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ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS 

 

 

                                                        Juan F. Benemelis

 

 

LA GEOESTRATEGIA MUNDIAL - 1

 

EL EQUILIBRIO DE PODERES

 

Desde el primer tratado conocido por la Historia, suscrito por el faraón egipcio Ramsés II, en Kadesh, la política exterior fundamentó sus preceptos filosóficos en la presión política, la fuerza militar, la guerra, el espionaje, y la subordinación de los estados más débiles a los más poderosos; en las coaliciones y alianzas, en la conquista y el vasallaje. Es una realidad en la cual no presiden las utopías ideológicas, las éticas filosóficas, las religiones, o los derechos humanistas y naturales. El tránsito de una civilización de tracción animal a otra capaz de enviar cohetes a la Luna, se debió a la tecnología militar.

 

La geografía como factor político decisivo es negada por los marxistas. El ejemplo más contundente de ese error es el de Estados Unidos, favorecido por sus fronteras oceánicas. Los norteamericanos del siglo XIX e inicios del XX, sin embargo, no contemplaban (u optaron por no ver) el papel crítico que la Armada Real británica desempeñó en preservar su aislamiento de la política y el balance de poder en Europa.

 

Por eso, en 1917 el pueblo norteamericano aún no entendía las razones verdaderas de por qué era necesario ir a la guerra en Europa, que eran las de defender el equilibrio de poderes de ese continente, lo que en otras palabras significaba mantener el balance de fuerzas mundiales. Asimismo, no lo entendió en la década de los treinta, convencido de que sus fronteras estaban seguras debido a sus supuestas virtudes como pueblo, confiando en el papel de sus dos amplios escudos oceánicos (el Atlántico y el Pacífico), patrullados por su aliada flota naval inglesa.

 

En el pasado, los norteamericanos desvaloraban el papel del poder en la política mundial. La visión tradicional en la élite política norteamericana y sus medios de opinión pública no ha descansado en la creencia de que la nación requiere de un poder global para lograr sus objetivos; nunca se ha enfrentado o ilustrado de cuáles son los ingredientes que han regido, desde tiempos inmemoriales, la dinámica de los asuntos internacionales, ignorando los factores de fuerza e imperio, y los intereses de Estado.

 

Por tal lógica no lograban armonizar sus objetivos con el poder necesario para lograrlos. La historia le negó estas experiencias y lecciones, de cómo se asciende a los primeros planos del poderío mundial, factor peligroso ante un ascenso que ha respondido a la supervivencia, y no a la victoria sobre otros contendientes.

 

Así, se desarrolló en Estados Unidos la certidumbre de que los ejércitos no sólo eran deplorables sino innecesarios para las sociedades libres; mientras se ponderaba a las relaciones exteriores en sus contornos morales y legales, y no en términos de potestad y autoridad, en un mundo cuya política internacional ha sido hasta hoy la del poderío.

 

Pero en la última década del pasado siglo Washington aprendió la lección, con la famosa “doctrina Powell” de abrumar al enemigo. Los bombardeos aéreos de la guerra del Golfo, de Serbia, y los de Irak en el 2003, ya fuesen convenientes o injustos, fueron acciones enmarcadas en los parámetros de un poder sin contrarios.

 

Durante el siglo XX, la visión de cuál debía ser el papel de Estados Unidos en los asuntos mundiales estuvo dominada por dos de sus más descollantes personalidades: Theodore Roosevelt (1858-1919), y Woodrow Wilson (1856-1924).

 

Teddy Roosevelt veía la política internacional a través de los ojos europeos, conformando una versión norteamericana del canciller alemán Otto von Bismarck, en la cual la sociedad internacional era estable debido al equilibrio de un cártel de grandes potencias que actuaban de concierto para imponer su impronta en el planeta, resolviendo los problemas y manteniendo el orden.

 

Fue con el presidente Wilson que los estadistas modernos situaron los dogmas éticos y los valores morales como la doctrina para los diseños de política exterior, cánones que aún arrastra Estados Unidos. Wilson llevó a los Estados Unidos a la primera guerra mundial y fue el autor de una doctrina que ha guiado al país desde entonces, al proclamar que por encima de la realpolitik estaban la auto-determinación nacional, la democracia y los derechos humanos.

