Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

Marxismo, racismo y revolución en Cuba - II

 

El marxismo-racismo supremacista blanco cubano

 

La izquierda tradicional se abrogaba la representatividad de la racionalidad ilustrada, aferrada a una visión economicista de clase, supuestamente por encima de la nación. Tal ha sido el caso de Estado-nación cubano que no parece dar soluciones efectivas a las tensiones raciales. Una de las propuestas más intrigantes, hoy en boga, es la de divorciar la nacionalidad del territorio, como la de los rusos fuera de Rusia que retienen la ciudadanía rusa. La Unión Europea está bregando con esta circunstancia, de cómo balancear la soberanía ante las demandas de una vasta estructura federal y Estados Unidos parece iniciarse en esta liza con sus tres grupos poblacionales: hispanos, negros y blancos.

 

Al ser la ideología un conjunto de ideas y creencias que simbolizan las condiciones y experiencias de un específico grupo o clase socialmente significante, se encarga de la promoción y legitimación, a través de las ideas y creencias, con engaño y encubrimiento, de tales grupos cuando existe conflicto de intereses. La ideología esclavista y blanco-supremacista consagró el color de la piel como código ordenador y regulador del valor humano por encima de las castas y clases. En la ideología de las élites históricas cubanas y del grupo dominante actual, dar prioridad a la identidad racial en vez de a la nacional constituía y constituye poco menos que un delito; y en ese punto existe una secuencia desde 1902 hasta el 2008. El que los afro-descendientes cubanos reivindicasen sus derechos como grupo dominado, y denunciaran que los derechos de que hablaban en las constituciones no se cumplían, equivalía a un acto anti-patriótico y racista.

 

Si el comunismo hubiera sido derrotado junto con el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, es probable que se hubiera olvidado el concepto de "totalitarismo". Con la caída del Muro de Berlín, las principales instituciones del gobierno totalitario —dirección carismática, una ideología capaz de movilizar a las masas, la supervisión implacable— se han acabado, salvo el caso de Cuba y de Corea del Norte.

 

Esa es la causa por la cual el economista marxista afro-cubano Esteban Morales, en su análisis sobre los problemas del racismo en Cuba, no llega al centro del racismo que permeó al movimiento independentista cubano. Tanto los autonomistas como una parte de los independentistas se mostraron favorables a la abolición, pero la corriente que en realidad la defendió fueron los guerreros orientales negros nucleados alrededor de Antonio Maceo y Máximo Gómez. Las tensiones y choques raciales entre los negros y blancos independentistas se exteriorizaron continuamente, sobre todo con Antonio y José Maceo, y no estuvieron inescrutables en medio de la lucha, sino que nuestros historiadores los han ocultado, con gran intención. Por eso, la supeditación de la cuestión racial tenía como causa el miedo al negro y como objetivo central impedir que un Antonio Maceo vivo fuese el prócer que encabezara la república independiente. No se puede olvidar que casi todos los independentistas blancos del 1868 y 1895 preferían la anexión, antes que compartir el poder con los negros y mulatos.

 

La vieja idea de que zanjando los problemas de clase automáticamente se resuelven los conflictos de la explotación y dominación es un análisis obsoleto que parte del sistema-mundo que se limita a las relaciones económicas. En ese sentido, la posición oficial del Estado marxista cubano no sería diferente.

 

No es cierto que la instauración de una república racista a partir de 1902 se debió solamente a que Estados Unidos varió dramáticamente el escenario interno, como aduce Esteban Morales; la élite cubana blanca, incluyendo la independentista con sus políticos y generales, Partido Revolucionario Cubano incluido, siempre tuvo en común con el posterior “ocupante”, bloquear el acceso del negro a los resortes de la sociedad. Por eso Calixto García, et. al.,  accedieron el licenciamiento del ejército mambí, porque era demasiado “negro”. ¿No se atreve Morales a enfrentar la sinceridad histórica de que nuestros “patriotas” blancos, salvo raras excepciones, también le tenían miedo al negro y eran racistas?

