Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

EL DIFERENDO ÁRABE ISRAELÍ: DESDE 1948 HASTA HOY

 

Parte IV: La Guerra de Desgaste y La Guerra del Yom-Kippur (1973)

 

Después de la reelección de Nasser, en 1965, la política egipcia dio prioridad al conflicto con Israel. Pero su intento de un estrangulamiento económico a través de un bloqueo del Golfo de Áqaba fracasó durante el conflicto árabe-israelí (la “Guerra de los Seis Días”) de junio de 1967. Éste culminó en una nueva derrota para los países árabes (Egipto, Jordania, Líbano y Siria) y la ocupación por Israel de la península de Sinaí, la franja de Gaza, Cisjordania y el Golán sirio. El costo de la guerra agravó los problemas económicos de Egipto. Sólo la ayuda soviética impidió que se llegara a un colapso definitivo. Cuatro días después, Nasser presentaba su dimisión, pero hubo de retirarla ante las grandiosas manifestaciones en su favor que se convocaron a lo largo y ancho de los países árabes: “Tú eres nuestro guía y permanecerás mientras nosotros vivamos”, decían las pancartas.

 

El presidente Nasser se embarcó en lo que sería una sangrienta, prolongada e inconclusa guerra: la Guerra de Atrición, un intercambio estático de fuego de artillería a lo largo de toda la línea Bar Lev en el Canal de Suez que escaló rápidamente. Las Fuerzas de Defensa Israelíes llevaron a cabo varias osadas acciones, la más espectacular de las mismas fue la captura, sin sufrir pérdidas, de una completa instalación de radar de fabricación soviética. Cuando la Fuerza Aérea israelí comenzó sus ataques dentro de Egipto, Nasser, en su desesperación, solicitó a la Unión Soviética que proporcionara también tropas soviéticas aéreas y terrestres. Estados Unidos, temeroso de que esta intervención directa condujera a una confrontación nuclear, acordó con los soviéticos poner término a la guerra bajo la fórmula del Consejo de Seguridad (julio 1970) de cese al fuego. En estas acciones perecieron 1,424 soldados israelíes, entre el 15 de junio de 1967 y el 8 de agosto de 1970.

 

Las ocupaciones de la margen Occidental y de la franja de Gaza fueron consideradas en un comienzo, por los líderes de la OLP, como ideales para la resistencia armada. Los ataques terroristas no lograron, sin embargo, causar un impacto significativo. Por lo tanto, las organizaciones terroristas palestinas trasladaron sus actividades al exterior, secuestrando aviones y haciéndolos estallar. En un comienzo fueron tratados con benevolencia por las potencias occidentales. Después de todo, concernían sólo a Israel. Así, los actos de terror aumentaron en cantidad e importancia. La más espectacular y sangrienta operación terrorista fue la masacre de 11 deportistas israelíes en Munich, en los Juegos Olímpicos de 1972.

Entretanto. Egipto, en coordinación secreta con Siria, se preparaba para un nuevo asalto militar. Israel estaba consciente de estos preparativos pero consideraba que el presidente egipcio Anuar El-Sadat no se embarcaría en una guerra hasta no haber conseguido al menos una paridad o, al menos, una superioridad en el aire. Por ello, Tel Aviv ignoró lo que se anunciaba y estaba escrito en el muro.

Los estados árabes no intentaron reasentar a los palestinos, prefiriendo mantenerlos en campos de refugiados como un recordatorio público para el resto del mundo de la “injusticia” que significaba la creación del estado de Israel. Después de 1948, tanto los exilados palestinos como los que permanecían dentro de Israel adoptaron una política de acomodo a la situación. Los que se quedaron adentro aceptaron la política del estado israelí. En la década cincuenta los derechos palestinos sólo eran enarbolados por Egipto y un puñado de árabes en exilio.

 

Fue el presidente Nasser quien, el 12 de abril de 1955, fraguó la causa Palestina, al reunir en El Cairo a los líderes árabes de Gaza con vistas a organizar, entrenar, armar y financiar a los fedayines palestinos y cohesionarlos en una estructura militar que les permitiera luchar por un “hogar palestino”, batalla en la cual asumirían la vanguardia. Al-Fatah fue fundada por palestinos de las universidades de El Cairo y Alejandría, y estaba encabezada por un personaje anónimo llamado Yasser Arafat que predicaba el retorno a Palestina por medio de la violencia.

 

El jefe de la inteligencia egipcia en Jordania, el coronel Salah Mustafá, asumió el entrenamiento de 700 fedayines que pasaron su bautizo de fuego en agosto de 1955. Mustafá, que era amigo íntimo de Nasser y no ocultaba su admiración por los nazis, fue volado en pedazos en Jerusalén por una bomba escondida en las memorias del mariscal Gerd von Rundsted: The Commander and the Man, que había recibido por el correo. Fue por esa época que tuvo lugar la fundación de Al-Fatah donde participó Yasser Arafat. Arafat provenía de una familia de larga tradición de lucha anti judía; su padre y hermano habían combatido contra las comunidades judías en Palestina. Su clan tribal, el Hussein, había abrazado el credo nazi, apoyando al Gran Muftí de Jerusalén. En la década cincuenta, Arafat recibió entrenamiento en la Academia Militar de Egipto y devino en un experto en explosivos.

En 1956, varios grupos pequeños atacaron algunos puestos militares en Gaza. Por órdenes de Nasser, los comandos fedayines participaron en la guerra de Suez en 1957, donde fueron diezmados por los blindados israelíes. Para fines de la década, existía un semillero de pequeñas organizaciones en el exilio dedicadas a la lucha contra Israel. La “entidad Palestina”, como se llamó, devino en una realidad en 1959 cuando comenzó ser reconocida por los miembros de la Liga Árabe. En 1963, bajo el patronazgo del presidente Nasser, los principales grupos palestinos fueron forzados a establecer una alianza formal entre ellos e integrarse a una organización sombrilla, la OLP, que sería el brazo armado palestino. En teoría, por lo menos, estos grupos estaban representados en el Comité Central de la OLP y sus alianzas se mantendrían o debilitarían según la marcha de la situación política y militar de la lucha.

Los intelectuales palestinos de Beirut rechazaron a la OLP desde el primer momento por considerarla una extensión de los egipcios. Estos intelectuales palestinos –estilo George Habash- abogaban por una revolución marxista moderna que les ubicara a la vanguardia de las naciones árabes.

La OLP fue aceptada por la Liga Árabe en 1964, como una institución que agrupara y “encauzara” la beligerancia de las organizaciones de refugiados. Los principales grupos dentro de la OLP serían Al-Fatah, la más importante; la organización Saiqa, engendrada por Siria; el Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP) que llamaba por una revolución árabe para recuperar Palestina y estaba diametralmente opuesta a cualquier arreglo con Israel, Estados Unidos o la “reacción árabe”. El Frente Democrático Popular de Liberación de Palestina (PDFLP), uno de los contrarios más acérrimos de Arafat, se fundó en 1969 y nuclearia las tendencias marxistas. Esta sería la primera en proponer el establecimiento de una autoridad nacional Palestina en cualquier parte del territorio evacuado por Israel.

