Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

NACIONALISMO, RELIGIÓN Y PETRÓLEO ¿TRANSICIÓN O TRANSACCIÓN?

El siglo XXI aún puede traer mayor anarquía, a medidas de que el sistema de estado-nación se debilite pacífica y paulatinamente en la Europa occidental, al cobrar fuerza la Unión Europea y el poder económico de las corporaciones multinacionales.

Pero menos pacífica puede resultar esta globalización en África, el Oriente Medio, el Asia Central, etcétera, donde la urbe tercermundista del futuro se diseña como una zona caótica creativa, en la que el regionalismo reemplaza al estatismo nacional, y el destino puede ser vivir nuevamente en un flujo conexo de topografías orgánicas, donde las fronteras se superponen en un mapa a relieve sin rasgos demarcadores de estados-naciones.

Al envolver el derrumbe del comunismo el colapso del Estado, ello ubicaría al antiguo bloque soviético en un punto de partida totalmente distinto al que enfrentó Occidente cuando acometió su democracia. No es sólo la transformación del modelo económico, o de las instituciones de gobierno lo que está implícito en las transiciones. Estas nuevas entidades tienen que reconstruir a la nación, a la sociedad civil, y al Estado (Serbia, Rumania, Moldova, Belarús, Eslovaquia, Croacia, Eslovenia, Macedonia). Y sus elites, ya como guías nacionalistas, como constructoras de estados, y galvanizadoras de las masas mediante la peroración nacionalista, no se muestran impacientes por fortalecer el hecho democrático.

En el caso del antiguo bloque soviético no puede confundirse a la nación con el estado, y a las fronteras políticas con una construcción monoétnica. El imperio Austro-Húngaro, y el país llamado Prusia sí eran Estados, aunque no naciones, contrario a los polacos que sí eran una nación, pero sin Estado.

La Transilvania rumana está habitada tanto de rumanos como de húngaros. El Estado de Checoslovaquia englobaba a checos, eslovacos, húngaros, ucranianos y alemanes. En la antigua Yugoslavia se asentaban croatas, eslovenos, bosnios, macedonios, serbios y albaneses. Y por toda la región se añadían los judíos, los alemanes y los gitanos.

La decadencia económica del último de los imperios colonial¬es del siglo XIX, el imperio ruso soviético propició tierra fértil para el reverdecer del nacionalismo. Pero el dilema económico era solo uno de los tantos problem¬as del bloque soviético. En muchos de ellos, la dirigencia comunista ya era débil, las raíces del marxismo se habían secado y la prosperidad de Occidente patentizaba el fracaso de Karl Marx.

La desintegración de la Unión Soviética como un imperio multinacional era inevitable, pero el momento en que ocurrió fue accidental. Gorbachev sabía que el colapso se avecinaba y pese a tener a su disposición dispositivos y fuerzas para prevenirlo, sin embargo no maniobró para dilatarlo. De no ser por un número de factores subjetivos como el fracaso del golpe de agosto de 1991 (y no sólo el feudo personal entre Boris Yeltsin y Gorbachov), y otros de corte objetivo, el derrumbe pudo haber sucedido treinta años después.

La soberanía de jure, legítima, de un reconocimiento internacional, de los estados del antiguo bloque soviético, encubría la falta de una soberanía de facto, auténtica, de un control incontestable del entorno geográfico. Así, la estatismo jurídico de la Unión Soviética (el sustrato imperial zarista enmascarado bajo la forma política soviética) no estuvo amparada por un estatismo empírico, y por eso su final dio paso al advenimiento de quince nuevos estados, y por eso la federación de Yugoslavia desapareció con la afirmación de Croacia, Eslovenia y Serbia en estados que adquirieron sus objetivos nacionales.

Ha sido imposible consolidar un Estado de derecho análogo al de Europa occidental, al hallarse los andamiajes del poder bajo la férula de grupos emparentados al entablado político-financiero fraguado en los últimos años, y a grupos étnicos específicos.