 

El problema racial sobrevive en Cuba, no como una rémora o prejuicio en la psiquis individual, sino porque institucionalmente no ha tenido solución, porque la élite lo ha querido así, puesto que la misma implica una remodelación de la noción de nación y de la composición en el poder político. Morales aquí confunde segregación con racismo, e igualdad con equidad. Si bien en Cuba concurre, en los dos últimos “modelos” de Morales, la igualdad pública decretada por las constituciones, y no existe segregación, sin embargo el racismo se mantiene al estar excluidos los negros de las mismas posibilidades que los “blancos”, por la falta de equidad en la distribución del poder y las oportunidades de dirección económica entre las diferentes coloraciones de la nación.

 

Si consideramos que el modelo comunista, cooperativista, anti-individual, no pertenece al siglo XX, sino que resulta común en nuestra civilización, desde el Egipto faraónico y las sociedades hidráulicas afro-asiáticas, en los imperios sino-hindúes y sudaneses medievales, y que en ellos el racismo, la segregación, los genocidios contra las minorías étnicas eran inherentes a los mismos, la contorsión conjetural de Morales al tratar de justificar el racismo institucional en Cuba, de que tal práctica es sólo resultante en una sociedad de competencia e individualismo, obvia también toda la verdad del socialismo real que se practicó en Eurasia. El grave dilema de quienes aplican la discriminación racial y la segregación del poder, es que las mismas son visualmente verificables, y tal es el caso de Cuba, en la que sólo basta echar una ojeada a los integrantes del poder. Por eso, en el caso cubano, la definición de la praxis discriminatoria no puede quedarse, a lo Morales, como resultado sólo de una práctica subyacente en los prejuicios, de estereotipos, sino como la exclusión, ya a estas alturas intencional, del derecho de la hoy ya mayoría negra-mulata a estar representada de manera equitativa en todos los resortes del poder y de la sociedad.

 

La importancia oculta de la dimensión racial se evidencia en los fenómenos sociales, sobre todo en los del período especial que profundizó la crisis económico-social. En Cuba existe una relación entre pobreza y raza, que hace a los negros un “grupo  vulnerable”. Los buceadores que en todas partes hurgan la basura en busca de todo aquello que sirva para vender, muestra la distancia fenotípica y cromática que separa a los estratos del poder con los subalternos. Sin embargo, el fenotipo del “buceador” no es el típico en la televisión.

 

El mismo Morales se encarga de fotografiar la actual situación de discriminación de negros y mulatos al enumerar que integran en mayoría el status socio-económico más bajo, que están sub-representados como dirigentes de empresas y del Estado, en el sector turístico y las corporaciones; que constituyen una exigua minoría del sector agrícola privado y cooperativo; que rara vez asumen posiciones protagónicas de repercusión nacional e internacional; es muy débil su presencia en los medios masivos, y en general profesan una posición laboral y social inferior a sus niveles educacionales.

 

Llama la atención que las mismas premisas esgrimidas por los políticos e intelectuales que en la república negaban la existencia de una sociedad discriminatoria puesto que institucionalmente, desde la estructura del poder se había erradicado el racismo, sean los mismos que enarbola Esteban Morales respecto al régimen socialista en Cuba: “Habiéndose terminado con el racismo ejercido desde las estructuras del poder formal, es decir, como algo institucionalizado, este se refugia en la familia, la conciencia individual y algunos grupos sociales, en espera de una situación propiciatoria para manifestarse.”

 

Al asumirse como representante de los negros y mulatos, el socialismo rechaza la configuración de cualquier aparato no estatal que exprese y traduzca las aspiraciones de los sujetos sociales, los negros, carentes de reconocimiento -legalidad y legitimidad- y, por ende, de discurso reconocido y acceso directo al sistema político. Así, en ese contexto de interpretaciones estructurales y al mismo tiempo, juego de representaciones realizadas a base de imágenes construidas sobre el negro, se le impide, además, un reconocimiento colectivo en sus vínculos con el Estado-nación que diluye las especificidades etno-culturales.

