Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                          por Juan F. Benemelis

 

 

EL RECICLAJE COMUNISTA: ¿CÓMO LO VEREMOS EN CUBA?

(PRIMERA PARTE)

 

Pero el inicio de la transición, con una herencia económica y social funesta, no fue el único problema de los pueblos de la Europa del Este. Allí, la nomenclatura comunista, la élite que sobrevivió al tránsito, se hallaba dividida en grupos y clanes con programas políticos diferentes. Ello no sorprende a los actores y políticos de nuevo cuño en tales países. Es en Occidente que se desconocía o subestimaba la urdimbre interna, la dinámica grupal en los regímenes comunistas.

 

     El testamento del comunismo fue la bancarrota. No sólo sus economías no brindaban los bienes y servicios básicos para sus ciudadanos, sino que a la hora de la transición se ha tenido que construir todo lo requerido por una sociedad moderna, desde bancos hasta bolsa de valores, pasando por la estandarización de sus principios contables. Vale decir que cuando los partidos comunistas fueron derribados eran meros fantasmas, aunque se mantenía el grueso de la nomenclatura estalinista conformada en el usufructo del viejo poder. Ahora proclamaban abiertamente que el objetivo no era la mera reforma sino la restauración democrática y la economía de mercado, pasando a integrar los gobiernos y los partidos que caracterizarían el pluri-partidismo de los nuevos regímenes.

 

Esto fue ampliamente facilitado por los dirigentes que constituyeron la "nueva elite" proveniente de la disidencia y la oposición, pero que en muchos casos ya tenía estrechas relaciones con la "vieja elite". Estos pactos políticos entre disidentes y ex comunistas promulgaban la liquidación de la dictadura del partido único para pasar al Estado de derecho, presentado como única forma posible de democracia y salvación. La condena popular a la degradación económico-social que había provocado la planificación burocrática, pasó a ser una adoración repentina por la economía de mercado y el más crudo capitalismo.

 

Al calor de los levantamientos anti-burocráticos y la quiebra del viejo poder, se había producido una momentánea y amplísima convergencia entre la espontánea movilización popular y los dirigentes que se presentaban como abanderados del cambio. Pero inmediatamente y sin excepción, los nuevos gobernantes hicieron uso de las palancas del poder y, desde arriba, ajustaron, encajaron y cuadraron los viejos marcos institucionales a las nuevas formas de la democracia y proclamaron la urgencia de la transición al capitalismo, asociando en esta empresa a vastos sectores de la burocracia anterior.

 

     La casta de directores empresariales y funcionarios estatales medios permaneció en las burocracias estatales y empresas económicas. Así, por ejemplo, el 90% de los banqueros polacos provenían de la era anterior a 1989. El Estado comunista no facilitó el aprendizaje de las técnicas económicas y legales modernas. Los disidentes no eran economistas, contadores, administradores o políticos avezados, sino que provenían de las filas intelectuales. Muchos de los partidos poscomunistas eran remodelación de grupos premodernos que poco sabían de la democracia liberal y que se hallaban ansiosos de tomar revancha contra las minorías domésticas, perdiéndose mucho tiempo y esfuerzo en tales contingencias.

 

La realidad del viejo sistema y su descomposición, potenciada por las inmediatas relaciones con la economía mundial, propició las bases materiales e institucionales del reciclaje masivo de la burocracia comunista y otros sectores privilegiados. Estos sectores no sólo se beneficiaron del acceso a las palancas del poder Estatal, de una incipiente acumulación de riquezas privadas y de la manipulación política a través de los medios de comunicación locales e internacionales. Justamente por esa situación se convirtieron en propietarios, socios, gerentes o burócratas (funcionarios) del capitalismo restaurado.

 

Entre finales de 1989 y mediados de 1990, predominaron los sentimientos de esperanza. Pero ese panorama "idílico" varió apenas unos meses después de haber comenzado a vivirse el "cambio" prometido. La euforia fue reemplazada por el escepticismo, las altísimas tasas de abstención electoral y los fracasos políticos en las distintas elecciones municipales de los nuevos partidos y las figuras gubernamentales de los viejos oposicionistas.

