Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

LA GEOESTRATEGIA MUNDIAL - 4

 

EL PODER NUCLEAR SOVIÉTICO

 

El desarrollo del arma atómica, su doctrina de guerra y estructuración, el carácter profundamente excesivo de las fuerzas estratégicas que las manipulan y los sistemas que las acarrean, así como las posibles catastróficas consecuencias de su uso han sido los elementos más decisivos, y paradójicamente menos considerados, para todo el pensamiento político, posiciones ideológicas y crisis internacionales de las superpotencias a partir de Eisenhower y Nikita Jruschov. Mucho más que del comunismo, del fundamentalismo, del terrorismo, de las dictaduras, del totalitarismo, del capitalismo o la democracia, a partir de la guerra de Corea hasta la actualidad, la arena política internacional ha estado prisionera del arma atómica. 

 

El avance científico y técnico incomparable que se escenifica desde la II Guerra Mundial está en relación directa con el predominio que desde ese momento ejercería Estados Unidos en las finanzas, la tecnología, la ciencia y el campo militar, adquiriendo de golpe el liderazgo del mundo occidental; pero a la larga, sería la Unión Soviética quien mantendría la paridad militar con Estados Unidos, y en el orden económico, fueron Japón y la Europa occidental quienes le disputaron el monopolio técnico y comercial del planeta.

 

Para fines de la II Guerra Mundial los Estados Unidos eran la única gran economía que había salido del conflicto intacta y en pleno desarrollo, al punto que representaría la mitad de la producción mundial. Cuatro décadas después, con Ronald Reagan, Estados Unidos representaba el 22 % de la economía mundial. Pero esto no es debido a una crisis en la economía norteamericana, sino a la recuperación de las economías europeas y el ascenso asiático.

 

En la posguerra dos nuevos elementos influirían decisivamente en los dictámenes de política exterior: la información producto del espionaje y la integración de las comunicaciones. La sociedad mundial, a partir de la II Guerra Mundial, se transformó virtualmente en un único mercado, en una sola economía, en una interconectada megalópolis con sus periferias, donde resulta imposible el ocultar un desastre o una acción violenta, y donde el conocimiento instantáneo de un hecho en cualquiera de sus rincones repercute con fuerza en sus centros de decisión.

 

Occidente sale de la II Guerra Mundial evaluando a los soviéticos sólo en el terreno militar ante una confrontación directa, sin una estrategia viable ante los objetivos soviéticos de expandir el comunismo en el mundo en una combinación de propaganda, espionaje, desinformación y guerra revolucionaria. Tanto Eisenhower como Dulles consideraban que la decisión norteamericana de usar la bomba ante cualquier crisis con los soviéticos incrementaba las posibilidades de un arreglo. Ambos hicieron patentes que no excluían su uso de las llamadas guerras limitadas. 

 

Ante la oportunidad de proyectarse como poder hegemónico en la arena internacional, Estados Unidos asumió un papel intermedio, ambivalente, el de la doctrina de la “contención” del comunismo, de George F. Kennan , politólogo que escribió en 1946 “The Sources of Soviet Conduct”, base teórica de su propuesta estratégica en la política internacional de los Estados Unidos, y que implicaba el reclutamiento, subsidio y apoyo de un heterogéneo grupo de naciones, muchas de ellas clientes y dependientes.

 

Por la otra parte, el período de Stalin no fue enteramente de enclaustramiento doméstico; durante la II Guerra Mundial, el Kremlin tomó ventaja de la candidez política del equipo de Roosevelt y la desmovilización militar de Estados Unidos tras la guerra y las incongruencias de la contención de George Kennan.

 

Stalin, y más tarde la jerarquía soviética pos-estalinista, heredaron y desarrollaron el enunciado marxista de que proveer de logística, propaganda, técnica, asistencia política y unidades militares, tanto a estados como a movimientos político-revolucionarios apuraría el derrumbe colonial y neocolonial, precipitando el fin del capitalismo.

 

La posguerra y la descolonización propinaron un mentís a los postulados del marxismo soviético. Las tesis de Marx sobre la crisis del capitalismo no se confirmaron en una época controlada por los imperialismos. Desde los años 20, la Unión Soviética trató de precipitar este proceso contra los imperios coloniales europeos, fundamentalmente con su política de apoyo a la revolución China.

