Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                          por Juan F. Benemelis

 

 

EL LARGO CAMINO DE LA TRANSICIÓN A LA DEMOCRACIA EN RUSIA ( I I )

Rusófilos y neo-comunistas

 

     Parecía que el punto muerto entre las dos fuerzas mutuamente antagónicas (los demócratas, liberales reformistas y los aliados de Yeltsin, por un lado y por otro, la vieja nomenclatura representada por el parlamento) había sido resuelto en favor de la primera. Se había dado un potente estímulo al proceso de transición. Pero ni siquiera la victoria de los seguidores de Yeltsin había conseguido dar una solución definitiva a la crisis. En cuestión de meses, la lucha se abrió de nuevo con las elecciones a la Duma y tuvo lugar un nuevo giro cuando los golpistas de agosto de 1991 y los dirigentes de la rebelión del parlamento de octubre de 1993 fueron amnistiados sin juicio por parte del parlamento en febrero de 1994.

     En una medida que le valió la repulsa en Occidente y que lo enrumbaba por el camino del autoritarismo, Yeltsin buscó el control de los medios que influían en la opinión pública, aumentando su control sobre la radio y la televisión; asimismo prohibió inmediatamente a los periódicos que le hacían oposición, y puso fuera de la ley a partidos de oposición. También suspendió de sus funciones a las autoridades y concejales municipales y cesanteó a gobernadores regionales, culminando con la suspensión del Tribunal Constitucional. Con una trayectoria política que discurrió en el ejercicio del estilo autoritario, Yeltsin representaría el lado administrativo del sistema totalitario, en una sociedad con expectativas democráticas. La paradoja residió en la Constitución de 1993, que fue redactada a partir de los intereses personales de Yeltsin y que, como él, envolvería tendencias democráticas y autoritarias, elementos en los que se afincaría en lo adelante el poder en Rusia.

     Un neofascista radical, Vladimir Zhirinovski, rabioso antisionista y antisemita, una versión grotesca de los eslavófilos del siglo XIX, surgió de la nada en 1991, prometiendo vodka gratis y la restauración del imperio ruso, incluida Alaska, Finlandia y Polonia, además de augurar la conquista de Turquía, Irán y Afganistán. Zhirinovski cosechó adeptos entre los nostálgicos comunistas, los militaristas, los nacionalistas y los monárquicos. Ello no es de extrañar, pues lo que tomó décadas en absorber a Inglaterra y Turquía, sacudió en un instante a los rusos, quienes tras la evaporación de la Unión Soviética contemplaron cómo 25 millones de sus compatriotas languidecían cual parias minoritarios en los nuevos Estados, además de lamentar la pérdida de las joyas imperiales: las playas de Crimea, los viñedos moldavos, el petróleo de Kazajistán, el puerto de Odessa y el algodón del Asia central (Remnick, D., 92: 1998).    

     Lo original de Zhirinovski era que ejemplificaba una nueva forma de expresión, un lenguaje original, una retórica ideológica inédita, un discurso coloquial y cínico frente a un Yeltsin cuya prédica rememoraba al de los viejos secretarios del PCUS. Zhirinovski recibió ayuda financiera de los clanes mafiosos, de los grupos comunistas que sobrevivían en la Europa del Este, así como de viejos comunistas reciclados en flamantes directores de empresas militares. De inmediato fundó el Partido Democrático Liberal, que no era ni democrático ni liberal. En las elecciones presidenciales de 1991, Zhirinovski logró seis millones de votos, para alcanzar el tercer lugar detrás de Yeltsin y el candidato comunista Nicolái Rizhkov. La posición precaria de Yeltsin quedó de manifiesto en las siguientes elecciones de diciembre de 1993.

 

     El campo reformista apareció dividido e impotente, sus principales representantes (Yegor Gaidar, Grigori Yavlinski, Sobchak, Popov, Shakra), se presentaron como partes de diferentes partidos y bloques, sólo para sufrir una derrota a manos del Partido Comunista, de sus aliados el Partido Agrario y de los nacionalistas de Zhirinovski, que lograron el 23% de los votos en estas elecciones parlamentarias. Así, en el Parlamento elegido en las elecciones de diciembre de 1993 se repartieron los escaños entre los partidos centristas y los comunistas, aliados a los agrarios como formaciones más nutridas, seguidos de cerca por nacionalistas radicales y reformistas radicales. La presencia de diputados de extrema derecha, de carácter claramente fascista, seguidores del exaltado Zhirinovski, fue la nota alarmante de la primera convocatoria democrática a las urnas.

 

La prensa occidental destacó el resultado de Zhirinovski, mientras el partido comunista y los agrarios juntos consiguieron más del 20 %. Más del 63 % del ejército votó a favor del nacionalista Zhirinovski, indicando que la base de apoyo a Yeltsin en el ejército había caído drásticamente. Opción Rusia, el partido de Yegor Gaidar, radical defensor de la economía de mercado, fue barrido, obteniendo menos del 5%  de los votos y determinando que Gaidar perdiera su escaño en la Duma. El partido Yabloko encabezado por Grigori Yavlinski obtuvo un mejor saldo, con un 7 %. El resultado más dañino para Yeltsin fue el desplome del partido Nuestra Casa es Rusia, encabezado por el Primer Ministro Víctor Chernomirdin y creado específicamente para defender al gobierno, obteniendo menos del 10 %.