 

Después de que las viejas élites comunistas y las nuevas élites de reciclados y reformistas provenientes de la nomenclatura se vieron desbordadas y sorprendidas por la violenta espontaneidad popular, esta franja mostró su capacidad de reacción y sentido estratégico, asentado en una privilegiada ubicación social, que les permitió, sin mucho esfuerzo, ponerse al frente de acontecimientos, de resortes del nuevo poder, marcando el rumbo de la restauración capitalista.

 

   Los problemas económicos y políticos de la transición -ahora desdeñados por Occidente- fueron explotados por una mezcolanza de partidos comunistas, de comunistas reciclados y de neocomunistas, vestidos de socialdemócratas, los que argüían que el capitalismo “salvaje y crudo” de las transiciones engendraba el gangsterismo, el desempleo, la inflación, la disparidad de ingresos y desatendía la educación, la salud pública y las pensiones.

 

La élite

 

      Los miembros de las instancias superiores de los regímenes del bloque soviético no buscaron, o en su caso no pudieron buscar, el camino del exilio, con la única excepción del ex presidente alemán oriental Eric Honecker. Por lo demás, sólo algunos de esos dirigentes (el citado Honecker, su sucesor Egón Krenz y el presidente búlgaro Teodor Yivkov) fueron procesados por presuntos delitos. El mecanismo sancionador, las más de las veces, se limitó a acelerar la jubilación de los dirigentes correspondientes. Las purgas en los viejos aparatos de Checoslovaquia y Alemania oriental, no se generalizaron en el resto de los países del ex bloque soviético (salvo la Albania de Salí Berisha). Incluso, en el terreno concreto de los servicios de seguridad, se acometieron purgas de relieve en pocos países (ninguno en los Balcanes) y en Rumania se aprobaron leyes que dificultaban sensiblemente las acciones contra los miembros de esos servicios.

 

    Luego de un breve período de exclusión, los partidos comunistas retornaron al poder bajo nombres cambiados. El fantasma del comunismo, entonces, hizo su reaparición en todo el antiguo bloque soviético, luego de que las esperanzas por una transición plácida, de un Estado policial marxista al capitalismo democrático, probaran ser no sólo prematuras, sino infantiles.

 

La capacidad de recuperación y control parcial del poder por las viejas elites nomenclaturistas, ahora recicladas, se debió a que, aun sorprendidos y vapuleados por la crisis y el desplome, ellos sí tenían un programa, que presentaban como probado y realista. Ante la ruinosa instauración a trompicones del modelo democrático y de economía de mercado, los viejos comunistas, abrazados ahora a la socialdemocracia, se limitaban a la consigna de volver al mercado, para ser países normales como todo el mundo.

 

     Los procesos de transición en curso plasmaron una nueva clase dirigente en la que se dieron cita dos comunidades. Si la primera presenta un cariz tecnocrático, la otra responde a un perfil “politocrático” y sus filas se nutren de intelectuales en una proporción muy superior a las politocracias de los sistemas democráticos.

 

La nueva clase de empresarios que inicialmente se conformaría con las primeras medidas de la transición estuvo compuesta por ex nomenclaturistas reconvertidos, antiguos ingenieros, científicos e intelectuales o intelligentsia científico-técnica, estudiantes y empleados que se lanzaron a los negocios; empresarios que arrancaron de cero y, en general, quedaron limitados a pequeñas operaciones especulativas, así como pequeños negocios ilegales, del antiguo mercado negro, que salieron a la luz.

 

     Sin embargo, el grupo de mayor peso se sigue configurando con los directivos de empresas provenientes del viejo régimen comunista. Son estos últimos los que, reciclados, se han erigido en los triunfadores de los procesos de transición contemporáneos.

 

La generalizada conversión de la nomenclatura comunista al capitalismo, sólo puede comprenderse partiendo del sustrato económico-social que los encuadraba y condicionaba y de los intentos reformistas que precedieron y prepararon esa conversión desde los años cincuenta.

