Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

LECCIONES DE LA TRANSICIÓN DEL COMUNISMO A LA DEMOCRACIA

 

     El comunismo bolchevique fue una reacción agresiva al crecimiento de la civilización del mercado mundial. En cierto sentido fue la respuesta europea a un reto de la propia Europa, un intento desesperado para avanzar por la senda de la industrialización a trancos, quebrantando el balance social y estableciendo un super-Estado.

 

    Tras asumir el poder montados en los tanques del Ejercito Rojo, vencedores de la Wehrmacht, los minúsculos partidos comunistas de la Europa del Este extendieron su control incontestable a los niveles más básicos en sus sociedades “ideologizando” el sistema educacional, eliminando la propiedad privada, forzando la industrialización y la colectivización agrícola.

 

     La arena pública en la cual, desde la Revolución Francesa, el ciudadano buscaba modificar la sociedad, se revelaba aquí como un vacío coliseo, saturado de retórica bombástica y carente de sentido.

 

     Las revisiones que afanosamente buscarían Checoslovaquia, Polonia y Yugoslavia, en la década de los sesenta, en la glasnost gorbacheviana y en las reformas chinas de Den Xiaoping, ya habían sido bosquejadas por los primeros herejes de tal doctrina: August Bebel, Karl Kautsky, Rosa Luxemburgo, Evgeni Preobrazhensky.

 

     Las pugnas grupales dentro de los partidos comunistas de la Europa del Este, en la década de los sesenta, estaban centradas en la aceptación de la desestalinización o su rechazo. Es en esa dicotomía donde se enmarcó el experimento checo de la Primavera de Praga y la represión de Varsovia en ese mismo año. Tales posiciones y criterios, sin embargo, fueron muy difíciles de preconizar luego de la invasión del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia.

 

    El presidente checo Václav Havel se refirió a esta conformidad ante el control totalitario, en la que el deterioro moral no era exclusivo sólo de los gobernantes, sino de todos los integrantes de la sociedad checoslovaca, incluyendo a los distanciados intelectuales. Para Havel, los que crecieron acostumbrados al sistema totalitario y lo aceptaron como un hecho inmutable, en esencia actuaron en su favor, lo que convertía a la totalidad no sólo en la víctima sino también en la responsable (Goldman, 1991: 173).

 

     Nunca existió en los países comunistas la llamada democracia socialista, ni la legalidad socialista, ni la economía socialista. El socialismo no halló los mecanismos para reformar su economía.

 

     Las revueltas en la Europa del Este no fueron desarrolladas por los trabajadores o los campesinos, ni fueron alimentadas por los periódicos, la radio o la televisión. Los medios masivos de comunicación, sinónimo de lo que es hoy Occidente, no desempeñaron ningún papel en estos levantamientos que dieron fin al comunismo. Las revoluciones anticomunistas fueron gestadas por los intelectuales. Es decir, por los novelistas, poetas, dramaturgos, cineastas, historiadores; por las revistas literarias, los comediantes populares y cabareteros, los discursos filosóficos; en fin, por la cultura.

 

     Fueron germinadas por el dramaturgo checo Havel, el historiador Bronislaw Geremek, el editor católico polaco Tadeus Mazowiecki, el pintor berlinés Barbel Boehley, el director de orquesta de Leipzig Kurt Masur, los filósofos húngaros János Kis y Gáspar Miklos Tamás, el escritor-presidente húngaro Arpád Goncz, el ingeniero rumano Petre Román y su compatriota el poeta Mircea Dinescu, el pianista lituano Vitautas Landsbergis, el profesor azerbaiyano Abdulfaz Elcibey, el lingüista armenio Leván Ter-Petrosián, el físico ruso Andréi Sajarov.   

 

     Las fuerzas de la transformación se venían gestando en la sociedad soviética antes que Mijail Gorbachev ascendiera al poder, pero él fue el catalítico indispensable que desató los cambios que transformaron a la Unión Soviética, a la Europa del Este y más allá de su imperio político. Si bien Gorbachev liquidó el estalinismo, los países socialistas del Este liquidaron el leninismo; y, por eso, los acontecimientos se escaparon de las manos en medio de una declinante economía, guerras étnicas, retroceso del poder imperial y el colapso de los gobiernos comunistas.

