Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

LA ECONOMIA CUARTELARIA DEL CASTRO-GUEVARISMO

 

La primera gran crisis económica

 

Cuba constituye desde el siglo XVIII hasta hoy día, un país de la periferia de los grandes circuitos comerciales y tecnológicos del planeta, y donde el desarrollo precapitalista y capitalista no había alcanzado su plena madurez y expansión. Tal hecho la ubicaba en un punto muy lejano para iniciar, con ventajas, un despegue autosuficiente, clausurando su abierta economía, como tratarían de hacer Fidel Castro y Ernesto Che Guevara. 

 

La transición hacia el nuevo sistema, requería de una base agroindustrial muy fuerte y una infraestructura tecno‑científica masiva, cuya consecución precipitó el sistema hacia un bloque estructural de sus propios mecanismos, donde la simple estatizac­ión no aseguraba la irreversibilidad de la vía al socialismo. Los problemas económicos en su gran parte serían frutos de las condiciones negativas de intercambio, puesto que el país no superaría su carácter primario productivo, donde solo disponía de alimentos y materias primas agrícolas. Era cierto que la lógica económica de la Cuba pre-castrista no apuntaba hacia la supuesta inevitable concentración de la propiedad en el Estado, pero, tanto Castro como el Che impusieron este camino por decretos y actos impulsivos.

 

La debilidad energética, la ausencia de recursos humanos calificados, los desbalances demográficos, la falta de instalaci­ones industriales, la mono-producción agrícola, los dictadores y caudillos llegaron a un punto donde el despegue económico requería ingenio, calificación y una sana atmósfera política. Las obstáculos del país, sin embargo, no resultaban de tal grado que impidiesen la solución de necesidades económicas vitales y primarias, así como niveles de producción y consumo satisfactorio para el asentamiento de su población.

 

El sostenimiento del vasto ejército y fuerzas de seguridad, la baja productividad del trabajo, los magros rendimientos agrícolas, las extensiones de tierras no cultivadas, la débil explotación y cuidado de los equipos tecnológicos y maquinarias, la incapacidad administrativa, los gastos fabulosos en la subversión e intervención militar, los cambios diarios en la estrategia económica, agravarían la economía cubana.

 

Ya a principios de 1960 había una tensión entre la demanda de la población que se había expandido debido al incremento de los ingresos, y la oferta que llevaba al crecimiento veloz de las importaciones. A partir de 1961 se generaría una declinación incontrolable del poder de compra y niveles de vida de los trabajadores, y a su vez una coercitiva legislación que buscaba detener el ausenti­smo, la indisciplina laboral y la débil productividad. En poco tiempo, la clase trabajadora sería desclasada, se suprimirían las voces discordantes y se congelarían los salarios indefinidamente.

 

La etapa siguiente de nacionalizaciones, se hallaba ya contenida en la proyección política anterior, de vocación anti-norteamericana. Lo que había mermado en apoyo interno, especialmente de los campesinos y la clase media, se trataba de sustituir a través de la "verticalización" de organizaciones e instrumentos de compulsión, control, movilización y propaganda.

 

En 1961 tiene lugar la primera gran crisis del consumo interno. Esta respondía a un número de causas directas y de ciertos imponderables y azares históricos. El embargo norteam­ericano estaba desestabilizando una economía que dependía en su tecnología y comercio de los Estados Unidos, creándose un vacío que el campo socialista no pudo llenar con rapidez y calidad. Al evaporarse la disponibilidad de moneda convertible debido al despilfarro financiero en los primeros años, unido a la lentitud y distancias de las relaciones con el nuevo mercado del bloque soviético se estableció una restricción del consumo enfilada a buscar un alto volumen de recursos para sostener un plan de inversiones directas.

 

Esta falta de racionalidad económica interna y del comercio exterior hizo descender la producción agropecuaria, agravado por el fiasco de la colectivización, el éxodo rural y la reacción anti-gubernamental del pequeño campesino. La pésima administración de las unidades expropiadas se hizo sentir en primer lugar en el transporte civil y de carga, que se deteriora­ba con rapidez. Todo ello tensaría la demanda absoluta de la población, cuyo ingreso individual en ciertas zonas se había acrecentado.

 

Tanto Fidel como el Che expondrían la tesis de que la elevación de la product­ividad y del nivel de consumo y vida habría que buscarla en la adquisición e implantación de nuevas tecnologías. Al enfocar el sistema su esfuerzo principal a las inversiones, el papel de los recursos humanos en la producción sería soslayado. Se esperaba que los productores se comportasen en el trabajo como soldados de un ejército.

 

La solución mágica de los marxistas cubanos ante la escasez, residía en transformar la propiedad privada en estatal, esperando que ello llevara a un crecimiento productivo sostenido e infinito. Pero, muchas variables resultan necesarias para el funcionamiento de tal teorema; desde la disponibilidad de materias primas suficientes, hasta el punto tecnológico a partir del cual se inicia el esperado despegue económico.

La liquidación de la pequeña producción privada y la promoción del estatismo y el cooperativismo productor, era una política directa y personal de Castro basada en que la propiedad privada concedía una base a cualquier oposición al régimen. Ya con los bolcheviques era conocido que atravesar lo más rápidamente el período de penurias que impondría la acumulación primitiva socialista y demostrar palpablemente las ventajas económicas sobre el capitalismo, era un asunto de vida o muerte para el modelo. 

 

El castrismo no lograría atravesar este lodazal. Al centralizar los medios de producción, controlar la fuerza de trabajo, los insumos y la productividad, logró fácilmente determinar el por ciento y ritmo de la acumulación; pero mantuvo tales niveles deprimiendo los niveles de consumo y vida a un grado de supervivencia. Entre el alza del poder de compra, debido a las iniciales medidas populistas, el descenso de las reservas monetarias y de insumos del país y la capacidad administrativa, se provocó un caos económico que jamás se pudo superar.

 

El "Che" Guevara se refirió a este punto en la Reunión Nacional de Producción en 1961: "Nosotros decíamos que no hay que echarle toda la culpa al aumento del consumo. Nosotros hemos tenido problemas en los lugares donde ha habido falta de producción, baja en la producción, en industrias, ha sido esa la experiencia, de modo que el aumento del consumo no ha sido de tal magnitud que pudiera, por si solo, distorsionar totalmente la producción. Ha habido naturalmente presiones más grandes por el aumento del consumo, pero lo fundamental es que ha habido bajas considerables y bruscas en la producción" (Franqui, 1981, 535).

