Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

EL DIFERENDO ÁRABE ISRAELÍ: DESDE 1948 HASTA HOY

Parte I: LA PARTICIÓN DE PALESTINA

Para Occidente, el Oriente es todo ese vasto espacio que se halla tras la línea imaginaria que corre de Grecia a Turquía, con lugares exóticos poblados de masas indiferentes y de mentalidad típica de una cultura, de una política e incluso de características raciales propias. Existieron sinnúmero de conquistadores e incontables diásporas por las que los judíos fueron esclavizados y trasladados a otras tierras. Los babilonios fueron los primeros en conquistar Palestina y tomar como cautiva a gran parte de su población, su primera gran diáspora. En el 167 a.n.e. los macabeos presentaron una feroz defensa ante el poderío del imperio seleúcida del rey Antíoco.

Los estados árabes, el de Israel y el dilema palestino tienen su génesis en las decisiones coloniales de las potencias europeas envueltas en las dos guerras mundiales del siglo XX. Asimismo, dos vertientes irreconciliables (el antisemitismo islámico y la islamofobia de Occidente) tornaron esta geopolítica en una sangrienta disputa que ha secuestrado todo el acontecer internacional.

La autonomía del estado judío hace dos milenios sólo duró 60 años, según el concepto que tenemos actualmente de Estado, pero por tres milenios anteriores existieron las doce tribus, los patriarcas, el éxodo y la tradición de un pueblo cuyas raíces se remontan al principio de la historia de la humanidad. El primer estado judío dejó de existir en el 70 a. C. con la supresión romana de la resistencia en Masada. Aquí fue donde pereció la idea y el esfuerzo por un estado israelí independiente. Los judíos devinieron en uno más entre los pueblos subyugados por Roma. Se podían encontrar esparcidos por los cuatro rincones del imperio en comunidades más o menos integradas al entorno social aunque nunca asimiladas como las de Alejandría, Cirenaica, Atenas. Estas carecían de un centro espiritual y se hallaban en perpetuo peligro de extinción. Aquellos que permanecieron en la tierra prometida se mostraron cautos y respetuosos al regente de turno por generaciones.

Ya para el siglo VII, los minúsculos villorrios que poblaban el territorio del antiguo Israel se habían islamizado, salvo las minorías judías y cristianas. Luego del nacimiento del Islam, la región fue clausurada para los judíos y, en 1516, era incluida como una provincia en el Imperio Otomano. Dentro de los confines de la Europa cristiana occidental, estuvieron sujetos a persecuciones y asaltos. Este antisemitismo fue particularmente acentuado desde su expulsión en 1492 (el legendario Sefarat) de España y Portugal -países donde brillaron como médicos, astrónomos, abogados y financieros- hasta que Inglaterra, siglo y medio después, les abrió las puertas. Hacia el este europeo, su suerte fue distinta, dada la escasez de artesanos calificados y de literatos. Esa fue la razón por la cual la sinagoga más antigua y el primer centro cultural judío en Europa se fundaran en la ciudad de Praga. En la actual Polonia, república Checa, Eslovaquia, Hungría y la Rusia europea, los judíos fueron recibidos con cierta hospitalidad. Aunque no disponían de derechos civiles, su ingreso en las universidades, la libertad de movimiento y el acceso a ciertos oficios estaba limitada. Todo ello produjo en las principales ciudades europeas la aparición de los “ghettos”, o barrios de judíos, que les brindaban cierta protección. La caricatura medieval del judío tendero y prestamista tiene ciertas bases reales.

Una idea fija se mantuvo durante tal milenario desandar, y era la del regreso a la tierra concedida por Dios a su pueblo. Por eso en los días sagrados se brindaba, y aún se brinda, por estar “el próximo año en Jerusalén”. Durante la Edad Media comparecieron infinidad de falsos profetas que predicaban la vuelta a la Tierra Prometida, pero tuvieron que pasar cincuenta generaciones antes de que la idea dejara de ser una mera añoranza. Si la identidad judía proviene de los tiempos bíblicos, la noción Palestina es de la posguerra.

El Renacimiento, la Reforma protestante (terriblemente antisemita en sus comienzos) y la Revolución Industrial abrieron las puertas de universidades, la política y el comercio a los judíos. Los hombres judíos educados se hallaban en posición favorable para incorporarse al intenso movimiento fabril como tenedores de libros, médicos y abogados. Pero en Rusia y Polonia estas ideas democráticas occidentales nunca echaron raíces, Aquí, la comunidad judía cerrada que les había permitido sobrevivir a la Edad Media se transformó en una trampa cuando las fronteras nacionales comenzaron a cambiar y la cultura europea se embarcó en una brutal transformación. Sin importar cuán prestigiosos fuesen los judíos como individuos, aislados en sus comunidades insulares eran muy vulnerables.

