Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

LA GEOESTRATEGIA MUNDIAL - 5

 

CUBA Y LA CRISIS DE LOS MISILES

 

En febrero de 1960 arriba a La Habana Anastas Mikoyán, vice primer ministro de la Unión Soviética, hecho que marcaría un corte en el desarrollo del proceso revolucionario cubano al acelerar Fidel Castro su acercamiento con la URSS. La etapa siguiente de nacionalizaciones, se hallaba ya contenida en la proyección política anterior, de vocación anti norteamericana y totalitaria. El movimiento ascensional de la revolución cubana quedará frustrado en la etapa que se liquidan los mecanismos democráticos e institucionales, a medida que adquiere proporciones el totalitarismo de Castro.  Posteriormente, la revolución desaparecerá al consolidarse una clase burocrático militar. 

 

La producción industrial del país estaba relacionada, en su grueso, con la agricultura, siendo muy poco el peso de las ramas química y mecánica. El régimen no lograría construir un sector de producción de equipos y maquinarias. Su comercio exterior influiría decisivamente en la marcha económica de la Isla, no solo debido al azúcar sino a la dependencia de materias primas y tecnología del exterior. La carencia de recursos naturales y energéticos (salvo excepciones como el mineral de hierro y el níquel) y la deformación agropecuaria de nivel rudimentario presentarían dificultades insalvables.

 

La auto declaración de Fidel Castro como marxista leninista a comienzos de 1961, coincide con  está presencia soviética, a partir de la cual la subversión exterior cobra interés político y estratégico. En 1961, agentes de la KGB arriban a Cuba, para supervisar y reorganizar la inteligencia. Ello coadyuvó a disparar la oposición política y profundizar la represión y la paralización social. El embargo norteamericano estaba desestabilizando una economía cuyo vacío tecnológico y comercial el campo socialista no pudo llenar con rapidez y calidad.

 

Los levantamientos armados anti castristas que se produjeron en esos años, contaron además con el beneplácito de las capas rurales más pobres, temerosas de un minotauro estatal que las iba regulando y controlando cada vez más. El período de la guerra civil campesina contra el régimen estatalizador (1960-1963 en su etapa más aguda, aunque no fue liquidada totalmente hasta 1966) provocaría una contracción aguda de la producción agrícola, que mantendría en precario la alimentación de las ciudades. De no ser por la represión organizada por Fidel Castro y la ayuda bélica recibida de la URSS, el régimen hubiese naufragado en estos primeros años. 

 

El fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos, organizada por la CIA y frustrada por la errada decisión de Kennedy, ayuda a Castro a estabilizarse más firmemente y le provee de mayor valor a los ojos del bloque soviético. El castrismo inicia entonces un largo proceso donde se debate entre su disenso con Estados Unidos, las marchas y contramarchas con respecto a la URSS, y la subversión general de la América Latina.

 

La burocracia moscovita convence a Jruschov de que Castro es un instrumento valioso para la intimidación. El dilema estriba, para la dirección soviética, en cómo aprovechar el carisma de Castro y favorecerse a la vez de su programa subversivo. Washington estaba multiplicando un nuevo programa coheteril que hacía más vulnerable a la URSS. Jruschov  concibe la posibilidad de solventar la falta de bombarderos atómicos de largo alcance y "misiles" intercontinentales (ICBM) y decide instalar en Cuba sus cohetes nucleares tácticos. 

 

En junio de 1962, Ernesto "Che" Guevara y Raúl Castro firman un tratado secreto con los soviéticos para reforzar las fuerzas armadas cubanas y emplazar los cohetes nucleares de alcance medio en la Isla. De este modo Castro sucumbía al tramado del tapiz oriental que tejían los viejos bolcheviques. Pero, la crisis que estallaría poco después, patentiza que este gesto, más que la preocupación de preservar al comunismo cubano era una movida ante el disuasivo potencial nuclear norteamericano.

 

Mientras Estados Unidos recién había lanzado la "fuerza Ottawa" compuesta de 25 unidades de superficie con 200 cohetes Polaris, y había remitido a la OTAN varios submarinos atómicos Polaris, los soviéticos se comprometían más profundamente en la preservación y fortalecimiento del régimen de Castro. El ejército cubano, con la ayuda soviética, estaba pasando de un cuerpo de intimidación y supresión interna capaz de repeler invasiones pequeñas -como los del resto del continente latinoamericano- a unas fuerzas armadas con capacidad ofensiva fuera de su territorio.

