Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

Por Juan F. Benemelis, Miami

Sociedad Civil o Retroceso

 

 

Carlos Marx nunca concibió, en su ensayo una sociedad civil, por el simple hecho de que nunca proyectó y dijo cómo iba a ser su proyecto. Lenin y Mao (herederos de despotías asiáticas) soslayaron también la sociedad civil y transmitieron su modelo a los otros experimentos. La razón por la cual nunca existió, en los países que trataron de construir una sociedad comunista, la llamada democracia socialista, ni la legalidad socialista, ni la economía socialista radica que en tal experimento del siglo XX no tomó en consideración la importancia del individuo (subordinado a la sociedad) y de la sociedad civil, del cúmulo de instituciones autónomas, espontáneas e independientes del Estado y del PC, que resultan el terreno inmediato de la realización humana.

 

No son las instituciones del Estado, del Partido y de las organizaciones oficiosas las que brindan la oportunidad para que el individuo se realice a plenitud como humano. Ellas son las instituciones civiles que desde la Revolución Francesa, el ciudadano introdujo en la sociedad, y que en  el entorno del socialismo real se reveló como un vacío Coliseo, saturado de retórica bombástica y carente de sentido. Las revisiones que afanosamente buscarían Checoslovaquia, Polonia y Yugoslavia, en la década de los sesenta, en la glasnost gorbacheviana y en las reformas chinas de Den Xiaoping, terminaron por aceptar la noción de que, entre el Minotauro estatal y el individuo, tenían que existir instituciones civiles autónomas, algo que ya había sido avizorado por Gramsci.

 

El término sociedad civil es usado con frecuencia para analizar situaciones muy disímiles y en la década de los noventa se enarbolaba como un mantra por los intelectuales, tanto de Occidente democrático como de los países en vías de transición, los cuales veían en la revitalización o el establecimiento de una sociedad civil la panacea para todos los problemas. Pero uno de los problemas básicos del fracaso de la descolonización afro-asiática y de las emergentes transiciones del ex bloque soviético es no haber manejado la sociedad civil en su concepto clásico, puesto que ella no puede funcionar sin una garantía legal de tal derecho. En aquellos lugares en los que no fragua una sociedad civil, por razones de tiempo, de interés o por simple desconocimiento, el resultado es la pervivencia de regímenes despóticos y militaristas, de subdesarrollo económico y social.

 

No existió un ejemplo de país del ex bloque soviético en el cual la sociedad no fuese un desierto cívico lleno de desconfianza y atomización. Por eso llamó la atención que los intelectuales cubanos, un esfera tradicionalmente tímida,  balbuceara su inconformidad a una política policial hacia el sector cultural. En Cuba impera la tensión entre el poder impersonal, anónimo, irresponsable e incontrolable de la “mega-maquinaria” política y económica ante el interés elemental y concreto del individuo. Un conflicto que relaciona directamente con la condición espiritual en que se halla la Cuba contemporánea, en la cual el humano la medida y la fuente de todo el significado, carece de su certeza metafísica, de su experiencia trascendental, de su dimensión humana y confiere el control al poder impersonal hipertrófico.

 

Es la rigidez de una dirigencia que se abrogó el derecho de concentrar en manos del nuevo Estado el poder político y social, así como la potestad sobre el proceso de producción y distribución, porque proclama saberlo todo,  la fusión de todas las decisiones políticas y la propiedad del patrimonio nacional; y ello, no sólo deterioró la economía sino que imposibilitó que los obreros, tecnócratas y campesinos pudiesen actuar por imaginación propia.

