Cubanálisis  El Think-Tank

         ARTÍCULO ORIGINAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                    Juan F. Benemelis

 

 

 

 

                                                       

 

 

Mundo islámico: ¿un presente caótico o una sociedad nunca entendida?

 

Para muchos, la situación política y social en el mundo islámico ha entrado en una etapa donde las predicciones resultan casi imposibles; en esencia nada ha cambiado, y estamos ante el mismo escenario que tiene lugar periódicamente desde que Mahoma se proclamó Profeta de una nueva religión.

 

¿Qué significa, pues, esta crisis? ¿Cuál es su carácter? ¿Cuáles son sus orígenes y sus expresiones? Y ¿qué clase de desenlaces podría esperar el mundo islámico para salir de ella? Al regir la vida económica y la sociedad, cada turbulencia intestina pone en crisis de inmediato a esta estructura y su ineptitud para refrendar sus nuevas funciones, y ello se ha patentizado en la ola de protestas masivas que ha sacudido toda la región en 2011.

 

Sin dudas, a las protestas y rebeldías, violentas y constantes, acontecidas en los últimos meses, se agregan las decisiones políticas (muchas de ellas desacertadas) que sobre el tema siguen asumiendo tanto Estados Unidos y la Unión Europea, como Rusia y China, que complejizan aún más todo este escenario.

 

Las demandas callejeras, conjuntamente con las presiones exteriores, provocaron los reemplazos en el poder, hasta ahora, en Túnez, Egipto, Libia y casi Yemen, desestabilizando de paso a otros estados como Siria, Qatar y Omán, e influyendo en posiciones más arrogantes por parte de los dirigentes palestinos en sus negociaciones con Israel.

 

En Occidente, el espejismo con el cual siempre se ha analizado y actuado en el orbe islámico ha llevado a pensar que luego de tales reemplazos, y los que se esperan en otros sitios, tendrían lugar escenarios más favorables para esas poblaciones, y posiciones políticas menos contestatarias a Occidente; pues se espera, ilusamente, un hecho “democratizador”.

 

Occidente no acaba de entender la profunda huella del tribalismo en el comportamiento político del actual mundo islámico, al no analizar que tal fenómeno, desde sus orígenes a una sociedad arcaica donde cada tribu o clan asume la ley natural de sobrevivir a expensas del más débil, donde no existen mediadores externos o gobiernos que apliquen la ley, y donde el perjudicado cuando vence se erige también en juez y en ejecutor.

 

El escenario del pueblo volcado a las calles y bazares, y como resultado, la caída de regímenes o personajes desagradables al Occidente, por mucho que nos motive a la solidaridad, no puede llevarnos a la noción de que tal hecho resulta una garantía de “democratización”, o incluso de un orden político menos represivo o tiránico y menos anti-occidental que el derrocado.

 

La primera razón por la cual abundan tales conflictos de corte tribal es porque numerosos pueblos de esta región aún no han roto plenamente con sus identidades primordiales, pese a que habiten en lo que huecamente pueden considerarse naciones-estados modernas. Estas recién creadas entidades en muchos sentidos aún son abstracciones, y por eso sus regentes prescriben con serenidad la matanza de pueblos residentes dentro de sus fronteras, por la sencilla razón de no considerarlos partes de su comunidad, sino adeptos de una tribu foránea

 

Los clanes, sectas, vecindades, ciudades y regiones en pugnas constantes no podían encontrar una fórmula para balancear su intimidad y cohesión tribal-grupal, dentro de los marcos y requerimientos de un estado-nación que requería actuar con estatutos neutrales y valores que tendrían que ser acatados por todos. Cuando se proclaman términos como árabe, libanés, palestino, iraquí, afgano, iraní, no se habla de entidades estables, sino de interpretaciones altamente volátiles y sujetas a disímiles definiciones, de dominios políticos con bases movedizas.

 

En los países islámicos más homogéneos -Egipto y Túnez-, y en aquellos como las monarquías de Jordania, Marruecos, Arabia Saudita, Omán, o en los emiratos del Golfo Persa, los gobernantes disfrutan de un alto grado de anuencia. Este margen de legitimidad permite que la espada, si bien latente, se halle envainada, que se reparta poder, se tolere alguna libertad de prensa y de expresión y se construya una atmósfera algo más relajada, en tanto no se cuestione al autócrata.

 

Sin embargo, en aquellos países islámicos donde las sociedades se hallan altamente fragmentadas entre diversas sectas, clanes, ciudades y tribus, y donde el manejo gubernamental moderno no ha ganado autenticidad (Iraq, Líbano, Yemen, Sudán, Somalia) se testimonia el perfil más descarnado y cruel de práctica autoritaria. Aquí la sobriedad y la magnanimidad son artículos de lujo y los magistrados no se hallan resguardados en sus sillones. Lo que hace más peligroso a estos autoritarismos es que responden con armamentos devastadores.

