Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

 

LA GEOESTRATEGIA MUNDIAL - 3

 

LA GEOESTRATEGIA NUCLEAR

 

La Segunda Guerra Mundial inauguró una nueva fase en el sistema mundial. La expansión del período de posguerra (1945-1975) se basaba en los tres proyectos de la época, proyectos en donde cada uno estabilizaba y complementaba a los otros. Estos tres proyectos sociales eran: a) en el Occidente, el proyecto del estado de bienestar social demócrata, basado en la eficiencia de sistemas nacionales productivos interdependientes; b) el "Proyecto Bandung" de construcción de burguesías nacionales en la periferia del sistema (ideologías desarrollistas); y c) el proyecto de estilo soviético de "capitalismo sin capitalistas", que existía con una relativa autonomía con respecto al sistema mundial dominante. La doble derrota del fascismo y del viejo colonialismo había creado una coyuntura que permitía a las clases populares, víctimas de la acumulación capitalista, imponer formas estables aunque limitadas y discutidas de formación y de regulaciones al capital, a las cuales el mismo capital debía ajustarse, y que se establecieron como condiciones básicas de este período de alto crecimiento y de acumulación acelerada.

 

En la historia de la humanidad existieron guerras "caballerescas" que sólo comprendían a los ejércitos enfrentados, y campañas de extrema brutalidad que arrasaban con pueblos y naciones. En esta última categoría se inscribió la Segunda Guerra Mundial, por mucho que los vencedores han hecho para achacar la brutalidad sólo al lado de los vencidos.

 

La II Guerra Mundial tuvo como problema esencial el que la población civil de ambos bandos se convirtió en objetivo militar, hecho que no horrorizaba a sus ejecutores. Tanto los generales aliados como los alemanes se enorgullecían de las devastaciones urbanas que provocaban sus ejércitos, reportándolas como brillantes victorias militares.

 

Sin duda el comportamiento de la Wehrmacht y de las huestes del "Imperio del Sol Naciente" resultó brutal y despiadado sobre los civiles de aquellos países que invadieron, pero no menos reprobable fue la reacción de los soviéticos, ingleses y norteamericanos sobre las poblaciones de sus enemigos. Sólo que la masacre sobre los civiles ejecutada por los alemanes, japoneses y soviéticos se llevó por sus legiones terrestres y la de los ingleses y norteamericanos por sus  fuerzas aéreas.

 

Si al inicio de la guerra los espantosos bombardeos alemán, a Rótterdam, y japonés, a Pearl Harbor, en realidad provocaron pocas bajas civiles pues atacaron auténticos objetivos militares, al adentrarse el conflicto surgió la "estrategia" en ambas partes de golpear centros civiles. El propósito de los "aliados" era no dejar piedra sobre piedra de los populosos centros urbanos de Alemania y Japón, para que tal efecto psicológico destruyese el espíritu combativo, estrategia que falló en Alemania y no pareció conmover a la juventud nipona transformada en "kamikase".

 

La sistemática destrucción por los aliados de las "líneas logísticas" alemanas, en realidad resultaba el bombardeo de los abastecimientos que mantenía a las poblaciones civiles. Con vistas a impresionar a Stalin en la conferencia de Yalta, tanto Churchill como Roosevelt, ordenaron la demolición con bombas incendiarias de la ciudad alemana de Dresde, pereciendo más de 300 mil civiles en esta operación convencional, la más devastadora de la historia.

 

En 1945, las urbes de Japón, al igual que lo fueron antes las de Alemania, fueron objeto de masivos ataques incendiarios por las superfortalezas volantes de los generales del Pacífico, Curtis LeMay y su segundo, Thomas Power, quienes, al igual que Douglas McCarthur, desobedecían órdenes del presidente y del Estado Mayor. LeMay ordenaría a sus escuadrones aéreos estacionados en Las Marianas, atacar las ciudades del Japón en asaltos de vuelos raspantes nocturnos lanzando bombas incendiarias M47.

 

La ferocidad de los bombardeos convencionales norteamericanos sobre Alemania y el Japón tenía alarmados a muchos políticos aliados, como el Secretario de la Guerra, Stimson, quienes pensaban que la historia los podría comparar con las atrocidades de Hitler. La saturación de los bombardeos convencionales en Europa y Japón llevó a la administración política norteamericana al uso de un arma de aniquilamiento masivo, desconociendo las consecuencias biológicas de la misma.  

 

Bajo este síndrome de horror, la administración de Truman, con el discutible pretexto de "acortar la guerra" no se cuestionó desde ningún ángulo moral y ético el destruir con bombas atómicas ciudades sin objetivos militares. Estados Unidos esperaba con la bomba atómica fortalecer su ya prominente posición internacional.

 

Hubo voces que, con vistas a que el mundo supiera la capacidad destructiva atómica, solicitaron la presencia internacional para la prueba de Alamogordo en julio. Sobrecogidos ante la idea del aniquilamiento japonés, la casi totalidad de los científicos envueltos en la bomba atómica, junto a algunos generales como Dwight D. Eisenhower, George Marshall y el almirante William Leahy, pidieron a Truman que se enviara un ultimátum atómico a los japoneses antes de arrojar la superbomba.