 

Los acuerdos de Yalta dejaron un mundo de posguerra definido en Europa, pero abierto a cambios en el universo afro asiático. Jruschov inició su ofensiva hacia el Tercer Mundo, idea que no había sido valorizada por un Stalin decepcionado por su fracaso con el Kuomintang. Bajo este síndrome euro centrista, los soviéticos desarrollaron su política exterior; así, se precipitó de inmediato hacia China, hacia la Península de Corea, la India, Indonesia; hacia países africanos como Egipto, Ghana, Guinea, Mali, etc. Los soviéticos también apoyaron la constitución del Estado de Israel, con el propósito de expulsar del Mediterráneo Oriental a los ingleses. Al expandirse hacia el Báltico, los Balcanes y Europa Central, el Kremlin buscaba afanosamente cortar las yugulares coloniales de Europa.  Moscú propició a Mao Tse Tung una maquinaria bélica que dio al traste con las huestes de Chiang Kai Shek, ante un Occidente paralizado por la doctrina de la "contención" de Kennan. Por otro lado, la asistencia militar soviética, en especial la artillería pesada, determinó la victoria militar vietnamita en la batalla de Dien Bien Phu en 1954.

 

Los politólogos norteamericanos de posguerra rechazaron la noción de que los soviéticos creían en una victoria final del comunismo en el globo terráqueo. Las administraciones de Truman y Eisenhower, no vislumbraron las consideraciones geoestratégicas que presentaban los soviéticos. Coyuntura que el Kremlin aprovecharía al máximo, desarrollando una ofensiva evidenciada en las posiciones de Jruschov, quien visitó la India en 1955 y comenzó a fortalecer al ejército egipcio, a la vez que asumía una postura frontal frente a Inglaterra, Francia e Israel ante la invasión de Suez en 1956.

 

Los iniciales ensayos atómicos soviéticos y el principio de guerra de Corea provocaron una histeria en los aliados occidentales que se tradujo en el rearme, la formación de la OTAN y exorbitantes desembolsos de guerra en los Estados Unidos, que en 1953 llegaron al 15 % de su PNB. La reacción de Occidente, bajo la inspiración de John Foster Dulles, en las regiones extra europeas fue la de establecer alianzas defensivas y pactos de seguridad, "pequeñas OTAN, pero que a la postre probaron su debilidad, como la SEATO, el Pacto de Bagdad, la CENTO y el Pacto de ANZUS.

 

Al mismo tiempo, la vacilación norteamericana ante las sublevaciones en la Alemania Oriental, en 1953, y la insurrección húngara de 1956 y su posterior aplastamiento por los tanques de Moscú, dejaron abierto el camino para mayores presiones procedentes de la Unión Soviética, que se manifestaron en la fuerte retórica a favor del nacionalismo árabe que pasaría a ser centro de la política exterior del Kremlin, proyección que se generalizaría con la descolonización afroasiática y la revolución cubana de 1959. Si bien este esquema ambicioso no pudo cristalizar en una presencia militar durante la crisis congolesa de 1960 y la lucha armada del Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia, sin embargo, la crisis del muro de Berlín en 1961 llenó de consternación a las potencias de la OTAN.

 

VIETNAM Y CHINA

 

En Indochina, el plan de campaña militar del general francés Henri Navarre, contra la insurgencia comunista, iniciado en 1952 se había estancado; en febrero de 1954 el gobierno galo se hallaba presionado por hallar una solución antes de que se efectuara la próxima conferencia de los grandes poderes programada para Ginebra en abril. La ofensiva vietnamita, sostenida por Pekín y Moscú, para dominar todo el sudeste asiático hacía peligrar los intereses de Estados Unidos en el área; si bien éste desde hacía más de un año financiaba los ejércitos franceses en Indochina, Eisenhower había rechazado la sugerencia de su Estado Mayor de enviar unidades para apoyar a los franceses.

 

El esfuerzo francés ante la insurgencia comunista en Vietnam hizo crisis en marzo de 1954 cuando la guarnición de Dien-Bien-Phu fue cercada. El ataque produjo alarma en los medios militares de Washington; el general Radford, jefe del EM, se sumó a la solicitud de su contraparte francesa, el general Paul Ely y del premier Joseph Laniel, para solicitar el apoyo aéreo norteamericano con vistas a romper el cerco. El general Radford incluso propuso el uso de tres pequeñas bombas atómicas de orden táctico para cortar la logística vietnamita y liquidar sus principales unidades. Incluso, Dulles comunicó al canciller galo, Georges Bidault de que se propiciarían bombas atómicas a los franceses.