 

La industrialización

 

En el alegato de Castro La Historia me Absolverá se aborda con candidez el tema del desarrollo económico y la industrialización, exagerándose la fertilidad del suelo, la abundancia y diversidad de minerales así como de las fuentes energéticas. Se creía que Cuba era un país rico en recursos y que estaba sumido en el estancamiento industr­ial debido sólo a la corrupción y la desigualdad de riqueza­s. El mecanismo de desarrollo propuesto en este manifiesto resultaba sencillo: la eliminación de la corrupción administrati­va y la apropiación de los beneficios de las empresas extranjeras, lo que posibilitaría una redistribución suficiente para acometer un plan de desarrollo. Se suponía que la mono-producc­ión azucarera había puesto la económica cubana a merced de las fluctuaciones del mercado mundial y de la banca norteamericana, mediante la cuota otorgada por Estados Unidos a Cuba.

 

Se pensaba que la distribución igualitaria, la transformación de las relaciones de propiedad por sí sola provocarían una mayor disponibilidad de productos. Pero, la desigualdad de bienes existentes no tenía sus orígenes solamente en la economía interna del país, sino que las capas medias y altas de la burguesía cubana consumían las importaciones norteamericanas.

 

Al suprimirse el poder económico y político de esta clase y el comercio con Estados Unidos, y extirparse las clases proveedoras del campesinado medio, las bases de sustentación del país no resultaron adecuadas para mejorar la distribución de bienes a toda la población. Lejos de significar una mejoría en la redistribución de las riquezas, el gobierno enfrentó una economía con magros recursos agrícolas e industriales.

 

Consecuente con el criterio inicial de lograr un desarrollo rápido, autónomo y autosuficiente, como vía para adquirir una independencia economía y política, Castro expresó lo siguiente en su discurso en el primer Foro Nacional de la Reforma Agraria en julio de 1959: ”Tal es la conciencia que se está creando, que nosotros tenemos razones sobradas para creer que con el esfuerzo de nuestro pueblo y sin ayuda de nadie, porque una de las cosas que nos hemos propuesto ‑y aunque no nos la hubiésemos propuesto, tenía que ser necesariamente, si queremos ser libres económicamente‑, es desarrollar nuestra economía con nuestros propios recursos y nuestros propios esfuerzos" (Castro, 1972, 184).

 

Producto del desconocimiento de la mecánica económica del país, de su comercio internacional y su escasez de recursos financi­eros, la dirigencia pensó con candidez alcanzar rápidamente una autosuficiencia económica, explotando sus propios recursos. Este error se pagaría con creces y llevaría al país a una vorágine de crisis de la cual no ha podido substraerse. Ilustra un discurso de Castro: “cómo se puede construir el socialismo y el comunismo, que significan trabajo, darse por entero al trabajo de la sociedad, sin hombres que estén dispuestos a trabajar las horas que sean necesarias, hacer el esfuerzo, van enfermos, no faltan a su trabajo, ese tipo de obreros de los cuales las masas pudieran presentarnos tantos ejemplos" (Revolución. La Habana. 26 de marzo, 1962).

 

Pero, si bien Cuba posee riquezas minerales y naturales en consideración, en términos generales no dispone de lo esencial para un progreso independiente, y su agricultura está sujeta a las mudanzas climáticas que afectan al Caribe. El suelo, lejos de resultar extremadamente fértil, soportaba una creciente salinidad y erosión con insuficiencia de recursos hidráulicos. La minería, por su parte, estaba deformada en inmensos yacimientos niquelíferos, de muy costosa explotación y sus depósitos de hierro están altamente contaminados.

 

Un plan de industrialización acelerada necesariam­ente afrontaría inmensos escollos por su debilidad energética, la ausencia de recursos humanos calificados, los desbalances demográficos dentro de la Isla, la carencia de una infraestructu­ra de servicios y comunicaciones y la mono-producción agrícola. El país solo podía dar respuesta a las soluciones vitales y primarias de su economía y su consumo.

 

La industrialización, que preveía inversion­es para el período 1960‑1965 en mil millones de pesos, no provocó el esperado ascenso. En realidad, la industrialización preconizada por el "Che" Guevara no partía de un plan o una idea coherente, sino sólo del concepto por adquirir industrias que suplantaran importacion­es. Es cierto que en estos años se especuló y teorizó, pero no fue delineada una política para solucionar el dilema energético, la mecanización agropecuaria, la rama industrial mecánica, el aprovechamiento de los recursos mineros, la conformación de una infraestructura ferrocarrilera, el impulso metalúrgico; en fin, fueron, definitivamente aspectos nunca abordados con profundidad.

 

No existía el punto de partida clásico para cualquier plan económico a largo plazo: las peculiaridades socio‑políticas, el estudio geológico, pedológico, demográfico, de infraestructura en transporte, puertos, almacenaje, refrigeración, los balances de recursos humanos, la estructura de los mercados internos y externos. La fuerza técnica requerida para ejecutar un programa acelerado de industrialización con vistas a lograr la "independencia" económica, sin dudas tendría que reducir la dependencia a la mono-producción agropecuaria, la mono-exportaci­ón y el mono-mercado, resolver la baja productivid­ad del trabajo, poner en funcionamie­nto las tierras ociosas y mejorar la explotación de los equipos y la maquinaria.

 

Castro y el "Che" Guevara subestimaron también la ausencia de una medios en la rama mecánica. Este período estuvo caracterizado por un modelo de funciona­miento económico diferente al existente en los países del bloque soviético de la época, los cuales ya perseguían reformar ciertos contornos internos, en búsqueda de mayor eficiencia y productivi­dad, una relativa descentralización en la gestión empresarial y la entronización de mecanismos de mercado. 

 

A pesar de la crisis económica que ya afloraba, persistía la euforia en la dirigencia. En ocasión del primer aniversario de la batalla de Playa Girón, en abril de 1962, Castro adelantaría sus ideas respecto a la estrategia económica "Nuestro país tiene riquezas naturales suficientes para desarrollar una gran industria, una extraordinaria economía con los recursos naturales que tenemos ahí. ¿Qué nos falta? nos faltan los recursos humanos, y los recursos humanos estamos creándolos. Nos faltan las maquinarias, las fábricas, y las fábricas estamos instalándolas. No nos faltarán los recursos financieros, no nos falta una natural­eza magnifica" (Revolución, La Habana. 26 de marzo, 1962).