Arafat, conocido como “el viejo”, desplegaría una filosofía centrista dentro de la gama política Palestina. Doctrinalmente, expresaría su rechazo a todo lo que pudiese legitimar la presencia del estado de Israel en Palestina, desde la Declaración Balfour, el plan de partición de 1947, hasta Camp David. Los soviéticos, los cubanos, los sirios e iraquíes desempeñaron un papel importante en el desarrollo de la OLP como la organización terrorista con más recursos financieros, mejor entrenada, equipada con armamento moderno y múltiples bases y santuarios. Pero, en tiempos de crisis, eran los servicios secretos egipcios los aliados más firmes de la OLP. Más adelante, esta desarrolló lazos con Arabia Saudita y la Libia de Gadafi, recibiendo más recursos militares y financieros que las otras organizaciones palestinas rivales.

No fue hasta 1965 que se inició la fase moderna de los choques entre Israel y los palestinos, cuando el Al-Fath de Yasser Arafat propinó un golpe de mano dentro de Israel. En ese año, el mandatario sirio Amín Al-Hafez y sus servicios secretos concibieron el proyecto de unir varias facciones de activistas refugiados palestinos bajo una coordinada organización terrorista. El plan era brindarles entrenamiento secreto en sus bases militares -según la experiencia de los fedayines argelinos- para “expulsar a los judíos como los argelinos expulsaron a los colonialistas franceses del África norte”. Hasta 1967, Al-Fatah lanzó acciones armadas contra el territorio israelí desde Jordania y, a veces, desde el Líbano.

La Guerra de los Seis Días tuvo efectos devastadores en la militancia palestina, gran parte de la cual abandonó la lucha convencida de que era imposible derrotar militarmente a Israel. El error israelita fue no haber negociado con los árabes una paz regional con arbitraje internacional para devolver los territorios ocupados inmediatamente después de su victoria relámpago de 1967. La agenda “Palestina” se hubiese desinflado. Las comunidades árabes en Gaza y Cisjordania se hubiesen asimilado pacíficamente a Egipto y Jordania, y los refugiados palestinos en otros estados árabes hubiesen adoptado la nacionalidad de residencia.

Hasta 1967 el tema central en el área era el diferendo entre los estados árabes e Israel.  El tema palestino sólo era secundario. Cada estado árabe buscaba asegurarse una voz súbdita entre los palestinos para beneficiarse de la legitimidad poderosa que otorgaba su vinculación a la lucha Palestina ante los ojos de las masas árabes de sus respectivos países. Sin embargo, con la conquista de Gaza y Cisjordania en la Guerra de los Seis Días de junio de 1967, ya, no era posible obviar en lo adelante el dilema palestino al producirse una irreconciliable oposición binacional entre judíos y árabes.

Tras el impacto de la Guerra de 1967, los egipcios prácticamente abandonaron a los palestinos. Estos trascendieron las pugnas inter-árabes, reconsiderando su relación con el programa nasserista y baasista de la expulsión de los judíos y la unificación de todo el territorio palestino en favor de la variante de dos estados (uno judío y otro palestino secular y democrático) con una mayor militancia hacia la OLP y al Partido Comunista.

El terrorismo tuvo su empujón inicial en un puñado de organizaciones palestinas. Uno de los primeros en distinguir que la violencia islámica era la ola del futuro fue el cabecilla militar de la OLP, Khalil al-Wazir, el temible Abú-Jihad. La zona se enturbió aún más con el uso del petróleo como arma política, con la impronta errática del mandatario libio Gadafi y el desplome del Líbano como nación. Así, la emergencia del movimiento palestino de la OLP tras la Guerra de los Seis Días fue promovida por el deseo de compensar el funesto desempeño de los ejércitos árabes contra Israel. Con tal autodescubrimiento, las tensiones entre las organizaciones palestinas y los estados árabes se incrementarían desde entonces.

La OLP post Shukairy fue dominada por Yasser Arafat, quien inicialmente fue visto como un instrumento del mandatario egipcio Gamal Abdel Nasser. Pero, bajo Arafat, la política palestina lograría trasladarse de la periferia (el control de los países árabes) hacia el centro del consenso internacional. El balance de Arafat como líder palestino no sería del todo halagüeño. En verdad, supo maniobrar en medio de la sangrienta pugna intestina del movimiento para alzarse vencedor en la contienda como representante único de los refugiados y de los árabes residentes en Israel.

Por otra parte, si bien maltrecho, sobrevivió a sus choques con los regímenes árabes y supo moverse en las grietas de la alianza Estados Unidos-Europa. Después de la Guerra de los Seis Días en 1967, nefasta para los árabes, Arafat inició su lucha por lograr una autonomía de los mismos aunque con inflexiones políticas marcadas por quienes en cada momento han sido sus fuentes de financiamiento, la cuales no se han circunscrito a los países profesantes del Islam sunnita.

La organización Al-Fatah, en particular, era la más vociferante en su posición de no compromiso con Israel, rechazando la resolución de la ONU de noviembre del 1967. La OLP declaró la guerra a Estados Unidos por su apoyo a Israel, un país que desde su punto de vista no debería existir. Al-Fatah urgía al resto de los palestinos a presionar con la violencia y, en último extremo, acabar con Israel a través de operaciones clandestinas desde Jordania y Líbano. Los soviéticos vieron en las guerrillas un medio para acercarse al resto del mundo árabe y como instrumentos que podían servir a muchos de sus propósitos. Arafat, junto a George Habash y los más altos dirigentes palestinos asistieron a principios de 1968 a Moscú donde los soviéticos ofrecieron recursos y la experiencia de la KGB para iniciar nuevos campos de entrenamiento terrorista en Jordania.

Los soviéticos practicaron una política ambivalente entre Arafat y los estados árabes. Y una vinculación demasiado pública con Al-Fatah implicaba comprometer sus actuales ganancias con aquellos estados árabes a los que estaba armando. En los meses posteriores a la Guerra de los Seis Días, la Unión Soviética mostró su apoyo a los comandos guerrilleros, sobre todo en las acciones dentro de los territorios ocupados. A medida que Al-Fatah fue creciendo en prestigio al tornarse sus operaciones más audaces y recibir sustancial apoyo financiero de los árabes moderados del Golfo y Arabia Saudita, los soviéticos comenzaron a ponerle distancia expresando “simpatías por su resistencia” pero dudas con respecto a sus métodos para desbancar a Israel.

La violencia y el terrorismo palestino contra Israel adquirieron notoriedad a finales de los sesenta y principios de los setenta. La OLP comienza a recibir armamentos del ex bloque soviético y apoyo financiero de la región, transformándose en un enemigo peligroso para Israel. Varios grupos proclamaron su “independencia” de Arafat asumiendo la responsabilidad de los ataques terroristas pero los servicios secretos de Occidente sabían que se trataba de una estratagema para eximir a la OLP del repudio internacional.