 

     Al desplomarse el comunismo en la Europa del Este, el bloque soviético capituló reconociendo la ineptitud del marxismo como método analítico de las sociedades históricas, como filosofía de Estado e ideología política, como un regimentador económico y social. La paradoja fundamental del estancamiento de la perestroika no se debe a la ambivalencia ideológica de Gorbachev, sino al desgarramiento de su papel dual de Martín Lutero y de Papa. Sus medidas eran un asalto al Estado y él era, a la vez, el vocero de esta acometida contra sí mismo como jefe de tal Estado.

 

     Puede catalogarse como el catalizador oculto de toda la revolución anticomunista, la decisión de Gorbachev de que los tanques soviéticos no estuvieran emplazados en la Europa del Este para reprimir el espíritu de democracia. Los ejércitos nacionales rehusaron, entonces, apoyar a la conservadora nomenclatura, entronizando el desconcierto en las dirigencias comunistas locales, desatando la fuerza del nacionalismo, llenándose las calles, a la sazón, de multitudes airadas que derrumbaron a las dictaduras comunistas. Tal dinámica se repitió en regiones de la Unión Soviética habitadas por minorías, como Lituania, Armenia, Ucrania y demás.

 

     En un análisis minimalista podría decirse que el coeficiente del sindicato Solidaridad, en Polonia, con sus dos huelgas masivas en 1988, la glasnost y la perestroika de Gorbachev y el salto económico de Occidente, resultarían las causales más directas del cambio. En un análisis minimalista podría decirse que el coeficiente del sindicato Solidaridad, en Polonia, con sus dos huelgas masivas en 1988, la glasnost y la perestroika de Gorbachev y el salto económico de Occidente, resultarían las causales más directas del cambio.

 

     Los años 1989-1993, sin dudas, resumieron los eventos más cardinales desde la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, cuando un gran trozo político del planeta, el bloque soviético, se enfrascaba en una gigantesca ola de reformas, acompañadas de una sombra surrealista, de escenas de siglos pasados en las que hombres y mujeres se encaminaban hacia campos de refugiados, de aldeas de cajones y de centros de reasentamiento.

 

     El fin de los imperios raramente se produce de manera higiénica o plácida. Si algo interesa, el ejemplo histórico del hundimiento de los imperios es que tal corrimiento nunca se detiene a medio camino. Lo habitual es que la agonía se prolongue después de su muerte. Así, lo que vemos en la Europa Central y en los Balcanes es la rémora del imperio Austro-húngaro, desbancado en 1918 y lo que sucede en el Cáucaso y Asia Central es parte de los estertores del Imperio Otomano.

 

  El fin fulminante y drástico del ancien régime en Polonia y Hungría calificaba como una revolución pactada entre dos contrincantes más que como una reforma, al combinarse la fuerte voluntad de cambio de la élite reformista del comunismo con la presión popular de base. Así, los espontáneos movimientos pacíficos negociaron su protesta popular con la élite comunista y el éxito de la misma en Hungría, Polonia, Checoslovaquia y los Estados del Báltico respondió a que las cabezas pensantes de la oposición tenían una idea definida y concluyente de la profundidad del cambio que buscaban inicialmente, las medidas y el marco constitucional que pretendían.

 

  El fin fulminante y drástico del ancien régime en Polonia y Hungría calificaba como una revolución pactada entre dos contrincantes más que como una reforma, al combinarse la fuerte voluntad de cambio de la élite reformista del comunismo con la presión popular de base. Así, los espontáneos movimientos pacíficos negociaron su protesta popular con la élite comunista y el éxito de la misma en Hungría, Polonia, Checoslovaquia y los Estados del Báltico respondió a que las cabezas pensantes de la oposición tenían una idea definida y concluyente de la profundidad del cambio que buscaban inicialmente, las medidas y el marco constitucional que pretendían.

 

     Por eso no existió una violencia contra-revolucionaria. Por eso no existió una violencia contra-revolucionaria. Por eso, como expresó el estudioso de las transiciones, Timothy Garton Ash: “ninguna Bastilla fue tomada, ninguna guillotina levantada. Las farolas sólo servían para alumbrar las calles. Sólo Rumania vio los tanques y los pelotones de ejecución” (Garton, 1992: 429).

