Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

 Egipto y la Hermandad Musulmana

 

Durante sus 1,300 años de historia, a partir de la teocracia establecida por el Profeta de Alá, el Islam ha sido manipulado políticamente, y se ha presentado en tantas variedades como países lo profesan. La unidad de su mundo es tan ficticia como la de su credo; no hay, por consiguiente, una nación islámica, o árabe, como no hay una cristiana. Allí, la familia, el clán y los intereses tribales siempre preceden a la nación; asimismo, la lealtad a la fe islámica sería más sólida que al estado, el cual fracasaría en resolver esta dicotomía. Por eso no imperan las partidocracias al estilo Occidental; por eso nunca se creará una singular y unificada comunidad islámica, y una sola nación árabe, aun en el caso hipotético de que las sectas purificadoras depongan a los cuasi seculares gobiernos del Medio Oriente.

 

La sociedad islámica —como todas las contemporáneas— es profundamente racista; su dogma no es democrático; y como su otro pariente semita, el judeocristiano, sanciona un estatus inferior para la mujer, cuyo papel en la sociedad es el meollo de la obsesión árabe del honor. Esa es la razón por la cual los estados teocráticos actuales sacrifican a la mujer para aplacar a los radicales.

 

El desconocimiento brutal sobre la literatura, la política y el credo del espacio islámico, así como la formación y el desarrollo del fundamentalismo (léase Wajabismo y Hermandad Musulmana) ha tenido repercusiones funestas para el mundo occidental. Es notorio cómo durante los últimos años pasaron inadvertidos acontecimientos trascendentales de tipo intelectual y religioso, como la conformación de una ideología de la violencia religiosa por parte de los teóricos de la Hermandad Musulmana, producto de que el análisis tradicional siempre ha enfocado solo aquello que acontece en los polos industriales del planeta.

 

Obviando al espinoso asunto palestino —por supuesto—, el Occidente de la época “maccarthista”, obsesionado por el duelo nuclear con los soviéticos, y receloso de la retórica nacionalista y la supervivencia del Estado de Israel, descartó a los regímenes árabes de posguerra que, buscando establecer un estado de corte moderno, se proclamaron contra el extremismo islámico y retaron el poder retrógrado de jefecillos tribales transfigurados por obra y gracia del petróleo en jeques y emires. Con excepción del presidente francés Charles de Gaulle, euro-América nunca aquilató el no-alineamiento de un Gamal Abdul Nasser de Egipto, de un Karim Kassem de Iraq, de un Mohammed Al-Salal de Yemen, de un Mohammed Mossadegh de Irán, de un Houarí Bumedién de Argelia o el partido Neo-Destour de un Habib Bourguiba de Túnez. Al abortarse este nacionalismo árabe, a nombre de magnas cruzadas ideológicas, el Occidente polarizó la región, aupando teocracias fundamentalistas y monarquías clánicas que empantanaron, entre otras cosas, el diferendo palestino.

 

¿Hasta que punto fue una táctica acertada del Occidente el haber jugado durante la Guerra Fría la “carta islámica” de las monarquías conservadoras y los grupos fundamentalistas contra el nacionalismo y su ideología del socialismo árabe? Habría que imaginar una historia plausible para el Medio Oriente si la vigente alineación de determinadas naciones islámicas con Occidente hubiese cristalizado en la década de 1950 ó 1960, cuando era intenso el impulso de modernización y emancipación nacional, empantanado por los soviéticos y excomulgado por las potencias europeas desde el conflicto del Canal de Suez en 1956. Como luego fue confirmado por las actuaciones de Anwar El-Sadat, los republicanos del Yemen, y los militares turcos, el nacionalismo árabe era mucho más receptivo y maleable para negociar cualquiera de tales crisis que los jeques islámicos agraciados por Londres y Washington.