 

La acumulación originaria

 

Se inició entonces el penoso camino hacia una descomunal acumulación primitiva de capital, que agotó las fuerzas esenciales y gestoras de la Revolución; y que, como un Moloch gigantesco, devoró una generación completa de obreros, campesinos, intelectuales, clase media y burguesía comercial. En su cúspide, cristalizó una burocracia altamente elitizada, sustentada en un ejército poderoso, un aparato policiaco eficiente y una sumisa organización política.

 

El modelo se vio trabado en los requerimientos no sólo de una activa industria de implementos y maquinarias y equipos agrícolas, sino en la urgencia de establecer una red de servici­os fitosanitarios ante lo extensivo de las explotaciones, de crear estaciones de experimentación, de almacenaje y frigorífico­s; de una industria procesadora del agro; del control de la calidad y la metrología en los productos; de una mapificación de los suelos cubanos. 

 

Poca atención se prestó en apoyar este esfuerzo agrícola con personal técnico y de dirección administrativo eficiente y la calificación de los obreros. Por otro lado, el énfasis inversionista fue desigual, padeciendo Camagüey y Oriente de magras inversiones. El país no disponía de fuentes de ahorro necesarios para tal acumulación, sobre todo al no acceder Castro a realizar concesiones al consumo y explotar rudamente el campo y la ciudad; así, las exporta­ciones volvieron a tener una relación directa con la tasa de acumulación y por consiguiente no pudo cerrarse la economía en un modelo autosu­ficiente, sobre todo debido al pequeño tamaño de su mercado interno y la descalificación laboral.

 

El castrismo anuló las fuerzas vitales creativas de la nación cubana. La descentralización resultó un punto espinoso del modelo de dirección; en consecuencia, Castro no generó dentro de la oficialidad del régimen valores imperecederos. Incluso, el marxismo clásico fue considerado demasiado irreverente. Los intentos de industrialización y acumulación originaria socialista mediante la planificación, se concertaron en medio del caos social y del consumo y de las limitaciones de aptitud de la élite directriz. Castro y el Che consideraban que el país atravesaba una crisis momentánea que había gestado la anarquía social y ésta en consecuencia el desbalance político; así, se proyectó el destino de la nación fuera de las estructuras económicas. 

 

Pero ésta táctica tuvo como uno de sus talones de Aquiles la no existencia de una relación equilibrada entre el sector estatal y el privado. Pronto se mostró cómo una revolución conducida desde arriba y que lejos de hacer benefic­iarias a las clases trabajadoras echó sobre ellas la carga abrumadora de los desaciertos políticos y los descalabros económicos. Tanto los campesinos como los trabajadores urbanos pronto se percataron de que el Estado proletario era solo una fórmula de la retórica oficial.

 

Este plan demostró la diferencia entre el proceso de acumulación socialista de la acumulación privada.  Los marxistas cubanos no pesaban la fase de acumulación como la atravesada por los países capitalistas; para ellos era un axioma la construcción del socialismo con una sociedad industrializada. Se les escapaba que tal esquema en Cuba resultaría más agobiante pues tendría todo el peso de una burocracia y de la propiedad Estatal.

 

Al operar toda la economía con pérdidas, incapaz de generar excedentes para sustentar una industrialización o un crecimiento sostenido, no pudo obtenerse la expansión agro-indust­rial sobre la base de la reinversión de gananci­as. El fondo de acumula­ción del país entonces gravitó sobre el consumo y los salario­s. No se lograría la instaur­ación en las condiciones específicas del modelo sociali­sta de industrialización; lejos de ellos, la acumulación primiti­va socialista, a medida que el Estado burocrático iba imponiendo metas y sacrificios, hizo descender en flecha la productividad del trabajo.

 

Dentro del proceso, la evolución de los problemas en la ciudad y el campo no eran similares; en los núcleos urbanos, se adquirirían los alimentos a precios elevados y el control del Estado resultaba más directo y exigente; se implantó una política de precios con el objetivo de extraer la mayor cantidad del ingreso del sector privado. En favor de su plan de industrialización, se esgrimía la idea arcaica, esbozada por los clásicos de la economía, de que el trabajo industrial sumaba un valor superior a la mercancía y por tanto un volumen de plusvalía superior al trabajo agropecuario. De tal forma, el incremento económico tendría que provenir del énfasis industrial.

 

Se presumía que en el sector fabril residía el marco del desarrollo tecnológico, la organización moderna de la sociedad. Se subestimaba, por supuesto, la acción positiva de la competencia comercial y los nuevos recursos científico‑técnicos. Por ello, los guevaristas cubanos concluían que el intercambio de materias primas agro-pecuarias por manufacturas industriales resultaba siempre favorable a esta última. Congelados en este reduccionismo se les escaparía el carácter extremadamente competitivo de los productos primarios y su impacto en el valor de la producción, que determinan las oscilaciones de precios. Asimismo, dejaban de evaluar en el sector industrial, la fijación del salario mínimo y los acuerdos ramales sindicato‑administración, que establecían un máximo en la reducción de los costos de producción industrial. Es por ello que en la industria la mano de obra disponía de una participación superior de la renta nacional.

 

Pronto fue abandonado tal esquema por el de lograr un país auto-suficiente, dinámico económicamente, por medio de una agro-indust­ria moderna. Así, el castro‑guevarismo se proyectó como una teoría consciente de la llamada "revolución permanente", al considerarse entonces que el país no contaba con los medios para un desarrollo económico autosuficiente.

 

El sistema presupuestario

 

De acuerdo con los teóricos del sistema, la necesidad de industrialización impuso necesariamente una dirección política‑­económica centralizada. El "Che" Guevara, influido por los postulados económicos de la oposición bolchevique de izquierda de los años veinte (especialmente León Trotski y Evgeni Preobrazhensky) y que luego Josef Stalin abrazó en la década siguiente, armó un modelo industrialista de gestión financiera presupuestada que antepuso a los criterios de generalizar el sistema de dirección que ya se usaba en el bloque soviético, cimentado en el cálculo económico, la rentabil­idad y los estímulos materiales.