 

Aunque finalmente Eisenhower declinó una posible acción nuclear en Dien-Bien-Phu y expresó que para una potencial acción naval y aérea se debía contar con el favor de Inglaterra; y que Francia, por otro lado, debía asegurar luego la independencia a Vietnam, Laos y Cambodia. Pero, los jefes de gabinete inglés, Winston Churchill y Anthony Eden, envueltos en la descolonización de la India, no se hallaban interesados en apuntalar la presencia colonial francesa de Indochina; París, por su parte, sólo consintió en una independencia a medias, dentro de la Mancomunidad Francesa.

 

Tras desvanecerse la posibilidad del apoyo norteamericano y caer en manos comunistas la fortaleza de Dien-Bien-Phu, la asistencia militar soviética, en especial la artillería pesada, determinó la victoria vietnamita, a lo que siguió una amplia cobertura política y de propaganda internacional que prácticamente obligó a la retirada Indochina de Francia. El nuevo premier Pierre Mendes-France concluyó en julio un acuerdo estableciendo la partición del Vietnam y creando las premisas geopolíticas que posteriormente propiciarían la intervención directa norteamericana.

 

El gobierno francés de Guy Mollet había experimentado la humillación de perder su imperio colonial, aceptando también la afrenta de tener que obedecer a los norteamericanos y suspender el asalto a Suez en 1956 ante la bravuconada del soviético Nikolai Bulganin de utilizar sus cohetes nucleares; además de ello, se enfrentaba a la política norteamericana del rearme alemán y la consolidación nuclear británica, sus dos viejos enemigos. 

 

En septiembre de 1958, el general Charles de Gaulle (foto) envió una nota a los mandatarios anglo-norteamericanos proponiendo una alianza de los tres poderes occidentales para asumir de conjunto las decisiones que afectasen la seguridad global y establecer planes para acciones militares estratégicas, en especial referente al arma atómica. Pero el rechazo de Macmillan y de Eisenhower a tal memorándum convenció a De Gaulle de que la defensa de Francia tenía que depender de sus propios recursos bélicos.

 

En París era creencia de que a partir de Yalta, donde se excluyó a los franceses, los Estados Unidos y Gran Bretaña habían fallado en la defensa de los intereses europeos; el general De Gaulle calificaría como antieuropea la decisión británica de aliarse atómicamente con Estados Unidos. La negativa de Washington de apoyarles a fondo en Dien-Bien-Phu, el choque sostenido durante la crisis de Suez, la hostilidad norteamericana ante la China comunista a diferencia de la moderada posición francesa, unido a la sobre-reacción de Eisenhower en las crisis del Líbano y del estrecho de la Formosa en 1958 marcaron el inicio de un largo período de fricción entre ambos poderes.

 

Al ser excluidos para la toma de decisiones estratégicas aliadas, en la cual sería blanco de los cohetes soviéticos, los franceses establecieron entonces un comando militar independiente a la OTAN, rechazando la exigencia de la Casa Blanca de emplazar en su suelo  cohetes nucleares controlados por los norteamericanos. No fue sólo la exclusión francesa al más alto nivel de decisión política mundial lo que primó sino, sobre todo, el hecho de que los Estados Unidos se negaron también a incluirles en el club atómico al no transferirles secretos vitales para el logro de su armamento nuclear, forzándolos a desarrollarlo por sí mismos a un costo elevado.

 

En febrero de 1960, ante el asombro anglosajón, Francia, buscando restituir su maltrecho orgullo nacional, explotaba en pleno desierto del Sahara su bomba nuclear, rompiendo el aislamiento en que los aliados la habían mantenido hasta el momento, y transformándose en el cuarto país en poseer armamento atómico, detrás de Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña, retomando así su truncada tradición de preguerra en esa área y enfrentándose al poder hegemónico norteamericano en Occidente.

 

La Alemania de Konrad Adenauer (a la derecha en la foto con Charles de Gaulle) se mostró inquieta ante esta movida que ubicaba a una Francia, con una fuerza de contención atómica propia, en una posición política preponderante en los asuntos europeos. La idea norteamericana del rearme convencional alemán se llevaba a efectos, aunque con la oposición soviética y el resquemor francés; pero, el diseño norteamericano de propiciar el desarrollo nuclear nacional germano sí contó con la negativa de casi toda la Europa Occidental.