 

Tras la visita a Moscú del ministro de las Fuerzas Armadas cubanas, Raúl Castro, una flota de alrededor de 21 buques soviéticos atraca secretamente en Cuba, entre julio y agosto, descargando equipos de guerra de enormes dimensiones, componentes electrónicos sofisticados y sistemas de radares. Por otro lado, se recibían informaciones desde la Isla de la llegada de unidades de combate soviéticas que eran acantonadas en diversos puntos de la isla secretamente y aisladas de la población.

 

Estas evidencias provocan una reunión de emergencia de los generales Maxwell Taylor y Lyman Lemnitzer con el Secretario de Estado, Dean Rusk, el Secretario de Defensa, Robert McNamara, el Fiscal General, Alexis Johnson y el Asesor de Seguridad, McGeorge Bundy.  McNamara expresó su criterio que debía intensificarse el trabajo de inteligencia, sabotajes y guerra de guerrillas, utilizando a cubanos dentro y fuera de la isla con vistas a provocar una división dentro del régimen cubano. El fiscal general, Johnson, propuso un acto de provocación desde la base naval de Guantánamo que permitiese a los Estados Unidos responder, o envolver a un tercer país del continente americano.

 

Pero la Casa Blanca temía que la acción soviética estuviese enfilada a presionar en otros puntos neurálgicos. Es decir, al provocar un bloqueo norteamericano en Cuba ello le permitiría efectuar un bloqueo en Berlín; o si Estados Unidos iniciaba alguna acción militar directa en Cuba contra los lugares donde se iniciaba el emplazamiento de tales equipos, los soviéticos por su parte tomarían una acción similar contra las instalaciones coheteriles norteamericanas en Turquía o Italia. Preocupada por una reacción soviética en otros lugares del planeta, la administración Kennedy aconsejó en esta reunión la no consideración de opciones que implicasen el uso de fuerza militar.

 

Para el 23 de agosto, en una reunión del presidente Kennedy con sus principales asesores, generales y con la comunidad de inteligencia, el Secretario de Estado, Rusk, recomienda que se debía informar a Canadá y a todos los aliados de la OTAN sobre la tensa situación que se desarrollaba en Cuba, así como la remoción de todas las restricciones para el desencadenamiento sobre territorio cubano, desde la base naval de Guantánamo de la "operación Mongoose" organizada por el Pentágono, que comprendía la acción comando de grupos de cubanos exilados altamente entrenados que operaban bajo las órdenes del general Edward Landsdale.

 

McCone, por su parte, propone acciones agresivas para desestabilizar al régimen de Castro, ante la perspectiva de su consolidación y su política posterior subversiva conjunta con la URSS respecto a la América Latina. McCone advierte también que la consolidación de Castro permitirá a la URSS no sólo la instalación de cohetes de mediano alcance sino de equipos de espionaje electrónicos dirigidos a territorio norteamericano y a la base espacial de Cabo Cañaveral.

 

Ya en septiembre, los soviéticos se hallan envueltos en la construcción de los sitios donde serían emplazados los cohetes intercontinentales en las localidades de Güanajay y Remedios, y la de los cohetes de mediano alcance en San Cristóbal y Sagüa la Grande. Mientras el resto de la administración Kennedy seguía con escepticismo los reportes de satélites sobre la construcción de las instalaciones coheteriles en Cuba, estimándolas de carácter defensivas, la CIA se hallaba alarmada en extremo al considerar que los mismos darían cabida a cohetes ofensivos de largo alcance capaces de portar ojivas nucleares.

 

El 7 de septiembre, John A. McCone, Director de la Agencia Central de Inteligencia envía una telegrama secreto desde Francia al general Marshall Carter, vicedirector de la CIA  donde le urge que proponga a Dean Rusk, el desarrollo de una política conjunta de acción con respecto a Cuba escogiendo algunos países del Caribe y América del Sur, como una alternativa ante la posibilidad de que Estados Unidos no logre un compromiso efectivo de solución contra Cuba en la Organización de Estados Americanos.

 

Para el 10 de septiembre, McCone consideraba que el gran sigilo y secreto cubano alrededor de tales construcciones era un indicio de por lo menos la instalación de cohetes de mediano alcance, capaces de alcanzar territorio norteamericano. La CIA, de conjunto con Bundy, asesor de seguridad nacional, propone la programación de vuelos de espionaje sobre Cuba para determinar cuantas baterías de cohetes tierra-aire se hallan en construcción. Pero Rusk, preocupado por la suerte que recién había corrido el U-2 de espionaje sobre la URSS y la pérdida del ChiNat no se muestra inclinado a conceder el permiso a la CIA para tales vuelos.