La auto-determinación de Palestina fue aprobada por la ONU en 1969 y la OLP recibiría el reconocimiento de dos tercios de los estados del planeta como el representante legítimo del pueblo palestino pese a que Israel y Estados Unidos no lo han admitido oficialmente. La realidad política y no académica es que, mientras que los judíos europeos o norteamericanos adquieren automáticamente la ciudadanía israelí, el mismo mecanismo les niega ese derecho a los refugiados naturales de Palestina.

En marzo de 1968, la OLP obtiene su bautizo de fuego al ejecutar una acción independiente al sostener un prolongado encuentro con fuerzas regulares israelíes en Karamé, dentro de Israel. Poco tiempo después, los fedayines de la OLP habrían conformado prácticamente cuasi estados dentro de Jordania y el Líbano, con los cuales colisionarían.

El 22 de julio de 1968 el grupo del FPLP dirigido por Ahmed Jibril secuestró el vuelo Roma-Tel Aviv de la compañía israelita El-Al. El 26 de diciembre de ese año, la FPLP atacó nuevamente un avión de la El-Al en plena pista de vuelo en Atenas. En febrero de 1969 le tocaría el turno a otra nave israelí en Zúrich. En agosto, el comando palestino “Che Guevara” secuestró el vuelo de la TWA con destino a Lydda, desviándolo a Siria. El 29 de ese mes, una bomba de tiempo estalló en las oficinas de la ZIM en Londres. El 8 de septiembre, explotaron simultáneamente sendas bombas en las embajadas israelí de la Haya y Bonn. En noviembre 27, una granada detonó en medio de una multitud congregada en las oficinas atenienses de la El-Al.

Por toda Europa, los terroristas de la OLP se desplazaron para atacar cualquier individuo, entidad o instalación que representara a Israel. El número de secuestros de aviones en esos años pasó del centenar. La OLP negoció con algunos países europeos (Grecia e Italia) una cierta neutralidad operacional bajo el compromiso de prohibir a sus comandos que operasen contra ellos aunque de manera clandestina los utilizaron de madrigueras.

Tras bambalinas, la diplomacia soviética ejercía tremendas presiones sobre los gobiernos árabes para que controlasen y disciplinaran a las guerrillas de Arafat. En diciembre de 1969, en la conferencia de los jefes de estado árabes en Rabat, Arafat bloqueó la propuesta soviético-egipcia de una política árabe unificada hacia el problema Palestino. La visita de Arafat a Moscú en febrero de 1970 pasó sin penas ni glorias al ser atendido por funcionarios de segunda categoría.

Nasser quiso afrontar un nuevo proceso de radicalización de la revolución egipcia pero el 30 de septiembre de 1970 una crisis cardiaca acabó con su vida y truncó bruscamente sus proyectos. Alguien dijo que, más que resolver los problemas de Egipto, Nasser los había agudizado.

 

La Revolución del 23 de Julio -en su contexto de desarrollo y todo lo que trajo de transformaciones a todos los niveles- devino resultado de una etapa histórica, la posterior a la Segunda Guerra Mundial que dio origen a una nueva aspiración tercermundista, el diferendo en Palestina y la descolonización global a lo largo del Tercer Mundo. Asimismo, la revolución de Nasser enfrentó crisis militares como la guerra de Suez de 1956, la escisión de Siria en 1961, la guerra de Yemen desde 1962 hasta 1967, la Guerra de los Seis Días y más tarde la guerra de desgaste que desencadenó el ejército egipcio inmediatamente después de la ocupación israelí del Sinaí, Cisjordania, Franja de Gaza y las Alturas del Golán.
 
La política de Nasser estuvo encaminada a liquidar el viejo sistema feudal.; Así, inicia un período de modernización en seguridad social, con la gratuidad de la enseñanza a todos los niveles por primera vez en la historia de Egipto, la nacionalización del Canal de Suez y la construcción de la represa de Asuán. Su política panarabista se expresa en el reconocimiento a la lucha de los palestinos en la Cumbre Árabe de Alejandría de 1964 y la contribución a la liberación de Argelia.
 
El régimen nasserista descansaría en el poder de la institución militar y la de seguridad para desvanecer la democracia verdadera como principio y como institución. No puede calificarse la dictadura de Nasser como de corte nacional aislacionista, corrupta y sólo en función de la casta gobernante. Hay que destacar su lucha contra el extremismo islámico, contra la retrógrada herencia oscurantista con su pesada carga sobre las mentes y los corazones del pueblo árabe, lo que le valió la enemistad de los ulemas en todo el Medio Oriente. Pero, al hacer coincidir los intereses nacionales con los del mundo islámico (dividido en etnias y comunidades confesionales en pugna constante) y en especial con el hecho palestino y la guerra sin cuartel contra Israel, impidió que su movimiento político condujera a la institucionalización de un Estado de derecho, al multipartidismo y las libertades sindicales e intelectuales. Las luchas internas en las filas del poder, es decir, en el estado, ejército y la Unión Socialista, saltaron a la vista desde los primeros días tras la muerte de Nasser y el arribo de Anuar El Sadat al poder, reflejándose claramente en el golpe de Estado del 15 de mayo de 1971.
 

A fines de junio de 1976 fue secuestrado un avión de la compañía "Air France" por terroristas árabes y fue llevado hacia Entebbe, capital de Uganda. En Entebbe los secuestradores dejaron en libertad a todos los pasajeros menos a los 38 israelíes y la tripulación. Estos sirvieron como rehenes para demandar la liberación de 40 terroristas presos en Israel.

 

El gobierno de Israel comenzó negociaciones con los secuestradores pero, mientras tanto, el comando general preparó un plan para liberar a los rehenes. El gobierno encabezado por Yitzhak Rabín autorizó el plan con muchas reservas. Luego de una semana del secuestro, 2 aviones de carga aterrizaron en Uganda con fuerzas especiales israelíes. Desde el primer avión, salió un grupo especial de ataque en jeeps. Con gran agilidad y rapidez, tomó posesión del edificio en el cual estaban los rehenes, eliminó a todos los secuestradores y regresó a Israel con todos los secuestrados. En el segundo avión, había un coche Mercedes negro y, en él, un soldado disfrazado como el presidente de Uganda, que en esos momentos era Idi Amín Dada, para hacerles creer a los guardias ugandeses de que este apoyaba la acción. En esta operación murió Iony Netanyahu, jefe de la unidad especial que logró controlar a los secuestradores. Semejante éxito provocó en Israel un entusiasmo rayano al éxtasis.  Internacionalmente, creó la imagen de una nación con capacidad más que suficiente para proteger a sus ciudadanos de los ataques terroristas.

En el año 1969, Saddam Hussein planificó el asesinato de Arafat al descubrir que muchos miembros del partido Baas se adherían con más fervor al palestino que a su persona. Así, en ocasión del funeral del iraquí Iyad Abdel Kader, perteneciente a la resistencia Palestina, un carro presidencial se lanzó contra Arafat a la vista pública.