 

Esa sumisión de la población, acentuada por una vida económica subsidiada, de un estatismo que ha devorado la autoestima individual y la iniciativa, ha llevado al desencanto con el socialismo y la crisis de sus ideales y objetivos supremos, a que el cubano típico se desinterese de la política, eleve su carga competidora frente a la autoridad del Estado y rechace los procedimientos de representación tradicionales de Partido, Juventud, Administración. Detrás de muchos de los problemas se halla, en suma, una sociedad en la cuál tiene lugar la “cultura del compromiso”, la escasa propensión que los dirigentes políticos muestran en lo que respecta a tolerar una oposición en sus partidos o coaliciones; la extrema personalización que exhibe a menudo la política por falta de cultura partidaria; la precaria institucionalización de todos los procesos; la inexistencia de la sociedad civil y la preponderancia de arquetipos burocráticos de organización y actuación en el Estado, la economía, la cultura y la sociedad.

 

Pero tal cosa no es función del Estado, ni del Gobierno, ni de partidos, toda esta re-conexión es pertenencia de las instituciones de la sociedad civil, que hoy no constan y que el actual equipo ni se plantea su importancia y desarrollo. Por eso, por mucho esfuerzo que realice la élite que rija los destinos del país tras Fidel Castro, no tendrán lugar reforma económica alguna, avance tecno-científico de significación, recuperación de la educación formal, de la moral y ética, de no edificarse una sociedad civil.

 

Una sociedad civil sana es un prerrequisito importante para el florecimiento de cualquier economía y modelo político para lograr la estabilidad a largo plazo. No importan las estrategias económicas a partir del níquel, del petróleo, del turismo; no interesan las vinculaciones tácticas con China, Rusia, Venezuela, la Unión Europea o incluso con Estados Unidos; no incumben las avalanchas de inversiones y créditos; no importan, incluso, los elevados índices de egresados universitarios; lo esencial, lo decisivo, lo fundamental para el desarrollo de Cuba, para la reforma, para el salto económico y de cualquier tipo, es el sujeto, sus motivaciones y realizaciones… y ellas sólo tienen como escenarios la sociedad civil. Y esa, nuestra única piedra filosofal para que la nación no siga empantanada,  no está en el vocabulario de los reformistas cubanos de intra-muros.

 

Para mantener una sociedad civil autónoma cubana, fuerte y bien organizada, se requiere un individuo viviendo en la verdad, despojado de su doble moral, de su hipocresía pública, negado a aceptar los roles asignados por el Estado como lo único plausible de ser; un ser que pueda afrontar “su” negociación con el Estado-Partido. Puesto que, en términos prácticos, la independencia individual no sólo reside en sustraerse de la doble vida, sino en la facultad de maniobrar en un marco de instituciones autónomas e imparciales. La libertad civil no es un regalo, sino un derecho intrínseco, por eso, las condiciones que se han requerido para subsistir en la dimensión del socialismo, han sido justamente las inversas a las aquí formuladas, ha sido sumergirse en una red de actividades “ilegales”.

 

Para el progreso de las entidades administrativas y la economía es ineludible la descentralización de la autoridad central, paralela a la emergencia de la sociedad civil con intereses y opiniones muy definidas. Mientras que el tema de la eficiencia económica, de la reforma sea sólo preocupación de los reformistas dentro del apparat cubano, hasta que no se admita la sociedad civil, siempre se arrastrará un modelo autoritario incapaz de lograr un salto económico. Ya es una regla el concepto de que la creación de riquezas es el resultado de una economía que descansa en la motivación individual, la cual desata las energías y el talento humano.

 

El pueblo cubano no olvida que la tradicional conciencia histórica marxista, nunca se materializó y aspira a que el vacío creado por ese desastre del viejo catecismo ideológico sea ocupado por algo más que un vago nacionalismo o por un llamado a la unidad y la cohesión del Estado-nación.  El pueblo cubano aspira a que, precisamente, se deshaga la fusión del Estado con la Nación, para ocupar los espacios de la sociedad actualmente capturados por entelequias transmisoras oficialistas como la Federación de Mujeres, los Sindicatos oficiales, los Comités de Defensa, etcétera.

