Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                           por Juan F. Benemelis

 

 

El modelo chino ¿Una tercera vía?

 

 

La evolución política del Estado totalitario chino se diferenció desde un principio del resto de los regímenes burocráticos del socialismo real, por sus convulsiones políticas y porque su nomenclatura debatió tempranamente sobre cuál era la vía para quebrar el atraso del país, dentro de una concepción nacionalista. Así, por ejemplo, Deng Xiaoping junto a Liu Shaoqi, encarnaban abiertamente una fracción partidaria de “reformas de mercado” de tipo “bujarinista”. Existió una diferencia substancial, aunque ignorada, entre los métodos de Mijail Gorbachev y los de Deng Xiaoping, en cuanto a cómo reformar al sistema y tratar de salvaguardar la validez del comunismo. Mientras Gorbachev optó por la reestructuración de la economía (perestroika) y por una limitada, pero peligrosa, apertura política (glasnost), Deng Xiaoping se inclinó hacia una travesía de economía de mercado -en el sur del país-, con las exclusas de las libertades políticas rigurosamente selladas.

 

Cuando Deng asumió el manto celeste, en el otoño de 1977, lanzó su experimento capitalista de “socialismo con características chinas” que, en términos ideológicos, resultaba una herejía, pero en la práctica demostró ser todo un éxito. Para Deng, el sistema económico debía ser juzgado por su desempeño y resultado hacia la población: "La pobreza no es socialismo, ser rico es magnífico"; por eso su socialismo de mercado desplazó al utópico socialismo puro.

 

La fórmula implementada por Deng generó un rápido progreso económico, pero también desencadenó una crisis social considerable, destacándose desde el inicio las aspiraciones políticas de los grupos sociales más beneficiados por dicha apertura, al manifestarse que los máximos dirigentes del país no tenían la menor intención de comprometer la hegemonía del Partido Comunista. Obviamente, la transformación mejoró la eficacia del sistema productivo lastrado por la planificación rígida. Pero Deng y el entonces presidente Jian Zemín no cometieron el error de Gorbachev, de conceder siquiera una restringida libertad de expresión, sobre todo porque la vasta masa de la población y la casta dirigente no lo exigían; ello era la agenda de un grupúsculo de intelectuales.

 

El más notable aspecto del “impulso de crecimiento” de China ha sido el control de los gastos de defensa, para no desviar recursos necesarios. Deng estableció que la defensa tenia que ser la cuarta de las “cuatro modernizaciones” de China, detrás de la agricultura, la industria y la ciencia. Sin embargo, el hecho de que los gastos de defensa deban ocupar un lugar inferior es, probablemente, la indicación más significativa hasta la fecha de la total dedicación de China al crecimiento económico, y ofrece vivo contraste, tanto con la obsesión rusa de la “seguridad militar”, como con el empeño de la administración norteamericana de mantenerse como la potestad militar unipolar del  planeta.

 

El plan de diez años (1976 a 1985) propició las reformas económicas y un mayor énfasis en las empresas privadas y colectivas en detrimento de las estatales. Este diseño fue sustituido por otro plan, más modesto, que comprendía de 1981 hasta 1990, enfilado a atraer la tecnología y las inversiones occidentales, así como a incentivar la producción agropecuaria.

 

En 1984, con las tasas de interés artificialmente bajas, China descentralizó la asignación del crédito, autorizando a las ramas locales del banco central para que lo extendiesen directamente a las empresas estatales, lo que conllevó a un rápido crecimiento monetario e inflacionario. Sin embargo, en lugar de des-regular las tasas de interés se ajustó el crédito y se controló la inversión, algo que no favoreció al mercado y significó un retroceso al sistema planificado. Estas políticas exigieron una mayor descentralización de la planificación económica y más confianza en las fuerzas del mercado para determinar el consumo.