 

Para el "Che" Guevara y Castro, la acumulación primitiva socialista necesitaba echar mano por cualquier medio de la porción extra de la producción, por ello se iría cercenando toda forma de protest­a, haciendo tábula rasa con las libertades sindicales. Así, los trabajadores cubanos fueron privados de los mecanismos para protegerse de la deformación burocrática del Estado. El dilema residía en que los ingresos estatales no eran suficiente, la productividad individual muy baja y las estrategi­as para el desarrollo inciertas; al resultar el aparato estatal la fuente de redistribución y apropiación del "plus-valo­r" social, este Estado, con sus múltiples gastos accesorios, devoraba el presupuesto de la nación.

 

Al agruparse y presupuestarse las empresas, a partir de unidades de producción con líneas y tecnologías afines, reintegr­ando sus ganancias al Estado, no se pudo contener el despilfarro y las arbitrarias asignaciones de abastecimientos e irregular distribución por la burocracia, que sólo se ocupaba de planes irreales. Al sufragar el Estado los gastos de las empresas no rentabl­es (que cada vez resultaban más) se produjo una inflación galopante imposible de detener. El engendro teórico Castro-guevarista entronizó en muchos sectores y profundizó en otros la hipertrofia económica y financiera, de recursos materia­les tanto como de humanos, en una turbulencia incontrolable donde era imposible conocer el resultado del trabajo individual, empresarial o de la economía en su conjunto.

 

Convencido de que la centralización política y la concentración económica fueron los coeficientes tras los cuales Stalin logro erigir la industria soviética y fortalecerse en el poder, el castrismo se deslizó irremisiblemen­te por estos cauces. Los incrementos que registraban las estadísticas oficiales estaban falseados al descansar en precios ya distorsionados sin conexión con la realidad del consumo, con la productividad y con los mercados internacio­nales. Esta anomalía es visible incluso hoy día, en las diferentes tasas de crecimiento de las ramas económicas, que no refractan un desarr­ollo armónico y proporcional.

 

Durante la etapa de la industrialización, principió el desfase entre la masa de mercancías en circulación y el fondo de dinero, excediendo éste, con creces, a lo disponible en un mercado contraído. Los grandiosos planes rebasaron la calidad de los proyectos, la calificación laboral existente y las posibilidades, experiencia y recursos de las unidades económicas inversionistas, superando en varias veces el tiempo promedio considerado. Tales dilaciones perturbaron los nuevos proyectos económicos, provocando que la artificial paridad del peso cubano, sostenido frente a las consideradas monedas duras, hiciera descender drásticamente el nivel promedio de consumo de la población, privada de manufactur­as foráneas, inaccesibles a su salario. 

 

El poder de compra de la Isla disminuyó en flecha por la diferencia de precios entre productos importados y domésticos, camuflados y apuntalados, los últimos, en los subsidios estatales.  Los precios internos no valorarían realmente el costo de producción, resultando desventa­joso casi siempre el intercambio con el exterior. Así se desestimaron los dispositivos del mercado mundial y los ajustes necesarios a los costos de producción interna y precios, así como el aprovechamiento de los recursos naturales disponibles como fuentes de diversificación. La irracionalidad fue tal que se promovió la industrialización en ramas con escasas materias primas disponibles como la fábrica de productos electrodomésticos en la ciudad de Las Villas, la IMPUD, plantas de abonos químicos) y se descuidó el crecimiento de otras, con abundantes materias primas, como la rama minera.

 

El sector azucarero sufrió un retroceso sensible al punto que su recuperación, parcial por demás, sólo tuvo lugar tras voluminosas inversiones que sacrificaron virtualmente al resto de la economía. La transportación se desarticuló al traspasarse equipos ferroviario­s, necesarios, a las empresas de pasajes y carga general, y lo que fue más demoledor, se perdió definitivamente la calificación del obrero azucarero. A diferencia de la industria, donde los costos están determinados por una media general, en la agricultura ellos no están regulados por la calidad media de los suelos sino por la inferior, dificultando lograr altos beneficios. Así, la agricul­tura cañera afrontó gastos crecientes en medios básicos y una producción más intensiva que elevó su composición orgánica de capital.

 

La polémica de los modelos

 

El modelo socialista perdió de vista que el manido concepto del "desarrollo de las fuerzas productivas" nunca transformaría la llamada división internacional del trabajo; no podía arrasar con las antiguas relaciones sociales y su consecuente superestructu­ra político jurídica. El castrismo reconstituyó un prototipo explotador tan verídico como el que se ufanaba haber destruido.

 

La dirección del país titubeaba ante el tipo de modelo económico viable para la etapa de transición. La selección definitiva inicial en favor del modelo de financiación presupues­tada se debió más a las particularidades políticas internas del sistema que a su comprobada eficiencia.

 

Durante los sesenta, en la alta burocracia existían diversas vertientes ideológicas sobre la forma de aplicar el sociali­smo: los viejos marxistas, los guevari­stas y los nuevos marxistas que apoyaban la corriente pro-china y ciertas variantes económicas trotskistas. Los viejos marxistas mantendrían el ajado esquema estalini­sta de un desarrollo económico condicionado por una industria pesada y de maquinarias, con una elevada tasa de acumulación y una redistribución del ingreso nacional, sacrifica­ndo temporalmente las necesidades del consumo. Se suponía que esta fórmula lograría la modernización de la agricultura e industria. 

 

Por su parte, el "Che" Guevara y en cierto modo Fidel Castro, promovían la formula del factor conciencia, los estímulos morales y el trabajo voluntario, esperando que la sociedad pudiera retribuir el trabajo excedente otorgado por el obrero. Si bien puede afirmarse que en tal concepto se hallaba el germen de lucha contra la burocracia, su nivel de vida, diferenciación social y económica, sin embargo, no se instauraría una estructura de poder acorde con este ideario anti-burocrático.  Este esquema requería para su triunfo los más altos sacrificios individuales, a nombre de una vaga abstracción. Todo ello chocó con el dogmatismo ideológico, la ultra centralización, la sociedad productora, la abolición de las relaciones mercantiles y el igualitarismo a ultranza que se esforzaba aplicar.

 

En este boceto del Che se mezcló un laberinto de ideas donde influían los métodos de dirección y ética del maoísmo con la visión industrialista soviética. Su concepto del hombre socialista tenía más que ver con los desusados exordios escolásticos del medioevo monacal que con la energía atómica y los ordenadores. Así nació la idea de una sociedad productora, la cual buscaría inculcar en la conciencia de los asalariados (productor) el trabajo como la función social primaria, de realización, individual, en la cual las restricciones del consumo resultaban el precio a pagar por un futuro luminoso.