 

La resurrección del puritanismo islámico es solo el gesto desesperado de un diseño religioso arcaico, hoy amenazado en sus pilares básicos por el Estado secular, por el empuje del modernismo, por el desenfrenado avance científico y tecnológico que atraviesa el planeta, por la globalización: el drama de una visión dogmática que rehúsa renovarse y se resiste a ceder el terreno de la sociedad civil. El fundamentalismo proviene del fondo beduino, religioso y conservador, xenofóbico y sospechoso de lo foráneo (el inicio con Mahoma en Medina); contrario a la médula doctrinal islámica que parte de una cultura urbana y comercial (el Califato de Bagdad, de Córdoba o de Estambul), más adecuado para la renovación. El terrorismo islámico en sus múltiples escuelas (ya sea Septiembre Negro, la Hermandad Musulmana, HizbAlláh o Al-Qaeda) es el corolario sanguinario de ese fundamentalismo. Al no existir forma de expresión política, ésta se hace “a nombre del Islam”, pero del Islam primitivo (el cristianismo de las catacumbas), un culto a la nostalgia para “re-islamizar” la sociedad.

 

La emergencia del ala ortodoxa actual, tipo Osama Ben-Laden, no guarda relación con el tradicional nihilismo y anarquismo de las bolsas de miseria europeas del siglo XIX. Es una filosofía de crisis gestada por la Hermandad Musulmana, de los segmentos educados y privilegiados de la sociedad que se desarrolló en las tumultuosas décadas de 1970 y 1980, al calor de la prosperidad "petro-árabe" y la incertidumbre de identidad que ésta desató y que corrompió una generación de intelectuales y políticos. La inconclusa victoria israelita en la guerra del Yom Kippur en 1973 restableció el "honor árabe" y trajo un período de autoestima y profundas expectativas, que desembocó en el triunfo de la ortodoxia en Irán y Sudán, y el grito de Guerra Santa lanzado desde Afganistán.

 

El colapso de los precios petroleros en los ochenta y las guerras inter-árabes, produjeron una reacción cínica y puritana en toda una progenie de jóvenes, ambulantes y frustrados, en los bazares mesorientales. Son los condenados de la tierra de que habló el escritor antillano Frantz Fanón; los rechazados de las buenas escuelas, los estudiantes nulos, los “disfuncionales” abusados en sus crianzas. Con su promesa de gobiernos más virtuosos, estos militantes ansían el poder en casi todos los estados árabes; por eso el debate ya no es entre los defensores del orden secular o del religioso, sino en quiénes van a gobernar en nombre del Islam. Es la tensión disparatada de toda nación islámica entre ley divina y realpolitik del Estado, por el otro.

 

La beligerancia del Islam ortodoxo no solo tiene asidero en las mezquitas y las prédicas de cadíes, mullas, imanes y ayatolás. Existe una extensa obra política, filosófica y literaria creada por los militantes de la Hermandad Musulmana, que eran colgados uno tras otro, primero por Faruk y luego por Nasser, una constante divulgación periodística, que ha servido de orientación ideológica al militante. Sería el libro del egipcio Sayyid Qutub, Las Señales en el camino, una versión islámica del ¿Qué hacer? de Vladimir I. Lenin, el que daría forma a la actual corriente de revitalización islámica.

 

Qutub sería el cerebro de la Hermandad Musulmana; un escritor prolífico y obsesivo que cubrió la novela, la poesía, el ensayo político y filosófico, fue ferozmente torturado y ejecutado por Nasser en 1966, convirtiéndose en el apóstol de la Hermandad Musulmana y de todo el militantismo moderno. En su manifiesto a todo el mundo musulmán y que ha servido de guía a Osama Ben Laden, argüía que cada musulmán devoto estaba obligado a declarar la yijad contra las sociedades infieles (jahili), incluyendo a los regímenes nacionalistas árabes; y consideraba también el derecho a decidir quién era o no era un creyente. En su vision patológica juzgaba al Occidente como "sintético" y depravado, comparándolo con la declinante Roma imperial, y sentenciándolo a muerte en su obra Islam y los problemas de la civilización.

 

Generaciones de seguidores refinarían su pensamiento, como se muestra en el manifiesto La Filosofía de la confrontación, de la organización egipcia Yijad al-Benaa (Realización de la Guerra Santa), y en el llamado Programa de acción islámica, del también grupo islámico egipcio Gama’a Islamiya, documentos que fueron publicados en 1984 y escritos ambos por un colectivo de la Hermandad Musulmana en prisión. Asimismo se destacaría como un devoto discípulo suyo el egipcio Mohammed al-Ghazali, teórico del Islam y miembro de la Hermandad Musulmana. Nadie en Occidente prestó atención cuando Al-Ghazali y un séquito de la Hermandad recorrió todo el norte africano, desde Gaza hasta Argelia, predicando esta versión intolerante del Islam y provocando la histeria en todos los mandatarios del momento.

