Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

LA GEOESTRATEGIA MUNDIAL

LA GUERRA DE LAS GALAXIAS

 

MUERTES EN EL KREMLIN

 

Entre tanto, la participación soviética dentro de la economía internacional y el desarrollo de su infraestructura productiva se deterioraban visiblemente en los días de la muerte de Leonid Brezhnev, el último de sus secretarios generales que abogaba por el expansionismo territorial. Brezhnev murió cuando la pugna del poder en el Kremlin favorecía al reformista Yuri Andropov, otrora jefe de la policía secreta KGB, quien impondría una actitud más conciliatoria en su relación con el Occidente, inaugurando la práctica de solucionar por la vía de la negociación los conflictos internacionales. Pero la realidad era que Andropov si se hallaba bien informado de su país y del mundo que le rodeaba y no abrigaba ilusiones; sabía que la Unión Soviética era un gigante con pies de barro y que de no reducir drásticamente el enorme costo militar, en poco tiempo se afrontarían escollos insolubles.

 

La muerte prematura de Andropov hizo retornar el control político a los conservadores comunistas con la subida al podio del Kremlin del anciano Konstantín Chernenko (foto); pero, a los pocos meses de su ascenso, se produjo también el deceso de Chernenko. El ciclo Andropov-Chernenko, debía haberse extendido hasta fines del Siglo XX, pero su tan efímera duración propició que se desencadenaran eventos que culminarían con el desmantelamiento del comunismo en Europa del Este y en la propia Unión Soviética.

 

La defunción de Chernenko obligó a una solución definitiva de la lucha de poder que tenía lugar entre las tendencias conservadoras de la vieja guardia y los reformistas. Las ideas de Andropov no habían caído en el vacío tras su muerte; uno de sus delfines, Mijail Gorbachov había sido un buen oyente, y se impuso entre los nuevos aspirantes al poder del Kremlin, como un imperativo político para dar continuidad al imperio soviético.

 

Los líderes occidentales, en especial los norteamericanos, nunca imaginaron que el acto de contrabalancear a los "SS-20" con los "Pershing" y los "Cruceros" sería visto en el Kremlin como un desbalance y una ventaja decisiva para sus enemigos, virtualmente imposible de escalar, que los obligaba a desatar la guerra nuclear al no poderse tolerar la superioridad de uno de los contendientes, o presionar por una verdadera desnuclearización.

 

El recién concluido esfuerzo militar soviético con la base tecnológica de la inmediata posguerra, que se basaba en acumular mayor cantidad de armamentos, por encima de la calidad, de inmediato se tornaría obsoleto con un grupo de armamentos "inteligentes" y armas exóticas que comenzó a construir Estados Unidos. Una agotada Unión Soviética, con una maquinaria industrial envejecida, no podía iniciar una nueva y sostenida carrera armamentista, esta vez más costosa, con nueva tecnología, que necesitaba industrias de alta eficiencia productiva y abundante capital inversionista; y donde el costo de la extracción de materias primas naturales se había encarecido.

 

A partir de la guerra en Afganistán y el inicio de la administración Reagan, la correlación de fuerzas mundiales en el orden económico, tecnológico, militar y político se había inclinado contra los soviéticos de forma definitiva. Este inmovilismo relativo no resultaría un hecho momentáneo; la maquinaria económica y militar soviética había colapsado.

 

A su vez, los poderosos partidos comunistas de Francia, Italia, España y Portugal se debilitaban. Aliados marginales como Libia, Angola y Mozambique enfrentaban intensos problemas. Los enormes esfuerzos bélicos soviéticos y el drenaje de recursos a los miembros del Pacto de Varsovia, a Cuba, Vietnam, Yemen, Irak y Siria imposibilitaron que se volcara con más fuerza hacia Mozambique, Nicaragua y El Salvador. Por otro lado, la situación interna en Polonia se hacía cada vez más crítica, y las reformas de economía mercantil introducidas en China y Hungría cobraban mayor importancia.

 

LA PARIDAD ASIMETRICA

 

El Occidente aceptó a regañadientes su obligación histórica de mantener un balance internacional de poder, asumiendo la responsabilidad que implicaba ser el bloque económico y militar más poderoso del globo terráqueo, desafiado estratégicamente por un enemigo que estructuraba su expansión global. Eso significaba definir sus intereses vitales y rescatar el vapulado principio del balance de poder; el nudo del problema de Occidente residía en definir en qué marcos institucionales e internacionales debía establecer sus prioridades estratégicas y cuando estas estaban siendo amenazadas.

 

El duelo entre los "SS-20" y los "Pershing-II", iniciado a fines de la década del setenta, fue el detonador del desplome final del imperio soviético. Moscú nunca consideró la alarma general que provocaría en  Occidente con el rutinario reemplazo de cohetes de medio alcance por los "SS-20". Y Estados Unidos, que respondieron automáticamente colocando los "Pershing-II" jamás imaginó que los soviéticos no sólo lo tomarían como el mayor peligro nuclear que habían enfrentado en toda la Guerra Fría, sino que se hallarían sin una respuesta adecuada. Así, la partida de ajedrez atómica entraría en un final de peones coheteriles de medio alcance, donde el Kremlin estaba técnicamente perdido. 

 

Además, en marzo de 1983, el presidente Reagan anunció la decisión norteamericana de no aceptar la perspectiva de una vulnerabilidad permanente de total destrucción, y por lo tanto, la decisión de defender el país de la amenaza atómica soviética construyendo una compleja defensa anticoheteril desde el espacio, al costo inicial de 26 billones de dólares, lo que se llamó la "Iniciativa de Defensa Estratégica", y más corrientemente la Guerra de las Galaxias.

 

La defensa espacial de Reagan tendía a liquidar la insana estrategia de destrucción mutua que había mantenido un peligroso balance durante cuatro décadas, y resultó el resorte fundamental para que los soviéticos retornaran a la mesa de negociación sobre control de armamento, como la única posibilidad de detener el programa de defensa estratégica que había sacudido los cimientos del Kremlin, convencidos de la capacidad tecnocientífica norteamericana; en palabras de Yuri Andropov, entonces primer secretario del PCUS, los Estados Unidos estaban en el proceso de asegurarse las defensas necesarias para propinar un primer golpe nuclear.

 

La carrera armamentista condujo a una pugna tecnológica, donde la capacidad industrial y científica de los Estados Unidos hizo polvo los sueños moscovitas de obtener la supremacía militar mundial. Aparecieron los submarinos atómicos "Trident", y la era de la computación. En las decisiones de los políticos occidentales se hallaba la noción de que no importase la situación siempre podían, mediante sus recursos tecnológicos más avanzados, balancear y sobreexceder a la Unión Soviética. Este era el concepto de la "Guerra de las Galaxias".