 

Nelson Rockefeller, en su rol de asistente principal del presidente Eisenhower citó en mayo de 1955, en Quántico, Virginia, a una conferencia de expertos la cual expresó que la constatación del incremento del potencial bélico norteamericano a todos los niveles, tanto convencional como nuclear, era de tal magnitud que de no lograrse un acuerdo internacional que pusiera un alto al rearme, Estados Unidos tendría que lanzarse a un voluminoso programa armamentista. 

 

MAO ENTRA EN EL JUEGO

 

Tras la muerte de Stalin, el presidente Mao se consideró como la figura central del comunismo internacional, y expresó el deber de China de asumir la ofensiva contra el imperialismo. Entre 1954-1955 la administración Eisenhower encararía una crisis internacional con los intentos de la China comunista de hacerse por la fuerza de las islas Quemoy y Matsú, a tiro de artillería de distancia del territorio continental, como primer paso para una posterior invasión a Taiwan. Frente a Quemoy y Matsú, la dirección pequinesa construía un aeródromo. El 10 de enero de 1954 un centenar de aviones de China comunista se abalanzaron contra Tachen, un pequeño grupo de isletas más hacia el norte. Una semana después la isla de Ichiang, aún más al norte, fue invadida por 4,000 soldados de Mao.

 

Tanto Eisenhower como Dulles consideraron que un asalto comunista a toda escala, contra Quemoy y Matsú no podía ser enfrentado por la guarnición local y necesitaría para su rechazo el uso de las llamadas bombas atómicas tácticas. Esta posibilidad filtrada hacia Pekín detuvo la proyectada invasión. Fue precisamente con la crisis de Quemoy y Matsú, en enero de 1955, que la dirigencia comunista China asumió la decisión de iniciar un programa de armamento nuclear con la asistencia soviética. En octubre de 1957 tuvo lugar un acuerdo por el cual Moscú concedía los medios para la construcción de una pequeña bomba atómica, iniciándose también la filosofía china del decaimiento del imperialismo, pues se esperaba que el logro de la superioridad nuclear soviética propiciaría una victoria mundial rápida del socialismo.

 

Para 1958 vuelve a estallar nuevamente el conflicto sobre Quemoy y Matsú mientras China comunista concentraba en las costas una nube de unidades militares. La administración norteamericana determinó enviar piezas de artillería "howitzer", capaces de disparar pequeñas ojivas atómicas, y ensambló en el Estrecho de Formosa la más poderosa fuerza aeronaval de su historia, con portaaviones y destructores, muchos de ellos con armamento nuclear.   

 

Jruschov acusó a Eisenhower de chantaje atómico mientras se desentendía de la crisis, a la par que el premier chino Chou-En-Lai, convencido que su país se hallaría sin el apoyo soviético ante Washington, reafirmaba la intención por una negociación de paz. El error de Mao fue considerar que la Unión Soviética correría el riesgo de una guerra nuclear por su país. 

 

LA TENSION NUCLEAR

 

Jruschov ensambló una vasta asistencia técnica y militar a la India, Egipto, Corea del Norte, China y luego Cuba, pero realmente alcanzó su momento político cumbre al establecer "de facto" la división europea erigiendo el muro de Berlín, aunque, en el caso de China, su negativa de continuar ayudando al desarrollo nuclear pequinés determinó la irritación de Mao y la posterior escisión entre los dos gigantes totalitarios. Sería precisamente este desacuerdo nuclear el primer punto de fricción chino-soviético.

 

En el bloque comunista, además de la Unión Soviética, China emergería como potencia atómica. Por su parte, los países no comunistas se escindieron entre aquellos que lograron la construcción de armas nucleares, como Gran Bretaña, Francia e Israel; y aquellos que, poseyendo los medios, prescindieron de las mismas, como Canadá, Alemania Occidental, Japón e Italia. Otro grupo, bastante heterogéneo por demás, ha estado ambicionando construir la superbomba -y en algunos casos lo han logrado- como Pakistán, Argentina, Brasil, Irán, India, Libia y Corea del Norte.

 

La administración Eisenhower nunca favoreció la búsqueda de una moratoria a las pruebas nucleares. El primer líder político que solicitó poner fin a las explosiones atómicas fue el premier indio Jawaharlal Nehru (foto), a raíz de la alarma mundial provocada por la detonación norteamericana de quince megatones en el atolón de Bikini, en marzo de 1954, que causó la muerte de 23 pescadores japoneses.