 

Marshall se inclinó al pedido de los científicos de invitar a sus colegas soviéticos a la prueba de Alamogordo, y a los japoneses en una isla desierta del Pacífico, pero la propuesta fue denegada. También algunos científicos avanzaron la idea de realizar una explosión atómica en una isla desierta con delegados internacionales, incluyendo japoneses, para luego solicitar el fin del conflicto. La posibilidad de los letales efectos secundarios radioactivos de la bomba no fue siquiera considerada, pues los iletrados políticos y militares que decidieron sobre ella no tenían idea de la magnitud y fuerza de la fusión atómica. La discusión sobre las ciudades niponas que resultarían objeto del ataque se centró en determinar cuál era la más densamente poblada para lograr la mayor cantidad de "bajas civiles". El secretario de guerra de Truman, Henry Stimson fue objeto de burla por parte de su Estado Mayor al vetar cualquier ataque nuclear sobre la urbe de Kioto, por considerarla un centro cultural y religioso de la humanidad.

 

El 17 de julio se probó la bomba en Alamogordo y el 6 de agosto, finalizada la conferencia de Potsdam, se lanzó la bomba sobre Hiroshima y luego sobre Nagasaki. Una tercera bomba estaba lista para ser lanzada sobre Tinián. Como apuntaría un autor sobre el tema: "la lógica de tiempos de guerra, distorsionada por las manipulaciones, las metas, el secreto obsesivo, la ignorancia de los presidentes y las pobres comunicaciones, aseguraban una decisión final en favor del uso de los japoneses como conejillos de indias para la bomba de Oppenheimer".

 

Tras haber usado la bomba atómica, la administración Truman se horrorizó ante la perspectiva que deparaba el futuro de un mundo poblado de naciones poderosas con armamento nuclear; y esta razón política precipitó la futura Guerra Fría.

 

EL PODER ATÓMICO

 

La técnica, a no dudarlo, ejerce una influencia inmensa en la vida social, pero solamente en relación con el humano, pues sin éste, es un factor muerto. La tecnología industrial demandó el procesamiento en masa de las materias primas, los productos y los seres humanos, noción que se extrapoló a nuestras costumbres e instituciones. A los fines de justificación de la política hegemónica de las potencias de este siglo ha servido también esa propensión de la sociología que ve el factor fundamental y decisivo del desarrollo de la sociedad y de la política en el fetiche de la técnica, y en especial la militar y de la bomba atómica y de la fuerza armada basada en ellas; es la tendencia que a veces se denomina como "sociología atómica" que llevó a la Guerra Fría y que ha conducido a la proliferación del arma nuclear.

 

La ciencia del futuro en Occidente, como casi toda la contemporánea occidental (ejemplo, la teoría de los sistemas), debe su origen a las exigencias militares de la Guerra Fría, en especial al ritmo de la tecnología aeronáutica. En la segunda parte del siglo XX se produjo una interrelación entre la tecnología y la política (energía nuclear, aeroespacial, computación) que alteró la dinámica de las relaciones internacionales. Dos grandes invenciones militares, los cohetes alemanes V 1 y V 2, y la construcción de la bomba atómica por científicos euro-americanos se combinaron en un sólo sistema de armamento que nos ha regido desde la Segunda Guerra Mundial.

 

La exótica y abstracta ciencia de la física cuántica, sumergida en oscuros laboratorios en la primera parte del siglo XX, asumirá el control del orden internacional a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando una de sus ramas, la física nuclear, es transformada en el arma descomunal que es la bomba atómica, que aún mantiene aterrorizada a la humanidad. Pese a lo evidente del hecho, la ciencia que crea la fisión nuclear y que nos guiará por los próximos siglos es aún totalmente desconocida en los medios no científicos.

 

El primer paso en el uso de la fuerza molecular ya se inició con el uso de la energía atómica para la generación de electricidad y bombas nucleares. El microscopio electrónico ha posibilitado el estudio de las estructuras primarias celulares, de su funcionamiento con la consecuente influencia en la medicina, la química, la biología, la genética. Pero aún estamos en los inicios del desarrollo de la técnica metalúrgica, de la química y la bioquímica.

 

En 1913, el afamado escritor Herbert George Wells (foto) fantaseaba sobre una guerra nuclear global en una de sus novelas de ciencia ficción. Ya Niels Bohr, el Gran Danés había descubierto la estructura del átomo, y sus ideas eran compartidas por el físico vienés Otto Frisch y por el alemán Otto Hahn. Este bombardeaba el uranio con neutrones, provocando un elemento diferente, el bario, y sin saberlo descubría la fisión del núcleo atómico.  Asimismo, el físico húngaro, Eugene Wigner, refugiado en los Estados Unidos, y el premio Nóbel de física, el italiano Enrico Fermi, habían jugado con la idea. En 1933, el húngaro Leo Szilard, alumno eminente de Einstein, experimenta en Londres con la reacción en cadena atómica bajo el bombardeo de neutrones. El triunvirato húngaro  Wigner, Szilard y Edward Teller  unidos al exilado ruso George Gamow, trataban de convencer a poderosas compañías internacionales sobre las bondades del nuevo experimento de Hahn.