 

El proyecto de defensa estratégica consideraba un sistema defensivo montado en multitud de sistemas, que como intento inicial aseguraría la inmunidad de la cohetería intercontinental. La Iniciativa de Defensa Estratégica significaba para Moscú que Estados Unidos, con todo su potencial técnico-económico y un numeroso colectivo de científicos e ingenieros, estaba trabajando en diversas tecnologías que iban a hacer obsoleta e inefectiva su recién concluida descomunal inversión en la costosísima cohetería intercontinental atómica, iniciada durante la década de los sesenta, y para lo cual habían sacrificado el desarrollo económico y los niveles de vida de toda una generación soviética.     

 

Los soviéticos tenían antecedentes de exitosos esfuerzos similares anteriores por parte de Estados Unidos, como el "Proyecto Manhattan", que gestó la bomba atómica, y el programa espacial a la Luna. Un elemento, también, se unía al temor moscovita: el hecho de que Estados Unidos se hallaban a la cabeza de los países del planeta en la tecnología de superordenadores, especialmente en el área de computadoras de quinta generación.

 

Les preocupaban de la misma manera las derivaciones que en las ramas de la economía civil y espacial iban a tener los éxitos científicos del programa, sobre todo en la nano-tecnología, la electrónica avanzada, la ingeniería de alta tolerancia y demás. Y, en especial, los soviéticos se hallaban inquietos ante la eventualidad de que Estados Unidos pudiese llevar con rapidez, a capacidad operacional, este proyecto de defensa estratégica. Además, después de instalado en el espacio este escudo antiatómico, Estados Unidos, en caso de crisis, estaba en capacidad de propinar, sin el menor riesgo, un golpe atómico aniquilador sobre el territorio soviético.

 

La "intelligentzia" política y militar soviética no compartía el criterio de sus colegas occidentales los cuales exponían que se había llegado a una "paridad asimétrica", donde supuestamente el número de soldados, su rodillo de 52,000 tanques y sus 36,000 piezas de artillería en suelo europeo compensaban el rearme occidental. El Kremlin había concluido que se había perdido de una vez por toda el balance estratégico nuclear, y con ello cualquier tipo de "paridad", agravado por el hecho de que el país no disponía de los recursos económicos ni tecnológicos para enfrentar este nuevo reto norteamericano.

 

La Iniciativa de Defensa Estratégica no fue recibida en los círculos militares soviéticos como una simple escalada de la carrera armamentista, sino como el inicio de la experimentación de armas de nuevo patrón, basadas en principios físicos inexplorados. Con la introducción de novísimas armas coheteriles al arsenal norteamericano y con el programa de defensa estratégica, los soviéticos pensaron que no les quedaría ni siquiera el recurso de un ataque sorpresivo masivo de saturación atómica, y percibieron la instalación de los altamente precisos cohetes Pershing y los Cruceros norteamericanos, a 10 ó 12 minutos de la Unión Soviética, como una opción que concedía a Washington la posibilidad de lanzar un primer golpe nuclear, que aunque limitado resultaría decisivo. Los "SS-20" soviéticos no disponían de esta extraordinaria precisión y velocidad con respecto a sus objetivos europeos. De golpe resultaba obsoleto el costoso programa de defensa antiaérea soviética en el cual habían invertido $500,000 millones desde la II Guerra Mundial.

 

GLADSNOST vs. DEFENSA ESTRATEGICA

 

Estados Unidos sin un claro patrón de respuesta, se mostraba impreciso, vago y nada claro aún incluso con la "doctrina Reagan"; y por su parte, los poderes euro occidentales no resultaban dominantes en la ecuación Este Oeste, y salvo Francia en sus ex colonias africanas, ninguna disponía de un protagonismo exterior. 

 

Realmente, Estados Unidos no había emergido de la Segunda Guerra Mundial con una política exterior coherente que la extrajera totalmente de su aislacionismo histórico. Ante la imposibilidad de alcanzar un consenso nacional para el uso de la fuerza en la consecución de objetivos exteriores, Washington se refugiaría en la sombrilla aislacionista de la disuasión nuclear. La nación norteamericana no lograría entender la importancia e interrelación de la política exterior con sus intereses nacionales, pese a su interdependencia del comercio y la economía internacionales, y a las relaciones financieras, militares y políticas con el resto del mundo.

 

Pero, entonces sobrevino la hecatombe en la Unión Soviética, puesto que la crisis había ubicado en el lugar decisivo al hombre necesario, naciendo la era Gorbachov decidida a no persistir en los errores de la vieja guardia, con impulsos de modernización, y cuya labor se enfiló a desmantelar el costoso aparato militar, salvar la economía y el prestigio, aun al costo de perder el imperio logrado en el siglo.

 

A la hora en que Gorbachov asumía el poder en la Unión Soviética, el programa de "Guerra de las Galaxias" se hallaba en plena experimentación, encausándose el esfuerzo hacia una primera fase de sistemas parciales, con armas de energía directa desconocida hasta el momento y armas de energía cinética. Se había quebrado la noción de que ninguna potencia era capaz de construir un sistema de defensa contra un ataque nuclear.

 

El rol asumido por Gorbachov en la Unión Soviética, se asemeja al del "Zar Liberador", cuyas reformas, por no ser espontáneas, no duraban. Permitió a los disidentes que florecieran dentro de las repúblicas que conformaban la URSS, pero no previno la ola nacionalista ni las demandas de secesión. Aplaudió y en algunos casos empujó la caída de dictaduras en la Europa central y oriental, aunque no pudo anticipar que el resultado sería el colapso del sistema soviético y del Pacto de Varsovia, con la reunificación de Alemania como remate triunfal.

 

LA LLEGADA DE GORBACHOV

 

Gorbachov ascendió al Kremlin convencido que dentro de las realidades de una sociedad internacional competitiva siempre existía el riesgo del retroceso, y si la economía soviética continuaba replegándose terminaría ofreciendo el dramático cuadro de un país con fuerzas armadas de primer mundo y fuerzas productivas de tercer mundo.

 

Cuando asume el poder, en 1985, los precios del crudo caen de 30 a 15 dólares el barril, y los pozos siberianos comienzan a declinar. El Kremlin, inicialmente, sólo atina a redoblar la perforación petrolera, esfuerzo que necesita de una envergadura tecnológica de magnitudes por encima de sus recursos financieros, cada vez más en precario. Al final los soviéticos descubrieron con horror que la crisis energética también podía golpear al socialismo, resurgiendo los problemas estructurales de sus economías y obligándoles a la introducción de nuevos recetarios.