 

En Estados Unidos el primero en seguir a Nehru sería el político Adlai Stevenson quien en su campaña presidencial de 1956 expresó que las pruebas nucleares de multimegatones no sólo eran innecesarias sino que resultaban peligrosas. En lo adelante, la presión internacional por detener las pruebas nucleares se acrecentaría. Para 1957, después de terminar con su ronda de pruebas nucleares, los soviéticos anunciaron que ponían un alto a sus pruebas y desplegaron una campaña internacional de gran impacto para que Estados Unidos no iniciase su ciclo de pruebas.

 

Tanto los soviéticos como los norteamericanos desdeñaron arribar a cualquier tipo de acuerdo de control y prefirieron embarcarse en la búsqueda de la ventaja nuclear que podía transformarse en presión política, donde el "lado débil" cedería al "poderoso". Pero, con posterioridad se probó que cualquier ganancia cuantitativa entre los superpoderes atómicos era marginal, ya que de la catástrofe no se podía obtener una victoria.

 

Desde el punto de vista de la competencia de superpoderes, la propuesta soviética resultaba perjudicial a la estructuración atómica norteamericana; pero, para la comunidad internacional no importaba quién paraba primero las pruebas. En abril de 1958, Eisenhower reaccionó proponiendo la eliminación de las pruebas atmosféricas, y planteando que era posible detenerlas totalmente si se implementaba un mecanismo de verificación. La respuesta de Jruschov fue rechazar la eliminación de las pruebas atómicas en la atmósfera y proponer la eliminación de todas las pruebas.

 

Esta discusión tenía lugar en los preámbulos de la Conferencia de los 4 Grandes (Estados Unidos, Inglaterra, Francia y la Unión Soviética) en París, que se malogró debido a que Moscú utilizó el incidente del avión espía norteamericano U-2, derribado en territorio soviético, para desacreditar al Presidente norteamericano.

 

EL SPUTNIK

 

Entre 1957 y 1961 existía la impresión de que los soviéticos se hallaban a la cabeza de la cohetería de largo alcance, debido a que el 4 de octubre de 1957 pusieron en órbita el primer satélite artificial -"Sputnik"- que electrificó al mundo, a lo que siguió el lanzamiento de otros satélites más voluminosos. Resultaba inconcebible que la URSS, con una base tecnoindustrial inferior se hubiese adelantado a los Estados Unidos en un área tan sensible, y por otro lado era preocupante puesto que ello significaba la posesión de un poderoso arsenal de cohetes balísticos.

 

El pánico cundió en el Comando Estratégico Aéreo, cuyas bases se hallaban desprovistas de protección. A todas luces, la inteligencia occidental se mostró incapaz de predecir la velocidad con que la Unión Soviética desarrolló las armas nucleares y luego el de una cohetería de largo alcance capaz de portar fuera de la atmósfera satélites artificiales. Lo que se sobreestimaba era la capacidad del sistema centralizado soviético en concentrar enormes recursos materiales y humanos en la consecución de un objetivo específico.

 

A medidas que crecía el arsenal atómico soviético, la administración Eisenhower expandió su producción de bombas nucleares tácticas. Pese a que la Unión Soviética disponía de pocos bombarderos y su cohetería se hallaba sin emplazar, la ventaja norteamericana radicaba en sus bombarderos de largo alcance en permanente estado de alerta que posibilitaba actuar en caso de sorpresa.

 

Sería otro científico húngaro exilado el que cambiaría los sistemas de ataque norteamericano para el arma atómica y con ella toda la doctrina militar: el matemático John von Neumann quien desarrollaría todo el sistema coheteril intercontinental para las ojivas nucleares estadounidenses. De inmediato se introdujeron cuatro tipos de cohetes: dos de alcance intermedio de 1,500 millas náuticas apropiados para los buques de guerra, el Thor y el Júpiter, y otros dos de largo alcance, el Atlas y el Titán, capaces de lograr 5,500 millas desde emplazamientos terrestres.

 

Con posterioridad, el almirante Arleigh Burke, de la Marina de Guerra, ordenaría el desarrollo de su propio programa balístico, con la construcción de los poderosos Polaris para la flota de submarinos, que se transformaría en una invulnerable contención. Con la ayuda del científico húngaro Teller, la marina construiría una pequeña ojiva nuclear de un megatón de combustible sólido. La preeminencia de las fuerzas aéreas de LeMay tocaba a su fin.

 

Todavía asombra en tan corto tiempo esta evolución de bombas atómicas (A) y de hidrógeno (H), de superfortalezas a reacción como el B-52, de cohetes tácticos e intercontinentales, como el Thor, Júpiter, Atlas, Titán, Polaris, Minuteman; de aeroplanos de espionaje como el U-2, de submarinos capaces de portar los cohetes Polaris, como el "George Washington", de satélites espías. Fue precisamente este programa militar lo que empujó el desarrollo de la energía atómica, la cohetería, los aviones a reacción, la computación y la era espacial.