 

En 1985, durante el Pleno del Comité Central, se aprobó el llamado “socialismo de mercado” con su programa de reformas en la industria urbana, concediéndose autonomía a las empresas estatales para que operasen en el mercado y promoviendo, además, un sistema financiero y bancario como centro del Plan, algo que ya se había considerado y fracasado en ciertos países de la Europa del este. El gobierno varió la forma de contratar a los nuevos empleados en las empresas estatales, ahora por un tiempo limitado y decidió entonces invertir masivamente en el transporte y las comunicaciones lo que puso a la disposición de los inversionistas una fuerza de trabajo barata, ofreciendo incentivos al capital.

 

La apertura, en 1986, de 14 “zonas especiales” en las cuales rigió plenamente las leyes del mercado y se emprendieron operaciones de empresas mixtas, atenuó el rigor de la planificación. El propósito consistió en crear en las zonas una economía orientada a la exportación, así como concentrar las inversiones y los recursos financieros en empresas de altas ganancias. Se implantó, de esta manera, la fórmula de “un país con dos sistemas” y en el resto de la nación se procedió a la liberación gradual de los precios y los salarios. De inmediato se dinamizó la iniciativa personal, aumentó el dinero circulante y creció la demanda interna.

 

En un discurso en 1987, Zhao Ziyang apuntó que el único criterio válido para la economía era su nivel de productividad. En lo adelante, los economistas chinos aceptaron, entonces, el principio de la ganancia como una medida útil del desempeño económico. Las empresas recibieron recompensas por aumentar sus utilidades y muchas de las nuevas inversiones se financiaron con préstamos suplantando la política de subvenciones. La tasa de crecimiento, en la década de los ochenta, alcanzó el 9% anual de promedio, un ritmo sin precedentes.

 

El desempeño de la economía China sufrió los efectos de su integración a la economía mundial: la tecnología importada se volvíó indispensable para su industria pesada. Con la expansión de la agricultura y la ganadería comerciable, cobró fuerza en el agro un sistema moderno de agricultura capitalista (con conexiones internacionales) al lado de una economía campesina dependiente y fragmentada. En la primavera de 1992, Deng tuvo su última comparecencia pública al realizar un periplo por toda la próspera región costera del sur, inyectando nueva vida a la renovación económica que se había estancado, lanzando otra ronda de reformas de mercado que impulsó más aún el ciclo de crecimiento económico al doble dígito.

 

Las reformas en el agro

 

Con tan sólo propulsar los rendimientos agrícolas en general y de cereales en particular, fue posible que su industria ligera contase con las materias primarias necesarias y la economía del país se rehabilitara y creciera.

 

Desde 1978, el sistema de comunas populares cedió su lugar al esquema de responsabilidad por contrata sobre la base de la familia y con el ingreso en función del rendimiento, caracterizado por “la cuota de producción y el trabajo señalados a la familia” como forma principal, poniendo fin de un golpe, a la dificultad de adquirir ropa y alimentación.

 

Así, dividió la propiedad de la tierra en parcelas que se asignaban a familias. Por medio de la constitución vigente se reconoció a los campesinos el derecho al cultivo libre de pequeños lotes, lo que equivalía renunciar a la colectivización total de la tierra. La partición de parcelas entre herederos (con lotes demasiado pequeños para cultivar) y las dificultades en la prestación de los servicios sociales colectivos produjeron una enorme emigración rural a las ciudades. Luego de suministrar una cuota fija al Estado, los campesinos pudieron comercializar el resto de sus productos en el mercado libro. Los campesinos también alquilaron las tierras de cultivo estatales y emprendieron sus propios negocios. 

 

Primero, la tierra se mantenía como propiedad colectiva, sin que se alterase su naturaleza pública; segundo, por razón de la contrata se entregó el derecho de gestión y de administración de tierras a las familias, y la colectividad suscribía contratos con éstas, los cuales se mantendrían inalterables durante muchos años. En el periodo de la contrata el campesino pagaría el impuesto al Estado, entregaría a la colectividad aquella parte de la cosecha que retenía por derecho, y se quedaba con el resto para su propia disposición.