 

Y sería Gorbachov quien llegaría a una nueva decisión en este punto de la carrera nuclear, no por sostener una nueva concepción política o ideológica, sino porque resultaría el mandatario soviético con mayor entendimiento del arma nuclear. El grueso de los gobernantes, politólogos e intelectuales de posguerra nunca comprendieron cómo la extraña realidad internacional se movía al compás de la estrategia nuclear. Para ser elegido, Gorbachov tuvo que derrotar políticamente a rivales de consideración como Grigori Romanov y los mariscales Ogarkov y Akromeyev, que representaban la vieja mentalidad de posguerra.

 

El mundo de la década de los cincuenta se movía al ritmo de las prioridades de objetivo militar que establecía la guerra aérea nuclear; pero en los años siguientes todo el diseño planetario sucumbiría a la consideración de una superdestrucción nuclear bilateral, y al papel que en ello desempeñarían las comunicaciones.

 

Esto era lo que estaba detrás de la apertura de negociación atómica y las reformas internas propulsadas por Gorbachov. El desplome no se inicia con Gorbachov, sino que venía gestándose desde hacía 5 ó 6 años. Gorbachov necesitaba lograr un amplio espectro en el control de armamentos con Estados Unidos para así justificar una necesitada reducción de los gastos militares y la reorientación de ese presupuesto hacia la esfera civil.

 

La diferencia estribó en que Gorbachov, lejos de asumir la responsabilidad histórica de desencadenar un ataque atómico sorpresivo sobre los Estados Unidos y Europa Occidental, como única forma de salir del callejón sin salida, y como lo habrían hecho Jruschov o Brezhnev, determinó concluir con la Guerra Fría y declaró tácitamente la derrota soviética. En diciembre de 1987 sorprendió al mundo al proponer la negociación de los cohetes "SS-20" dirigidos hacia Europa, por los muy superiores "Pershing-II", que concedían a los Estados Unidos la opción de un primer golpe atómico.

 

La maniobra de Gorbachov provocó un cambio de consecuencias incalculables para todo el andamiaje soviético. Su nueva política recibió mayor apoyo en Europa y Asia que en los Estados Unidos. Se iniciaron conversaciones con Francia y Gran Bretaña para ejercer presión indirecta sobre los Estados Unidos. Gorbachov incrementó las relaciones económicas con el Mercado Común Europeo y con la China comunista.

 

En la reunión cumbre de Reykjavik entre Gorbachov y Reagan, el lado soviético buscó infructuosamente que Estados Unidos aceptara poner un freno al programa de defensa estratégica a cambio de drásticas limitaciones en sus cohetes intercontinentales, como parte de una reducción masiva de las fuerzas ofensivas de ambos lados. En Reykjavik se discutió reducir el número de ojivas nucleares a 6,000 para cada lado, y el número de vehículos para lanzarlas a 1,600 por cada bando; asimismo, se contempló la disminución de cohetes de medio alcance. Los soviéticos fueron mucho más allá al ofrecer negociar su arsenal de cohetes intercontinentales por el Sistema de Defensa Estratégica.

 

Los países europeos miembros de la OTAN se resistieron a un corte drástico en la capacidad nuclear occidental, ante el temor de quedar desamparados ante los formidables ejércitos de tanques soviéticos en Europa Oriental. Los franceses calificaron a Reykjavik como el "Munich" nuclear y criticaron a los Estados Unidos por minar las bases de las posiciones estratégicas occidentales que habían probado su estabilidad por varias décadas.

 

El 8 de diciembre de 1987, el líder soviético aceptó la propuesta llamada "opción cero", que implicaba la extracción de suelo europeo, y su consecuente verificación, de los "SS-20" soviéticos y la de los peligrosos cohetes de medio alcance norteamericanos, que habían alterado todo el balance nuclear.

 

Si bien Estados Unidos y la Unión Soviética combinados poseían 55,000 ojivas nucleares, el 98 por ciento de las existentes en 1987, era cuestionable llamarles superpoderes en otras dimensiones. A medida que se disolvía la rivalidad ideológica, el alcance global de su autoridad política para remodelar el mundo a su imagen y semejanza se reducía; en la actualidad, ambos países no resultan en Europa las piedras angulares que fueron de los cincuenta a los ochenta.

 

SALT-1 Y SALT-2

 

Presionados por el veloz y masivo armamentismo soviético, los norteamericanos acariciaron la idea de montar un sistema defensivo anticoheteril que desataría toda una gran controversia internacional durante la administración Nixon. Así, se llegaría a las negociaciones por la limitación de tales sistemas en el conocido tratado antibalístico de 1972, los acuerdos SALT-1, entre ambas potencias atómicas. Los acuerdos SALT-1 dejaban el territorio de ambos países abiertos a los cohetes estratégicos del rival: la segura destrucción mutua, pues, en realidad no consideraba medidas contra los cohetes con ojivas múltiples, los MIRV, que concedían una gran ventaja al atacante.

 

En SALT-1 los diplomáticos soviéticos procuraron proteger el derecho a emplazar los nuevos sistemas coheteriles que en ese momento estaban desarrollando, los SS-19, que fueron puestos en funcionamiento en 1975. Pero los acuerdos SALT-1 fueron violados también con la modernización de las cabezas múltiples MIRV, que aumentaron de 360 a 2,160 ojivas, hecho que en realidad no alteró el balance estratégico.

 

EL ARMA SAUDITA

 

El “arma árabe”, que anteriormente había fallado probó ser, de momento, una poderosa fuerza económica y psicológica. Aparte de la recesión que enfrentaba el mundo capitalista, la llamada “guerra del petróleo” con todas sus secuelas, embargos, cuadruplicación de precios y demás, representó el primer golpe en el balance del comercio internacional, desde que Estados Unidos hizo irrupción como potencia mundial en la I Guerra Mundial; hecho que corroboraba las tesis sobre el papel jugado por la materia prima colonial en el crecimiento de las economías industriales.

 

La guerra del petróleo pondría en peligro el milagro japonés, el milagro brasileño y el milagro alemán, y provocaría un vasto reajuste de las economías industriales ante la amenaza del faltante energético. Las medidas adoptadas por la OPEC motivaron una reacción agresiva por parte de los gobernantes del mundo occidental desarrollado, exigiendo de aquellos la reducción de los precios e inculpándolos por la situación de inflación mundial, llegando incluso con amenazas de represalias en el suministro de alimentos y más aún, dejando saber con tono apocalíptico que tal actitud entrañaba el peligro de guerra.