En 1970 Egipto aceptó el plan propuesto por el secretario de Estado norteamericano William Rogers de un cese al fuego por tres meses. Arafat acusó a Nasser por haber “capitulado” ante el plan Rogers. Con ello, apartó definitivamente la OLP de la protección egipcia con lo cual perdió, entre otras cosas, sus espacios de radiodifusión en Radio Cairo.

La confrontación con los estados árabes “hermanos” adquirió perfiles dramáticos cuando Arafat asumió la necia decisión de retar en Jordania el poder del rey Hussein. En septiembre de 1970, los palestinos bloquearon al ejército de Jordania la entrada del aeropuerto donde se hallaban los tres aviones secuestrados por los palestinos. Para colmo, los comandos palestinos de George Habash decidieron volarlos en una vergonzosa fiesta de carnicería. A punto de perder el control de todo su reino, Hussein, cuyos altos oficiales beduinos le imploraron les permitiese expulsar a los palestinos, ordenó a su Legión Árabe que actuase. La violencia con que Nasser reaccionó ante la feroz crítica de la OLP dejó las manos libres al rey Hussein de Jordania para actuar contra esta. El 15 de septiembre, la Legión Árabe arrasó los campamentos de refugiados y guerrilleros palestinos en Jordania ante la mirada impávida y el silencio de casi todos los países árabes, los mismos que durante decenios habían acusado al estado judío de cruel y genocida.

 

La lucha duró dos semanas, miles fueron masacrados y la OLP estuvo a punto ser liquidada, en tanto que Arafat se escapaba de Amman disfrazado de una mujer árabe. Este genocidio fue conocido como el Septiembre Negro. Los sirios, por su parte, dijeron estar decididos a ir en ayuda de los palestinos aunque se abstuvieron con el argumento de que Israel amenazaba con la intervención.  Esta guerra en Jordania significó el inicio del fin del poder de los fedayines palestinos en el mundo árabe. La Unión Soviética mantuvo una estricta neutralidad en este encuentro, reservando sus epítetos más duros para Israel. Los soviéticos esperaban suplantar a Estados Unidos como árbitro de las negociaciones de paz en el área y para ello creían contar con Sadat.

 

Por otra parte, el connotado terrorista argelino Mohammed Boudiá, seguido por el venezolano Ilitch Ramírez, conocido como Carlos “el Chacal” después, eran las cabezas en Europa de las operaciones del FPLP, el refinado poeta y novelista palestino Ghassan Kanafani figuraba como el cerebro planificador en los atentados terroristas, hasta que el 18 de julio de 1972, al encender su automóvil, una bomba israelí lo desintegró.

En memoria de la masacre de Septiembre Negro, se crea un comando homónimo encabezado por Mohammed Yussuf El-Najjar, segundo a bordo de Arafat.  Era simplemente una organización pantalla de Al-Fath entrenada y asesorada por la KGB, que para tal designio habilitó un poderoso centro de inteligencia en Chipre. Septiembre Negro instaló sus cuarteles de invierno en Suecia y Noruega, aprovechando el deslumbramiento de sus intelectuales y editores hacia el Tiers Monde, la “nueva izquierda” y la inefable ingenuidad y largueza financiera de sus gobernantes para con los refugiados palestinos. Era el criterio de Al-Fatah de que Israel podía ser derrotado si los palestinos desataban una inmisericorde e intensa guerra terrorista. Como venganza contra el rey Hussein, Septiembre Negro ultimó al primer ministro jordano, Wash-Fal, cuando salía del hotel Sheraton en El Cairo. Abud Abbas –Arafat en persona- realizó diversas infiltraciones armadas en Israel y cometió aventuras tan tenebrosas y estúpidas como el asesinato de Leon Klinghoffer en el Achille Lauro en 1985 y el asalto a las playas de Tel Aviv en 1990.

Las tácticas palestinas de terror acarrearon un contra-ataque no menos violento por parte de Israel. Después de la infame matanza de 11 atletas israelíes en los juegos olímpicos de Munich por facciosos palestinos, encabezados por Alí Hassan Salameh, Golda Meir delineó la estrategia de combatir el terror con el terror. El 9 de abril de 1973 Israel desembarcó un comando en Beirut que aniquiló casi toda la dirigencia de Septiembre Negro y de Al-Fatah. En los valiosos documentos incautados, se demostraba la estrecha vinculación de la KGB en todo el entramado terrorista y los planes palestinos para liquidar a los mandatarios árabes “moderados”. Israel les pasó la información a tales gobiernos que tomaron medidas contra Arafat.

Tanto en Jordania, Líbano y en otros sitios, la OLP utilizó la práctica de establecer sus mandos, cuarteles y depósitos de armas en edificios vecinos a escuelas u hospitales. Los choques sangrientos entre las facciones palestinas en Damasco, Beirut y Bagdad pasaban inadvertidos para los medios de prensa. Los palestinos Abú Nidal en Iraq y Wadí Hadad en Yemen del Sur, asesinos natos, montarían atentados contra los hombres de la OLP destacados en Europa tratando de abrirse paso a bombazos hacia el liderazgo de la OLP.

A raíz de los acuerdos del Sinaí en 1974 y 1975, la estrategia del canciller del Potomac, Henry Kissinger, descansaba en obligar a que cada país árabe afectado negociase con Israel de forma bilateral, evitando el pan-arabismo. De manera simultánea, en la comunidad internacional se hizo espacio a la idea de que correspondía a los palestinos negociar directamente el proceso de paz con Israel. De esta manera se eliminarían los papeles mediadores de Egipto como representante de los palestinos y de Estados Unidos como gestor de Israel. En 1974 alrededor de un centenar de naciones en la ONU aceptó a la OLP como el representante legítimo del pueblo palestino, abriéndole en teoría todas las puertas.

La política de los palestinos hasta 1967 se había movido paralela a las corrientes del universo islámico donde Arafat también había presidido las graves desgracias palestinas. Este nada quiso hacer para negociar la recuperación de los territorios perdidos en la Guerra de 1967 en la Orilla Occidental, Gaza y el Jerusalén oriental. Tras emerger como el primer movimiento político árabe, su dirigencia llegó a la conclusión en 1974 de que la Palestina árabe jamás podía ser recreada aunque consideraba que algún tipo de arreglo era posible con Israel. La lucha terrorista contra Israel, que no aportó una solución a la causa Palestina, dejó a la OLP prácticamente descabezada al desaparecer –salvo Arafat- gran parte de su dirigencia histórica: Ghassan Kanafani, Gamal Nasser, Kamal Adwan, Yusef Najar, Abul Walid, Abu Jihad, Abu Iyad, Abul Hol, etcétera.