 

El eminente académico alemán, Carl J. Friedrich, profesor de Harvard por los últimos 25 años de su vida, reiteraba en todos sus libros su tema predilecto del conflicto ingerente entre la libertad y la justicia social. Decía Friedrich que el totalitarismo marxista prometía justicia social a cambio de la entrega de la libertad personal. Por otra parte, decía Friedrich, parafraseado por Anatole France, ¿de qué valía la libertad si no existía conjuntamente la igualdad?  Durante el III congreso del Partido Comunista de Cuba, en 1985, Tim Hector, líder del Movimiento de Liberación Caribeña de Antigua, expresó su protesta ante el bajo número de afrocubanos en los diversos órganos del Partido y las administraciones estatales.

 

En el escenario de la historia de Cuba, digamos desde cualquier siglo de la colonia hasta hoy en día, más que categorías o variables que diferencien cada etapa, los que existen son “modalidades” del modelo permanente de dominación blanca (ibérica primero y criolla después) y sumisión negra-mulata. Los problemas que, desde el punto de vista de las élites locales y regionales, se tuvieron que enfrentar en relación con las unidades productivas agrarias, con el comercio y con el acceso a las diversas formas del crédito, en relación con todo lo cual se estructuró la esclavitud estaba teñida por el temor que sentía “la clase dominante colonial” frente a los esclavos ante la permanente amenaza de una rebelión a lo Haití que “destruyera las haciendas y saqueara las ciudades”.

 

Con el mito de la democracia racial se trata de reemplazar a las categorías raciales por las étnicas. Por eso, la libertad democrática o socialista no significaron equidad de condiciones respecto a la propiedad, o al poder político; los colores blanco y negro continuaron simbolizando riqueza y miseria, poder e impotencia frente a la dominación, belleza y fealdad, diligencia y pereza atávica.

 

Según Morales la realidad social que engendró el abolicionismo y el pensamiento que lo contiene e impulsa, no tendría sentido dentro de una sociedad en que no existiese la esclavitud”. Pero Morales evade señalar el pensamiento de supremacía blanca que sí es la constante de los tres períodos, y que explica lo invariable en la necesidad de esclavos negros para el corte de caña durante la colonia, de inmigrantes negros (bajo contrato semi-esclavo) para el corte de caña durante la República, de productores y jornaleros fundamentalmente de negros-mulatos para todas las actividades económicas durante la etapa revolucionaria.

 

El error de Morales es considerar los tres períodos como “modelos en sí mismos”, a partir de una extrapolación mecánica de la definición de sistema social marxista; incluso, de aceptarse que los tres modelos difieran en esencia, producto de “variables”, es decir, en el caso del último modelo por sus relaciones de propiedad, ello no los hace diferentes, al presentar características comunes que sí los definen como cuasi iguales al tener en común lo que el marxismo no pudo lidiar ni abordar: el fenómeno de raza, de género y de minorías, y que juzgaba solucionar “automáticamente” en la nueva formación social. Por ahí, en definitiva estalló el bloque soviético, al estar en manos de los rusos étnicos el control política de las repúblicas asiáticas, y los mandos supremos del ejército en Europa oriental. En esencia, la diferencia estribaría no en las relaciones sociales de producción, sino en algo tan simple como quiénes detentan el poder y, en el caso de la nación cubana, de las “variables” que se trasladan al actual escenario cubano, la más importante es la hegemonía del poder de toda la sociedad por la hoy ya minoritaria élite blanca.

 

Pero el racismo y el ejercicio de la discriminación racial trascienden los marcos de la estructura clasista, puesto que por encima de la organización política-institucional en Cuba siempre ha primado la estructura racial. De ahí que la mayoría de nuestros próceres de la guerra diez añeja fueran “zanjonistas”,  que obviaron el tema de la esclavitud, y que el grueso de ellos no se lanzaran a la manigua detrás de los ejércitos de Gómez-Maceo, de mayoría negra, y por eso se detestaba al mulato presidente Fulgencio Batista (foto, con su hijo Rubén), y por eso en la actualidad el gobierno cubano es incapaz de aceptar que hay un replanteo en la composición demográfica nacional.