 

El rendimiento de los cultivos se incrementó con rapidez y los campesinos abriron nuevos canales de producción, diversificando la gestión. Así se promovió el viraje del modo de producción y del estilo de vida en el agro, pues los campesinos dejaron de ser jornaleros pobres  para quedar como productores y gestores de mercancías, lo cual impulsó el desarrollo y el mejoramiento del mercado rural. De manera paralela, brotaron incontables industrias manuales aldeanas, tiendas de servicios, pequeñas textileras, etcétera.

 

Se había abolido el acopio estatal unificado de géneros agrícolas y el régimen urbano de racionamiento de cereales y aceites comestibles fue abolido, permitiéndose que el campesino introdujese contratos con las autoridades locales y comerciara sus excedentes en el mercado libre. El gobierno autorizó a las familias agricultoras a contratar trabajadores, comprar y vender maquinaria agrícola y mercantilizar sus sobrantes en otras regiones. Se alentó entonces a las familias más productivas para que arrendasen tierras de las familias menos industriosas.

 

Subsisten problemas difíciles como la no-coordinación entre la ciudad y el campo, entre las regiones y entre la economía y la sociedad. Una de las causas de fondo de los sucesos de Tiananmen, en 1989, fue, junto a la inflación y a la corrupción, el hecho de que la población urbana se iba quedando rezagada mientras los campesinos progresaban rápidamente. El ahorro que tuvo lugar en la esfera campesina contribuyó a la creación de las empresas rurales que devinieron en el sector más dinámico de la economía china en la década de los ochenta y principios de los noventa. En los noventa, la tendencia se invirtió a medida que la modernización de la industria y de los servicios generaba la prosperidad urbana. El deterioro de las empresas rurales lastradas con problemas financieros e ineficiencias y la caída del empleo, contribuyeron a fomentar el cisma entre el campo y la ciudad.

 

La planificación y el mercado

 

La planificación estilo soviético destruyó las instituciones de la propiedad y el contrato que sostienen al libre mercado privado, y creó un sistema económico rígido que colapsó por su propio peso. La perestroika y la glasnost no lograron la esperada revitalización orgánica del socialismo sino que precipitaron la desaparición fulminante de las estructuras económicas y políticas impuestas. Por eso, cuando se comparan con la China el camino de transición y los resultados logrados por la ex Unión Soviética, es ineludible la conclusión de que el sistema soviético fracasó porque desestimó lo que ya hoy parece un principio: de que el camino del mercado, no del plan, es más consistente con la naturaleza humana y, por lo tanto, con los derechos individuales, la libertad y la propiedad.

 

El desplome soviético y el fiasco de la planificación centralizada cerraron el debate sobre si ésta era superior al mercado. Es cierto que la reforma a medias, como algunos llaman al experimento chino, genera tensiones entre la rigidez del viejo sistema planificador y la elasticidad del mercado. Resulta tentador imaginar que de un plumazo se puede instaurar la "mano invisible" del mercado para organizar la producción, por eso, la incompatibilidad entre la planificación gubernamental y las fuerzas del mercado se manifiestan en China la cual está presenciando la transformación de la economía controlada por el Estado y las viejas estructuras, dando paso a nuevas instituciones, pero no tan rápidamente como para eliminar incompatibilidades institucionales.

 

El paso de una planificación central a una economía orientada al mercado, pese a ser accidentada, precipita a China al mundo exterior, incrementa las oportunidades en los sectores no estatales, generando nuevas ideas y energizando a la sociedad civil. No debe sorprender que esta sociedad civil china se beneficie con el fin de la agricultura comunal, con la expansión del comercio exterior y con el incremento de la competencia. Antes de las reformas el gobierno chino dependía de su control estricto sobre los mercados de trabajo, de vivienda y de alimentos para hacer cumplir sus metas políticas. Pero es de conocimiento común que el Estado puede regular la sociedad de una manera más eficaz utilizando medios económicos indirectos, en lugar de ejercer la coacción política directa.