Por vez primera en el Consejo Nacional Palestino de 1974 reunido en Rabat, la cumbre árabe aceptó a la OLP como representante del pueblo palestino y Arafat habló de aceptar un estado palestino en Gaza y Cisjordania. Arafat fue acusado de inmediato de capitular ante el sionismo. Luego de las conferencias del Consejo Nacional Palestino en 1977, la mayoría encabezada por la OLP confirmó su posición a favor del estado palestino en los Territorios Ocupados ante la feroz oposición de la minoría militante que argumentaba por la completa liberación del territorio, incluido Jaffa, Haifa y Galilea. Lo que inclinó la balanza a favor de Arafat fue la incorporación de la línea centrista de los palestinos de Gaza y Cisjordania quienes, para lograr la paz, se tranzaban por un mini-estado con fronteras comunes, intercambio regular y comprensión mutua.

Los palestinos han proyectado un nacionalismo árabe que no siempre les ha permitido preservar sus padrinos del mundo islámico. Todas las organizaciones palestinas sin excepción han resultado un dolor de cabeza. Entre otras razones, por el maridaje de la lucha Palestina con los numerosos movimientos opositores tanto en la región del Golfo como en el Creciente Fértil y en el África norte, desde los marxistas egipcios, los nasseristas, los grupos militantes islámicos hasta la miríada de grandes y pequeños partidos políticos indeseables, así como corrientes políticas herejes. La OLP contaba con un presupuesto abultado proveniente de las donaciones de palestinos residentes en los estados árabes rico, de Arabia Saudita, Kuwait y otros países petroleros. Con el mismo se cubrirían los servicios, la logística, el entrenamiento y los armamentos, así como la atención a casi un millón de palestinos. La OLP, así, se aburguesó y transformó en una burocracia que manejaría las organizaciones de estudiantes, de mujeres y sindicatos, sistema de escuelas, atención social y a veteranos, salud y abastecimientos.

En julio de 1977, el jefe del Mossad, general Hacka Hofi, alertó al presidente Menajem Begin de que el mandatario libio Muammar Al-Gadafi había infiltrado un comando palestino para asesinar al presidente egipcio. Los conspiradores palestinos fueron arrestados en El Cairo, posibilitando el viaje histórico a Tel Aviv de Anuar el-Sadat.  Éste quedó tan impresionado que determinó dar un paso más allá y concertó con los israelíes una alianza que perturbaría a enemigos y aliados pero que sin la cual el-Sadat no hubiera podido asumir su política de reconocimiento de Israel. Entre los acuerdos secretos de Camp David, se estipuló la cooperación de los dos servicios secretos más poderosos del área: el Mossad israelí y la Dirección General de Inteligencia egipcia (conocedor de todos los secretos de la OLP).

Este pacto de inteligencia desmanteló la OLP como una organización terrorista efectiva, marcando una catástrofe más formidable que el Septiembre Negro jordano de 1970 o el desastre libanés de la década ochenta. El grueso de la dirigencia política y militar de la OLP eran criaturas de los servicios secretos egipcios, los cuales tenían infiltrada esa organización mucho más que los israelitas. Esto fue en realidad lo que alteró el balance de poder regional y selló de un golpe la suerte de la resistencia armada Palestina. En los medios de inteligencia y del sub-mundo clandestino internacional, se supo por esta razón que Arafat había condenado a muerte a Sadat.

A principios de la década 1970, Israel no era el centro de atención de Estados Unidos a pesar de que los niveles de ayuda eran relativamente elevados. La pugna Egipto-Israel, la Guerra Fría, América Latina y Vietnam aún ocupaban las prioridades más elevadas. Pero, esta presencia selectiva del rol de los Estados Unidos en el mundo árabe se metamorfoseó en lo que sería sin discusión la presencia institucional más voluminosa y aplastante de un poder exterior en la historia moderna del Medio Oriente.

La década de 1970 vio emerger a Arabia Saudita como una fuerza política cardinal en el área dada su capacidad de dictar los precios del petróleo con la simple amenaza de abrir al mercado sus colosales reservas. Su entonces monarca, Feisal Abdel-Aziz, comprendió la necesidad de estabilizar el diferendo árabe-israelí para evadir cualquier peligro de que el radicalismo ideológico que estaba generando la lucha Palestina repercutiese negativamente en la legitimidad de su monarquía. Feisal decidió advertir a los Estados Unidos por medio del monopolio petrolero norteamericano ARAMCO -que explotaba el hidrocarburo de la península Árabe-, que su total alineamiento con Israel y menosprecio a los intereses árabes era una estrategia ciega que impedía concretar una solución negociada al diferendo.

Sería después del embargo petrolero árabe que Estados Unidos prestaría oídos a sus grandes empresas petroleras envueltas en el Medio Oriente. Pero ya era tarde. Con la nueva facultad árabe para esgrimir su petróleo como arma de presión política, las compañías petroleras occidentales ya se habían distanciado de sus gobiernos para no ser utilizadas como instrumentos directos de política exterior.

Tras la muerte de Nasser, lo sucedió el vicepresidente Anuar el Sadat, apoyado por el sector derechista del Partido Socialista Árabe fundado por aquel. Sadat puso en práctica la denominada infitah, una política de apertura con relación a Occidente y de desnacionalización de la economía egipcia. Además, el nuevo gobierno rompió relaciones con la Unión Soviética y comenzó a recibir ayuda económica y militar de los Estados Unidos. Sadat se aleja de los partidarios de una excesiva vinculación con la Unión Soviética y continúa la política panarabista, para lo cual proyecta la Unión de Repúblicas Árabes (Egipto, Libia y Siria), refrendada mediante un plebiscito en los tres países (1971).

Durante 1971 y 1972, Moshé Dayán trataría de razonar enfáticamente con la cúpula política israelí de que Egipto estaba dando pasos para una ofensiva militar en el Sinaí. A principios de 1973, era claro para muchos países europeos y los Estados Unidos que los egipcios y sirios se preparaban para la guerra. Ambos habían acumulado un enorme arsenal de tanques, aviones y cohetes soviéticos, quienes, con premura, ponían a punto las baterías antiaéreas de Egipto. Pese a todo ello y a las diversas alertas que recibía el gobierno de Israel, su dirigencia aún no estaba persuadida de las intenciones guerreras árabes. Aquella pensaba que sólo eran maniobras a gran escala, confiada de que la lección de 1967 había sido definitiva y que los árabes no se hallaban a la altura de una guerra electrónica.

En octubre de 1973, el estallido de la cuarta guerra árabe-israelí no sólo tendría profundas consecuencias en todo el sur arábigo sino que devendría en un hecho de repercusiones mundiales. Esta guerra, -precedida por sutiles pero intensas estratagemas y vaivenes tanto de egipcios y como de norteamericanos- fue desencadenada con vistas a alterar la situación militar en el área a favor de los árabes con el objeto de que Israel se aviniera a negociaciones e, incluso, al logro de un acuerdo de paz. La confusión que envolvió sus primeros momentos -así como la desinformación desplegada por egipcios e israelíes- no dejó entrever con facilidad los móviles finales que la precipitaron ni la naturaleza de los combates.