 

Después de la crisis energética de 1973-1974 Estados Unidos reforzó sus dispositivos buscando balancear el papel de los estados árabes en la escena mundial, frenar las nefastas consecuencias al encadenamiento del sistema mundial capitalista con la energía de la Península Árabe y evitando que tal hecatombe colectiva se propagase a otros bloques productores de materias primas. Los poderes occidentales examinaron la problemática de la Península y el Golfo Árabe con la lógica despiadada que utilizaron en el sudeste asiático; por largo tiempo bloquearían el cambio de una economía de servicios a una productora, así como la tan necesaria revolución agrícola.

 

A tenor de sus relaciones con Estados Unidos, las posiciones de la política regional saudita mostraban su doble filo. El 8 de junio de 1974, Feisal II firmaba con Estados Unidos un acuerdo militar y económico mediante el cual se transformó en el punto de sostén principal del pentágono en el área. Estados Unidos acordó conceder armamentos y equipos militares a Arabia Saudita; el acuerdo concedía un suministro industrial que posibilitase transformarla en una nación poderosa militarmente, con factibilidad para ejercer presión en el Índico, con vistas a contrabalancear la presencia militar soviética en ese océano. Los sauditas, conjuntamente con Abu-Dhabi, adquiríeron de los franceses 32 cazas Mirages cada uno, aparatos que eran pilotados por pakistaníes.

 

En el curso de 1975, Khaled Ibn Abdulaziz subió al trono saudita tras el asesinato de su medio hermano, Feisal II, y como un elemento de compromiso para establecer el equilibrio interno de la corte real de cinco príncipes, y aplicar una nueva política en toda la Península Árabe. Surgió un nuevo equipo gobernante saudita en el eje Khaled, Fahd y Yamani, que vigorizaba la posición del país en todo el Medio Oriente, sobre todo tras la regresión política de Egipto y su dependencia a la ayuda financiera de los sauditas.

 

Arabia Saudita, como primer exportador y tercer productor de petróleo del mundo ya ostentaba en 1974 la cuarta reserva de divisas del mundo ($12.8 billones de dólares) y los depósitos petroleros más vastos del planeta, estimados en 156 billones de barriles; en 1975 sus ganancias por concepto del petróleo sumaban $30 billones de dólares. Esta posición financiera poderosa le llevó a variar su política en la zona.

 

Para 1972-1973 los sauditas habían estabilizado su situación con Abu-Dhabi mediante un acuerdo sobre los derechos inalienables del oasis de Buraimi, considerando como frontera el oasis de Liwa, donde de inmediato se estableció la prospección petrolera, obteniendo los sauditas un corredor al mar entre Qatar y Abu-Dhabi. En mayo de 1975, los sauditas concluyeron acuerdos con Egipto, Qatar y la Unión de Emiratos Árabes para establecer un combinado industrial de armamentos en Egipto a un costo de $11 billones de dólares.

 

En su nueva política Arabia Saudita enfrentó un programa de desarrollo para reducir las futuras importaciones y utilizar el gas en una industria de masivas exportaciones de bienes capitales. El programa que incluía 13 refinerías, un número similar de plantas petroquímicas, procesadoras de aluminio, siderurgias, plantas de fertilizantes y cemento se elevó a $140 billones para el quinquenio 1976-1980.

 

ANWAR EL-SADAT

 

El presidente Anwar El-Sadat, de Egipto, y otros países árabes estaban en disposición de hacer concesiones y concluir un acuerdo de paz por separado con Israel para que éste devolviese los decisivos pasillos de Mitla y Giddi en el Sinaí, así como los campos petroleros de Abu Rudeis. Este acuerdo neutralizaría la presión que los países árabes podían ejercer sobre Tel Aviv. Los esfuerzos realizados por el canciller norteamericano Kissinger lograron sus objetivos en el acuerdo egipcio-israelí firmado el 18 de enero de 1974, en el kilómetro 101 del camino Cairo-Suez, y el acuerdo de cese al fuego rubricado en marzo de 1975. Siria optó por seguir el camino de El-Sadat y refrendó en mayo de 1974 un acuerdo con Israel.

 

La importancia de estos pactos bilaterales era que resultaban escalones preliminares para un acuerdo general de paz, detrás del cual se hallaba Estados Unidos, que restableció relaciones diplomáticas con Egipto en febrero de 1975 y con Siria en junio de ese mismo año.

 

El-Sadat estaba urgido por liberar el elevado presupuesto militar, enfrentar la inflación y evitar los problemas internos; decidido el mandatario egipcio a llevar una política de varias opciones, buscó la ayuda financiera norteamericana en los planes de reconstrucción y créditos para comprar maquinarias; El-Sadat inició un proceso de privatización creando zonas de libre comercio en ambas orillas del Canal de Suez, en El Cairo y en Alejandría. De inmediato comenzaron las operaciones de la banca norteamericana en la capital egipcia.

 

Si bien el presidente El-Sadat buscaba una nueva tentativa de reagrupamiento con Libia y Sudán, aceptaba el plan Rodgers de cese del fuego temporal en el Canal de Suez y, luego, la firma unilateral de la paz con Israel; al mismo tiempo, Egipto orientaba su comercio cada vez más hacia la próspera comarca de la Península Arábiga y el Golfo.

 

Con algunas excepciones, fundamentalmente en la periferia del Medio Oriente, el mundo árabe bajo la influencia de Arabia Saudita y Egipto estableció un bloque flexible de países moderados. Como resultado de la campaña de paz egipcia, una sucesión de cancilleres europeos visitaría El Cairo y El-Sadat sería el primer presidente egipcio en visitar Francia, hecho que ocurrió en enero de 1975.

 

El Shah de Irán, Mohamed Reza-Pahlevi, y el presidente El-Sadat intercambiaron visitas en enero y abril de 1975, lográndose un acuerdo para asegurar una mayor unidad entre los productores petroleros e incorporar a Irán a la nueva política mesoriental egipcia.

 

En 1973, luego de la crisis petrolera, se fortalecieron aún más las fuerzas armadas de Irán; a un costo de $3 billones de dólares el Shah adquirió cohetes franceses tierra-tierra, 180 cazas F-4 y un centenar de cazas F-5E, cisternas aéreas KC-135, más de 700 helicópteros, alrededor de 800 tanques británicos Centurión, 8 destructores, 4 fragatas y 12 torpederas. El número de consejeros militares norteamericanos en Irán sobrepasaría los 2,000 hombres; el Shah recibiría los cohetes anti-tanques TOW y los aviones de combate F-14.