Gracias a su indomable espíritu, los judíos habían logrado mantener su existencia por dos milenios, luchando contra la diáspora anti-histórica y generando intelectos de la talla de Maimónides, Baruch Spinoza, Sigmund Freud, Albert Einstein, Bertoldt Brecht, Thomas Mann; estadistas como Benjamín Disraelí, León Blum, León Trotsky, Walter Rathenau -genio financiero de la república alemana de Weimar- y David Ben-Gurión.

En una definición muy simplificada, podría afirmarse que los judíos se dividieron en dos grupos. Aquellos quienes añoraban el retorno a la Tierra Prometida y buscaban una opción ante el terror antisemita que destruía la judería europea engendraron el sionismo. Los que buscaban su asimilación a la sociedad europea idearon el socialismo. Ambas ideologías actuaron cual imanes para los jóvenes judíos con inclinaciones políticas. El sionismo fue desarrollado por las comunidades judías en la Europa oriental y Rusia, que buscaban liberarse y al que nada aportaron ni tuvieron que ver las comunidades judías asentadas en Palestina. Por su parte, las cabezas pensantes de los partidos socialistas y comunistas de Rusia, Polonia, Alemania, Austro-Hungría, etcétera se nutrieron en lo fundamental de judíos.

Theodor Herlz y el barón Maurice de Hirsch impulsaron el sionismo bajo la Asociación de Colonización Judía para asistir a los judíos de Europa oriental a emigrar. Herlz, en su libro The Jewish State, rechazaba la asimilación judía en Europa y proclamaba la restauración del hogar nacional, pero nunca se refirió al destino de los pobladores del territorio conocido entonces como Palestina, lugar que nunca había visitado. Los británicos forcejeaban con la idea del asentamiento judío en Jerusalén, que era rechazada por los sultanes turcos. Sin una migración masiva, de millones, a Palestina, la creación de un estado judío permanecería como un sueño romántico. La primera ola de los inmigrantes sionistas arribó a las playas palestinas en la década del 1880. El Fondo Nacional Judío en 1901, y luego la Compañía Palestina de Desarrollo de Tierras, fueron formadas para adquirir tierras y asentar colonias.

Antes de la Primera Guerra Mundial, Palestina era una provincia dentro del Imperio Otomano. Al concluir la guerra, entró oficialmente a ser parte de la esfera de influencia británica. Los árabes mantenían que Palestina debía ser incluida en el territorio que los británicos les habían prometido, pero Londres se atenía a un acuerdo anterior entre Francia y Rusia de internacionalizar casi todo el territorio de Palestina. Por gestiones de Cham Weizmann, en julio de 1917, Arthur Balfour, secretario de asuntos exteriores británico, fiel a su misión civilisatrice colonial, envió una carta al magnate judío Lord Rothschild concediendo el apoyo oficial a la idea de un “hogar nacional judío”. Parecía que, leal a su vieja tradición de divide y vencerás, los británicos prometían Palestina a los árabes a través de T. E. Lawrence, de Arabia, y a los judíos a través de la “declaración Balfour”. Así, sembraban la semilla del futuro conflicto árabe-israelí.

Los árabes se abrazarían el supuesto “derecho histórico absoluto e inalienable”, contradiciendo el curso de la historia con sus cambios, desplome de imperios y civilizaciones, cambios de ocupantes territoriales. Mientras, en Occidente, este derecho es revocable y se puede perder en la historia. Así sucedió con el imperio turco y como ha sucedido precisamente en Palestina, donde la suerte de tal territorio se negociaba entre Faisal Ibn Hussein y los sionistas en 1919, o la de los monarcas Abdallah de Jordania y Faruk de Egipto, quienes lo invadieron en 1949.

Palestina fue cedida a Gran Bretaña por la Liga de las Naciones en la conferencia de San Remo en 1920. El mandato cubría la actual Jordania e Israel pero, un año después, Londres separaba el área oriental del río Jordán -nombrándola Transjordania- y cediéndola al emir Abdallah. En Palestina, estallaron una serie de motines anti-judíos, auspiciados por algunos países árabes. Londres respondió implementando el Mandato Palestino, que incorporaba la “Declaración Balfour”. Ello posibilitaba la inserción gradual de inmigrantes judíos en Palestina bajo la protección británica, hasta lograr un número significativo que permitiese la formación de un gobierno propio. En la misma, se prometía el respeto a los derechos de los pobladores árabes.

