Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS 

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

 ESCENARIOS NO PREVISIBLES EN LAS RELACIONES RUSIA-EEUU

 

Nos hallamos en pleno período de transición, en el cual se dificulta vislumbrar cual es el final o cual es el camino histórico hacia un nuevo sistema mundial. Hemos presenciado guerras mundiales y catástrofes, desplomes de imperios, desastres ecológicos, al lado de un descomunal crecimiento demográfico que atenta contra los recursos del planeta.  Rusia y Estados Unidos disponen del arsenal militar atómico suficiente para destruir la civilización.

 

La actual hegemonía norteamericana, determinada por el derrumbe soviético, no ha sido aceptada por la generalidad de los estados europeos y asiáticos, los cuales pugnan por desarrollar agendas propias. En esta incertidumbre, Washington se halla ante la disyuntiva de prevalecer por sobre el resto, de conjunto con un grupo de aliados, o hacerlo de manera unilateral. El punto es que su actual hegemonía no es sólida y presenta sectores vulnerables como la deficiencia financiera, y la dependencia de fuentes energéticas exteriores, que la lleva a desplegar una geopolítica de despliegue militar permanente.

 

Ahí precisamente se halla lo que define nuestro momento actual, que no es la confrontación ideológica o religiosa, sino el asegurar aquellos recursos naturales que determinan la superioridad económica, y que tienden a desaparecer: en especial el petróleo, sin el cual todo el aparato militar resulta obsoleto. Nuestra época, de loca demografía y decrecimiento planetario de materias primas, presenta un forcejeo de las grandes potencias por acaparar ese recurso natural, del cual no se ha escapado la confrontación bélica en el Medio Oriente; lo que muchos autores han considerado como “la nueva geografía de conflictos”, debido a que el petróleo, por ejemplo, se va transformando de un recurso vital para mantener la hegemonía en un recurso estratégico para mantener la supervivencia.

 

El conflicto mundial entre las principales potencias está atrapado actualmente en una gran competencia por recursos críticos, especialmente el petróleo. El petróleo y su alti-bajas de precios no responden al vaivén del mercado, sino de la competencia geo-estratégica; por ello se ve afectado primordialmente por las crisis políticas y militares. Ya, en la historia, otras potencias litigaron por acaparar recursos naturales, como en el post-Renacentismo, cuando España, Portugal, Inglaterra y Francia se lanzaron a aventuras marinas, a la colonización de otros pueblos, y a guerras con el fin de acaparar las rutas por las especies y las fuentes de metales. La revolución industrial surge con una geopolítica que enlaza continentes: el África como fuente de mano de obra esclavizada, América y Asia con sus plantaciones, y Europa como procesadora y mercado. El te, el tabaco, el café, el azúcar y el algodón determinaban las estrategias de las cancillerías, las guerras, las tensiones territoriales, las pugnas comerciales.

 

Hoy nos parece risible que el algodón, por aquel entonces necesario a la industria textil, por ejemplo, fuera causa de guerras. Pero lo mismo sucedió luego con el caucho, cuando comparecieron los productos sintéticos; y una nueva geopolítica se impuso, en la cual los bosques tropicales dejaron de ser importantes. Hoy es el petróleo, a medida que se vislumbra la disminución de sus fuentes, y dentro de pocos años van a ser los recursos hidráulicos.

 

En la actualidad crece su importancia, no sólo por ser imprescindible a la sociedad moderna, sino porque no es suficiente para satisfacer las demandas a precios estables y accesibles para países pocos desarrollados. Muchos economistas ya consideran que el precio del petróleo es mucho más alto de lo que refleja el mercado, pues no incluye el costo de la presencia militar que lo custodia, y el pago de la alianza política de los países por los cuales pasan los oleoductos que lo transportan. Ese es precisamente el punto vulnerable norteamericano, forzado a sostener un costosísimo despliegue militar en el planeta, custodio de los yacimientos y las vías de transporte del petróleo, so pena de perder su preeminencia internacional y su nivel económico, de vida y consumo.

 

La hegemonía norteamericana descansa en el dominio de un petróleo que comienza a escasear y que deviene en un factor estratégico crucial. Estados Unidos ha logrado controlar políticamente las principales fuentes del petróleo en el Medio Oriente frente a un grupo de vastos consumidores como Europa, Japón, China y la India. Rusia, por su parte, posee sus propios yacimientos y lo suficiente para exportar petróleo y gas. Existen otras áreas del planeta que son escenarios de forcejeos, como el Asia Central; y otras que por el momento se mantienen sin conflictos de este tipo, como América Latina y África.