 

Aún hoy día la estructura para la estrategia de los armamentos nucleares conformada por los presidentes Eisenhower y John F. Kennedy se mantiene vigente; ambos dieron forma a tres tipos de sistemas estratégicos: la flota aérea, la flota submarina y las baterías emplazadas en territorio; a ellas se sumará una diversa variedad de armas nucleares tácticas de poco alcance y de uso impreciso. Para cuando Eisenhower culmina su período presidencial, el inventario norteamericano se expandió en sus sistemas de armamentos, en la modernización de sus fuerzas de bombardeo del Comando Aéreo Estratégico con los famosos B-52 de largo alcance y un millar de B-47 de alcance intermedio, y en sus ojivas nucleares que se elevaron a unos 20,000 megatones. 

 

En diciembre de 1960, todas estas fuerzas, así como los cohetes Polaris se pusieron bajo el mando unificado del Plan Operacional Único Integrado. Este esquema del ataque de prevención, que tenía en LeMay a su principal abanderado, obligaba a los Estados Unidos a propinar, ante la más leve amenaza de ataque soviético, un primer golpe atómico sorpresivo sobre la Unión Soviética, que aniquilase su capacidad bélica, particularmente la del área estratégica nuclear. Es decir, bajo esta doctrina, abrazada por los militares, especialmente de la fuerza aérea, se pensaba que era posible la "victoria" en una guerra atómica.

 

A pesar de que existían criterios de buscar una solución para no tener que atacar sorpresivamente a los soviéticos, hasta el fin de Eisenhower, tanto la Unión Soviética como Estados Unidos se hallaban atrapados en el dilema de tener que ser el primero en descargar su poderío atómico para aniquilar el contrario antes de verse sorprendidos. Así, cualquier crisis internacional podía escalar con rapidez a una guerra atómica, ante el "nerviosismo" de cualquiera de los dos superpoderes.

 

Pese al criterio de la comunidad de inteligencia norteamericana, en especial los estimados de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que suponían la existencia de 200 misiles soviéticos intercontinentales (ICBM) y los alegatos del general Thomas Power, jefe del SAC, de que la Unión Soviética disponía de la capacidad para descargar un ataque de cohetería capaz de destruir en 30 minutos la infraestructura atómica norteamericana, para 1960-1961, los vuelos de espionaje del U-2 y los satélites de reconocimiento no habían logrado localizar las rampas de ICBM. Así se evidenció de que no existía inferioridad balística y que los Estados Unidos tenían una clara ventaja en cohetes estratégicos de tierra y mar.   Los soviéticos, por su parte, se alarmaron con los satélites norteamericanos a los que consideraban capaces de portar armas nucleares.

 

LA RESPUESTA FLEXIBLE NORTEAMERICANA

 

El plan de guerra atómica que el presidente Kennedy hereda fue el diseñado por el general Curtis LeMay, y aprobado a regañadientes por Eisenhower, el cual contemplaba un sorpresivo ataque directo masivo contra la Unión Soviética, Europa Oriental y China, utilizando miles de megatones contra objetivos militares y ciudades. Existían además alrededor de 10,000 cohetes atómicos de corto alcance y poder, emplazados en las tres ramas del ejército, las cuales se hallaban bajo mandos intermedios, por lo que resultaban de gran preocupación. Se consideraba que era imposible ensamblar una fuerza de contraataque nuclear, que efectivamente hiciera desistir a los soviéticos a tomar la iniciativa del primer golpe.

 

Ya en 1956, el jefe del Estado Mayor norteamericano, el general Maxwell Taylor, se había opuesto a la teoría de la represalia masiva, desarrollando el concepto que luego se llamó el de la "respuesta flexible". Kennedy recogió estas ideas y proclamó en su mensaje presidencial al Congreso, en marzo de 1962, que la acción diplomática y militar ya no eran dos alternativas que se excluían mutuamente, imperando una cuando la otra fallaba, sino que ambas debían complementarse. De acuerdo a este principio, el nuevo presidente abría el abanico en la escalada de presiones, desde la diplomática hasta la nuclear, táctica o estratégica, pasando por la convencional.

