Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS 

 

 

Juan F. Benemelis

 

 

 

La Geo-política o el Destino Manifiesto de Estados Unidos

 

 

Desde el primer tratado conocido por la Historia, suscrito por el faraón egipcio Ramsés II, en Kadesh, la política exterior fundamentó sus preceptos filosóficos en la presión política, la fuerza militar, la guerra, el espionaje, y la subordinación de los estados más débiles a los más poderosos; en las coaliciones y alianzas, en la conquista y el vasallaje. Es una realidad en la cual no presiden las utopías ideológicas, las éticas filosóficas, las religiones, o los derechos humanistas y naturales. El tránsito de una civilización de tracción animal a otra capaz de enviar cohetes a la Luna, se debió a la tecnología militar.

 

Las viejas periferias de la edad mercantilista (Latino América y las Indias Orientales inglesas y holandesas) quedaron excluidas de la revolución dual, mientras los viejos estados de Asia (China, el sultanato Otomano y Persia) eran integrados como periferias en la nueva globalización.

 

A lo largo de la historia los medios de guerra han sido un reflejo de la capacidad de las economías y de las tecnologías de las partes envueltas en el conflicto. Durante milenios el centauro simbolizó el dominio más obvio sobre la naturaleza. En el lomo de cuadrúpedos el homo estableció su poder sobre vastas latitudes y, en sus guerras de exterminio, expandió sus ritos primiciales de sacrificios humanos y animales, edificando imperios despóticos y esclavizando a sus prisioneros, como ejemplificaron el romano Julio César y el mongol Gengis Kan. La figura de Alejandro, El Magno, instruido por Aristóteles pero montado en su corcel Bucéfalo, prefigura la instalación sangrienta de la deslumbrante cultura helénica en el mundo antiguo sobre los cimientos de incontables  cadáveres y las ruinas de las poblaciones vencidas. Así se hace antes de él y se prosigue después hasta la Segunda Guerra Mundial cuando, en su último acto en el escenario bélico, la caballería polaca es destrozada por las panzer del mariscal Henz von Guderian. 

 

Así, por siglos incontables, los ejércitos se estructuraron y armaron acorde con la economía, con la organización y la regimentación de castas y clases de sus sociedades agrarias. La victoria pertenecía a aquellos estados que conseguían la mayor  acumulación de hombres, animales y aperos de labranza transformados en armas: espadas, lanzas, cotas de mallas, armaduras, escudos. Con el advenimiento de la sociedad industrial y con la producción en masa se arriba a la destrucción en masa. La organización industrial y las armas mecánicas se transfieren a los ejércitos, logrando su momento cumbre en la Segunda Guerra Mundial y las guerras regionales en Asia, África y el Medio Oriente.

 

La geopolítica fue rechazada por los politólogos y académicos a partir de la derrota del nazismo, al considerarse un método de análisis creado para justificar el expansionismo alemán. Los fundamentos de la geo-política como una doctrina independiente fueron establecidos en el siglo XVIII por el barón prusiano Dietrich Heinrich von Bülow en su libro El espíritu del nuevo sistema de guerra, en el cual distinguía entre fronteras territoriales y contornos económicos, fijando una noción diferente de Estado. Von Bulow era un ferviente pan-germanista y promovía la unión de los Estados centrales, incluyendo Holanda, los valles del Mosa y las Ardenas, que suponía imprescindibles para cualquier campaña militar contra Francia, algo que luego Adolf Hitler llevó a cabo.

 

Las ideas de von Bulow fueron importantes para la elaboración que Kart Ritter luego hizo en su renombrada obra Geografía Comparada en la cual propone por vez primera una consideración global. Las ideas a favor de un imperio colonial se hallan insertas en los textos históricos de Heinrich von Treitskchke, el cual predijo que el destino germano era ser un poder mundial y que este destino sólo podía alcanzarse mediante la guerra, ante la oposición de Gran Bretaña y los límites geográficos que imponía este pequeño planeta,. Otro elemento que daría forma a la nueva ciencia sería El origen de las especies de Charles Darwin, al aplicar el evolucionismo al espacio físico. Asimismo, el geógrafo germano Friedrich Ratzel, desarrolló a fines del XIX, la noción del espacio vital, el lebensraun del Tercer Reich.

