Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

 EL dilema del Islam ante la Democracia

 

El mundo árabe intenta hoy encontrar un apoyo, un anclaje y un consuelo, frente a los múltiples traumatismos que son su suerte cotidiana, en el retorno al patrimonio cultural y religioso. La ruptura de la experiencia nacionalista ha resultado en dos posiciones opuestas, como se ve en los últimos acontecimientos que sacuden ese territorio que va desde el Estrecho de Gibraltar hasta las islas Molucas.

 

Por una parte, la de las élites más abiertas hacia el mundo occidental, que hacen de la exaltación de los valores universales el soporte de un discurso racionalista, que ve la solución de la crisis en una occidentalización más radical, capaz de neutralizar definitivamente el fondo arcaico de la cultura árabe-islámica, responsable del fracaso; por otra parte, la de las élites más cerradas, como la de los jeques petroleros y sauditas, que hallan en la admiración y reevaluación de ese mismo fondo cultural el soporte de un discurso de autodefensa contra el sentimiento de impotencia, de humillación y de devaluación que está ligado al fracaso. Es, pues, en nombre de la especificidad, de la autenticidad y de la diferencia que este discurso rechaza los valores universales o la noción de universalidad de los valores.

 

El moderno islamismo, que es sin duda la forma más desarrollada y grandiosa de esa lógica de superación de la realidad por su negación intelectual más que por su transformación efectiva, es, entre todas las manifestaciones de la crisis que se ha desatado, lo que más llama la atención y atrae el interés de analistas y políticos. No sin razón, pues la corriente islamista, en su rechazo fundamental al proyecto intelectual de la modernidad, es quien mejor expresa el fondo de la crisis y reagrupa, por consiguiente, a la mayor parte de los elementos de oposición en el seno de las sociedades árabes actuales. En realidad, el movimiento nacional árabe, en sus múltiples formas históricas -modernismo islámico, nacionalismo (árabe, entre otros) y socialismo (o desarrollismo)-, ha sido, esencialmente, un movimiento modernista, sometido a la hegemonía de la ideología y de la ética occidentales.

 

La idea principal era que la integración en el sistema internacional, así como en la civilización contemporánea, pasaría necesariamente por la modernización, tanto del pensamiento como de la realidad árabe. El hecho de que ese modernismo haya desembocado en un fracaso, como se ha visto en Egipto y Libia, explica la manera en que fueron automáticamente puestos en tela de juicio los principios y valores que lo inspiraban, o que más parecían inspirarlo: el nacionalismo, el occidentalismo, el laicismo, el socialismo y hasta el desarrollo.

 

Es más: al haber sido asociados estos valores a los actuales poderes, la oposición social procedente de la sociedad civil interconectada por facebook, -que constituye un elemento fundamental de la crisis del Estado y de la economía- tiende a reflejarse, o a concentrase, en los discursos e ideologías que más parecen apartarse de las clases dirigentes. Eso es evidente en el hundimiento de las corrientes laicas, o más bien no-religiosas. El fundamentalismo islámico no crea esta situación de crisis, no hace más que aprovecharla y explotarla; de ahí el cuidado que debe tenerse al valorar estos estallidos, que si bien legítimos son débiles en estructura.

 

En realidad, y muy contrariamente a las ideas generalizadas acerca del conservadurismo intrínseco de los árabes o de los musulmanes, se ha demostrado que en ello hay un radical cambio de perspectiva; porque es la primera vez en la historia del pensamiento árabe moderno que la reivindicación de la identidad tiene prelación sobre la de la modernidad, incluso la de la occidentalización.

 

Para los fundamentalistas islámicos de la Hermandad Musulmana, por ejemplo, no se trata de retirarse del mundo moderno. Su tesis central es movilizar la tradición y el patrimonio para alcanzar más rápidamente y más hábilmente el control total del Estado. Es la reconversión del movimiento de cambio y transformación de la sociedad árabe en un movimiento musulmán, que se inspira en los valores del Islam y se basa en sentimientos de fraternidad y solidaridad, al parecer vividos. Es ahí donde el concepto de identidad se impone como el núcleo central de una ideología que pretende ser islamista, pero que es básicamente una ideología de oposición política, de protesta social y de revisión de los parámetros fundamentales de la sociedad que pretende instaurar un sistema que se debate entre los conceptos modernos de gobierno y la imposición de estructuras arcaicas y retrógradas, como las presidencias vitalicias, o los emires monárquicos, que frenan el desarrollo de la sociedad y la regresan a un pasado medieval.