 

En ese mes de diciembre de 1993 se refrendó una nueva Constitución, que estableció las competencias del poder central, en Moscú y los poderes regionales y locales de la Federación. Se estableció una sola moneda, el rublo y una sola lengua oficial, el ruso. En línea con la tradición rusa, los poderes del presidente eran casi omnímodos, lo que le permitió anular los acuerdos del Parlamento.

 

Estas primeras etapas del parto del capitalismo ruso fueron elaboradas por el núcleo duro de la administración de Yeltsin, constituido principalmente por antiguos altos funcionarios del Partido Comunista, e inspirado por Guenadi Barbulis, un ex profesor de marxismo leninismo en la región del Ural, donde Yeltsin había sido secretario del Comité Regional del Partido. La concepción económica fue confiada al equipo dirigente de la reforma: en 1991, había sido el momento de Yegor Gaidar y sus monetaristas, aconsejados por el FMI. En 1993, nuevamente resultó Gaidar y los ultraliberales como el ministro de Finanzas Boris Fiodorov. Pero en el seno de un círculo cerrado donde predominan los representantes de la gran industria estatal en vías de privatización, se conformaba una nueva corriente alrededor del primer ministro Víctor Chernomirdin, proveniente del lobby del gas, principal beneficiario de la liberación de precios.

 

El gabinete de Yeltsin incluía al viejo nomenclaturista Víctor Chernomirdin, al liberal Boris Fiodorov, en las finanzas. Pero la puja entre "monetaristas" y "pragmáticos" se saldó con el predominio de los partidarios de "una política selectiva de incremento de la oferta y las inversiones productivas orquestada y financiada por el Estado. De todos modos, el plan contenía medidas anti-inflacionarias que merecieron la aprobación del FMI, y la preocupación de controlar el déficit de gastos públicos autorizados por Yeltsin bajo la presión de sus necesidades electorales de 1993.

 

El ministro Chernomirdin logró controlar la inflación y puso en caja el déficit presupuestario. En el terreno externo, endureció las relaciones con los integrantes de la ex Unión Soviética, cortó drásticamente las importaciones e incrementó considerablemente la venta de energía y materias primas en el mercado mundial, logrando un excedente comercial de $16,000 millones de dólares. La privatización impulsada por Yeltsin sería un éxito. Al terminar el año 1993, la mitad del potencial industrial ya estaba privatizado y el 70% de las pequeñas empresas de comercio, reparaciones y servicios pasaron a manos privadas a fines de 1993. A comienzos de 1993 se contaban unas 600,000 empresas "pequeñas y medianas", en las que trabajaban el 22% de la población activa: 16 millones de empleados. El Estado se deshizo de 14,500 grandes empresas estatales, más de 11,000 se convirtieron en sociedades anónimas, mientras 7,000 de ellas realizaron traspasos de acciones a través de ventas públicas. Lo más frecuente fue que la mayoría del paquete accionario pasara a manos del personal y los directivos de la empresa (Crosnier, 1994, 8).

     El gobierno de Yeltsin definió, a fines de 1993, una política industrial que trajo la recuperación de esta rama (y del consumo doméstico) mediante la combinación de sectores y dinámicas diversas. Las parcelas individuales pasaron de suministrar 24% de la producción en 1990, al 36% en 1993. La rama de bienes duraderos y semi-duraderos creció por el incremento del consumo de automóviles y efectos electrodomésticos. Para los nuevos empresarios los problemas radicaban en dónde y cómo colocar la producción y, sobre todo, cómo obtener financiamiento para continuarla.

Las señales de alarma empezaron a sonar en Washington y otras capitales occidentales ante el futuro cada vez más nebuloso del programa de reformas del presidente Yeltsin (The Guardian 22/1/94). Primero Yegor Gaidar, el arquitecto en jefe del programa de reformas y después Boris Fiodorov, el ministro de finanzas reformista, fueron obligados a dimitir. Esto significaba que ya no queda ninguno de los "reformistas" de primera línea en el consejo de ministros. Fue en ese momento cuando el primer ministro Chernomirdin anunció el fin del "romanticismo de mercado". En ocasión de la visita a Rusia después de las elecciones, el vicepresidente norteamericano Al Gore advirtió públicamente sobre la aplicación demasiado rápida de las reformas. Incluso el senador norteamericano, Robert Dole, comentó que se había presionado demasiado a Rusia a través del Banco Mundial, para que fuera inmediatamente hacia una economía de mercado, trayendo como resultado el caos y la alta inflación.

 

Sin embargo, el órgano del capital financiero británico, el Financial Times (07-01-1994) exigía "más terapia de choque" y comentaba que si se dejaba escapar esta oportunidad, la colapsada Unión Soviética se iba a convertir probablemente en un simulacro de ex-Yugoslavia pero de una magnitud mayor y el éxito electoral de Zhirinovski demostraba que este peligro no era sólo teórico. El Financial Times, en un editorial exigió el mantenimiento del programa de reformas, independiente de los costes sociales. "Todavía es posible que se vuelva a coger el camino de la reforma. Pero los reformistas dicen que es más probable que la reforma caiga víctima del descontento popular, la presión conservadora y su propia incapacidad para unirse" (Financial Times, 8-9/1/94).

 

Yeltsin en el callejón sin salida

 

Con el hundimiento de la economía estatal se expandió el fenómeno de las mafias, ya existentes durante la Unión Soviética, pero ahora organizados en circuitos que iban controlando parte de la nueva economía.  Sus dimensiones llegaron a ser preocupantes y constituyeron un signo de la desarticulación del aparato estatal. En febrero de 1993 el presidente Yeltsin había señalado que el 40% de los hombres de negocios y dos tercios de las operaciones comerciales estaban vinculados con el crimen organizado y sus prácticas se extendían a todo tipo de actividades.