 

Antes de la II Guerra Mundial, Francia era el país más adelantado en el objetivo de construir la bomba atómica. Ya para 1939, el intento galo, dirigido por Frederic Joliot Curie, estaba convencido que podía inducir en poco tiempo la reacción nuclear en cadena, utilizando el uranio del Congo Belga y agua pesada de Noruega. De no haber sido por los blindados de Erwin Rommel, para 1950 París hubiera emergido como la primera superpotencia atómica, y con una industria basada en la energía nuclear que la hubiera transformado en el país militar más poderoso del globo, con una economía capaz de rivalizar en avance y eficiencia con Estados Unidos. La historia europea contemporánea, y todo el balance de fuerza internacional hubieran desandado por rumbos diferentes. De haber sido así, Alemania no hubiera invadido la Europa Occidental; la Unión Soviética no hubiese desbordado sus fronteras originales; Japón hubiera podido construir un imperio colonial asiático, y los Estados Unidos hubieran seguido con su relativo aislacionismo internacional.

 

Los alemanes hacen hallazgos cruciales para 1938, bajo la mano del Nóbel de física Heisenberg (antiguo discípulo de Bohr) asistido por Hahn. Ambos descubren la solución teórica de la reacción nuclear, pero a diferencia de los franceses, la élite del Tercer Reich no comprende su aplicación militar e industrial. En 1941 el intento atómico alemán ya dispone de una batería atómica y una elaboración de una tonelada de uranio mensual. Los alemanes echan manos a las minas de uranio belgas en el Congo y confiscan todo el inventario francés del metal radioactivo torio, una posible alternativa al uranio. Pero el diseño alemán siempre estuvo por detrás del francés y del anglo norteamericano, como lo verifica la inteligencia aliada tras el desplome del Tercer Reich. Asimismo, la ignorancia de Hitler y su séquito les impide  beneficiarse de los trabajos de Juliot Curie; el Führer se hallaba ensimismado en el sueño de los cohetes V.

 

Antes de la Segunda Guerra Mundial existe un esfuerzo japonés por lograr la reacción nuclear en cadena, encabezado por los físicos Yoshio Nishina y Masashi Takeuchi. Poco antes de Pearl Harbor, el científico norteamericano Ernest Lawrence ayuda a los japoneses a fabricar su primer ciclotrón. Desde abril de 1941, el ejército imperial solicita a sus científicos las bombas atómicas, pero los recursos puestos a disposición resultan magros. Los científicos japoneses consideraban que ninguna nación estaba en capacidad de concretar la bomba antes de una década. Los científicos ingleses en la preguerra, bajo el australiano Marcus Oliphant y los exilados Otto Frisch y Rudolph Peierls, se hallan sobre la pista de la reacción nuclear y su aplicación bélica; si bien su programa es más adelantado que el norteamericano carece del complemento tecnoindustrial y no es impulsado por la cúspide del poder hasta que estalla el conflicto. Alrededor de cincuenta científicos e ingenieros británicos colaboran entonces con el Proyecto Manhattan en la reacción en cadena, el agua pesada, la difusión gaseosa y el electromagnetismo.

 

La fisión nuclear era totalmente desconocida fuera de los estudiosos de la física cuántica; aunque en realidad resultaba un secreto a grandes voces. Leo Szilard propone la idea a los ingleses, pero los militares no comprenden la magnitud del diseño. Fermi era el más lucido de los físicos experimentales, y los húngaros, alarmados ante la posibilidad de que Hitler se hiciese del arma atómica, reclutan al físico ruso Isidoro Rabí para convencer a Estados Unidos de la fisión nuclear. El 2 de marzo de 1939, en la Universidad de Columbia, Szilard y Edward Teller, supervisados por Bohr, logran la fisión nuclear con uranio, demostrando el medio de construir una bomba atómica.

 

De inmediato, los físicos Luis Álvarez y Ernest Oppenheimer acogen con entusiasmo el resultado. Szilard, Víctor Weisskopf y un grupo de físicos dan a conocer las conclusiones a sus colegas científicos en Londres. El pánico cunde en la comunidad científica; el químico alemán Paul Harteck, alerta a los guerreros de Hitler sobre este último desarrollo de la física nuclear capaz de producir un explosivo hasta ahora desconocido por su descomunal potencia.  Como medida preventiva, los nazis embargan la exportación del uranio de las usurpadas minas checas de Joachimsthal. Por otro lado, algunas revistas científicas alemanas se refieren al reciente ensayo de Bohr, Teller y Szilard.

 

A instancias de Szilard, Einstein le expone al presidente Franklin D. Roosevelt el peligro de los experimentos nucleares alemanes, que dirigía Ernest Rutherford (pionero de la estructura atómica) y le urge a que Estados Unidos se asegure de fuentes de uranio. La intervención de Einstein sirve de catalítico en Estados Unidos e Inglaterra para buscar la bomba atómica con rapidez, unido al destierro en Inglaterra de los físicos alemanes Frisch y Peierls. Los ingleses necesitan de los recursos norteamericanos para el proyecto atómico; esa es la misión de Oliphant ante el norteamericano Lawrence, genio tecnológico inventor del ciclotrón y premio Nóbel de 1939. Oppenheimer y Einstein, junto a Szilard, presionan a Winston Churchill y al presidente Roosevelt para lanzar el famoso Proyecto Manhattan, ante el temor de que Hitler o Stalin lograsen obtenerla primero. Los políticos la consideraban muy costosa y los militares no lograban dar pie con su aplicación.  Oppenheimer encabezará el Proyecto Manhattan y será el padre de la bomba atómica.