 

Este dispositivo de mando prontamente se atrofió, primero en el campo y sin dilación en las ciudades, en tanto que las fuerzas del mercado volvían cada vez más ineficaces tales llaves de sometimiento. El sistema de registro familiar que depende de permisos de residencia urbana que fiscalizan los desplazamientos de la población, anteriormente desempeñó un papel esencial en la asignación de las oportunidades para la educación, en el racionaiento alimenticio, las vivienda y empleos a los residentes citadinos, amén de impedir que los desempleados en las zonas rurales se mudaran a las congestionadas áreas urbanas del país. Este sistema también se ha vuelto cada vez más ineficaz, con la emergencia de fuentes privadas en las mencionadas áreas de la vivienda, el empleo y los alimentos.

 

Las medidas de “liberación” buscan que las industrias del Estado respondan a las realidades comerciales de calidad, precio y demanda del mercado; buscando fomentar la creación de pequeñas empresas privadas, y la expansión del comercio exterior, todo ello para lograr sensibles aumentos en la producción manufacturera. La reforma, sin embargo, siguió su ritmo en cuanto a la privatización de las pequeñas y medianas empresas estatales, que empleaban millones de trabajadores urbanos, mientras la burocracia estatal, desbordada por la economía mercantil, trataba de cerrar la brecha de las desigualdades regionales.

 

La gradual introducción de medidas propiciadoras del mercado dinamizaron la actividad productiva tanto en áreas urbanas como rurales, mejorando los índices de desarrollo humano. Por lo general se invierte más de lo se consume, que es menos de la tercera parte de su PNB. La economía incrementó su competitividad ante el desarrollo de la infraestructura, las telecomunicaciones, el sector eléctrico y las empresas privadas. Entre las reformas más significativas se destacó la apertura a la inversión extranjera y al comercio exterior.

 

Para el mundo financiero internacional, el éxito chino descansa en la estabilidad de sus instituciones, aunque ellas sean de corte autoritario, en la cual la “estadocracia” no ha seguido el rumbo ruso de asalto al patrimonio nacional sin cortapisas, que la llevó a convertirse en un conglomerado propietario. En China esta tendencia hacia la repartición de la propiedad se ha visto contenida, al mantenerse el poder administrativo paralelo a la del Partido, al tener lugar una estrategia que tiende a promocionar los talentos y a establecer ciertos límites a los corruptos militantes e incompetentes y un proyecto de destino del país. La fuente de este movimiento no es el gobierno, sino en realidad la generación joven que aspira a una cultura de consumidor, cuya imagen desde hace mucho tiempo ha cruzado toda censura.

 

La disminución de la fiscalización gubernamental sobre miles de empresas chinas creó un estructura de comercialización más flexible y moderna. Es cierto que se han eliminado los controles de precios permitiendo que el sector privado produzca más de la mitad de la producción industrial china, pese a la ausencia de una privatización masiva de empresas estatales, pero el país no ha estabilizado o garantizado su abastecimiento energético y muestra un déficit fiscal demasiado elevado.

 

La política oficial ha sido la de captar a las grandes firmas multinacionales; sin embargo, el grueso de la producción mercantil de calidad es generada por las empresas medianas, pero aún no se ha estructurado una infraestructura de apoyo a las medianas y pequeñas empresas, las cuales no sólo son las proveedoras de las multinacionales allí presentes sino que representan al sector más dinámico y que más rápidamente crece. Estas firmas pequeñas se fundan con capital del país que incluye préstamos de parientes y en su casi totalidad son muy rentables.

 

Las principales compañías industriales y tecnológicas son todavía de patrimonio estatal primordialmente. Si bien siguen ineficientes y dependen de préstamos subsidiados por el gobierno, representan el grueso de la producción industrial avanzada en la nación, cuentan con una sobresaliente capacidad de investigación y desarrollo y vuelcan los mayores recursos para importar tecnología.

