Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

Por Juan F. Benemelis

Estados Unidos y el pantano de Irak

 

Luego de la descomposición del Imperio Otomano en 1918, Irak fue inventado por Inglaterra, la “pérfida Albión”, a partir de tres provincias (Mosul, Bagdad, Basora) que nada tenían que ver una con la otra. Este Estado artificial ha llegado hasta nuestros días sin estallar en pedazos sólo porque quienes lo rigieron, siempre gobernantes sunnitas, lo hicieron en base a la represión sangrienta. El gobierno central iraquí del siglo XX fue el instrumento utilizado por una comunidad étnica-religiosa para beneficiarse de los ingresos del petróleo y oprimir a las restantes.

 

Sadam Husein fue criado en una familia pro-nazi y esta admiración le llevó a unirse al movimiento nacionalista Baas cuya filosofía descansaba en el nacional socialismo alemán y el fascismo italiano. Con más de 15 atentados a su persona Husein vivía en puestos de mandos subterráneos. La mayoría de la población iraquí de corriente musulmana chiíta ubicada en el sur, era contraria a su régimen, y este descontento incluía a los kurdos en el norte, sistemáticamente reprimidos. Su gobierno era autocrático y violento, y su policía política era famosa por las torturas.

 

En Irak era un crimen poseer una máquina de escribir, y criticar a Husein podía llevar al cadalso; pero con 200,000 opositores políticos presos nunca existió una oposición organizada ni rivales de consideración, y el medio millón de exilados nunca contó con la receptividad del Occidente o del mundo árabe. Husein no soportaba la competencia; en el año 1969 planificó el asesinato de Yasser Arafat al descubrir que muchos miembros del partido Baas se adherían con más fervor al palestino que a su persona. En medio de la guerra con Irán Husein se deshizo o ejecutó aquellos militares que se destacaron demasiado, como el capaz general Maher Abdel Rashid, conquistador de Fao en 1988; y durante la invasión al Kuwait, Husein ejecutó a 200 oficiales que cuestionaron tal decisión.

 

Como sunnita ortodoxo Husein encontró al enemigo perfecto en el fundamentalismo iraní. Así rechazó los acuerdos que dividían la estratégica vía de Shatt el-Arab, cita de los legendarios ríos Tigris y Eúfrates, iniciando la guerra en 1980. Con anterioridad, en 1975, los ejércitos del Shah le derrotaron en ese mismo sitio, y por ese mismo motivo. El Irak que invadió al Irán y capturó la región petrolífera del Khuzistán, era una de las naciones más ricas del Oriente Medio, profundamente anti-occidental y con pactos militares con la ex Unión Soviética.

 

En realidad fue a partir de 1979 que la zona se transfiguró en un elemento de seguridad nacional para los Estados Unidos, debido a tres acontecimientos cardinales: La invasión soviética al Afganistán, el derrocamiento del Shah de Irán por un movimiento islamista liderado por el ayatolá Ruhollah Jomeini, y la revuelta de los fundamentalistas islámicos en La Meca. Sería el presidente Jimmy Carter quien estableció la famosa "doctrina Carter" que aplicaba la visión geo-político a esa región. A criterios del presidente Carter: "cualquier tentativa de un poder hostil encaminado a lograr el control sobre el Golfo Pérsico será considerado un ataque sobre los intereses vitales de los Estados Unidos y por tanto repelido por todos los medios necesarios, incluido la acción militar".

 

La “doctrina Carter” estaba respaldada con la creación de fuerzas de despliegue rápido en cada continente. Así se creó el Comando Central (CENCOM) para conducir todas las operaciones militares en el Medio Oriente, con bases áreas en Bahrein, en el archipiélago Diego García, en Omán y en Arabia Saudita.

 

El teórico norteamericano de la geopolítica y ex asesor presidencial Zbigniew Brzezinski escribió hace una década sobre los imperativos estratégicos de Estados Unidos en los cuales se hallaba como tema central la comarca mesoriental: "Si los principales gasoductos y oleoductos de la región siguen pasando a través del territorio ruso hasta el centro de distribución ruso sobre el mar Negro en Novorossiysk, las consecuencias políticas de ello se harán sentir, incluso sin ningún juego de poder abierto por parte de Rusia. En ese caso, la región seguirá siendo una dependencia política de Rusia y Moscú estará en una posición lo suficientemente fuerte como para decidir cómo deben compartirse sus nuevas riquezas. Por el contrario, si otros gasoductos y oleoductos cruzan el mar Caspio hasta Azerbaiyán y de allí se dirigen hacia el Mediterráneo a través de Turquía y si alguno llega hasta el mar de Arabia a través de Afganistán, no habrá una única potencia que monopolice el acceso a los recursos" (Zbigniew Brzezinski. El nuevo tablero mundial. Barcelona, Paidós, 1998, p. 145).