 

     Tras la caída del Telón de Hierro, los partidos comunistas en el poder se dividieron en facciones, en las que invariablemente el ala pro-reforma hizo causa común con las ideas de las oposiciones, llevaron a efecto los pactos y las negociaciones para el desmantelamiento del totalitarismo y, finalmente, devinieron actores políticos de la transición. En este escenario, la disidencia y la oposición del Este accionó con impunidad precipitando una revolución que se movió en dos planos simultáneos: desde arriba y desde abajo y de ahí sus éxitos iniciales.

 

     La transición es el intervalo que existe entre el antiguo Estado comunista y el futuro en cada uno de tales estados. En ellos no existen normativas generales e, incluso, las reglas de juego de la política no están definidas (O`Donnell y Schmitier, 1994:19). Puede apreciarse que el proceso de transición responde directamente a la naturaleza y a las condiciones de las negociaciones iniciales y no a presuntas diferencias entre culturas políticas o estructuras socioeconómicas.

 

Si algo se ha demostrado en las transiciones, es que el desarrollo y la plenitud de la democracia están en relación directa con la forma en que se inicia la transición al capitalismo.

 

La transición fue impulsada pero también condicionada por una compleja combinación de antagonismos y contradicciones económicas, sociales y políticas. La estructura económico-social burocrática, ya estaba en descomposición. Otra motivación poderosa fue el de los nacionalismos, la lucha contra la "cárcel de pueblos" en que degeneró la Unión Soviética y la subordinación de los partidos comunistas al Kremlin. Y, lo más fundamental, la necesidad de terminar con el totalitarismo asfixiante y el monopolio del "Partido Comunista" que se hacía carne y hueso en la odiada burocracia privilegiada y explotadora.

 

Los burócratas preparaban una transición gradual y regulada desde el poder que se transformó en un torrente que abarcó todo un sub-continente. Se abrió un interregno de profunda inestabilidad en una vasta y neurálgica región del mundo que marcó el ocaso definitivo del "orden mundial" conocido como de Yalta y Potsdam. La transición no fue preparada por los reformistas de la burocracia, ni por los políticos de Occidente, ni por los disidentes del bloque soviético.

 

     Pensar que la transición a la democracia de los países del otrora mundo soviético conformaba una vía precisa, hacia una sola trayectoria, sin bifurcaciones, era de una candidez dogmática. Si bien se poseían peculiaridades genéricas, dadas por el monomodelo estatal y social implantado bajo el comunismo, concurrían características singulares en cada uno de ellos, con sus raíces en el entorno geográfico, la cultura y la religión, las divergencias económicas, las costumbres, la historia, etcétera.

 

     La transición del comunismo al capitalismo está resultando más difícil de lo que se esperaba. Existía una idea muy limitada de lo que significaba realmente una democracia de tipo occidental. Por otra parte, no existen instituciones, academias, proyectos, individuos, etcétera, nada ni nadie en el Este ni en Occidente, que sepa realmente cómo crear democracias y economías de mercado de la noche a la mañana.

 

   En el proceso de transición han actuado de manera independiente, o combinada, las fuerzas del cambio provenientes desde la “cima”, desde la “base” o desde los “laterales”, sumado a un factor tecnológico —el de los medios masivos de comunicación—, al punto que muchos han calificado el proceso de “tele-revoluciones” (Garton, 1992: 391).

 

La identificación de los principios políticos, sociales y económicos comunes que definen a las economías de libre mercado, su verdadera naturaleza no está bien definida y difícil de reproducir, especialmente en los lugares que no se cuenta con una historia de mercado libre. Los países que intentan liberarse del control económico centralizado tienen ante sí una multiplicidad de modelos de mercado libre que en ocasiones son contradictorios. Los países desarrollados, aquellos de mercado libre, varían en términos de sus sistemas jurídicos, sus políticas fiscales, sus valores políticos, su ética de trabajo y los supuestos acerca del papel del Estado respecto a la economía. 