 

El problema entonces es que la conjunción entre, por una parte, la impotencia de los equipos árabes dirigentes (no importa si laicos a lo Mubarak o teológicos a lo Saudita) para aceptar los múltiples desafíos políticos y estratégicos, el estancamiento de las políticas de desarrollo y el recrudecimiento de la represión y de la arbitrariedad, y, por la otra, la combatividad de la tradición musulmana y su aferramiento a estructuras arcaicas favorece el peligroso crecimiento de las frustraciones y de las tensiones y refuerza las tendencias a la violencia, como se ha visto recientemente, con el peligro de la imposición de regimenes basados en cuantas interpretaciones de El Corán sean posibles.

 

¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO EN EL MUNDO ÁRABE?

 

Entonces, ¿qué está sucediendo, cómo interpretar esa ola de protesta? Hay que aceptar el factor de que a partir de una simple ideología-refugio, el islamismo se está convirtiendo en un catalizador de fuerzas sociales, reivindicaciones nacionales, demandas laborales, y demás, intereses tan diferentes como convergentes, que no pueden encontrar en ninguna otra parte marcos políticos e ideológicos más adecuados, ni estructuras partidistas o no gubernamentales para desarrollarse y afianzarse.

 

De mantenerse el status quo dictador-nacionalista, o el ascenso de los mulás, ayatolás e imanes, el fundamentalismo islámico continuará como una simple fuerza de negación, un marco de protesta política, entre otros, y no llegará a superar enormes desventajas políticas e ideológicas, que son, por lo demás, lo propio de todos los movimientos de rechazo, religiosos o laicos.

 

Pero, de todas maneras, el islamismo sólo se convertirá en una ideología popular, y, por lo tanto, dominante, en la medida en que se muestre más apto para favorecer el desarrollo y para llevar a cabo las tareas históricas que demandan jóvenes y mujeres en las calles y bazares, antes las que las ideologías modernistas se han revelado impotentes.

 

Todavía es prematuro juzgar el porvenir de esta ola de rebeldía, que aún no es una corriente ideológico-política, pero que hoy se presenta como el catalizador del descontento de las élites marginadas. Dado que carece de elementos básicos, tendrá que inventar la democracia musulmana, las estrategias de desarrollo y las políticas racionales, tanto regionales como internacionales.

 

Con anterioridad, la mayoría de las élites modernistas se unificó en torno a una sola y única consigna: poner obstáculos a los islamistas. En realidad, se trataba de las élites más cercanas al sistema -moral e ideológicamente-, que siempre entendieron como que tenían responsabilidades y un papel que desempeñar, ya sea dentro del Estado o en la oposición. Aunque sus intereses materiales o políticos muchas veces no eran respetados, o bien atendidos, estas élites tendían a criticar al sistema más bien por su izquierda y a exigir más radicalismo y oposición a lo que les parecía ser la causa principal del atraso y del fracaso de la modernización: el patrimonio tradicional y religioso.

 

Pero ahora esta intifada contra el Estado islámico abre nuevas opciones dentro del cuerpo magrebino y asiático. En la actual huída hacia adelante se abre la puerta a un discurso nihilista de rechazo al ostracismo de sí mismo, de rechazo a la auto-denigración y de oscurecimiento voluntario de la historia árabe y musulmana.

 

Así, esta rebeldía islámica halla su garante precisamente en un integrismo que no es anti-islámico, pero que es muy virulento contra “el poder”. En efecto, este integrismo logrado por medios de comunicación masiva sirve como plataforma de reunión, de superación de las oposiciones, contradicciones y conflictos que tradicionalmente dividieron a la élite modernista.

 

Así, comunistas, nacionalistas, baasistas, naseristas, burguibistas, mubarakistas, gaadafistas, etcétera, tras décadas de desgarramientos y destrucciones mutuas, no logaron integrarse en un solo campo, como el del actual movimiento anti-estatal y anti-tiránico. En este cambio del eje central de la lucha política, la laicidad no es el único de predilección: conjuntamente con el Islam es el punto de reunión de un conjunto heterogéneo, donde todos los gremios llamados "modernos" (mujeres, jóvenes, burócratas, intelectuales, opositores y leales, republicanos y monarquistas, conservadores a la saudí o “progresistas” a lo turco o a lo Al Jazira, o anti-arabistas regionalistas) se sienten solidarios.