 

Pero Wilson no era un dechado de virtudes. Como muchos blancos sureños educados en la posguerra civil, Wilson abrazó al Partido Demócrata con su apoyo feroz a la supremacía blanca, la segregación y los linchamientos. Como primer presidente sureño desde la Guerra Civil, Wilson no sólo era un convencido pro-Klan sino que impuso la política Jim Crow en el Distrito de Columbia y bloqueó el esfuerzo japonés de incluir la igualdad racial en la carta de la Liga de las Naciones.

 

Sin embargo, el rechazo europeo a un orden mundial de “pax wilsoniana”, enmarcada en organismos y organizaciones internacionales, sorprendieron y desilusionaron a Estados Unidos, que escogió nuevamente el aislamiento internacional. Pensando que se había arribado a un nuevo mundo, Estados Unidos y Gran Bretaña se desarmaron tras la Primera Guerra Mundial, con resultados desastrosos.

 

La Gran Guerra de 1914 obligó a que, sin planificarlo o intentarlo, Estados Unidos se convirtiese en el arsenal de las democracias occidentales enfrentadas al káiser alemán. Cuando se firmó el armisticio, en realidad las tropas norteamericanas aún no habían combatido a fondo. Estados Unidos, que en 1914 era el principal deudor del planeta, y se hallaba envuelto en una recesión económica profunda, emergió a finales de la guerra como la nación más rica del planeta.

 

El pacto Kellogg-Briand, fue un monumento a la ilusión; suscrito en 1928 por todas las potencias que luego se enfrascaron en la Segunda Guerra Mundial, los firmantes se comprometían solemnemente a no utilizar la guerra como instrumento de sus políticas nacionales (Glennon, 23, 2003).

 

Para los albores de la Segunda Guerra Mundial la economía norteamericana se hallaba, nuevamente, en una encrucijada, todavía en las garras de la depresión, que en 1937 era más severa que cuando asumió la presidencia en 1933, (Fromkin, David. 1999, 37) el presidente Roosevelt contempló la necesidad de una defensa avanzada en Europa, ya que esperar que su costa atlántica fuese invadida implicaría armarse demasiado tarde. Estados Unidos, como poder marítimo, estaba obligado a dominar los océanos, vedando el control de la ribera euro-atlántica al enemigo expansionista.

 

Para Roosevelt las fronteras de seguridad norteamericanas no estaban en las costas de New England sino en el Rin, y era allá donde, junto a sus aliados, tenían que atajar a la Alemania de Hitler, escudando así al hemisferio occidental de cualquier ataque. En contra del sentido común prevaleciente en el Washington de la época, los criterios de Franklin D. Roosevelt fueron vindicados por la Segunda Guerra Mundial. De haber detenido las democracias occidentales a los panzers de Adolf Hitler en el Rin, en 1936, los alemanes no hubiesen puesto años después a Estados Unidos y sus aliados en un peligro mortal.

 

Estados Unidos era demasiado poderoso económica y tecnológicamente para mantener su aislamiento e indiferencia ante conflictos a escalas continentales, como el desatado en Europa por la Alemania de Hitler, y en Asia por el Mikado japonés. En 1940, la Alemania nazi desbarató en unas pocas semanas a los ejércitos franceses, sellando el fin de Francia como potencia mundial, e incluso continental en Europa.

 

En junio de 1941 las divisiones blindadas de Hitler invadían a Rusia, marcando la contienda bélica más salvaje de la historia humana. Nuevamente, Estados Unidos entró en guerra tardíamente, después que los contrincantes se habían extenuado. Los victoriosos Estados Unidos de 1945 eran mucho más ricos en términos de comercio y producción mundial que los triunfantes norteamericanos de 1919.

 

Pero la desilusión norteamericana ante el rechazo internacional a sus principios “wilsonianos” se repetiría a su vez después de la derrota del fascismo en Europa y Asia. Estados Unidos creyó de nuevo que los países del planeta consentirían en ver regulado el comportamiento internacional por una especie de parlamento consultivo mundial (la ONU) y las diversas agencias especializadas. Estados Unidos no acababa de aprender el enunciado de Teddy Roosevelt, de que las relaciones internacionales se centraban en el poder y no en la cordialidad.

