Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

Marxismo, racismo y revolución en Cuba - I

 

El racismo en los clásicos del marxismo

 

Para Marx y Engels la subyugación de pueblos de diferente origen étnico no era nada extraña o reprobable a la práctica de los que propugnaban el marxismo. Lo que es, sin embargo, poco conocido es que el racismo ha sido co-sustancial con los principios marxistas, a partir de lo que el propio Marx (conjuntamente con Engels) dijeron sobre el tema. La feminista Michele Barrett, en su Women's Oppression Today, publicado en 1988, reconoce el fiasco de las feministas marxistas para analizar adecuadamente el papel teórico y político de las razas en la perpetuación de las divisiones sociales. Barrett enuncia que el modelo determinista del marxismo clásico falla en teorizar la subjetividad, aferrándose a los simplistas términos clasistas.

 

Marx declaró en su folleto Zur Judenfrage, que "una revolución proletaria emancipará al mundo del judío y de su usura". Hasta el propio Hitler hubiera podido hacer uso de esta referencia a la manera de una cita. En cuanto al antisemitismo de ambos "clásicos del marxismo" se halla bien documentado, dice Marx: "No busquemos el secreto del judío en su religión, sino en el judío real. ¿Cuál es el fundamento profano del judaísmo? La necesidad práctica, el interés personal. ¿Cuál es el culto profano del judío? El tráfico. ¿Cuál es su dios profano? El dinero (...) La emancipación social del judío, es la emancipación de la sociedad respecto del judaísmo". Lo que impacta es que a partir de tales criterios, se legitima la propuesta de Adolf Hitler de la exterminación industrial de los judíos.

 

En ocasión del Manifiesto comunista, Marx se expresó sobre la cuestión de la raza de una manera muy claramente definida y en un mismo artículo agrupó a minorías y razas juntas, sobre todo eslava, caracterizándolas sin eufemismo, como "deshechos étnicos". El pan-germanismo residual de Engels se manifestaba en su negación a retractarse de su opinión desfavorable de los eslavos occidentales. La visión ingenua de Marx y Engels en el Manifiesto de que la interconexión entre las naciones a través del comercio propiciado por el capitalismo pronto provocaría la superación de los conflictos nacionales.

 

Por su parte, Marx exaltó la conquista llevada a cabo por los pueblos "racialmente superiores" y se mostró despreciativo de los esfuerzos nacionalistas de los "pueblos inferiores". Por ello se mostró elogioso para los húngaros por su actitud de prolongada contención de los eslavos y atribuyó esto a la “superioridad” de la raza húngara.

 

Pese a que en su época, la trata y esclavitud africana y el racismo eran puntos escandalosos incluso en la Europa moderna, Marx y el marxismo se centraron en las relaciones de clase marginalizando como derivativas a las raciales. W. E .B. Du Bois se enfrentó a esta categorización marxista argumentando que las relaciones raciales no eran una variable dependiente, un epifenómeno de procesos sociales subyacentes era en sí misma sino un principio estructurador irreductible de las relaciones sociales, culturales y políticas en el mundo moderno.

 

La equivocación de Marx fue en creer que el capitalismo de esa época creaba espacios donde las relaciones de producción tomaban la forma de modos de producción precapitalistas (la plantación esclavista), conformando un sistema donde estos procesos adquirían una configuración subsidiaria del conjunto, y que la reproducción ampliada de esta industria se lograba a través de un abastecimiento interno casi perfecto. Todo para no aceptar que el esclavo en las plantaciones tropicales rompía todos sus esquemas de clase y que su reivindicación en nada estaba vinculada a la del proletariado. Cuando era todo lo contrario, pues esta supuesta producción pre-capitalista determinaba la formación de un vasto espacio geo-económico, que iba desde la cacería del africano hasta la venta del azúcar en la bolsa.

 

En los textos de Marx abundan los criterios discriminatorios contra los mexicanos, los judíos, los indios y los chinos. Al escribir sobre la anexión de California por parte de Estados Unidos luego de la guerra que enfrentó a este país con México, apuntó lo siguiente: "Sin violencia jamás se ha conseguido algo en la historia". Y, seguidamente se preguntaba: "¿Es una desgracia que la espléndida California fuera arrebatada a los vagos mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?". Por su parte, Engels, añadía: "Hemos sido testigos de la conquista de México, y nos hemos alegrado. Es en interés del propio México que quede bajo la tutela de Estados Unidos".