 

En la práctica se rechazaron los principios clásicos de la distribución considerados para el tránsito socialista y para la sociedad comunista, pero circunscribiéndolo sólo a los productores; con respecto a los dirigentes (como se vería luego en la etapa de la construcción simultánea) la burocracia siguió manipulando indirectamente la plusvalía.

 

Este modelo castro-guevarista fue considerado erróneamente, en sectores de la izquierda, como un intento por evadir el estalinismo, un retorno a las fuentes utópicas. Pero aquí no se atentaba contra las raíces del estalinism­o. La vieja guardia marxista se hizo eco de las acusaciones de trotskismo que se hacía contra el "Che" Guevara, pero en el fondo, en las cuestiones fundamentales, el Che era más estalinista que trotskista, y como gestor, junto a Fidel Castro, del modelo de socialismo cubano quedó como una figura llena de patéticos fracasos.

 

Los postulados del Che Guevara

 

Durante el período de la polémica, especialmente entre 1962 y 1965, los postulados del "Che" Guevara se experimentaron en las ramas industriales, mientras que el cálculo económico, defendido por la vieja militancia estalinista, tuvo su gravitación en la agricultura y el comercio exterior. La industria guevarista se estructuró en un conjunto verticalizado de empresas consolidadas, aglutinantes de actividades económicas similares, que estaban presupuestadas y en las cuales no intervendrían las relacio­nes mercantiles, prescribiéndose todo tipo de contabilidad financiera y cálculo de rentabilidad.

 

El modelo para el desarrollo económico propugnado por el "Che" Guevara, por otra parte, no era novedoso; partía del comunismo de guerra instaurado por los bolcheviques entre 1917‑1920, donde la financiación de cada centro de producción era responsabilidad estatal. Donde el presupuesto central asumía los capítulos de gastos, dirigiendo a su vez la financiación de cada centro de producción, de forma presupuestada sin que interviniesen organismos crediticios. De ahí, a un modelo económico, donde no interviniese el dinero como medio de cambio, el trecho era corto, y el castrismo, claro esta, sucumbió a la idea y la recorrió con rapidez.

 

La primera fórmula fue la de suplantar el dinero por la cantidad física de trabajo, como unidad contable; y, establecer el análisis de las liquidaciones inter‑organismos y empresarial a través del Banco Nacional, sin que mediasen dinero o cheques. Así, los puntos de la controversia teórica sobre el modelo a aplicar en la economía fueron la vigencia de la "ley del valor" en el tránsito socialista o la distribución racionada; la permanencia del mercado interno o un modelo de planificación centralizada; la rentabilidad empresarial como supuesto que determinase su volumen de producción e incluso existencia; o la de gestión por el Estado de sus perdidas a través de un esquema presupuestado; la nivelación de los salarios en todo el territor­io y unidades económicas o su fijación por la actividad producti­va y ganancial de su empresa; el control y manejo de las gananci­as e inversiones por cada empresa o su centralización por el Estado para sustentar las actividades no rentables y promover el desarrollo en otras esferas.

 

En el centro de la teoría presupuestada estaba la consideración de la economía en su totalidad como una sola actividad empresarial, lo innecesario de las relaciones mercantiles interactividades, y lo injusto de la diferenciación salarial en actividades similares. De tal forma, el modelo planificado operaba la circulación mercantil eliminando el dinero como instrum­ento del cambio. Como palanca que supliese la estimulación material y el afán de ganancia se elucubró sobre la adaptación de los estímulos morales, en el cual el elemento conciencia y el trabajo voluntario forzarían la marcha de las relaciones de producción. Con el advenimiento de esta ideología mítica, de este “hombre nuevo”, se esperaba evitar la solidificación de la nueva clase burocrática.

 

Los estímulos materiales fueron tenidos como corruptores de la conciencia humana y el vulgarismo socialista de la distribución igualitaria regimentada se convirtió en punto clave del credo castrista. Referente al tema de los estímulos, en su compare­cencia de marzo de 1968 expone Castro: “Y nosotros no creemos que se forma un hombre comunista incitando la ambición de ese hombre, incitando el individualismo de ese hombre, incitando las apetencias individuales" (Granma, 13 de marzo, 1968).

 

Al golpear los incentivos materiales, presentes en la transición que había prefijado Karl Marx, el guevarismo enfatizó en los estímulos morales, en el papel de la ideología y del trabajo voluntario, contrapesos de los rudimentos capitalis­tas en la gestión y administración económica, y fundamento para la supresión de las relaciones mercantiles. El arquetipo presupuestado de gestión económica descansó en una estructuración funcional del control y supervisión de los resultados físicos. El abandono de estímulos al obrero y administraciones, la jerarquización de ciertas producciones y la desatención de otras; los balances inter-territoriales con el prejuicio urbano; el racionamiento; la irracionalidad en la estructura salarial y de precios. 

 

En el mismo, la ley del valor (costo‑precio‑ganancia) brillaba por su ausencia, marcada como un artificio de corte revisionista. La rigidez de un mercado pautado por el racionami­ento último de la calidad, la estética y la variedad manufacture­ra, estancando las inventivas tecnológicas, al uniformarse totalmente la producción. La inexistencia de un mercado libre de la fuerza de trabajo, impuso una disminución y desarreglo de los principios de la distribución igualitaria. De esta forma, se facilitó un encuadramiento más preciso de la fuerza de trabajo a la burocracia militar. Esta idea fue legitimada internamente por el fantasma de una invasión norteamericana.

 

Si bien Marx había apuntado que al realizarse el acto productivo el obrero se transformaba en una mercancía, se transfiguró este acto en una obligación patriótica, a nombre de los postulados filosóficos más elevados. Se implementó el trabajo voluntario, como forma compulsiva de producción, esperándose que el humano se comportase en la producción al igual que en la defensa; error que llevó al país a una vorágine de crisis.

 

A la vez que el rígido abanico salarial desestimulaba sus posibles resultados óptimos, de hecho se desfiguró el anterior desglosamiento de la renta nacional, entre sectores sociales y ramas económicas, y se produjo el descenso de la productividad y la ineficiencia. La paradoja era que en los países occidentales los asalariados consumían una proporción mayor de la renta nacional que en el Estado cubano.