 

Otro de los pensadores eminentes del radicalismo de la Hermandad Musulmana fue el intelectual egipcio Wail Mohammed Uthman, el Herbert Marcusse de la juventud islámica fundamentalista. Su libro El Partido de Dios en lucha con el partido de Satán, publicado en la década 1970, divide al mundo en dos entidades sociales, y urge a los creyentes a luchar para restaurar el partido de Dios para salvar al Islam de su peligrosa y constante exposición al Occidente. Este libro, que ha tenido más ediciones en árabe que cualquier libro en Occidente en todo el siglo XX, ha sido y es cabecera de todo aquel que en el mundo islámico propugna la lucha contra Occidente, y las cámaras de televisión lo han captado, sin saber lo que és, en las manos de muchos jóvenes egipcios que hoy se manifiestan contra Hosni Mubarak.

 

Por su parte, el periódico cairota Al-Quds al-Arabi, el más prestigioso y leído en todo el ámbito islámico, y vocero de la Hermandad Musulmana, por años ha estado fomentado el antagonismo contra los elementos y regímenes musulmanes seculares, y la violencia contra el Occidente apóstata.

 

Para fines de la década de 1970, los escritos de los radicales pensadores chiítas en Irán, Líbano e Iraq, egresados de cursos que en las Madrasas del Medio Oriente están a cargo de militantes egipcios de la Hermandad Musulmana, se expresaban de manera similar a los sunnitas de Egipto y Arabia Saudita, en sus diagnósticos y curas de los problemas contemporáneos, y en sus énfasis hacia la confrontación. No era difícil imaginar que este corpus ideario creado ex profeso por la Hermandad Musulmana, desovara una dinámica de acción contra los “infieles”, sobre todo cuando la barrera idiomática del árabe ha impedido al Occidente defender su causa.

 

En 1996, el brillante periodista cairota Mohammed Heikal, en su obra Canales Secretos —que pasó inadvertida en Occidente—, alertaba a éste de la profunda furia y repulsión que contra ellos se anidaba en todo el Islam, y acusaba a la Hermandad Musulmana de ser los nuevos “bolcheviques”.

 

Pero estos ideales eran tan viejos como su propia doctrina, y fueron abrazados y diseminados por la agrupación sunnita que funcionaría como un partido ideológico: la Hermandad Musulmana, mucho más temible y arácnida que Al-Qaeda, y que desde entonces estaría en el trasfondo de todas las corrientes extremistas del Medio Oriente, incluyendo Hamás, y sobre todo el Talibán. La Hermandad Musulmana es la madre histórica y espiritual de tales agrupaciones desde la posguerra, y estableció lo que sería el leit motiv de la intransigencia árabe: destruir a Israel y desafiar al Occidente.

 

El fin de estas escuelas de pensamiento y, luego, de las partidas terroristas, era la unión de todo el Islam, a través de la yihad o la supuesta guerra santa, para reponer el Califato bajo  un paladín carismático, un emir escogido por su pureza y virtudes. De ahí el gran odio de la Hermandad, primero contra el legado del turco Kemal Attaturk por abolir el califato, y luego contra Gamal Abdul Nasser, Anwar el-Sadat y Hosni Mubarak, por defender un Estado laico ante las pretensiones de la Hermandad. No por gusto, los “Hermanos Musulmanes” colocaron una estatua del egregio Kemal Attaturk en las escalinatas del centro de estudios islámicos de Al-Azar, en el Cairo, con el objetivo de que los estudiantes al pasar por ahí, la escupan.

 

La revolución islámica patrocinada por la Hermandad Musulmana se antepondría al nacionalismo y rehusaría el compromiso con las élites tradicionales tribales, con las entidades étnicas, con la estructura feudal de emires y jeques, pregonando —estilo talibán—, la creación de una sociedad islámica semejante a la fundada por el profeta Mahoma, que englobase a toda la comunidad musulmana: la umma. Según sus ideólogos, el Occidente ha triunfado no por razones filosóficas o espirituales, sino porque el mundo islámico se quedó congelado tecnológicamente. En Sudán, su rama cometió crímenes horrendos.