 

Los dos artículos importantes sobre el pan-eslavismo, publicados en la Neue Rhenische Zeitung, en enero y febrero de 1849, se sabe que fueron escritos por Engels, y estos reportajes contienen la mayoría de las caracterizaciones doctrinarias de las naciones eslavas más pequeñas que fueran abandonadas de una manera explícita en la literatura marxista posterior. En un artículo publicado en 1852, en la misma revista Neue Rheinische Zeitung, Marx se preguntaba cómo librarse de esos "pueblos moribundos", es decir, los bohemios, los dálmatas, los carintios: "Con la excepción de los polacos, de los rusos y de los eslavos de Turquía, ninguna nación eslava tiene futuro, puesto que los eslavos no poseen las bases históricas, geográficas, políticas e industriales que son necesarias a la independencia y a la capacidad de existir. Los pueblos que no han tenido jamás su propia historia, que apenas han alcanzado el grado más bajo de la civilización, no son capaces de vivir y no podrán jamás alcanzar la menor independencia".

 

En carta a Pavel Annenkov, del 28 de diciembre de 1846, Marx exponía lo siguiente: “La esclavitud directa es un pivote de nuestro industrialismo actual, lo mismo que las máquinas, el crédito, etcétera. Sin la esclavitud, no habría algodón y sin algodón no habría industria moderna. Es la esclavitud lo que ha dado valor a las colonias, son las colonias lo que ha creado el comercio mundial y el comercio mundial es la condición necesaria de la gran industria mecanizada. La esclavitud es por tanto una categoría económica de la más alta importancia. Sin la esclavitud, Norteamérica, el país más desarrollado se transformaría en un país patriarcal. Si se borrara a Norteamérica del mapa del mundo, tendremos la anarquía, la decadencia absoluta del comercio y de la civilización moderna. Pero hacer desaparecer la esclavitud equivaldría a borrar a Norteamérica del mapa del mundo. Le esclavitud es una categoría económica y por eso se observa en cada nación desde que el mundo es mundo”.

 

El análisis de Marx sobre la formación nacional es injusto también en el caso brasilero, al enfatizar en el proceso pacífico de transición de colonia a república, que fue problemático, puesto que, a diferencia del caso en otras regiones de América Latina, la aparición de un mito de democracia racial estuvo ligada a conflictos sangrientos entre patriotas y realistas. Por ende, los marxistas ubicaron al  movimiento anti-esclavista como un conflicto primordialmente de carácter social.

 

Por su parte, en 1849, Engels llamaba a la exterminación de los húngaros que se habían rebelado contra el Imperio de los Habsburgo. Pero Engels no paró ahí, y aconsejaba la eliminación de los serbios, de otros pueblos eslavos, de los vascos, los bretones y los escoceses, por considerarlos también "inferiores". Para Marx y Engels, los supuestos promotores de la sociedad igualitaria del futuro, guías incluso de la política del Estado cubano y de otros, la raza por sí misma es un factor económico, y para ellos, la superioridad racial de los pueblos "blancos" era algo "científico". Marx nunca debatió cómo sus ideas racistas llegaron a entrar en conflicto con la supuesta emancipación socialista. Por eso no extraña que en su juventud, tanto Adolf Hitler como Benito Mussolini no encontraran extraño al marxismo y se declarasen socialistas.

 

En una carta que dirigió en julio de 1862 a Engels, Marx se refería a su rival político Ferdinand Lassalle, como "negro judío" quien siempre “tapa su cabello lanoso con todo tipo de aceites y maquillaje”, y que “es perfectamente obvio, por la forma de su cabeza y el tipo de cabello, que es descendiente de negros”. Asimismo, agregaba: "Para mí está completamente claro ahora, como lo prueban la forma de su cráneo y su pelo, que desciende de los negros de Egipto, suponiendo que su madre o su abuela no se mezclaran con la negrada. Esta unión de judaísmo y germanismo sobre una base negra tiene que producir un producto peculiar. La protuberancia del colega es, asimismo, la propia de la negrada".

 

Engels, a su vez, no se quedaba atrás en su filosofía racial. En 1887 el yerno de Marx, el cubano mulato Paul Lafargue, se postuló para concejal en un distrito parisino que contaba con un zoológico. Engels sostenía que Lafargue tenía "un octavo o un doceavo de sangre de negrazo". En una carta fechada en abril de 1887 y dirigida a la esposa de Lafargue, Engels escribió lo siguiente: "Al estar, en su calidad de negro, un paso más cerca del reino animal que el resto de nosotros, sin duda es el representante más adecuado para ese distrito".

 

En el Anti-Dühring, Engels da por sentada la superioridad racial de los blancos, como si fuese una verdad científica: “Si, por ejemplo, los axiomas matemáticos son en nuestros países perfectamente evidentes para un niño de 8 años, sin ninguna necesidad de recurrir a la experimentación, es como consecuencia de la ‘herencia acumulada’. Por el contrario, sería muy difícil enseñárselos a un bosquímano o a un negro de Australia”.