 

En el área del Golfo Pérsico/Mar Caspio se localiza el 70% de las reservas de petróleo del planeta. Al igual que Europa, Japón y Corea del Sur, ya China es dependiente para sostener su crecimiento, del grifo petrolero del Golfo Pérsico y del Mar Caspio. En esta región, además, chocan los intereses de todas las actuales potencias, sobre todo Rusia, China y Japón los principales competidores futuros de Estados Unidos en el reparto mundial. La Guerra contra Irak afirmó la posición aventajada de Estados Unidos en el mega-continente euro-asiático, a la vez que le provee de bases para cualquier acción militar futura en el Medio Oriente, arruinando de paso los planes de China, Rusia y Europa como los de Siria e Irán. El dominio de estas fuentes de energía y de poder concede el control de la economía del mundo y una categoría superior frente a cualquier fuerza competidora.

 

Al imaginar Washington que la teocracia iraní abrigaba los designios de tragarse los estados petroleros del Golfo, pensó que los amenazados debían sostener financieramente al Irak para impedir su colapso y la transformación de Siria, con su cruzada anti-israelí, en el super poder regional. Husein sería visto en Occidente como un mal menor porque serviría a los intereses estratégicos del Occidente al desgastar las ambiciones del ayatolá Jomeini y del sirio Hafiz el-Asad. En palabras del entonces subsecretario de Defensa, Richard Armatage, "un frío cálculo en favor del Irak" para extraerla de la influencia soviética y propiciar su modernización e influencia regional, y de paso abrir un mercado valioso a los Estados Unidos.

 

El Plan nacional de energía publicado en mayo de 2001 por un cuerpo asesor dirigido por Dick Cheney, al cual se llamó la “estrategia de adquisición global de petróleo” y es el hilo conductor para comprender algunos de los pasos económicos, militares y diplomáticos asumidos en el Medio Oriente por Washington. El Plan establece tres cuestiones principales: Estados Unidos debe importar una parte creciente de su demanda de petróleo. Estados Unidos no puede depender exclusivamente de las fuentes tradicionales de oferta como Arabia Saudita, Venezuela y Canadá para obtener el petróleo adicional. Deberá obtener una provisión adicional de nuevas fuentes como los Estados del Caspio, Rusia y África. Estados Unidos no puede confiar exclusivamente en las fuerzas del mercado para acceder a esta provisión adicional, sino que se necesitará un esfuerzo significativo de parte de las autoridades del gobierno para superar la resistencia a la extensión hacia el exterior de las empresas norteamericanas de combustibles.

 

Aparte de Al-Qaeda y Osama Ben Laden, la invasión al Afganistán a su vez se relaciona con los planes norteamericanos de extender gasoductos y oleoductos desde el Caspio al mar, atravesando Afganistán, algo que los talibanes habían rechazado tozudamente. Este proyecto concebido por el consorcio petrolero norteamericano Unocal, torpedeaba el concebido por los rusos e iraníes. Indudablemente que una de las consideraciones tras el oleoducto que atravesará Afganistán y el derrocamiento del iraquí Sadam Husein se halla el debilitamiento de la OPEP. Tras la ocupación de Irak la revista inglesa The Economist se plantearía la posibilidad de una inundación de petróleo iraquí en el mercado mundial, ante la necesidad del gobierno de ingentes sumas para reconstruir el país, algo que resquebrajaría a la OPEP.

 

En ocasión de la invasión iraquí al Kuwait, la administración norteamericana reaccionó principalmente por Arabia Saudita y no tanto por el conflicto en territorio kuwaití. El entonces secretario de Defensa Dick Cheney expresó que la razón para la misma era impedir que Sadam Hussein capturase el petróleo de Kuwait y Arabia Saudita y así adquirir una “capacidad de estrangulamiento” sobre Estados Unidos y la economía mundial.

 

Pese a las alarmas israelitas sobre las intenciones antisemitas de Hussein, Estados Unidos y todo el Occidente (obcecados en su confrontación con el libio Muamar Gadafi y el fundamentalismo de la bete noire iraní), se alinearon con Hussein pagando después tal error craso. Así, en Washington primó la emotividad contra el fundamentalismo chiíta  dando crédito a la propaganda iraquí, de oleadas humanas fanáticas al ayatolá que amenazaban con  "derrumbar" al mundo civilizado.

 

Es curioso que no se comprendiesen entonces las profundas implicaciones de esta guerra sin precedentes, que repetía en el Oriente Medio el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial, de un líder "elegido y puro" con planes napoleónicos, que violaba prohibiciones del Corán, como la captura de rehenes. Nadie levantó su voz cuando Hussein desestabilizó al Líbano armando a los cristianos maronitas, o cuando adquiría ilegalmente componentes para sus programas de armas nucleares y bioquímicas.