 

Irán lograba santificar su posición en el Golfo al firmar un acuerdo con Irak donde se comprometía a no seguir fomentando la rebelión Kurda; por otro lado, el Shah llegaba a cierto compromiso con el rey Khaled de Arabia Saudita, donde se incluía el realizar presiones conjuntas para liquidar las guerrillas en el Dhofar y neutralizar la influencia política de Yemen del Sur.

 

En abril de ese año, los presidentes El-Sadat, de Egipto, y Hafez Assad, de Siria, conferenciaron con el nuevo monarca saudita, Khaled, para limar las diferencias políticas surgidas por las iniciativas de El-Sadat. Siria se decidió por aplicar el tipo de economía mixta que experimentaba el presidente El-Sadat, compensando algunas de las compañías que fueron estatalizadas en 1960.  El clímax de toda esta ofensiva diplomática de El-Sadat fue la visita realizada por el presidente Nixon a Egipto, tras recorrer la zona, en junio de ese año.

 

Occidente no confió totalmente en los pasos logrados por su diplomacia en el flanco árabe, manteniendo sistemáticamente su política de reforzar militarmente a Israel. En abril de 1975 se estimaba que ya Israel poseía más de 2,000 tanques de guerra y unos 520 cazas de combate; en adición Israel seguía equipándose con cohetes balísticos Lance y Jericó, mientras Egipto y Siria lo hacía con los Frog y Scud.

 

EL OCEANO ÍNDICO Y EL GOLFO ARABE

 

Los estrategas occidentales perfilaron de inmediato al Océano Indico y al Golfo Árabe como un futuro foco de conflictos debido a los problemas del petróleo y a la presencia soviética en Yemen del Sur y Somalia; unido a la importancia de otras materias primas cardinales del área como el algodón indio, el estaño y el caucho de Malasia e Indonesia, el cobre, el oro y los diamantes de África y el Estrecho de Bab El Mandeb, entrada y salida del Mar Rojo. Para los países industrializados de Occidente, grandes consumidores de la materia prima del área, resultaba vital garantizar la libertad de navegación índica y controlar sus rutas navieras y aéreas. Así, el petróleo, los estados del Golfo e Israel serían las paralelas por donde se movería toda la política y la estrategia militar occidentales.

 

A pesar de la nueva orientación estratégica estadounidense en Asia, la OTAN se precipitó a desarrollar una política de presencia física en el Índico. Inglaterra conservaba el sistema Skynet que comprendía Singapur, Bahrein, Gan y Chipre, con bases en una serie de islotes estratégicos con centro en Las Maldivas, Mauricio, Vacoas, Simonstown, en Africa del Sur, y las zonas de seguridad de Irán y Arabia Saudita; e ello se unía la formación naval norteamericana de la Séptima Flota. 

 

LA GUERRA DE LAS GALAXIAS

     

El Occidente aceptó a regañadientes su obligación histórica de mantener un balance internacional de poder, asumiendo la responsabilidad que implicaba ser el bloque económico y militar más poderoso del globo terráqueo, desafiado estratégicamente por un enemigo que estructura su expansión global. Ello significó definir sus intereses vitales y rescatar el vapulado principio del balance de poder; el nudo del problema de Occidente residió en definir en que marcos institucionales e internacionales debía establecer sus prioridades estratégicas y cuando estas se veían amenazadas. Mientras ello no se lograse, era difícil encarar la estrategia de la Unión Soviética y sus estados clientes.

    

LA DOCTRINA TRUMAN

 

Pese a su vasta riqueza técnica, económica y financiera, los valores puritanos resultaron insuficientes para armar teóricamente el destino global en las últimas décadas de la nación norteamericana; sólo una vaga consideración de "nación elegida" matizaría su vulnerable pragmatismo político. El cuestionamiento a una impronta "imperial" provocó la virtual paralización de su clímax hegemónico, desembocando en una política exterior incoherente que no la extrajo totalmente de su viejo aislacionismo. Ante la imposibilidad de alcanzar un consenso nacional para el uso de la fuerza en objetivos exteriores, Washington se refugió en su sombrilla de disuasión nuclear. Así, la nación norteamericana no logró la imbricación histórica entre política exterior e intereses nacionales.

 

El persistente rehusar norteamericano a concebir las relaciones internacionales en términos de realidad de poder, se demostró en la ambigua guerra de Corea. Si al enviar sus tropas, el presidente Truman (un admirador de Wilson) rompía con este precepto, lo hacía con la convicción de que tal respuesta era una extensión de la doctrina de la contención, y por tal, la estrategia bélica estaría dictada por principios políticos y no militares. Es por eso que el general Douglas MacArthur fue removido de su cargo al promover la acción unilateral contra China, esgrimiendo la necesidad de usar armas nucleares. Así, el empate militar en Corea fue una frustración para la opinión pública norteamericana que no entendía esta “contención” al revés, que les despojaba de su victoria.

 

Pero bajo la doctrina de Wilson, la ONU no podía ir más allá, y, por tal razón, medio siglo después, allí permanece un ejército norteamericano bajo mandato de la ONU. Este mismo obstáculo rondaba la psiquis del equipo del presidente John F. Kennedy en la Crisis de los Cohetes de 1962, al ser contenido por su contrincante soviético que se interpuso en Cuba, momento en que se enterró la doctrina Monroe. A partir de Corea, el veto en el Consejo de Seguridad de la ONU resultaría el procedimiento y la expresión invisible de la realpolitik militar en la que los superpoderes sólo podían asumir la acción unilateral a partir del consenso.

 

Durante la guerra fría, en la medida que el bloque soviético balanceaba la impronta exterior de Washington, éste fracasaba consistentemente. En Vietnam las fuerzas norteamericanas estaban privadas del triunfo, de antemano, por los límites fijados por la Unión Soviética y China, línea imposible de traspasar sin encarar una guerra total contra ambos contendientes. Al no entender tal freno a su poder, ni poder identificar las verdaderas causas, la generación del sesenta norteamericana inmoló su política doméstica, execró sus presidentes, aborreció sus generales y espías, condenó a sus políticos, y desacreditó a sus eficaces corporaciones.

 

A diferencia de otras potencias dominantes del pasado, Estados Unidos no siempre derrotó a sus rivales; en muchos casos los mismos se desmoronaron por sí mismos. A mediados del siglo XX sólo habían dos superpoderes: los Estados Unidos y la Unión Soviética, y el resto del mundo se hallaba alineado a uno u a otro, en una atmósfera de tensión que se dio en llamar la “guerra fría”. La Unión Soviética era un poder expansionista, que perseguía dominar por lo menos la masa continental de Eurasia y, probablemente, el resto del mundo. En 1989 la Unión Soviética clausuró la guerra fría entregando las tierras que había ocupado durante la segunda guerra mundial; dos años después se disolvió en sus estados constituyentes.