 

El discurso del aislamiento religioso se ve desplazado por un discurso del concierto y de la solidaridad de una sociedad civil panislámica. En este contexto, todo parece indicar que la ideología radical árabe está sufriendo una verdadera mutación, donde sus valores del laicismo, es decir, del formalismo racional, se ven sustituidos por los valores de equidad, progreso, universalismo, unidad y nacionalismo.

 

Porque el modernismo árabe propugnado por Nasser, Sadam Hussein, Hamin Hafez, Gadafi y demás cayó en un peligroso empobrecimiento moral y político, cayendo en la tentación de la tiranía y la lógica de la ciudadela sitiada, exponiéndose más fácilmente, por lo tanto, a los ataques ideológicos y políticos de los islamistas.

 

Tal vez no existe una conciencia de que si aceptan recurrir a todos los medios de rebelión contra el Estado autocrático y desacreditar la única fuente de valor aún válida como para asentar un poder político legítimo, la democracia islámica, si se construye como posibilidad de coexistencia para corrientes políticas e ideológicas contradictorias o diferentes, corre el peligro de perder también el futuro, pues ya no tendrá base de principios sobre la cual poder vencer algún día a los fanatismos y construir la democracia.

 

LA CRISIS DE LAS ÉLITES

 

Lo mismo sucede con la actitud adoptada por la mayoría de los equipos dirigentes del orbe islámico, que pretende utilizar la consigna tanto del nacionalismo-dictatorial como de la teocracia de la Sharia para legitimar las políticas de exclusión, cuya aplicación se hace cada vez más costosa debido a la quiebra de la antigua mentalidad.

 

De ahí su incapacidad para recepcionar los pedidos de derechos humanos por parte de “la calle”, amén de intelectuales árabes u occidentales. Después del violento rechazo de lo que hoy Muamar El Gadafi considera una "contaminación intelectual burguesa" o una "simple arma imperialista", los derechos humanos son utilizados, cada vez más, por la vía indirecta de la rebeldía que exige ya el desmantelamiento de los aparatos de represión política e ideológica contra las masas y los tribeños desheredados.

 

En realidad, el objetivo de todos estos subterfugios, primero de los ex mandatarios Bourguiba-Mubarak, y actualmente por los mandatarios libio-yemenita-omaní, es evitar aquellas concesiones sociales, políticas y económicas que suponen el cambio urgente y las reformas inevitables, creando la ilusión de querer realizarlas. Es la misma lógica que mueve a los Estados a hallar subterfugios para la acción árabe común -indispensable para todo desarrollo coherente- en el montaje de Consejos de Cooperación superficiales, que no tienen otro fin que el de disimular las disensiones y divisiones políticas, cuando de lo que se trata es de resolverlas rápidamente, para desencadenar, sin perder más tiempo, el proceso de industrialización y de modernización, que ya ha tardado demasiado.

 

La evolución del vocabulario político no parece traducir un cambio de valores, sino un intento de maquillaje de los hechos y del sombrío porvenir que se niegan a ver. Por ejemplo, lo que expresan las teocracias de Arabia Saudita, Kuwait, los Estados del Golfo, etcétera, es la expresión de un desconcierto y la muestra de una claudicación que procuran ocultarse detrás de términos que se sabe a ciencia cierta que ya no tienen valor, pero que son conservados sólo para servir de pantalla a la conciencia de las duras realidades que atraviesan las masas islámicas.

 

Es, por otra parte, el motivo por el cual los valores y los ideales de la modernidad son rechazados por estas teocracias ahora cogidas de sorpresa y enfrentadas a una dinámica de renovación, de revolución, de intercambio y de comunicación extra-estatal, que no controlan. Al contrario, se enfrentan a ella, reprimiéndolas sangrientamente, como en Bahrein, como factores de desarticulación, oposición, desintegración y negación; siguen socavando tanto el pensamiento como la política árabe, y prolongan su estancamiento en la crisis, el repliegue en sí mismo y el antagonismo.

 

La evolución política del mundo árabe durante los últimos años arrastraba un fantasma desdibujado de las conferencias, de las noticias, de las prédicas… el fantasma de una constante progresión de las reivindicaciones democráticas por aquella enorme multitud de desplazados urbanos, de rechazados bereberes-beduinos, de juventudes sin destino social.