 

La aproximación de Marx a la historia no constituye un método de análisis social. La interpretación del papel supra-estructural, por determinista envuelve un gran sexismo y racismo, imposibilitando a sus categorías teorizar sobre los conjuntos humanos oprimidos como los aborígenes, los negros y las mujeres. Los asuntos de género y raza no existen doctrinariamente en el marxismo al estar incluidos en el análisis global de clase y por tal razón nunca han podido lidiar adecuadamente con las experiencias hombre-mujer y blanco-negro.

 

Según el fallecido dramaturgo cubano Tomás González, en el Nuevo Mundo, en los cultos “transvalorados” por el sincretismo y el mestizaje americanos, se guardan, se mantienen vivos, los arquetipos numinosos del hombre esencial que es, como decir, de todo el hombre. Asimismo, Tomás Goonzález cuestiona la afirmación propagada de que el encuentro del humano consigo mismo, despojado ya de la alienación social, es su encuentro con su prehistoria; y considera que tal afirmación proviene de la hermenéutica de Marx intrínseca en sus "malditos" Manuscritos económico y filosóficos de 1884, algo que posteriormente Herbert Marcuse desarrollaría en su Eros y civilización, es decir, la relación entre represión y enajenación y el camino hacia la búsqueda de una esencia humana reprimida.

 

Para Tomás González, el Marx de los Manuscritos obvia la realización social humana por la personal, al librarse del determinismo económico, “pararse sobre sus propios pies y deber su existencia a sí mismo”, auto-suficiencia que suprime dicha enajenación. El meollo del fracaso del socialismo real consiste en la ideología de un homo-masa no libre, alienado de su individualidad, manipulable por los dioses del poder; el manido "hombre nuevo", especie de robot programado por una ideología impuesta y con pretensiones científica. Tomás González hace una analogía con los afrocubanos del humano real el cual andaba por otra parte, en la periferia de la ideología partidista, ofreciendo resistencia a los proyectos de humano puesto que no concede eternidad a ningún valor, y cuya comuna se levanta en su existencia cotidiana.

 

Pero, el racismo sobrepasa a las ideologías políticas. Así, eminentes marxistas mostrarían su fobia racial. Asombra que a estas alturas se piense (al igual que el cubano Esteban Morales) que con la sociedad gestada por el marxismo es posible resolver los conflictos raciales. Los clásicos del marxismo (Karl Marx y Friedrich Engels) nunca ocultaron su apoyo a la raza blanca y su desdén por los negros, y los portaestandartes de tal teoría en la práctica: Vladimir I. Lenin, Josef Stalin, Mao Zedong, Joseph Broz Tito, etcétera en sus políticas estatales se mostraron implacables y sanguinarios ante las minorias étnicas dentro de sus territorios.

 

Ahora bien, dentro de las teorías marxistas tradicionales, el concepto de cultura no tenía ese sentido. El concepto que más se acercaba a él era el concepto de ideología que Marx había vinculado con el concepto de modo de producción capitalista. Esta famosa metáfora del edificio nos muestra una sociedad conformada por dos partes: una estructura (fuerzas productivas / relaciones de producción) sobre la cual se construye un edificio (super-estructura): las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en suma ideológicas, dentro de las cuales los hombres toman conciencia.

 

A este fin, debemos recordar que Htiler le confesó al general Otto Wagener que sus desacuerdos con los comunistas son “menos ideológicos que tácticos”, y que el problema de los socialistas alemanes es “que no han leído a Marx”. No sólo fundó un partido al que llamó Nacional-Socialista, sino que, como lo señaló el economista austriaco, Ludwig von Mises en su obra Estado Omnipotente, Hitler, una vez en el poder, implementó ocho de los diez puntos del programa de emergencia propuesto por Marx en el Manifiesto Comunista, “con un radicalismo que hubiese encantado a Marx”. Como resultado, Hitler estaba en lo correcto cuando le contó a Hermann Rauschning (tal como lo relata Rauschning en su libro Hitler me dijo) que: “No soy únicamente el vencedor del marxismo…soy su realizador”, para luego proseguir: No voy a ocultar que he aprendido mucho del marxismo…Lo que me ha interesado e instruido de los marxistas son sus métodos. Siempre he tomado en serio lo que habían imaginado tímidamente esas mentes de tenderos y mecanógrafas. Todo el nacional-socialismo está contenido en él. Fíjese bien: las sociedades obreras de gimnasia, las células de empresa, los desfiles masivos, los folletos de propaganda redactados especialmente para ser comprendidos por las masas. Todos estos métodos nuevos de lucha política fueron prácticamente inventados por los marxistas. No he necesitado más que apropiármelos y desarrollarlos para procurarme el instrumento que necesitábamos.