 

En otras palabras, muchos de los Estados islámicos no deben su actual existencia a sus propios pueblos, o a un desarrollo orgánico a partir de una memoria histórica, étnica, cultural o lingüística; y no emergieron a partir de un contrato social entre gobernantes y gobernados. Sus estructuras y fronteras fueron diseñadas a la usanza europea por la pluma imperial de Inglaterra y Francia, a partir de los despojos del Imperio Otomano, para servir a sus políticas exteriores, a la transportación, el comercio, las comunicaciones y las necesidades energéticas.

 

Estos Estados, asimismo, serán "confesionales" en cierto sentido, al estar integrados por minorías y por una secta dominante que denegará cualquier diversidad étnica. Así, la tribu saudita en Arabia Saudita emergió como dominante, y su actual rey Fahd se abrogó el título de “custodio de los dos sagrarios” para asignar autoridad musulmana a su gobierno.

 

En realidad, ante la ausencia de mecanismos de sucesión en el poder, en todos los Estados del mundo islámico, la balanza se está inclinando hacia las fuerzas más ortodoxas del Islam. Y, esto, resulta una contradicción en términos, y todo lo contrario a lo que se buscaba. Uno de los contextos más plausibles y que poco a poco se va configurando es que, hablando en términos criollos, el remedio puede ser peor que la enfermedad.

 

Nadie puede objetar el carácter represivo del partido Neo-Destour tunecino que encabezaba el autócrata Zine El Abidine Ben Ali, o la mano de hierro de Hosni Mubarak, o del régimen yemenita del general-presidente Alí Abdalá Salé, y del coronel libio, el difunto Muamar Gadafi. Nadie discute que el Bashir sirio califica junto a los gobiernos del iraní “ayatólico” Mahmud Admadineyad, y el ostentoso general sudanés Omar el-Bashir, como los más represivos del área.

 

Pero ello no supone que a largo plazo los sustitutos sean más benévolos y menos anti-occidentales que los sustituidos. No existe en el mundo islámico un Estado que no sea represivo, tiránico, violador de los derechos más elementales; no prevalece diferencia alguna entre los gobiernos más pro-occidentales y los más anti-occidentales.

 

En toda la historia, lo único que ha avalado un entorno más aceptable a nuestros valores occidentales ha sido la ocupación militar; cuando ella ha cesado, la cruda realidad de este mundo islámico se impone persistentemente. Hay una verdad que los turcos primero, y los colonialistas franceses e ingleses después, aprendieron en el mundo islámico: allí no actúan “buenos” y “malos”, y la participación masiva y popular no brinda seguridad de que todo se revierta hacia una sociedad más flexible.

 

La realidad en Túnez no se ha desenvuelto como se esperaba. Allí, las fuerzas de la ortodoxia islámica ganan terreno cada día. En Egipto, el futuro presenta un régimen menos comprometido con Occidente que el de Mubarak, y más islamizado. En Yemen, la partida tiene lugar entre dos grandes confederaciones tribales que se mueven en las mismas coordenadas políticas y religiosas: un shiísmo militante. Por lo tanto, la tendencia más laica del presidente depuesto y su mayor cooperación contra el terrorismo, todo indica que se transforme en un entablado más “iranizado” y más lejano a las alianzas estratégicas contra los fundamentalistas de la Hermandad Musulmana, de HizbAllah, de Hamás, de Al Qaeda, y de los talibanes.

 

En la actualidad, ya el odio racial divide a Libia, con más de 140 tribus y clanes, y tenida como una de las naciones más fragmentadas del mundo árabe. Ya se trasluce la incapacidad de que el llamado Consejo Nacional de Transición (CNT) en Libia logre poner de acuerdo a las casi 40 milicias independientes que emergieron durante la rebelión, las cuales tienen intereses enfrentados y cuentas del pasado.

 

Incluso, el primer ministro interino libio, Mahmoud Jibril, apuntó en su reciente renuncia que el grave problema ahora resulta la unidad nacional. “Sacar las armas de las calles, establecer la ley y el orden y unir a las facciones dispares del CNT son las principales prioridades tras la muerte de Gadafi”, dijo en la reunión regional del Foro Económico Mundial, celebrada en Jordania.

 

Para los libios del sur, los bereberes tuaregs, que habitan también las fronteras con Chad, Níger y Argelia, el futuro es incierto, pues de ellos se sirvió Gadafi para formar su batallón de elite conocido como Al Asmar, que significa “los negros” en árabe. Estas milicias fueron enviadas a reprimir a los manifestantes. Como consecuencia, el odio racial se incrementó y, ahora nació otro enemigo común: los bereberes de raza negra.

 

Durante la lucha, las fuerzas rebeldes constituyeron “La Brigada de Purga de Esclavos de Piel Negra”, las cuales masacraron a cientos de tuaregs. De ambas partes, la victoria durante el enfrentamiento sangriento implicaba la violación de mujeres y el asesinato de rehenes.

 

Siria es una pieza clave en la parte central del mundo islámico. Pero allí, el clan alawita en el poder, con la dinastía de los Assad, hasta ahora, ha salido airosa de los retos callejeros. Tanto el ejército como las instituciones centrales se mantienen firmes tras el mandatario sirio, y no se vislumbra un derrumbe a lo Hosni Mubarak o Muamar Gadafi.