 

Como consecuencia de la represión nazi, un puñado significativo de eminencias de las ciencias,  entre ellos varios premios Nóbel, particularmente austriacos, alemanes, rusos y húngaros  se refugian en Estados Unidos, trayendo consigo sus estudios, experiencias y teorías sobre el átomo. El Proyecto Manhattan se inicia con un enorme número de reputados físicos internacionales y norteamericanos, entre ellos tres premios Nóbel, y dos gigantes de la ciencia como Oppenheimer y Teller. En el grupo también rezan un futuro Nóbel y autoridad en la teoría cuántica, Feynman, y el matemático Von Neumann, pionero de la computación. Tanto Fermi como Wigner se envuelven en el diseño de los reactores; figuras del calibre de Hans Bethe, Felix Bloch, James Franck, Szilard, Weisskopf y Wigner resultarán decisivas, junto a los ingleses y norteamericanos, en lograr la construcción de la bomba atómica con celeridad.

 

Nunca antes o después se reúne tal cantidad de científicos para realizar un proyecto. La razón estriba en que Europa se halla devastada provocando una emigración de su élite pensante a los Estados Unidos e Inglaterra quien, por su parte, traspasa sus fuerzas intelectuales a la primera. Sin esta impresionante concentración de genios de la física y las matemáticas, de múltiples países, hubiese sido imposible la bomba atómica norteamericana en 1945. La bomba la conciben, proponen y construyen los propios científicos que luego, salvo pocos casos, serán sus más feroces críticos.

 

Estados Unidos, además, contaba en su favor con más ciclotrones que el resto de las naciones combinadas. Los trabajos para desenvolver la reacción nuclear se llevan a cabo en los enormes laboratorios de Los Alamos, utilizándose el uranio canadiense. La compañía DuPont se involucra en la producción del plutonio 239; se levanta una megafábrica en Oak Ridge para separar el uranio a un costo de $544 millones, empleando un ejército de 85,000 obreros. El costo total de la bomba atómica ascenderá a 2,000 millones de dólares. Inicialmente, Churchill y Roosevelt convienen que la bomba atómica se utilice de mutuo consenso, acuerdo que será omitido por Harry Truman. Al final, Estados Unidos monopoliza la bomba y aparta a un lado a Canadá y Gran Bretaña, copartícipes del Proyecto Manhattan. Aunque, la crucial ayuda inglesa obligará a que éstos le extiendan en la posguerra su sombrilla nuclear protectora.

 

La meta inicial de la bomba atómica anglo norteamericana era lanzarla sobre Alemania, propósito compatible con el famoso plan de Roosevelt y Corder Hull, de convertir al país teutón en una inmensa llanura pastoril sin industrias. Pero, la balanza dentro de la élite angloamericana se inclinó hacia el Japón, debido a sus seculares vínculos con Europa y a la fanática defensa japonesa en cada isla del Pacífico, especialmente en Okinawa, que auguraba una sangrienta carnicería en la toma del Impero del Sol Naciente negado a rendirse. Pese a que Stalin se comprometió en Yalta a secundar con sus ejércitos el asalto final al Japón, Estados Unidos e Inglaterra mantuvieron su determinación de atacar a Japón con la bomba atómica.

 

Pero si la bomba norteamericana fue precipitada por Hitler, la soviética fue acelerada después por la norteamericana. En realidad, el monopolio norteamericano sobre la bomba atómica no podía durar mucho; con espionaje o sin él, los soviéticos disponían del caudal científico, la materia prima y las instalaciones industriales para lograrla.

 

La primera tentación de guerra atómica ante una crisis internacional tuvo lugar en marzo de 1946, en ocasión de la negativa soviética de abandonar el norte del Irán como se había establecido en las negociaciones de Yalta y Potsdam. Truman envía a Stalin un ultimátum para que retire sus tropas so pena de utilizar su poderío estratégico. El Kremlin entonces conoce con amargura lo que significa la diplomacia de las de armas atómicas y precipita el esfuerzo por adquirirlas. Los británicos comunican a los descreídos norteamericanos que los soviéticos se hallan envueltos en una intensa carrera por la bomba atómica y que están a punto de concluirla. Washington tilda de ridículas las informaciones de Londres hasta que se produce la debacle en agosto de 1949, cuando la Unión Soviética detona su primera bomba atómica electrificando a la comunidad internacional y en especial a la Casa Blanca.

 

La coalición internacional contra el eje Roma-Berlín-Tokio se había desvanecido. La Unión Soviética corría el telón de hierro encerrando a los países del este europeo y bloqueando a Berlín; el poderío nuclear norteamericano se establecía como un valladar entre las hordas de Stalin y el Océano Atlántico.