 

Un marxista como Gramsci tomó otra vía diferente a la de Marx para explicar los mecanismos sociales, como la jerarquía entre las ideologías orgánicas o esenciales (claro está, el marxismo es la “orgánica” del proletariado) e ideologías “inorgánicas” o parias. El hecho de reducir supone en sí la existencia de una razón y de ciertos valores para juzga lo que es accesorio y lo que no lo es, lo que la realidad es (razón) o lo que debe ser (ética). El fracaso del Poder se encuentra en el corazón mismo del reduccionismo. Su simplificación arbitraria de la realidad no llega a someter a la realidad; lo que obtiene el reduccionista es un fetiche.

 

Sería Gramsci precisamente quien más se acercó al papel que en las sociedades desempeñan las razas y los grupos étnicos, al llevar a cabo su análisis sobre la separación entre dos modos de dominación: la coercitiva y la hegemónica. Para Gramsci ambos son modos de dominación pero basados en formas distintas de control. En la dominación propiamente dicha, el control es político y directo, y se ejerce a través de la coerción y, en última instancia, a través del recurso a la violencia física. Pero ni este poder coercitivo, ni el poder propiamente económico que deriva de la relación de explotación, son suficientes para mantener y reproducir el sistema social. Es necesaria la dirección política-ideológica-cultural, en el cual una clase o sector logra una apropiación del poder, admitiendo “espacios” donde los grupos subalternos (no hegemónicos) desarrollan sus prácticas.

 

El problema de la legitimidad de la reducción se plantea, pues, cuando nos interrogamos en nombre de qué, de quién, a partir de qué base puede una razón concreta afirmarse como universal. Para los reduccionistas este problema está resuelto por el poder: como Gramsci indica, la imposición es el fundamento de toda legitimidad pues tiene la razón quien vence y consigue aplastar al otro.

 

Frente a esta montaña de evidencia, los izquierdistas modernos han elegido defenderse argumentando la pureza de sus intenciones: la construcción de un mundo justo y perfecto de armonía social. Y han dicho, y continúan diciendo, que los crímenes cometidos por los gobiernos comunistas del siglo XX no son propios a la esencia del comunismo, sino que más bien resultan de una ‘desviación’ de estas intenciones, y por tanto son una ‘degeneración’ o una ‘perversión’ de las ideas socialistas originales. Sin embargo, esta defensa queda desmontada tras un análisis imparcial y completo de la literatura socialista. En efecto, el análisis de dichos textos indica que el racismo, el genocidio y el totalitarismo son características consustanciales al pensamiento socialista original.

 

Como lo señaló Jean-Françoise Revel en su libro La gran mascarada: “Es en los orígenes más auténticos del pensamiento socialista, en sus más antiguos doctrinarios, donde se encuentran las justificaciones del genocidio, de la depuración étnica y del estado totalitario, que se blanden como armas legítimas indispensables para el éxito de la revolución y la preservación de sus resultados. Cuando Stalin o Mao llevaron a cabo sus genocidios no violaron los auténticos principios del socialismo: aplicaron, por el contrario, esos principios con un escrúpulo ejemplar y con una total fidelidad tanto a la letra como al espíritu de la doctrina”.

 

La teoría de clases es una aplicación del darwinismo social a la historia y se halla, por su noción de clase escogida, emparentada con la de nación y raza elegida. Si el comunismo de Marx sólo es aplicable a las sociedades desarrolladas (las dirigidas por élites blanco-europeas), se halla implícita una teoría racial del devenir histórico. No por gusto George Watson escribía que el genocidio era una teoría propia del socialismo. De ahí que tanto Marx como Engels, darwinistas y mendelianos además, considerasen que el colonialismo implicaba un progreso histórico y que existían razas, grupos étnicos y naciones superiores e inferiores. 

 

Si bien el marxismo devino en el lenguaje de muchos movimientos anti-coloniales, como ideología no estableció raíces significativas, y sólo un puñado de obras de relieve se produjeron, como  Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, de José Carlos Mariátegui, Los Condenados de la Tierra de Franz Fanon.

 

La trampa de los “espacios” que se consciente a los grupos no hegemónicas (minorías étnicas y raciales), es que tal consenso legitima de manera permanente al poder hegemónico que no se ve desafiado por fuerzas contra-hegemónicas o hegemonías alternativas. A la diferenciación económica de clase, y la diferenciación política que separa a los hegemónicos dominantes por sobre los no-hegemónicos dominados, hay que sumar ahora una tercera diferenciación, la hegemónica, simbólica o cultural que determina otros dos tipos de humanos: hegemónicos/subalternos.

 

Sólo si existe una lucha por la hegemonía, en base a la búsqueda de la diferenciación dentro de la homogeneidad, del abandono de la creación de consenso por la creación de nuevas formas de distinción, es que los “espacios” admitidos a los grupos dominados, subalternos pueden desarrollar prácticas autónomas no-funcionales para el sistema.