 

El poder hegemónico en Cuba, a través de la causalidad estructural, reproduce la “arbitrariedad” de la no equidad en el poder, inculcando como necesaria y natural esa arbitrariedad, haciéndola percibir como la forma natural del hecho multicultural del país; sólo que tal noción de cultura, la hegemónica, no la subalterna, toma el lugar reservado a la ideología del poder. Tales desigualdades son producto de una relación de dominación, puesto que la reproducción no se efectúa de manera igual para toda la sociedad, sino que se realiza a través de una participación desigual de los distintos grupos jerárquicos. Por eso, la cultura dominante en el espacio multicultural cumple un papel fundamental en la reproducción de esta vanguardia revolucionaria siempre “blanca-criolla”, al apropiarse de todo el espacio social erigiéndose como la representante cultural de la nación.

 

En el caso cubano, la desigualdad es producto de un hecho histórico reciente: la expansión de un tipo particular de cultura heredera del período colonial ibero-blanco, que en su posición dominante ha tratado de homogenizar, de hacer semejantes, aspectos culturales diferentes, como el de los afro-descendientes. Pero este factor no está dado de manera “natural” sino como un producto histórico coyunturalmente determinado, no precisamente por un modelo específico supra-estructural. Esta apropiación de la nación genera relaciones sociales asimétricas que se mantienen no importa que se expresen en formas culturales, económicas, políticas y sociales distintas (democracia o socialismo), pues lo que navega a través de ellos al auto-reproducirse es la hegemonía monocolor.

 

Hasta los marxistas han admitido que la construcción del “otro” siempre se debe a la desigualdad, y lo que resulta interesante en el caso cubano, son los modelos de la diferencia, los mecanismos de construcción del “otro desigual” que no han variado desde la colonia, el racismo. De ahí su permanencia no como una rémora sino como la resultante de la de auto-reproducción de la cultura dominante y de la élite hegemónica “blanco-criolla”.

 

Democracia y derechos humanos

 

La irrupción del tema racial en lo político, a partir de la belle epoque creó el escenario para la racionalización de la sociedad moderna en el Estado-nación europeo. Acorde con David Goldberg, el Estado-nación, el vehículo político de la ideología del nacionalismo, se transformó en el marco en el cual el racismo pasó a ser una práctica sistémica. En última instancia, la raza o la etnia, más que la clase, conforma la columna vertebral de la política contemporánea, al abandonarse la metafísica y la mono-génesis a favor de la racionalidad y la poli-génesis, y al existir el racismo en determinación recíproca con el nacionalismo. De ahí, de la interconexión de racismo con nacionalismo, explica que aún persista.

 

El argumento es negar la realidad de que el racismo está imbricado en las propias estructuras del Estado moderno y su generalización, y no es un problema de patología individual. El racismo como sistema universalizó la jerarquía encabezada por los europeos, por lo tanto resulta inseparable del proyecto de creación de una idea general del humano, del humanismo, puesto que tal ideal debe estar definido en relación con lo que no es humano. Así el "otro" sirve para definir el hombre universal racional contra el cual se mide al resto de la humanidad.

 

El racismo teorizado hasta el siglo XIX no busca un asidero "científico", sino que considera a la humanidad dividida en inmutables razas biológicas. En la actualidad se maneja otra consideración nacida del sistema colonial, por la cual se propone que las razas "inferiores" deben ser civilizadas mediante la asimilación. Así, se asumió la "realidad" afro-asiática que debía mediante el contacto con Europa, lograr eventualmente tales niveles de progreso. Esta noción es la base para las actuales cegueras de color, que permiten negar la opresión causada por la sistemática racialización, rehusando ver "razas", puesto que se asume vivir en una "meritocracia" y no en jerarquías basadas en la discriminación racial. Es la invisibilidad apuntada por Fanon, y a la cual se adscribe la élite cubana.

 

Lo paradójico es el retorno del racismo en sociedades que enfrentan una igualdad sin paralelos y que abrazan el humanismo. El colonialismo se administró mediante la asimilación de los "nativos" y no con su aniquilación. Asimismo, dentro del Estado-nación que define las fronteras del ideal humanitario, los grupos "otros", los racialmente "inferiores" son empujados a la asimilación. Y, es que el racismo encuentra su justificación en los valores del humanismo occidental al consentir que el colonizador hablase del "hombre universal" mientras asesinaba africanos y asiáticos, o mantenía en esclavitud a los afro-descendientes.