 

La paz actual nos parece efímera y se acerca más a una nueva Guerra Fría, aunque no ideológica.  A ello hay que agregar los intereses de las grandes corporaciones petroleras y de los productores por impedir el desarrollo de las fuentes energéticas alternas y mantener los altos precios, que se traduce en una falta de “voluntad política” para explotar nuevos yacimientos. Esto es evidente ya desde el fracaso de la “doctrina Carter”, a raíz de la crisis petrolera de la década 1970; doctrina que buscaba explotar nuevos yacimientos y buscar alternativas energéticas.

 

Esta transición de la bipolaridad a la unipolaridad de manera pacífica y en cierta medida “ordenada” tuvo que ver con el proceso de reformas que intentaba instaurar Gorbachev, y la consideración de que ya era innecesaria la política expansionista. Asimismo, la cautela de Occidente ante lo que acontecía en la Unión Soviética evitó una reacción violenta de la oposición gorbacheviana, al punto que las presiones e incluso la intentona golpista de 1991 no tuvo apoyo popular. La égida de Yeltsin no conllevó una “terapia de choque” total hacia una economía de mercado y un retablo político democrático. En esencia Rusia obtuvo su independencia de la federación soviética, y se despojó de una carga económica, pero Moscú no perdió todas sus colonias zaristas, ni abrazó un aislacionismo internacional.

 

Fue Occidente quien comenzó a tratar a Rusia como un Estado insignificante, olvidando que tal conducta vejatoria aplicada a la vencida Alemania de la Primera Guerra Mundial, trajo como consecuencia la Segunda Guerra Mundial. Pero Estados Unidos no ha sido consecuente en conceder a Rusia un papel de primer orden, convencidos de la existencia de un vacío geopolítico en Eurasia. El Kremlin luchó por que se le admitiera en el grupo de los países desarrollados, el G8, y la prueba de que Estados Unidos no respetaba ni quería admitir una esfera rusa fue su intervención militar en Kosovo en 1999, conociendo que Rusia estaba opuesta y apoyaba a los serbios ortodoxos, queriendo demostrar que sólo había una súper-potencia.

 

Si algo identifica a Yeltsin con Putin es que ambos se enfrascaron en mantener el poder central ruso, pese a los movimientos que respondían a las diferentes naciones enmarcadas dentro de la federación. El Kremlin se mantuvo fieramente centralista en el caso de Chechenia por razones geopolíticas vinculadas a los oleoductos, y debido al fundamentalismo islámico.

 

El capitalismo ruso no surgió a partir del desarrollo de la propiedad privada y del mercado, sino del desmantelamiento de la economía estatal que originó una oligarquía que estableció un comportamiento mercantil especulativo. La era de Yeltsin significó la convivencia corrupta de la nueva oligarquía con el Estado, mientras que en la de Putin esta dicotomía fue cercenada de raíz. El rol de Putin fue el de fortalecer el Estado y concederle un objetivo nacional, pero no utópico o ideológico, para asegurar la existencia de la nación rusa, cuya identidad peligraba ante la acometida de Occidente.

 

El paso decisivo con Putin fue la centralización de los recursos energéticos, que impidió la transferencia de la economía rusa a los carteles de Occidente, y con ello el fin de su Estado. Tras imponerse a los oligarcas con mano de hierro autoritaria, Putin sumó una victoria militar sobre los rebeldes chechenios, algo que Yeltsin no pudo lograr. Lejos de lo que opina Occidente, el pragmatismo político de Putin ha logrado un apoyo nacional y una admiración de los rusos sin el terror estalinista. Si Yeltsin perdió su voz política en la arena internacional reclamando la multi-polaridad que Occidente le negaba, Putin se ha enfilado hacia sus vecinos asiáticos haciendo frente a la irrupción de Washington en el Asia Central.

 

Tras haber consolidado el Estado central que peligraba desde la descomposición de la Unión Soviética, domeñado a la oligarquía cortando sus vínculos y dependencias con Occidente, aplacado los reclamos chechenios, y poner contra la pared a los georgianos pese a las amenazas estadounidenses, Rusia inaugura una nueva política, de mayor confrontación y reclamo ante Estados Unidos. Más que un cambio de estilo se trata de un cambio de estrategia. Por eso, Putin se ha dirigido a la vieja Europa como una potencia, en una sutil campaña anti-norteamericana; su intención de recuperar terreno sin alardes se demostró en sus reclamos por los recursos naturales del Ártico, en su programa militar de defensa balística, así como en su rechazo al establecimiento de un sistema defensivo norteamericano en Europa.