 

Las administraciones de Ronald Reagan y George Bush (padre) impugnaron las sanciones militares a Irak que demandaban los israelitas. Fue a raíz de la invasión al Kuwait que esta realpolitik norteamericana varió bruscamente. Por ser Estados Unidos (conjuntamente con Francia, Alemania, Suiza y Gran Bretaña) cómplice silencioso de la infraestructura de armamentos químicos y nucleares iraquíes, es que luego se alarmó. Pero la preeminencia militar y política de Hussein en el mundo árabe, esculpida con ayuda de la OTAN, contribuyó a su visión esquemática y simplista de un Occidente "paralizado" y a su cálculo errado en Kuwait. Hussein consideró que el diferendo árabe-israelí, el colapso comunista, la unificación alemana, y la evaporación de la Guerra Fría y de la rivalidad Este-Oeste en los conflictos regionales distraerían a las potencias internacionales de su corrida contra Kuwait.

 

Israel ha sido el factor principal de esta crisis del Occidente con Irak, pero casi nunca es mencionada como tal. Aunque no le sea fácil demostrarlo, la decisión del presidente George Bush, de intervenir militarmente en Irak, se aceleró apoyado en el caucus congresional judío del partido Demócrata, con Al Liberman a la cabeza. Aunque en los medios de prensa no se percibió así, todo indica que fue Israel quien, convencida y alarmada de la posibilidad de las armas iraquíes de destrucción masiva, puso al presidente George Bush contra la pared en un “ustedes o nosotros”, estableciendo la disyuntiva de que si Washington no resolvía tal entuerto los tanques de Ariel Sharon lo harían.

 

La última acción militar en Irak entronizó un debate entre los más destacados politólogos norteamericanos, en especial la confrontación de los equipos asesores republicados de George Bush padre y George Bush hijo. Así, James Baker, Brent Scowcroft y Lawrence Eagleburger, del equipo de Bush padre, se impugnaron una acción unilateral contra Irak que desviaría a Estados Unidos de su misión crucial en esa zona, la solución del conflicto palestino-israelí. A este grupo se agregaron ex funcionarios relevantes de la administración de Bill Clinton, como Madeleine Albright y Richard Holbrooke. Asimismo, figuras como Zbigniew Brzezinski emitieron sus críticas.

 

La administración del presidente Bush ha mostrado una diplomacia sin paciencia e incapacidad para construir consenso y coaliciones en su política exterior de consolidar la supremacía norteamericana y cerrar el camino a rivales en potencia. Al no poder legitimar la acción militar, la ONU fue echada a un lado por Washington y quedó como espectador. Incluso aquellos estados aliados claves como Egipto y Arabia Saudita no se sumaron al carro de la guerra. Si bien no puede calificarse de geopolítica incompetente, por su perspectiva a largo plazo, en su táctica existen consideraciones irracionales de cómo afrontar las consecuencias de una campaña militar.

 

Tras la guerra en Irak, Estados Unidos buscó un gobierno democrático modelo para el mundo árabe, que para muchos sólo era una excusa, una política intervencionista, un intento de imponer valores occidentales. Históricamente, los regímenes árabes autoritarios han adoptado reformas superficiales sin dejar que provoquen un cambio real en las estructuras políticas y ello no ha sido óbice para que Washington siga manteniendo intereses en el ámbito económico y de seguridad (petróleo, antiterrorismo y la paz árabe-israelí) que requieren una relación amistosa con tales regímenes autocráticos.

 

El error estratégico de la campaña militar norteamericana, tanto en Afganistán como en Irak no fue de tipo militar, sino que ha residido en el objetivo político que se impuso de buscar el establecimiento del modelo democrático sustentado en fuerzas de ocupación del Occidente cristiano, en un medio islámico, otorgando legitimidad a los derrotados talibanes afganos y sunnitas iraquíes para lanzar una lucha “contra la ocupación”.

 

Sin dudas, la geo-política regional norteamericana aplicada al Medio Oriente ha encontrado los mismos escollos que enfrentaron los ingleses durante su égida colonial en la región. El dilema siempre fue, y es en la actualidad, la tarea de administración y de pacificación. No se esperaba que en Afganistán resurgiese nuevamente el Talibán islamista. La estrategia contra la Hizballah islamita en el Líbano sólo ha traído el incremento de su influencia, poniendo nuevamente en peligro la estabilidad de ese país multi-étnico.

 

Así, la recién nacida independencia del Líbano de la ocupación Siria, y su experimento democrático, pueden extinguirse en una senda de guerra civil. Al forzar elecciones democráticas entre los palestinos, se eliminó la autoridad de la organización Fatah, la única capaz de imponer allí el orden, para resultar electo en su lugar el islamista Hamás, la Némesis de Israel. El mismo error se cometió en Somalia, cuando la Casa Blanca apoyó a los sanguinarios caudillos para contraponerlos a los islamistas, que en realidad ya no eran tan decisivos en el país. Ello propició el fortalecimiento y la popularidad de los fundamentalistas que se apoderaron del sur, involucrando de hecho a Etiopía.