 

El 11 de septiembre el gobierno soviético declaró públicamente que los armamentos y equipo militar enviados a Cuba eran, por su naturaleza, exclusivamente para fines defensivos y que la URSS no tenía necesidad de trasladar sus armas a Cuba, para la acción de represalia contra cualquier otro país, pues el arsenal coheteril nuclear soviético no necesita de otros emplazamientos más allá de sus fronteras.

 

El día 13 la CIA vuelve a alertar a la administración Kennedy de que las construcciones en proceso en Cuba eran el preludio para el emplazamiento de cohetes atómicos que luego de instalados resultaría muy difícil su remoción. El 16 de ese mes McCone apuntaba lacónicamente que la experiencia norteamericana en la instalación de los cohetes "Thor" en Inglaterra y "Júpiter" en Italia arroja que los soviéticos también eran capaces de instalar cohetes similares con todos sus equipos de control de tal forma que en pocas horas podían ser operacionales.

 

Los vuelos de espionaje del U-2 se efectuaron con éxito sobre Cuba entre el 26 de septiembre y el 7 de octubre. El 14 de octubre de 1962, los aviones U-2 de espionaje norteamericanos tomaron fotos de la instalación de cohetes de alcance medio, con ojivas nucleares, en territorio de Cuba. El presidente Kennedy fue instado por los militares para lanzar un ataque aéreo masivo contra las baterías de "misiles" que instalaban los soviéticos.

 

Pero, el día 13 de octubre, las baterías antiaéreas cubanas, cumpliendo órdenes directas de Fidel Castro, derriban el U-2 espía que pilotaba Rudolf Anderson a lo que siguieron horas de febril preparación norteamericana para un inminente asalto aéreo y terrestre.

           

Al mismo tiempo, eran fotografiados varios barcos soviéticos -el Fritz Kurchatov, el Antonov- transportando armamento ofensivo, visible sobre cubierta. Esta secreta, extraordinaria y acelerada acumulación de proyectiles dirigidos soviéticos en una región que tiene con Estados Unidos nexos especiales e históricos era intolerable para la seguridad nacional de los Estados Unidos.

 

El 20 de octubre, aconsejado por McNamara y Robert Kennedy el Presidente se determinó a imponer una cuarentena naval a la Isla hasta que se removiesen los cohetes, manteniendo como una opción final el asalto militar. 

 

Kennedy se entrevistó con el canciller soviético Gromyko y éste le aseguró que la asistencia soviética a Cuba perseguía solamente el propósito de contribuir a la capacitación de Cuba para su defensa; que el adiestramiento de los cubanos en el manejo de armamento defensivo por parte de especialistas soviéticos no era, en forma alguna, de carácter ofensivo.      

 

Las características de estos emplazamientos de proyectiles dirigidos indicaban dos tipos de instalaciones. Varios de estos emplazamientos comprendían proyectiles balísticos de alcance medio, capaces de llevar una carga nuclear a más de 1,000 millas náuticas de distancia. Cada uno de estos proyectiles era capaz de caer sobre Washington DC, el Canal de Panamá, la ciudad de México, Puerto Rico o cualquier otra ciudad en la parte sudeste de los Estados Unidos, de Centroamérica o de la región del Caribe. Asimismo, estaban por terminarse emplazamientos adicionales destinados a proyectiles balísticos intermedios, capaces de recorrer más del doble de la distancia, desde la bahía de Hudson, Canadá, por el norte, hasta Lima, Perú, por el sur. Además se estabán armando con apresuramiento bombarderos de retropropulsión de alcance medio, para el transporte de armas nucleares.

 

El 22 de octubre, horas antes de que el presidente Kennedy hiciera una alocución pública denunciando la presencia de armas ofensivas en Cuba, el Secretario de Estado Rusk se entrevistaba con el embajador soviético.

 

Kennedy anunció la imposición de una cuarentena naval a Cuba sobre todo de equipo militar ofensivo; la vigilancia aérea continua y creciente sobre las instalaciones militares cubanas; la preparación de las fuerzas armadas para cualquier eventualidad; el reforzamiento de la base naval de Guantánamo; la convocación de una reunión del órgano de consulta de la Organización de Estados Americanos para que invoque los artículos 6 y 8 del Tratado de Río de Janeiro en apoyo de cualesquiera medidas que fueran necesarias. Asimismo, la solicitud de una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de la ONU para que estudie el proyecto norteamericano de desmantelamiento y retiro pronto de todas las armas ofensivas de Cuba, bajo la inspección de observadores de las Naciones Unidas, antes de que sea levantada la cuarentena.