 

Pero tras usar la bomba atómica, la administración Truman se encontró ante la perspectiva de un mundo poblado de naciones poderosas con armamento nuclear, y precisamente esta única razón política precipitará a la futura Guerra Fría.

 

LOS CIENTIFICOS Y LA BOMBA

 

Hoy nos resulta igualmente reprensible y asombrosa la actitud de la comunidad científica; genios de la física de todas las naciones como Bohr, Oppenheimer, Isidor Rabí, Igor Kurchatov, Andrei Sajarov, Arthur Compton, Enrico Fermi, Lawrence, James Chardwick, Juliot-Curie, Hans Halban, Lew Kouorski, Hahn, Heisenberg Weizsacker, Peierls y otros se lanzaron fanáticamente, codo a codo con la bruta casta militar, a la construcción del arma atómica en Estados Unidos, Inglaterra y la Unión Soviética. Sólo Albert Einstein se negó a participar en el proyecto de la bomba atómica.

 

Un elemento llamativo es que la comunicación teórica entre los científicos y los políticos de las naciones envueltas en la carrera nuclear se cortó desde el principio. Si bien por vez primera en la historia las "élites" militares y gubernamentales devinieron totalmente dependientes del trabajo de los científicos, sin embargo solucionaron esta situación destruyendo la independencia de las investigaciones y los proyectos; se introdujo el secreto sobre el trabajo científico a partir de criterios de "seguridad nacional"; los científicos devinieron en "esclavos mentales" de los ejércitos y de la industria de guerra.

 

Los servicios de seguridad angloamericanos guardaron extrema suspicacia contra los científicos extranjeros, (Fermi, Szilard, Teller, Oppenheimer, Hans Bethe) a los que consideraron mercenarios pensantes, pese a que ellos fueron los que hicieron posible no sólo la victoria contra Alemania sino que dieron a la nación  norteamericana el arma más poderosa que jamás se inventase, y los cimientos de un superdesarrollo tecnoeconómico.

 

Los genios de la física -Einstein, Bohr, Oppenheimer, James Franck y Szilard- se oponen al uso de la bomba y a su monopolio por parte de Estados Unidos e Inglaterra. Desgarrados en el dilema de mantener el espantoso secreto gubernamental o alertar a la humanidad de las consecuencias, comienzan a abogar por el control internacional del arma atómica para evitar una loca y suicida carrera armamentista.

 

Para alarma de los militares y los servicios secretos angloamericanos, el danés Bohr discute públicamente las implicaciones de la bomba atómica, y la necesidad de que la energía atómica se transforme en un instrumento de paz y abundancia y propone en carta abierta a Churchill la difusión del conocimiento y la tecnología para desencadenar esta energía, y la inmediata puesta en práctica del control internacional de los armamentos atómicos.

 

Bohr guardaba razón en un punto: la manera en que la nueva arma fuese introducida en el mundo iba a determinar el curso de los acontecimientos políticos futuros. Si una nación era capaz de construir en secreto y lanzar sobre poblaciones civiles indefensas un arma tan devastadora, no existía entonces diferencia con los cohetes alemanes de Hitler, y Estados Unidos no podría pretender ser una "nación humanitaria". De acuerdo con Bohr, mantener en secreto el desarrollo atómico implicaba desencadenar una carrera armamentista, la tensión internacional y el peligro de una conflagración catastrófica; y alerta que nadie puede retener por mucho tiempo el monopolio atómico, pues cualquier nación con los recursos existentes y la dedicación científica apropiada podría conseguir la reacción nuclear en cadena. Todo intento por lograr la seguridad internacional a través del secreto atómico era risible.

 

Los científicos consideraban que podían encauzar al mundo hacia el desarme. En su carta a Roosevelt, Szilard había pronosticado que al lanzar la bomba atómica en el Japón, los Estados Unidos habían precipitado una carrera nuclear con los soviéticos. Asimismo, Franck alertaba también en un memorando que el arma atómica había hecho obsoleta la competencia tradicional entre las naciones; se había introducido un futuro donde se podía desembocar en una catástrofe de dimensiones intolerables para la supervivencia humana.

 

Para consternación de los servicios secretos aliados y los estados mayores militares, todos los físicos de relevancia de las naciones contrarias en esta guerra se conocían íntimamente y tenían la costumbre de intercambiar sus ideas, visitarse en los laboratorios donde se desarrollaban los experimentos, publicar sus trabajos teóricos y sus resultados; la división política internacional no había arribado al núcleo de la ciencia, ello se produjo a partir de la II Guerra Mundial y su secuela: la Guerra Fría. Los físicos rusos mantenían contacto regular con Bohr quien por la época, junto a Einstein, era la cumbre de la ciencia del siglo; esta relación desencadenó en Churchill y Roosevelt profundas sospechas sobre la honestidad del genio danés. De inmediato, los gobiernos cortaron el intercambio de ideas entre los científicos envueltos en la investigación de la física nuclear.

