Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                    Juan F. Benemelis

 

 

 

 

                                                       

 

 

¿Ha desaparecido la nación cubana?

 

Llevamos años analizando la situación política interna y externa de Cuba y de su entorno. Pienso que en la élite del poder habanero reinan las mismas circunstancias. Cada cual con sus objetivos. Aquí en extramuros, delibero, se han agotado las visiones, y en su lugar existe el atrincheramiento conceptual de si tal o cual rumbo es el que permitirá el cambio instantáneo o la transformación pausada. Allá en intramuros, más allá del control totalitario, el rompecabezas estriba en por qué tal o cual medida no genera los resultados esperados.

 

¿Qué hace que todas esas posiciones sean erróneas a la hora de hacerse valer ante el pueblo que mora la Isla de Cuba?

 

Establezcamos un supuesto: para que concurra una civilización, o un Estado-nación con tales valores, es necesaria una tradición y una conducta social que la sustente.

 

Por eso cuando el castro-marxismo destruyó la sociedad republicana e hizo tábula rasa con sus tradiciones, implantando un régimen totalitario, inspirado en el ejemplo de la Unión Soviética o cualquier otro ejemplo, tal proceso, por irreversible, no pudo ser sustituido;  resultó imposible instaurar en su lugar, una utópica nueva sociedad con un hombre nuevo.

 

Resultó irrealizable, pero no solamente porque el “Modelo” fuese inefectivo, sino también porque la sociedad cubana se desplomaba imperceptiblemente en medio de una indetenible involución auto-desintegradora.

 

El castrismo demolió las molduras sociales e institucionales que movían la acción colectiva de manera autónoma, salvo la especial paradoja de la Iglesia Católica, que nunca fue depositaria de la identidad nacional, como en otros lugares de América o en Europa. Es por eso que en el país ya no dispone del necesario instrumental cognitivo, ideológico e infraestructural capaz de reconstituir y reglamentar con facilidad una nueva dimensión social.

 

Recordemos cómo fue inexplicable para la comunidad internacional el caso de supuestas naciones “civilizadas” del ex bloque soviético, que se consideraban parte del siglo XX, que tras la caída del comunismo se fragmentaron y cayeron en sangrientas pugnas étnicas, donde intelectuales en el poder, como los georgianos que suplantaron a la élite comunista de Edward Shevardnadze, colgaban en ganchos de carnicerías a los individuos de otras etnias. No quedó más remedio que “restaurar” de nuevo al filo-comunista Shevardnadze.

 

La sociedad cubana se ha ido deslizando dúctil y paulatinamente hacia una degradación de lo que conocemos como civilización, la controversial regresión histórica (estudiada primeramente por Ibn Jaldún en la Edad Nedia, pasando por el barón de Montesquieu, por Jean Jacques Rousseau e incluyendo al etnólogo James Frazier y al filósofo francés Ives Lacoste), sobre aquellos valores que hacen posible la aparición y funcionamiento del Estado, de las leyes, de la implantación y cumplimiento de normas de convivencia social basadas en consideraciones religiosas, filosóficas, políticas o morales.

 

Tanto el régimen, que aspiraba a consolidar una sociedad comunista, como el demócrata cubano de extramuros, que señalaba al proceso en la Isla como el de un régimen comunista totalitario a la par del bloque soviético, estuvieron ambos equivocados.

 

En la mente de la actual élite del poder se hallaba la idea de consolidar una sociedad totalitaria del socialismo real. Entre las variables empíricas que contribuyeron a su síncope pueden enumerarse su carcomida economía, su ideología en bancarrota, y la decadencia intelectual y moral.

 

Para desconocimiento de “tirios” y “troyanos”, en Cuba el alma psíquica de la población pasó progresivamente de una jerarquía totalitaria-comunista a una entidad pre-histórica, aunque el término parezca exagerado. Tanto los marxistas, los “profetas revolucionarios”, así como la oposición democrática, desde el gulag siberiano hasta los grupos de opositores cubanos, nunca han entendido que, una vez que se destruye la tradición, la civilización desaparece con ella: sólo es una cuestión de tiempo.

 

Pero, incluso, tal modelo se le ha escapado de las manos, pues la población de la Isla se ha ido sumiendo en una retracción del progreso (psico-espiritual y tecno-económico) donde tanto la economía de mercado como la de plan son virtualidades y no realidades.

 

Los temas en la calle de las ciudades cubanas no son la reforma del socialismo, la búsqueda de su humanismo, ni los morales, los éticos, los derechos humanos, la cultura, sino el completo rechazo a la política (la anti-política y la anti-sociedad) como un modo apropiado de conducta social.

 

El declive moral y social que acompaña al derrumbe económico se expresa en los índices alarmantes de corrupción, donde la juventud muestra abiertamente su cinismo y su frustración; en los extendidos problemas del alcoholismo y en el hundimiento de los servicios de salud, lo que en nada ayudará a la restauración futura de la nación.