 

Francia, y no Estados Unidos, fue quien dictó el reajuste europeo de entre-guerra, al disponer del único ejército que quedó en pie tras la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos no ganó solo la Segunda Guerra Mundial; el otro triunfador fue la Unión Soviética. Por eso se impuso el compromiso no público en Yalta, en 1945, en el que Franklin Roosevelt y Winston Churchill permitieron que la brutal dictadura moscovita ampliara su imperio a la Europa Oriental.

 

Estos reajustes pactados fueron concesiones a una Rusia con un vasto y activo ejército, frente a unos Estados Unidos que desmovilizaba el suyo. Estas cesiones se interpretaron como debilidades políticas o trabajo de agentes enemigos, cuando en realidad no se intuían los escenarios del poder que confinaban las posibilidades norteamericanas de lograr sus objetivos mundiales a lo largo del siglo XX.

 

Era un tipo de perversión wilsoniana que llevaba a un significativo segmento político norteamericano a creer que la Europa Oriental se había entregado a los soviéticos en Yalta, cuando de hecho éstos la habían conquistado en el campo de batalla.

 

De la única manera que Estados Unidos podría imponer la doctrina wilsoniana era arrebatándole la Europa Oriental al Ejército Rojo, estableciendo su hegemonía de poder internacional; pero el Congreso y el pueblo norteamericano no estaban preparados para continuar las hostilidades.

 

Wilson exponía que de no defender sus intereses mediante una liga internacional de naciones, Estados Unidos tendría que hacerlo por sí mismo con el riesgo perenne de guerra, en ausencia de un debate libre o de un consenso público, sosteniendo un ejército profesional, un cuerpo de espionaje, apoyado en un extenso complejo industrial-militar. (Fromkin, David. 1999, 63) Wilson, el aislacionista de la década 1920, se equivocó en un solo aspecto: todo ello tuvo lugar tras la Segunda Guerra Mundial, con los internacionalistas de los 50, con la paradoja de forjarse dentro de una liga de naciones: la ONU. Lo impracticable del raciocinio wilsoniano llevó a que Franklin D. Roosevelt enunciara sus famosos cuatro puntos y la creación de la ONU, a partir de una apreciación diferente a la de Wilson. Así, la ONU se fundamentó en el balance político de los estados y en los pactos entre poderes internacionales, no en vagos principios universales.

 

EL SISTEMA POLÍTICO INTERNACIONAL

 

En las últimas décadas, ya por medios violentos (el eje Alemania-Japón- Italia, la Unión Soviética, el Pacto de Varsovia), o métodos pacíficos, políticos, diplomáticos (OUA, OEA, ONU, la Liga Árabe), la tendencia a crear unidades políticas superiores al estado nación es cada vez más aguda, exigida por los imperativos económicos y tecnológicos y de supervivencia; por lograr el total dominio del planeta y la salida al cosmos.

 

La ONU es una idea de futuro que en la llamada época de la Guerra Fría, languidecía en su papel subalterno; en la actualidad sirve sólo para legitimar los designios que asumen las magnas fuerzas militares del planeta. La conducción de la política exterior ha estado en manos de la relación estado-estado, la acción unilateral de una potencia junto a sus aliados, o de pactos militares.

 

Para cuando el petróleo y la energía hidroeléctrica devinieron importantes, el patrón del poder político fue remodelado nuevamente. El petróleo enfatizó el poderío norteamericano, aunque no hizo de Venezuela, Méjico o de Arabia Saudita potencias mundiales. La tecnología reorganizó el balance internacional entre los estados, y concentró el poder y desarrollo en un grupo selecto de ellos.

 

Los líderes políticos y financieros de esta civilización industrial son racionalistas por antonomasia, que consideran la vida como una contienda, el conocimiento como un elemento instrumental; donde la motivación es el poder y la riqueza material, y se divisa a la naturaleza física, a las ideas y a los grupos humanos como instrumentos del poder.

 

Para ellos, la tecnología industrial se traduce en términos militares. El sistema político producto de la civilización industrial ha sido incapaz de centrarse en los problemas políticos más importantes, porque fue diseñado por un humano con mentalidad preindustrial. Las ciencias confirieron poder a las castas políticas gobernantes, pero ello no las dotó de un desempeño científico.

 

En los actuales sistemas democráticos, la población determina la jefatura gubernamental mediante el proceso electoral; estos líderes, a su vez, rigen a los empleados gubernamentales y sus actividades, resultando en una centralización y estandarización como la de cualquier gobierno no democrático.