 

El grueso de los nuevos empresarios capitalistas provenía de la anterior burocracia. "En Polonia, el principal componente de la nueva clase poseedora son los gerentes rojos. Utilizaron sus posiciones en el sector público para crear sociedades de capital mixto, es decir aportado por personas físicas y por empresas, de tal manera que el valor aportado por las empresas bajo la forma de maquinarias, equipos o inmuebles era artificialmente disminuido. En Rumania, un editorialista calificó a estos nuevos empresarios como "directocracia": desde sus puestos de directores utilizan y destruyen las empresas estatales en provecho de las privadas, en las que también se insertan (Jean-Yvés Potel, Le Monde Diplomatique, enero de 1994).

 

Refiriéndose a Rusia en 1993, se escribía: "el espíritu emprendedor dinamizó a una franja de la población: campesinos, artesanos y comerciantes, pequeños empresarios. Pero no hay que confundirlos con los negociantes que amasan fortunas colosales gracias a la especulación, el tráfico, el pillaje y remate al extranjero de riquezas naturales, productos estratégicos, armas u obras de arte (…) La batalla de la propiedad está librada esencialmente por dos grupos sociales instalados desde 1990: la nomenclatura de los manager estatales que acapara en especial la mayor parte del sector industrial y la nueva burguesía concentrada en el sector comercial y especulativo" (Le Monde Diplomatique, octubre 1993).

 

Se esboza una nueva configuración de fuerzas en la dura batalla por la propiedad y el poder: por un lado los lobbies industriales reconstituidos, una red transnacional de empresas que cubre la ex Unión Soviética y pone todo su peso en la perspectiva de una consolidación de la Comunidad de Estados Independientes bajo la hegemonía rusa y por otro lado las regiones alejadas de Moscú, de sus luchas políticas y su burocracia, pero también enfrentadas entre sí por crecientes disparidades económicas.

 

El pesimismo con relación a Rusia fue expresado nuevamente por John Lloyd en el Financial Times del 22 de marzo de 1994: "Después de más de dos años de reformismo oficial hay muy poco que mostrar en el sentido de éxitos domésticos o confianza exterior. Ninguna compañía occidental de tamaño importante se ha comprometido significativamente con Rusia. El comercio ha retrocedido a niveles que en la mayoría de países puede considerarse como insignificantes; los banqueros extranjeros no creen que Rusia vaya a pagar ninguna deuda real en los próximos cinco años; y el rublo se dirige sostenidamente hacia el nivel de 2,000 por dólar".

En 1994 se confirmó el creciente predominio de los nomenclaturistas. Boris Fiodorov se alejó del gobierno tras las últimas elecciones y las burocracias regionales y locales llegaron a un precario acuerdo con el gobierno central para la redistribución o coparticipación en los fondos públicos. El impacto del hundimiento de la Unión Soviética no podía disiparse rápidamente, por eso una parte de la población añoraba el   comunista o se arroja en brazos de tribunos nacionalistas. La confusión produjo una ruptura entre Yeltsin y sus principales compañeros de agosto de 1991, como el vice-presidente Alexander Rutskoi y el presidente del Parlamento, Ruslán Jasbulatov. Y mientras Chirinovski se hundía en escándalos, la realidad del reconocimiento y el poder pasaba a la gente del antiguo aparato comunista, especialmente al primer ministro Chernomirdin (Dossiers, abril 1994).

 

El retorno de los comunistas

 

     Este retorno de los pro-comunistas, de los estalinistas nostálgicos, se produjo como consecuencia del enorme costo social y económico que se estaba pagando por la “terapia de choque” de la transición y el caos económico que entronizó el colapso de la Unión Soviética. Así, barrieron las elecciones parlamentarias en diciembre de 1995, atraídos por Guenadi Ziugánov, un apparatchik del antiguo Comité Central que, haciendo uso de una remozada retórica leninista, logró revivir al Partido Comunista de Rusia. Ziugánov se transformó en el líder del Frente de Salvación Nacional, un mélange que incluía a bolcheviques, fascistas y ex oficiales de la KGB. Las publicaciones de los comunistas atribuían el colapso de la Unión Soviética a los servicios de inteligencia occidentales y a sus “agentes de influencia”, como Alexander Yakovlev.

      El apoyo popular a Ziugánov provenía del sector de la población más vieja, de los pensionados, de los obreros mal pagados y de los elementos conservadores de provincias, a los que este demagogo prometía corregir la “distorsión criminal” hecha con la figura de Stalin. En la memoria humillada de los veteranos militantes comunistas, tanto Gorbachev como Yeltsin eran complementarios: el primero por destruir la Unión Soviética y el segundo por disolver el parlamento (Remnick, 1998: 14). Anatoli Lukianov, que había sido un miembro protegido de Gorbachev en el Politburó, e incluso presidente del Soviet Supremo, era el principal cardenal de Ziugánov en la Duma, junto a Igor Bratishchev.