 

GEOESTRATEGIA PETROLERA

 

LA GEO-ECONOMÍA

 

Los países y grupos étnicos del mundo islámico, más que en cualquier otra región, han sido piezas de los duelos y maniobras de las potencias mundiales. El Káiser Guillermo II fraguó el propósito de entrar hasta el Golfo Árabe mediante un ferrocarril de Berlín a Bagdad; pero Londres lo obstruyó creando a Irak, un estado tapón arrebatado a Estambul que además asimiló la zona petrolera de Mosul. Mediante el acuerdo secreto Sykes-Picot de 1916, Inglaterra y Francia se repartieron el carcomido imperio Otomano; sólo Egipto e Irán quedaron intactos. Así nacieron, protegidas por Francia, las repúblicas de Siria y Líbano, y por Inglaterra el reino Hachemita de Transjordania. La fragmentación anglo-francesa del Creciente Fértil se compensó con la unificación de la Península Árabe bajo el pro-inglés Ibn-Saud. Mientras, por el Pacífico, se levantaban dos colosos: el mikado japonés y Estados Unidos, con su armada en Pearl Harbor y una cadena de estaciones en Midway, Guam, Wake y Corregidor.

    

Inglaterra descentralizó entonces su imperio en tres zonas: Europa, el Medio Oriente, y el eje Hong-Kong-Singapur. En el Mediterráneo, bajo los términos del tratado de Utrecht, Francia mantenía la tierra firme norteafricana, e Inglaterra el mar con Gibraltar, Malta, Chipre y Suez. El Medio Oriente se manipulaba desde Suez, en Egipto, Adén, en la Arabia occidental, y el sultanato de Kuwait, en el Golfo Pérsico. En Asia, la “pérfida Albión” resguardaba sus posesiones con un anillo de bastiones navales y aéreos: Ceilán, India, Hong-Kong, Panang y Singapur.

 

La Segunda Guerra Mundial y la descolonización desencadenada por la Carta del Atlántico, alteraron este diseño estratégico. La disyuntiva inglesa de defender el Lejano Oriente o el Medio Oriente fue zanjada en 1942 por el “tigre de la Malasia”, el mariscal japonés Yamashita, al ocupar con facilidad la supuestamente inexpugnable Singapur. El cinturón de hierro se replegó alrededor del Canal de Suez, y con ello el imperio británico que había glorificado Rudyard Kipling.

 

En un polígono en Siberia, en junio de 1949, finalizó el monopolio nuclear norteamericano y comenzó realmente la Guerra Fría, preconizada tres años antes por Winston Churchill en su histórico discurso del 5 de marzo de 1946, en el Westminster College, de Fulton, Missouri, donde acuñó su celebre frase “From Stettin in the Baltic to Trieste in the Adriatic, an iron curtain has descended across the Continent”. La “Cortina de Hierro” caía sobre la Europa Oriental y la correlación de fuerzas cambiaba dramáticamente, nuevos países accedían a la independencia y los grandes poderes coloniales pasaban a un segundo plano.

 

Al independizarse el sub-continente ocupado por la India, Burma y Ceilán, Estados Unidos conminó a Inglaterra a no dejar un vacío militar en su antigua zona colonial, y auspició en 1951 el plan Acheson con un comando de defensa a partir de la colosal base aérea egipcia de Mers-el-Kebir, que permitiría, de ser necesario, atacar los núcleos industriales y petroleros soviéticos de la cuenca del Donetz y del sur siberiano, y controlar el radio aéreo de Bulgaria, el Cáucaso y Turquestán. Los ingleses transformaron a Adén en el pivote de todo el engranaje militar para el Medio Oriente, apoyado en la base aérea de Amán en Irak, y en la legendaria Legión Árabe de Glubb Pashá en Jordania. Washington complementó esta trinchera desde las Aleutinas al Japón, las islas Ryukyu y Filipinas.

 

La OTAN consideró a los montes Zagros como una muralla natural para el Mediterráneo; no sin razón, la aguda mente guerrera de Dwight Eisenhower profetizaba que las batallas de tanques del futuro se librarían en las arenas del Islam que van del río Nilo al Kurdistán. Pero no todo salió perfecto para Washington. El monarca egipcio Farouk impugnó el plan Acheson, y Londres se opuso a las iniciativas norteamericanas en Grecia, Turquía e Irán, e interfirió en la creación del Estado de Israel. En 1951, Iosef Stalin aceleró el rearme para contrarrestar esta estrategia, y pugnó por ganar un acceso al Indico vadeando  Irán, o Beluquistán vía Afganistán. EEUU estacionó de inmediato sus proyectiles atómicos en Dahran, Arabia Saudita.

 

La denegación de Egipto llevó en 1953 a que el vicepresidente Richard Nixon, diseñara el Pacto de Bagdad (el eje Turquía, Irak, Pakistán), donde Karachi no sólo ocupó el papel de puente entre Europa (la OTAN) y el Pacto de Manila (la OTASO), sino que suplantó a la jefatura mesoriental de Egipto y sirvió de asiento al Comando Aéreo Estratégico norteamericano. En marzo de 1957, en la conferencia de Bermudas con Eisenhower, el premier británico Harold MacMillan accedió a emplazar los submarinos Polaris en Escocia, poniendo a su país bajo la sombrilla nuclear norteamericana. Así se derrumbaban los empeños londinenses por conseguir un poder nuclear independiente, debido a lo costoso y complicado de su proyecto balístico Blue Streak.

 

Convencidos de que la URSS poseía la delantera en cohetería de largo alcance, Estados Unidos implementó la llamada doctrina Eisenhower, que rodeó a la URSS con un anillo de bases estratégicas desde Okinawa hasta el Mar del Norte. El presidente John F. Kennedy conformó entonces la famosa "tríada", independizando sus tres fuerzas nucleares: los submarinos Polaris, los cohetes intercontinentales Minuteman, y los estratégicos B-52. Para 1962, el flanco sur soviético (el Medio Oriente) era su franja más vulnerable, sembrada de bólidos Thunderbird y Polaris con ojivas nucleares. En este esquema, Inglaterra, desde su Cuartel General en Adén y con 200 mil soldados y un millar de aviones, tenía la responsabilidad convencional y nuclear de Libia a Pakistán y del Caspio a Madagascar.