 

Después de derrocar a los talibán Estados Unidos se proyectó con precipitación en una zona compleja que se ha caracterizado por ser el cementerio de los imperios. Ya en Kosovo se había asumido el unilateralismo, cuando Washington decidió utilizar la OTAN desestimando a la ONU a partir del supuesto derecho de los poderes “civilizados” para liquidar la barbarie, a nombre de valores democráticos, no importa si ellos violan soberanías. Estados Unidos aplicaría una doble “contención” (militar y de sanciones) al régimen de Sadam hasta que a fines de la década noventa perdió su efectividad debido al fortalecimiento de las relaciones económicas de Francia y Rusia con Irak. La única fórmula a mano, por parte de Washington y Londres, fue intensificar los golpes aéreos para ablandar al régimen de Sadam.

 

Por eso, la equivocación no está en la incapacidad de los iraquíes para gobernarse a sí mismos pacíficamente; esta acusación no toma en cuenta que es un país artificial, escindido en etnias, religiones y tribus, que se mantuvo gracias a la fuerza dictatorial. Asimismo, no considera que tras la victoria militar, Estados Unidos destruyó el tejido social sunnita que mantenía el control del país. El cronograma que se estableció para elegir un gobierno, diseñar una constitución, construir un ejército y una fuerza policial iraquí fue irreal, no sólo por el poco tiempo propuesto sino porque no abordaba el tema central, el del balance étnico, y abandonaba a su suerte a los sunnitas.

 

La constitución redactada por los chiítas y los kurdos ha pasado por alto las objeciones de muchos sunnitas. El gobierno de Irak necesita negociar con Siria e Irán para lograr la paz regional, pero las consideraciones geo-políticas norteamericanas le lo impiden. El apoyo internacional por la “reconstrucción de Irak” se desvanece pues los países europeos de la OTAN prefieren realizar las tareas de mantenimiento de la paz en áreas seguras, y no desean que sus fuerzas se mezclen en combates.

 

Washington cree que debe impulsar la democracia por toda la región; una agenda de promoción de la libertad, aunque diferente a la utopía del otrora presidente Woodrow Wilson, sin altruismos idealistas, sino en beneficio y como el mejor medio de defender la seguridad nacional de los Estados Unidos y de todo Occidente, bajo la noción de que las dictaduras son caldo de cultivo del terrorismo. Pero este es un objetivo no compartido por todas las elites que gobiernan en el Medio Oriente, ya de por sí despóticas. 

 

La consumación de la democracia se ha planteado para los regímenes autocráticos populistas, como lo fue Irak y como lo es Siria, pero Washington se cuida de proponerlas a las monarquías islámicas aliadas, tipo Kuwait o Qatar, a las cuales califica insólitamente de “moderados”. Lo que establece la paradoja de quebrar lanzas contra los regímenes autocráticos anti-islamitas y fortalecer las relaciones con las arcaicas monarquías petroleras. Según el Wall Street Journal, “liberar a Irak de Sadam y auspiciar la democracia no sólo eliminaría una gran amenaza militar de la región. Al mismo tiempo, enviaría un mensaje al mundo árabe de que la autodeterminación como parte del mundo moderno es posible.”

 

El paradigma de un Irak unificado y democrático como un modelo para el Medio Oriente, induciendo reformas democráticas en otros países árabes cuenta con escollos insalvables: por un lado, no es viable un Estado unificado en Irak, ni siquiera una democracia étnica, y por tal no resulta un modelo para la zona. Por otra parte, las sociedades islámicas actuales repudian la democracia como sistema político. En su anhelo por "difundir la democracia" Estados Unidos no se percata de que el término significa algo distinto en aquellos países con poca experiencia democrática, tales como Afganistán e Irak, de lo que encarna en los Estados Unidos. En Irak y Afganistán se vota de conformidad con lo que ordenan sus líderes religiosos, tribales o sus jefes militares.

 

La estrategia norteamericana ha estado realmente dirigida a lograr un Irak y un Oriente Medio democráticos, sin que dejen de ser islámicos. Sólo que ello es una paradoja problema pues la a-confesionalidad es una conditio sine qua non de toda democracia. Por tal razón, ya desde el principio, la administración provisional de la coalición, encabezada por Paul Bremer se oponía a que en la misma se consagrara a la sharia como principal fuente legal. Sin embargo, la constitución elaborada y aprobada por los iraquíes logró introducir el concepto confesional islámico, donde éste constituye fuente de derecho, apuntando que las leyes no pueden ser contrarias a los principios del Islam.

 

Fue a raíz de la descomposición de la Unión Soviética que Estados Unidos propuso un “mercado común del Medio Oriente”, con los emiratos del Golfo como financieros, Israel como centro tecno-científico, Egipto aportando los recursos humanos calificados y el resto de los países la mano de obra. El proyecto ha contado con la resistencia de Siria, Irak e Irán, aunque tras el derribo de Husein, el mismo va siendo más loable.