 

Finalmente, Kennedy se dirigió al presidente del Consejo de Ministros Soviético, Jruschov para que detuviese y eliminase la clandestina y provocadora amenaza a la paz mundial, y le reiteró su disposición a conferenciar sobre nuevas propuestas dirigidas a eliminar las tensiones de ambas partes, incluyendo una Cuba genuinamente independiente, libre para determinar sus propios destinos. En su alocución Kennedy expresó que la transformación de Cuba en una importante base estratégica mediante los emplazamientos de proyectiles nucleares ofensivos, era el de establecer las condiciones técnicas necesarias para un ataque nuclear contra el hemisferio occidental, constituyendo una flagrante violación al Pacto de Río de Janeiro de 1947.

 

Al día siguiente, el embajador norteamericano ante la ONU, Adlai Stevenson, en una reunión del Consejo de Seguridad, presentó las pruebas de la instalación en Cuba de los cohetes ofensivos y argumentó el peligro de que Cuba pudiese quebrar la armonía hemisférica concediendo a los soviéticos una cabeza de playa, invitando a un poder extracontinental en el hemisferio.

 

U'Thant, secretario de la ONU, reclamó de Kennedy el cese del bloqueo y del premier Jruschov el cambio de rumbo de todos los barcos en ruta hacia Cuba. Jruschov respondió a UThant proponiendo una reunión cumbre y anunciando que suspendería el envío de armas a Cuba si los Estados Unidos levantaban su bloqueo naval. Jruschov aceptó la propuesta de UThant de que los barcos soviéticos que llevaban armas a Cuba se alejasen de la zona del Caribe en tanto se encontrara una solución. Pero el embajador norteamericano Stevenson declaró que el problema principal no era el bloqueo sino el desmantelamiento de las bases de cohetes.

 

El primer ministro inglés MacMillan expresaba que la revelación hecha por el presidente Kennedy sobre refuerzos militares soviéticos en Cuba había producido una conmoción en todo el mundo civilizado. El canciller alemán Konrad Adenauer se solidarizaba con las medidas norteamericanas. El gobierno de La Habana acusaba a Estados Unidos de preparar una agresión contra Cuba en medio de una histeria belicista.

 

La tensión crecía en el mundo mientras se aguardaba el primer contacto entre los barcos soviéticos que se dirigían a Cuba y la flota norteamericana que bloqueaban la región. Desde Washington, los altos mandos militares ponían en estado de alerta los bombarderos nucleares del Comando Aéreo Estratégico y otras unidades claves alrededor del planeta, como las que se encontraban en Berlín y Alemania Occidental. Además, se redistribuían las unidades de defensa aérea en la costa oriental de los Estados Unidos, mientras la flota naval se desplegaba en todo el Estrecho de la Florida. Voceros del Pentágono apuntaban que Estados Unidos estaba dispuesto a hundir cualquier barco del bloque comunista que se dirija a Cuba y rehusara detenerse y ser registrado de acuerdo con el bloqueo.

 

Los preparativos militares en el Pacto de Varsovia se incrementaron y en Cuba se inició la inmediata movilización de todas las fuerzas armadas. La Habana mantenía la posición pública de que las armas instaladas en Cuba eran defensivas. El tráfico aéreo estaba suspendido, el acceso a las costas estaba prohibido. Fidel Castro dirigía desde La Habana las operaciones militares, el Ministro de Defensa, Raúl Castro asumía el mando del centro de la Isla, y Ernesto "Che" Guevara de la parte occidental. Pero no había forma de que las combinadas fuerzas soviético-cubanos en la Isla pudieran enfrentar exitosamente la invasión convencional norteamericana.

 

Horas después de la declaración del presidente Kennedy, el Kremlin declaró que las medidas tomadas por el gobierno de Washington constituían un paso hacia la declaración de una guerra atómica mundial, donde Estados Unidos se atribuía el derecho de atacar en alta mar a los buques de otras potencias. La URSS reiteraba que la ayuda soviética a Cuba sólo busca a aumentar su capacidad defensiva.

           

El día 25, alrededor de una docena de buques soviéticos en ruta hacia Cuba y que conducían armas ofensivas viraban hacia la Unión Soviética.

 

El 27 de octubre Fidel Castro invitaba a UThant para concretar personalmente las negociaciones tendientes a lograr una solución de la grave crisis. En su mensaje Castro declaraba estar dispuesto a suspender la construcción de instalaciones militares en Cuba, con la condición de que los Estados Unidos levanten el bloqueo naval.