 

Mientras políticos avezados como Bernard Baruch y el propio Truman perciben la bomba atómica como un arma victoriosa y desdeñan los criterios de los hombres de ciencia, éstos opinan que tal arma es una destructora de mundos. Oppenheimer llega incluso a pedir que se comparta el descubrimiento con los soviéticos para evitar la competencia irracional y establecer el equilibrio internacional, discernimiento que en tiempos de Eisenhower le costará verse acusado de agente enemigo.

 

Oppenheimer había sido sometido por el FBI a una intensa vigilancia que incluía la intercepción de correspondencia, llamadas telefónicas y demás. Mientras el FBI pierde su tiempo con Oppenheimer, el verdadero espía de Stalin, Klaus Fuchs, se halla en el corazón del programa de separación del uranio y traspasa a sus contactos, entre otras cosas, los planos de la planta en Oak Ridge.

 

El logro más impresionante de la historia humana había terminado en el arsenal de los militares. Era el momento en que Washington, lleno de euforia lanzaba su idea de un gobierno mundial. Los politólogos norteamericanos de posguerra rechazaron la noción de que los soviéticos creían en una victoria final del comunismo en el globo terráqueo. Las administraciones norteamericanas de posguerra, Truman y Eisenhower, resultaron mediocres respecto a las consideraciones geoestratégicas que presentaban.

 

EL INICIO

 

La burocracia política anglo-norteamericana erraba al pensar que habían alcanzado un virtual monopolio nuclear que duraría de 15 a 20 años; no contaban con que los soviéticos pudiesen lograr acumular con rapidez uranio de alta concentración. La suficiencia norteamericana ante la Unión Soviética llegaría a tal magnitud que al concluir su mandato en la Casa Blanca, en 1953, Truman declaró a los periodistas que no creía que Moscú tuviese la bomba atómica. El informe Acheson-Lilienthal exponía que fuera de los anglo-norteamericanos era dudoso que nadie lograse implementar un programa tan intensivo para lograr la bomba atómica.

 

En realidad, el monopolio norteamericano sobre la bomba atómica no podía durar mucho; con espionaje o sin él, los soviéticos disponían del caudal científico, la materia prima y las instalaciones industriales para lograr su producción. Si bien el territorio soviético no disponía de uranio, lo podían obtener de la controlada Checoslovaquia. Los físicos concentrados en Estados Unidos e Inglaterra exponían a sus incrédulos políticos que los soviéticos se hallaban en capacidad científica para construir por ellos mismos la bomba atómica en 3 ó 4 años. Además, se desconocía el grado de penetración de los soviéticos en el Proyecto Manhattan, y no se tenía idea de los esfuerzos de investigación iniciados bajo la dirección del brillante físico nuclear soviético Igor Kurchatov.

 

Sin dudas, los soviéticos interpretaron el bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki como una señal en su contra. (¿Cuál era la razón para buscar la bomba atómica si la derrota de Alemania era cuestión de poco tiempo?) Por qué había que destruir dos objetivos no militares sobre un enemigo totalmente desangrado, como era el Japón, y sin capacidad para causar daños en territorio norteamericano?

 

Es el momento en que Washington, lleno de euforia lanza su idea de un gobierno mundial. En agosto de 1945, Stalin tomó la decisión de romper el monopolio atómico norteamericano de forma inmediata, con un programa que se puso en manos de un centenar de científicos bajo la mano de Kurchatov. Stalin conocía que en su país existían excelentes científicos nucleares, se procesaba el uranio y el torio, y se disponía de una rama industrial bélica apropiada para la tarea, ensamblada durante la segunda guerra mundial; ya para 1942 se habían iniciado pequeños proyectos de uranio, motivados por la evidencia de que los alemanes y norteamericanos se movían en esa dirección.

 

El senador James F. Byrnes convenció a Truman de que la posesión de la bomba atómica concedía una enorme superioridad diplomática y la posibilidad de ejercer el "chantaje atómico", poniendo a los Estados Unidos en una posición ventajosa para dictar sus términos en la arena internacional.

 

La primera tentación de utilizar la bomba atómica ante una crisis internacional tuvo lugar en marzo de 1946, en ocasión de la negativa soviética de abandonar el norte del Irán, como se había establecido en las negociaciones de Yalta y Potsdam. Truman envió a Stalin un ultimátum para que retirara sus tropas ante la opción de utilizar todo el poderío estratégico norteamericano. El Kremlin conoció con amargura lo que significaba no disponer de armas atómicas y se afanó aún más en adquirirlas.

 

Finalmente, en agosto de 1949, la Unión Soviética detonó su primera bomba atómica, sorprendiendo a la comunidad internacional y en especial a la Casa Blanca. 

 

La coalición internacional contra el eje Roma-Berlín-Tokio se había desvanecido. La Unión Soviética corría el telón de hierro encerrando a los países del este europeo, y bloqueando a Berlín; el poderío nuclear norteamericano se establecía como un valladar entre las hordas de Stalin y el Océano Atlántico.