 

Sin embargo, la reciente ola por una renovación y orientación democrática dentro de lo islámico, aún sigue siendo muy frágil en todas partes, debido a dos razones esenciales. La primera es que esta protesta es todavía demasiado inorgánica, confrontada por un Estado represor, que sirve tanto más los propósitos del mercado internacional cuanto que no satisface las aspiraciones políticas y económicas de los pueblos empobrecidos y marginados. Incluso aparece, en algunos de sus aspectos, más como una impuesta readaptación a la nueva coyuntura que como una opción política detenidamente pensada. Pero aunque existiese la voluntad política, las condiciones organizativas o ideológicas vuelven el intento tan difícil como frágil.

 

La actual opción exigida por el grueso de las poblaciones islámicas refleja mucho más el debilitamiento ético del Estado, debido a su fracaso y a la ausencia de verdaderas alternativas históricas, que la emergencia y renovación (en cohesión y maduración) de la sociedad civil. Por eso, la concepción de esta democracia en su inicio no va más allá de un cierto pluralismo, que constituye su aspecto más determinante en la medida en que abre las puertas de la participación en el poder, directa o indirectamente, a las élites apartadas. Pero este aspecto sólo habría suscitado muy poco entusiasmo si las sociedades árabes no hubiesen sido traumatizadas, durante las tres décadas precedentes, por el poder absoluto del partido único o de la petro-cracia.

 

La pregunta que se plantea a propósito de la transición de la sociedad cuartelaría árabe hacia una más plural es saber cómo transformar esta orientación coyuntural de rebeldía en una opción consciente, asentada en sólidas bases económicas, políticas y sociales. Ahí es donde se plantea la cuestión del reagrupamiento regional a nivel del conjunto del mundo árabe como una de las condiciones esenciales de un desarrollo autónomo y sostenido, que es, a su vez, la única garantía de una evolución social y política equilibrada y pacífica, es decir, más moderna.

 

A este propósito, es útil distinguir que el pluralismo político que se exige es el de una mayor movilidad social y circulación del poder político de la riqueza nacional. Porque no es exagerado decir que el sistema supuesto de “representación”, a lo tunecino o yemenita, oculta el de sociedades dependientes al monopolio histórico y social del poder y del haber, haciendo de la clase dirigente, proveniente de los cuarteles o de las mezquitas, una especie de casta cerrada.

 

Las revueltas populares transformadas en movimientos políticos siempre extraen su fuerza y su legitimidad precisamente del papel fundamental de la violencia en la redistribución de una riqueza y de un poder que el sistema establecido, independientemente de sus estructuras formales, condena al estancamiento. En este sentido, un poder pluralista, nacido de una rebeldía popular, es mucho más democrático que un sistema de “representación partidista formal”, a lo Baas sirio-iraquí, o a lo Iztiqlal tunecino, en la medida en que permite la democratización de la educación, de la práctica política, del consumo, etcétera, como fue el caso en la época de las grandes revoluciones nacionalistas o populares de Europa.

 

EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

 

En realidad, tenemos que entender acá en Occidente que no sólo el liberalismo democrático tiene la prerrogativa de la libertad y la igualdad; ellas están también inscritas en las estructuras pluralistas. La experiencia histórica moderna en los países árabes muestra que las elecciones no reflejan necesariamente una igualdad de posibilidades reales, una participación efectiva en la vida pública, la constitución de una solidaridad nacional. Incluso hay Estados que han practicado el electoralismo, como Argelia, Túnez, Egipto, Yemen, y el cual, esencialmente, refuerza la represión. No producen libertad más que en la "cantidad" necesaria para garantizar la reproducción del sistema de opresión, es decir, el mínimo vital para la cohesión de la minoría que se ocupa de ello.

 

Lo que se busca es un medio por el cual se logre el ejercicio de las libertades; es decir, por una parte, participación real en la toma de decisiones, y, por la otra, igualdad efectiva de posibilidades y, por lo tanto, integración nacional, estando ambos aspectos completamente ligados entre sí. En este caso, el problema fundamental de la democratización ya no es cumplir con el montaje de una fachada de pluralismo, sino saber cómo emerge tal sistema en la historia, cuáles son sus fundamentos reales y en qué condiciones es la encarnación directa del régimen de libertades y no enmascara el estancamiento del poder y la reproducción de las mismas relaciones y jerarquías tradicionales que son contrarias a la integración nacional y a la igualdad.

 

En el caso de Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Siria, Pakistán, etcétera, el electoralismo supuestamente “plural” se convirtió en terreno propicio para el conservadurismo, teniendo como consecuencia, en los países petroleros, la permanencia del arcaísmo tribal.