 

Subordinada a esta estructura militar global, y abrumada además por los gastos militares, la administración laborista de Harold Wilson (foto) ordenó en 1966 la extracción de su Comando “al este de Suez", dejando sólo varios escuadrones de bombarderos en Bahrein, Massirah, Gan y las islas Coco. La incomodidad norteamericana se acrecentó cuando Londres desmanteló en 1967 su aeródromo en Khormaksar, Adén, asiento de los bombarderos nucleares Canberra, enfilados contra el rodillo de tanques y artillería soviética del Caspio y Asia Central, y vigilia de los 400 millones de toneladas de petróleo que franqueaban el Canal de Suez.

 

Ante este desmoronamiento del Pacto de Bagdad y la OTASO, Estados Unidos tuvo que reorganizar su croquis militar, y con ello la geopolítica del Medio Oriente. En el Mediterráneo se precipitó el golpe de estado en Atenas, que le concedió más latitud a la Sexta Flota, y ensambló una defensa móvil para  África Norte y el Medio Oriente. La fuerza aérea israelí asumió la empresa de liquidar la flota naval soviética del Mar Negro y del Mediterráneo oriental. En Asia, Washington asignó al Japón e Indonesia la labor de contención de China; encargó a Irán la custodia del Golfo Árabe y a Arabia Saudita de Irak, Yemen y los Emiratos. En el Índico se posesionó de los centros de telecomunicaciones y enclaves ingleses y forzó a que Gran Bretaña, al menos, militarizase cuatro islas (Diego García, Aldaba, Farquahar y Desrodes), para uso de su Séptima Flota del Pacífico. Estas decisiones probaron ser oportunas en la Guerra del Golfo y en la ofensiva sobre Afganistán, donde los B-52, desde Diego García, los F-16 desde Bahrein  y Massirah, y los F-117 Stealth desde Turquía, resultaron la columna vertebral de los asaltos aéreos.

 

En 1971, en medio del choque armado India-Pakistán, Nixon consideró el uso de armas atómicas tácticas contra la India, hecho que precipitó la carrera atómica de ambos países. Estados Unidos vio cómo a la par que se retiraba de Vietnam, los soviéticos se abalanzaban al Océano Indico, área donde casi no disponía de aliados desde la salida de Inglaterra. La decisión fue realinear todos los países de la zona; se reforzó militarmente a Irán y se incrementó el patrullaje naval, engarzando sus bases navales al sistema británico Skynet que abarcaba Singapur, Bahrein, Gan y Chipre, y acelerando su programa balístico nuclear para submarinos. Washington añadió su escuadra naval en Bahrein a los restantes puntos de apoyo que conservaba Inglaterra, como Las Maldivas, Seychelles y Mauricio; y transformó el archipiélago de Chagos en un gigantesco dispositivo militar, nuclear y de comunicaciones.

 

La URSS lograba la paridad nuclear con Estados Unidos con un colosal inventario de cohetes atómicos intercontinentales. El gambito del Kremlin incluyó la adquisición de Yemen, Somalia y Etiopía, la otra entrada de Suez. Seguido a ello contrabalanceó la flota de submarinos Poseidón y la base naval de Chagos, en el Índico, introduciendo una escuadra de submarinos atómicos Echo en el Canal de Mozambique, portaaviones Kiev, y destructores Krivak, y habilitando el archipiélago de Dahlak, en el Mar Rojo. Desde los aeropuertos de Asmara en Eritrea y Khormaksar en Adén, la URSS dominaría el techo aéreo del Índico Occidental. Con la subsiguiente invasión relámpago al Afganistán cortaron en dos el Asia Central, flanqueando la estructura regional de Estados Unidos en un movimiento de pinzas que embolsaba al sudeste asiático por un lado (de Kabul a Kam-Rhan-Bay en Vietnam) o el Medio Oriente por el otro (de Kabul a Adén, en Yemen, y Massawa, en Eritrea).

 

  La caída del Shah de Irán en 1979 dejó a Washington sin un soporte en la zona, salvo Turquía en el norte; pero la URSS no pudo aprovechar esta contramarcha táctica, al derrumbarse como estado y sistema social en menos de una década. Las causas de tal fenómeno son incontables, pero es irrefutable que la partida de ajedrez atómica entró en un final de peones coheteriles de medio alcance, donde el Kremlin estaba técnicamente perdido. El duelo entre los SS-20 soviéticos y los Pershing-II y Cruceros norteamericanos (a 10 minutos de la URSS) planteado por el presidente Ronald Reagan, fue el detonador del desplome soviético. El golpe final lo propinó el proyecto de Defensa Estratégica que dejaba sin sentido todas las estrategias y emplazamientos militares regionales.

 

La doctrina militar de enfrentar una oleada de tanques pesados y artillería, que por décadas guió el comportamiento de los superpoderes en la Guerra Fría, entró en crisis en la Guerra del Golfo (1990-1991). Este conflicto regional determinó que Estados Unidos desarrollara planes de campañas de aniquilación, con golpes aéreos aplastantes y armas inteligentes (Tomahawk); para ello necesitaba desplazar con rapidez sus portaaviones, una masa crítica de soldados, el arsenal bélico y la logística. Esta guerra electrónica se dirige a partir de una compleja estructura tecnológica propiciada por los satélites, la inteligencia electrónica, y los sistemas de posicionamiento global.

 

EL CERCANO ORIENTE

 

El Golfo Árabe, posee una magnitud estratégica y económica superior al Canal de Suez. La realización del potencial de riquezas y poder de la Península sorprendió al mundo, haciendo que el centro de interés mesoriental fuera desplazándose a los puntos originales del movimiento y expansión medieval islámicas, que lo ha llevado a recuperar planos de relevancia mundial. En los 80, las reservas financieras de los estados árabes del Golfo y la Arabia Saudita excedían los cien billones de dólares, un tercio de las reservas mundiales para la época. Para ese año, Estados Unidos dependía de la zona en sus importaciones petroleras en un 50%, hecho que implicaba un mayor compromiso e interés militar y político en la comarca. El mundo árabe, por su lado, veía escindir sus estados en una aguda oposición entre "progresistas" y "moderados".  Paralelo al acaparador conflicto árabe-israelí, discurría toda esta problemática que en algunos momentos adquirió carácter de empeño armado en el sur, una región mucho más neurálgica que la costa árabe mediterránea. Pero todo comenzó mucho antes.