 

     Entre todos los rasgos sorpresivos e inesperados de este estallido revolucionario, cabe destacar una notable ausencia de perspectivas y compromisos con un proyecto de progreso social. Fueron cambios definidos por un doble rechazo: al sistema comunista-estalinista y a la dominación rusa.

 

     El fulminante colapso del comunismo en Europa del Este generalizó la creencia eufórica de que, con la ayuda de Occidente y de las instituciones financieras internacionales, estas emergentes nuevas democracias bien pronto alcanzarían en desarrollo y en normas políticas al Primer Mundo. La estrategia por la prosperidad se anunciaba en las declaraciones de los mandatarios de Occidente, en estudios académicos del momento y en las plataformas de los partidos de todos los colores, que se organizaban aceleradamente en todo este antiguo mundo comunista. 

 

     Zbigniew Brzezinski apuntaría en su artículo La gran transformación que "no existe un cuerpo de conocimientos teóricos correspondiente a la transformación de los sistemas estatistas en democracias pluralistas basadas en el mercado libre. Además de ser interesante intelectualmente, el tema fue y sigue siendo preocupante políticamente, porque Occidente, sorprendido por la rápida desintegración del comunismo, no estaba adecuadamente preparado para participar en la compleja tarea de transformar los sistemas de tipo soviético. Consecuentemente, tuvo que improvisar, a los apurones, durante los últimos años" (Brzezinski, 1993).

 

    Se evaluaba, primeramente, que una Alemania unificada renovaría el área de su sección oriental, mediante colosales transferencias de capitales. Checoslovaquia, el Estado más industrial del Bloque, proseguiría este renacimiento, seguida de Polonia y de Hungría, la que ya había iniciado sus reformas económicas desde la década de los setenta. Rumania, Bulgaria y Albania, acorde con tal escenario, se incorporarían ulteriormente a esta avalancha de progreso.

 

     Por su parte, Letonia, Lituania y Estonia -la vanguardia económica de la ex Unión Soviética- esperaban obtener impresionantes inyecciones financieras, sobre todo de los países escandinavos. Tanto Rusia, Ucrania como Belarús, ponderaban su transición al capitalismo con la valía de sus colosales recursos naturales. Se presumía que las repúblicas caucasianas -Armenia, Georgia y Azerbaiyán- atravesarían serias dificultades, aunque al final prevalecerían con sus democracias, considerando sus calificados recursos humanos y su patrimonio natural. A las naciones del Asia Central les tomaría más tiempo este proceso, pero con un modelo tan cercano como el de la secular y democrática Turquía, el sueño de integración a las democracias de libre mercado no parecía una quimera.

 

     Esta era la aspiración, el plan, la convicción. Si el cataclismo del comunismo en Europa del Este se produjo abruptamente, sin que se gestase por mucho tiempo, y, prácticamente, sin violencia, lo difícil sería la transformación de estas dictaduras políticas con economías cuarteleras, salidas de la Segunda Guerra Mundial, en democracias con economías de mercado estables. Pronto se hizo patente que la realidad de la transición a la sociedad democrática capitalista era notablemente más compleja, difícil y errática de lo que los expertos en Occidente anticiparon. Al no cristalizar el proyecto democrático, tal y como se había previsto, la comunidad internacional, con la misma ligereza inicial que las había apoyado, las abandonó a su suerte.

 

     El error de los que recorrían más tarde el camino de la transición fue tratar de generalizar los primeros modelos de reforma, de hallar constantes en las políticas del cambio, obviando lo frágil del desarrollo en cada ejemplo y la minúscula perdurabilidad de los remedios aplicados. La brújula de cada país-caso que asumía la transición no estaba en las flamantes constituciones “lockeanas” de Occidente, o en los contratos sociales “russonianos” del mundo libre; se hallaba en el lugar menos esperado y largamente ignorado: en la historia de cada uno de estos pueblos antes de los acuerdos de Yalta, antes de la Liga de las Naciones, en los entuertos étnicos y fronterizos establecidos por los imperios decimonónicos (otomano, británico, francés, habsburgo, ruso).