 

Sólo por la importancia que tuvo para Occidente el proceso de descolonización, se produjeron cambios en la mirada sobre el “otro” que tenía Occidente, y específicamente, la mirada que tenía la antropología sobre las “otras” culturas. Fue a partir de la descolonización afro-asiática y la revolución de los derechos civiles en Estados Unidos, en la década de los sesenta, que algunos teóricos marxistas europeos, aguijoneados por Jean Paul Sartre, buscaron acomodar el tema de la liberación de las minorías negras dentro del marco de la ideología. 

 

Pero el fenómeno del multi-culturalismo conlleva el peligro de que sea sólo un cínico reconocimiento del dominador para con los que domina, como lo ejemplifica Edward Said en su interesante texto Cultura e imperialismo, para el cual era el ex colonizador ahora "civilizador" es quien otorga sentido a la historia y existencia del ex colonizado, al ser el único en capacidad de conferir reconocimiento a los pueblos que no habían logrado superar la descolonización.

 

El concepto de causalidad estructural acuñado por Louis Althusser designa la vinculación entre causalidad y determinación, aunque ésta no es ejercida por una causa eficiente, sino por una relación estructural sobre los diferentes niveles de una totalidad social, por modalidades distintas de determinación. Aunque, Althusser no llega a admitir que la existencia de una determinada superestructura (el poder hegemónico de un grupo vinculado por la blanca pigmentación de su piel), que reconoce lo hegemónico y lo subalterno, perpetúa las relaciones de discriminación y asegura su perpetuación, su reproducción.

 

En el caso de las sociedades sin clases (Cuba por ejemplo), supuestamente las relaciones de producción sólo pueden apelar a una superestructura ideológica, es decir a un sistema de representación que refleje las relaciones de sus condiciones reales de existencia. Este punto es el que puso en duda Maurice Godelier (entre otros antropólogos marxistas) que propone otra lectura de Marx paralela en el tiempo pero distinta en cuanto a la interpretación de la de Althusser.

 

La construcción del “otro” por la desigualdad social, la desigualdad cultural dentro de sociedades occidentales, no occidentales u occidentalizadas, o las desigualdades entre culturas fueron abordados en las décadas sesenta y setenta del siglo pasado por George Balandier, Maurice Godelier y García Canclini. Pero ello no introdujo nada nuevo pues los conceptos centrales antropológicos en los tres autores derivaron de la teoría de los modos de producción y de su articulación. De ahí se derivó toda una ancha corriente de teorías alternativas cuyo eje era la vinculación de tres conceptos: determinación, dominación y hegemonía con el concepto clave del análisis antropológico: el de cultura.

 

Para preguntarse sobre las razones de dominio en una supuesta sociedad sin clases, Godelier no tenía que recurrir las sociedades pre-capitalistas, tenía los ejemplos de los estados naciones del bloque soviético, de composición multi-étnica, pero de dirección mono-étnica, y si no quería sondear en los “impuros” socialismos tribales africanos y árabes, pudo asomarse a la Isla de Cuba, en la cual existían “razas” diferentes. De todas maneras, el análisis clásico y el de Godelier tienen como punto flaco el que “las condiciones reales de existencia” por la cual se asume legitimidad para controlar, es el imaginado por los individuos que precisamente ejercen ese poder.

 

El efecto estructural (mayoría blanca en el poder) presupone la causa, torna posible su existencia como causa estructural al “reproducirse” sin ampliar la composición, y hace “necesario” el efecto (grupo negro-mulato menos representado), lo hace dominante. Para este último sentido se utiliza el término de sobredeterminación. La hegemonía del blanco-criollo se transformaría en una causalidad estructural en el socialismo. Reproduce la “arbitrariedad” del racismo político, la reafirmación del “otro” por la desigualdad, inculcando como necesaria y natural esa arbitrariedad, haciéndola percibir como la forma natural. La reproducción implica una participación desigual del negro y del blanco en las altas instancias del poder político y económico, que se refleja en la distribución, el consumo, los niveles de vida.

 

Al estar basada la sociedad socialista cubana en un sistema racial desigual, reproducirá ese sistema desigual a través de maneras y formas desiguales. La diversidad como la diferencia en la población cubana son hechos empíricos verificables; en este caso, la desigualdad del negro vis a vis el blanco es una realidad más allá del tiempo o del espacio pero no está dada de manera “natural” sino como producto de un constructo histórico que viene de la esclavitud.