 

El hecho es que el Islam y su sharia (las leyes religiosas) no son compatibles con la democracia. La sharia, o la “Ley de Dios”, es una amalgama de reglas provenientes del Corán y del hadiz, los hechos y actos del Profeta Mohammed. La sharia considera como un delito grave el adulterio y lo castiga con la lapidación; además, otorga al padre de familia amplios poderes sobre su mujer y sus hijos y permite la poligamia. Todo esto es impropio de un país democrático.

 

Además, no sólo existe el nudo insuperable de la contradicción entre Islam y democracia; cuenta además la negativa de las elites de los países del Medio Oriente para emprender tal camino. Un Irak laico-democrático es una aberración que los guías religiosos rechazan, boicotean y condenan por herética. Además, los intelectuales árabes la consideran un postulado hipócrita por el respaldo de Occidente a regímenes despóticos como los de Paquistán, Arabia Saudita, Kuwait, Bahrein, Qatar y Omán, entre otros. Mientras, en los bazares y cafés se asocia la democracia con la ocupación militar de los “infieles”. Para el ciudadano islámico existe otra contradicción de Occidente cuando se repudia al gobierno de los ayatolás de Irán, pero se apoya al de Irak dominado por una chiíta militante con lazos íntimos con Teherán, y se promueven elecciones en las cuales participan partidos religiosos chiítas financiados por la teocracia iraní.

 

Existen puntos en la agenda norteamericana que difícilmente pueden ser aceptados por unos u otros miembros de las tres diferentes etnias, como el de una democracia desbalanceada por el factor étnico, el de los derechos femeninos, el control sobre el área petrolera de Kirkuk en pleno territorio kurdo. Un Estado central, democrático, es una fantasía en un Irak compuesto por tres grupos étnicos disímiles y en pugna. Y ahí es donde radica la persistencia y la raíz de la violencia, y la legitimidad que encuentran los terroristas extranjeros y los guerrilleros sunnitas para mantener vigentes sus agendas.

 

En teoría, varios estados del mundo islámico poseen constituciones liberales, pero carecen de la cultura política, de la sociedad civil o de las instituciones requeridas para sustentar un sistema político abierto. En Afganistán, la autoridad del gobierno central de Hamid Karzai es débil en gran parte del país, el cual está en manos de los “señores de la guerra” locales. Tanto en Afganistán como en Irak existe una falsa compensación entre la seguridad y las libertades, balance que sólo concurre en las sociedades democráticas desarrolladas. En síntesis, Afganistán e Irak no están aún preparados para el ejercicio democrático, pues antes de la existencia de instituciones democráticas (división de poderes, multi-partidismo, sociedad civil, elecciones, libertad de  opinión, etcétera), se requiere de una cultura democrática.

 

La democracia, aparte de los derechos humanos y políticos, implica además la apertura de una sociedad de información y de oportunidades económicas, puntos casi imposibles de coincidencia en el mundo islámico. Sólo un 1,6% de la población tiene acceso a Internet; y ningún país de Oriente Medio alcanza la consideración de sociedad libre ya que todas están organizadas alrededor del Islam.

 

Habría que considerar qué sentido tiene promover la democracia en Irak, o en cualquier otro país del Medio Oriente si la misma engendra un gobierno hostil anti-americano, o si es mejor olvidar el nation-building y dejar hacer a las dictaduras leales como Arabia Saudita. No se puede olvidar el fracaso del esfuerzo democratizador del presidente Bill Clinton en Somalia. A estas alturas, los estrategas políticos en Washington saben que es imposible el nation-building en Irak, sin el respaldo de los líderes religiosos chiítas. Y es que la cristiandad no detenta el monopolio de la vía justa, del modelo apropiado para evolucionar hacia un régimen democrático, o un régimen más humano que las despotiza islámicas, tal y como demostró el Japón después de 1945 cuando fundó una sociedad democrática, con características propias, a partir de un arquetipo no-Occidental. No deja de tener razón Zbigniew Brzezinski cuando señala que el Islam no es más hostil a la democracia de lo que fueron el cristianismo o el judaísmo en su momento.

 

Ya es criterio común que la rebelión iraquí no puede ser vencida por la fuerza de las armas. No es nada nuevo que las guerras engendren guerras civiles e insurgencias; el general norteamericano Donald Alston, se refirió a tal situación en los términos siguientes: "Esta insurgencia no va a ser calmada, los terroristas y el terrorismo en Irak no van a ser aplacados a través de opciones militares o de operaciones militares”. No se puede negar  el caos en Irak y la obstinación norteamericana por implementar una pauta rechazada por todos. El entrenamiento de una fuerza militar y policial nacional ha chocado con la realidad de que se termina adiestrando a unidades que al final luchan en la guerra civil por su bando religioso-étnico, no por su país, y actúan como escuadrones de la muerte, como el caso de los chiítas contra los sunnitas.