 

Ya la diplomacia norteamericana se está convenciendo de que Rusia es más que una potencia regional, y que en nada ayuda soslayarla o aislarla. Su peso estratégico en Europa, Asia Central y en el Pacífico es palpable. Al igual que todas las potencias de importancia, Rusia atraviesa un período vulnerable; sus dirigentes han comprendido que deben modernizar su economía, que hoy depende de los hidrocarburos, so pena de quedar en un segundo plano.

 

A diferencia de Estados Unidos, Rusia se halla en una posición energética privilegiada con sus vastos yacimientos de gas y petróleo, y China no tiene que realizar ingentes gastos militares para asegurarse su abastecimiento. Un factor de complicación es que los yacimientos que de por sí se hallan en territorios étnica, religiosa y políticamente inestables. En la actualidad ya estamos presenciando “batallas geopolíticas”, tanto en el Golfo Persa como en la cuenca del Caspio y en las repúblicas islámicas ex soviéticas. Ya Arabia Saudita, la mayor reserva mundial, no puede aumentar su producción. Aunque no es del dominio general, la geopolítica del petróleo se halla presente en los poco conocidos estados del Asia Central, sobre todo de Kazajstán, Uzbekistán y Turkmenistán. Allí la disputa de Estados Unidos y Rusia, fundamentalmente, es por controlar las vías de los oleoductos de la futura explotación petrolera.

 

Ubicado en la región productora y comercializadora más sensible para la estabilidad energética mundial, Irán tiene los yacimientos de gas más importantes del planeta, sólo segundo de Rusia, y dispone de reservas petroleras sin explotar que le permitirían duplicar su producción. Al lado de su desarrollo de la energía nuclear, y promotor del terrorismo islámico anti-occidental, Teherán moderniza su capacidad militar. Pero Irán, para complicación de la proyección norteamericana y la seguridad de un Israel amenazado por HizbAllah, ha cerrado relaciones comerciales profundas y a largo plazo con China, la India y el Japón. Todo ello dificulta a Estados Unidos, empantanado en Iraq y Afganistán, neutralizar su peligroso programa nuclear, amén de la tensión con los países islámicos, que calificarían un ataque contra Irán como un agresión al Islam, clamarían por una “guerra santa” y la desestabilización del el sur chiíta iraquí.

 

Las consecuencias de un golpe militar norteamericano contra Irán repercutirían desfavorablemente en toda Eurasia con un alto precio político. Aliado o contrario a Estados Unidos, Irán es el país clave del Golfo Pérsico. Washington apuesta entonces a un cambio de régimen en Irán, provocando problemas internos e inclinándose a sectores opuestos al gobierno islámico. Pero Estados Unidos no logra encontrar una solución viable, con el peligro de la consolidación a largo plazo de la posición de un Irán miembro del selecto grupo de países nucleares, lo que precipitaría a que Turquía iniciase su desarrollo nuclear.

 

El primer escenario en la lucha norteamericana por consolidar su hegemonía se halla en el área energética del Asia central.

 

 El ascenso al poder de Vladimir Putin fue resultado de la conciencia política colectiva rusa del enorme fracaso que se produjo tras la disolución de la Unión Soviética, y la aspiración de recuperar nuevamente un lugar central en los asuntos del planeta. De hecho, todos los esfuerzos de Putin se han centrado en buscar alianzas exteriores que le permitieran afrontar nuevamente al mundo anglosajón. Sus esfuerzos no han sido en vano, y en China ha encontrado, hasta ahora, un aliado que parece compartir sus consideraciones políticas.

 

Acorde con esta consideración de obtener un lugar mundial competitivo, Rusia y China cerraron un pacto estratégico con los países de Asia Central petroleros y gasíferos, para el desarrollo futuro de proyectos sobre oleoductos y gasoductos transfronterizos, para no depender de los hidrocarburos “occidentales”. 

 

Los depósitos de hidrocarburos del Asia Central no son necesarios para el consumo ruso (aunque si lo son para una China que es el segundo consumidor del planeta) que se autoabastece y exporta, además de los yacimientos de minerales no explotados de Siberia, que representan el 50% de los minerales del mundo todavía sin explotar. Lo fundamental en Asia Central son los oleoductos y gasoductos.

 

El gas y el petróleo de Kazajstán, Uzbekistán y Tayikistán necesitan de tales ductos para iniciar su explotación. China logró para si un gigantesco oleoducto y negocia otros desde Siberia. Al igual que Estados Unidos, tanto China como la India son vulnerables, al depender de gigantescas compras de petróleo en la medida en que crecen sus economías; de ahí sus acuerdos energéticos con Irán.