 

En los modelos anteriores, colonia-República, la diferencia racial expresaba distintos grados de evolución y la diversidad expresaba la heterogeneidad de las modalidades esclavista-esclavo, hegemónico-subordinado. En el caso del socialismo, la desigualdad expresa (y es producto de) una relación de dominación que se funda en un acceso desigual de bienes materiales, y en relaciones políticas asimétricas; este escenario no es temporal ni transitoria, sino que es un estado estructural. El “nosotros” esgrimido por la élite blanca no sólo se apropia de algo sino que, además, participa de modo determinante en la conformación de los atributos negativos o positivos del “otro”.

 

El Estado marxista discriminatorio

 

Los marxistas han considerado que los conflictos de intolerancia nacional o de raza eran atizados por intereses de la burguesía. Hoy sabemos que esto es un reduccionismo ingenuo puesto que no basta con otorgar un trato democrático a las minorías, o igualitario a las diversas naciones y nacionalidades para que se esfumen los conflictos nacionales. Si el partido proletario de todo el Estado ha de ser uno, si no ha de haber diferentes partidos proletarios para las diversas naciones y nacionalidades del Estado, entonces habría que criticar a los estatutos de la Segunda y Tercera Internacional.

 

Históricamente, el racismo fue utilizado no sólo teóricamente, en actitud de aprobación, por Marx y Engels, sino que fue aplicado también por los soviéticos y por los chinos comunistas, con la aprobación deliberada de los niveles teóricos y empíricos. El régimen soviético heredó el antiguo problema ruso sobre la manera de hacer frente de manera hostil y separatista a las minorías nacionales. Las fuerzas centrífugas desencadenadas entre las nacionalidades y las razas después de la Revolución de Octubre fue una sorpresa para los bolcheviques, sumidos en la creencia de que estas minorías se agruparían en torno a las banderas de la revolución socialista. El posterior "colonialismo blanco" del imperio soviético en Asia Central negaba la existencia de colonias bajo la farsa de que los rusos y los asiáticos eran "iguales".  Pero con la Siberia, por ejemplo, siempre existió una relación colonial de extracción del oro, las pieles y el carbón ártico. Por otra parte, el persistente anti-semitismo soviético-ruso negaría la existencia de la "nacionalidad" o "raza" judía.

 

El marxismo internacional se hallaba restringido a las visiones que la Tercera Internacional comunista había elaborado sobre el problema de las minorías y las razas, de que las poblaciones étnicas constituían naciones y, por tanto, la fórmula de auto-determinación eran las válidas para solucionar ese problema. Así, plantearon la creación de cordones autónomos para la población negra, tanto en Estados Unidos como en los lugares de América Latina con minorías negras. Este error se embrolló más aún cuando el marxista peruano, José Carlos Mariátegui, distorsionó el discurso oficial al plantear que las poblaciones étnicas no eran naciones, y que sus complicaciones no eran de tipo nacional sino social. En el V Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en 1924, la “cuestión negra” se distanció del análisis de clase para subordinarse en lo "nacional", por lo cual se propuso la defensa de la igualdad social para las minorías étnicas.

 

A partir de Mariátegui, los puntos de vista de los marxistas más importantes sobre la cuestión de las nacionalidades eran de desaprobación del sentimiento nacional como una fuerza política seria. Quedarían entonces abrazados al concepto de clase del socialismo, punto de vista que condujo a la unificación y amalgama de los grupos étnicos bajo los estados socialisdtas, a los aspectos "racistas" del marxismo, en su versión pan-eslavista. La política de Josef Stalin consistió en el retorno a la rusificación zarista, a la uniformidad cultural, al concepto de "patriotismo soviético" que concedió prioridad al Estado dominado por los rusos, sobre las lealtades de los pueblos no rusos y razas no eslavas; ello explica las rendiciones en masa a los alemanes de grandes unidades del Ejército Rojo compuestas por etnias no rusas, durante la Segunda Guerra Mundial.

 

En el VI Congreso del Komintern en 1928 se incluyó en las discusiones la "cuestión negra" bajo la consigna de la auto-determinación de las comunidades identificadas geográficamente. Fueron las posiciones de los comunistas sudafricanos (el grueso de ellos blancos e hindúes) las que se adoptaron como el modelo en aquellos países con población afro-descendiente. El Congreso propuso crear una república indígena entre los pueblos quechua y aymara, así como naciones autónomas de afro-descendientes en Cuba y en Brasil.

 

En el caso cubano, el Partido Comunista siguió fielmente este postulado, proponiendo la creación de la república autónoma negra del sur de Oriente. Para el marxismo, la "cuestión negra" nunca fue considerada un asunto especial, pues lo mezclaban con la lucha de la revolución proletaria. Cuando el jamaicano Marcus Garvey elaboró su ideología nacionalista y panafricanista negra, su  propuesta fue que los afro-descendientes nunca lograrían la igualdad y equidad mientras constituyeran una minoría. De ahí su movimiento de "retorno al África". Esto explica que el credo de Garvey ejerciera mayor atracción que el marxismo.