 

Henry Kissinger ha defendido la actual política norteamericana en Irak, argumentando que cualquier disminución de tropas desataría una presión pública que obligaría al retiro de todos los efectivos. Pero Kissinger olvida que esta es una guerra fundamentalmente política y que el aniquilamiento de una mayor cantidad de guerrilleros sunnitas o milicianos chiítas no concede la victoria. Los Estados Unidos no pueden aplacar la violencia con las fuerzas existentes. Es notorio que altos oficiales norteamericanos sobre el terreno se inclinan por la retirada de sus 140,000 efectivos, ante el fracaso de instaurar la democracia a una sociedad fragmentada y carente de toda experiencia o cultura democrática previa; conocedores, además, de que el aumento de efectivos no es sustentable a largo plazo, tanto en lo militar como en lo político.

 

Tanto la Comisión Baker (dirigida por el ex secretario de Estado James Baker) como el ex secretario de Estado Colin Powell, y el ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld han abogado por modificar el curso de la estrategia en Irak y minimizar las expectativas ante la realidad de que la estrategia no está resultando. Incluso el senador John McCain ha sostenido la necesidad de más tropas para lograr una rápida victoria y evitar una  guerra que se torna impopular. De igual manera se han pronunciado el general William Odom, ex Director de la Agencia Nacional de Seguridad y el general John Abizaid, quien fuera jefe del CENTCOM que dirige la campaña de Irak.

 

Con candidez ignorante se pensó en Washington que el derrocamiento de Sadam Husein, la eventual transferencia del poder a un gobierno interino iraquí altamente centralizado y la presencia militar norteamericana pondrían fin a la violencia y al terrorismo. Estados Unidos perdió la oportunidad de coronar su relampagueante victoria militar con un rápido desmantelamiento, dejando un país pacificado si tan sólo hubiera creado tres Estados étnicos. Washington, por doctrina “wilsoniana”, no cree en la partición. La administración de Bill Clinton, a su vez, no quiso hacerlo en la multi-étnica Bosnia, lo que ha obligado a mantener en ese polvorín una presencia militar permanente. Sin embargo, una descentralización del gobierno y una coparticipación de los ingresos petroleros fue parte del acuerdo que terminó con la guerra civil sudanesa, que ya arrastraba a millones de víctimas.

 

Con independencia de las posiciones encontradas antes de la invasión, Europa ha aceptado que Estados Unidos defienda sus intereses vitales: el petróleo. Por eso, Occidente está sordo al creciente clamor iraquí en favor de la partición, a la idea de volver a trazar el mapa de Irak, bajo el criterio de que una separación conduce a un incremento de la violencia y a la exclusión sectaria. Los críticos de la remodelación destacan que los milicianos chiítas con lazos con los partidos políticos en el gobierno, son tan responsables del terror como los insurgentes sunnitas. La Comisión Baker descartó la idea de dividir a Irak en regiones autónomas y de distribuir la riqueza petrolera entre los kurdos, chiítas y árabes sunnitas por igual, sosteniendo que ello incitaría la guerra civil. Sin embargo, el senador Joseph R. Biden Jr. de Delaware, una de las voces líderes en materia de política exterior del Partido Demócrata, miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Senado ha apoyado la solución de separar a Irak en tres estados autónomos.

 

Los iraquíes sí reconocen que se encuentra envueltos en una guerra civil no declarada, y que, de facto, existe una partición. Irak se encamina aceleradamente a su desmembramiento, en el que cada una de las tres étnicas busca eliminar drásticamente al gobierno central para que no sea instrumento de opresión a quienes no estén en el poder. Irak ya se encuentra desunido pues los kurdos no desean ser parte de él. Los gobiernos locales y sus milicias étnicas y religiosas, son quienes en realidad controlan las diferentes regiones.

 

Una parcelación del Irak con los kurdos al norte, los sunnitas al centro y los chiítas al sur, al menos limitaría la influencia iraní sobre la parte sur. Al reconocer la plena autonomía de sus tres componentes étnicos, entonces podrían desarrollarse bolsones de libertad política y económica más duraderos. En Kurdistán se agruparon tres zonas en un enclave autónomo con sus propias fuerzas armadas, su aparato de inteligencia, su primer ministro y ministro del petróleo. Los peshmergo o milicianos kurdos constituyen el corazón de las fuerzas de seguridad de Kurdistán.

 

El experimento kurdo ha inspirado a muchos dirigentes chiítas. Los kurdos tendrían la mejor posibilidad de crear una sociedad relativamente libre en su área, pues en la actualidad se hallan inseguros de que su actual autonomía pueda preservarse tras la salida norteamericana. Quizás lo más inquietante es que Turquía rechaza una autonomía kurda por el efecto negativo sobre la población kurda que habita en su territorio. Por eso, varias veces ha amenazado con intervenir militarmente, de proclamarse un Kurdistán independiente.