 

En Cisjordania y Gaza organizó a Hamás, su brazo militante. En Jordania, su Ejército de Mahoma atentó en 1993 contra la familia real. En Túnez, el movimiento lo encabezó Rashid Ghannouchi. Egipto, Siria, e incluso los fundamentalistas wahabitas de la Arabia Saudita se han encarado brutalmente a estos fanáticos intolerantes. La mano de la Hermandad Musulmana llega hasta Indonesia, donde sus militantes imparten los cursos basados en Qutub y en Hassan Banna. En 1982, Hafez Assad no vaciló en masacrar cerca de 30,000 sunnitas en la ciudad de Hama, solo porque allí se refugiaban células de la Hermandad Musulmana que estaban promoviendo una insurrección. Uno de los casos más connotados fue en Argelia, donde la Hermandad Musulmana desató una viciosa guerra civil desde 1992, cuando el gobierno secular del presidente Chadli Benjedid rehusó aceptar los resultados electorales y decidió aplastarlos. La Hermandad Musulmana respondió degollando en las calles a las mujeres sin velo que encontrasen, y a los intelectuales seculares. La experiencia de Argelia, y la represión que también experimentaron en Egipto y Siria, les convenció de que el único recurso era la toma violenta del poder.

 

Pero si horrible fue la ola sanguinaria que desató la Hermandad en Argelia, el caso del Sudán lo supera con creces. Allí, uno de sus discípulos, Hassan Turabi, rodeado de una corte de egipcios de la Hermandad, desató la feroz masacre contra los cristianos de Darfur, los “infieles” del sur, matanza que se elevó a más de un millón de muertos, ola criminal que se detuvo por la acción de la administración norteamericana de George Bush y Condeleeza Rice, apoyado por Hosni Mubarak. Vale la pena señalar que el propio Osama Ben Laden acudió a los seminarios de la Hermandad Musulmana en el Sudán, cuando estuvo exiliado allí y protegido por Hassan Turabi, al que considera su maestro espiritual. Fue la Hermandad Musulmana, precisamente, la que desde el Sudán perpetró la ola de terrorismo en Kenya, Nairobi, donde voló en pedazos la Embajada de Estados Unidos.

 

Para desmayo de los occidentales, ya no existe el Egipto que Emil Ludwig describiera; el país no depende de un Nilo de bancos limosos aromatizados de jazmines, y surcado de falucas con lámparas de queroseno. Los cafés con sus pipas de agua y voluptuosas danzarinas veladas en tul ya son especies arqueológicas, pues los jóvenes egipcios se entretienen ahora con los videos de Osama Ben Laden y las charlas de los “Hermanos”.

 

Anteriormente, desde El Cairo, las élites rectoras y pensantes obligaron al mundo islámico a que encarase sus errores, atrasos y debilidades en 1948 —después de la expulsión de los árabes del nuevo estado judío— y en 1967, tras la Guerra de los Seis Días. El peligro radica en que, en la actualidad, Egipto goza de autoridad regional ante el protagonismo de Iraq y Siria y el militantismo de Arabia Saudita e Irán. Los ilusos que pensaban que Egipto nunca anidaría una revolución estilo Irán, pues sus pobladores han esperado siempre de sus gobernantes un comportamiento faraónico, se olvidaban de la Hermandad Musulmana.

 

En 1954, el presidente Nasser trató de modernizar el país, pero ante la violenta resistencia de los ulemas, tuvo que reprimir sangrientamente a los integrantes de la Hermandad Musulmana, que a diferencia de sus opositores no huían despavoridos, sino que se inmolaban abrazados a los libros de Qutub. Después de la firma del tratado de paz con Israel, en 1977, y en un gesto para con sus opositores radicales, El-Sadat cometió un error estratégico, al permitir una apertura hacia la militancia islámica, pensando que con el ejército y la parte laica del Estado era suficiente. De inmediato la Hermandad Musulmana se lanzó a la formación de grupos y asociaciones islámicas, y aprovechándose de la aprobación de la enseñanza religiosa, acaparó casi todos los centros de estudios islámicos.

 

El Sadat vio como la Hermandad Musulmana también acaparaba la educación primaria, donde predicaban contra la noción de nacionalismo egipcio, tildando a los faraones de raza corrupta, y proponiendo demoler tumbas, pirámides y monumentos. Entre ellos se destacó un personaje retorcido de la Hermandad Musulmana, el ciego Abdel Hamid Kishk quien prometía un Paraíso pederasta a los que se inmolaran por el Islam: la erección eterna en compañía de jovencitos acicalados. Pero Hosni Mubarak aprendió de los errores de El-Sadat y no se anduvo con carantoñas; de ahí proviene el odio a su gestión gubernamental.