     Pero la agrupación de Ziugánov no era un conglomerado de nostálgicos marxistas, sino de propulsantes del destino imperial ruso y el odio a Occidente. De ahí sus persistentes observaciones al ruso como un “pueblo escogido” y sus constantes referencias al cisma milenario entre los mundos Católico y Ortodoxo, iniciado en el 1054. Acusaban a Yeltsin de ser el principal culpable del desmoronamiento de la Unión Soviética. Ziugánov expresaba que la libertad residía en la victoria del fuerte sobre el débil, advirtiendo que en Rusia la idea suprema, por encima de la libertad, era la justicia (Remnick, 1998: 305).

     Luego de una suspensión temporal, en octubre de 1993, el Partido Comunista calificó en quinto lugar en las elecciones para la Duma, con el 12,4 % de los votos y con 45 asientos. En los comicios a la Duma de 1995, los comunistas calificaron en el primer lugar, capturando el 22.3% de los votos y 157 asientos, triplicando sus resultados. Bajo el sistema electoral ruso, los miembros de la Duma están divididos igualmente entre las listas de partidos elegidos por representación proporcional y los restantes, escogidos por miembros únicos. Los comunistas lograron buenos resultados en ambos sistemas, logrando 99 puestos en las listas y 58 asientos distritales. En comparación, el partido pro-Yeltsin, Nuestro País es Rusia, obtuvo 45 puestos en las listas y 10 asientos distritales, mientras el mal llamado partido Demócrata Liberal de Zhirinovski obtuvo 50 puestos en las listas y un asiento distrital. Adicionando los asientos de sus aliados ideológicos, como el Partido Agrario y el Partido del Poder del Pueblo, los comunistas dispondrían de una mayoría técnica en la Duma.

 

     Pero, esta gran cantidad de boletos a favor de los comunistas de Ziugánov fue más que todo un voto de protesta que reflejaba la preocupación de los rusos sobre la situación económica, el disgusto de los pensionados ante su nivel de vida miserable y el resentimiento de las provincias por la relativa prosperidad de Moscú y San Petersburgo. Asimismo, la pérdida de estatura internacional y la preocupación por la expansión de la OTAN, probablemente incidieron en ciertos sectores. Pero, el resentimiento y la desesperación solamente no aseguraron la victoria. Las fuerzas de Ziugánov desplegaron dos armas cruciales en las elecciones de diciembre: organización y un mensaje claro. A diferencia de otros partidos, los comunistas retenían la vieja práctica de una dirección centralizada y una militancia disciplinada. Cubrían las 20,000 regiones, distritos y pequeñas localidades. Además con 120 periódicos, revistas y publicaciones, su aparato de propaganda excedía al del resto de los partidos combinados. Ziugánov probó ser también un hábil político en campaña, ajustando su discurso a las diferentes audiencias.

 

     Como una alternativa a la política de Yeltsin, la propaganda de Ziugánov ofreció el programa de un comunismo supuestamente modernizado y capaz de evadir los trastornos de la transición al capitalismo, como la inflación, los altos precios, la caída del rublo y las desigualdades.  En el aspecto económico proponía una especie de NEP que remodelaría el futuro de Rusia. Se desechaban aquellos aspectos fracasados del leninismo como la planificación central, el monopolio estatal de la propiedad y la información que, según él, había llevado al colapso de la Unión Soviética. No se prometía una economía de mercado abierta, al considerarse necesario el control de las industrias más importantes (energía, transporte, industrias básicas), la limitación de la tenencia de la tierra y el establecimiento de rígidas regulaciones a la inversión extranjera.

 

     Para Ziugánov, la revolución bolchevique y la dictadura leninista estaban justificadas. Pero su cometido a la democracia representativa y el multipartidismo nunca resultó claro y al efecto formulaba la necesidad de una nueva Constitución de nuevas leyes electorales. Ante la percepción de una Rusia humillada internacionalmente, los comunistas rusos prometían la reconstrucción de la antigua Unión Soviética. Aparte de Belarús, este criterio trajo la alarma de los Estados bálticos y de los ucranianos. Pero los neo-comunistas no disponían de un programa económico viable, lo que certificaría su fracaso en el poder. Su política fiscal y monetaria era incoherente. El gobierno que sugerían requería de un presupuesto colosal para satisfacer las promesas electorales, como la restauración de los servicios sociales, la elevación de las pensiones.

 

    Los comunistas resultarían un factor de consideración con su influencia en la rama legislativa y sus intentos de alianza con los proponentes de la ideología estatista de Zhirinovski. Mientras los partidos reformistas en la Duma se enfrentaban constantemente, como prueba la divergencia que existió entre Yeltsin y Chernomirdin, por un lado, frente a Grígori Yavlinski y Gaidar, por el otro, Ziugánov y Zhirinovski coincidían en su oposición a Estados Unidos, a la expansión de la OTAN y en la restauración de la Unión Soviética. El Partido Comunista de la Federación de Rusia, dirigido por Ziugánov, trataría de capturar la presidencia en las elecciones de junio de 1995. El rápido avance político del Partido Comunista de Rusia sería el más destacado de toda la resurrección que tuvo lugar de los partidos comunistas en el antiguo bloque soviético. Las fuerzas democráticas subestimaron la capacidad organizativa de los comunistas, de la misma manera que se sobreestimó la de los ultra-nacionalistas al estilo de Zhirinovski.

 

El duelo electoral

 

     Ante las elecciones de 1995 y para dar una apariencia más “dura” con vistas a recavar el voto de los que se sentían inclinados hacia los comunistas, Yeltsin sustituyó al pro-occidental canciller, Andréi Kozirev, por el viejo jefe de espionaje comunista Yeugeni Primakov; al liberal Serguéi Filatov, uno de sus principales asesores, ubicando en su lugar al línea dura Nicolái Yegorov, uno de los promotores de la intervención en Chechenia; al reformista vice-premier Anatoli Chubáis por el burócrata Vladimir Kadannikov. Seguidamente decretó una purga de “saboteadores” en las instituciones financieras y económicas.