 

Según el estudio de Alison Mahr sobre la reconversión de la nomenclatura, ésta: "Es una nueva capa social muy heteróclita, que tiene problemas para ser plenamente aceptada por la opinión pública nacional e internacional, debido a sus reglas de juego poco ortodoxas (...) Distingue tres grupos de empresarios. El primero hizo su aparición en los años 1987-1988 y está compuesto por hombres integrados a las estructuras del viejo régimen soviético.

 

El segundo grupo apareció en la escena de los negocios entre 1989 y 1991 y se lanzó a operaciones de corretaje, al comercio de materiales informáticos y artículos técnicos muy elaborados. Estaba constituido por jóvenes especialistas, muy cultos y también por empresarios que aprovechaban su situación profesional para tener acceso a las redes de distribución. Estos   reciclados, poco numerosos, poseen la mayor parte del naciente sector privado. El tercer grupo llega a los negocios luego de la segunda mitad de 1991, tras la liberalización de empresas.

 

 A mediados de los noventa, en todos los antiguos Estados del bloque soviético, tuvo lugar una virulenta escalada política de los comunistas reciclados para ascender al poder y refrenar el programa democrático que propulsaban las facciones reformadoras no comunistas. Tales partidos, bajo la cándida promesa de retornar al Estado benefactor, recibieron el apoyo de gran parte del electorado, inconforme con las crisis económicas y con el abismal desempleo. Pero los políticos defensores de la terapia de choque y del corte radical, los anti-gradualistas, rebatían el argumento neo-comunista enfatizando que era precisamente el establecimiento de programas radicales de reformas, como en la República Checa y Estonia, lo único que podía inmunizarles de la pleamar neo-comunista. Alegaban que la timidez y el gradualismo, en otros ejemplos de transición, habían probado ser contraproducentes.

 

     El fenómeno de des-comunización hay que buscarlo en las interacciones estratégicas entre las élites políticas del viejo régimen (los grupos que pugnaban por reformar el comunismo), los nuevos partidos y la tecno-burocracia reconvertida en gerencia empresarial. Es un proceso que trata la democratización como una contingencia llena de incertidumbres.

 

     Mucho más que modelos de transición, nos encontramos ante una muchedumbre de “problemas” de la transición. Muchas de las élites comunistas se hallaban aisladas de su propia población y de la dinámica internacional, lo que constituía un valladar para que se transformasen en los nuevos voceros del aperturismo. El caso más explícito es el albanés, con un inicio tardío. En la fase inicial, los Estados balcánicos sólo buscaron la reforma política sin adentrarse en la ruptura atrevida hacia el capitalismo.

 

     Es obligado subrayar que el proceso de metamorfosis / permanencia de élites no se ha desarrollado en los mismos términos en todos los países. Así, pueden identificarse horizontes muy diferentes y entre ellos una preservación del grueso de la vieja élite dirigente (Albania hasta 1992, Bulgaria y Rumania hasta 1996, Serbia). En cada ocasión, este regreso al poder tuvo lugar por apatía electoral de los liberales y demócratas, por las divisiones en el arco-iris opositor y por el cambio de voto de aquellos perjudicados por las reformas económicas, en especial los residentes rurales, pensionados, desempleados y demás, aspirando a los beneficios sociales pero no necesariamente al retorno del comunismo.

 

     Así, ha tenido lugar en la región la transferencia, a puestos de trabajo en la economía privada, de muchos de los antiguos miembros de los servicios de seguridad. Problemas de naturaleza semejante, entremezclados con acusaciones de abuso de poder y de relación con las redes del “crimen organizado”, pronto estallaron en países como Albania, Bulgaria, Macedonia y Rumania. En otros casos -Montenegro-Serbia- parece más razonable hablar llanamente de la pervivencia, sin apenas reformas, de los viejos aparatos de seguridad. No puede olvidarse, al respecto, la importancia numérica de los aparatos de la seguridad del Estado y, en muchos casos, su capacidad de acción y la calidad de los equipos tecnológicos a su disposición, circunstancias todas que les convierten en instancias activas en los procesos de transición.