 

Estados Unidos nunca fue ajeno a los pasos de El Cairo, desempeñando un papel fiscalizador en la campaña para preservar el potencial militar israelí y evitar un peligroso desbalance de fuerzas en la región. Pese a ello, dos hechos escaparon a tan cuidadoso plan: la contraofensiva militar israelí y, sobre todo, la tormenta que se desató en el mercado del petróleo. Este conflicto detonó una crisis económica inesperada, elevó el petróleo al rango de material estratégico en la política internacional, aceleró la acumulación financiera de los productores árabes del crudo energético y alteró la balanza de fuerzas políticas en el Medio Oriente.

 

El general Yitzhak Rabín, jefe del EM del ejército de Israel durante la guerra de 1967 y ex-embajador en Washington, había referido ya en julio de 1973 que se estaba consolidando y cristalizando en los Estados Unidos una clara conciencia según la cual el mundo civilizado estaba autorizado a tomar por la fuerza el control de los recursos petroleros. Los expertos norteamericanos afirmaban cada día más abiertamente que si alguno de estos gobernantes medievales realmente aspiraba a poner en peligro el consumo de petróleo de centenares de millones de personas en el mundo civilizado, Occidente estaba autorizado a imponer el orden para impedirlo.

 

En febrero de 1973, Hafez Ismail, consejero principal del presidente egipcio Anuar El Sadat, se entrevistaba con el mandatario norteamericano Richard Nixon y su canciller William Rodgers. Es en esta reunión cuando comienza a tomar forma la estrategia de Sadat para acomodar la situación del Medio Oriente. Egipto había manifestado su disposición de un retiro israelí del Sinaí por etapas. Ello implicaba un verdadero peligro para el frente sirio de realizarse unilateralmente tal desmantelamiento. Sin embargo, los pocos días, dichas negociaciones fracasaban. Ello se debió a que Golda Meier, en su visita a Washington, declaró que solo discutiría con los árabes directamente y que tanto el Golán como Shahrm El Sheik no eran negociables. En dicha visita, Israel lograba, por su parte, la adquisición de otros 48 cazas "Phantom". Al presidente el-Sadat, solo restaba imponer las conversaciones por medio de las armas. 

 

Realmente, había mostrado una flexibilidad hasta entonces impensada por mandatario árabe alguno. Anuar el-Sadat había propuesto el reconocimiento del estado de Israel, la desmilitarización el Sinaí, la reapertura del Canal de Suez a todos los navíos del mundo -sin excluir los israelitas-, la aceptación incluso el control de Israel sobre Shahrm El Sheik o, en su defecto, permitir su internacionalización. Ya, en julio de 1972 había expulsado abruptamente a 20,000 asesores y técnicos soviéticos. Pero, así y todo, no había recibido respuesta alguna de Tel Aviv. Su situación interna, política y económica se mostraba cada vez más precaria. Los consejeros egipcios, liberados de la presión nasserista, aconsejaban al gobierno de Anuar el-Sadat, más receptivo a sus criterios, que no desencadenase la guerra. 

 

No obstante, el presidente egipcio se lanzó entonces a una peligrosa maniobra: anuló su amistad y propósitos de unión con Libia y reconstituyó por otro lado la alianza militar con Siria y Jordania. El-Sadat precisó al gobierno de Damasco para que definiera sus objetivos ante el nuevo y necesario conflicto: una guerra de pretensiones limitadas supeditada a las normas y rejuegos de la diplomacia, evitando un conflicto a fondo que pusiera en juego la existencia del estado de Israel. El Cairo logró convencer a Damasco de su estrategia pero el mandatario libio Gadafi respondió ante los pasos de Anuar el-Sadat con su "marcha sobre El Cairo", insistiendo en el plan de fusión con Egipto.

 

Ello no alteró la orientación asumida por el-Sadat, quien había decidido a prescindir de Gadafi aunque no del monarca Hussein II de Jordania con el cual el Rey Feisal sirvió esta vez de puente. El jordano aceptó el plan si bien decidió entrar en la guerra después de las primeras acciones cuando la aviación israelí perdiese efectividad, ya que su país carecía de cohetería antiaérea. Egipto aspiraba a que la obtención de éxitos militares con objetivos limitados y recuperar una parte de los territorios ocupados le permitiría luego negociar desde una plataforma más ventajosa la ocupación israelí sobre la margen occidental del Jordán y el problema palestino.

 

Estados Unidos veía en Sadat y su plan de una cuarta confrontación bélica con Israel -que no arrojara vencedores ni vencidos- la posibilidad de un equilibrio militar y político en el Medio Oriente, así como la de llevar a efecto una política de "restauración" en condiciones prometedoras y sin lesionar la seguridad europea.

 

Antes del estallido de las hostilidades, el ejército israelita contaba con 1,600 tanques, de ellos 850 veloces Centurión británicos remozados con un cañón de 105 mm y proyectiles con punta de tungsteno capaces de penetrar cualquier blindaje a dos kilómetros. Además, poseía 400 tanques M-48 -la sorpresa del conflicto-, alrededor de 150 blindados M-60 norteamericanos y 200 "T" soviéticos, capturados en 1967. Por su lado, Siria y Egipto duplicaban los ejércitos de tanques israelitas al contar con los T-54 y T-55 soviéticos. Este último estaba provisto con un cañón de 115 mm y un sistema de guía de rayos láser que superaba los carros israelitas y resultó ser el peor problema para su Estado Mayor.

 

Entre la famosa línea Bar Lev y el propio Canal, como barrera a los vehículos blindados, Tel Aviv había elegido un dispositivo defensivo consistente en dunas de arenas secas. Asimismo, los estrategas israelitas contaban con mantener el dominio del centro del Sinaí mediante operaciones aéreas desde el Mediterráneo. En cuanto a la profundidad, sólo tres pasos militares eran posibles en este desierto: Ismailía, Giddi y Mitla. Ante ello, los israelíes construyeron una pista donde se asentaba un segundo dispositivo: dos brigadas de caballería de 200 tanques dislocadas en forma tal que, según sus cálculos, eran capaces de enfrentar la acometida de una fuerza tres veces superior. Ciertamente, el terreno resultaba propicio para una gran batalla de tanques en veloz carrera y, para obtener la victoria sobre los emplazamientos israelíes, era obligado empeñar concentraciones masivamente superiores.

El 3 de octubre, tuvo lugar una larga reunión en Jerusalén de los ministros, los principales mandos militares y la inteligencia militar israelíes con la premier Golda Meier. Yitzhak Hofi, jefe de los ejércitos norte, expresó su ansiedad a los presentes acerca del reforzamiento sirio de su saliente delantero más allá de cualquier intensión defensiva. Sin embargo Golda Meier mantuvo su optimismo. Al día siguiente, dos días antes de la invasión, la CIA alertó al Mossad de que los árabes iban a lanzar un ataque en todos los frentes. Al día siguiente los soviéticos lanzaban al espacio un satélite espía, el Cosmos-596, que entró en una órbita que sobrevolaba a Israel.