     Para los comicios presidenciales de 1996 saldrían a la palestra, al lado del comunista Ziugánov y de los nacionalistas de Zhirinovski, el general Alexander Lebed, el liberal Grigori Yavlinksy y el entonces presidente Yeltsin. A inicios del segundo término presidencial, en el verano de 1996, Yeltsin ganó las elecciones contra Ziugánov y su partido comunista, compareciendo por encima del resto de los candidatos, como el general Lébed, Yavlinski, Zhirinovski y Gorbachev, en último lugar. En estos sufragios, Yeltsin se halló ante la disyuntiva de un colapso controlado o incontrolado, arrastrando una burocracia dividida en lealtades grupales y un apoyo popular en descenso que no le aseguraba los votos necesarios para la victoria. Las elecciones presidenciales de julio de 1996, con la victoria de Yeltsin, representó otro giro en la situación en Rusia. En estas elecciones, el país tuvo que escoger entre dos sistemas sociales: uno transicional de capitalismo de Estado semi-democrático con Yeltsin, o un retorno con Ziugánov al brutal comunismo de estantes sin comida y purgas estalinistas.

El resultado fue una dura derrota para el estalinismo, pero anunció un nuevo periodo de convulsiones para Rusia. Yeltsin sacó el 53,1 % y Ziugánov el 40,4 %. A pesar de todo, el Partido Comunista todavía consiguió un buen resultado. Ziugánov derrotó a Yeltsin en el "cinturón rojo" que se extiende de Tambov y Voronezh, al sur de Moscú, hasta regiones siberianas como Novosibirsk, Omsk y la región minera de carbón de Kemerovo. Los comunistas mantuvieron su apoyo en las zonas mineras, entre los trabajadores de la industria pesada y las zonas rurales.

 

     La caída en la producción redujo dramáticamente los ingresos del estado, al mismo tiempo que aumentó los gastos. Por otro lado el sector privado no cubría el colapso de la industria estatal y la mafia no era precisamente un contribuyente ejemplar. Una gran parte de los escasos ingresos estatales irían a pagar salarios y pensiones, mientras que se recortaban las inversiones. El gobierno de Yeltsin se encontraría entre la brasa y el fuego, mientras luchaba por recortar el gasto estatal, la casta militar exigía un aumento real de su parte en el presupuesto estatal. No es por casualidad que Yeltsin advirtiera a occidente del peligro de un "nuevo bolchevismo" sino le apoyaban. Las huelgas mineras sirvieron para subrayar el argumento. El movimiento hacia la democracia obligó a Rusia a continuar con las reformas a toda costa, tan pronto como fuese posible, independientemente de las consecuencias.

Antes de las elecciones Yeltsin ignoró olímpicamente las condiciones del FMI, lo que no impidió a esta organización seguir siendo fiador de Rusia. El FMI garantizó un crédito a tres años de algo más de $10,000 millones, el segundo mayor en su historia después del de México. Occidente estaba aterrorizado de una victoria de Ziugánov. Hasta el último minuto, no estaban seguros de que esto no fuese a suceder. El FMI, obviamente bajo presión de Washington, cerró los ojos ante el hecho de que Moscú no estaba cumpliendo en absoluto su compromiso de disciplina monetaria. Pero, en seguida que Yeltsin estuvo de nuevo en el Kremlin, la actitud cambió y exigió el cumplimiento de todas las condiciones que iban con los préstamos. Insistían en que se aplicase hasta el final el programa de privatizaciones, que había quedado congelado durante las elecciones, independientemente de las consecuencias.

 

La privatización sería la más peligrosa desde el punto de vista de la estabilidad social, tal y como señalaba el Financial Times el 12 de agosto de 1995: "El gobierno ruso va a tener que decidir sobre el siguiente paso, el más peligroso, en su proceso de reformas de los últimos tres años. Ir hacia adelante significaría lanzar un ataque abierto a la inflación, el cierre de muchas fábricas obsoletas y empezar a crear un sistema de seguridad social que funcione con la ayuda de $18,000 millones del FMI (...) La escala de la transformación que se está debatiendo ahora en el gobierno y los expertos del FMI sería mayor que nada de lo que se haya intentado hasta el momento y eso podría provocar desorden social e inestabilidad política".

 

El FMI quería que el déficit presupuestario de Rusia se limitase a no más del 4 % del PIB. Así bajó al 3% en 1997 y al 2 % en 1998. De hecho, estas condiciones eran incluso más estrictas que los criterios de Maastricht. Esta es una razón más que hacía muy difícil la desaparición de un gobierno autoritario en Rusia y el establecimiento de una verdadera democracia representativa.