 

Pero la definitiva diferenciación entre la geografía política y la geo-política fue instituida por el sueco Rudolf Kjellen y se extendió a los estados germanos. Pero en la política pan-germánica del canciller Otto von Bismarck no estaba considerado el instaurar un imperio mundial, chocando con las tesis de Kjellen, que proponían obtener la cohesión de un área para asentar un Estado y el consecuente agrandamiento del mismo mediante la colonización o las conquistas. Para Kjellen, Alemania estaba obligada por la geopolítica a desarrollar el militarismo.

 

Así, en manos de los geógrafos e historiadores alemanes, la geopolítica se aplicó a todos los ámbitos de una sociedad específica, al hacer necesaria una política de imposición y fuerza con vistas a estructurar una economía con finalidades estratégicas. Alemania era vista, por estos teóricos, como una nación cuya necesidad económica trascendía sus fronteras y, por tal, necesitaba de la expansión.

 

La geoestrategia desató el último impulso de las potencias europeas por hacerse de un imperio colonial ultramarino, haciendo énfasis en avanzar lo más posible aún a costa de otros territorios. Así concebida es natural que la consideración inicial de geo-estrategia provocara las guerras coloniales, y las guerras entre las potencias europeas del siglo XIX y XX.

 

Ya para la época, la Inglaterra victoriana, a través de Halford Mackinder, utilizaba la geopolítica para dar sentido a su imperio colonial y defender las "líneas vitales" del imperio. Mackinder expuso su teoría en 1904, en una conferencia que haría época, titulada El eje geográfico de la historia, en la cual abordaba la dinámica de una política mundial, que en la época implicaba un poder marítimo (con bases navales) o un poder terrestre centrado en el Asia Central, que consideraba el eje para Europa, Asia y el África.

 

Para Mackinder, mientras Inglaterra conservase el poderío naval indiscutible e impidiese el acceso del Asia Central a Alemania, su preeminencia estaba asegurada. Por eso era imprescindible imposibilitar una  alianza germano-rusa, mediante un semillero de estados tapones en la Europa oriental. De ahí su aseveración de que el control sobre la Europa oriental definía el control del centro-eje territorial, y por tanto del planeta. Lo que llama la atención de la geo-política de Mackinder es su vigencia actual, pues la teoría del eje-continental del Asia Central es aún la premisa del pensamiento militar occidental.

 

El general alemán Karl Haushofer fue quien desarrolló el concepto y los paradigmas de la geopolítica, la cual luego fue adoptada como doctrina de Estado del nazismo y precipitó la Segunda Guerra Mundial. Para Haushofer la búsqueda de la autosuficiencia económica y de civilización, mediante un espacio vital, y la posesión de aquellos recursos y materias primas necesarias para mantener el impulso industrial y social resultarían las paralelas esenciales de una consideración geoestratégica.

 

Para Haushofer, la “doctrina Monroe” era el epitome de la geopolítica y las teorías de Mackinder, de poder marítimo versus poder territorial, el manual a utilizar por Alemania. La posición de Haushofer era la de impedir la fragmentación estatal de la Europa del Este y por eso abogó por que se concediese la auto-determinación de las comunidades alemanas en esos países. Para Haushofer era imprescindible que Alemania desmontase la federación soviética, para poder controlar el Asia Central en una esfera desde el río Elba hasta el río Amur, puesto que el futuro pertenecía a los “mega-Estados” ya que los Estados nacionales pertenecerían al pasado.

 

Desde aquella época Haushofer avizoró a los Estados Unidos como el único país fuera de Europa, con los recursos suficientes geopolíticos para lanzarse y lograr el control del "corazón continental" con el desarrollo de un poder marítimo. La visión de Haushofer sobre los Estados Unidos fue compartida por el teórico británico de la geopolítica, Colin Ross, el cual escribió sus impresiones sobre su viaje a Estados Unidos en 1938, apuntando que estaba "predestinada dominar el mundo una vez abrazase la política de fuerza".