 

Si por "democracia" entendemos un sistema de multipartidismo, tanto la historia árabe como su tradición y cultura política no parecen oponerse a ello de una manera intrínseca. Todo lo contrario, las tradiciones imperiales se prestan a ello espontáneamente. En todo caso, esta historia no es más absolutista que la historia europea u otra; pues todas las tradiciones políticas de las sociedades pre-modernas se inspiran en los mismos valores y obedecen a las mismas estructuras.

 

En cambio, si por "democracia" queremos decir mejor circulación y distribución de los poderes políticos y materiales, es evidente que los regímenes nacionalistas (en la práctica monopartidistas) no contribuyeron a una verdadera revolución de las racionales y estáticas jerarquías sociales provenientes del medio tribal y, por lo tanto, al desbloqueo sociológico, a la emergencia de nuevas capas, más motivadas y vigorosas, aun cuando más tarde hayan conducido a reproducir una nueva jerarquía social no menos portadora de bloqueo.

 

Pero, no obstante, es verdad que la asunción de las élites militares del poder, facilitada por el Estado nacional en la posguerra, constituyó un importante y fundamental paso hacia la integración nacional, hacia la participación política. Que esta asunción haya desembocado en la ruralización de la ciudad y en la degradación formal de la cultura política no disminuye en nada el carácter positivo que puede desempeñar el Estado laico.

 

La democracia sólo puede tener sentido y ser un criterio de legitimación real en la medida en que pueda comprobarse que el pluralismo político se ha convertido en una fuente de ejercicio efectivo de las libertades, no de electoralismo, como ha sucedido en los regímenes nacionalistas del mundo islámico de posguerra, o como sucedió en la Europa “democrática” del siglo XIX, con territorios coloniales, o la de Estados Unidos en ese siglo con esclavitud y negación del derecho de voto a la mujer. Es decir, sólo tiene sentido cuando se torna en sinónimo de igualdad, de movilidad social y de franca circulación del poder; y ello es lo que pide la calle hoy en el mundo islámico, y ello es lo que no han entendido estas élites cerradas, tanto castrenses como petro-oligarcas.

 

En este caso, el criterio que hay que utilizar para medir el progreso de la democratización de una sociedad no se limita a contar el número de partidos o seudo-partidos políticos que han sido legalizados por el sistema. El Egipto de Hosni Mubarak, o la Libia de Gadafi presentan legislaturas con “multi-partidos”, al igual que disponían muchos países del ex bloque soviético.  El criterio más bien radica en el grado de realización efectiva de esa circulación del poder y de las élites a través de las diferentes clases sociales, y en la efectiva realización de la igualdad de posibilidades para todos los individuos.

 

El problema, entonces, es saber en qué condiciones la libertad que se exige por la ola de protestas puede convertirse en un valor primordial y directivo, que por sí mismo engendre los elementos necesarios para el mantenimiento de los equilibrios sociales. Y asimismo, por qué el “electoralismo plural”, incluso en la actual Afganistán o en el Irak post-Sadam, no produce automáticamente un régimen viable de libertades, y apunta hacia el estancamiento tribal.

 

La actual experiencia histórica de Europa occidental, así como la del extinto campo socialista, muestran que para hacer del pluralismo un sistema de libertad e igualdad hace falta que la sociedad tenga un mínimo de desarrollo coherente y constante. Por facilidad se piensa que la dictadura se explica automáticamente por la cultura política o religiosa. Aparte del error metodológico de tal análisis, en realidad se olvida que, por primera vez en la historia, hasta el beduino de los arenales más alejados sabe ahora, por su radio de transistores, o por su laptop, lo que ocurre en otras partes, lo que constituye, en si, toda una revolución cultural.

 

La idea de los derechos humanos, políticos, sociales y educacionales ha penetrado en todas las culturas políticas de las naciones islámicas. De modo general, a nivel de la capa civilizadora, la que es necesaria para el funcionamiento de las instituciones, es decir, de los valores fundamentales para instaurar la modernidad, tanto material como también intelectual y política, se tiende a subestimar la fuerza del nuevo mundo cultural.

 

La democracia, para llamar de alguna forma un concepto tan amplio y tan estrechamente explicado, es mucho más una recompensa para las sociedades que han sabido inventar soluciones eficaces y originales para sus problemas, que la simple aplicación de un principio político o la respuesta a una aspiración moral. Desde este punto de vista, es la culminación de un largo esfuerzo de ajuste y restablecimiento de los grandes equilibrios materiales, políticos, estratégicos, síquicos y culturales, es decir, el resultado de un proceso de constante progreso en la resolución de las contradicciones que, en todas partes y en todo tiempo, inmovilizan a las sociedades.

