazo.

Ya es inadmisible guiarse por una filosofía de la civilización tejida por pensadores arrogantes, llena de nacionalismo y racismo, mediante la cual se concibe la defensa de la nación a costa de sus ciudadanos.