 

 pesar de la vigorosa protesta de los generales Power y LeMay, para los cuales la Unión Soviética estaba en disposición de encarar las decenas de millones de víctimas de un conflicto nuclear con el fin de lograr la victoria, haciendo imposible el funcionamiento de la contención a partir de una segunda fuerza independiente atómica, el presidente John F. Kennedy y su Secretario de Guerra, Robert McNamara (foto, junto al presidente Kennedy), desmantelaron el temible mando atómico único del SAC, construido por el guerrerista general LeMay, conformando la famosa "triada", o estrategia de tres ramas independientes, derivada de la estructura Eisenhower, con 656 cohetes "Polaris" en submarinos, ahora bajo la jurisdicción del almirantazgo, alrededor de 1,000 cohetes intercontinentales "Minuteman" a cargo del ejército y los 500 bombarderos estratégicos "B-52" en el Comando Aéreo Estratégico. 

 

Si bien el período Kennedy presenció una reducción en el total de megatones del arsenal nuclear a 9,400, es decir, un 50 por ciento, sin embargo la fuerza aérea reemplazó cada bomba de 15-20 megatones por cuatro bombas de un megatón, haciendo a los bombarderos estratégicos mucho más devastadores, ya que el poder de destrucción descansa más en el número de bombas que en su total de megatones.

 

Con este esquema los Estados Unidos ya no estaban obligados a encarar el impredecible riesgo de un ataque nuclear sorpresivo, y de mantener la misma estrategia de propinar el primer golpe atómico, sino que le posibilitaba disponer de una reserva atómica de contraataque, para aniquilar varias veces a la Unión Soviética, en el aire con los bombarderos B-52 y en las profundidades oceánicas con los submarinos Polaris, si los soviéticos lanzaban un ataque sorpresivo sobre las instalaciones de cohetes en suelo norteamericano. A esto se llamó la fuerza de disuasión, el aniquilamiento mutuo y el balance del terror, que sería el sostén de la política militar norteamericana hasta bien adentrada la década de los ochenta.

 

En los inicios de la década del sesenta, Estados Unidos llega al clímax de su preeminencia tecnofinanciera y militar por sobre el resto de los estados de su época, pero, sin un sistema de pensamiento teórico, filosófico e incluso ideológico, sin un sistema de valores ideo-teóricos, que sostuviese la razón de ser de tal poderío, que sustentase y racionalizase su preeminencia mundial, a no ser el vago pragmatismo de la "defensa Occidental" ante la Unión Soviética.

 

La administración Kennedy siguió el rumbo establecido por Eisenhower de la persuasión bipolar, obviando la existencia de una capacidad nuclear adicional en Francia e Inglaterra. La decisión de Kennedy de suspender la producción de los cohetes "Skybolt", eje del poder nuclear británico, significó un golpe devastador para Londres, el cual tuvo que aceptar la adquisición de los misiles Polaris. Eran los momentos en que el Departamento de Estado buscaba como primera prioridad una Europa Occidental unida políticamente, bajo la protección de los misiles norteamericanos.

 

A pesar de que los Estados Unidos había vendido varios tanqueros aéreos para los bombarderos atómicos franceses y equipos de computación avanzados, el general De Gaulle, evitando la trampa en que habían caído los ingleses, rechazó la venenosa oferta de Kennedy de sustituir sus cohetes por los Polaris, que lo llevaría a subordinarse a los mandos militares de Washington; y en cuanto a la unidad europea, Francia se opuso a la entrada de Inglaterra al Mercado Común, por considerarla el caballo de Troya del diseño norteamericano de unión continental. Francia, al igual que Inglaterra, se oponía a la idea norteamericana de convertir a Alemania en una poderosa potencia nuclear.

 

Al disponer de una reserva atómica de contraataque capaz de aniquilar varias veces a la URSS, los Estados Unidos ya no estaban obligados a encarar el riesgo de un ataque nuclear sorpresivo o de verse forzados a propinar el primer golpe atómico. Nikita Jruschov, por su parte, inició la carrera por superar económicamente y enterrar al “agonizante” capitalismo. Frente al vasto desarrollo norteamericano de las armas nucleares, los soviéticos lanzarían un enorme programa en armamento convencional.

 

Ante la imponente masa de tanques moscovitas desplegada en Europa, la administración Kennedy, presionada por los generales Maxwell Taylor y James Gavin, determinó elevar el poderío convencional "descuidado" por Eisenhower. Así, visto desde la óptica de la "Guerra Fría" sería la presidencia de Kennedy la que más impulsaría la carrera armamentista.