 

La diferencia entre los regímenes democráticos y no democráticos es que en los primeros, los jerarcas pueden ser llamados a contar por la población. Para nadie es un secreto que la rama técnico científica está determinando los rumbos de la política, y que en ella los avances de la esfera militar resultan predominante.

 

La década del setenta ha sido acaso el período mas crítico de este siglo y donde, comparativamente se produjo un estancamiento tecnológico y científico, de reflujo en el esfuerzo que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética realizaron respecto a los planes espaciales.

 

Así, un país como la Unión Soviética, inferior al resto de los países industrializados de Occidente y Japón, fue con Estados Unidos el más influyente políticamente. Aún muchas naciones-estados poderosas, como la Unión Soviética, la última de las grandes proyecciones imperiales por espacios económicos, recién se percató que vivía en un modelo decadente y que la curva de la historia irremisiblemente la apartaba de la corriente fundamental si no cambiaba su percepción interna y externa.

 

El factor determinante de la política mundial de finales del pasado siglo fue el de un mundo dividido; primero en dos superpotencias en posesión de una tecnología nuclear de guerra, Estados Unidos y la Unión Soviética, y un pequeño concierto de potencias militares secundarias; luego, con la disolución del bloque soviético, se ha producido la momentánea consolidación de la unipolaridad militar norteamericana, en medio de un retablo restringido de potencias nucleares de segundo orden, como Rusia, Ucrania, China, Francia e Inglaterra, con el riesgo de su proliferación indeseada en Corea del Norte, Irán, India, Pakistán e Israel.

 

La dominación soviética de la Europa Oriental, ya a estas alturas, sólo parece un momento o una pausa que dejó profundas marcas económicas, pero que ha tenido muy poco impacto en la cultura e historia de la Europa central. El fin del imperio soviético si bien aproxima un avance superior en el terreno de la libertad individual y de prosperidad en ciertas áreas, nos lleva hacia otro mundo, más diverso, más inestable, más impredecible.

 

Una mirada al mapa mundial nos proporciona la extensión de los cambios: un extenso semillero de nuevos países ha nacido del arcaico campo soviético; noveles regímenes han asumido el poder, la mayoría con unos compromisos democráticos muy superficiales asediados por oscuras fuerzas políticas listas para explotar la situación. Estos gobiernos poscomunistas reemplazan con diferentes grados de entusiasmo y de velocidad la planificación centralizada con el mercado, en la más colosal privatización de la historia, cuyo costo de transición está probando ser bastante alto. 

 

A lo largo de la historia los medios de guerra han sido un reflejo de la capacidad de las economías y de las tecnologías de las partes envueltas en el conflicto. Durante milenios el centauro simbolizó el dominio más obvio sobre la naturaleza.

 

En el lomo de cuadrúpedos el homo estableció su poder sobre vastas latitudes y, en sus guerras de exterminio, expandió sus ritos primiciales de sacrificios humanos y animales, edificando imperios despóticos y esclavizando a sus prisioneros, como ejemplificaron el faraón Ramses II, el romano Julio César y el mongol Gengis Kan.

 

La figura de Alejandro El Magno, instruido por Aristóteles pero montado en su corcel Bucéfalo, prefigura la instalación sangrienta de la deslumbrante cultura helénica en el mundo antiguo sobre los cimientos de incontables  cadáveres y las ruinas de las poblaciones vencidas.

 

Así se hace antes de él y se prosigue después hasta la Segunda Guerra Mundial cuando, en su último acto en el escenario bélico, la caballería polaca es destrozada por las unidades acorazadas de Hítler. 

 

Así, por siglos incontables, los ejércitos se estructuraron y armaron acorde con la economía, con la organización y la regimentación de castas y clases de sus sociedades agrarias. La victoria pertenecía a aquellos estados que conseguían la mayor  acumulación de hombres, animales y aperos de labranza transformados en armas: espadas, lanzas, cotas de mallas, armaduras, escudos.

 

Con el advenimiento de la sociedad industrial y con la producción en masa se arriba a la destrucción en masa. La organización industrial y las armas mecánicas se transfieren a los ejércitos, logrando su momento cumbre en la Segunda Guerra Mundial y las guerras regionales en Asia, África y el Medio Oriente.