 

     Como sustituto a la ideologización y la militancia compulsiva, la naciente sociedad civil trajo consigo el redescubrimiento del pasado nacional de preguerra, con sus intelectuales negados y sus minorías étnicas enmascaradas; la restitución de la continuidad cultural con los símbolos, raigambres y mitos nacionales; la reactivación de la religión; la indagación sobre las “lagunas” históricas de masacres estalinistas, como en la localidad de Katín en Polonia. Por eso, los temas de mayor debate en Hungría, por ejemplo, no serían los derechos civiles o humanos, la democracia o la sociedad civil, sino el qué hacer en favor de las minorías húngaras en la región rumana de Transilvania (Garton, 1992:228).

 

    El meollo de la discusión en las transiciones se ha centrado en cuál es el modelo más apropiado a seguir, si la terapia de choque a lo Václav Klaus, el gurú checo de la economía de transición, o una fórmula gradual, a lo Hungría, con un programa de reformas menos impetuoso. En el orden económico, las terapias de choque, al final, no han avanzado mucho más que las reformas gradualistas.

 

    Las terapias de choque en la economía fueron apoyadas en todo el ex bloque soviético por las fuerzas políticas de corte liberal y neo-liberal, mientras el enfoque gradualista halló sostén en las organizaciones social-liberales, entre ellas la nomenklatura comunista reconvertida, en cuyas posiciones se ha hecho valer también el influjo del discurso tecnócrata. Los partidos que deben su origen a las antiguas organizaciones comunistas han asumido en su integridad los enfoques gradualistas, así como muchos de los llamados social-liberales (Janos, 1995: 51).

 

     Es cierto que en la versión gradualista, los comunistas conversos ven la perpetuación de su protección apoyando los subsidios estatales a la población para ampliar su base de poder. Mucho más que el proyecto radical de la terapia de choque, el enfoque gradualista, con su compromiso de subsidios sociales, ha concedido mayores posibilidades de acceso político y de mayores incentivos a los reformistas. Así, al momento del despeño del comunismo, los puntos de partida hacia una sociedad abierta, democrática y de mercado no serían análogos y ello fue lo que prescribió no sólo la velocidad de las transformaciones, los rumbos inesperados y los desenlaces disímiles, sino la viabilidad de las estrategias, acuñando las tremendas diferencias entre cada uno de los procesos nacionales que darían lugar a tal heterogeneidad de complexiones económicas y sociales.

 

     Mientras polacos y checos optaron por un sistema presidencial fuerte, los húngaros se inclinaron a favor del parlamento con un presidente débil, argumentando que ello tenía más probabilidades para conseguir el equilibrio entre los poderes. Existe, lo que se ha dado en llamar, la tentación totalitaria en los países poscomunistas, donde se apunta al estilo arbitrario y despótico de Havel y Lech Walesa contra sus correspondientes cortesanos. Ciertamente, en la transición se ha demostrado que han sido las coaliciones parlamentarias (sobre todo las creadas mediante compromisos sólidos) y no los presidentes ejecutivos, las que mostraron mayor capacidad para lograr el consenso necesario con vistas a adoptar medidas dolorosas y radicales.

 

     La fragmentación ha sido el rasgo decisivo de los sistemas políticos de la Europa central. El hundimiento de los regímenes burocráticos comunistas tuvo uno de sus primeros efectos en una rápida proliferación de partidos. Algunos partidos surgen en el interior de los propios parlamentos. En casi todos los Estados del viejo bloque soviético se registraba el fenómeno de los partidos que surgían en ocasión de las elecciones para desaparecer poco después.

 

     La economía privada y el mercado no produjeron de mantera automática una sociedad democrática, como se comprobó en Bulgaria, Ucrania o China; ni el electoralismo y la libertad de partidos políticos, de forma aislada, aportaron de inmediato el progreso de la economía de mercado o las libertades civiles, como se corroboró en Georgia y Azerbaiyán. La democratización ha sido efectiva en la medida en que se ha desarrollado la sociedad civil, como fue el ejemplo de las repúblicas del Báltico, Polonia y la República Checa.