 

Justo después del anuncio de los resultados electorales quedó claro que el gobierno estaba lleno de escisiones. La más obvia era la división abierta entre Chernomirdin y el general Lebed. El primero, como primer ministro tenía una posición poderosa y probablemente contaba con el apoyo de una importante sección de la naciente clase empresarial. Al nombrar a Lebed a cargo del ejército y la policía, Yeltsin se arriesgaba. Lebed se describía a si mismo como "medio demócrata" a lo Pinochet. "Lebed y Chernomirdin están complotando el uno contra el otro a escondidas. Chernomirdin quiere echar a Lebed antes de que se haga demasiado poderoso (...) Pero también se puede argumentar que Lebed sería incluso más peligroso en la oposición que dentro del campo gubernamental. Si eliminan a Lebed, este probablemente intentará formar su propio movimiento, basándose en la demagogia bonapartista habitual, en el que la fraseología patriótica y de "izquierdas" sirva como máscara para la reacción más feroz. Llevará a cabo intrigas permanentes con la casta de oficiales, apoyándose en el creciente descontento con la camarilla corrupta e inepta de Chernomirdin" (Socialist Appeal 12/7/96).

 

Incluso la hija de Yeltsin se tornaría en una figura clave en este mundo de maniobras políticas palaciegas. Un informe en el Financial Times (1/11/96) reveló que el poder real en el Kremlin no era el enfermo presidente, sino una camarilla de siete capitalistas mafiosos, no elegidos y no responsables ante nadie: "El mismo grupo estrecho de siete hombres de negocios se reúne ahora semanalmente y trabaja estrechamente con Mr. Chubais, actual jefe de personal del achacoso presidente. Sus miembros se presentan a sí mismo bastante abiertamente como la principal fuerza moldeadora de la política del Kremlin (...) Mr. Mijail Khodorokovsky, presidente del imperio financiero y petrolero Menatep; Mr. Peter Aven y Mr. Mijail Friedman del Alfa Bank; y Mr. Alexander Smolenski, del Stolichny Bank. Sus seis empresas, según Mr. Berezovsky, controlan un 50 % de la economía”.

     Las huelgas de los mineros en enero de 1996 y las huelgas posteriores en el otoño de ese año, eran un termómetro; la frustración en el terreno electoral, se expresaban en el terreno sindical.

 

El ocaso del patriarca

 

     Oscilando entre los ideales democráticos y autoritarios y rodeados de elementos de línea dura procedentes de las empresas militares, de los servicios de seguridad, como Alexander Korzhakov, Yeltsin estableció el curso errático de Rusia y una política exterior más confrontacional con Estados Unidos. En marzo de 1998 nominó a Serguéi Kiriyenko como jefe del Gobierno ruso en sustitución de Chernomirdin. Kiriyenko se creyó presidenciable y desafió con ello a un Yeltsin en plena decadencia física, pero continuó la práctica viciosa del masivo endeudamiento público. Así se enriquecieron relevantes figuras del entorno presidencial, numerosos funcionarios del gobierno y del Banco Central que, al usar información privilegiada, se volvieron activos jugadores en el mercado de los bonos emitidos por el Estado.

 

     Hacia agosto de 1998, se derrumbó la pirámide de las obligaciones del Estado a corto plazo, se hundió el rublo y Rusia se declaró en bancarrota al anunciar la suspensión temporal del pago de sus compromisos de deuda pública interna y congelar la deuda comercial privada con el exterior. Con esa debacle financiera concluyó la primera etapa de la transición al mercado en la Rusia posoviética. Kiriyenko no duraría mucho. Su sentencia de muerte política fue desafiar al monopolio del gas Gazprom, el cual adeudaba colosales sumas al Estado. En 1999, se conformaron nuevos partidos políticos, como la coalición Patria-Toda Rusia, encabezada por Primakov y Luzhkov, el alcalde de Moscú, la Unión de las Fuerzas de la Derecha, con Gaidar, Kiriyenko.

 

     La Duma se lanzó contra Yeltsin y Primakov, el cual fue reemplazado en la jefatura gubernamental por Serguéi Stepashin. En los comicios presidenciales del 2000, Stepashin fue sustituido por Vladimir Putin, que hasta entonces era secretario del Consejo de Seguridad y director del Servicio Federal de Seguridad. El PC de Rusia repitió su victoria de 1995 consiguiendo el 25% de los votos, mientras la Patria, de Primakov, alcanzó el 13%, la Unión de Gaidar el 8% y el bloque de Zhirinovski un 6%.

 

A modo de conclusión

 

     Herida de muerte por el agotamiento irreversible del llamado "socialismo real", la economía de Rusia sobrevivió la caída del muro de Berlín poco más de dos años, hasta que los fallidos intentos de reformar el sistema y la lucha por el poder en la elite gobernante precipitaron, en diciembre de 1991, la disolución de la Unión Soviética. A partir del colapso de la federación que formaban Rusia y las 11 repúblicas euroasiáticas, ­las tres bálticas se separaron meses antes­, cada uno de estos países empezó a sentar las bases de una economía de mercado, con un punto de partida común y de suyo complejo: en el espacio post-soviético el fin del comunismo tuvo como adicional factor adverso, a diferencia de lo ocurrido en Europa del Este, el hundimiento del Estado.

     La transición se presentaba en medio del dilema de una sociedad civil sin despegar, en la que se vislumbraba como solución la prolongación de la concentración de poder en la presidencia, el llamado “autoritarismo ilustrado”. Si la victoria en 1991 fue la de los demócratas liberales, la de 1996 se distinguió por representar el ascenso al nuevo mapa del poder de la nueva oligarquía, constituida por banqueros, barones de las comunicaciones, industrialistas que debieron la obtención de los recursos naturales rusos a las licencias del Kremlin.