 

El error ha sido evaluar a Siria como si fuese la institucionalmente vulnerable Túnez, o la tribalmente fragmentada Libia, o el más sujeto a presiones exteriores Egipto, o al tribal Yemen. Si bien en Siria existen confederaciones tribales y clánicas allí el Estado, desde su fundación, ha ido consolidando una unidad nacional, que se había heredado de la otrora Siria manejada por los turcos.

 

Desde su atalaya en Teherán, Admanideyad se debe estar frotando las manos. La política iraní hacia el área resulta la beneficiada con toda la situación actual, al decrecer las alianzas de seguridad con Occidente y ladearse más estos nuevos tinglados hacia un Estado más islamizado. Sin considerar lo acertado que fue o no fue el derrocamiento de Saddam Hussein y la presencia militar norteamericana en Iraq, en esta coyuntura, el desmantelamiento de las legiones norteamericanas provocará un vacío en el corazón del Medio Oriente, nefasto para la unidad del Irak, donde los kurdos ya avizoran la amenaza turca de controlarlos, y con ellos al oro negro de Mosul. Agreguemos que el régimen shiíta iraquí actual estará obligado a coligarse con el Irán shiíta.

 

Lo mismo sucederá en el Afganistán, cuando desaparezca la presencia militar norteamericana, donde el actual endeble gobierno de Karzai quedará a merced nuevamente de los señores de la guerra tribales, en el norte, y de los talibanes pashtunes que se fortalecerán en al sur de Kandahar, con la ayuda paquistaní.

 

Israel, por su lado, también afronta un futuro incierto, con una Europa en pleno auge anti-semita, con una alianza norteamericana menos transparente, con la pérdida de su alianza con Egipto, y con una Turquía que disminuye su compromiso secreto con Netayanhu. Occidente, hasta ahora, nada ha logrado en sus empeños por detener la carrera atómica de Teherán y nada predice que tenga éxito. Irán amenaza convertirse en potencia nuclear e Israel está obligada a impedir que esto suceda.

 

Podría cuestionarse la movida en Iraq, de cambiar a un Saddam Hussein más laico y pro-occidental, por un gobierno islámico shiíta, aliado al Irán y por tal enemigo de Occidente. Podría también ponerse en tela de juicio el cambio en Egipto, de un Hosni Mubarak anti-fundamentalista, por una autoridad manipulada por la Hermandad Musulmana. Podría igualmente impugnarse el giro en Yemen, de un estamento militar anti-fundamentalista, por un régimen tribal pro saudita y abierto al racialismo islámico. Y podría a su vez objetarse, en Libia, el cambio de un mandatario anti-fundamentalista, por un futuro incierto que se trasluce más pro-islámico y menos asociado a los intereses de Occidente en el área.

 

La traba cardinal de este mundo islámico abrumado por la violencia no es Israel, sino el autoritarismo que ha estancado sus economías, y la ausencia de creatividad y educación científica y filosófica. Así se desgarraría este horizonte geográfico en contiendas tribales, como las del Yemen o Afganistán, o la de los kurdos que nunca se sometieron a Turquía, al Irán o al Iraq. Por eso se precipitan golpes militares, manifestaciones masivas como las actuales, turbulentas relaciones fronterizas como las de Marruecos y Argelia, las de Turquía con Irán, las de Iraq con Kuwait y con Arabia Saudita.

 

Hace un puñado de décadas el anillo del Pacífico era de los más pobres del planeta, pero su nuevo espíritu de empresa no se avizora en el mundo islámico, por eso muchos apuntan que existe una correlación entre el subdesarrollo y el Islam. Malek Bennabi, el pensador argelino, ha escrito una obra en donde encara el punto del fracaso de la sociedad islámica para construir instituciones económicas y sociales poderosas. Un teórico como el marroquí Abdullah Laruí apunta que es un Estado fundamentado en una utopía, ora religiosa o nacionalista, la cual bloquea la incorporación de valores como la libertad individual.

 

La modernidad no sólo produce sobresaltos sino que desorienta; las jerarquías sociales, los valores y las tradiciones enfrentan inmensos cambios ante los cuales la tradición sirve de resguardo psicológico. Pero ahí se perfila, precisamente, la tragedia del fracaso del mundo islámico para encontrar soluciones realistas, puesto que el escenario por el que supuestamente se desplaza la aspiración del fundamentalismo islámico fue condenado por la marcha de la historia.

 

El mundo islámico se halla en un callejón sin salida, en una vasta crisis debido al fiasco del Estado para establecer un cuadro jurídico autónomo, para concentrar la autoridad diseminada en las diferentes castas y clanes tribales, ante su incapacidad de amoldarse a las transformaciones políticas, económicas y socio-culturales, de crear un sentido de colectividad nacional por encima de las diferentes interpretaciones del Islam.

 

Es la fuerza bruta, encarnada en el ejército y los servicios de inteligencia y de represión (Mujabarat), lo que constituye para todos los Estados, tanto ayer, como hoy y mañana, su base real y su garantía de perennidad.