 

Kennedy reinició las conversaciones para buscar la prohibición de las pruebas nucleares, pero los soviéticos se resistieron y en 1961 inauguraron un nuevo período de pruebas que incluyó una explosión monstruosa de 57 megatones, mientras los franceses continuaban con sus explosiones. Estados Unidos, entonces, se unió al carro de las pruebas.

 

Los soviéticos fabricarían y utilizarían la crisis de Berlín para intentar consolidar su control en Europa Central y forcejear a partir de entonces con el Occidente en el chantaje nuclear, luego de que el lanzamiento del "Sputnik" había hecho un hondo efecto en las cancillerías de las potencias aliadas. En el otoño de 1958 el premier Jruschov buscó la firma de un Tratado de Paz de los aliados con Alemania que remodelara el status de Berlín Occidental, buscando además quebrar la alianza atlántica; ante la negativa occidental los soviéticos determinaron llevar a cabo negociaciones unilaterales con Alemania Oriental para que todo Berlín pasara a su control.

 

Jruschov perseguía el logro de cambios dramáticos en la balanza de fuerzas políticas internacionales, a partir de la diplomacia atómica. La Europa sovietizada estaba sembrada de cohetes dirigidos hacia los países de la OTAN, y se había desencadenado la carrera por los cohetes intercontinentales atómicos. Ante una Europa estupefacta, en agosto de 1961, Jruschov decidió levantar el muro de Berlín, poniendo en crisis las rutas de acceso que llevó a la casi confrontación de tanques soviéticos y norteamericanos el 27 de octubre.

 

Pero, Jruschov no aprendió la lección recibida por Stalin en la primavera de 1949, en su intento de bloquear a Berlín, cuando los B-29 del general LeMay montaron un verdadero puente aéreo desde Inglaterra. Asimismo, Jruschov no contó con la resolución de Kennedy para el cual la entrega de Berlín Occidental a los soviéticos hubiera simbolizado el reconocimiento de la hegemonía soviética para toda Europa. Estados Unidos, determinó elevar sustancialmente sus fuerzas terrestres en territorio alemán, buscando la consolidación de la OTAN y propugnando el rearme de todo el Occidente, incluyendo la Alemania Occidental.

 

A pesar de que la Unión Soviética se esforzaba en proyectar globalmente su marina de guerra en esa época, comenzó a contraerse en el Tercer Mundo ante su desventaja estratégica respecto a los Polaris y Poseidón norteamericanos. El complejo militar soviético aún no apoyaba la intervención en conflictos locales al no disponer de la logística y de una doctrina al respecto; los dirigentes soviéticos no estabán convencidos de utilizar organizaciones políticas no marxistas como fuerza de choque. 

 

La Unión Soviética de posguerra estaba muy limitada para forzar la revolución mundial. Su mentalidad y consideraciones estratégico militares eran primordialmente hacia Europa, el mantenimiento de los acuerdos de Yalta y la expansión ideopolítica a través de agrupaciones y partidos marxistas, mueven su política exterior de forma coyuntural, de acuerdo con sus problemas domésticos y sus relaciones con Estados Unidos.

 

Con el arribo de 100 naciones más en el concierto mundial con la descolonización afroasiática, la comparecencia de armas de destrucción masiva, los cambios tecnológicos y en la composición de las clases y sectores económicos y sociales tiene lugar una mayor interdependencia política y una economía internacional, que pondría al planeta en una encrucijada económica, de valores ideo filosóficos, de crecientes tensiones políticas interestatales y de supervivencia ecológica. La descolonización afroasiática y su transformación posterior en un poder planetario favorecieron la tesis del desplome capitalista pero, esta vez, de la periferia al centro.

 

En 1963, la noción de que Jruschov había perdido la partida de Berlín y la de los cohetes en Cuba ante Kennedy, lleva a que ensaye la propuesta de lograr un tratado que limitase las pruebas nucleares en la atmósfera, el espacio exterior y en el océano. La administración norteamericana respondió favorablemente, buscando a la vez mecanismos de verificación, pero también preocupada por el peligro visible de la emergencia china como potencia atómica.

 

Los soviéticos, por su parte, llevaron a cabo una colosal producción de cohetes atómicos intercontinentales logrando la "paridad" nuclear con Estados Unidos, y poniendo al mundo en mayor riesgo de aniquilación hasta la ascensión de Gorbachov, mientras en el orden económico y técnico Japón y la Europa Occidental lograron también la "paridad" productiva y comercial con los norteamericanos.

 

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