 

Estados Unidos, favorecido por sus fronteras oceánicas. Los norteamericanos del siglo XIX e inicios del XX, sin embargo, no contemplaban (u optaron por no ver) el papel crítico que la Armada Real británica desempeñó en preservar su aislamiento de la política y el balance de poder en Europa. Por eso, en 1917 el pueblo norteamericano aún no entendía las razones verdaderas de por qué era necesario ir a la guerra en Europa, que eran las de defender el equilibrio de poderes de ese continente, lo que en otras palabras significaba mantener el balance de fuerzas mundiales. Asimismo, no lo entendió en la década de los treinta, convencido de que sus fronteras estaban seguras debido a sus supuestas virtudes como pueblo, ignorando el papel de sus dos amplios escudos oceánicos (el Atlántico y el Pacífico), patrullados por su aliada flota naval inglesa.

 

En el pasado, los norteamericanos desvaloraban el papel del poder en la política mundial. La visión tradicional en la élite política norteamericana y sus medios de opinión pública no ha descansado en la creencia de que la nación requiere de un poder global para lograr sus objetivos; nunca se ha enfrentado o ilustrado de cuáles son los ingredientes que han regido, desde tiempos inmemoriales, la dinámica de los asuntos internacionales, ignorando los factores de fuerza e imperio, y los intereses de Estado. Por tal lógica no lograban armonizar sus objetivos con el poder necesario para lograrlos. La historia le negó estas experiencias y lecciones, de cómo se asciende a los primeros planos del poderío mundial, factor peligroso ante un ascenso que ha respondido a la supervivencia, y no a la victoria sobre otros contendientes.

 

Así, se desarrolló en Estados Unidos la certidumbre de que los ejércitos no sólo eran deplorables sino innecesarios para las sociedades libres; mientras se ponderaba a las relaciones exteriores en sus contornos morales y legales, y no en términos de potestad y autoridad, en un mundo cuya política internacional ha sido hasta hoy la del poderío. Pero en la última década del pasado siglo Washington aprendió la lección, con la famosa “doctrina Powell” de abrumar al enemigo. Los bombardeos aéreos de la guerra del Golfo, de Serbia, y los de Irak en el 2003, ya fuesen convenientes o injustos, fueron acciones enmarcadas en los parámetros de un poder sin contrarios.

 

Durante el siglo XX, la visión de cuál debía ser el papel de Estados Unidos en los asuntos mundiales estuvo dominada por dos de sus más descollantes personalidades: Theodore Roosevelt (1858-1919), y Woodrow Wilson (1856-1924). Teddy Roosevelt veía la política internacional a través de los ojos europeos, conformando una versión norteamericana del canciller alemán Otto von Bismarck, en la cual la sociedad internacional era estable debido al equilibrio de un cártel de grandes potencias que actuaban de concierto para imponer su impronta en el planeta, resolviendo los problemas y manteniendo el orden. La guerra hispano-estadounidense de 1898 marca el primer hecho conquistador extra-territorial de Washington.

 

Fue con el presidente Wilson que los estadistas modernos situaron los dogmas éticos y los valores morales como la doctrina para los diseños de política exterior, cánones que aún arrastra Estados Unidos. Wilson llevó a los Estados Unidos a la primera guerra mundial y fue el autor de una doctrina que ha guiado al país desde entonces, al proclamar que por encima de la realpolitik estaban la auto-determinación nacional, la democracia y los derechos humanos.

 

La Gran Guerra de 1914 obligó a que, sin planificarlo o intentarlo, Estados Unidos se convirtiese en el arsenal de las democracias occidentales enfrentadas al káiser alemán. Cuando se firmó el armisticio, en realidad las tropas norteamericanas aún no habían combatido a fondo. Estados Unidos, que en 1914 era el principal deudor del planeta, y se hallaba envuelto en una recesión económica profunda, emergió a finales de la guerra como la nación más rica del planeta.

 

Haushofer fue el principal consejero político de Hitler y quien definió las paralelas expansionistas del Tercer Reich, como el pacto germano-soviético y luego la invasión a la Unión Soviética. Tanto Carl von Clausewitz como Edward Spengler, en su momento, consideraron la imposibilidad de conquistar militarmente a Rusia, debido a la vastedad territorial. Esta “estrategia del espacio” había causado la derrota de Napoleón Bonaparte, pero Haushofer pensaba que una campaña fulminante basada en la superioridad tecnológica compensaba la ventaja geográfica de Moscú. La werchmart no logró dominar el espacio ni imponer su ventaja tecnológica y, al final, el riguroso clima siberiano y el apoyo norteamericano hicieron inclinar la balanza al Ejército Rojo.