 

Sin dudas, el Iluminismo cosmopolitano pudo desarrollar una concepción alternativa al de las diferencias humanas, que no descansase en una visión euro-céntrica de lo que el humano debería ser. Sin embargo, ante la creciente importancia a la idea de "raza", el humanismo devenido euro-céntrico se práctico de manera excluyente y peligrosa al percibir a los no europeos, los no "blancos", como "diferentes". Su incapacidad para lograr la equidad universal se debe a que no cuestiona los impedimentos en su idea humanista.

 

La tradición humanista que provee el marco filosófico para el discurso contemporáneo de los derechos humanos ha sido, desde los días de la lucha anticolonial, criticado por su tenaz eurocentrismo. Un acercamiento teórico y social al discurso y la práctica de los derechos humanos tiene que profundizar en tales fundamentos filosóficos y mostrar las limitaciones que posee para la formulación de una política contestataria en términos de crítica racial.

 

Habría que establecer una interconexión entre el racismo y el discurso de los derechos humanos; es importante notar la vinculación del racismo con el universalismo, como bien ha explicado Etienne Balibar, y lo alejado del legado humanista eurocéntrico de tal tema, en momentos que Euro-América se debate ante los derechos de los inmigrantes, derechos no abrazados por los lobbies de derechos humanos, los cuales pocas veces apuntan a la práctica del racismo de Estado.

 

Nadie objeta que el discurso de los derechos humanos, desde 1980, ha devenido en la vía de conceptuar la acción acerca de los problemas de justicia en lo social y político. El proyecto humanista, supuestamente fundado en una esencia ahistórica del humano aplicable universalmente, encuentra problemas fundamentales al tratar de responder al racismo. El racismo emerge en una época de extensión de las democracias euro-americana, como puede verse en la historia del anti-semitismo y de la discriminación al afro-descendiente en América. Por lo tanto, es fundamental examinar desde la visión de la teoría social y de la acción colectiva, cuán progresivo es un movimiento político-social que hace oídos sordos al racismo.

 

Los derechos humanos descansan en la aceptación del humanismo clásico, que enfatiza en el progreso de la sociedad civil, lo que nos presenta con la paradoja que imposibilita el uso del discurso anti-racista. Por eso, los movimientos de derechos humanos en Europa no apoyan los derechos de los inmigrantes, y los mismos movimientos en el ex bloque soviético se mostraron apáticos ante los derechos de las minorías, del multiculturalismo, como ahora es el caso de tales organizaciones cubanas ante el factor racial.

 

La paradoja central de los derechos humanos es su impedimento para lograr la total equidad, pues los principios humanistas pueden ser violados a nombre de los mismos ideales humanistas, como se ejemplifica con los sans-papiers. Los límites del anti-racismo autónomo están contenidos en la visión del discriminado como una "eterna víctima", de ahí que las prácticas racistas legitimadas por los Estados, coexisten con el compromiso de observar los derechos humanos.

 

El problema no está en una solución genérica de democracia o de derechos humanos, ambos son títulos de gloria y de distinción para una minoría con aspiraciones de poder político y económico, negados al resto de la población considerada incapaz u oscurantista por esencia o por tradición, cualesquiera que sean su profesión de fe y sus afectos políticos o culturales. La evolución del vocabulario político no se presenta como un cambio de valores, sino, más bien, un intento de maquillaje al porvenir que se niegan a ver; términos que sirven de pantalla a la conciencia de las duras realidades.

 

Tal cosa no vendría a enriquecer una moral humana, a reforzar una equidad aún no adquirida y a moralizar un derecho fundado, sino que sólo sería una ideología-modelo de recambio, que no tendría otro fin que el de mantener oculta la imagen de una discriminación y de una separación entre dos mundos, más allá de la convivencia territorial. Es, por otra parte, el motivo por el cual los valores y los ideales políticos de la modernidad democrática (aunque sí los del consumismo)  no consiguen penetrar profundamente en la conciencia colectiva de los afro-cubanos, porque siempre han sido ajenos a ellos como particularidad, y no le suscitan ninguna dinámica de renovación, de intercambio y de comunicación, menos aún de concederles el poder político y económico que les pertenece en calidad de mayoría. Ante los mensajes de democracia y respeto a los derechos humanos los afrocubanos se superponen a ellos con el repliegue en sí mismo.