 

Pero en Washington crecía la posibilidad de una inminente invasión a Cuba a menos de que se iniciase el desmantelamiento de las bases de proyectiles construidos por los soviéticos, pues los últimos reconocimientos aéreos mostraban que los técnicos soviéticos estaban apresurando el trabajo de completar la capacidad de operación lo más pronto posible en las bases de lanzamiento de cohetes de alcance medio. El presidente Kennedy realizó otra alocución pública dirigida a Jruschov donde le conminaba a eliminar las bases de cohetes en Cuba. Los aviones de reacción de los portaaviones y bases terrestres de Estados Unidos estaban en estado de alerta total y al sur de Florida los preparativos militares eran intensos. Toda la línea costera se hallaba erizada de proyectiles tierra-aire, en el mar las naves de guerra de todo tipo, entre ellas gran cantidad de destructores asumían posiciones de combate.

 

Al día siguiente, un abatido Jruschov propone iniciar la negociación del retiro de los cohetes nucleares y los bombarderos "Il-28" de la Isla a cambio de instalaciones norteamericanas cercanas a la Unión Soviética, en especial la remoción de los cohetes estratégicos nucleares Júpiter que en 1959 habían sido emplazados en Turquía, el flanco sur europeo, y que enfilaban hacia la profundidad de la masa continental de Eurásia. A excepción del general LeMay, el resto del generalato norteamericano consideraba a los misiles de combustión líquida Júpiter como un arma obsoleta ante los modernos y móviles submarinos Polaris, de combustión sólida. A su vez Estados Unidos prometió no invadir a Cuba.

 

Pero la reacción a la solución de la crisis por parte de Fidel Castro fue diferente a la soviética y norteamericana. Castro realizó reclamaciones airadas como el abandono de la base naval de Guantánamo, el inmediato levantamiento del bloqueo naval y dirigió acerbas críticas a la decisión soviética. En el plano militar las baterías cubanas derribaron un avión norteamericano de reconocimiento, hecho que casi lleva a que Estados Unidos decretase la invasión de la isla.

 

La instalación de los cohetes soviéticos en Cuba tenía una significación estratégica, y era lógico el considerar que tal movida de Jruschov tenía importancia militar. De haberse completado esta instalación, ello concedía a los soviéticos un incremento de un 40 por ciento en su capacidad para propinar el primer golpe nuclear. Asimismo, era probable que con el tiempo los soviéticos siguieran aumentando el número de cohetes atómicos en la isla de Cuba, ya que tales misiles podían golpear los Estados Unidos sin que sus sistemas de alarma lo detectasen y todo el Comando Aéreo Estratégico se hallaría expuesto a un ataque sorpresivo. Todo el balance de fuerzas estratégicas entre ambos poderes se hubiese alterado drásticamente en favor de la Unión Soviética.

 

Como resultado de la Crisis de los Cohetes, el prestigio de Castro sufre un rudo golpe, especialmente ante los No Alineados, al evidenciarse el papel de su régimen como dependencia militar de una superpotencia, y por la forma en que  manejó públicamente tal aprieto sin contar con Cuba. Países como Ghana, India e Indonesia demandan la inspección "in situ" del desmantelamiento nuclear, pero un Castro enfurecido les acusa de pro imperialistas; su larga y tirante negociación con el soviético Mikoyán termina con la aceptación del acuerdo secreto Jruschov-Kennedy, que prohíbe las actividades subversivas cubanas en América Latina.

 

La Crisis de los Cohetes no debilitó los compromisos de seguridad y lazos militares cubano-soviéticos tan duramente edificados, puesto que no es sólo la estrategia de sostenerse ante los Estados Unidos lo que mantenía tal alianza; influye, además, la necesidad de Fidel de un soporte exterior para sustentarse internamente. La desagradable sorpresa para Castro resultó ser la vulnerabilidad estratégica moscovita ante el potencial nuclear norteamericano, hecho que sumirá al PCUS en una larga lucha intestina, que contraerá a los soviéticos hacia Europa y ciertos puntos periféricos como Cuba, Egipto, Yemen del Norte y Siria. Al unísono, Moscú se halla envuelto en la insidiosa querella con China, que desgarra el movimiento comunista internacional.

 

Durante toda esta etapa los Estados Unidos funcionaron bajo la noción de que los soviéticos disponían de capacidad en las fuerzas nucleares estratégicas para un primer golpe devastador. Pero, después de la solución de la Crisis de los Cohetes cubana en 1962, se tuvo la convicción de que los soviéticos no continuarían presionando sobre el caso de Berlín. Jruschov nunca dio un paso que lo llevase a una crisis nuclear que no pudiese controlar, pues consideraba que una guerra atómica no tenía vencedores, y temía al poder letal de las fuerzas de respuesta norteamericana.