 

Para Franklin D. Roosevelt las fronteras de seguridad norteamericanas no estaban en las costas de New England sino en el Rin, y era allá donde, junto a sus aliados, tenían que atajar a la Alemania de Hitler, escudando así al hemisferio occidental de cualquier ataque. En contra del sentido común prevaleciente en el Washington de la época, los criterios del presidente Roosevelt fueron vindicados por la Segunda Guerra Mundial. De haber detenido las democracias occidentales a los panzers de Hitler en el Rin, en 1936, los alemanes no hubiesen puesto años después a Estados Unidos y sus aliados en un peligro mortal.

 

Estados Unidos era demasiado poderoso económica y tecnológicamente para mantener su aislamiento e indiferencia ante conflictos a escalas continentales, como el desatado en Europa por la Alemania de Hitler, y en Asia por el mikado japonés. En 1940, la Alemania nazi desbarató en unas pocas semanas a los ejércitos franceses, sellando el fin de Francia como potencia mundial, e incluso continental en Europa. En junio de 1941 las divisiones blindadas de Hitler invadían a Rusia, marcando la contienda bélica más salvaje de la historia humana. Nuevamente, Estados Unidos entró en guerra tardíamente, después que los contrincantes se habían extenuado. Los victoriosos Estados Unidos de 1945 eran mucho más ricos en términos de comercio y producción mundial que los triunfantes norteamericanos de 1919.

 

Pero la desilusión norteamericana ante el rechazo internacional a sus principios “wilsonianos” se repetiría a su vez después de la derrota del fascismo en Europa y Asia. Estados Unidos creyó de nuevo que los países del planeta consentirían en ver regulado el comportamiento internacional por una especie de parlamento consultivo mundial (la ONU) y las diversas agencias especializadas. Estados Unidos no acababa de aprender el enunciado de Teddy Roosevelt, de que las relaciones internacionales se centraban en el poder y no en la cordialidad.

 

Francia, y no Estados Unidos, fue quien dictó el reajuste europeo de entre-guerra, al disponer del único ejército que quedó en pie tras la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos no ganó solo la Segunda Guerra Mundial; el otro triunfador fue la Unión Soviética. Por eso se impuso el compromiso no público en Yalta, en 1945, en el que Roosevelt y Winston Churchill permitieron que la brutal dictadura moscovita ampliara su imperio a la Europa Oriental. Estos reajustes pactados fueron concesiones a una Unión Soviética con un vasto y activo ejército, frente a unos Estados Unidos que desmovilizaba el suyo. Estas cesiones se interpretaron como debilidades políticas o trabajo de agentes enemigos, cuando en realidad no se intuían los escenarios del poder que confinaban las posibilidades norteamericanas de lograr sus objetivos mundiales a lo largo del siglo XX.

 

Era un tipo de perversión wilsoniana que llevaba a un significativo segmento político norteamericano a creer que la Europa Oriental se había entregado a los soviéticos en Yalta, cuando de hecho éstos la habían conquistado en el campo de batalla. De la única manera que Estados Unidos podría imponer la doctrina wilsoniana era arrebatándole la Europa Oriental al Ejército Rojo, estableciendo su hegemonía de poder internacional; pero el Congreso y el pueblo norteamericano no estaban preparados para continuar las hostilidades.

 

Durante todo un milenio Eurásia ha sido el centro del poder mundial y en la actualidad mantiene su importancia geopolítica en su periferia occidental (Europa) y económico en su región oriental (Asia). Su historia refleja las luchas entre sus potencias regionales que aspiraban a un poder global. Allí están situados, todavía, los estados más activos y dinámicos del planeta, fuera de los Estados Unidos, como Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, Rusia, China, Japón.

 

Si bien la geopolítica de Haushofer tuvo y tiene razón en cuanto a cuál era y es el eje territorial a dominar, y la secuencia a conquistar para obtener la supremacía mundial, sin embargo no fue por la invasión militar, sino con el derrumbe del Muro de Berlín, la balcanización de los Balcanes y la implosión de la URSS que tanto la Europa del Este (en especial Polonia y Ucrania) como el Asia Central se liberaron de la garra del oso moscovita. Al perder el control sobre la Europa del Este, se disolvió la contraparte de la bi-polaridad URSS-USA.