 

Arabia estaba en manos de los wahabitas durante la primera mitad del pasado siglo, mientras la monarquía egipcia y el adyacente Sudán se hallaban bajo la firme inspección inglesa. Por otro lado, el prestigio británico en Arabia Saudita se esfumaba con la comparecencia y actividad del cártel petrolero norteamericano ARAMCO, que se alojó sólidamente en toda la Península. Aportando el 80% del total de la renta nacional, no le fue difícil a Estados Unidos materializar la utilización de Dahrán como una base atómica, incluyendo la zona entre los territorios estratégicos indispensables para la defensa del "Mundo Libre". El 7 de marzo de 1947, la Anglo Iranian Oil Co., la Standard Oil Co., y la Socony Vacuum Oil, formaban una compañía, la Middle East Pipeline, para construir y operar el oleoducto de mil millas desde los campos petroleros de Irán y Kuwait hasta el mediterráneo, en contraposición a la que construía la ARAMCO de Arabia Saudita al Mediterráneo, a un costo de 300 millones de dólares.

 

En mayo de 1951, tuvo lugar una crisis entre Inglaterra e Irán que sacudió al mundo. El Premier iraní, Mohammed Mossadegh, decretaba la nacionalización del monopolio petrolero Anglo-Iranian Oil Company, encadenando todo el futuro británico. A este conflicto se sumó el surgimiento del movimiento palestino y la erupción nacionalista egipcia, profundizando la grieta de Albión, quien se debatía entre la incertidumbre financiera de un imperio que se despedazaba y una Liga Árabe que probaba ser para Londres un instrumento difícil de manejar.

 

Cuando el "asunto Mossadegh" entró en el paroxismo, los cárteles ingleses llevaron a efecto una doble estrategia. Por un lado, centraron sus esfuerzos de prospección y explotación sobre Kuwait. Por otra parte, la British Petroleum decidió construir una refinería en Adén y allí procesar el crudo del Golfo Árabe y de Arabia Saudita, satisfaciendo sus necesidades militares. Esta tendría una capacidad inicial de siete millones de toneladas anuales, a un costo de 130 millones de dólares, de los cuales quince millones fueron invertidos en instalaciones portuarias y fue levantada en tiempo récord de 21 meses por 2500 ingenieros y especialistas y 10000 obreros árabes, indios y somalíes.

 

En tanto, Kuwait crecía en menos de diez años de un tradicional puerto pesquero a potencia  financiera mundial, al punto de llegar a ser el cuarto productor de petróleo en el mundo. La velocidad del cambio conllevado por la repentina riqueza petrolera tuvo su efecto en el incremento de la producción logrado por la Kuwait Oil Company, y en el más alto per cápita estadístico del mundo. Esto, de inmediato, planteó el diferendo fronterizo con Irak, los esperados choques bélicos con los ingleses, las conocidas e inconclusas sesiones urgentes de la Liga Árabe, de la ONU, etc.

 

El segundo coeficiente estratégico radicaba y aún radica en el petróleo. El crecimiento de las relaciones entre Arabia Saudita y Estados Unidos se haría relevante en la década del 50, cuando Ibn-Saud, ante el rechazo inglés, buscó con el apoyo de Washington la creación una federación que englobase a Kuwait y Bahrein, y así llegar a convertirse en el primer productor mundial de petróleo. A mediados de los 50 las inversiones petroleras norteamericanas en Arabia sobrepasaron los mil millones de dólares, al mismo tiempo que constituían allí la base de Al-Zahran. Mientras que en esa década los monopolios petroleros británicos extrajeron de la zona más de nueve mil millones de dólares y la actividad del colonial puerto de Adén, que superaba los treinta millones de toneladas y recibía un promedio de 5800 navíos anuales, sobrepasaba la de Marsella, aun considerando que los buques franceses utilizaban sus instalaciones en Yibuti y que Estados Unidos tiene acceso a Europa por el Atlántico y al Asia por el Pacífico.

 

El tercer factor de peso era el político, en el cual Egipto desempeñaba un papel clave. El área irradiaba sus conflictos por la zona norteafricana y por el resto del Asia. Así, cualquier disputa local se veía ligada a los planes de la OTAN, las bases militares, la  Guerra Fría, el petróleo, las transnacionales, los asuntos religiosos, los intereses vitales británicos y la problemática israelí.

 

Desde 1949, cada uno de los presidentes norteamericanos ha señalado al Golfo Pérsico como un área estratégica para los intereses nacionales, debido al precio del petróleo, quién controla esta fuente energética y la integridad de sus fronteras. El Cercano Oriente ha resultado el cementerio político de muchos líderes occidentales.

 

En ocasión de la visita del premier soviético Nikita Jruschev, a Londres, en 1956, su colega británico, Sir Anthony Eden, le aclaró que la Península Arábiga, y en especial todo el sur arábigo, resultaba de vital importancia para su país afirmándole que incluso estaba en disposición de afrontar una guerra por defender sus intereses petroleros en el Medio Oriente. Eden le expresó a Jruschov la importancia de que la URSS no se envolviese en una crisis en esa área.

 

Asimismo, en un formato general, las rivalidades entre los sultanatos y las disparidades entre los países, al lado de los móviles políticos, tuvieron como gestor la extracción petrolera. La orientación del monopolio Irak Petroleum Concessions Ltd., (IPC) en toda la Arabia del Sur radicó en la búsqueda de la hegemonía de la prospección para, en el momento oportuno, llevar a vías de hecho su explotación intensiva. La IPC estimaba que de haber petróleo en los protectorados de Adén, tales yacimientos serían considerados como una reserva para cualquier coyuntura de emergencia, puesto que los restantes arsenales petrolíferos de la zona resultaban muy fáciles de explotar.

 

La IPC popularizó el criterio de que la Arabia del Sur resultaba aún un territorio demasiado inestable políticamente para iniciar una prospección en gran escala y que las pruebas indicaban que los yacimientos se hallaban a demasiada profundidad; esto resultaba una cortina de humo para desalentar a sus competidores. En 1954, la IPC exploró diversas zonas descubriendo en ellas posibles yacimientos, sobre todo en Chabwa, provocando el inmediato reclamo del gobierno yemenita. Por otra parte, el Imán protestaba ante la concesión cedida a una filial de la British Petroleum para escudriñar la isla de Kamarán. En 1955, se descubrió petróleo en Thamud, al norte de Adén. En 1959, la IPC concluía negociaciones directas con los sultanatos del Hadramut, región comprendida en los colonizados sultanatos sudarábigos, pero estas gestiones no cristalizaron. Un año después, una filial del gigante Standard Oil of Indiana contactó a los sultanes del Hadramut a fin de que les concediesen anuencia para realizar exploraciones mineras y petroleras; pero el gobierno colonial inglés bloqueó temporalmente las intenciones norteamericanas.