 

     Para el teórico polaco Adam Michnik y para Havel, mantener la sociedad civil autónoma, fuerte y bien organizada requería un individuo viviendo en la verdad, despojado de su doble moral, de su hipocresía pública, negado a aceptar los roles asignados por el Estado como única posibilidad de llegar, entonces, a una negociación política con el régimen (Garton, 1992: 224). En términos prácticos, la independencia individual bajo el totalitarismo no sólo residía en despojarse de la doble vida, sino sobre todo en la facultad para maniobrar en la economía ilegal, en el mercado negro. Las condiciones requeridas para subsistir en la dimensión subterránea del socialismo, eran justamente las inversas a las formuladas por estos intelectuales.

 

     Pero el mensaje de Michnik, Havel y el filósofo húngaro György Konrád estaría dirigido a los intelectuales, a la ilustración cosmopolita de Occidente. Por eso el enfrentarse a los nacionalismos tribales y a los problemas económicos de vastas consecuencias en el comportamiento social del individuo, sería una de las grandes sorpresas de la transición y pondría de relieve las lagunas de toda su anterior construcción teórica. Asimismo, las emergentes transiciones manejaron la sociedad civil en su concepto clásico, que no guardaría relación con las realidades del poscomunismo. La nueva sociedad civil no funcionaría sin una economía sistémica regida por la propiedad privada y la garantía legal de tal derecho.

 

     El término sociedad civil es usado con frecuencia para analizar situaciones muy disímiles y en la década de los noventa se enarbolaba como un mantra por los intelectuales, tanto de Occidente democrático como de los países en vías de transición, los cuales veían en la revitalización o el establecimiento de una sociedad civil la panacea para todos los problemas. Existe un consenso general de que una sociedad civil sana es un prerrequisito importante para el florecimiento de una democracia liberal y de la estabilidad a largo plazo. Como mínimo, el establecimiento o revitalización de la sociedad civil deberá acompañar y apoyar las transiciones de un modelo autoritario al gobierno liberal democrático.

 

    La disidencia y la oposición, por otra parte, no siempre han fundado una sociedad democrática, como resultó en Uzbekistán, mientras que la reciclada autocracia del comunismo en ocasiones ha propiciado el avance de la democracia y la sociedad civil, como hemos visto en Hungría. En muchos países, los opositores al comunismo, ya en el poder, se han inclinado por un régimen presidencial fuerte, casi absolutista y que ha sofocado al poder legislativo, a lo Havel en la República Checa, Walesa en Polonia y Boris Yeltsin o Vladimir Putin en Rusia. De otra parte, las formas tajantes y violentas de transición no siempre conllevan reformas aceleradas o una versión más progresista o democrática (como sucedió en Rumania y Georgia), mientras que hay ejemplos de reformas lentas, negociadas y pacíficas, que han desembocado en una más clara democracia y economía de mercado.

 

     Las reformas transicionales no han impedido la estratificación social que se ha mantenido con fuerzas nuevas. Los “duros” no siempre han sido los más duros y los “blandos” no siempre los más blandos. Asimismo, no todos los pactos con la oposición y las fuerzas democráticas resultaron iguales y en ciertos casos no existieron. Las estrategias, respecto al desmantelamiento de los ejércitos nacionales y de los órganos de seguridad del viejo régimen, varían de caso en caso. Se han estructurados esquemas de federación, modelos de desintegración, o en otras situaciones se han mantenido los Estados originales. Las elecciones no siempre han sido favorables a las fuerzas democráticas y los sistemas electorales no guardan relación entre sí.

 

     En esta era postsoviética, los comunistas ortodoxos fueron relegados a categorías secundarias, sin facultad para decidir en el retablo político. Pero aun cuando las reformas sistémicas se llevaron a cabo, las élites previas se hallaban en mejores posiciones que el ciudadano corriente para aprovecharse de la transición. Pero vastos segmentos de la rancia nomenklatura comunista se evangelizaron en el nacionalismo o la socialdemocracia y pudieron rehabilitar su capital político, entroncando sus incentivos y su propia conservación con el éxito del mercado.

 

     Este reciclaje, de militantes de la casta rectora proveniente de las sociedades comunistas, en miembros y fundadores de nuevas organizaciones políticas y económicas de la transición, ha sido factible por hallarse éstos, parapetados en los aparatos económicos y políticos, en una mejor ubicación que la oposición y la disidencia, así como a la debilidad de las fuerzas democráticas emergentes. Las armas de los ex comunistas han sido tanto el oportunismo político como a las viejas tendencias reformistas que habían sido arrinconadas durante la Guerra Fría y que al fin lograron su proyección política.