 

A medida que avanza el progreso técnico y científico la guerra se hace más letal. La Guerra del Golfo (1991-1992) marca la transición del uso de los medios bélicos de una sociedad industrial a los de sociedades de información electrónica. Si la invasión inicial de Irak a Kuwait, que precipitó el conflicto, se produjo mediante los mecanismos guerreros de la sociedad industrial (cañones, fusiles automáticos, tanques, camiones), la respuesta de Occidente se fundamentó en una guerra electrónica y de información (satélites, bombas inteligentes, caza reactores invisibles).

 

La crisis del Golfo Persa resultó uno de esos virajes históricos que bosquejó la forma en que tales conflictos se resolverían en el futuro. La extensa crisis en el Golfo forzó a los Estados Unidos y Occidente en general a establecer las paralelas de conducta global en el futuro.

 

Mucho más que el petróleo o la restauración de los emires autócratas, fue la estructura y normas de conducta a establecer por el "nuevo orden mundial" lo que se puso en juego en esta crisis; la necesidad de proteger a toda costa el fácil acceso y control a recursos vitales globales, en este caso dos tercios de las reservas energéticas conocidas; razón si bien no muy idealista, totalmente realista para definir las causales por donde se moverá la política del siglo XXI y sus máquinas de la guerra.

 

Este nuevo orden mundial se inauguró con la invasión de Irak hacia Kuwait, que amenazaba un reajuste de las reservas financieras del orbe, realineando las alianzas políticas continentales, replanteado el  fenómeno energético y provocando una crisis económica internacional.

 

El sistema de seguridad mundial entraría en operación, en la más importante acción militar norteamericana de la "posguerra fría" y una de las pocas del siglo pasado con unanimidad para una acción colectiva del Occidente entre los grandes cárteles  petroleros y financieros y las maquinarias militares de las potencias mundiales, ensamblándose la más poderosa combinación que se halla visto en la segunda mitad del siglo. Mientras en Vietnam los intereses norteamericanos nunca estuvieron claros,  la amenaza a los pozos petroleros del Cercano Oriente resultó evidente.

 

La crisis del Golfo no sólo provocó un nuevo pensamiento  sobre la razón de ser de la OTAN; el formidable despliegue bélico de Estados Unidos demostró los límites del poder militar europeo para defender sus intereses vitales, su dependencia de Washington ante un dictador tercermundista, que irónicamente consolidó su poder gracias en parte a los créditos y armamentos del Viejo Continente. Para la Comunidad Europea, la  crisis entronizó las dudas sobre la viabilidad de una nueva organización militar que excluyese a Estados Unidos; para lograrlo se necesitaría un largo tiempo y colosales gastos de guerra.

 

El ejército de Irak no se enfrentó a masas humanas uniformadas con fusiles, sino a todo un arsenal invisible que inicialmente lo paralizó, desorganizó sus comunicaciones y estructuras, aisló sus tropas y luego destruyó su capacidad guerrera. En este arsenal figuraban cohetes exóticos guiados con cámaras de televisión, bombas inteligentes, cámaras fotográficas especiales, sensores infrarrojos, señales de contra radar,  transmisores de ecos falsos para desviar los cohetes enemigos, desvirtuadores electrónicos para confundir los sistemas de radares, armas invisibles del espectro electro químico dedicadas a paralizar, confundir y desviar las tropas enemigas, complejos de radares, bombarderos invisibles, aeronaves espías radares, helicópteros con visión nocturna, estaciones de rastreos terrestres, aviones interruptores de comunicaciones enemigas.

 

Además, satélites de todo tipo, de espionaje, de comunicaciones globales, de sensores de calor, capaces de captar imágenes a través de nubes y oscuridad, computadoras portátiles y teléfonos celulares que posibilitaban una información instantánea a cada soldado de todo el campo de batalla y supercomputadoras para  elaborar todo este cúmulo de información.

 

La colosal combinación del poder naval, aéreo, terrestre, de espionaje y tecnológico de Estados Unidos en Arabia Saudita y el Golfo Pérsico, ciertamente le posibilitó ganar una confrontación a toda escala, con la aprobación internacional, previniendo a Bagdad hacerse de los vitales campos petrolíferos del área; de tal forma tuvo lugar una acción en nombre de intereses económicos, para nada relacionada con el comunismo.