El esquema entorpece el solventar los dilemas de las minorías mediante la negociación y los acuerdos, al superponerse la pertenencia nacional a la dimensión cívica, y al integrarse la mayoría de los nuevos estados alrededor de la etnia más numerosa que, por supuesto, niega los derechos de las otras minorías, como represión preventiva.

Los patrones que definen los límites físicos del estado-nación, del sistema internacional erigido por los grandes poderes tras la Primera Guerra Mundial, en los Balcanes, el Cáucaso y Asia Central, a todas luces se está desmoronando, al punto que la era de posguerra fría puede presenciar un proceso cruel de selección nacional, al no poder descansar estos estados en el apoyo de Occidente o de la inexistente Unión Soviética.

Hoy el estado nación es la tribu extendida que, en muchos casos, resulta excesivamente grande para solucionar los problemas locales, o demasiado pequeña para funcionar adecuadamente en un mundo global.

Todos, o casi todos los estados que nos ocupan son entidades multinacionales, circunstancia que viene a confirmar la aseveración de que muy pocos de ellos se hallan envueltos en una tentativa de transición democrática con un alto grado de homogeneidad de nación-estado. Y tal fenómeno es lo que distingue a las transiciones en la Europa central y oriental, en el Cáucaso y el Asia Central.

Las excepciones a esta regla de ausencia de uniformidad son, por lo demás, escasas y, llegado el momento, dudosas. Pueden invocarse, aun así, los ejemplos de Eslovenia donde existen, de cualquier modo, pequeñas minorías serbias y croatas, de Albania, donde se cuenta una pequeña minoría griega.

El espectro político se escindió en otros esquemas paralelos al tradicional enfoque de “izquierdas” y “derechas”. De tal manera surgieron los apodados “modernizadores” que sostenían la pretensión de articularse a la comunidad europea, mientras que, al mismo tiempo, retornaron los partidos nacionalistas del período pre-comunista, como los cristianos, los conservadores, campesinos y populistas, conllevando que la transición hacia el poscomunismo tuviese lugar, en casi todos los casos, sobre la base de la reafirmación nacional, de la recuperación de la “conciencia nacional”, del redescubrimiento de la identidad nacional, o de la secesión a través del nacionalismo.

Todo concurre en estas nuevas transiciones: la exigencia de establecer fronteras claras que garanticen la protección y la eficiencia de las políticas; la debilidad del poder del Estado, que en los decenios anteriores mostró sobradamente su incapacidad para granjearse la lealtad de los ciudadanos; la exigencia que experimenta una parte de la población, de dotarse de modelos cognitivos, ideológicos y organizativos; el impacto que general las minorías vinculadas con estados foráneos; el peso de memorias históricas que inducen a anticiparse a hechos que presuntamente van a ocurrir.

El haber preciado, al calor del marxismo, el fenómeno nacionalista como algo del pasado, su inesperado estallido sería considerado como un retroceso inexplicable. Es por ello que la izquierda ha echado manos a otras agendas (de género, de discriminación racial, de etnicidad, de ecologismo) que supuestamente están fuera de la justicia social. La izquierda tradicional se abrogaba la representatividad de la racionalidad ilustrada, aferrada en una visión economicista de clase, supuestamente por encima de la nación.

Al cambiarse los modelos de trabajo, declinar el peso relativo de las manufacturas y ascender el de los servicios, la izquierda tradicional quedaría sin su anclaje económico clasista. La prosperidad sin precedentes del capitalismo en el siglo XX, y el fenómeno de las transiciones poscomunistas demostrarían que las clases no eran un producto contingente de la historia económica del siglo XIX, y que aún existían niveles más profundos de lealtad en la etnicidad y el nacionalismo.

El estado-nación de Los Balcanes, que fulguró a principios del siglo XX, se hundió en medio de conflictos culturales entre el cristianismo ortodoxo (representada por los serbios y una configuración clásica bizantina de simpatizantes, como griegos, rusos y rumanos) y la Casa del Islam.