El plan adquirió la sanción de ley internacional al ser aprobado por la Liga de las Naciones en julio de 1922. Acorde con el mandato de la Liga de las Naciones, se otorgaba a los judíos el derecho a crear un estado que englobaba “toda la tierra de Israel”, incluyendo la actual Jordania, y, sobre tal mandato, conformaron sus aspiraciones las organizaciones políticas judías. La reacción árabe al Sionismo nunca fue ni ha sido del todo monolítica. El poderoso clan de Saddam Hussein, cuyo patriarca encabezaba el Consejo Supremo Musulmán en Jerusalén, estaba opuesto a la inmigración de los judíos. Sin embargo, el prominente clan de los NaShahsibis favorecía tal inmigración y promulgó una política de compromiso que incluía la partición de Palestina entre judíos y árabes.

Entre 1922 y 1947 la complicación en Palestina no fue la lucha entre los nativos árabes y los nuevos colonos judíos, algo que hoy nos deja perplejos, sino entre estos últimos y las autoridades británicas. La ira de los árabes no se hizo esperar. En 1933 los árabes de Palestina declararon un boicot contra todo lo que fuese judío. Durante la década de los treinta y cuarenta del siglo XX el feroz choque árabe-judío en Palestina generaban la animosidad de los egipcios contra su minoría de 300,000 judíos. En el año 1936 tuvo lugar una campaña de violencia contra la comunidad judía en Palestina encabezada por el muftí de Jerusalén, que constantemente exhortaba a los árabes a matar a los judíos. Los judíos se organizaron en milicias. En 1939 la comunidad judía de Palestina (la Yishuv) y el movimiento Sionista protestaron por el diseño del Libro Blanco británico para el futuro de Palestina. Al lado de una independencia gradual para el estado palestino, se limitaba la inmigración de judíos a 75,000 en los primeros años y, después, la autorización de la misma estaría en manos de los estados árabes, y los palestinos árabes.

Fueron precisamente dos señalados políticos judíos de vertientes opuestas, el comunista León Trotsky y el sionista Vladimir Jabotinsky, los que pronosticaron en toda su dimensión las consecuencias internacionales y para los judíos del ascenso al poder del partido alemán Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (Nazi). La elevación al poder de los nazis en Alemania tuvo un consecuente incremento de la inmigración judía, de 30,000 en 1933, 42,000 en 1934 y 61,000 en 1935, alarmando a los árabes. Ello condujo a que, en abril de 1936, se formara un Comité Árabe dirigido por el Gran Muftí de Jerusalén, el Haj Amín el-Hussein. Este Comité decretó una huelga general y sus unidades paramilitares iniciaron una campaña violenta contra los judíos. Los británicos tomaron carta en el asunto y los árabes palestinos rebeldes, incluyendo al Gran Muftí, escaparon a la Alemania nazi, donde recibieron de Hitler todo el apoyo para que continuaran su plan contra los judíos en Palestina.

En 1942, la victoria británica en El Alamein deshizo la amenaza alemana sobre Palestina. Ello les permitió asumir una línea dura contra las comunidades judías que voceaban sus sentimientos anti-británicos por la indiferencia londinense ante el genocidio judío en Europa. Los árabes contaban con la victoria alemana para adquirir su independencia de Inglaterra y cerrarle el paso a la emigración judía a Palestina. El Gran Muftí de Jerusalén, el palestino el-Hussein, presenció en la Alemania nazi la represión contra los judíos y en varias ocasiones conferenció con Hitler. Geobbels le facilitó incitar a los árabes palestinos contra las comunidades judías, por radio, desde Berlín.

La vulnerabilidad de los judíos apiñados en ghettos fue percibida por Hitler, facilitando la rápida y masiva campaña genocida nazi. Se necesitaba un chivo expiatorio ante la derrota militar de la Primera Guerra Mundial y la depresión económica de los años treinta. Hitler se aprovechó del latente antisemitismo en su pueblo, y acusó a los judíos socialistas de haber traicionado a Alemania en Versalles. Las escuadras móviles de las Waffen S.S alemanas, los siniestros Einsatzgruppen, aniquilaron la increíble cantidad de dos millones de los seis millones de judíos que perecieron en la Segunda Guerra Mundial.