 

DEMOCRACIA Y DESARROLLO

 

La democracia no puede enfrentarse a los múltiples atolladeros económicos, políticos y culturales del actual mundo islámico, que inevitablemente conducen a la profundización de las desigualdades sociales, y, al mismo tiempo, crean los perjudiciales sentimientos de frustración, llevando al inevitable enfrentamiento. No es una solución fácil para una sociedad que se resiste a aprender los valores de trabajo, creatividad y solidaridad, ni para élites que desconocen el sentido de la responsabilidad, ni para poblaciones cegadas por el analfabetismo, la miseria y la lucha salvaje por la supervivencia. En pocas palabras: el régimen de libertad no tiene ninguna posibilidad de coexistir con un sistema que se muestra incapaz de atender el mínimo vital de las necesidades materiales y morales de las sociedades, tal como el que existe en el horizonte pan-islámico.

 

Para que la equidad en todos los órdenes (llámese si quiere democracia) pueda encontrar un terreno propicio en el mundo árabe quedan por llevar a cabo tareas fundamentales. Desde el punto de vista cultural e ideológico deben lograr la renovación de las mentalidades y dar vigor al impulso creador e inventivo de los intelectuales y responsables políticos; deben librarse de las desmovilizadoras y empobrecedoras oposiciones, injustamente creadas, entre el pasado y el presente, el patrimonio y la modernidad, la religión y la ciencia, y deben superar la dialéctica de la negación recíproca, del destructor antagonismo establecido entre el yo-árabe o musulmán y el otro-extranjero, entre la especificidad y la universalidad.

 

Desde el punto de vista político, la actual rebeldía exige una verdadera pluralidad, proceder a la revisión general de las estructuras del Estado, de volverlo más autónomo con relación a los intereses particulares y a los grupos de presión. A la modificación de las relaciones de poder; y a la instauración de equilibrios sociopolíticos más estables. Entonces, habrá que reinventar nuevas formas más eficaces dé organización de masas, influir en los comportamientos colectivos y superar el modelo autoritario y paternal-tribal de la autoridad aplicado en todos los niveles; y habrá que reconstituir las redes de solidaridad, autoridad moral y fraternidad, destruidas por siglos de encierro regionalista o de degeneración.

 

Desde el punto de vista económico, hay que frenar la peligrosa degradación de la situación, especialmente en los países no-petroleros y entre las juventudes y mujeres, y llegar a restablecer un cierto equilibrio entre la producción y el consumo, hoy afectados por la crisis financiera de 2008. Eso supone el éxito de la industrialización y la absorción real de las nuevas tecnologías y la emergencia de ciertas élites sociales comprometidas a empeñarse y a invertir en el país.

 

Nada perjudica más a estas sociedades que la claudicación moral de sus élites dirigentes (intelectuales o políticas), que, en vez de conducirse como responsables y depositarias de una nación y su capital material y humano, se colocan frente a ella como adversarias, y este es el dilema, por ejemplo de Argelia. Aplican la política más autocrática y autoritaria, despilfarran su economía, favorecen su saqueo, y se extrañan que su poder sea impugnado. En realidad, sólo procuran achacar la responsabilidad del bloqueo a sus pueblos para ocultarse a sí mismas su responsabilidad en su educación, organización y desarrollo. Por eso pensamos que el restablecimiento de las afinidades y relaciones entre las élites del poder y el resto de la población es uno de los problemas capitales del mundo islámico para la experiencia de modernización y progreso.

 

Estas condiciones no son fáciles de cumplir, aunque exista la voluntad política. Es por eso que la democracia, tanto en el mundo árabe como en otras partes, no es más que la continuación de la misma lucha histórica por la independencia, el desarrollo, la modernización y la libertad de todos los individuos. Debe ser entendida como tal. Representarla como un sistema de libertades prefabricado, a instalar acá o acullá, sólo puede perjudicarla. La lucha por la democracia, en efecto, no tiene posibilidades de avanzar más que cuando todos los interesados lleguen a interiorizar la idea fundamental de que toda parcela de libertad adquirida sólo podrá seguir siéndolo a costa de cada parcela de progreso arrancada a la miseria, a la desigualdad, a la claudicación moral y a los múltiples egoísmos o repliegues de carácter étnico, político, social o confesional.