 

La división de la población en “urbana” y “rural” fue una clasificación que estableció la anterior economía de plan, fijando identidades sociales disímiles entre ambas, como el abastecimiento de alimentos, el empleo, el bienestar social y diferenciando a ambos grupos en lo político, en lo económico y en los derechos sociales, al tiempo que restringió su libertad de elegir lugar de residencia, cónyuge y puesto de trabajo. Estos patrones provenientes de otra realidad, siguieron obstaculizando en considerable medida.

 

Apertura sin cambio ideológico

 

El premier Li Peng fue uno de los principales opositores a las "zonas especiales" de Guandong, con sus economías de mercado, y presionó porque se eliminasen tales mecanismos de las mismas, expresando que afectaban las regiones restantes de la China que se hallaban bajo la rectoría del plan central económico. Pero, en el XV Congreso del Partido Comunista, que tuvo lugar en septiembre de 1997, el presidente Zemín se lanzó al ataque y enfatizó que era esencial reformar las empresas estatales, en vez de suprimir las zonas especiales, y que el desempleo tendría que ser una parte inevitable del proceso reformista.

 

Li Peng fue forzado a renunciar, para ser suplantado por Zhu Rongji, arquitecto del despegue económico y un elemento leal a Zemín. Zhu Rongji, el zar de la economía y de gran prestigio en Occidente por su postura reformista y por abanderar la facción liberal, vio ascender su estrella con el crecimiento del 12% anual del país y un PNB de $ 509,000 millones.

 

Rongji, de inmediato reconoció que la única manera de eliminar las incompatibilidades del sistema era hacer todo lo contrario a lo que había expresado Li Peng, avanzar hacia una sociedad libre, con un gobierno limitado, con Estado de Derecho y propiedad privada. La consumación de este plan de Rongji llevó a la reducción de un 50% del personal en el servicio civil y la abolición de 11 ministerios.

 

Rongji fue atacado por los militares que habían perdido sus empresas y por la nomenclatura partidista cuyas prebendas fueron quebrantadas por sus medidas. Ante los problemas de inflación y los escándalos financieros de Shangai, Rongji llegó a un acuerdo con la cúpula conservadora para enlentecer las reformas en el área de las empresas estatales y suavizar la disparidad económica entre las provincias costeras y el interior.

 

Con la muerte de Deng Xiaoping en febrero de 1997, Jiang Zemin, en su condición de presidente de la República, se convirtió en la figura indiscutible de la escena política china. Su mayor aporte y la clave para legitimar al Partido fue plantear que éste representaba a todas las clases del país, además de los obreros y los campesinos; definiendo así una tercera: las fuerzas productivas avanzadas, lo que entonces permitía acoger dentro del seno partidista e institucional a los empresarios y a la clase media.

 

Lamentablemente, la persistente oposición de un reducido pero vocal núcleo de nomenclaturistas conservadores y el temor a un desempleo masivo entre los trabajadores urbanos, con su secuela de tumultos sociales, llevó a descartar temporalmente la posibilidad de instituir medidas más generales de privatización y de reforma de los derechos de propiedad. El gobierno experimentó incesantemente con sinnúmero de planes para introducir nuevas transformaciones orientadas a aumentar la eficiencia de estas firmas estatales. Si la elección que China hizo tuvo que ver con la rapidez de su desarrollo económico, entonces la respuesta económica al problema que hoy padece es disolver las empresas incosteables subsidiadas por el Estado, pero el PCCh no quiere asumir el costo político de hacer algo así, y por eso la solución se ha dilatado.

 

Los empresarios estatales hoy gozan de mayor autonomía con la colaboración del Estado, pero eso no es suficiente. Tiene lugar, además, un afán de consolidación de empresas cooperativas para ver si por ese camino se agencia mayor competitividad. En las ciudades, la liberalización de la fuerza laboral facilita el ascenso y aumento de pequeñas y medianas empresas de comercio y de servicios, y los organismos que hasta ese instante se han encargados de manipular esta fuerza laboral, son disueltos.