 

Nikita Jruschov alcanzó su momento cumbre al establecer "de facto" la división europea erigiendo el muro de Berlín, pero indudablemente se equivocó totalmente con la administración Kennedy, y la cresta de esta proyección quedaría congelada en la postura norteamericana respecto a Alemania, la crisis de los cohetes en Cuba y finalmente con el desembarco de tropas norteamericanas en Vietnam. 

 

A cambio del desmantelamiento nuclear de Cuba, Estados Unidos extrajo del flanco sur europeo, Turquía, sus cohetes estratégicos nucleares que se enfilaban hacia la profundidad de la masa continental de Eurásia.  En lo adelante, la disuasión hacia Moscú descansó en los cohetes ubicados en EE.UU., quedando Europa solo con fuerzas convencionales para detener la masa blindada del Pacto de Varsovia. No sería hasta la década de los ochenta que la OTAN dispondría nuevamente de cohetes atómicos en Europa.

 

La crisis de los Cohetes en 1962 concluyó de forma tan rápida y decisiva por que los Estados Unidos podían destruir a la Unión Soviética totalmente en el primer golpe nuclear sin que ésta pudiese responder. La misma, además, mostró al Occidente que la supuesta paridad nuclear era sólo fruto de los mecanismos de desinformación soviéticos, corroborado por el espía Oleg Penkovsky. El aborto de la Crisis de los Cohetes, el diferendo con Pekín, el conflicto norteamericano en Indochina, la guerra árabe israelí y el caso cubano marcarían las líneas tangenciales moscovitas en los sesenta. 

 

LOS COHETES INTERCONTINENTALES

 

La caída de Jruschov, precipitada por el grupo de los "duros" con Mijail Suslov a la cabeza, se origina en medio de la lucha entre China, por un lado y en menor grado Cuba y la Unión Soviética, por el control de los movimientos de liberación del Tercer Mundo.

           

En los Estados Unidos se produciría el choque entre los postulados de la contención del comunismo defendido por McNamara y el de la "victoria" con LeMay como principal ideólogo. McNamara había consolidado la superioridad estratégica norteamericana remodelando en una triada las fuerzas estratégicas de forma tal que reducía al mínimo la vulnerabilidad ante un ataque nuclear soviético. La contención, o el llamado balance del terror, se basaban en la capacidad nuclear norteamericana para infligir, incluso en caso de encajar un primer golpe sorpresivo atómico, una destrucción total contra cualquier agresor o grupo de agresores durante el curso de una guerra nuclear.

 

La doctrina de la victoria nuclear diseñada por el general LeMay, y que arrancaba del período cuando los Estados Unidos disponían el monopolio bélico nuclear, no creía en los efectos de contención que propiciaba el disponer de la capacidad para propinar un segundo golpe atómico de respuesta. No sólo LeMay negaba la validez de esta opción, sino que proponía el impedir que los soviéticos llegasen a tener esta capacidad, y exponía la posibilidad de una victoria decisiva en una guerra estratégica, lanzando un ataque brutal sorpresivo que aniquilase a la Unión Soviética. 

 

Pero a medida que el poder nuclear soviético se fortalecía en el período 1965-1975, la doctrina norteamericana de la victoria nuclear mediante un golpe sorpresivo a la Unión Soviética se fue desvaneciendo. Ya para fines de la década del sesenta las potencias occidentales se convencieron de que resultaba imposible restaurar la hegemonía militar norteamericana en la esfera nuclear. La nomenclatura soviética se concentró en construir un arsenal coheteril y fuerzas navales capaces de sostener la bipolaridad.

 

La burocracia soviética, cogida en las raíces de su credo marxista, no se detuvo en estabilizar su expansión y recibir reconocimiento a su esfera de influencia, como lo hicieron las potencias coloniales europeas del siglo pasado. El equipo soviético que asumió la conducción del imperio después de Jruschov delineó una coordenada de expansión buscando la supremacía militar a corto plazo, convencidos de que el "status quo" internacional trabajaba en contra de la Unión Soviética, pues resultaba imposible vencer al Occidente en un duelo tecnoeconómico, como pregonaba Jruschov.