 

Esta faceta cubana de psicología de masas -a lo Jung- es de tal fuerza, que mucho más que el temor por la represión política, pesa el pánico a perder los medios de supervivencia. Ya el isleño no se encuentra atomizado en el 1984 orwelliano, ahogado en la muchedumbre, sino que sale con su partida, lanza en mano, a buscar la caza del día.

 

Ello reglamenta la conducta ante el poder, ante las autoridades represivas, ante el vecindario, ante las amistades, e incluso en la familia; esa es la respuesta a la pregunta de por qué existe una desidia generalizada por llevar a cabo protestas masivas.

 

Pese a que ya la gerontocracia isleña no abriga la ideo-propaganda de la “revolución social” con su mundo mejor, no intuye que la Isla de Cuba se ha retraído irremisiblemente a la pre-civilización, al señorear los instintos primarios de la horda superviviente, y no los valores de una estructura social, sea cual fuere. De ahí que incluso las “suaves”, casi a medias, cuasi-reformas, o lo que quiera llamarse a lo que ha introducido el “raulismo”, no sólo nada ha promovido, sino que nada producirá. Y ello tiene perpleja a la actual élite política habanera.

 

Quizás quien más se aproxime a la realidad resulte la jerarquía católica habanera, con su lince Arzobispo, que ha logrado lo asombroso de dos visitas papales a una “roca del Caribe” de catolicismo dudoso. Posiblemente el objetivo, a largo plazo, de crear una versión moderna de Estado-teocrático en un futuro sin castrismo, sin llamarlo así, lo consideren factible en extremo ante el ingente vacío de ideologías y valores.

 

Para la población, la actual dirigencia es una fronda de corrupción oficial, de personalidades fatuas, de cinismo ideológico. Los ministros, los jerarcas partidistas, el estrato gerencial, encabezan un contexto grupal de asociaciones de clientelas y entornos corruptos; un contexto de favoritismo material con tentáculos, cuyas prebendas contribuyen a crear fortunas personales, debido al auge imparable de la economía ilegal con la que el mismo aparato burocrático cuenta y lucra.

 

El espejismo es que en la Isla coexisten aquí y allá franjas, agrupaciones, grupos humanos, etcétera, sean estos intelectuales, opositores, apparatchikis y demás, que mantienen vigencias de la civilización. Pero esa no es la sociedad cubana que rige la vida en la Isla.

 

¿Cómo, si no, explicar la frustración de los círculos opositores? Frustración que  estriba en los “oídos sordos” de la población ante valores como los “derechos  humanos”, la “sociedad civil”, los “derechos políticos”, los “derechos de la mujer”, la “propiedad privada”, la “propiedad estatal”, y demás. ¿A qué población se enfocan? Indudablemente a una psiquis poblacional que no existe. Realizan la misma apreciación que los “raulistas” y que los cubanos de extramuros.

 

Este sumario de auto-desmontaje civilizador, que ha tomado varias etapas y más de dos descendencias, se ha ido acelerando a medida que se van apagando las generaciones más viejas, y donde ha sido imposible a la élite en el poder apuntalar siquiera un régimen del llamado “socialismo real”, el cual fue esfumándose gradualmente en Cuba allá por los años 1990, para ser sustituido por un estadío pre-civilizador.

Ya es fácil señalar la gran apatía y el escepticismo del pueblo, cansado de décadas de promesas de abundancia e ingentes sacrificios. Las proposiciones de reformas del “raulismo” no han significado una mejoría en las condiciones de vida, y esas mismas promesas ya se habían oído en la época de Fidel Castro.

El “raulismo” no percibe en toda su magnitud la profunda grieta entre la realidad y su práctica, donde el propio Raúl Castro es una trágica e impopular figura, atrincherada en una burocracia que resiste las demandas populares. La discrepancia entre el entorno y la política oficial conlleva a la inercia de la nomenclatura, como resultado de decenios hipnotizados por el dogma y la práctica de esperar siempre instrucciones desde arriba.

 

Por otro lado, los elementos que buscan reformas muestran inquietud y temor ante la evidencia de que el “raulismo” sigue el mismo camino de los años sesenta.  Sea cierto o no, el “raulismo” es percibido como un poder que se comporta sin saber a ciencia cierta qué hacer para salvar lo que ha heredado; él mismo no sabe cuáles son las reformas que tiene que implementar, cómo hacerlas, o qué va a pasar.

 

Porque la razón ya no está en si tal o cual modelo, de mercado o plan, o si tal o cual variable en el modelo de plan, funcione así o de otra manera. ¡No!. La razón es que para la psiquis poblacional cubana ya no opera ningún modelo tecno-económico, de cualquiera de las orillas y variantes, sino la dura realidad de procurarse la supervivencia a cualquier costo y medio, legal o ilegal, comprando o robando, no importa si de una empresa modelo-capitalista o estatal, o cooperativa, o chinchalera, o del almacén, la finca o la vivienda de la esquina.