El aniquilamiento del Japón por las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki había confirmado el carácter decisivo de los bombarderos estratégicos. Para efectuar la nueva maniobra de ataque inmediato y destructivo, se requirieron las bases y los pactos de defensa colectivos y bilaterales. En esta primera fase, como consecuencia de ser las aeronaves pesadas el vector utilizado para trasladar los artefactos nucleares a sus objetivos, los campos de aviación habilitados para este tipo de transporte en Europa, Asia y Medio Oriente (como el de Adén) asumieron una gran importancia logística.

 

Mientras en el año 1947, Estados Unidos mantenía la cifra de 380 superfortalezas volantes con capacidad atómica en los aeródromos ingleses, como una espada de Damocles sobre vitales objetivos industriales y militares soviéticos, la aparición de los cohetes intercontinentales con ojivas nucleares neutralizó a las 45 bases aéreas que rodeaban el gigantesco territorio de la URSS.

 

La gran paradoja fue que esta estrategia de posguerra, basada en las armas atómicas, reveló una concepción bélica no afectada todavía por el descubrimiento de la fisión atómica. Las armas nucleares se consideraban simples bombas de más potencia destructiva, y no se pensaba en las consecuencias políticas y estratégicas que produciría su existencia. No se examinaba escalón intermedio alguno entre la beligerancia total y la paz total. El conflicto de Corea terminaría con esa concepción arcaica de la estrategia político-militar.

 

La segunda ocasión en que los Estados Unidos estuvieron tentados en descargar su poderío atómico ocurrió también al poco tiempo de poseerla. El escenario sería la guerra de Corea, cuando el avance de los ejércitos chinos dentro de la península coreana ocasionaba gran ansiedad en Washington; el presidente Truman, apoyado por el premier inglés, Clement Attlee, consideró seriamente en noviembre de 1950 propinar un golpe atómico a China.

 

Nuevamente, sería Corea el escenario que a poco precipita un bombardeo atómico, cuando las conversaciones de paz se estancaban y los norcoreanos y chinos presionaban militarmente; en diciembre de 1952, tras consultar a sus aliados franco-británicos en la reunión de Bermuda, tuvo lugar una enorme preparación de super-fortalezas B-29, B-36 y ojivas nucleares en la base de Okinawa, enfiladas a Corea del Norte y China. 

 

El 11 de febrero de 1953, el presidente de los Estados Unidos discutió con el Consejo Nacional de Seguridad y con el general Clark la posibilidad de utilizar las fuerzas nucleares de Okinawa contra el área de Kaesong, donde se hallaba concentrado el grueso de las tropas y la logística enemiga. El premier inglés Winston Churchill desaprobó la idea, expresando que de desencadenarse la guerra nuclear total a partir de Corea, Inglaterra sería destruida por las bombas atómicas soviéticas. Pero, el canciller norteamericano Dulles expresó al embajador indio en la ONU, Krishna Menon que de no alterarse el "impasse" de los comunistas, sólo quedaría como opción el uso del arma atómica.

 

Moscú y Pekín copiaron el mensaje y para marzo de 1953, las negociaciones entraban en un período de solución. La nomenclatura soviética no estaba en disposición de correr riesgos de una guerra total que atentara contra su propia sobrevivencia en el poder. El poder nuclear soviético en ese momento era sólo marginal, y su primera prueba termonuclear fue realizada en agosto, dos semanas después de la paz de Panmunjom.

 

En marzo de 1952, antes de su muerte, Stalin había sugerido una concesión territorial sin precedentes al proponer negociar la unificación alemana a cambio de que fuese neutral. Sólo un político avezado como Churchill se percató de la magnitud de la propuesta del Kremlin, pero no pudo convencer al tozudo equipo norteamericano de Eisenhower-Dulles envueltos en una estrategia global de contraofensiva atómica contra la Unión Soviética, donde no se concebían las negociaciones parciales.

 

En esos momentos Estados Unidos vivía la época maccarthista que concebía cualquier iniciativa soviética como una conspiración comunista; además, Washington se hallaba de lleno en la conformación de la defensa del Atlántico Norte por medio de la OTAN, que inicialmente buscaba que los estados europeos sacrificasen sus ejércitos nacionales y quedasen subordinados al mando central norteamericano de la OTAN.

 

Disponer de un vasto arsenal atómico no fue suficiente para el gobierno norteamericano y se embarcó en una carrera desenfrenada por recuperar nuevamente la delantera buscando una superbomba. Desde el inicio de la construcción de la bomba de fisión atómica, Teller fue el abanderado de una superbomba de fusión, donde la explosión nuclear generaría la fisión del hidrógeno pesado.

Pero, la superbomba de hidrógeno de Teller sería un camino más largo que la de fisión atómica usada contra Japón. Además, los científicos -especialmente Oppenheimer-, se hallan alarmados y temerosos de que la superbomba de Teller desencadenase la explosión del nitrógeno en la atmósfera terrestre, desintegrando al planeta. Casi todos los físicos, incluido el propio Teller, desconocían las consecuencias de una explosión de hidrógeno y se consideraba que la conflagración podría evaporar incluso la atmósfera; pero con gran irresponsabilidad y apoyado por el aparato militar norteamericano, Teller no se detendría.