 

EL SIGLO XX

 

El final del siglo XIX fue la era de la "Pax Británica", y el mundo devino en un vasto sistema económico centrado en el capitalismo de la Europa del norte y Norteamérica. El cristianismo -en su versión puritana-, la ciencia y el darwinismo, combinados con la pasión humana elemental, engendraron en el Siglo XX una civilización de producción en masa, de galopante consumismo material, de enajenación social, de violencia contra el medio natural, de competencia, y exacerbación de las guerras.

 

El sistema político producto de la civilización industrial ha sido incapaz de centrarse en los problemas políticos más importantes, porque fue diseñado por un humano con mentalidad preindustrial. Las ciencias confirieron poder a las castas políticas gobernantes, pero ello no las dotó de un desempeño científico. Es una simplificación considerar que las sociedades preindustriales se identifican con cierto tipo de personalidades dominantes, y con el culto al despotismo.

 

Los líderes políticos y financieros de esta civilización industrial son racionalistas por antonomasia, que consideran la vida como una contienda, el conocimiento como un elemento instrumental; donde la motivación es el poder y la riqueza material, y se divisa a la naturaleza física, a las ideas y a los grupos humanos como instrumentos del poder.

 

Para ellos, la tecnología industrial se traduce en términos militares. Para cuando el petróleo y la energía hidroeléctrica devinieron importantes, el patrón del poder político fue remodelado nuevamente. El petróleo enfatizó el poderío norteamericano, aunque no hizo de Venezuela, México o de Arabia Saudita potencias mundiales.

 

El Siglo XX llegó a su fin en una atmósfera asombrosamente reminiscente a la que había presidido su nacimiento –"la belle époque" (que fue hermosa, al menos para el capital). El coro burgués de los poderes europeos, de Estados Unidos y del Japón (que llamaré aquí "la tríada" y que, para 1910, ya constituía un grupo que se hacía notar) entonaba himnos a la gloria de su triunfo definitivo.

 

Las clases trabajadoras del centro ya no eran las "clases peligrosas" que habían sido durante el Siglo XIX y los otros pueblos del mundo eran llamados a aceptar la "misión civilizadora" de Occidente. La belle époque coronó un siglo de transformaciones globales radicales, marcadas por la emergencia de la primera revolución industrial y la formación del moderno estado nacional burgués.

 

El proceso se extendió desde el cuarto Noroccidental de Europa y conquistó al resto del continente, Estados Unidos y Japón. Las viejas periferias de la edad mercantilista (Latino América y las Indias Orientales inglesas y holandesas) quedaron excluidas de la revolución dual, mientras los viejos estados de Asia (China, el Sultanato Otomano y Persia) eran integrados como periferias en la nueva globalización.

 

El triunfo de los centros del capital globalizado se afirmó en una explosión demográfica, que hizo rebosar a la población de Europa del 23% del total mundial en 1800 al 36 por ciento en 1900. Al mismo tiempo, la concentración de la riqueza industrial en la tríada creó una polarización de la riqueza en una escala desconocida para la humanidad a todo lo largo de su historia.

 

En las vísperas de la revolución industrial, la desproporción en la productividad social entre el quinto más productivo de la humanidad y el resto, nunca excedió de una proporción de dos a uno. Hacia 1900, la proporción era de veinte contra uno.

 

La globalización que se celebraba en 1900, ya entonces llamada "el fin de la historia", era sólo un hecho reciente, que emergió durante la segunda mitad del Siglo XIX. Las aperturas de China y del Imperio Otomano en 1840, la represión de los Sepoys en India, en 1847, y la división de África, que comenzó en 1885, marcaron los pasos sucesivos en este proceso. La globalización, lejos de acelerar el proceso de acumulación de capital (un proceso distintivo al que no puede reducirse), en los hechos trajo consigo una crisis estructural entre 1873 y 1896, y casi exactamente un siglo después volvió a hacer esto otra vez.

 

Sin embargo, la primera crisis se acompañó de una nueva revolución industrial (la electricidad, el petróleo, los automóviles, el aeroplano), que se esperaba transformaría a la especie humana, más o menos como se dice hoy con relación a la electrónica.

 

En paralelo, se crearon los primeros oligopolios industriales y financieros, esto es, las corporaciones transnacionales (CTNs) de la época. La globalización financiera parecía consolidarse de una manera estable (y fue pensada como eterna, de alguna manera una creencia contemporánea que nos es familiar) en la forma del Gold Sterling Standard.