     Rusia nunca ha sido un Estado-nación, sino un imperio multicultural. El sistema político ruso creado por Yeltsin sería formalmente democrático pero profundamente autoritario producto de  su viciado origen: el asalto a cañonazos del Parlamento y la tendencia personalista de Yeltsin, sumado a la falta de una sociedad civil articulada, de partidos políticos al servicio de sus líderes y a las fallas del sistema jurídico. Esta mezcla de democracia, oligarquía y autoritarismo, se conforma en un proceso de creación de una economía de mercado y libertades políticas, resultando tan dolorosa como el colapso que la precedió y donde se han reeditado la política real, las oligarquías, los hombres de negocios y las guerras nacionales.

 

Tal es el trasfondo del desplazamiento de Gorbachev por Yeltsin, de las varias intentonas golpistas, de las elecciones en que el viejo partido comunista, transformado también, se convierte en la primera fuerza de la Duma, de la dimisión de Yeltsin y de su sustitución por Putin, todo ello se realizaron bajo la mirada atenta y la intervención (sorda, violenta o impositiva) de una fuerza que aparentemente ha quedado en la penumbra del quehacer político, pero que en la realidad ha condicionado todo el proceso: el antiguo Ejército Rojo, de donde han salido varias de las personalidades decisivas para los nuevos conflictos.

 

     De todas las estructuras del Estado, los "órganos especiales" fueron los que mejor preparados estuvieron para sobrevivir al derrumbe. Si bien los servicios secretos soviéticos sufrieron una reestructuración organizativa, no fueron alterados en sus objetivos. En la actual Rusia se les conoce como "órganos especiales". El antiguo Comité para la Seguridad del Estado (KGB), se dividió en dos instituciones, una para trabajar en el interior del territorio (FSB), sucesor del Segundo Directorio principal del KGB y otro para el exterior (SVR). La eficacia de ambos es similar y en cierto sentido superior a la antigua KGB. El Consejo de Seguridad ruso, estará compuesto fundamentalmente por ex miembros de los servicios de inteligencia. El poder de los servicios secretos se manifiesta en el hecho de que tres de sus miembros han sido primeros ministros de Rusia: Serguéi Stepashin, Primakov y Vladimir Putín, que luego ascendería a presidente.    

     Pero, tras setenta años de gobierno barbárico y cientos de años de autoritarismo, la transformación postimperial y poscomunista rusa no podía ser de otra manera. De acuerdo con Yeltsin, Rusia escogía un camino diferente, de desarrollo interno y no imperial, deshaciéndose de su imagen tradicional de potentado de la mitad del mundo, de tensión y conflicto con la civilización occidental y del papel de policía de los conflictos inter-étnicos (Remnick, D., 1998: 27).

     El desmantelamiento del anterior modelo económico y la ausencia de una sociedad civil capaz de establecer controles efectivos tuvieron consecuencias nefastas, entre otras, el reparto de la propiedad mediante privatizaciones turbias. Con la complicidad del círculo más cercano de Yeltsin, aparecieron los llamados "oligarcas", magnates que de la nada amasaron descomunales fortunas. Amañadas licitaciones, en las cuales participaban formalmente varios interesados y que, en realidad, eran sólo prestanombres del comprador designado desde el Kremlin, sirvieron para adjudicar las 500 empresas más grandes del país, que valían por lo menos 200,000 millones de dólares y se vendieron en poco más de 7,000 millones.

 

     Mientras los "nuevos dueños" de Rusia hacen ostentación de opulencia, en ocasiones con desplantes que raya en lo grotesco, la pobreza crecería hasta afectar a una tercera parte de la población, en un país de 150 millones de habitantes. La exportación de materias primas, a partir de la enorme diferencia de su precio en los mercados interno y mundial, se volvió una de las principales formas de acumulación de capital al convertir en millonario a cualquiera que consiguiera, por medio de sobornos, los permisos de extracción y las licencias de exportación. La delincuencia organizada, que en sus orígenes se dedicó a la extorsión y a satisfacer la creciente demanda de asesinatos por encargo como modo de resolver las disputas de orden económico, penetró todos los sectores de la economía, entremezclándose con la política mediante sus representantes en el Parlamento y en ciertos niveles del gobierno.

 

     La corrupción se extendió hasta grados de hipertrofia, beneficiando a funcionarios de todos los rangos, que acumulaban riqueza y hacían negocios al amparo de sus cargos. La policía y el aparato de seguridad, en lugar de perseguir los ilícitos competían con la delincuencia organizada en otorgar "protección". Estas consecuencias ­unas más acentuadas que otras­ persisten en esta era de Putin, que ha marcado el primer intento serio de corregir esta deformación.

 

     Si esta oligarquía rusa se iguala con las de América del Sur, si el vacío de poder recuerda a la Alemania de Weimar, si el dominio de la mafia la compara con la Italia de posguerra, si su Constitución presidencial la emparenta con la Francia de DeGaulle, a pesar de todo ello, las perspectivas de Rusia en el futuro cercano son las más promisorias de toda su historia. Acaso, se ha exigido demasiado a los rusos en un período de tiempo muy corto, con una economía tercermundista custodiada con cohetes atómicos intercontinentales, una vastedad de pobreza, una región de alta mortalidad infantil, de desolación rural, alcoholismo rampante y deficiente salud pública. Considerando el grado de paralización que existía en la Unión Soviética, comparada con Polonia o la República Checa, valorando el vuelco económico, social y político experimentado desde 1917, es natural que la transición rusa sea más larga y azarosa que las demás.