 

De allí la paradoja de esta revolución que con ritmo vertiginoso derrumbó a decenas de dictaduras totalitarias y al aparato estalinista internacional basado en el Kremlin; que derribó el Muro de Berlín, que hizo desaparecer al Pacto de Varsovia y a la misma Unión soviética en cuanto tal; esta hizo obsoleto al pacto mundial de Yalta y Potsdam, que terminó con el espejismo de los dos campos aliados y enemigos al mismo tiempo, aceptó como dirigentes, en la mayoría de los países, a los viejos nomenclaturistas convertidos en capitalistas.

 

          Pese a las alarmas que sonaron en algunos centros de poder de Occidente, no se estaba, sin embargo, ante 1917 ó 1945, pues los resucitados partidos “comunistas” no tenían deseos de restaurar las dictaduras proletarias o de agitar por la confrontación contra Occidente. Esta pujante presencia de miembros de la vieja nomenclatura, más o menos consolidada, se ha comportado ahora en forma más profesional y pragmática que durante el pasado comunista, al asumir un comportamiento no regido por consideraciones ideológicas, que permite las alianzas de los segmentos liberales con los ex comunistas.

 

     Ya desde las purgas “trotskistas” y “bujarinistas”, los nomenklaturistas del aparato partidista, la policía política y la burocracia gubernamental —en todos los Estados que abrazaron el credo comunista— compartían la conclusión de que el comunismo, como futuro de la humanidad, era un cuento de hadas sólo profesado por políticos tercermundistas y académicos occidentales.

 

La resurrección comunista

 

     En Europa central, los grupos iniciales se agruparon en partidos: agrarios, demócrata-cristianos, neo-liberales, liberales clásicos, socialdemócratas y verdes. En las antiguas repúblicas yugoslavas, las del Asia Central y el Cáucaso —y otro grupo donde estaban Belarús, Moldova, Rumania y Ucrania—, los rancios bonzos comunistas lograron reciclarse y acaparar o compartir el poder. En Belarús, los veteranos comunistas nunca abandonaron el poder. Cuando los gobiernos liberales en Lituania y Bulgaria no pudieron cumplir sus promesas con sus electores, éstos les reemplazaron con los neo-comunistas y, en algunos casos, con los propios comunistas.

 

     En países en los que estas asociaciones conformaron un sector electoral importante -como en Rusia, Bulgaria y Polonia- los partidos socialistas y neo-comunistas adquirieron influencia. En la Federación Rusa, los comunistas que no pretendían asumir poses de reformistas se reagruparon y, a partir de 1995, lograron resultados notables en las elecciones, dominando el parlamento y luchando por capturar la presidencia. Sólo en la República Checa, en Letonia y en Estonia se ha mantenido firme el camino hacia la democracia y la economía de mercado, pese a los duros obstáculos.

 

    La fuerza de los partidos agrarios se hizo notable en Polonia y Hungría, actuando a menudo en estrecha colaboración con los partidos comunistas o con formaciones heredadas de éstos. El acceso al poder de fuerzas nacidas de los viejos partidos comunistas, en estos países de la Europa central, ha facilitado cierta homologación de tal proceso. En los últimos años, los Estados eurocentrales han sido gobernados, de manera constante o alternada, por miembros de las otrora élites políticas comunistas, registrándose su presencia en la administración pública.

 

     Esto aparte, en Hungría el cisma existente, que opuso a partidarios y detractores del viejo orden, fue menos virulento. No sin razón, desde los comienzos de la reforma, se impuso una división dentro de los propios partidos anti-comunistas entre los valores cristianos y los nacionalistas, por un lado y las posiciones más liberales y seculares, por el otro. A esa división se sumó la de orden territorial, entre la capital y las provincias. El éxito electoral en 1994 del Partido Socialista trastocó este esquema, permitiendo la reaparición de perfiles más ajustados al eje izquierda-derecha. La nueva situación mostraría algún parecido con la polaca, en la que la derecha se encontraría muy dividida y la izquierda sería más capaz de configurar un frente común.