Ello ayuda a explicar porqué en el mundo que fue marcado por el totalitarismo (del islamizado Creciente Fértil al comunismo de la Europa Oriental), dos movimientos políticos: el fundamentalismo y la caída del comunismo, se produjeron en los antiguos dominios otomanos: desde Bosnia al Valle del Nilo, y desde Mesopotamia al Asia Central.

La geografía que confirió a Turquía ser la Puerta Sublime al Asia, puede asignarle el mismo papel en este siglo XXI en esta parte del planeta que comprende el Oriente Medio y el Asia Central. Turquía es la base industrial más fuerte entre Europa y Asia; agraciada con abundantes recursos naturales y de mano de obra; en una posición geográfica excelente, en un eje que tiene a sus extremos la cuenca mediterránea y al Lejano Oriente. Ahora que el imperio soviético se esfumó, el Mar Negro (la Colquis de Medea), puede trocarse en su traspaís.

La rivalidad por el Cáucaso -con reservas de petróleo superiores a las de Irak e Irán combinadas-, promete desatarse entre Turquía y Rusia. El Occidente cristiano de nuevo reconoce en Estambul su pared de contención frente a la flamante y agresiva autocracia ortodoxa rusa. Del mismo modo, los estados del Oriente Medio susceptibles de estallar en pedazos étnicos son precisamente los colindantes con Turquía: Siria, Irak, Armenia, Georgia y Azerbaiyán.

Así, las paralelas de la historia no han cambiado en su esencia en el último par de milenios, donde los pueblos del Asia Central siempre han estado en conflicto con los de las planicies iraníes y los del Cáucaso, ya fuesen los bizantinos contra los persas sasánidas, o los turcos otomanos contra los persas safavides.

En el meollo de esta pugna ha estado la intensa rivalidad de los estados colindantes y las compañías petroleras de Occidente por las últimas y no explotadas vastas reservas de petróleo y gas del planeta (Asia Central), por determinar el posible tránsito, montaje y terminal de los oleoductos para transportar esta energía a los mercados de Europa y Asia.

Pero la realidad es mucho más fea, más compleja y más patética que la del caballero de armadura medieval de Huntington. Lo que vemos en Asia Central es la anemia de los estados convencionales y el robustecimiento de aquello que geógrafos y etnógrafos llaman “eco-regiones” o “bio-regiones”, o sea, territorios delimitados y homogéneos, para cada prototipo de cultura poblacional -con más sentido que los actuales estados-, como las estepas, las cadenas montañosas, los terrenos cenagosos, los aislados valles ribereños.

Sí, existe una competencia de civilizaciones entre los pueblos turcos e iraníes por las futuras rutas comerciales petroleras procedentes del Asia Central; pero es una competencia que tiene a otro querellante, a los rusos, quienes buscan destruir el plan de ambos, el de los turcos de acarrear el petróleo al Mediterráneo a través de la meseta de Anatolia, y el de Irán de transbordarlo al Golfo Persa, y sustituirlos con un designio propio, el de un oleoducto a través del Mar Negro hasta los estrechos del Bósforo. Sin dudas, componentes que en su momento detonarán una guerra en la región.

Las preguntas tienen que ser si las verdaderas fronteras entre los pueblos de los Balcanes, del Oriente Medio, del Cáucaso y del Asia Central (las étnico-culturales), algún día reemplazarán a las artificiales de los actuales estados de esas zonas.

Si volverán a ser aquellas zonas de transición que por milenios existieron, en tiempos que predominaba el aura de fantasía de la Ruta de la Seda, cuando no existían estados burocráticos que rehacían los mapas políticos, sino los vastos reales dinásticos, como las tierras de los Habsburgos en Europa oriental, y los sultanatos otomanos. Es decir, las fronteras naturales de la geografía y de la etnografía.