 

El sistema de representación y, por lo tanto, el pluralismo democrático no es automáticamente un modelo inclusivo, puede ocultar, en determinadas circunstancias (como Estados Unidos esclavista en el siglo XIX, como las democracias de la América Latina, o el África del Sur en el siglo XX, las democracias europeas de principio del siglo XX en las cuales la mitad de la población, la femenina, no ejercía el voto), el monopolio histórico y social del poder y del haber, haciendo de la clase dirigente una especie de casta cerrada.

 

Representar la democracia como un sistema de libertades prefabricado, a instalar acá o acullá y capaz de resolver todos los problemas sociales de manera automática, sólo puede perjudicarla. La lucha por la democracia en Cuba no tendrá posibilidades de avanzar más que cuando todos los interesados en ella, sobre todo los excluidos en la república y en la revolución, los negros y mulatos, lleguen a interiorizar la idea fundamental de que toda parcela de libertad adquirida sólo podrá seguir siéndolo a costa de cada parcela de progreso arrancada a la miseria, a la desigualdad, a la claudicación moral y a los múltiples egoísmos o repliegues-en-sí-mismo de carácter étnico, político, social o confesional.

 

La democracia es más el fruto del colapso de toda hegemonía posible que una evolución profunda hacia un nuevo proyecto de sociedad. Por eso en Occidente tardó al menos tres siglos para llegar a un resultado general, al incluir la mujer votante, y recién llegó al de los derechos civiles de los negros y minorías. Y por eso en Cuba hizo oídos sordos al problema racial. Como tal, puede decirse que sólo estuvo segura del éxito desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

 

La claudicación moral de la élite dirigente (intelectual y política), que hizo posible el triunfo en 1959, ha consistido en su negativa a conducirse como responsables y depositarias de una nación y su capital humano afro-descendiente, y de colocarse frente a él como adversaria. La ruptura entre la sociedad (mayoría negra y mulata) y el Estado (socialista) podría continuar bajo una democracia formal, en la cual la minoría blanca (nativa, reciclada o importada) mantenga los principales resortes del poder, de las instituciones, del ejército y de la economía. De ahí que la transición a soluciones democráticas en cuba exigirá que sean resueltas ciertas contradicciones sociales que ayer obstaculizaron la emergencia de un consenso democrático efectivo: la de aceptar o justificar la existencia en el seno de la nación, de escandalosas disparidades, y la marginación y exclusión.

 

La voluntad de apaciguar los antagonismos engendrados por el fracaso del proyecto socialista y por el deseo de engancharse al tren de la economía de mercado, sin reconocer que el fundamento de la nación (la integración racial equitativa) se halla quebrantado es conformar una orientación democrática frágil debido a que ella se confunde, gracias a la propaganda interna, con un liberalismo salvaje que sirve más a los propósitos del mercado internacional, y no a las aspiraciones políticas y económicas de los marginados. Incluso aparece, en los ejemplos de empresas mixtas, como una readaptación de la vieja coyuntura discriminatoria (sobre todo los negocios con europeos) que como una opción. Las condiciones materiales o ideológicas vuelven al intento tan difícil como frágil.

 

Para los negros y mulatos la situación en la cual viven se presenta en términos del debilitamiento ético del Estado debido a su fracaso económico, pero ausente de verdaderas alternativas históricas, pues el único mensaje que reciben como tal es la emergencia y renovación de la sociedad civil, no el poder. Por eso, la concepción de esta democracia no va más allá de un cierto pluralismo, que constituye su aspecto más determinante, pues no le abre las puertas del poder a las élites negras y mulatas apartadas. Pero este aspecto suscita poco entusiasmo a la población negra y mulata históricamente traumatizada, por la república y por las décadas de poder absoluto del partido único, y por un futuro en ciernes en el cual no se les plantea la reivindicación de una participación en el poder acorde con su peso demográfico, es decir, mayoritario.