 

En la esfera financiera se moduló un racionami­ento general y un congelamiento salarial y de precios. De esta forma se prescindía del cálculo salarial y la formación de precios, evadiendo el reflejo directo de la depreciación monetar­ia. El subsidio a las empresas resultó la regla general, debido a las pérdidas generadas entre precio del productor y del mercado. Pese a sus durezas, las leyes laborales no disminuyeron el ausentismo enmascarado en las cifras oficial­es. Por otro lado se aceleró el desplazamiento humano del campo a la ciudad y los trastornos ocasionados por la introducción de cambios tecnológicos del Occidente al mundo soviético.

 

Así, el modelo cubano manejó los baches productivos agrícolas e industriales a costos elevadísimos, para no patentizar los continuos paros económicos. Por lo general, se exportaba para amortizar importaciones, y ello no incidía en una productividad mayor o en una innovación tecnológica. Este cuadro se empeoró por el hecho de que las empresas productoras no disponían de sus exportaciones, ocupándose de ello las entidad­es intermediarias del comercio exterior.

 

El fundamento conjetural era que en un Estado socialista la organización empresarial respondía a los intereses de la sociedad; y por ello cada una representaba una inversión social y no un capítulo particularizado, con derecho a manipular su producción y ganancias. Se razonaba que en el caso cubano sería fatal implementar la autogestión financiera yugoslava con la descentralización de la dirección, pues el grueso de las capacidades instaladas se orientaba al mercado de consumo, eventualidad que podría provocar mayor diferenciación social y la consolidación de una burocracia.

 

Al atacar las reformas económicas que se balbuceaban en Yugoslavia, la Unión Soviética y en Checoslovaquia, los cubanos reflexionaban que no eran mejoras al modelo del tránsito socialista, sino ajustes a las características especificas de tales países, y por lo tanto extrañas a Cuba. Entre los argumentos figuraba que en un período de transición al comunismo se debía manipular el rumbo de las relaciones de producción a fin de desvincular el salario real de la producción, liquidar la función del dinero como elemento mercantil, suspender los mecanismos crediticios, la gestión económica basada en los beneficios así como los impuestos.

 

Como apuntaron con precisión los opositores cubanos al sistema presupuestado promovido por el "Che", desde el momento que se impostaron estructuras y modelos de organización, así como mecanismos de la circulación de los medios de producción ajenos a la realidad técnico‑económica del país, se produjo la debacle y la consolidación del elemento que supuestamente se esperaba liquidar: la burocracia. Tanto el "Che" como Castro no imaginaron en sus análisis, que el modelo engendraría el mismo tipo de burocracia, con la sola diferencia que ella se agenciaría la apropiación de la plusvalía por dispositivos ilegales. El nódulo no residía tanto en el modelo económico, sino en la propiedad Estatal monopolista y su uso y manejo por la vanguardia política, embrión de nueva clase.

 

Puede decirse que a partir de 1963‑1964, se enfrascó la lucha para que no se produjese el colapso total de la economía. Al eliminarse el mercado de fuerza de trabajo y asignar el Estado la misma, se implementó el trabajo compulsivo. Al subordinar totalmente la gestión económica a los objetiv­os políticos, la marcha del país tomó senderos ilógicos conformándose un modelo económico que resultaba un freno a cualquier propósito de desarrollo, por su carácter no rentable. No se conseguían resultados en la esfera técnico-productiva por la sencilla razón de que la columna vertebral del poder permanecía en una fórmula improductiva de naturaleza: la supeditación política de la economía; de variarse este esquema, se suponía que el poder en la cúpula peligraba.

 

Después de la estatalización caótica de los primeros años, que desarticuló los abastecimientos y el consumo, se proyectó un crecimiento acelerado con masivas inversiones en la agricultura. La incapacidad y la premura afectaron así los nuevos proyectos y la agricultura presentó un crecimiento más lento que la industria, con menos ganancias y un elevado deterioro de los equipos e instalaciones.

 

La producción industrial se estancó a todo lo largo de la década sesenta y el mantenimiento y reposición de capital estuvo casi ausente de esta esfera. Se generalizó la falta de control económico, la anarquía de los abastecimientos, el deterioro constante de la calidad, las producciones innecesarias y la falta de innovaciones tecnológicas. Al existir mayor pago de salarios debido a la política de empleo total, creció la masa de dinero en la calle mientras la cantidad de mercancías en circulación escaseaba. 

 

La industrialización cubana chocó además con la especialización del CAME y sus deseos de que Cuba se transformase en la suministradora agrícola del bloque soviético. El país, entonces, no sólo mantuvo su esquema agrícola heredado de la república, sino que el mismo se profundizó, en sus esfuerzos por cumplir con los convenios con la Unión Soviética, por sostener los niveles de subsistencia y por sufragar los gastos de la subversión.

 

La construcción simultánea del socialismo y el comunismo

 

En medio de la década sesenta, Fidel Castro decidió lanzar el experime­nto de construir, simultáneamente el socialismo y el comunismo, concepto que adolecía de soporte teórico, salvo algunos balbuceos del "Che" Guevara y varios párrafos de Castro sobre el papel de la ideología en las formaci­ones socio‑económicas, la búsqueda de un socialismo “atípico” cubano, y el supuesto aporte de la revolución cubana: el papel de la vanguardia guerrillera transformada en vanguardia política, y la convicción de que los factores políticos (subjetivos) eran más decisivos que la realidad económica y social objetiva.

 

La dirección castrista recogió estas ideas de varios bolcheviques, especialmente de León Trot ski, de Nicolás Bujarin cuando analizaban la época del comunismo de guerra; y donde razonaban que el tránsito al comunismo se aceleraba mediante la aplicación de ciertas medidas comunistas, luego de establecidas las relaciones socialistas de producción. Pero esto era una elucubración de los bolcheviques para justificar su hegemonía política en un país sin las condiciones que teóricamente había expuesto Marx para el inicio del socialismo. Por su parte el maoísmo no fue ajeno a este ropaje teórico que por el momento solventaba la incongruencia de edificar la sociedad tecnológica del futuro a partir del subdesarrollo. Además, en ciertas proclamas de Stalin se aupaban las normas de forzar las condiciones objetivas de la sociedad para el triunfo político del socialismo.

 

Así, utilizando este mejunje del comunismo de guerra bolchevique, del estalinismo y del maoísmo, de pretender el montaje de una fase transitoria que contuviese leyes económicas y resortes políticos de las populizadas etapas inferior y superior comunista, el castrismo proclamó la construcción simultanea en total herejía con la teoría leninista de la evolución gradual de las sociedades.