 

Pero, la independencia o la autonomía estatal dentro de una federación, apoyada por los kurdos y los chiítas son rechazadas por los sunnitas, debido a que el territorio que pueblan, el central, carece de petróleo. La constitución le otorga a los kurdos y a los chiítas una mayor proporción de los ingresos petroleros que a los sunnitas. Otro de los temores infundados es que los chiítas iraquíes (árabes) sean asimilados por el los chiítas iraníes (persas). El diferendo árabe-persa es tan profundo que supera la coincidencia de secta islámica, aparte del desacuerdo sobre la separación o no de la religión y el Estado. Además, los clérigos chiítas iraquíes se consideran con más prestigio y autoridad que los iraníes pues los lugares sagrados del chiísmo se encuentran precisamente en la región sur del Irak.

 

Los chiítas y los kurdos fueron brutalmente reprimidos bajo los regimenes sunnitas de Karim Kassem y Sadam Husein, razón por la cual una vez llegados al poder han logrado debilitar al gobierno con una constitución que incluye la opción de la descentralización. Los chiítas, defensores históricos de la autonomía sureña, al igual que los kurdos del norte, poseen sus propias fuerzas de defensa y el control sobre la explotación petrolera. La lucha sanguinaria de facciones envuelve a sunnitas versus chiítas y sunnitas versus kurdos, y también entre sectas chiítas. Las tres comunidades cuentan con arsenales de armamentos que nunca se confiscaron.

 

Los sunnitas son los únicos que desean un territorio unificado (pero no el actual, dominado por chiítas y kurdos), debido a que en una confederación libre, de estados autónomos, o una partición, obtendrían poco petróleo. Una de las razones por la cual los insurgentes sunnitas están luchando: porque temen ser dejados en un área pobre de recursos. El oeste y noroeste dominado por los sunnitas es un desolado desierto, desprovisto de petróleo y gas. Los líderes sunnitas no reciben los beneficios de la democracia y sólo ven que los chiítas están sacando ventaja de la escalada de violencia para lograr apoderarse del petróleo.  “El control de estas áreas generará una enorme fortuna que pueden explotar”, sostuvo Adnan Dulaimi, un destacado político árabe sunnita. “Su motivación es que están sedientos de control y poder”. La única alternativa en Irak para evitar la actual guerra civil, u otra que englobe a todas las etnias, es la de una partición controlada en la cual los sunnitas se gobiernen a sí mismos y se negocie un acuerdo de coparticipación petrolera viable.

 

No debe sorprender que los principales actos de violencia se produzcan en el llamado “triángulo sunnita”, en el cual el terrorismo encuentra apoyo popular. Es segura la implicación de ex funcionarios y militares del derribado régimen baasista cuya meta es lograr la retirada militar de la coalición para recobrar el poder. Miles de ellos perdieron sus funciones y otros tantos esperan por ser encauzados. No debe olvidarse que los miles de integrantes de los aparatos represivos de Sadam Husein eran expertos en operaciones clandestinas. Se rumoró incluso que el general Ezzat Ibrahim, quien era el número dos del régimen, estuviese al frente de muchos ataques.

 

Pero, a ciencia cierta se desconoce quien está preparando los atentados; nadie se los atribuye y las autoridades iraquíes y norteamericanas no lo han podido esclarecer. Si bien los atentados terroristas y ataques guerrilleros son el resultado de una esmerada preparación y coordinación, puede colegirse que tienen orígenes disímiles: extremistas chiítas, ex militares sunnitas, ex baasistas sunnitas y extranjeros yihadistas que reverencian a Osama Ben Laden y se infiltran por las abiertas fronteras con Irán y Siria.

 

Es difícil convencer a la minoría sunní, desafecta y armada, para que abandone la lucha contra el gobierno central, ya que se consideran a merced y víctimas de una alianza tribal kurdo-chiíta. La prensa de Occidente abulta la acción de los yihadistas extranjeros y minimiza la dominante y más voluminosa sublevación sunnita, sólo para demostrar que los extranjeros fundamentalistas son la causa de la mayor parte de los problemas, y no los iraquíes. Otra noción que se soslaya es que los nacionalistas sunnitas, que representan cerca del 90% de la insurrección, no se relacionan con los yihadistas extranjeros.

 

El gobierno central dominado por chiítas y kurdos no ofrece incentivos a los sunnitas para que pongan fin a su beligerancia y se sometan a la descentralización del Estado iraquí. No se promueve un intento de reconciliación con los sunnitas (20% de la población), pues Washington se apoya tozudamente en los grupos que efectivamente controlan al gobierno y se oponen ferozmente a los sunnitas: los chiítas (60% de la población) y los kurdos (el 20%). Una de las claves para la paz es lograr que los sunnitas no sigan desencadenando el terror. Hay que entender que aparte de los terroristas, envueltos en la violencia figuran también combatientes sunnitas, temerosos de las represalias de un gobierno teocrático chiíta.