 

En la conferencia de los partidos comunistas latinoamericanos celebrada en Buenos Aires, en 1929, y encabezada por el argentino Victorio Codovilla, se debatió por vez primera el tema étnico andino y racial. Como avestruces, los comunistas brasileños negaban la existencia de problemas raciales en su país. El enredo era definir si la opresión nativa y sobre los afro-descendientes era un asunto de clase, de etnia o de nacionalidad; casi todos los delegados retomaron la posición de la pobreza y la marginación como asunto de clase. Para Mariátegui las naciones latinoamericanas se hallaban en proceso de formación, y por eso negó que las luchas de los negros en América Latina tuvieran un carácter nacional, sino que respondían a unas preocupaciones limitadas y locales. En la conferencia se atacó como contrarrevolucionaria la consigna del APRA de una "América para los indios".

 

Mariátegui, considerado por entonces el guía marxista para toda América Latina, en su texto 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana expresaría su repulsa hacia los aportes culturales del negro: “El aporte del negro, venido como esclavo, casi como mercadería, aparece más nulo y negativo aún. El negro trajo su sensualidad, su superstición, su primitivismo. No estaba en condiciones de contribuir a la creación de una cultura, sino más bien de estorbarla con el crudo y viviente influjo de su barbarie.” Asimismo afirmaría que la cuestión racial era artificial y no merecía la atención de quienes estudian concreta y políticamente la realidad.

 

Por su parte, Manuel González Prada, se referiría con desdén a cómo las mujeres peruanas transgredían las normas y tabúes sexuales interraciales: “¿Habían perdido las hembras el instinto de mejorar la especie, ese instinto que las induce a preferir el macho más fuerte y más hermoso? Carecía el negro de hermosura relativa, no de fuerza: con su lujuria de mono y sátiro, calmaba el furor de las mesalinas criollas (…) En Lima abundan los mulatos, pues, merced a una aberración étnica, las blancas han tenido inclinación a mulatos y negros.”

 

Los negros estadounidenses, así como los integrantes de las Américas negras, no se afiliaron en masa a los partidos comunistas, y ello tuvo varias causas importantes. No sólo los comunistas incurrieron en el craso error de categorizar los "cordones negros" como posibles opciones para constituirse en naciones, sino que arremetieron contra los predicadores y guías eclesiásticos negros, presentándolos como "opresores" de la raza. La ideología marxista se hallaba contrapuesta directamente contra las religiones de origen africanos; los partidos comunistas se encontraban en manos de blancos que de una manera u otra practicaban el racismo, y pese a que resultó una meta comunista, poco hicieron para organizar las "áreas negras".

 

La cuestión de las razas se convertiría, a partir de 1963, en un factor importante en la provocación de un gran cisma en el movimiento comunista mundial: en una gran pugna entre Moscú y Beijín por la dirección del mundo comunista. Beijín acusó a Moscú de haber logrado la resurrección de la venerable teoría del Kaiser Guillermo sobre "el peligro amarillo". Tanto el tercermundismo como el maoísmo presentarían en lo adelante el conflicto irreconciliable entre los capitalistas que "tienen" y los proletarios que "no tienen", en una división global entre la sociedad blanca occidental y los "no blancos que no tienen". La meta china desde la instauración del maoísmo hasta la actualidad propone la asimilación de sus gentes minoritarias "una forma mucho más cruel de colonialismo que los residuos que todavía pueden quedar de esta forma de gobierno por occidente". La política ha sido enviar colonias de chinos para su asentamiento, para así con el tiempo sofocar a la población indígena por el simple peso de los números".

 

Una muestra del rechazo ruso a los negros africanos tuvo lugar, precisamente en 1963, cuando unos 400 estudiantes africanos, enfurecidos por el asesinato de un estudiante ghanés que quería casarse con una joven rusa, se manifestaron frente al Kremlin. Las autoridades soviéticas tuvieron que reconocer la existencia de la discriminación racial, que denunciaban como un crimen norteamericano. En lo adelante, el prestigio soviético sufrió enormemente en los países africanos.

 

Pese a abogar por el derecho de los negros como minoría en las Américas, el fenómeno de las minorías era uno de los temas cardinales de los países que otrora formaban el bloque comunista y que en su momento ahogaron este debate.  No sorprende que lo hasta ayer conocido como Europa del Este fuese un semillero de minorías étnicas, cuyos reclamos se mantenían amordazados cada vez que alguno de los grandes imperios lograba el control sobre la región. Con las crisis del Oriente Medio y la descomposición de la Unión Soviética, se dio fin al Estado “multiétnico”, que en realidad resultó una versión puramente oligárquica, pues en todos los casos el poder siempre residió en una de las minorías.