De la noche a la mañana, comunidades judías completas que habían existido por siglos fueron borradas de la faz de la Tierra. Es incierto que el pueblo alemán bajo Hitler desconociera lo que estaba sucediendo con los judíos y no es posible hacer distinción entre el gobierno y la población. Es cierto que el concepto de culpabilidad colectiva es dudoso éticamente, pero en el trauma del Holocausto es comprensible. Por eso, el gobierno de la posterior Alemania Occidental ha estado ansioso por cumplimentar con la indemnización monetaria a las víctimas del Holocausto, para comprar una porción de la conciencia mundial mientras rehabilitaba a sus ciudadanos.

La distinción por un lado entre la persecución política del estalinismo y sus purgas antisemitas de la década del treinta y, por otra parte, la exterminación genética del hitlerismo, podrá parecer abstracta o académica. Sin embargo, la horrenda dimensión del Holocausto llevado a cabo por los alemanes se torna en tragedia ante la conversión de los judíos en ganado humano de sacrificio al extraer de sus cadáveres los dientes de oro, para ser fundidos en barras, el cabello para relleno de colchones, los huesos para peines y botones, y la grasa humana como materia prima de jabones. Fue esta debilidad del ghetto de Europa oriental, advertida por los sionistas, lo que fortaleció el movimiento y llevó al establecimiento del estado judío de Israel.

El XXII Congreso Sionista, que sesionó en Basel en diciembre de 1942, se vio obligado a decidir que el Estado de Israel (Eretz Israel) tendría que establecerse en medio de un compromiso territorial al precio de una partición. El plan expuesto por Herbert Morrison, secretario del Exterior en el gobierno británico de Clement Attlee, autorizaba sólo una inmigración de 100,000 judíos. Esta estaba limitada a tres países de origen: Austria, Alemania e Italia, y se ubicaba bajo los auspicios de un comité judío-árabe lo concerniente a la creación del nuevo estado. En el Congreso, David Ben-Gurión se enfrentó a una oposición implacable al “plan Morrison” que hacía peligrar la inmigración pero, al final, convenció a la mayoría de pagar el precio de la independencia.

Era de imaginar que las restricciones migratorias británicas a los judíos precipitarían un enfrentamiento internacional con los mismos. Se acudió también a la inmigración clandestina, sobre todo a medida que el grito de auxilio de los judíos en Europa cobraba intensidad y la violencia de la población árabe nativa se tornaba más violenta. Los sionistas pensaban que la manera de establecer un estado judío era, por un lado, forzar a que los británicos levantaran las restricciones migratorias hacia Palestina y, por el otro, fortalecer las fuerzas paramilitares judías de auto-defensa, como la Haganah, el Irgún y la Banda Stern.

La Haganah, fundada en la década de los veinte como respuesta a los ataques árabes, reclutaba a sus miembros del viejo partido socialista, el Bund, compuesto por agnósticos, ateos, social-demócratas e incluso marxistas. En la organización, la religión judía no desempeñaba el papel tan preponderante como en otros movimientos. Sus cabezas políticas eran David Ben-Gurión, Moshé Shertok y Golda Meir. Su jefe militar era Moshé Sneh. La estrategia de la Haganah descansaba en esperar por que se materializara la promesa británica de ceder a Palestina. Por su parte, la “Banda Stern”, fundada por Abraham Stern, era el grupo más violento del arco iris sionista.

En diciembre de 1946, en el primer Congreso Sionista de posguerra en Basilea, David Ben Gurión asumió la cartera de defensa, incluyendo la responsabilidad por la Haganah, que en esa época se centraba en la lucha contra los británicos. A pesar de las restricciones británicas, las redadas y las detenciones convirtieron la construcción de una fuerza clandestina -con fuerzas blindadas y artillería, fuerza aérea y marina- en algo casi imposible. Ben Gurión decidió de inmediato que ésa era la tarea decisiva: crear una fuerza que se preparara para hacer frente a un ataque de los ejércitos regulares de los países árabes, que el yishuv debería afrontar solo sin ayuda del exterior. Ben Gurión encontró a la Haganah lamentablemente preparada para tal eventualidad, y se dedicó enérgicamente a corregir dicha situación. La importación y el despliegue de armamento pesado eran impracticables mientras los británicos dominaran Palestina. Se decidió entonces que el personal sería preparado en el país y el equipo se adquiriría en el exterior. El plan era “combinarlos” en el momento que se debiera rechazar o evitar un ataque árabe para el 15 de mayo de 1948, día previsto para el término del Mandato británico y la declaración de independencia de Israel.