 

Entonces la URSS se esforzó en globalizar su marina de guerra; pero su complejo militar, sin una logística y una doctrina adecuada, no apoyó la intervención en los conflictos del tercer mundo ante su desventaja estratégica respecto a los misiles Polaris y Poseidón norteamericanos. Los boyardos moscovitas aún no estaban convencidos de la utilidad de organizaciones no marxistas para forzar la "revolución mundial". Sus consideraciones estratégicas hacia Europa, el fantasma de Yalta y la herencia del KOMINTERM, les hacían moverse de forma coyuntural, atendiendo a problemas domésticos y a sus relaciones con Estados Unidos.

 

Los procesos nacionalistas devendrían entonces en el punto focal por sobre las revoluciones socialistas. Y se persistió en este propósito a medida que salían de la maquina fotocopiadora del Kremlin más y más regímenes comunistas en Asia, Europa, el Caribe y África. La violencia para tomar el poder, la aniquilación de los opositores, e incluso la purga de comunistas opuestos a las directrices, se transformó en algo común. Ahora los marxistas gritaban que el antagonismo principal no resultaría entre la burguesía y el proletariado sino entre las naciones industrializadas y los países subdesarrollados.

 

El estalinismo había sido desacreditado tanto en los círculos liberales de izquierda europeos como en el medio afroasiático. Es por eso que por razones de prestigio personal, un dirigente supuestamente marxista como Castro buscara a todo lo largo de los sesenta evadir el verse catalogado o ligado al estalinismo. Parecía que no había escape; quien renegara del marxismo como cuerpo teórico y del comunismo como formación socio económica, se ponía de espaldas a la historia. Se abrazó el derecho histórico por la Unión Soviética, China y Cuba principalmente, a precipitar el final del capitalismo, comenzando por el sostenimiento financiero y logístico no solo a los partidos comunistas latinoamericanos y europeos, sino a los "movimientos insurgentes" de cualquier latitud. 

 

En 1965 varios acontecimientos precipitan un reflujo de la Unión Soviética en la arena internacional; la caída de Jruschov, los golpes de estado en Argelia, Indonesia, Ghana y el fracaso de las operaciones guerrilleras cubanas en el Congo y en la República Dominicana.

 

Desde los días de Kennedy, Estados Unidos no había incrementado sustancialmente el número de sus fuerzas estratégicas atómicas y convencionales, y se debatía en el diferendo con Francia de fortalecerse como potencia atómica independiente, a la vez que tenía que atajar tales deseos en Inglaterra. La estrategia submarina atómica norteamericana se combinó con la OTAN; pero, la sombrilla nuclear norteamericana en Europa no había logrado poner de acuerdo a Francia, Inglaterra y Alemania en la prosecución de la unidad política del continente. La idea del gobierno mundial manipulado desde Washington se desvanecía lentamente.

 

Francia trataba infructuosamente de capitalizar políticamente su poder nuclear en la arena internacional, y los británicos también intentaban salir del rango de potencia media; pero, paulatinamente perdían terreno en África y el Medio Oriente; la Mancomunidad Británica no lograba asentarse como un mercado único y una unión política, y el problema irlandés continuaba siendo una daga en el costado.

 

Las esperanzas del general De Gaulle de transformarse en un poder europeo de contención ante los soviéticos se vinieron abajo cuando el Pacto de Varsovia invadió a Checoslovaquia en 1968. En ese mismo año, cuando los disturbios estudiantiles de París casi derriban al gobierno del general De Gaulle, los soviéticos se percatan que la llamada nueva izquierda, la ultraizquierda trotskista latinoamericana y los grupos de presión dentro de las democracias occidentales eran susceptibles a la propaganda y desinformación.

 

La guerra de Vietnam no tenía sentido estratégico alguno para los Estados Unidos. Empantanado en los arrozales del río Mekong, el poder hegemónico norteamericano entrará en crisis interna ante una generación que cuestionaría los errores de ciertas acciones pragmáticas de proyección exterior, cuestionamiento incluso incoherente sin basamento ideo filosófico.

 

Cuando las cercadas fuerzas norteamericanas en Khe-Sanh parecía que iban a sufrir la misma suerte que las francesas en Dien-Bien-Phu, el general Westmoreland consideró como su principal plan de contingencia un golpe nuclear que fue vetado por el presidente Lyndon Johnson. Tanto el político Barry Goldwater, como los generales Westmoreland, LeMay y Radford eran defensores del criterio de que las bombas atómicas debían ser utilizadas como cualquier otra arma convencional. En 1968, cuando LeMay se postuló como candidato a la vicepresidencia en la boleta de George Wallace, en sus discursos de campaña apuntó que no excluiría la posibilidad de utilizar las armas atómicas en conflictos regionales.