 

Lo que se va dibujando es una organización política que está sirviendo como esquema organizativo conducida por una flamante clase media emergente. Así resulta que el proceso de crecimiento y democratización está impulsado por los nuevos gerentes, ricos y por la meritocracia, ahora partes de la organización sucesora de Mao y Deng. Aunque parezca una muestra de cinismo, todo eso puede ser un aporte notable para la transición pacífica hacia el futuro.

 

En realidad lo que imitan los comunistas chinos es lo que intuitivamente realizó la burguesía decimonónica al forjar un esquema en el cual no existió nunca “la dictadura del partido burgués” ni “el poder absoluto del partido burgués” que llevara adelante su revolución. Lo que implantó la burguesía en el siglo XIX fue una pluralidad de partidos o grupos o movimientos “burgueses” que, democráticamente en unos casos y violentamente en otros, llevaron adelante sus transformaciones por el mundo. De ahí que, en base a esta pluralidad “revolucionaria”, los comunistas chinos propugnen el engendro de la “dictadura democrática comunista”.

 

Las estrategias y decisiones económicas de la nomenclatura China aún son de tipo políticas, como mantener tasas de intereses a niveles artificialmente bajos. Este enfoque gradual hacia la transición ha sido costoso, al rezagarse la reforma macro-político, sobre todo en el sector de la micro-administración institucional y de los mecanismos de distribución, desatando una inflación que erróneamente se afronta con tradicionales medidas administrativas. Por eso se sostiene que es esencial para el crecimiento continuo de la economía china establecer un sistema legal transparente que proteja los derechos de propiedad, de tal manera que promueva innovaciones, progreso tecnológico, así como las inversiones domésticas y extranjeras.

 

El primer ministro, Zhu Rongji implementó un amplio proceso de reorganización institucional en el Gobierno y el Partido Comunista. La dispersión de los recursos económicos desde el centro hacia los gobiernos locales conduce a la descentralización del absolutismo político y al desarrollo del pluralismo y de la autonomía local. Aunque esta tendencia es poco pareja, puede transformar la estructura de la política nacional y crear controles y limitaciones efectivas que obren en contra del centro. Este hecho no deja de ser una fuente potencial de inestabilidad, con la advertencia de que un centro débil puede ser incapaz de evitar la ascensión de fuerzas centrífugas impulsadas por una autonomía regional cada vez mayor. Los gobiernos locales y provinciales se vuelven más  pro-activos políticamente, con el aumento en sus ingresos por concepto de recaudación de impuestos y la venta de bienes del Estado.

 

Emerge la sociedad civil

 

A pesar de la falta de limitaciones constitucionales explícitas y formales sobre el poder del gobierno, las innovaciones sucedidas han impuesto sobre dicho poder limitaciones políticas informales pero ciertamente efectivas. El creciente valer de la opinión pública y la exposición del ciudadano común a la práctica del principio del derecho, han fijado límites implícitos respecto al uso de la autoridad por parte del Estado. Este nuevo ángulo ha quedado ilustrado más vívidamente a través de la disminución, tanto en la magnitud como en alcance, de la represión política.

 

Lo anterior se manifiesta particularmente en las elecciones cuasi abiertas para elegir funcionarios locales. Estas elecciones gestan un número de líderes, particularmente en las aldeas ubicadas en las regiones más desarrolladas, quienes triunfan gracias a su competencia gerencial. También se eligen a los directivos municipales y departamentales con base en sus destrezas administrativas y no estrictamente por su lealtad al PCCh. Las cambiantes normas políticas sirvieron para alentar a los ciudadanos comunes para que hicieran valer sus derechos constitucionales. Cada vez más están recurriendo a los métodos jurídicos para defenderse contra el ejercicio arbitrario del gobierno. El número de procesos legales entablados por ciudadanos contra funcionarios y órganos estatales por violaciones de sus derechos civiles y de propiedad aumenta notablemente.