 

Pero, más allá de las condiciones internas y subjetivas que exigiría la democracia en tal o cual lugar, hay que subrayar con fuerza los efectos que dependen del contexto internacional o de lo que cada vez más conviene denominar "campo de la política mundial". En realidad, tanto en el mundo árabe como en cualquier otra parte, el establecimiento de regímenes democráticos, aun pluralistas, ya no depende de las solas voluntades de los pueblos y ya no responde directamente a su conciencia o a sus voluntades. En la sociología política se adoptó la costumbre de vincular el predominio de regímenes despóticos o autoritarios con la ausencia de una supuesta tradición democrática eficaz en su seno y con sus estructuras segmentarias étnico-confesionales, comunitarias o regionalistas.

 

En otras ocasiones se habló del carácter uniforme de las culturas tradicionales, que favorecía el compromiso y excluía las posibilidades de oposición, y rechazaba, por lo tanto, el pluralismo y la contradicción creativa. Estas culturas, inscriben a la práctica política en el registro del paternalismo y del comunitarismo. Los intelectuales euroamericanos han hecho de la libertad y de los derechos humanos el criterio de diferenciación entre naciones, al insistir en el carácter occidental de sus conceptos, en oposición a las concepciones despóticas y tiránicas de las otras civilizaciones.

 

Se trata del mismo proceso tradicional que reduce el universalismo a un particularismo nacional. El problema que sigue -y seguirá durante mucho tiempo- planteándose acerca del pasaje islámico a la democracia no es saber si la libertad representa o no un valor universal (salvo que busquemos afirmar o confirmar, a través de ella, cualquier reivindicación de superioridad occidental), sino saber qué podrá significar exactamente el término “libertad” para poblaciones sometidas a los sistemas autoritarios, tiránicos, fuertemente apoyados por grandes potencias. En este caso, quizá se podría intentar discutir sin complejos ni voluntad de desvalorización, sobre las condiciones reales de promoción de la libertad a valor superior y universal. Entonces se sabría si las naciones que se acepta considerar como bárbaras son capaces de cortesía.

 

La explicación simplista de las dificultades que sufren los países islamizados para acceder al régimen de la libertad por el carácter de las culturas o de los patrimonios culturales-políticos es desmentida, primeramente, por la historia, que nos muestra que, con los actuales medios de comunicación planetaria, la cultura política y los valores sociales están, a pesar de las apariencias, mundializándose. Las aspiraciones a la democracia en esos países no son menos fuertes que las que hoy tienen todas las sociedades por el consumo y los productos de la civilización material. Ninguna cultura acepta, en efecto, hacer de la tiranía o del totalitarismo un valor positivo. Las élites pueden estar tentadas, en uno u otro momento por tales valores, pero, para adquirirlos, no tienen necesidad de hacer una retrospectiva de sus orígenes. Además, su cultura política está formada mucho más por la ciencia política moderna que por la ética tradicional o religiosa del pasado.

 

Ninguna de las sociedades que hoy adoptan la democracia heredó su sistema político directamente de su patrimonio cultural. Este sistema fue el resultado de largas y violentas luchas históricas, muy complejas, en las que los intereses de los grupos sociales se mezclaron, inextricablemente, con los intereses nacionales; en las que la cultura medieval se vio transformada; y en las que la autonomía estratégica de la que gozaba Europa pudo favorecer el establecimiento progresivo de un equilibrio de fuerzas, nacional e internacional, relativamente estable y definitivo, porque era reconocido por el conjunto de las naciones formadas en el continente.

 

El proceso de democratización de Occidente tardó al menos tres siglos para llegar a un resultado. Sólo estuvo definitivamente seguro del éxito desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y proporcionalmente a la transformación progresiva de las estructuras de producción, de la organización social y comunitaria, de la voluntad nacional y de las culturas tradicionales. Las tres naciones europeas que tuvieron más tardío acceso a la democracia, España, Portugal y Grecia, pronto comprendieron que el futuro de sus regímenes dependía de su integración a la Comunidad Europea, condición necesaria para un desarrollo económico y social armonioso y constante, sin el cual el régimen democrático corre peligro de ser todavía tan frágil como reversible. Lo mismo ocurre con Europa Oriental, que hoy atribuye la máxima importancia a la idea de la Casa Europea.

 

En cambio, son tres siglos de decadencia y de destrucción deliberada de los más profundos equilibrios sociales lo que explica, en gran parte, la fragilidad de las formaciones de la “periferia”, la incapacidad de las sociedades para ser dueñas de su vida, para desarrollar e inventar nuevas soluciones, y, también, el bloqueo y las múltiples crisis de las que son víctimas. En cuanto al mundo árabe, sus estructuras actuales no tienen nada que ver con las del pasado. Al contrario, en su contenido y funcionamiento son el producto de su integración (impuesta o libremente elegida) en el sistema de producción y de intercambio internacional, así como del papel que esa integración les ha fijado.