Parte de la comunidad científica que había trabajado en la consecución de la bomba atómica, encabezada por Oppenheimer, Glenn Seaborg, etcétera, mostró su rechazo al proyecto de un artefacto termonuclear bajo el criterio de que resultaba un arma totalmente genocida, cuyos límites destructivos rebasaba los objetivos militares y atentaba contra la propia existencia de la civilización. El ruso Rabí y el italiano Fermi, se comprometieron con la parte científica del nuevo proyecto.

 

Pero en noviembre de 1952, el esfuerzo científico de Teller, Fermi y Rabi concluye en la detonación de la primera explosión de hidrógeno de diez megatones en la isla de Eniwetok del Pacífico. Este hecho enterró la posibilidad de lograr algún tipo de tratado o control internacional que impidiese la carrera nuclear. Este segundo período de ventaja psicológico quedó hecho trizas antes del año cuando los soviéticos ripostaron al cruzar también el Rubicón termonuclear y estallar su superbomba diseñada por el físico Andrei Sajarov. Así, las decisiones asumidas en ambos países conformaron una situación de vulnerabilidad recíproca para una casi instantánea devastación. 

 

Con 13 reactores para la producción de Plutonio y 4 plantas de producción de difusión gaseosa U-235, los Estados Unidos lanzaron un programa para acumular un inventario de armas de fisión nuclear que resultase inalcanzable a los soviéticos. De 1000 bombas de fisión en 1953, se logró acumular para el final de la década la escalofriante cantidad de 20,000 ojivas termonucleares. Ninguna administración estadounidense posterior se vio en la necesidad de expandir esta infraestructura para la producción de bombas de hidrógeno. 

 

Se intentaba provocar, mediante un masivo poder de respuesta atómica, como lo definiría John Foster Dulles, una inhibición permanente del bando contrario debido a su inferioridad tecnológica. Pero resultaba difícil para Stalin renunciar a crear un arsenal y pasar a potencia de segundo rango. En septiembre de 1953, en un memorando dirigido a Dulles el presidente Dwight D. Eisenhower, quien tuvo bajo su mando a 12 millones de soldados en el escenario bélico europeo, notaba que las perspectivas de una competencia armamentista tan intensa y costosa podrían precipitar a Estados Unidos a una guerra o a una forma encubierta de dictadura militar.

 

La Unión Soviética disponía de 175 divisiones activas en la Eeuropa Oriental; Estados Unidos sólo contaba con 20 divisiones activas, y de ellas sólo 5 se hallaban en suelo europeo. Para la época la primordial contención ante los soviéticos descansaba en el poder nuclear de los bombarderos de largo alcance del Comando Aéreo Estratégico.

Con el nacimiento de la Guerra Fría y el espectro del comunismo nacería también la obsesión norteamericana de la "patria en peligro" infiltrada de agentes comunistas. La cacería de brujas iniciada por el senador Joseph McCarthy sería una de las páginas más bochornosas en la historia del país.

 

A las investigaciones e interrogatorios del Congreso no escaparían los científicos que habían construido la bomba atómica. En diciembre de 1953, los adalides de la campaña anticomunista en la administración Eisenhower, el senador McCarthy y el jefe del FBI, Edgar Hoover, sentaron en el banquillo de los acusados al científico más prominente del país y uno de los genios del siglo, Oppenheimer, bajo el cargo fabricado de agente de la Unión Soviética. 

 

En realidad Oppenheimer estaba siendo juzgado por sus opiniones; el eje del drama resultaba su formidable oposición a la Guerra Fría, la carrera armamentista y la Bomba-H, no sólo por su costo irracional sino por el peligro de aniquilación que ello representaba para la raza humana, en contra de los criterios del complejo industrial-militar norteamericano, y en específico de los generales Bradley, LeMay, Mark Clark y Arthur Radford. El Pentágono y más vehementemente el Comando Aéreo Estratégico, acusaban a Oppenheimer de obstruir la defensa nacional, y junto a la administración se resistían a que los criterios de los científicos como grupo tuviesen alguna validez en la estrategia y el futuro político del país. Ni en este importante período ni posteriormente las grandes potencias entenderían el proceso de las ciencias ni a los científicos.

 

Por otro lado, el conjunto político-militar norteamericano no podía aceptar públicamente que los soviéticos se hubiesen hecho de la bomba atómica y de hidrógeno a partir de sus propios medios, sino que necesariamente había sido el resultado de un amplio trabajo de espionaje y transferencia tecnocientífica.

 

El propio presidente Eisenhower contribuyó a la trágica dimensión del deshonesto procedimiento, excluyendo a Oppenheimer de todo acceso a información clasificada, y luego de probarse la falsedad del montaje acusatorio, no propició su rehabilitación. El gran daño hecho a la comunidad científica norteamericana, mediante el caso Oppenheimer, por el complejo industrial-militar aún no se ha balanceado.

 

Se podría especular lo que hubiera significado para el desarrollo económico y el avance tecno-científico del planeta si la comunidad científica internacional hubiese tenido la oportunidad de ejercer, de forma independiente, sus criterios y puntos de vista en todo lo concerniente a la política militar, las relaciones entre los países y la economía; por lo pronto, como grupo ha sido apartado hasta hoy por los políticos, y sus criterios no han sido considerados.

 

continuará