 

Ausente de una respuesta valida al cuestionamiento que internamente se hacía de su rol internacional, en las décadas de los setenta y los ochenta se provocaría la virtual paralización de este clímax hegemónico norteamericano nacido en la II Guerra Mundial y, entonces, la nación entraría de lleno en una tendencia permanente hacia el puritanismo, para lo único que ha estado preparada la racionalidad norteamericana.

 

Los valores puritanos han resultado insuficientes para armar teóricamente un destino global que ha estado presente en las últimas décadas de la nación norteamericana, cuya gran paradoja ha sido una pobreza filosófica frente a su vasta riqueza tecno-financiero-material; los focos de producción teórica norteamericanos se comportarían como copiadores de los idearios euroasiáticos; sólo el frágil acerbo de nación elegida se utilizaría para matizar su vulnerable pragmatismo político y su probable intrascendencia en el curso de la historia futura.

 

CONTRASTES Y REBELIONES

 

Por un largo tiempo –desde la revolución industrial a comienzos del siglo XIX a los 1930s (en la Unión Soviética) o a los 1950s (en el Tercer Mundo)— el contraste entre el centro y las periferias del moderno sistema mundial fue casi idéntico a la oposición entre países industriales y no industrializados. Las rebeliones en las periferias –y en este aspecto las revoluciones socialistas en Rusia y en China y los movimientos de liberación nacional, fueron parecidos—revisaron este esquema al empalmar sus sociedades en los procesos de modernización. Aparecieron las periferias industrializadas; y la vieja polarización se revisó. Pero luego una nueva forma de polarización vio la luz. Gradualmente, el eje en torno al cual el sistema capitalista se estaba organizando, y que debería definir las formas futuras de la polarización, se constituía sobre la base de los "cinco nuevos monopolios" que beneficiaban a los países de la tríada dominante: el control de la tecnología; los flujos financieros globales (a través de bancos, carteles de aseguradoras, y fondos de pensión del centro); acceso a los recursos naturales del planeta; las comunicaciones; y las armas de destrucción masiva.

 

La industrialización que las fuerzas sociales, energizadas por las victorias de la liberación nacional, imponían al capital dominante, produjo resultados desiguales. Hoy, podemos diferenciar las periferias de primera línea, que fueron capaces de construir sistemas nacionales productivos con industrias potencialmente competitivas dentro del marco del capitalismo globalizado, y periferias marginales, que no fueron tan exitosas. El criterio que separa las periferias activas de las marginales no está sólo en la presencia de industrias potencialmente competitivas: es también político.

 

Las autoridades políticas en la periferias activas –y detrás de ellas, toda la sociedad (incluyendo las contradicciones en la misma sociedad)— tienen un proyecto y una estrategia para su realización. Este es claramente el caso de China, Corea, y en un menor grado, de ciertos países del Sureste de Asia, India y de algunos países de América Latina. Estos proyectos nacionales se enfrentan con el imperialismo globalmente dominante; el resultado de esta confrontación contribuirá a dar su forma al mundo de mañana.

 

Por otro lado, las periferias marginales no tienen ni proyecto ni estrategia (aunque la retórica política del Islam diga lo contrario). En este caso, los círculos imperialistas "piensan por ellos" y toman la iniciativa solo en la elaboración de "proyectos" que conciernen a estas regiones (como las asociaciones africanas de la Comunidad Europea, los "proyectos para el Medio Oriente" de los EEUU e Israel, y los vagos esquemas europeos para el Mediterráneo). Ninguna fuerza local ofrece oposición alguna, estos países son sujetos pasivos de la globalización.

 

Esta breve visión de conjunto de la economía política de la transformación del sistema capitalista global en el siglo veinte, debe incluir un recordatorio acerca de la sorprendente revolución demográfica que ha ocurrido en la periferia. La proporción de la población global formada por las poblaciones de Asia (excluyendo a Japón y a la Unión Soviética), África y América Latina y el Caribe era del 68% en 1900; ahora es del 81 por ciento.

 

El tercer socio en el sistema mundial de la posguerra, que comprendía a los países donde "actualmente se da el socialismo existente", ha abandonado la escena histórica. La existencia del sistema Soviético, con sus éxitos en la industrialización extensiva y sus logros militares, fue uno de los principales motores de todas las grandes transformaciones del Siglo XX. Sin el "peligro" que representaba el modelo comunista, nunca la socialdemocracia de Occidente habría sido capaz de imponer el estado de bienestar. La existencia del régimen soviético, y la coexistencia que impuso a los EEUU, reforzó el margen de autonomía a disposición de las burguesías en el Sur.

 

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