 

El punto nodal estriba en lo básico fisiológico. En la ausencia de responsabilidad individual, en la indolencia política, en la evidente ruina del lenguaje, en el rampante racismo, en la desaparición de la moral de conducta, de convivencia, familiar, de amistad, de aspiraciones, donde ya la relación hombre-mujer no es amorosa sino un acto de compra-venta, donde la felicidad se halla en un Lada, en un cuarto con inodoro, o en el tun-tun de primitivos ritmos musicales. Es una condición humana sui-géneris la del sujeto isleño, practicando una pauta propia del neolítico, en medio de la tecno-globalización.

 

Al igual que en el estadio pre-civilizador, la subordinación y la conducta de la horda cubana es física. En la población isleña no descuella la razón del pensamiento, ni responde a la supremacía y la protección de las ordenanzas sociales, por muy draconianas que sean. Si ha desaparecido todo lo que se necesita en la psiquis comunal para edificar una civilización, incluso la civilización Sumer de la Ciudad-Estado de hace 6,000 años, entonces hay que encarar la construcción de una sociedad primaria.

 

Si en extramuros permanece la normativa de vivir y pensar en una civilización, y claro, la del demo-mercado, en la generación pobladora de la Isla que tuvo su juventud en los 1960 y 1970 aún persisten criterios de una civilización totalitaria, a la par de aspiraciones por una apertura a la democracia y a la economía de mercado. Esa es la Cuba que erróneamente imaginamos está generalizada en la Isla. Pero la mayoría, la generación menor de cuarenta años, nada conserva de estos dos “paquetes” de valores civilizadores. En definitiva, aún bajo la pesada bota del Gobernador colonial español esclavista en el siglo XIX, la sociedad retenía valores más avanzados que los de una horda neolítica.

 

No me refiero a lo que pervive de estructura socio-económica, sino a cómo el “cubano” concibe la vida, su actualidad, sus aspiraciones, su psicología social y demás. El “cubano”, comencemos, se ve como morador temporal de una Isla, cuya norma fundamental es la subsistencia a toda costa, no importan los medios ni las acciones, sean estas consideradas “ilegales” o “violentas”.

 

Es notoria la pérdida de confianza en la condición humana, la psicosis genérica de la malignidad y las intenciones pérfidas que se atribuyen al prójimo, propias de un hábitat ausente de condescendencia entre individuos, transgresora de las convivencias y relaciones sociales intra-humanas más elementales. 

 

Ante tal debilidad de la cultura cívica y de otras ideologías, el único surtidor de identidad, lo capazmente influyente como para obrar de articulador social, ha sido el mercado negro y la supervivencia. Y ambas cosas no conducen ni al hecho democrático de los opositores ni al “socialismo real” raulista.

 

Como tal, no se diferencia de los somalíes o los haitianos, para citar dos ejemplos conocidos; la divergencia es que en el caso de los somalíes no concurre una estructura estatal, y en el caso de los haitianos ella es muy endeble… pero tanto los somalíes o los haitianos, como los actuales pobladores de la Isla de Cuba, son intercambiables, por sus conductas ante la vida y por su aproximación a la supervivencia.

 

También existe una importante diferencia entre la Cuba presente y aquellos países del bloque soviético en el momento del derrumbe comunista. Allá obraba una civilización totalitaria, acá está un cascarón estatal totalitario a horcajadas sobre una población que no rebasa los valores de las agrupaciones neolíticas.

 

Incluso el nacionalismo ya no es un factor de identidad y la política ha sufrido un proceso donde fueron obviados los formatos cívicos y los derechos. Esto conlleva a que la transición hacia el post-comunismo tenga lugar sobre la base de recuperar no una sociedad civil, sino una “conciencia nacional”, de redescubrir la identidad nacional.

 

No es sólo la transformación del modelo económico o de las instituciones de gobierno lo que estará implícito en la transición, de ocurrir tal cosa. Ante este fracaso absoluto de sostener una colectividad histórica en la actual Isla de Cuba, sólo queda recomenzar de nuevo el lento proceso de la evolución humana, para lograr cualquier modelo de civilización; es necesario construir una nueva entidad que edifique una nación, una sociedad civil, y un Estado nacional.

 

La colectividad histórica que se calificó cubana, que aún se halla en la mente de los cubanos de extramuros, en la de los opositores de intramuros, e incluso en la de los nomenclaturistas del raulismo, ya no existe en la Isla de Cuba.

 

Debemos comenzar nuevamente ¿con Diego Velázquez y Vasco Porcallo, con el pronunciamiento de los Vegueros, con Guáimaro, con la Asamblea del Cerro?