El Irgún Zvai Leumi había sido fundado en 1939 por David Raziel y era una mezcla de judíos orientales ortodoxos, principalmente polacos, básicamente antimarxistas, e imbuidos de un feroz fervor mesiánico. Una de las paradojas de los orígenes del Irgún sería el apoyo financiero del gobierno polaco en el exilio, ansioso también de deshacerse de los judíos. Menahen Begin, ex prisionero de Stalin, se transformó en el líder natural de esta letal organización clandestina. Pero Begin no era un fundamentalista religioso. Exaltado e impaciente ante los horrores del holocausto alemán, Begin lanzó al Irgún a una campaña clandestina de violencia terrorista contra británicos y árabes. Arthur Koestler en su Promise and Fulfillment describiría el medio que daría luz al Irgún como “un clima ideológico peculiar, una mezcla del patriotismo quijotesco y de la hidalguía romántica que caracterizaba a los estudiantes revolucionarios polacos, con la ferocidad arcaica de la Biblia y de los libros de los Macabeo”.

Para Begin, la indefensión de los judíos durante su destierro milenario había sido inexcusable, pues era una invitación a la masacre. Los judíos se hallaban contra la pared, no sólo en la Europa ocupada por los Nazis, que amenazaba con extinguir toda la población judía, sino también en Palestina, en medio de un antagónico océano de árabes que, de atacar en masa, podrían también aniquilarlos. La doctrina que Begin inculcó al Irgún era que los judíos no tenían nada que perder excepto ser exterminados, y que la experiencia en Europa no podía repetirse en Palestina. Los judíos no podían continuar sin un hogar nacional, a merced de otros estados o el control de extranjeros. Por eso, antes de la estadidad, había que asegurar la supervivencia por medio de un ejército. Para Begin era imposible lograr un estado sin una guardia pretoriana judía en medio de un territorio hostil y en contra de los deseos de las autoridades coloniales británicas.

La Haganah, atestada de socialistas y humanistas, e imbuida de los valores intelectuales europeos, discrepaba de los objetivos de Begin. Esperaba a que el Consejo Judío persuadiera a los británicos para que elevaran el número de judíos inmigrantes. Pero Begin y el Irgún negaban el hecho de la posesión británica de Palestina. Para ellos, no había que persuadir a los británicos para que cedieran un territorio que ya les pertenecía por autoridad divina y, por lo tanto, había que presentar a los ingleses un hecho consumado. Si bien la persuasión de Begin era cruenta, respondía a una apreciación política y de la situación más realista que la del Haganah y los judíos palestinos.

Los sionistas nunca debatieron qué hacer con la población árabe que vivía en los confines de Palestina. El Consejo Judío consideraba con candidez que los árabes se integrarían en el estado judío. Esta indecisión era un elemento importante utilizado por Gran Bretaña para justificar su mandato y mantener una cuota baja de inmigrantes, restricción que a los ojos del mundo se tornó cruel a medida que, tras la caída alemana, se conocía el horror de la “solución final”. El gobierno inglés no podía justificar su impedimento a que emigrasen a Palestina el millón de judíos internados en los refugios europeos cuya mayoría eran damnificados de los campos de concentración. Menos aún, el intenso bloqueo naval a lo largo de las costas palestinas para impedir el ingreso de los judíos. Los árabes, por su parte, forjaban su estrategia en la cual se formaría un estado palestino árabe con algunas comunidades judías, aunque excluyendo a los refugiados de los campos de concentración europeos.

Al final, ante la tozuda negativa británica, todas las organizaciones judías le dieron carta blanca a Begin. Los políticos británicos subestimaron a los líderes sionistas y, a medida que aumentaban la presión, el Irgún respondía con una escalada terrorista. Los ingleses respondieron ahorcando a los militantes del Irgún y éstos, a su vez, ahorcaron a soldados ingleses. Los ingleses, entonces, embistieron al buque Exodus, repleto de refugiados judíos, que fueron instalados nuevamente en los desmantelados campos de concentración en Alemania. El mundo se horrorizó ante la insensibilidad moral británica. Un indignado presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, apoyado por el mandatario soviético Josef Stalin -que había olvidado sus propias represiones antisemitas-, exigió que se permitiese la inmigración judía. Sería esta presión, junto con la violenta del Irgan, lo que finalmente influyera para que el premier británico Attlee no cediera a las presiones árabes y evacuara el territorio.