 

La legitimidad para ostentar el poder en Cuba ya no la concede una ideología que automáticamente llevaría a Utopía; tal legitimidad no puede descansar en la fuerza, ni en la supuesta misión histórica de una élite iluminada que se ha auto-abrogado la representación de toda la población; tal legitimidad no puede apoyarse en la promesa de un mañana mejor por un sacrificio de ahora. Lo único que puede autenticar a quienes asuman el apparat tras la desaparición de Fidel Castro es la construcción de una sociedad en la cual el individuo (el átomo y no el colectivo) se sienta realizado material y espiritualmente, y eso sólo se logra permitiendo que él mismo, allá en el fondo, cimiente de inmediato su realización en una sociedad civil, autónoma del Estado, independiente del Partido, libre de cualquier credo político, ausente de vigilancia policial.

 

Por eso, la línea continuista está en bancarrota. Por eso el modelo cubano tiene que sustituir la ideologización y la militancia compulsiva por una naciente sociedad civil, que traiga consigo el redescubrimiento del pasado nacional pre-revolucionario. No se puede seguir con un bloque isleño histórica que existe sólo en 1959 y en la Isla; se tiene que reconectar el país, nuevamente con su República y con su nación en Exilio.  No se puede seguir negando a celebridades claves para nuestra nacionalidad como Guillermo Cabrera Infante, Lidia Cabrera, Gastón Baquero, Celia Cruz, Herminio Portell Vilá, Zenaida Manfugáz o Leví Marrero, entre otros; hay que restituir la continuidad cultural con los símbolos, raigambres y mitos nacionales; hay que reactivar las religiones, las sociedades de fraternidad o de cualquier otro tipo, la indagación sobre las “lagunas” históricas, debatir los derechos individuales, civiles, humanos.

 

El país no puede mantener a sus ciudadanos sumergidos en un contexto social en el cual la propiedad personal, en última instancia, pertenece al gobierno, como supuesto representante de toda la nación. Por eso, es impensable que el pasado colectivista pueda ser flexible y adaptable a las jóvenes generaciones, que buscan un horizonte más allá de lo que puede ofrecerle el Estado.

 

La discusión libre no debe ser hostigada ni castigada constantemente por la policía. Sería una negligencia imperdonable, de la nueva élite, de prohibir la presencia de otros sectores sociales donde se agrupen, precisamente, los más desvalidos y carentes de representación. El Estado y el Gobierno cubano tendrían que dar sus respuestas a solicitudes muy concretas de estos sedimentos sociales específicos. La presencia de una sociedad civil desarrollada es esencial para cualquier tipo de sucesión, de evolución, de transición, de revolución. Pero, la actual élite cubana la mira con recelo, no la entiende, la considera un elemento foráneo, perteneciente a un sistema capitalista puro, desconociendo que la misma es una entelequia genérica para todos los modelos sociales. Por eso se niega a solventar los problemas de legalización que arrostran los intentos de inscribir alguna que otra ONG.

 

Los movimientos cívicos pueden ocupar un lugar central en los pasos iniciales del proceso de reforma y cambio que, por lo general, son  poco articulados pese a ser muy amplios. Las organizaciones autónomas ciudadanas son capaces de aunar los esfuerzos de intereses muy dispares, como los de la tecnocracia, la burocracia, la partidocracia,  desde marxistas, comunistas reformistas, social-demócratas, democristianos, pasando por neoliberales, viejos disidentes y ecologistas. Rasgos esenciales de estos movimientos cívicos en Cuba podría ser una flexible estructura organizativa, su actuación a la manera de grupos de presión.

 

La reforma en Cuba va a tener lugar en un contexto de profundas facetas de disgregación interna, arrastrando la actual enorme crisis económica y en una sociedad en la cual el individuo, con bajos índices de cultura cívica, se siente atomizado y desarmado ante las enérgicas instituciones y personalidades que lo rigen. El gobierno cubano no puede seguir interpretando la ley pues ello sólo implica un modelo autoritario que no concede al individuo sus garantías constitucionales y, por tanto, le exime de la realización humana.