 

Una peculiaridad legal está emergiendo y los derechos de propiedad comienzan a ser respetados. Códigos informales de conducta comercial se adoptan para servir mejor a los consumidores y para optimizar la eficiencia del intercambio. La apertura de mayor práctica jurídica es importante, porque allana el camino del "gobierno por la ley" al "gobierno de la ley." El monopolio del Estado sobre el proceso legal, que hace de las cortes un brazo más del gobierno, se está transformando. La liberalización económica de China ha engendrado un sistema legal paralelo que eleva las perspectivas del gobierno de la ley.

 

Pero los ciudadanos, en sentido genérico, parecen mostrar mayor interés en aprovechar las oportunidades materiales creadas por este ascenso hacia una economía de mercado que por librar una costosa contienda contra el gobierno para lograr la liberalización política (algo ajeno a su tradición histórica), una perspectiva que hace poco atractiva la alternativa democrática.

 

Esto se debe en parte al hecho de que la dirigencia efectivamente logró obviar los disturbios sociales, económicos y políticos que se materializaron en la Europa del Este y en la antigua Unión Soviética, tras el colapso del modelo comunista. La decisión de adoptar un sistema más democrático también puede verse obstaculizada por la formación de una casta burocrático-capitalista privilegiada dentro del régimen actual, la cual ha acumulado enormes riquezas por medios ilegales y continúa recibiendo cuantiosos ingresos en virtud de sus íntimas relaciones con el entramado autoritario.

 

En efecto, la realidad política y social en China es más compleja que lo proyectado por la prensa, la cual sólo describe las amplias campañas de terror realizadas con el beneplácito del Estado, en contra de la disensión política. Es cierto que el gobierno ha emprendido periódicamente medidas más enérgicas contra personas cuidadosamente seleccionadas, tales como los disidentes prominentes que procuran formar coaliciones con los trabajadores desafectos de las empresas estatales. Sin embargo, no puede negarse que los efectos liberalizadores de las fuerzas del mercado sobre el sistema político se manifiestan más claramente en áreas claves.

 

Sin llegar al tipo de democratización reclamada en la plaza de Tiananmen, el comunismo chino emprendió pasos en la aprobación de un cambio en la Constitución, por el cual estableció la protección legal bajo la ley de la propiedad privada. El país no está a favor de una ideología sino por lo que funciona y convenga. Sus empresarios son los primeros en solicitar leyes comerciales modernas y cortes imparciales.

 

 Aquellas regiones no integradas al sistema financiero internacional exigen más moderación y piden a gritos ser receptivas también de la ola de inversiones. Así, el gobierno central en Beijín sostiene dos caballos que corren en dirección opuesta. Es por eso que surgen dos modelos geo-políticos plausibles: el regreso a la planificación central bajo la cual los problemas económicos se manejen sin ambigüedad o aceptar una división entre las provincias de la costa y las del interior, con la debilidad de la autoridad central y un período de regionalismos, que curiosamente ha sido la constante en toda la historia de China.

 

En el 2004 se trató de promover mucho más a las firmas privadas y a otros sectores económicos de propiedad no pública, para crear oportunidades de empleo a favor de los campesinos y, a la vez, proporcionarles servicios públicos y fondos sociales, hacer que la industria realimentase a la agricultura y que la ciudad le prestase, reduciendo gradualmente el impuesto agrícola hasta lograr su abolición final.

 

Esta economía de mercado mejoró el nivel de la mujer china, representando para ellas un "boom" económico. La emergencia de pequeños negocios en las aldeas emplearon a millones de mujeres, expandiendo sus oportunidades Mientras millones de hombres se marcharon a las ciudades en busca de empleos, las mujeres generaron más de la mitad de la producción agrícola china, dominando la ganadería.