 

Los teóricos castristas del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, apuntaban que se "aplicaba" la teoría marxista leninista de manera "dialéctica" a las posibilidades y especificidades del país, y que sólo en el terreno teórico existía la separación esquemática de las etapas del socialismo y el comunismo. Advertían que tales errores llevarían a los dirigentes a transformarse en esclavos de las formulas teóricas, olvidando la “praxis” que podría viabilizar una sociedad nueva. Se comentaba que el estilo de Estado y partido utilizado por los bolcheviques no conllevaba un axioma histórico pues la realidad revolucio­naria cubana -decían-, tenía lugar en condiciones muy concretas, en coyunturas internacionales diferentes a las de otros países socialistas, y a partir de un grado de desarrollo económico y cultural distinto.

 

El experimento partía del criterio de saltar etapas en la evolución económica y social -de un capitalismo primitivo al comunismo científico-, y por ello adolecía de barreras insuperables. El castrismo pensaba que la sociedad cubana podía marchar y crecer aislada de la comunidad económica internacional; que este tránsito del capitalismo al comunismo se aceleraba por razón de la aplicación del comunismo de guerra, a través de una acumulación originaria agraria, descans­ando en un impulso supremo de la industria azucarera.

 

La estrategia imaginaba que tras la estatalización de toda la economía, el salto era factible con el resultado del trabajo del Hombre Nuevo socialista, con el uso de los mandos militares en la economía y mediante los estímulos morales en jornadas de trabajo por sobre las diez horas diarias, el uso de una extensa población penal reeducada y el plan pedagógico del estudio‑trabajo para los jóvenes; requisitos para extraer al país del retraso tecnológico, puesto que el socialismo triunfó equivocadamente en países poco desarrollados.

 

Ya controlados los niveles de "necesidad" y regulada la distribución de manera igualita­ria, en forma racionada y en "especie", violentando las variables de aspiraciones, los gustos, la psicología, las costumbres, el Estado dictaba los niveles de necesidad social y económica. El racionamiento quedó como vehículo distribuidor, con la extensión gratuita de los servicios sociale­s, culturales y deportivos, con la obligatoriedad penal del trabajo. El sector comunista tendría que ser financiado por el propio trabajad­or, a través de una política de altos precios a un grupo de productos y actividades de recreación.

 

El período de la construcción simultánea exigió mecanismos de congelación salarial para no mermar la acumulación originaria socialista. Con el sacrificio de la generación productora se fundamentaría el “despegue económico”, pues Estado y productor resultaban dos partes de un todo. Cimentados en el precepto de que las fórmulas para desarrollar la base material del socialismo estaban en pugna con las del comunismo, se puso en marcha de un plan ético‑educacional, especial, para la juventud.

 

Violando las más elementales leyes económicas, con una extrema dependencia tecnológica, militar, financiera y comercial a la Unión Soviética, con un equipo de gobierno ineficiente y una pesada burocracia centralizadora se buscaba encauzar voluminosas inversiones sobre puntos neurálgicos, sobre todo en los servicios sociales, pero sólo para deformar la endeble economía del país.

 

El logro del comunismo implicaba un simple ajuste en las esferas de decisión y de la propiedad, con el Estado absorbiendo las perdidas de las empresas ineficientes. Así, el comunismo no se alcanzaba a partir de un sustancial incremento económico sino por la simple transferencia de recursos de otros sectore­s; donde las ganancias producid­as por los trabajadores en una órbita económica, el gravamen de su salario personal, serían desviadas a otros sectores no rentables.

 

Más que un auténtico salto experimental, sería un maquillaje de una ajada ideología estatal, una coherente contrarreforma, una despotía socialista; un instrumento legitimador del poder político y económico, de la cruzada terráquea por imponer mediante la pólvora la sociedad futura. En realidad, se estaba en presencia de la coronación lógica de todo un proceso de extremes totalitaria, de regresión a una economía natural, resultado de la incapacidad por resolver el atascamiento económico y político. Algo semejante a la "esclav­itud generalizada" dibujada por Marx para las sociedades primiti­vas; con algo análogo a la coerción extra‑económica sobre los productores, que ejercía compulsiva y religiosamente la clase burocrática, sacerdotal y militar de los estados teocráticos y despotías asiáticas y mesoamericanas: una descomunal maquinaria teocrática, impredecible en sus acciones represivas, a nombre de una ideología canonizada y abanderada de una cacería de brujas.

 

Distribución igualitaria

 

Algunos teóricos cubanos, yendo más allá de Castro expresaban que había quedado por demostrar la opción pluripartidista propugnada por los mencheviques y los social revolucionarios, contra la tesis de la dictadura cerrada y represiva bolchevique. Pero Castro, fiel seguidor de los postulados maximalistas rechazó las corrientes internas anti soviéticas, las cuales expresaban que habría que el sistema socio económico bolchevique, generalizado en algunos países tras la Segunda Guerra Mundial, no resultaba la etapa de transición o previa al comunismo, sino que por su naturaleza clasista, en manos de una burocracia que hegemonizaba el Estado y explotaba al productor manipulando el excedente social, resultaba una formación socio económica diferen­te al socialismo de los textos.

 

La estrategia agrarista no había hecho caminar la maquina económica cubana. El síndrome colectivo de inseguridad social y económica, e inestabilidad psicológica, producto del racionamie­nto extremo, la desvalorización material y moral, conformarían el mundo del productor: un extenso y creativo universo marginal de subsist­encia. Al ahogar las posibilidades legales del intercambio se acrecentó en forma alarmante el mercado negro.

 

Al asumir el Partido la supervisión de la producción terminó dirigiendo la administración. Por otra parte, el ejército, como instituto armado, servia de apoyo a las labores de la zafra azucarera, pasando a militarizar­se el estado e incluso el partido comunista. Se consolidó la diferenciación entre los estratos elevados del Partido y el Estado, con los eslabones intermedios y el resto de la población. Así, la libertad individ­ual sólo fue prerrogativa de la élite rectora; los trabajadores se verían avasallados y el campesino iría desapareciendo al irse desplomando los niveles de vida.

 

La depresión del consumo en la cual se precipitó la Isla no resultó una consecuencia del embargo comercial estadounidense, sino la aplicación de modelos económicos experimentales que despreocupaban los mecanism­os y los principios primarios de una economía. Todo fue ignorado: los costos de producción, la ganancia, la productivid­ad del trabajo, la desigualdad tecnológica respecto a los polos industriales, los precios mundiales, la oferta y demanda, produciéndose una retracción a una producción de subsist­encia, especialmente en el medio rural, donde se redujo aún mas el límite mínimo de propiedad.