 

Durante el siglo XX Egipto fue foco de una extraordinaria vida cultural que suscitó lo que dio en llamarse el “Iluminismo” de la cultura árabe, gestora de su pensamiento liberal y secular más trascendente; con más de 200 periódicos, decenas de editoriales, una fecunda literatura, un teatro fabuloso, y una industria fílmica en progreso. Entre sus escritores estelares figurarían Naguib Mahfuz, premio Nóbel de literatura y acaso el prosista más brillante del siglo XX, Tawfik Al-Hakim, Lewis Awad, Ahmed Baha el-Din, Yussuf Idris e Magdi Wahba, todos de talla mundial.

 

El boom petrolero de 1970 tuvo efectos catastróficos para todo el quehacer cultural del Medio Oriente. En posesión de descomunales riquezas, los ignorantes y devotos jeques y emires de Arabia Saudita y de los emiratos del Golfo reclamaron para sí la agenda política y cultural de todo el mundo islámico. Hassan Hanafi, el conocido intelectual egipcio, ha manifestado que, a partir de entonces, la verdad fue barrida, el discurso especulativo inhibido, y el intelecto mercantilizado por esta cultura del petrodólar de los jeques, de las fatwas iraníes y del yugo de una banda de déspotas locales al estilo de Saddam Hussein, que permitieron las actividades de la Hermandad Musulmana.

 

Según Fuad Ajami, otro talentoso egipcio refugiado en Occidente, los intelectuales han sido o bien apaleados o seducidos. La poderosa intelectualidad cairota fue desmoronándose al evadir la confrontación con estos nuevos intrépidos intérpretes del Islam, que desde la Hermandad ponian su pluma al servicio del dogma. Pero un pequeño y aguerrido núcleo mantuvo su independencia y la defensa del nacionalismo árabe. Yussuf Chaheen continuó produciendo películas provocativas. Adel Imam —un actor no menos talentoso que Omar Sharif— prosiguió mofándose del militantismo en sus actuaciones y creaciones.

 

En 1992, los miembros de la Hermandad Musulmana asesinaron a la luz pública al escritor y famoso periodista Farag Foda, defensor de la tradición secular egipcia y un pertinaz contrario al Islam militante. Farag Foda había prácticamente desbaratado todos los argumentos que los más prominentes teóricos de la Hermandad Musulmana le anteponían en un programa de televisión. Al salir lo esperaba una turba de jóvenes airados ante el “infiel”.

 

En 1994, el propio Mahfouz fue objeto de un atentado por parte de la Hermandad Musulmana, pero Mubarak no quiso detener a los perpetradores, quienes no se escondieron para decir sus nombres y el de su organización. Por esa fecha, el dramaturgo y novelista Elí Salem decidió visitar Israel al precio de ser un apestado; cuando regresó tuvo que huir a Europa, pues la Hermandad Musulmana lo perseguía encarnizadamente. Estos hechos, unidos a la acusación de apostasía y la fatwa contra Salman Rushdie, si bien aterrorizaron a los intelectuales egipcios, no consiguieron apagar las reprensiones seculares. El país continuó forjando letrados de categoría, fustigadores del fundamentalismo y del Estado faraónico de Hosni Mubarak, como Taha Hussein; novelistas impresionantes, como Yusuf al-Qaid y Sonalláh Ibrahim, quienes han deleitado a los críticos literarios occidentales; economistas internacionales, como Galal Amín; juristas mundiales, como los cristianos coptos Boutros-Boutros, quienes son objeto también de una fatwa contra esa familia, emitida por la Hermandad Musulmana; agudos prosistas, como Rifaat Said, quien no cesa de acusar al Islam militante de la Hermandad Musulmana por el asesinato de Foda.

 

El terrorismo tuvo su empujón inicial en un puñado de organizaciones palestinas, cuyos militantes recibían en El Cairo cursos por la Hermandad. Uno de los primeros en distinguir que la violencia islámica era la ola del futuro fue el cabecilla militar de la OLP, Jalil al-Wazir, el temible Abú-Yijad, miembro destacado del ramal de la Hermandad en Gaza. La zona se enturbió aún más con el uso del petróleo como arma política, con la impronta errática del mandatario libio Muamar El Gadafi, y el desplome del Líbano como nación. Los empeños de Washington por alcanzar una conclusión del conflicto árabe-israelí y del Líbano a través de la mediación árabe (Jordania, Arabia Saudita, Egipto) resultaron inútiles, pues Siria —apuntalada por la ex Unión Soviética— amedrentaba a todos con su arsenal bélico.