 

     Pero con los modelos soviético y yugoslavo desmoronados y la guerra de Bosnia perturbando las economías rumana y búlgara, la línea continuista representada por la nomenklatura reciclada y la de los ultra-nacionalistas, poco pudo ofrecer a la Rusia de Boris Yeltsin, un presidente en pleno deterioro físico, envuelto en un conflicto interminable en Chechenia.

 

     Hoy, no se estudian los procesos de transición que tienen lugar en las repúblicas del Asia central, considerados como “regímenes comunistas disfrazados”. Pero, es difícil comprender lo incomprensible y todo parece indicar que el Asia central ha estado en espera de verse absorbido en un nuevo imperio. Allí no existe un canon de transición hacia la democracia; es una evolución que enrumba hacia la descentralización y el pluralismo, sólo que no es la descentralización política considerada por el pluralismo occidental.

 

     Tras un lento comienzo, Rumania comenzó a acelerar la privatización bajo la mano de un viejo comunista, el presidente Ion Iliescu y su Frente de Salvación Nacional. Luego, la Convención Democrática de Rumania conquistó las alcaldías en las ciudades importantes y en 1996 asumió la presidencia la oposición con Emil Constantinescu. Así también, la transición se ha recuperado en Polonia, pese a que el parlamento (Sejm) ha estado bajo el control los reciclados comunistas. En Ucrania, los comunistas se hallan claramente a la defensiva, ya que muchos ucranianos los hacen responsables de la miseria económica que ha traído la inmovilidad política.

 

     Algo similar aconteció con el premier húngaro Giula Horn, un ministro del último gabinete comunista. En Hungría, los reformistas estuvieron ponderando escoger entre la privatización total o reestructurar al costoso e ineficiente Estado benefactor. Y en Rusia, el más complicado e importante de los antiguos países del bloque soviético, los ex comunistas Yeltsin y Vladimir Putín han presidido una política reformista de altas y bajas, imponiéndose sobre el parlamento (Duma), enfrentados o aliados a comunistas ortodoxos y ultra-nacionalistas. La suerte de Rusia, sin dudas, tendrá un profundo impacto en la democratización de toda la región, o en la bifurcación a la autocracia congénita del antiguo imperio de los zares.

 

     El descontento de los electores que en muchos países del Este han votado por los comunistas, no está enfilado contra el objetivo de las medidas económicas de la transición en sí. El resentimiento es derivación de su frustración ante la falta de resultados de las reformas, que están tomando más tiempo de lo que inicialmente se pensaba. Para el ciudadano de a pie, no existe una tercera vía entre el comunismo y la democracia. Es conocido que un Estado benefactor, a la sueca, necesita de un desarrollo e infraestructura económicos aún no alcanzado por los Estados de la transición.

 

     Ya es una regla el concepto de que la creación de riquezas es el resultado de una economía de mercado, la cual desata las energías y el talento individual humano. Por eso, es impensable una reversión de la economía de libre mercado a la de plan. Incluso, los comunistas más ortodoxos ya no creen en la economía centralizada de plan. Las flexibles y adaptables jóvenes generaciones saben que para el éxito de las reformas económicas se necesita una práctica democrática. La gran mayoría de las poblaciones no quieren el retorno del ancien régime, favoreciendo el futuro capitalista por encima del pasado colectivista.

 

La Transformación

 

     El Estado centralizado erigido por los partidos comunistas legitimados por la utopía marxista, conformó conglomerados nacionales ficticios como la Unión Soviética, Alemania oriental, Corea del Norte y Yugoslavia, cuyo destino sería el de reorganizarse en otras divisiones políticas y administrativas. El concepto siempre fue artificial: el de un puñado de naciones con múltiples nacionalidades que repentinamente fueron controlad­as y tuvieron que aceptar una ideología que no deseaban. Por eso, la caída de los regímenes del bloque oriental desató una oleada mundial hacia la democracia que se manifestó en numerosos ejemplos, desde España y Portugal hasta Taiwán y Corea del Sur, pasando por Argentina y Chile.