 

El mundo islámico conoció, en diferentes lugares y en diferentes períodos, regímenes parlamentarios más o menos pluralistas. Vio, a partir de fines del siglo XIX, un poderoso movimiento constitucional y liberal, que desembocó, a comienzos del siglo XX, en la creación de varios regímenes parlamentarios. La ideología liberal dominó, así, el pensamiento político árabe hasta los años cincuenta, momento en el que los regímenes parlamentarios resultaron menos aptos para contener a las nuevas y poderosas fuerzas de las clases medias, que la independencia había liberado. Pronto se transformaron en una traba para la emancipación política y, por lo tanto, en el blanco privilegiado de los movimientos nacionalistas. Estaban, pues, condenados a desaparecer, uno tras otro, en el entusiasmo y la euforia populares.

 

Hoy, como ayer, la máxima desventaja para el desarrollo de la democracia en el mundo árabe es la fragilidad de las fuerzas sociales que han salido a protestar masivamente, debida a la irregularidad y a la disparidad del progreso económico en el tiempo y en el espacio. Es a causa de esta debilidad que el Estado logró imponerse sobre ella como su garantía y su razón de ser.

 

Pero, así como esta situación conduce a la inversión en que la sociedad es devorada por su propio Estado, del mismo modo, el fortalecimiento del papel del Estado hace aún más difícil la cristalización y emergencia de fuerzas sociales hegemónicas (tribales, clánicas, militares, de intereses u otras) con las que podría contar la sociedad. La ausencia de tales fuerzas explica por qué la democracia en los países árabes aún sigue siendo mucho más el fruto del colapso de toda hegemonía posible que el resultado de la consolidación de una evolución profunda hacia la puesta en marcha de un nuevo proyecto de sociedad, capaz de convencer a las fuerzas políticas opuestas y de incitarlas a organizar su competición por el poder conforme a un modelo pacífico.

 

A la hora de los grandes cambios ideológicos y geopolíticos, como el que se inicia en 2011, a las sociedades de estos países les cuesta trabajo encontrar su camino y prever el porvenir. La ausencia de un movimiento de solidaridad internacional, suficientemente estructurado y unificado como para llenar el vacío y preparar la posible reorganización de las relaciones internacionales, deja vía libre a la cristalización de las aspiraciones más diversas y contradictorias. De este modo, las protestas actuales cobra más bien la forma de una multitud de negaciones y oposiciones, a lo étnico, a lo religioso, a lo regional; es el deseo de reinventar los espacios geopolíticos que son sus naciones específicas, para reforzar las posibilidades de un desarrollo equilibrado y constante.

 

La crisis del sistema financiero internacional se refleja en la crisis más aguda del orden nacional en cada país islámico y coloca a esas sociedades en el umbral de una nueva era de descomposición general. El continuo fracaso de las instituciones y organismos internacionales (ONU, OUA, Liga Árabe, FMI, BM, FAO, etcétera), no parecen apropiados para ayudarlas, propiciando la ruptura y el enfrentamiento que se avizoran, y cuyo alcance los gobiernos, cediendo a los habituales egoísmos de los Estados, aún miden mal.

 

Así pues, la consolidación del proceso de democratización del mundo árabe llama a una mayor toma de conciencia de los problemas planteados y de las desventajas y bloqueos, tanto intelectuales como materiales, que hay que tratar. Pero lo esencial es que la democracia no puede existir, y nunca pudo existir, en países que no tienen ningún dominio de su propio entorno y devenir. El Estado que sólo existe gracias a la inercia de la historia, es decir, que no tiene nada que reinventar o crear, no puede engendrar las libertades y, menos aún, la igualdad y la dignidad, de las que depende la democracia con total equidad.

 

Sólo la superación de las contradicciones, de las divisiones tribales, de los conflictos fronterizos, podrá crear las condiciones de un efectivo dominio de sí, es decir, liberar, en el seno de los pueblos en crisis, las fuerzas morales de creatividad, dignidad y sociabilidad indispensables para dar al Estado una profundidad y densidad política y moral capaz de hacer de él el centro de lo político. Porque es la degradación de la idea misma de Estado islámico lo que explica la fragilidad de los poderes ante las actuales protestas, y la multiplicidad de los trastornos en estos países.