 

El inmemorial antagonismo entre Bagdad y Damasco es más virulento que las rivalidades inter-árabes contemporáneas. Los intelectuales sirios (otrora a la vanguardia del nacionalismo árabe junto a los egipcios), han sido diezmados, censurados o exilados, pero no simplemente por oponerse a la mano dura de los Assad, sino a las amenazas de la Hermandad Musulmana. Éste ha sido el caso del eminente poeta Ali Kanaap; de los dramaturgos alawitas Mamduh Udwan y SadAlláh Wannous, cuyos libros han sido quemados públicamente en Egipto y Siria por la Hermandad, pese a ser publicados extensamente en el extranjero; del filósofo político Sadiq al-Azm, el más acérrimo defensor de Rushdie; del afamado director fílmico Duraid Lahham, vetado en casi todos los países islámicos por censurar el fundamentalismo religioso de la Hermandad Musulmana y exponer la irreversibilidad del Estado de Israel.

 

Si las guerras árabe-israelíes destruyeron la mística militar árabe, la del Líbano reveló lo absurdo del pan-arabismo, al sufrir su agonía sin que le importase al resto del mundo islámico, solo porque en el conflicto no concurrían los «infieles». El tema fue abordado por el dramaturgo libanés Elias Khoury, en su pieza La Amnesia cultural. El Líbano antebellum era un sitio casi democrático donde se toleraban los maronitas cristianos con su provincia autónoma en el Monte Líbano, los musulmanes chiítas y sunnitas, y los drusos.

 

La primera alteración demográfica en Líbano, cuando los maronitas superaron en número a los drusos en el siglo XIX, tuvo tremendas implicaciones políticas; así mismo ha sucedido con el segundo cambio, al transformarse los marginales chiítas en la secta mayoritaria. Pero el dilema residía en la organización Hamás, instruida de arriba abajo por la Hermandad Musulmana. Si la historia del Líbano fue maronita, su actualidad y futuro es chiíta en brazos de la Hermandad. La unidad libanesa era una parábola política porque la identidad del país depende de cuál secta la domine; de ahí a la guerra civil el tramo era corto.

 

Los chiítas estaban representados por dos movimientos: Amal, de propensión centrista, liderado por Nabih Berri y sostenido por Siria, y el HizbAlláh, encabezado por Hassan Nasralla, un miembro connotado de la Hermandad Musulmana que está apuntalado por Irán. HizbAlláh se nutrió de miles de militantes iraníes que se filtraron por la frontera en la década de 1980, para recibir cursos de la Hermandad Musulmana en las madrazas del sur, y sus ataques suicidas contra Israel y Occidente y secuestro s estremecieron a Beirut. También los palestinos sunnitas, huyendo de las guerras árabe-israelíes, y de Jordania, constituyeron con ayuda de la Hermandad Musulmana y de Arabia Saudita la organización terrorista Hamás.

 

Como irónicamente expresó el egipcio Mohammed Heikal, “Alláh depositó un vasto poder financiero en las áridas tierras de los pocos, en los marginales y atrasados moradores árabes del desierto”. La Hermandad Musulmana, salida de la convulsión militante wahabita del siglo XIX, practicando calladamente la esclavitud supuestamente “abolida” en 1962, y condenando la teoría heliocéntrica de Copérnico como una herejía al Corán, ha propagado su Islam conservador por todo el Medio Oriente. La Hermandad, asistida por un colegio de ulemas, es la quintaesencia teocrática, con su códice jurídico afincado en la Sharia, su justicia medieval, y sus bandos gubernativos contra la mujer.

 

El 20 de noviembre de 1979, la Gran Mezquita de la Meca fue asaltada por un contingente de 1,500 hombres al mando del egipcio Juhayman Al-Utaibi, quien dirigía los grupos de acción de la Hermandad Musulmana y quien se arrogó el título de “mahdi” (Mesías), colocándose en la galería de los Moisés y Jesús. El grueso de los atacantes se había entrenado en Libia y Yemen del Sur. El levantamiento de la Meca, abortado nada menos que por la “infiel” Legión Extranjera francesa, convulsionó al mundo islámico, entre otros a Osama Ben-Laden, por las acusaciones de corrupción y de contubernio con Occidente lanzadas por la Hermandad Musulmana a la familia real saudita, y su pedido de retorno a la pureza del Islam.