 

Irak dispone de una nueva constitución, de un gobierno elegido en las urnas y de unas fuerzas armadas y policías de seguridad. Pero ello no ha impedido el incesante derramamiento de sangre sectario, y por eso, los iraquíes discuten con franqueza sí el único modo de detener la violencia es el de rehacer el país que acaban de edificar. Con la descentralización se focalizaría la violencia y se facilitaría su fin, al perder los terroristas extranjeros apoyo en la población y pasando s ser combatidos por los propios iraquíes. Asimismo, un Estado central, federal, más bien simbólico, no contaría con los medios para imponerse por sobre tres estados étnicos cuasi independientes.

 

Los chiítas constituyen el 60% de la población y aspiran a vindicarse de las décadas de opresión a que fueron sometidos por la  minoría sunnita. Los kurdos y sus milicianos poseen su propio cuasi-país en el cual el gobierno central y sus símbolos no existen. En las áreas sunnitas, los guerrilleros controlan efectivamente muchos pueblos. A diferencia de lo que se piensa en las capitales de Occidente, lo que sí intensificará la guerra civil será el no permitir el auto-gobierno en esas regiones.

 

Los chiítas han transformado al sur en un Estado fundamentalista, con sus alianzas a los chiítas de Irán. El premier iraquí, el chiíta Nouri al-Maliki, hace todo lo posible por posponer el desarme de los milicianos chiítas responsables de matanzas, y aboga porque Estados Unidos siga entrenando las fuerzas de seguridad, en preparación de combatientes necesarios para la guerra civil que todos esperan luego de la retirada norteamericana. Así, las milicias chiítas han infiltrado a las fuerzas de seguridad y al Ministerio del Interior.

 

Los chiítas proclaman constantemente que se hallan en una carrera contra el tiempo para establecer el federalismo. Las principales figuras políticas chiítas, como el gran ayatolá Ali al-Sistani, el clérigo musulmán más reverenciado, promueven el plan para dividir al país como una forma de separar a las sectas beligerantes. Abdelaziz Hakim, uno de los líderes de la Revolución Islámica, apoya la creación de nueve provincias en el sur, donde se halla el 60% de las reservas petroleras. Los consejeros de Hakim han diseñado propuestas para los derechos y los límites territoriales de un Estado independiente chiíta. “El federalismo separará a todas las áreas del país que están incubando al terrorismo de aquellas que están evolucionando y mejorando”, dijo Khudair Khuzai, el ministro de educación chiíta. “Haremos lo mismo que Kurdistán. Colocaremos soldados a lo largo de las fronteras”.

 

Se apunta que la descentralización autonómica encontraría dificultades en ciertas ciudades, en las cuales, como en Beirut, no están definidos los límites entre las comunidades étnicas-religiosas; pero esto no es problema insalvable. Las provincias de Bagdad, Diyala, la norteña Babil y la sureña Salahuddin son completamente heterogéneas, a menudo retazos de pueblos chiítas y sunnitas. Basora en el sur incluye a una sustancial minoría sunnita, mientras que Mosul en el norte engloba significativos números de árabes chiítas, kurdos y tucomanos. Como solución, se debate dividir a Bagdad, con el río Tigris como una especie de Muro de Berlín, para distanciar al este de la ciudad mayormente chiíta, del oeste, en su generalidad sunnita. Los sunnitas y chiítas ya proclaman que la división de Bagdad será la solución.

 

A partir del momento que desaparezca la presencia norteamericana, con la actual estructura de Estado, gobierno y constitución, es casi seguro el estallido de una guerra civil que envuelva a las tres comunidades, debido a la incongruencia con la realidad que posee la constitución actual promovida por Estados Unidos. Según ella, cualquiera de las provincias de Irak, o un grupo de ellas, puede celebrar un referendo para formar una región federal. Para que tal cosa no suceda es imprescindible alcanzar un eventual acuerdo político entre las tres etnias, que sofoque la violencia, el mismo tiene que debe complementarse con una mejor relación con Siria y Turquía, ofreciéndole al gobierno de Bashar el-Assad el incentivo de que no se intentará socavarlo. Por su parte, Estados Unidos tendría que aceptar un gobierno diferente al modelo democrático occidental que ahora fuerza en Irak.

 

El dilema de Irak es interminable: Un plan de democracia rechazado por todas las fuerzas políticas iraquíes e incongruente con el Islam; tres etnias armadas que no reconocen ni quieren un Estado central o federado, y que sólo esperan la salida del último soldado norteamericano para declarar sus independencias nacionales; tres territorios, dos en posesión de ingentes reservas de hidrocarburos y uno sin petróleo; Turquía al norte, dispuesta a no permitir un Estado kurdo en Irak; Siria, al noroeste, apoyando a la facción sunnita en contra de kurdos y chiítas; Jordania al este, con aspiración de recuperar la perdida faja sunnita, para así rehacer la monarquía Hachemita; Irán al este, apoyando a los chiítas del sur en sus aspiraciones; una guerra civil sunnita mezclada con terrorismo anti-norteamericano.