 

Rusia ha buscado afanosamente integrar a este bloque de la “Organización de Cooperación” al propio Irán, a la India, a Paquistán y a Mongolia. Ello conformaría la entidad energética más gigantesca del planeta, con un sabor anti-anglosajón, que pondría en aprietos la hegemonía de Estados Unidos. Al ser este bloque euroasiático autónomo y ajeno a las influencias de Estados Unidos, facilita el acercamiento también de Rusia con Alemania y Francia, a través de sus dependencias a los hidrocarburos rusos. Si Rusia y China logran consolidar su acercamiento, y Europa se mantiene neutral entre Moscú-Beijing y Washington, tendremos un moderno paradigma de bipolaridad entre Eurasia y Estados Unidos. Los subcontinentes de África y América del Sur pasarán a la periferia.

 

Rusia, irritada por la penetración norteamericana en sus antiguos territorios, exige que estas repúblicas renuncien a la presencia norteamericana; y ha presionado conjuntamente con China para que Washington abandone su base aérea en Kirguisia, exigiendo lo mismo en Uzbequistán. Si bien Kazajstán se muestra ambivalente entre los dos extremos, el norteamericano y el eje Moscú-Beijing, comprometidas sus fuerzas militares por el asesoramiento y apoyo norteamericano y la asociación con la OTAN.

 

Asimismo, desde Europa y Asia existe una campaña para desplazar al dólar como divisa internacional, promoviéndose el oro. Ello sería un golpe mortal al hegemonismo norteamericano. Su red de bases militares y flotas de portaaviones garantiza el flujo petrolero por las rutas vitales  y por territorios hostiles.

 

Pero, a medida que la voracidad de las nuevas potencias consumidoras siga creciendo, como China, los tigres asiáticos y la India, la geopolítica planetaria se complicará y el riesgo conflictivo se acentuará, pues el “techo” del petróleo, a juzgar por los geólogos, ya se acerca a la encrucijada en la cual su oferta resulte insuficiente, no existan los ansiados yacimientos alternos, y las otras fuentes energéticas que pueden reemplazarle se hallan en desarrollo primario o experimental.

 

El dilema estriba en que es precisamente Estados Unidos quien se encuentra presente militarmente cerca o in situ en los territorios que poseen los yacimientos más importantes. Sin dudas, en ese lapso de insuficiencia y de falta de sustitutos, en el cual no puede primar la negociación o el mercado, es plausible el enfrentamiento bélico. Lo riesgoso no es que sólo se está jugando con la hegemonía norteamericana, sino con la vida económica de nuestra actual civilización.

 

Ese momento inexorable de los niveles críticos de agotamiento del petróleo, en el cual no alcance a cubrir las demandas, presenciará un desequilibrio de tal magnitud que tendrá como única solución una reorganización territorial del planeta, por vía de conflictos armados o negociación entre las superpotencias en pugna por tal recurso (Estados Unidos, Rusia y China), por la cual aquellos pequeños países productores de petróleo no podrán dictar ni precios ni a quién vender, hasta que las nuevas fuentes energéticas logren suplirlo.

 

Por otro lado, se va conformado ya otra tendencia geopolítica, la que concierne a las fuentes hídricas, elemento vital también crucial para la humanidad, que se está configurando tan indispensable como el petróleo. Todas las predicciones apuntan a que el dilema final del petróleo coincidirá con la del agua potable. Ambas parecen serán más riesgosas para la humanidad que los riesgos contemporáneos como el terrorismo, las tecnologías peligrosas, o los magnos accidentes tipo Chernobyl. Ya en la ONU se ha argumentado que ante la crisis mundial por el agua, que no mejora, existen todos los componentes para que se transforme en casus belli en este siglo XXI. Ya en tiempos del presidente egipcio Annuar Sadat estuvo a punto de estallar una guerra con Sudán y Etiopía por el uso del río Nilo.

 

La diferencia estriba en que el agua potable es determinante en la producción agropecuaria, no tiene fuentes alternas como el hidrocarburo, y su disponibilidad es limitada, además de la contaminación a que se ve sometida. Sólo Rusia, Sudamérica, el África central y Canadá resultan áreas privilegiadas; Canadá será el futuro proveedor de agua potable a Estados Unidos. Las regiones con profundos déficits hídricos resultan el África subsahariana y mediterránea, todo el Medio Oriente, China, India y Paquistán. Es prohibitivo el costo por desalinizar el agua del mar. Aunque la disputa por sus fuentes todavía está enmarcada en diferendos fronterizos o regionales, lo explosivo es que en la actualidad sólo un 25% de la humanidad tiene acceso constante al agua potable, y un tercio enfrenta escasez crónica.