 

     Las fórmulas aplicadas a las transiciones respondían a la visión que sobre el desarrollo se generalizó en los círculos bolsistas norteamericanos de la década de los ochenta (el Reaganomics). Se consideraba que los resortes del crecimiento económico eran estabilizar, des-regular y fomentar la iniciativa privada. Se juzgaba que las reformas debían implantarse sin demora y se esperaba que los cambios sistémicos se produjeran de manera maquinal, al calor de las disposiciones del mercado.

 

     En el primer período de la transición primó esta visión simplista de un capitalismo no regulado, en el cual se esperaba que el mercado, de manera mágica, resolviese todos los problemas sociales y el Estado dejase de incidir en la sociedad civil. La idea predominante era que las reformas de la transición crearían, con rapidez y sin complicaciones, una sociedad democrática eficiente, con una economía de mercado funcionando como una maquinaria engrasada.

 

Siempre destacarían la necesidad de una profunda "reestructuración empresarial", aunque cuidando de aclarar que esto no era sinónimo de privatización, el politólogo norteamericano, Zbigniew Brzezinski, apuntaría que entre 1989 y 1990 existió la ilusión de completar la transición al capitalismo en cinco años. Sin embargo, agregó, la experiencia de los primeros años, obligó a cambiar los plazos y se proyecto para diez años en Europa Central y quince o veinte para otros casos. Ese proceso tendría fases sucesivas y en cada país habría momentos y velocidades distintas. La primera fase sería la crítica, según el autor, cuando se trata de "imponer desde arriba" nuevas "formas políticas democráticas" y "estabilizar la moneda". Luego viene la fase de fortalecimiento de la estabilidad política y profundización de las reformas económicas (desarrollando la banca, "desmonopolizando" la gran economía nacionalizada y privatizando los sectores pequeños y medios de la economía). Sólo en un tercer momento podrá esperarse, según Brzezinski, la consolidación política y el despegue económico, sostenido por la iniciativa privada (Brzezinski, 1993).

 

Brzezinski admite que teóricamente es posible una "vía autoritaria" hacia el capitalismo. China es el ejemplo práctico que ofrece, aunque avanza el criterio polémico de que "la forma del colapso del comunismo en Europa no lo hace ni posible ni deseable". Y concreta su idea admitiendo que "el consenso democrático es imperativo, pero debe ser organizado e institucionalizado, aprovechando la euforia inicial, que rápidamente se esfuma".

Aclara también que la "terapia de choque" se pudo emplear en Polonia porque fueron aprovechadas excepcionales condiciones, como el respaldo que brindaron Solidaridad y Walesa, la tremenda influencia de la Iglesia Católica, la existencia de un campesinado masivo de pequeños propietarios, un gran desarrollo de la economía subterránea y la "cultura empresarial insuflada por 10 millones de polacos en el exterior". La conclusión más general de Brzezinski es que todo este complicado proceso no puede quedar librado sólo a las leyes del mercado, requiriéndose "una conducción política y planificación gubernamental. Si eso fue necesario en Japón o Singapur, mucho más lo es para Rusia o Ucrania" (Brzezinski, 1993).

 

     La transición se enfrentaría con tres escollos simultáneos: el político, el territorial-nacional y el económico. En la escena política, las situaciones conflictivas institucionales harían evidente la debilidad intrínseca de la ideología marxista que señoreaba este espacio. El factor territorial traería nuevamente al escenario a los conflictos locales, a la etnicidad y al chovinismo nacional. En el campo económico, estas emergentes estructuras sociales lidiaron con la desigualdad, los inevitables costes sociales de las reformas, la competitividad del mercado, los problemas medioambientales y el dilema del amparo social a los excluidos y desamparados.

 

     Los modelos económicos de la transición pueden enmarcarse así en dos grandes grupos. Los que han tratado de remodelar la economía de plan estableciendo la vía estatal, como la etapa de la perestroika de Gorbachev y los casos de China y Vietnam, cuyas intenciones resultarían el ir introduciendo progresivamente la economía de mercado manteniendo el poder político en manos del partido comunista. Y el segundo grupo, que establecería un corte total con la economía de plan, promovería el mercado y sus instituciones y separaría al Estado de la economía.