 

Igualmente, cuando los soviéticos invadieron Afganistán, el episodio llegó hasta las entrañas de la sociedad islámica, cuyo suelo volvía a ser hollado por los “cruzados”. Por eso el movimiento afgano de resistencia se hizo en nombre de Alá, y no del nacionalismo. Se obvia que fue precisamente la Hermandad Musulmana, comenzando con egipcios, la que lanzó la idea e incubó una Legión Árabe para defender la Casa del Islam, y que se transmutó en la Al-Qaeda de Ben-Laden; por eso la retirada soviética fue razonada por la Hermandad como una victoria del Islam contra un super-poder impío; y por eso el fundamentalismo se envalentonó para plantar cara ante el otro poder, los Estados Unidos. Estamos así en la cresta del renacimiento fundamentalista en Egipto, Yemen, Arabia Saudita y Afganistán.

 

El año 1988 cambió drásticamente el destino a favor del terrorismo islámico. El avión en que viajaba el presidente de Paquistán Zia-ul-Hag y parte de su equipo de gobierno se estrelló en circunstancias hasta hoy desconocidas, permitiendo el ascenso de Ben-Azir Bhutto como premier, y con ella la visión grupal más dogmática de Paquistán, aliada a la Hermandad Musulmana. Bhutto entró de inmediato en alianzas con la Hermandad, permitiendo que sus militantes instruyeran en los campos de refugiados a los jóvenes, que luego conformarían el Talibán. Todo esto lo hizo bajo las propias narices de Occidente. Justamente cuando Estados Unidos fantaseaba con la estabilidad del nuevo orden mundial y los países más poderosos del planeta esperaban cosechar los dividendos del desmoronamiento del bloque comunista, estallaría el más temido de los conflictos: el del petróleo.

 

¿Cómo puede participar tal barbarie codificada en un mundo cada vez más global y más competitivo, si se excluye la mitad de la población —la femenina— al adoptarse como su código legal a la Sharia? ¿Cómo puede florecer la economía si la mujer árabe se evalúa por ser “procreadora de hombres” y no por su capacidad intelectual?

 

La traba cardinal de este mundo islámico abrumado por la violencia no es Israel, ni el autoritarismo, sino la visión del Islam que encarna la Hermandad Musulmana, que conlleva la ausencia de creatividad y educación científica y filosófica, la modernidad que les produce sobresaltos y los desorienta. La modernidad altera las jerarquías sociales, los valores y las tradiciones, ante los cuales la tradición que enarbola la Hermandad Musulmana sirve de resguardo psicológico, y de ahí su aceptación en la juventud islámica. Pero ahí se perfila, precisamente, la tragedia del fracaso árabe para encontrar soluciones realistas, puesto que el mundo por el que supuestamente se desplaza el fundamentalismo islámico fue condenado por la marcha de la historia.

Los islamistas de la Hermandad Musulmana argumentan en esta crisis en Egipto que, debido a la “universalidad y centralidad” del Islam para el creyente, un sistema legal secular e instituciones políticas estilo Occidente no pueden echar raíces en el Medio Oriente, salvo que el Corán sufra una renovación. El dilema para quienes defienden ciegamente el desmantelamiento del Estado secular, cierto es tiránico, es que el militantismo islámico de la Hermandad no es la solución, pues no existe una “economía islámica”, ni una “sociología islámica”, ni forma “islámica” de construir automóviles, de estabilizar el sistema monetario, ni un camino milagroso islámico al desarrollo y alternativa a los ya recorridos por Occidente. Lo irónico es que si en algún lugar se podía producir un glasnost islámico era precisamente en Egipto, cuna de disidentes religiosos, de intelectuales contestatarios y de jóvenes rebeldes sin causa.

 

¡Qué triste sería que después de tantos sufrimientos la “civilización egipcia” abrazara otra utopía religiosa de algún enfebrecido profeta que les impidiese recuperar la prosperidad, el dinamismo, la tolerancia e imaginación que una vez le caracterizaron!