 

      Los dilemas actuales de Polonia, Hungría, Rumania, Bielorusia, etcétera, tienen sus raíces tanto en el Kremlin como en el Medio Oriente. Fueron los tanques de los mariscales soviéticos Konstantin Rokossovsky, Georgi Zhukov e Ivan Koniev los que implantaron el comunismo en la Europa del Este. Por eso, al desvanecerse las divisiones soviéticas de esa área, se esfumó el comunismo. Si bien la glasnost y la perestroika estremecieron este mundo sovietizado, hay otro factor: el que nos conduce al Oriente Medio, que producía petróleo, que ganaba petrodólares, que prestaba dinero a Polonia y a Hungría y que creó la deuda que precipitó la crisis y forzó a la reforma.

 

     Aunque en los estratos populares de los socialismos del bloque soviético la población manifestaba una reacción común ante el régimen comunista, sin embargo entre los grupos de oposición existían diferencias profundas relacionadas con la religión, las tradiciones y costumbres étnicas, las diferencias filosóficas, el grado de relación o no a la etapa comunista. Por eso, la victoria mancomunada de los diversos movimientos implicó el inicio de los conflictos que siempre conlleva el pluralismo.

 

     Una descripción más pormenorizada de este grupo de países de la Europa central debe incluir una visión del pasado que comúnmente se identifican con ellos: la existencia de procesos anteriores de democratización, los presuntos efectos saludables de la industrialización, la fortaleza de la oposición (al menos en Polonia) —en la etapa totalitaria—, el desarrollo de ciertas reformas económicas en Hungría y en la propia Polonia en los últimos decenios de esa misma etapa y, en suma, la puesta en práctica de “mesas redondas” en Hungría y Polonia y el pacífico hundimiento del viejo régimen en Checoslovaquia.

 

     Las transiciones se han encontrado en muchos atascaderos, derivados de la introducción inicial de severas medidas económicas y de estrategias precipitadas, que no han sido capaces de dar respuestas a las expectativas populares y las crisis, de manera rápida. Excluyendo a los países balcánicos, en la antigua Europa del Este las reformas se han consolidado con éxito relativo. En el caso de las ex repúblicas soviéticas la transición no acaba de cristalizar ante el desplome económico, el mantenimiento del poder político por la nomenclatura antireformista, los conflictos militares y los grupos mafiosos. Hay casos, como los de Belarús, Tayikistán y Turkmenistán, en los que no se han considerado aplicar reforma alguna.

 

    Las reformas de la transición hacia el capitalismo democrático se dieron, por tal razón, en países envueltos en profundas facetas de disgregación interna, con enormes crisis económicas y con poblaciones perdidas en un mundo económicamente globalizado; en sociedades atomizadas que se habían desarmado, con bajos índices de cultura cívica; en gobiernos bisoños de endebles partidos políticos y enérgicas personalidades "jefeando" élites, con ansias de permanencia en el poder a cualquier precio.

 

     Es de señalar que estos ejemplos, en los países europeos del Este y en Asia, pueden clasificar como disposiciones híbridas, ya que exhiben —de manera simultánea— estructuras productivas, sociales e institucionales, semejantes y diferentes a las que existen en los países capitalistas avanzados y en los modelos del mundo subdesarrollado.

 

     Los movimientos de oposición que arribaron al poder tras el desplome del Muro de Berlín, experimentados en la acción cívica pacífica y el cultismo antipolítico, enarbolando conceptos filosóficos democráticos y una intensa ética moralista, estaban aferrados a principios inmutables sobre la justicia, sobre lo que era o no correcto, sobre la verdad y la mentira, el amor y el odio. Pero bien pronto descubrieron con estupor que los instrumentos para lidiar con la milenaria realpolitik del Estado, la economía, la sociedad, la política exterior, eran el reverso de sus principios: antifilosóficos, antiéticos, compromisorios, pragmáticos, utilitarios.

 

CONTINUARÁ EN LA SEGUNDA PARTE