Tras recibir la “autorización” de Washington para esta guerra limitada, Egipto se abalanzó a ella convencido de que, pocos días después, se impondría el cese del fuego. El 6 de octubre, día del Yom Kippur en Israel -la fecha más sagrada de la religión hebrea- se inundó con agua los arenales entre el canal de Suez y la línea Bar Lev. Un cuarto de hora después de iniciada la operación, los tanques egipcios franqueaban el Canal por diez puntos diferentes, consolidando luego las líneas alcanzadas con tropas de infantería que estaban guarnecidas con una cortina de fuerzas ligeras. El II y III ejércitos, por su parte, arrollaban las formaciones israelitas en varios lugares en la profundidad de la Bar Lev.

 

El Cairo ya había determinado los alcances del conflicto y la táctica se enmarcaba en las paralelas prefijadas. El objetivo era desalojar al enemigo de la línea Bar Lev. Los tanques y la infantería deberían maniobrar siempre sobre posiciones protegidas por la "sombrilla" de los cohetes antiaéreos soviéticos Sam-2 y Sam-3 que estaban emplazados en la otra orilla del canal para supuestamente paralizar los peligrosos cazas israelitas.

 

Sin dudas, el factor sorpresa había concedido la iniciativa y la ventaja material a los egipcios. Una brigada israelita, la 109, luego de perder 70 tanques, se había rendido. Setenta mil soldados, más de 600 tanques y un enorme arsenal de proyectiles antitanques guiados por rayos infrarrojos se encontraban en el Sinaí. Tel Aviv ocultaba los pormenores de la situación mientras sus sorprendidos jefes de divisiones, Ariel Sharón, Albert Mendler y Adam Gonein, no disponían de un plan de contraataque que arrebatase la iniciativa a los árabes.

Mientras, en el Sinaí, el ejército egipcio, después de cruzar impunemente el Canal de Suez, se hizo de la línea Bar-Lev, esa maravilla de fortificación electrónica. A continuación, se atrincheró en preparación de un asalto frontal en los pasillos del Sinaí y, luego, al corazón del país. La fuerza aérea israelí estaba paralizada prácticamente pues no podía proteger sus propias tropas so pena de verse expuesta a la barrera de cohetes soviéticos del lado egipcio. Las reservas no estaban movilizadas, los tanques se hallaban en sus parqueos, la línea Bar-Lev estaba custodiaba por novicios. El ejército regular se hallaba de pase para las festividades religiosas del Yom-Kippur.

El 7 de octubre, el conocido general egipcio Saad Ed-din Shahzli, veterano de los conflictos anteriores, participante en el conflicto congolés y en Yemen del Norte, y único héroe egipcio en la guerra del 67, decidió a su cuenta y riesgo sacar provecho de la sorpresa y la ventaja en medios bélicos. El general Shahzli determinó montar cuatro operaciones comando en helicópteros sobre Baluza, Bir Gifgafa, El Tasa y Shahrm El Sheij. Veinte batallones egipcios, la flor y nata de su ejército, fueron aniquilados en esta acción antes que pisaran tierra. El general Shahzli, más por su inconsulta decisión -opuesta a la estrategia de Sadat- que por el fracaso de la acción, fue reemplazado por el general Abdel Ghani Gamassi.

 

Simultáneamente, en el otro frente árabe, poderosas concentraciones sirias, tras hacerse de Gebel Sheij (Monte Hermón), se encaminaron al Golan. Superado con creces y tomados por sorpresa, el ejército de Israel enfrentó un feroz asalto sirio en el Golán. Cada tanque israelí debía enfrentarse a escuadrones completos de blindados árabes. Si no se detenía semejante acometida, todo el norte del país quedaría a merced del enemigo.

 

Siria, así, se abalanzaba sobre el Golán con un tercio de su poderío bélico, un imponente puño blindado de tres divisiones blindadas con 600 tanques y tres divisiones de infantería apoyadas con otros 300 tanques y cohetes móviles Sam-6. La penetración siria rodeó las defensas israelíes en todo el frente en tres cuñas divergentes: Ahmadiya, Khusniya y Rafid. La columna de blindados enfilada hacia Ahmadiya rebasó el Monte Hermón y, luego de quebrar los bordes defensivos delanteros israelíes, se orientó al sur, aislando Kuneitra y amenazando Bnot Yaakov. Su objetivo era unirse a la formación acorazada que adelantaba desde Khusniya para bloquear la vía que enlazaba Israel con el Golán.

 

De hecho, los planes sirios se lograban con rapidez aunque su desarrollo llevara implícito una escalada superior a la egipcia. Ante la enorme presión siria sobre tres vías, Tel Aviv determinó a sostener el puente de Bnot Yaakov toda costa. Ciertamente, la combatividad y táctica de los ejércitos sirios desconcertaba al mando israelí quien buscó desmoronar la determinación siria con bombas Napalm. Sin embargo, Siria no disponía en Golán de una "sombrilla" coheteril, ya que tales emplazamientos protegían la retaguardia y las poblaciones civiles. En Golán, se había empleado suficientes blindados como para desarrollar ciertamente "una de las más formidables batallas de tanques de la historia (probablemente superior a la del "Arco de Kursk") que algunas crónicas superficiales ubicaron en los amagos que tenían lugar en el Sinaí.

Durante 48 horas, lo que se interpuso entre el ejército sirio y la destrucción de Israel fue sólo la habilidad táctica del mayor general Yitzhak Hofi. Este desarrolló una brillante campaña defensiva hasta la llegada de refuerzos suficientes. Entonces, lanzó una contraofensiva que aniquiló las mejores unidades sirias en la batalla de tanques más grande después de la del arco de Kursk.

Sin haber sido superadas aún sus defensas fronterizas, Israel había lanzado todo el poderío de sus ejércitos contra el camino de Damasco consciente de que, antes de enfrentar cualquier duelo de aceros, resultaba indispensable lograr la supremacía aérea. Siria, por su parte, no estaba en condiciones de discutir la supremacía aérea israelí en el Golán so pena de perder sus cazas. Damasco sólo disponía de un camino para evitar que sus blindados en las inmediaciones del Golán fueran blancos fáciles de los Phantom y la artillería reactiva israelí. Siria estaba precisada a continuar a fondo su ofensiva y sostenerla hacia el sur en una vertiginosa "blitz" hasta las profundidades de Israel.

 

La guerra en este frente era hasta el momento el verdadero epicentro del enfrentamiento árabe-israelí. La contraofensiva sionista se adelantaba a las solicitudes norteamericanas ante el Consejo de Seguridad. Ante la inminencia de ver desbordadas sus fronteras, el martes 9 de octubre, Israel lanzó un ataque fulminante contra los modernos emplazamientos de radares libaneses que detectaban el vuelo de sus aparatos. Simultáneamente, desencadenó sobre el Golán todo su potencial aéreo para aniquilar los carros sirios. Además, atacó la retaguardia, arrasando el complejo petroquímico de Home valorado en 500 millones de dólares.