El impacto que tuvo en la conciencia mundial la virtual destrucción de la judería europea en los crematorios alemanes condujo finalmente a la cesión de Palestina a los supervivientes del Holocausto. Así, el legado de Hitler, lejos de ser la eliminación de los judíos, irónicamente, resultó en la formación del estado judío. Pero los ingleses dejarían un embrión de estado a su suerte, rodeado de enemigos árabes, en la convicción de que se produciría una guerra que arrasaría con las pobres fuerzas combatientes judías y su ilusión de una patria en Palestina. Así, los ingleses crearon ex profeso el dilema árabe-judío en Palestina.

La ONU, entonces, anunció un plan de partición de Palestina. En los debates, la Unión Soviética apoyó el plan de partición y la creación del estado de Israel. Stalin fue el segundo jefe de estado (después de Truman) en reconocer al Estado de Israel. En su discurso, el delegado soviético Andrei Gromiko apuntó que esta decisión satisfacía las demandas legítimas de la nación judía, de cientos de miles de judíos que carecían de un hogar nacional. El 14 de mayo de 1948 el Alto Comisionado inglés se retiró de Palestina y David Ben Gurión proclamó el Estado de Israel. Los ejércitos de Jordania, Egipto, Siria, Iraq y Líbano atacaron de inmediato. Sus gobiernos colaboraron al posterior conflicto al instar a los palestinos al abandono de sus posesiones y convertirse en refugiados. La ONU nominó al aristócrata sueco Folke Bernadotte para mediar en la partición Palestina. Por vez primera se revertía el milenario destino judío de convivir en la Diáspora.

 

La guerra se combatió a lo largo de todas las fronteras del país: contra el Líbano y Siria en el norte; Iraq y Transjordania -que pasó a llamarse Jordania durante la guerra- en el este; Egipto, asistido por contingentes de Sudán, en el sur, así como por palestinos y voluntarios de los países árabes en el interior del país. Fue la más sangrienta de las guerras de Israel y costó la vida de 6,373 combatientes muertos en acción (desde los días previos a la creación del Estado hasta el 20 de julio de 1949), aunque esa cifra incluye también una cantidad de inmigrantes y algunos voluntarios del extranjero.

 

En la primera fase (29 de noviembre 1947 - 1 de abril 1948), fueron los árabes palestinos quienes tomaron la ofensiva con la ayuda de voluntarios de los países vecinos. Los israelíes tuvieron escaso éxito en limitar la guerra, sufrieron serias bajas y la interrupción del tráfico en la mayoría de las carreteras. En la segunda fase (1 de abril - 15 de mayo) la Haganah tomó la iniciativa y, en seis semanas, fue capaz de cambiar los resultados, capturando, entre otros, los barrios árabes de Tiberíades, Haifa y, posteriormente, Safed y Acre. De esta forma, pudo abrir temporalmente el camino a Jerusalén y lograr el control sobre gran parte del territorio que había sido destinado al Estado judío de acuerdo con la resolución de la ONU.

 

La tercera fase (15 de mayo - 19 de julio), considerada la más crítica, se inició con el ataque simultáneo y coordinado de cinco ejércitos regulares árabes de los países vecinos contra el joven Estado. Las fuerzas atacantes contaban con una impresionante superioridad de equipos pesados como blindados, artillería y fuerza aérea. El día 31 de mayo, la Haganah pasó a llamarse Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), las cuales sufrieron serios reveses en un comienzo, incluyendo la pérdida del Bloque Etzión en Judea, el área de Mishmar Hayardén en el norte, y Yad Mordejai en el sur. Sin embargo, al cabo de tres semanas, fue capaz de detener la ofensiva, estabilizar el frente e incluso iniciar algunas operaciones ofensivas de carácter local.

 

La cuarta fase (19 de julio 1948 - 20 de julio 1949) se caracterizó por las iniciativas israelíes. La Operación Yoav, en octubre, despejó el camino hacia el desierto del Neguev, culminando con la captura de Beer Sheva. La siguiente, la Operación Hiram, a fines de octubre, logró la captura de la Alta Galilea. Luego, la Operación Jorev en diciembre de 1948 y la Operación Uvdá en marzo de 1949 finalizaron la captura del Neguev, que había sido asignado por las Naciones Unidas al Estado Judío.