 

     Pero, al contrastarse con el otro paradigma de transición, el de China, la rusa podría ser más exitosa pues sus recursos naturales no tienen paralelo, su reforma política es más profunda, su población rural no está dominada por la pobreza y el analfabetismo, la urbanización se acelera, el 80% de su economía es privada y los mecanismos del mercado se imponen amainando la inflación.

 

El contrabando de petróleo y de recursos minerales serían sustanciales, lo que se unía a la inestabilidad del sector financiero. Hasta ese momento, el paro registrado no asumía proporciones masivas. La crisis industrial se manifestó en una acumulación enorme de deudas inter-empresarial y en el pago irregular de los salarios. La producción petrolera rusa, por primera vez en la historia, ha permitido que el país ascienda al plano de primer productor mundial, superando a la Arabia Saudita. Varias de las grandes compañías petrolífera rusas, tanto privadas como la Yukos o estatales como la Lukiol, comienzan a entrar en el mercado de consumo norteamericano. Estados Unidos, además, cuenta con el apoyo ruso frente al terrorismo islámico, a cambio de no mostrarse demasiado exigente frente al terrorismo chechenio.

 

    Quince años después de iniciada la transición al capitalismo, la economía perdió casi la mitad del producto interno bruto (PIB) durante la gestión del presidente Boris Yeltsin y ahora presenta signos de recuperación por la coyuntura, extraordinariamente favorable, de los precios internacionales de los hidrocarburos. La economía bajo la presidencia de Vladimir Putin crece por cuarto año consecutivo: 5.1% en 2001; 4.7% en 2002; 7.3% en 2003 y en el 2004 un 7%. El Kremlin, que tan sólo para el presupuesto de 2005 dispone de una inyección de más de 80,000 millones de petrodólares, proclama la ambiciosa meta de duplicar el PIB en un plazo de 10 años.

     Rusia, en la actualidad, es lo que más se acerca a la descripción hecha por Carlos Marx sobre el período de la acumulación originaria de capital, especialmente en las deprimidas ciudades del “cinturón rojo” del sur, a diferencia de las más prósperas urbes de Siberia y los Urales. Las enormes riquezas amasadas por la nueva oligarquía no se reinvierten en Rusia y el monto transferido a bancos foráneos supera los 300,000 millones de dólares (Remnick, 1998: 157). La economía rusa, la número 17 del mundo medida por su PIB, intenta pasar, con Putin, a formas menos primitivas de capitalismo sobre la base de que, a estas alturas, ya es imposible revertir los resultados de las escandalosas privatizaciones en la época de Yeltsin y que el maná de los petrodólares no es eterno.

     Luego de haber desmantelado de manera irreversible la economía de plan y su política exterior imperial y agresiva y haber abrazado el espíritu empresarial y la apertura a Occidente, en la actualidad Rusia es un Estado menos centralizado que su antecesor soviético y va quebrando poco a poco su pasado de absolutismos. Los niveles de desarrollo y progreso son desiguales en las regiones; pero la prosperidad apunta con fuerza alrededor de Moscú y Nizhni-Novgorod. Por otra parte, al paso del tiempo, su población muestra menos entusiasmo por retornar al maximalismo comunista o a la xenofobia nacionalista.

    En los sesenta, los comunistas-nacionalistas se escudaban tras el velo de la fraseología oficial. Con Gorbachev, se tornaron “liberales” y buscaron fórmulas para modernizar el viejo sistema con elementos democráticos. La segunda oleada por las elecciones de 1989, que barrió con la ideología marxista y concluyó en la victoria contra los golpistas de agosto de 1991, estableció un real deseo por las instituciones democráticas, coalición que se abanderó con Yeltsin y Andréi Sajarov. La tercera fase se inició con políticos democráticos improvisados, sin idea del nuevo país que buscaban construir y que aspiraban a “occidentalizar” a Rusia en tres o cuatro años. Al final, la necesidad de entronizar el supuesto orden democrático endureció la mano del poder, de Yeltsin a Putin.

     Si bien un gobierno de los actuales comunistas rusos sería una amenaza a sus vecinos europeos (especialmente Ucrania y los Estados del Báltico), una complicación para Estados Unidos en su negociación sobre la reducción del armamento nuclear y en su disposición con Corea del Norte, China y Cuba, ello no implicaría un retorno inmediato a la Guerra Fría, ya que es imposible la restitución del poder militar soviético debido al estado desastroso de la economía, la ineficiencia de las industrias aún en manos del Estado y lo inmaduro del creciente sector privado.

 

     Se ha ido perdiendo la ilusión de la transformación inmediata de Rusia hacia una estable democracia tipo occidental y se han asumido las limitaciones de la influencia de Washington sobre el curso de sus acontecimientos. La idea de un camino “específico” para Rusia cada vez tiene menos adeptos. La vulgarizada versión de la idea nacional —Ziugánov, Alexander Projanov— ha sido rechazada en las urnas, pero es palpable que tomará muchos años incorporar a Rusia al mundo moderno, con una economía y un sistema político estables y normales.

 

     A pesar de sus enormes recursos, Rusia dispone de poca experiencia democrática y capitalista. Plagadas de disputas étnicas, como la de Chechenia, sus instituciones económicas y políticas todavía son débiles y ello se constata mejor en el interior, a medida que se avanza hacia el este. La cultura popular tiene dificultad en aprehender las bases de la creación y distribución de la riqueza y se impacienta ante los constantes cambios de figuras que traen las elecciones. Por eso, el líder fuerte resulta la tentación constante, no importa su vestimenta ideológica.