 

Se interrumpieron las estadísticas a todos los niveles de gestión económica y del Estado; se suprimió la contabilidad; la dirección científica y la econometría especialmente propulsada por el polaco Oskar Lange, fueron conceptuadas como técnicas burguesas. Al controlarse la producción por unidades físicas y no por fórmulas contables, imposibilitaba conocer la marcha general de la economía, las finanzas y la medida en que el país se beneficiaba o afectaba. Resultaba una paradoja que el modelo económico presupuestado instaurado en Cuba, ausente de relaciones mercantiles, promoviera una economía eminentemente exportadora, cuyas relaciones comerciales con el exterior eran eminentemente mercantiles, y para las cuales se desconocían los costos reales de producción. 

 

La campaña del régimen reconocía que el dinero existía como medio de distribución, como un amargos instrumento, transitorio, hacia cuya abolición se debía marchar a medida que se ampliase la esfera comunista. En julio de 1968 Castro expresará que el dinero paulatinamente iría perdiendo su función en el esquema de construcción simultanea, donde los servicios y demás funciones sociales y publicas, las medicinas, los libros, la asistencia médica, la educación, espectáculos deportivos y culturales se ofrecerían gratis; y que a los servicios públicos seguirían los productos alimenticios, el calzado y vestido (Granma, 28 julio 1968). En palabras de Castro “aquellos centros obreros que renunciaron a las horas extras, que adoptaron el horario de la conciencia reciban por la vía de la colectivida­d, por la vía de la sociedad, aquellas cosas y aquellos recursos que venían recibiendo como ingreso por su trabajo, en aquellas ocasiones en que se enfermen o que se accidenten o que se jubilen" (Idem).

 

Castro expresaba que las medidas comunistas no requerían grandes inversiones, pues, la mayoría resultaban en las esferas social y educacional. En este campo se proclamo a Cuba en la avanzada mundial. Se pensaba ir liberando la libreta de racionamiento de productos que serían concedidos gratis, hasta que el sector comunista fuera casi total; entonces se entraría de lleno a la fase comunista de distribución.

 

Si bien se estacionó la inflación, paradójicamente, pese a que el poder adquisitivo promedio decreció en la medida que era alargada la jornada de trabajo, la colosal carestía retomó un acelerado proceso deflacionario en el mercado estatal. Un excedente circulatorio, inesperado, que contribuyo a la desestim­ulación en flecha, y cuyas consecuencias en los precios del mercado negro tuvo reflejos alcistas por muchos años.

 

Pero la pérdida del valor del dinero, más que producto de una estrategia consciente de congelación de los precios y distribución gratuita de productos a becados y servicios a la población fue la resultante de la increíble escasez que sufría la población. Mucho antes de la política de "construcción simultanea" y de la proclamación de una esfera gratuita de distribución, el peso cubano había perdido valor dentro de una barrena inflacionaria. La construcción simultanea, más que un experimento teórico dentro del socialismo resulto un paliativo para camuflar la catástrofe productiva, de consumo y la inflación que sufría el país. 

 

Uno de los resultad­os adversos de esta estrategia fue que los precios agrícolas mostraron un cociente inferior a los industriales. Se inició el proceso de facilitar ropa de trabajo que uniformaría a los obreros. El obrero cubano aprehendió, de inmediato, que la maquinaria estatal, tras dar cuenta de la burguesía y la oposición armada, le controlaba, obligándole a la auto-represión.

 

Mientras los obreros industriales y jornaleros agrícolas sufrían los embates del rudo igualitarismo y eran aguijoneados para que produjesen con eficiencia, comenzaba la consolidación y fortalecimiento de la burocracia, diferenciada en consumo y poder de decisión. El trabajador cubano nunca vería su destino ligado directamente a su posición ante los instrumentos de producción, porque realmente no ejercía el poder político que oficialmente se expresaba; no comprendía donde se hallaba el mecanismo del Estado proletario que supuestamente le estaba subordinado.

 

El “esfuerzo decisivo” consideraba ubicar al país como el primer exportador azucarero del mundo; competir con los principa­les productores cafetaleros y citrícolas. Pero Castro no logró desarrollar los fondos exportables agrícolas y disminuir las importaciones y satisfacer el consumo alimenticio. No se aprovecharían al máximo las tierras y la producción no generaría los fondos esperados para financiar el salto económico. La política de empleo masivo desplomo los ya bajos niveles de productividad. Las inversiones no tuvieron una distribución proporcionada y se planificó por encima de las posibilidades reales de la economía y la tecnología.

 

Sin dudas, la estrategia azucarera se hundió por su propia incoherencia y por las mismas razones que hicieron fracasar a los planes anteriores: la no funcionalidad del modelo económico de centralización absoluta de la propiedad del Estado, el totalitar­ismo de Castro y sus métodos compulsivos, la desorganización y descalificación de la dirigenc­ia y la desmotivación de la población.

 

Castro equivoca la distribución igualitaria y la gratuidad de los servicios sociales con el comunismo, y obviaba la existencia de profundas diferencias entre los niveles de vida, por regiones del país, categorías sociales e incluso centros de estudios. La teorización moralizante del Hombre Nuevo descansaba en conceptos y valores extraídos de una sociedad arcaica e isleña, llena de tabúes como la cubana; valores que fueron ascendidos a planos míticos. Este arsenal, de fuertes rasgos machistas, de auto-represión y síndromes propios de baja industrialización y nacionalidad en proceso formativo no resultaba modelo para propiciar los valores básicos de una sociedad humanista y técnicamente vanguardista.

 

La élite gobernaba al país como si fuese una vasta plantación, y el igualitari­smo atascaría la productividad. El fracaso conllevó a que se perdiese con el experimento el único intento de autenticidad afrontado por la dirección cubana. Era evidente que el marxismo no era abrazado por las masas obreras, que existía una disidencia intelectual y que la juventud rechazaba el militarismo. El hombre nuevo, teorizado por el "Che" Guevara y tratado de modelar por Castro, resultaba un monógamo asceta, ateo, productor, abstemio, internacionalista suicida, lleno de rencor hacia las sociedades de consumo, que anteponía los intereses del Estado a los de la familia y el individuo, y estaba dispuesto a luchar contra la reacción y el socialismo en cualquier lugar de la tierra.