 

Con todo, la gran pregunta al propósito de la transición hacia la democracia es saber cómo transformar la orientación coyuntural en una opción para las masas negras y mulatas, su ascenso por primera vez en la Isla a la primaría política, social y económica como una de las condiciones esenciales de un desarrollo autónomo y sostenido, que es, a su vez, la única garantía de una evolución social y política equilibrada y pacífica, es decir, democrática. La única fórmula sería la circulación del poder político y de la riqueza nacional, con la redistribución del acceso a la riqueza y al poder, independientemente de sus estructuras formales. En este sentido, un poder no-pluralista, pero representativo de la demografía nacional, puede ser mucho más democrático que un sistema de pluralismo formal, en la medida en que este último no permite la representatividad equitativa en la práctica política, de la dirección económica.

 

Considerar que la libertad y la igualdad están, simplemente, inscritas en las estructuras pluralistas es negar la experiencia histórica moderna, sobre todo en los países del Tercer Mundo en particular, en las cual el "pluralismo" no quiere decir necesariamente circulación del poder, y las elecciones libres y universales no reflejan necesariamente una igualdad de posibilidades reales, una participación efectiva en la vida pública. Incluso hay pluralismos que están hechos, esencialmente, para reforzar la represión. No producen libertad más que en la "cantidad" necesaria para garantizar la reproducción del sistema de opresión, es decir, el mínimo vital para la cohesión de la minoría que se ocupa de ello.

 

El ejercicio de las libertades, es decir, la participación real equitativa en la toma de decisiones, y, por la otra, igualdad efectiva de posibilidades para la gerencia económica y la propiedad empresarial privada, están completamente ligados entre sí. Por eso en Cuba el problema fundamental de la modernización vía cualquier vía, y de la democratización no es cumplir con el montaje de una fachada de pluralismo, sino en qué condiciones el pluralismo-concebido como la encarnación directa del régimen de libertades no enmascara la prolongación en el poder de una minoría, y la reproducción de las mismas relaciones y jerarquías tradicionales que son contrarias a la integración nacional y a la igualdad. El pluralismo se convierte, en este caso, en terreno propicio para el conservadurismo, teniendo como consecuencia, en el caso cubano, la permanencia del arcaísmo que impide a negros y mulatos el poder político.

 

El acceso proporcional de las élites pensantes negras y mulatas a las instituciones del poder constituye el paso final y definitivo de Cuba hacia su integración nacional (interrumpida por la masacre de negros en 1912 y la ola migratoria ibérica), hacia la participación política y, por consiguiente, hacia la democracia, si por tal queremos decir mejor circulación y distribución de los poderes políticos y materiales; para ello, es evidente que se necesita un verdadero vuelco de las racionales y estáticas jerarquías sociales y, por lo tanto, al desbloqueo sociológico, a la emergencia de nuevas capas procedentes de la masa crítica negra y mulata.

 

Para muchos habituados a la coloración tradicional de las estructuras del poder cubano, y a los ajados términos lombrosianos, este acceso puede desembocar en la degradación formal de la cultura política, en la definitiva “haitianización” de la Isla.

 

La democracia sólo puede tener sentido y ser un criterio de legitimación real en la medida en que pueda comprobarse que el pluralismo político se ha convertido en una fuente de ejercicio efectivo de las libertades, es decir, cuando también se torna en sinónimo de igualdad, de movilidad social y de franca circulación del poder. En este caso, el criterio que hay que utilizar para medir el progreso de la democratización de una sociedad no se limita a contar el número de partidos o seudo-partidos políticos que han sido legalizados por el sistema, sino que más bien radica en el grado de realización efectiva de esa circulación del poder y de las élites a través de las diferentes clases sociales, y en la efectiva realización de la igualdad de posibilidades para todos los individuos.