 

Los regímenes comunistas demolieron las molduras sociales e institucionales que movían la acción colectiva de manera autónoma, salvo la especial paradoja de la Iglesia Católica como depositaria de la identidad nacional del proceso polaco. Es por eso que al producirse el desplome del Muro de Berlín, las nuevas sociedades poscomunistas no disponían del necesario instrumental cognitivo, ideológico e infraestructural capaz de reconstituir y reglamentar con facilidad la nueva dimensión social proyectada. Ante tal debilidad de la cultura cívica y de otras ideologías que hubiesen contrabalanceado al marxismo, el único surtidor de identidad, lo capazmente influyente como para obrar de articulador social, fue el etno-nacionalismo.

 

Los países del antiguo bloque soviético están cuajados de diferendos fronterizos y territoriales pendientes, así como de ambiciones hegemónicas que van más allá de la supuesta realidad no clasista de su sistema socio-económico. Así, se pasó de los conflictos de naciones-Estado a los conflictos ideológicos y, finalmente, a los étnico-culturales. En su tiempo, el historiador Edward Gibbon escribió que el manto del imperio romano protegía a los Estados inmaduros de ellos mismos. Así pasó cuando los suecos, los turcos, los alemanes o últimamente los rusos ocuparon militarmente este pedazo de la Europa.

 

En contra de lo que a veces se ha dicho, la situación en los que fueron países comunistas tiene antecedentes y no es un problema nuevo. Para el observador superficial, parecía que el Ejército Rojo y sus partidos comunistas habían hecho desaparecer esta constante de la historia europea. Se pensaba que el nacionalismo se había evaporado bajo la sombrilla soviética, pero de pronto reapareció destruyendo muchas sociedades. Pero la Unión Soviética se sostenía por la ideología y la coerción; en ella, las minorías tendrían menor acceso a los recursos materiales y la política hacia ellas sería simbólica. El conquistador mas reciente, Stalin, impuso el orden en estas minorías sobre la base del terror y la fuerza bruta. Bajo su mano de hierro, naciones completas fueron compulsadas a asumir la agricultura de monocultivo.

 

Hay un sinfín de fenómenos que facilitan la etnicidad y el racismo, como la necesidad de dejar atrás los viejos regímenes comunistas, toda vez que la etnicidad proporciona una “identidad limpia” que permite borrar, así, los vínculos con el bochornoso pasado. Esa sería la precondición para el establecimiento de pequeños Estados tiranizados por mayorías étnicas. Los valores de la sangre y del territorio, el anhelo de pertenecer a una familia, un clan, una tribu o una nación, que ayer eran temas de la etnología, hoy son partes de nuestra naturaleza política y al parecer no han sufrido un proceso de modernización pues mantienen su instinto exclusivista y agresivo.

 

La realidad de los conflictos étnicos, raciales, religiosos y fronterizos del antiguo bloque soviético y el imperio ruso, se han analizando bajo el reduccionismo contemporáneo de la caída del comunismo y la reforma, en una versión peligrosamente esquemática, donde las fuerzas históricas subyacentes son obviadas. Pero, las repúblicas que integraban el imperio soviético eran diferentes en términos de cultura, historia, idiomas que iban de las familias Ural-altaicas, las indoeuropeas y las ibero-africanas. Y diferentes en religión, del cristianismo al Islam, pasando por las africanas. Esas repúblicas estaban integradas por naciones, razas, culturas y religiones divergentes, como las negadas minorías alemana y ucraniana en Polonia y la húngara en Eslovaquia.

 

Cierto es que la tradición de luchas étnicas, políticas y religiosas en esta zona del planeta, no puede tomarse como justificación de los hechos actuales. Pero también ha sido un error presentar las diversas comunidades en pugna en la Europa del Este, los Balcanes, el Cáucaso y el Asia Central como buenos y malos, como opresores o como víctimas, ignorando las complejas causales históricas de tales conflictos religiosos y étnicos. También se ha desestimado, como parte de la cultura occidental, la herencia de la civilización bizantina en los ortodoxos rumanos, serbios, búlgaros y rusos: se usan, en general, los términos de raza, etnia, minoría étnica, racismo, segregación, discriminación, desde el punto de vista o idea de clase, reduciendo el fenómeno étnico o grupal a una cuestión economicista marxista, desde donde parte y concluye: el racismo es, según los artículos, un fenómeno esencialmente de explotación económica.

 

Los valores de la sangre, de la raza y del territorio, el anhelo de pertenecer a una familia, un clan, una tribu o una nación parecen ser parte de la naturaleza humana, aunque no es necesario asumir un instinto exclusivista o agresivo. Si bien tales dudosos legados de auto-determinación o de tribalismo rampante se consideren disparatados o no, lo que acontece es la desesperante necesidad por un concepto de soberanía más flexible.

(continuará)