 

Simultáneamente, se firmaron acuerdos de armisticio con los países árabes. Primero, con Egipto, el 24 de febrero de 1949. Lo siguió el Líbano el 23 de marzo, Jordania, el 3 de abril; y Siria, el 20 de julio. Sólo, Iraq no firmó acuerdo de armisticio alguno con Israel. Prefirió retirar sus tropas y entregó su zona a la Legión Árabe de Jordania. Al final, Israel no sólo expulsó a las fuerzas árabes invasoras, sino que capturó unos 5,000 km2 más del área asignada por las Naciones Unidas. Las armas y aviones soviéticos, adquiridos por medio de Checoslovaquia, fueron decisivos para esa victoria.

 

Al término de la guerra, Israel contaba con un ejército superior a 100,000 hombres y mujeres bajo las armas, en comparación con el mero puñado de soldados en su comienzo. Además de la infantería, se contaba con varios regimientos de artillería, así como regimientos blindados equipados con vehículos livianos. Algunos de estos habían sido capturados, otros, requisados a las tropas británicas salientes. Sólo unos pocos tanques habían sido comprados a los británicos, y algunos reconstituidos de desechos estadounidenses. Existían elementos de una Fuerza Aérea (Spitfires y Messerchmidts) adquiridos en Checoslovaquia, además de aviones civiles livianos que la Haganah había empleado para fines de reconocimiento y comunicaciones. Algunos bombarderos estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial, comprados como desechos, llevaron a cabo su primer “ataque estratégico” a El Cairo.

Una de las razones por la que los ingleses se oponían a un estado judío era por la creencia de que, a través de los inmigrantes orientales, la Unión Soviética obtendría una cabeza de playa en el área. De otro lado, la organización que luchó por la independencia en Palestina, el Palmach, se hallaba influida también por todo lo soviético: sus canciones, estructura, héroes, etcétera. Muchos de los líderes judíos de los partidos Mapam (marxista), tanto el dirigido por Meir Yaari como el del laborista Mapai de Ben Gurión, hablaban fluidamente el ruso. Por su parte, el partido Haavoda de Yitzhak Tabenkin, Israel Galili y Yoska Rabinowitz, sostenía fuertes lazos ideológicos con la Unión Soviética.

La creación del estado de Israel fue vista por Moscú como un golpe al imperialismo británico propinado por los judíos progresistas originarios de Rusia y Polonia. Mientras que la reacción violenta de los árabes fue calificada de una respuesta desesperada por gobernantes reaccionarios feudales ante la emergencia de un novísimo régimen progresista. Después de que Estados Unidos se negó a vender armas a Israel, Stalin envió armas a través de Checoslovaquia. La fuerza aérea israelí estaba compuesta de los ME-109 alemanes, que se fabricaban en la fábrica checa de la Skoda.

En mayo de 1948, la Unión Soviética fue el primer estado en extender su reconocimiento de jure en espera de que la gratitud sionista se transformase en la vanguardia de la revolución anti-imperialista en el Medio Oriente y los soviéticos obtuviesen así una cabeza de playa en el Mediterráneo. Dentro del nuevo estado, el partido de izquierda Mapam se abanderó al “campo revolucionario mundial” encabezado por la Unión Soviética. En 1947 Stalin comisionó al coronel de la KGB Andrei M. Otraschenko para que cimentase la alianza con Israel, utilizando la emigración judía como una oportunidad para incluir espías soviéticos entrenados por el coronel Alexander Korotkov.

Para 1950 tuvo lugar un dramático volte-face en la política soviética hacia Israel, al desatarse una campaña interna antisemita con el supuesto complot de los médicos judíos que pretendían asesinar a Stalin. Se disolvió abruptamente el Comité Judío Antifascista y su presidente apareció asesinado. La purga de judíos en la nomenclatura soviética incluyó al canciller Vyacheslav Molotov, por estar casado con una judía. En otros países del bloque soviético se purgó a los judíos y, en el caso de Checoslovaquia, culminó con la caída de los jefes comunistas Bedrich Geminder y Rudolf Slánsky, de ascendencias judías. Toda la izquierda internacional fue predispuesta por este discurso que suscitó una ofuscada alineación anti israelí y una parcialidad a favor de los estados árabes en el contencioso del Medio Oriente.