 

     En las transiciones, los intentos de que operara la economía con modelos opuestos (un sector estatal y un sector privado) y de forma paralela, han fracasado en todos los países que lo han intentado, pues siempre se tropieza con la imposibilidad de regular la economía nacional como un conjunto, con instrumentos que se corresponden sólo a una de sus partes. El mercado, al igual que la economía centralizada de plan, es un fenómeno orgánico con una vasta infraestructura que conlleva la distribución mayorista, una política monetaria y fiscal, un presupuesto balanceado, un número elevado de instituciones complejas y sofisticadas de créditos, seguros y reaseguros.

 

     El error ha radicado en experimentar con híbridos; en ir introduciendo islotes de economía de mercado en el vasto océano de la economía estatal, bajo la premisa de preservar los beneficios sociales de la población. La inauguración de una red de tiendas minoristas no crea un mercado. Con un vasto sector estatal es imposible establecer una política salarial y de precios consecuente, ni regular la inflación o la balanza de pagos. Con un amplio sector privado no puede plasmarse, para el sector estatal, una planificación de la producción y una distribución programada de los insumos. Aun en países como Polonia, donde la economía de mercado resultaba el objetivo, está llevando un gran tiempo desarrollar el mercado en toda su complejidad.    

 

     Los programas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, al emplear un prototipo genérico e inalterable para todos los casos de transición, han arruinado el potencial de generación de capital de la región al enfatizar la privatización por encima de la remodelación progresiva, la solidez y convertibilidad de las monedas; así como el desbloqueo inmediato de todos los dispositivos financieros proteccionistas, entrañando una súbita demolición de la capacidad instalada productora, precisamente en las esferas más competitivas y capaces de un mayor valor añadido.

 

     La manera unilateral y dogmática por la cual se eliminaron muchas empresas que incidían en la esfera social y en los niveles de consumo de la población, al mostrarse ineficientes ante la economía de mercado, trajo consigo el derrumbe de la producción, la desaparición física de ramas enteras de actividad, la depresión de toda la economía y el reemplazo de tales producciones con importaciones, implicando de paso una erosión significativa de la moneda convertible.

 

     La estrategia económica se enunció, erróneamente, como una obligada disyuntiva a escoger entre la justicia social o el desarrollo. A tal punto, se demolió la dimensión de prestación social del Estado, que la Europa del Este, al asociarse con la de Occidente, en la Comunidad Económica Europea, no logró clasificar en sus iniciales peticiones. Sus aparatos estatales —a diferencia de los occidentales capitalistas— carecían de responsabilidad hacia los sectores indefensos de sus países, no tenían interés en los problemas medioambientales, la gestión de la producción y en el aparato judicial.

 

La falta de tradición de libertad, jurídica y de un poder judicial independiente para asegurar su ejecución hace que las personas que viven en las democracias emergentes, en las cuales la mayor parte de la propiedad está en manos del Estado y en las que históricamente el gobierno ha interpretado la ley, no han abrazado en toda su magnitud las garantías constitucionales.

 

Los ciudadanos de los países que están surgiendo del comunismo no viven en un contexto social enraizado en mercados libres. En la experiencia comunista, la propiedad personal, en última instancia, pertenecía al gobierno. Se requiere más que una ley o una declaración política para quebrar el muro mental, entronizar la fe necesaria en los derechos de propiedad y la voluntad para traducirla en actividades económicas productivas.

 

     La experimentación de las recetas académicas occidentales sobre la transición ha sido desacertada, al incorporarse sin los medios y la estructura institucional adecuados. La conclusión actual es que la clave del éxito no radica en trasplantar tal o cual institución de Occidente, ni en el voluntarismo a ultranza por llevar a cabo la transición, sino en qué medida tal o cual institución “introducida” puede ser eficiente y en qué medida existe la capacidad administrativa para desarrollar las reformas.

 

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Introducción al libro “Transición: Teorías y Modelos”. La Revolución de 1989, de Juan Benemelis. Fundación Cuba Futuro, 2006