 

Pero, la neutralidad del monarca Hussein II impedía el acceso de los cazas israelíes por el corredor aéreo que desde el sur atraviesa Jordania. Siria había desplegado en este escenario sus reservas de cohetes Sam-6, difíciles de detectar. Al mediodía, los blindados sionistas no habían logrado hacer retroceder la masa de tanques sirios. Israel había subestimado el significado táctico de los nuevos armamentos defensivos soviéticos adquiridos por los árabes. Ese día, los egipcios se movieron hacia Al Kántara, Ismailía, y otro ejército de tanques se desplazó en el sur del Sinaí, en dirección a Shahllufa y El Kubri aunque evitando en todo momento una batalla frontal de carros, buscada incesantemente por el EM israelí. Sin embargo, esto sólo fueron amagos egipcios.

Durante 36 horas, Israel estuvo en el filo de la derrota, la primera y la última, seguramente seguida por un nuevo holocausto. En esas terribles horas, gracias a su preparación y la habilidad de sus mandos, un cuarto de sus fuerzas armadas logró contener a dos ejércitos árabes para, finalmente, desplazar al campo de batalla todas sus unidades y obtener una victoria imposible. Estados Unidos estableció un puente aéreo directo al Sinaí, proveyendo cantidades enormes de armamento moderno a Israel.

Al atardecer, se confirmaban los rumores de que había existido un acuerdo previo entre los presidentes Anuar el-Sadat y Richard Nixon. Cuando el tablero militar estuvo en peligro de alterarse a favor de Israel, Estados Unidos presionó a Tel Aviv para que aceptara el cese al fuego impuesto por el Consejo de Seguridad, justo en el momento que Egipto se encontraba en posesión de ambas márgenes del Canal y Siria en control del Golán. Ello les otorgaría a egipcios y sirios la igualdad de condiciones en las negociaciones que se entablasen con los israelitas. El 11 de octubre, Sadat puntualizaba que Egipto acataría el cese del fuego bajo control internacional, reabriría el Canal de Suez al tráfico internacional y promovería una conferencia de paz que incluyera a los palestinos. Asimismo especificaba que su nación no pretendía la "aniquilación" del estado israelí.

 

A pesar de haber arrebatado la iniciativa, Israel se desgastaba en ambos frentes sin que progresara con efectividad su contraofensiva debido a que su aviación no podía atravesar la cortina reactiva de los Sam-2, Sam-3 y Sam-6 en el Sinaí, Los cazas Phantom israelíes habían sido abatidos en sus vuelos rasantes ya que Siria había suplantado los bloqueados sistemas de radar en los Sam-6 por otros de micro-ondas que, de forma manual, guiaba los cohetes hacia su objetivo.  Esta ventaja no fue aprovechada por los ejércitos árabes. Por su parte, el EM israelí provocaba un avance árabe que les permitiera, embolsar sus efectivos, cortar sus líneas de aprovisionamiento y exterminarlo.

 

Washington, por su lado, precipitaba el rearme israelí, mientras los sirios asumían tenazmente la defensa en el camino de Damasco. Egipto sin embargo, no mostraba energías para desarrollar una ofensiva que tenía posibilidades de éxitos al centro del Sinaí.

 

El día 12, el Congreso de Estados Unidos situaba 2,200 millones de dólares a disposición de Tel Aviv, para impedir un "sustancial desnivel" en el equilibrio militar mesoriental. Al día siguiente, el monarca saudita, Feisal II, remitía un mensaje personal al presidente Nixon donde solicitaba que se complementaran las promesas contraídas con las naciones árabes antes del estallido de la "guerra del Yom Kippur". En su editorial, el New York Times planteaba que Egipto e Israel podrían establecer relaciones pacíficas sobre puntos más lógicos. Para la fecha, Israel, tratando de forzar ambos frentes, había perdido la mitad de sus tanques y una tercera parte de la fuerza aérea.

 

En los inicios de 1970, el General israelita Ariel Sharón había sometido a su EM un plan militar conocido como "Gacela" que contemplaba el cruce del Canal de Suez por el Lago Amargo y Timsah, al sur de la línea de Suez, para emprender una fulminante acción hacía el norte, con el objeto de aniquilar las baterías coheteriles y permitir el avance frontal de blindados y cazas. El 14 de octubre, Ariel Sharón recibió autorización para lanzar su engavetado "Plan Gacela", al efecto se le envió la brigada de paracaidistas que dormitaba en el pacifico frente jordano. Más de 200 tanques T-54 y T-55, capturados en 1967, con tripulantes israelitas que hablaban el árabe y vestidos con uniformes egipcios atravesaron la región del Lago Amargo en la descuidada línea divisoria del II y el III ejércitos egipcios, amenazado a este último.

 

Por una parte, las defensas sirias resistían la contraofensiva israelí que, tras recuperar las alturas de Golán, quedaron bloqueadas a 40 kilómetros sobre el camino de Damasco. Por otra, en el frente egipcio, las instalaciones de Sam-2 y Sam-3 comenzaron a ser barridas, cayendo incluso algunas de ellas intactas en manos israelíes.

 

Abierta una brecha sobre el espacio aéreo egipcio, los cazas se abalanzaron contra los efectivos del ya cercado III cuerpo. El ejército egipcio aplicaba aún la desusada táctica de oponer a la permanente movilidad del adversario, la masa y el avance escalonado tanto de infantería como de blindados, protegidos por el machacante fuego artillero. Se ha estimado que, de mantener el equilibrio aéreo y aún con inferioridad logística en un enfrentamiento de blindados, la infantería egipcia -con los modernos armamentos antitanques a su disposición- hubiera podido inclinar a su favor la campaña.

 

Pero, las brigadas blindadas israelíes no permitieron el desarrollo de esta táctica y lanzaron por fin su gran ataque coordinado. Así, desplegaron todo el potencial posible a lo largo y ancho del frente occidental, profundizando la brecha entre el II y el III ejércitos en la zona del Lago Amargo donde Israel contaba con 300 tanques y 13,000 soldados. De nuevo, Tel Aviv poseía la iniciativa en todos los frentes y, para la sorpresa egipcia, comenzó a recibir material bélico norteamericano a un ritmo de 800 toneladas diarias. Se varió entonces el "Plan Gacela", buscando ahora la ocupación de la mayor cantidad de territorio como carta decisiva en las futuras negociaciones del cese al fuego. El rejuego diplomático de el-Sadat resultó en que Israel lograra al final las posiciones más ventajosas.

Cuando se desmoronaron las defensas egipcias, la Unión Soviética hizo claro que intervendrían directamente si no se detenía la ofensiva israelí. Kissinger presionó a Golda Meir a que aceptara el cese al fuego. Yom-Kippur fue una victoria para Israel en términos militares puros pero, psicológicamente, fue un golpe terrible, sobre todo al demostrar las debilidades de sus servicios de inteligencia. Luego de que la Unión Soviética debatió la situación con Estados Unidos, el Consejo de Seguridad adoptó la Resolución-338. Washington acordó entonces poner en marcha el proceso de paz y finalizar una guerra que ya comenzaba a superar los cálculos iniciales.

(continuará)