Si en la mente de los sionistas se hallaba la compra de tierra para el asentamiento de los judíos europeos, la realidad del mandato de la ONU, con su partición, enfrentó al estrenado gobierno israelí con otra circunstancia: la de dos pueblos y un territorio. Una partición más compleja y sangrienta que la del históricamente saturado territorio palestino había tenido lugar en el subcontinente hindú, que se escindió en dos estados: la India y Paquistán. El voto de la ONU provocó una ola antisemita y de violencia contra las comunidades judías de los países árabes.

Con el bloqueo de los puertos, los británicos estaban saboteando la habilidad de los judíos para armarse y defenderse mientras por las fronteras vecinas se infiltraban miles de soldados árabes. Era un duelo a muerte, pues los árabes sabían que de no destruir las comunidades judías nunca existiría en Palestina un régimen totalmente árabe. De no destruirse el estado de Israel, la estrategia era ocupar entonces la mayor cantidad de territorio para reducir las dimensiones del estado judío en el Neguev, Galilea y Haifa. Todos los esfuerzos de Ben-Gurión por negociar con el rey Abdullah de Jordania y con el rey Faruk de Egipto fueron vanos. Para los países islámicos, la erección del estado de Israel en la tierra “robada” a Palestina fue un crimen del cual Inglaterra era culpable al permitirlo, y Estados Unidos cómplice por apoyarlo. El 15 de mayo de 1948 los judíos proclamaron la independencia del estado de Israel.

Los judíos aceptaron la decisión de la ONU, pero los árabes la rechazaron, incitando a los palestinos y a los estados vecinos para que atacaran al nuevo Estado.

Enfrentando siete países árabes (Líbano, Siria, Jordania, Egipto, Iraq, Arabia Saudita y Yemen) cuyas unidades mecanizadas y bien equipadas incluían a la Legión Árabe Jordana, los israelitas lucharon en medio de una inferioridad numérica abismal, empeorada por la crítica situación en la sitiada Jerusalén. En Egipto, la Hermandad Musulmana propagó el terrorismo anti-judío, mientras que las autoridades nada hacían por detener los crímenes y pillajes a que eran sometidos. Todo lo contrario, la monarquía los encarcelaba sin razón, confiscaba sus propiedades y les imponía extravagantes impuestos.

El Comité Militar Conjunto Árabe, establecido en el Cairo, ordenó a los árabes de Palestina que abandonasen el territorio pues, en dos semanas, los ejércitos árabes irrumpirían y expulsarían al mar a los judíos. Mientras, la Agana les confirmaba a los palestinos que permanecieran en el territorio donde podían permanecer como ciudadanos con derechos iguales. Sin embargo, engañados por las alocuciones de los líderes árabes, los palestinos abandonaron Haifa, Tiberios, Zafad, Beit-Shahan y Jaffa. Se argumenta cada vez con mayor certeza histórica que el éxodo palestino fue el resultado de manipulaciones y estrategias de los líderes políticos y militares árabes, que exhortaron a la comunidad árabe palestina a que huyese, bajo la promesa de que una vez se conquistase Palestina ellos podían retornar a sus hogares.

Al final, las fuerzas israelíes aplastaron y expulsaron a los agresores, extendiendo sus fronteras a Ramle, Lod, Nazaret, Galilea occidental y el Neguev hasta Gaza, es decir, más allá de la partición original aprobada por la ONU. Cuando la guerra terminó, Israel quedó con 750,000 judíos y 156,000 árabes. Entre 600,000 y 760,000 árabes palestinos huyeron bajo el engaño de un pronto retorno triunfal, y otros pocos fueron conminados a salir hacia los territorios vecinos por el ejército de Israel.

Tras derrotar la invasión árabe, Israel adquirió con rapidez la legitimidad y coherencia de un estado, pero los palestinos terminaron aislados en escuálidos campos de refugiados en los países árabes vecinos, ante una población indiferente y en ocasiones hostil. Esta fue la génesis del odio que divide a los árabes y judíos. El 11 de diciembre de 1948, la Asamblea General de la ONU se pronunció a favor del derecho de los refugiados palestinos a retornar a sus hogares y retomar sus propiedades, resolución que fue entorpecida por una miscelánea de leyes israelíes. Pero los refugiados palestinos no fueron tratados en condición de igualdad en los estados árabes donde se asentaron. En lo adelante serían peones y víctimas del conflicto que los estados árabes impondrían a Israel. Para el Estado de Israel, era suicida desde cualquier punto de vista abrir de nuevo sus fronteras a los refugiados.

(continuará)