 

Es posible la entronización de un poder judicial independiente en modelos sociales, en los cuales la mayor parte de la propiedad esté en manos del Estado. Ya esto ha sucedido en la historia de la humanidad, desde tiempos babilónicos, y nunca ha implicado una contradicción en términos, como lo han tomado los marxistas a partir de Lenin. Se requiere más que una ley, más que una agenda ideológica o una declaración política o un programa de perfeccionamiento empresarial, etcétera, para quebrar el muro mental, entronizar la fe necesaria en los derechos de pertenencia al todo nacional y la voluntad para traducirla en actividades económicas productivas. Por eso, el incremento de las posibilidades es hacer del respeto a los derechos humanos, de los derechos del individuo a integrar sus instituciones autónomas una preocupación pública, y no tenerlo como un tema de Seguridad del Estado.

 

La burocracia estatal, en términos generales, siempre será el sector más conservador y resistente a las innovaciones. La ineficiencia de la administración estatal cubana se agudiza por los bajos salarios de sus empleados públicos, y el consecuente éxodo de técnicos y profesionales del mismo. Por eso, para la consolidación de las reformas sería cardinal el advenimiento de un ejercicio afincado en la sociedad civil, nacional y local, pues a su vez son importantes las transformaciones en la gestión administrativa local.

 

Se necesita un juicioso bosquejo institucional que no suplante la sociedad civil, desempeño que requiere que la élite cubana preste atención no sólo al diseño de sus entidades políticas, sino al de las instituciones sociales, tales como el pluralismo social y la esfera pública. La creación de ONG autónomas formaría una esfera en la cual el individuo podría actuar sin contar con el Estado, en una “nueva evolución” de “polis” paralelas.

 

Hay que reconsiderar la política gubernamental intolerante hacia la sociedad civil. No se puede ver una tragedia en la polémica, ni reaccionar mal ante las críticas, ni refrenar a los críticos advirtiendo el supuesto peligro de que lo disconforme es utilizado por la propaganda enemiga. Hay que permitir los clubes de debates, las asociaciones y los grupos de presión. La Sociedad Civil debe tener la prerrogativa de  utilizar los medios de comunicación como foro para las cuestiones públicas y estatales, descubriendo territorios inéditos, sustituyendo los monólogos por diálogos y los comunicados formales por las entrevistas, conversaciones, mesas redondas y polémicas. Ello desplegaría en todos los niveles debates de los que surgirían nuevas ideas: en el Politburó, el Comité Central, las organizaciones locales del Partido, la comunidad científica y los colectivos de trabajo; minaría viejos hábitos políticos y erigiría un puente con el ala liberal y reformista de la nomenclatura y de la intelligentsia.

 

La capa directriz tiene que desprenderse de su antropocentrismo arrogante, de que todo lo puede conocer y controlar, factor que tiene causas intelectuales y culturales complejas de nuestra historia específica. No entiende que existe un cisma entre el Estado y la dimensión humana, que el cubano individual rechaza su papel de tuerca sin sentido y lucha por recuperar de nuevo su específica personalidad, por romper su estereotipos de “productor”, de rebaño manipulable y estandarizado.

 

Atrapado entre la necesidad de cambios y el recelo por las reformas, los dirigentes actuales se hallan confusos y no saben, aunque crean que lo saben, hacia dónde ir y menos cómo llegar. Ha llegado el momento de plantear la cuestión de la relación del poder con el individuo de manera clara y decidida. No se llamen al engaño, la población no ha depositado sus expectativas en el Estado, en el supuesto igualitarismo o en la asistencia social y demás, sino en su capacidad individual para resolver los problemas que le plantea la vida diaria. Por eso, el rumbo del futuro cubano tiene que pactarse entre el Estado y la Sociedad Civil, o seguir el inexorable deslizamiento hacia el Neolítico.