 

El despegue económico

 

Las bases del sistema económico fueron sustancialmente alteradas para la construcción del “socialismo con características chinas”, que exigió, entre otras cosas, la existencia de la propiedad privada de los medios de producción, una menor rigidez planificadora y el ensanchamiento de la economía de mercado, así como contratos de trabajo remunerados de acuerdo con la producción, facultando que las empresas públicas compitiesen en el mercado abierto.

 

Aunque China enfrentó las tareas de vender sus empresas estatales no rentables, de conformar un sector bancario eficaz y un mercado de capitales, así como poner en marcha una válida ordenación fiscal, los logros que registró en términos de la liberalización de su economía, no tuvieron precedentes la expansión del intercambio comercial con el Occidente y el aumento en la tasa de crecimiento, sobre todo por la productividad de la industria. Pese a la ausencia de una privatización masiva de empresas estatales, el país apreció un aumento vertiginoso y espontáneo de firmas privadas y semi-privadas, principalmente aquellas que operaban en aldeas y poblados.

 

La propiedad privada calificó como un componente importante en la «economía socialista de características chinas. Ello significó el reconocimiento del sector privado con acceso al crédito bancario y a los mercados de capital, así como la remoción gradual de la legislación discriminatoria. Ello forjó empleos, mejoró el nivel de vida y modernizó el aparato productivo con la importación de nuevas tecnologías. En el caso de la agricultura el énfasis se centró en los sectores cooperativos y privados. Al prescindirse de los controles de precios que atañían a casi todos los productos de consumo y al núcleo de los bienes manufacturados, las empresas estatales quedaron libres para agenciarse parte de sus suministros y disponer de una porción de sus productos en el mercado.

 

En los centros urbanos, esta reorganización del comercio ocasionó un rápido florecimiento de los negocios privados y de carácter familiar, como restaurantes, casas de té, hostales, estudios fotográficos, sastrerías y todo tipo de servicios de reparación y mantenimiento, unido a la reapertura de las plazas rurales para los géneros excedentes.

 

Pero, la economía China no da muestras de desacelerar y sube como la espuma, revelándose los primeros e indeseados cuellos de botellas en el mercado laboral. Hay cierta escasez de mano de obra calificada en las zonas costeras y en los núcleos urbanos, como derivación de dos fenómenos: la ausencia de un plan de formación profesional y el acelerado desarrollo, ingrediente que ha conminado a muchos jornaleros agrícolas poco calificados, a buscar empleos en las comarcas más prósperas. Además, existe un tercer inconveniente: los empleados cambian de colocación con demasiada premura. La solución tendrá que buscarse en el propio mercado chino, que es muy vasto.

 

Las reformas de Deng Xiaoping, Jan Zemín y Ju Jintao, garantizaron la supervivencia del régimen comunista chino, a diferencia de las que llevó a cabo la ex Unión Soviética que precipitón la rápida desintegración del modelo en 1989-1990. Lo curioso es que ambos regímenes establecieron una liberalización relativa de la economía con el fin de ganar en competitividad y productividad. Se concedió cierta autonomía empresarial y se permitió la propiedad privada de ciertos medios de producción. El mercado fue reemplazando el papel del Estado como apropiador y redistribuidor de bienes y la mano de obra fue liberada para servir las necesidades de las empresas.

 

Entonces ¿cuál fue la gran diferencia entre China y la Unión Soviética? El contraste se dio en un plano esencialmente político. En la URSS Gorbachev lanzó la glasnost que buscó la pluralidad política, la garantía de la libertad de expresión y el irrestricto acceso a la información estatal. Pero sus reformas económicas no fueron abrazadas por toda  la nomenclatura partidaria. Mientras que Nikita Jruschev y Gorbachev atacaron brutalmente a Stalin para legitimar los cambios, en China los reformistas lo hicieron a nombre del mismísimo Mao Zedong. En China, hubo perestroika pero no glasnost.