 

En caso contrario, el pluralismo sólo sirve para reforzar y legitimar el establecimiento de un circuito cerrado de poder ibero-descendiente, que, esencialmente, tiende a marginar y periferizar a la mayoría de nuestra sociedad, la afro-descendiente. El problema, entonces, es saber en qué condiciones la libertad se convierte, para nuestra sociedad o su sistema político, en un valor primordial y directivo, que por sí mismo engendre los elementos necesarios para el mantenimiento de los equilibrios sociales. Y asimismo, por qué el pluralismo no produce automáticamente un régimen viable de libertades, y a veces favorece el estancamiento.

 

La democracia es mucho más una recompensa para las sociedades que han sabido inventar soluciones eficaces y originales para sus problemas, que la simple aplicación de un principio político o la respuesta a una aspiración moral. En nuestro caso deberá ser la culminación de un largo esfuerzo de ajuste y restablecimiento de los grandes equilibrios demográficos, materiales, políticos, estratégicos, síquicos y culturales, es decir, el resultado de un proceso de resolución de aquello que nos inmoviliza como sociedad, de evitar considerar como traidor al que no se identifica con nosotros hasta en los mínimos detalles.

 

La democracia no puede sobrevivir a los múltiples atolladeros económicos, políticos y culturales que históricamente nos han conducido como nación a la profundización de las desigualdades sociales entre el negro-mulato y el blanco, creando los perjudiciales sentimientos de frustración que podrían llevar al inevitable enfrentamiento como ya sucedió en 1912. La democracia no es una solución fácil para una sociedad, como la cubana, que se resiste a ceder el espacio político a los marginados negros y mulatos por élites que han desconocido y pueden desconocer el sentido de la responsabilidad. Para que la democracia pueda encontrar un terreno propicio debe superar la dialéctica de la negación recíproca del negro, el mulato y el blanco bajo el vacío lema de “lo cubano”, del destructor antagonismo establecido entre los poseedores del poder político.

 

Entiendo que uno de los mayores desafíos es luchar contra el prejuicio, presente y retro-alimentado en nuestro imaginario de las más diferentes formas, principalmente a través de los medios de comunicación. Es éste quien transmite la baja autoestima que continúa llevando a muchos a la búsqueda del emblanquecimiento. Se impone ampliar nuestras visiones de mundo y luchar por un nuevo paradigma civilizador, enfrentando la equidad y el racismo, un desafío para todos nosotros, independientemente de los colores de nuestras pieles. ¿Será posible poner fin al llamado racismo institucional o a la forma como éste se manifiesta en nuestras vidas y en nuestro cotidiano: el prejuicio, manteniendo las actuales reglas del juego? ¿Cómo construir un espíritu de equidad mientras vivimos bajo un modelo que exige, para su propia supervivencia y perpetuación la existencia de la “invisibilización” de la mayoría?

 

Como ha expuesto el periodista Gilberto Dihigo: "¿Cómo solucionará la sociedad cubana un problema que arrastra años de incomprensión? ¿Podemos pensar en la acción afirmativa que utilizaron en los Estados Unidos o retomar algunos de los puntos del Partido Independiente de Color? ¿Cuáles son las vías expeditas que debe transitar la sociedad civil para reivindicar los derechos de la población no blanca? Sin dudas, el problema representa una encrucijada nacional donde blancos y negros deben aportar soluciones, y el primer paso para comenzar a resolver esta situación es que la población no blanca comience a organizarse en grupos y sociedades, junto a los blancos que entiendan la raíz de esta problemática. Porque en Cuba, como afirma Enrique Patterson en su ensayo Cuba: la nación a la luz de las transiciones: "El factor étnico funcionará como el eterno desestabilizador e impedimento para alcanzar el estatus de nación, o algo menos ambicioso, la estabilidad social".

 

Desde el punto de vista político, una verdadera transición democrática exige proceder a la revisión general de la representatividad de las estructuras del Estado, a fin de volverlo más autónomo con relación a los intereses particulares de los grupos étnicos. Habrá que reinventar nuevas formas más eficaces de organización política de las diferentes etnias que componen el tablero social cubano, influir en los comportamientos colectivos para erradicar las consideraciones de superioridad e inferioridad racial y superar el modelo autoritario y paternal de la autoridad actualmente existente. Habría que reconstituir las redes de solidaridad, autoridad moral y fraternidad, destruidas por décadas de encierro o de degeneración.

 

(continuará)