 

Hasta llegó a haber conversaciones sobre la internacionalización de las transacciones que se hacían posibles por las nuevas bolsas de valores, con el mismo entusiasmo que acompaña hoy en día las conversaciones sobre la globalización financiera. Julio Verne enviaba entonces a su héroe (inglés, por supuesto) alrededor del mundo en ochenta días, y con esto mostraba que para él "la aldea global" era ya una realidad.

 

La economía política del Siglo XIX fue dominada por las figuras de los grandes clásicos, Adam Smith, David Ricardo, y luego Karl Marx con su crítica devastadora. El triunfo de la globalización de fin-de-siècle condujo al escenario de una nueva generación "liberal", arrebatada por el deseo de probar que el capitalismo era "insuperable" ya que expresaba las demandas de una racionalidad eterna y transhistórica. Walras, una figura central en esta nueva generación (cuyo descubrimiento por los economistas contemporáneos no es una coincidencia), hizo todo lo que pudo para probar que los mercados se regulaban solos.

 

Y tuvo tan poco éxito entonces en probar esto como los economistas neoclásicos de nuestros días.

 

La ideología del liberalismo triunfante reducía a la sociedad a una mera multiplicación de individuos.  Luego, siguiendo esta reducción, se afirmaba que el equilibrio producido por el mercado constituía a la vez el optimum social y garantizaba la estabilidad y la democracia.

 

Todo estaba sin embargo ya en pie para sustituir una teoría del capitalismo imaginario por un análisis de las contradicciones en el capitalismo real. La versión vulgar de este pensamiento social economicista encontraría su expresión en los manuales del británico Alfred Marshall, la Biblia de la economía de aquélla época.

 

Las promesas del liberalismo globalizado, como eran entonces desparramadas a los cuatro vientos, parecían hacerse realidad por un instante durante la belle époque. Después de 1896, el crecimiento se reinició otra vez sobre las nuevas bases de una segunda revolución industrial, los oligopolios y la globalización financiera.

 

Esta "salida de la crisis" bastó no sólo para convencer a los ideólogos orgánicos del capitalismo -los nuevos economistas- sino también para estremecer a un movimiento obrero atemorizado. Los partidos Socialistas comenzaron a deslizarse de sus posiciones reformistas a más modestas ambiciones, a ser simples asociados en la administración del sistema.

 

Este giro fue muy similar a lo que encontramos hoy en el discurso de Tony Blair y Gerhard Schroeder. Las elites modernistas de la periferia también creyeron que nada podía imaginarse fuera de la lógica dominante del capitalismo.

 

El triunfo de la belle époque duró algo menos de dos décadas. Unos pocos, aún jóvenes en ese tiempo (por ejemplo, Lenin), predecían su caída, pero nadie los oía. El liberalismo, o el intento de poner en práctica la utopía del "mercado libre" individualista, que en los hechos es la dominación unilateral del capita, no podía reducir la intensidad de las contradicciones de todo tipo que el sistema llevaba consigo.

 

Por el contrario, las hacía más agudas. Detrás de los alegres himnos que coreaban los partidos obreros y los sindicatos a medida que se movilizaban para la causa de sin sentido utópico capitalista, uno podía escuchar las rumias mudas de un movimiento social fragmentado, confuso, siempre al borde de una explosión, y que se cristalizaba en torno a la invención de nuevas alternativas.

 

Unos pocos intelectuales bolcheviques utilizaban sus dotes para el sarcasmo con respecto al discurso narcotizado de la "política económica del rentista", como describían al "pensamiento único" del tiempo –las reglas hegemónicas del pensamiento del "libre mercado". La globalización liberal sólo podía engendrar la militarización del sistema en la relación entre los poderes imperialistas de la época, y sólo podía acarrear una guerra que, en sus formas frías o calientes, habría de durar más de treinta años, de 1914 a 1945.

 

Tras la aparente calma de la belle époque era posible discernir el ascenso de luchas sociales y de violentos conflictos domésticos e internacionales. En China, la primera generación de críticos al proyecto de modernización burguesa estaba abriendo un sendero, su crítica, todavía en un estadío balbuceante en India, el Imperio Otomano, el mundo árabe y América Latina, habría finalmente de conquistar los tres continentes y dominar tres cuartos del Siglo XX.

continuará