 

El factor determinante de la política mundial de finales del pasado siglo fue el de un mundo dividido; primero en dos superpotencias en posesión de una tecnología nuclear de guerra,  Estados Unidos y la Unión Soviética, y un pequeño concierto de potencias militares secundarias; luego, con la disolución del bloque soviético, se ha producido la momentánea consolidación de la uni-polaridad militar norteamericana, en medio de un retablo restringido de potencias nucleares de segundo orden, como Rusia, Ucrania, China, Francia e Inglaterra, con el riesgo de su proliferación indeseada en Corea del Norte, Irán, India, Pakistán e Israel.

 

De inmediato, Estados Unidos presionó para que la OTAN se engullera la Europa del Este, mientras las guerras de Afganistán y del Golfo le permitieron internarse directamente al Asia Central, implantando bases militares en Georgia, Tayikistán, Azerbaiyán, y conectando el Occidente con el centro de la masa Euroasiática. Se retornaba a la redistribución wilsoniana tras la Primera Guerra Mundial, cuando se creó un cordón sanitario que impedía la vinculación militar de Rusia a la Europa occidental, especialmente Alemania. Y esa vez, como vaticinó Treitskchke, Estados Unidos, como potencia marítima, alcanzaba lo que Inglaterra, como potencia marítima, no pudo agenciarse; establecerse en todos los lugares estratégicos del planeta al imponerse territorialmente en la masa Euroasiática.

 

Luego, con su participación en las dos guerras mundiales y las guerras del Golfo y Afganistán se consolida su preeminencia ante un mundo que ha dejado de ser bi-polar tras el derrumbe de la Unión Soviética. La supremacía norteamericana guarda relación con anteriores sistemas imperiales, pero presenta diferencias muy marcadas pues su poder global, sin rivales actuales, se ejerce a través de un sistema cuyo diseño refleja su experiencia política y ética doméstica. La rapidez con que Estados Unidos ha logrado la hegemonía planetaria y la manera que la viene ejerciendo ha transformado al planeta y también ha transformado a la nación norteamericana, sustrayéndola del aislamiento para conceder acceso a su tecnología y mercado al resto de las naciones.

 

A medida que avanza el progreso técnico y científico la guerra se hace más letal. La Guerra del Golfo (1991-1992) marca la transición del uso de los medios bélicos de una sociedad industrial a los de sociedades de información electrónica. Si la invasión inicial de Irak a Kuwait, que precipitó el conflicto, se produjo mediante los mecanismos guerreros de la sociedad industrial (cañones, fusiles automáticos, tanques, camiones), la respuesta de Occidente se fundamentó en una guerra electrónica y de información (satélites, bombas inteligentes, caza reactores invisibles).

 

Al transformarse Estados Unidos, desde los finales del siglo XX, en la suprema potencia mundial, y obtener como despojo de la Guerra Fría la preeminencia de los antiguos dominios del Kremlin, ello ha implicado que por vez primera, una potencia no euroasiática se abrogase el papel de árbitro en las relaciones de esa masa continental. El propósito primordial de la política estadounidense es enfrentar las turbulencias regionales esporádicas y dar forma a una comunidad global de largo alcance, evitando que surjan aspirantes al dominio euroasiático que reten su hegemonía.

 

La primacía global estadounidense es única en su alcance y en su carácter, y refleja su filosofía democrática, la cual busca implementar en aquellos territorios de su interés, como en la periferia occidental de Eurásia. Sin dudas, en la estrategia global norteamericana para Eurásia existen límites para su poder efectivo, y lo único que puede mantener la presencia de Estados Unidos es construir una estructura de cooperación regional que se inserte en los planes globales de “estabilidad y paz mundial”. La principal meta geoestratégica de Estados Unidos en Europa es mantenerla como su aliado natural, debido a poderosos factores comunes como valores y éticas similares, herencia religiosa, política democrática. Para ello está precisado a construir una vinculación que descanse en la conexión franco-alemana para que ese continente pueda funcionar como trampolín para la progresiva expansión de la democracia en el resto de la masa Eurasiática.

 

Entre las prósperas  e laboriosas extremidades Occidental y Oriental de Eurásia, existen agujeros negros peligrosos, como los Balcanes, los conflictos religiosos y étnicos del Cáucaso y Asia Central. La transformación en conflictos internacionales, de las disputas que allí surjan, dependerá de la compleja interacción de los intereses rusos, turcos, iraníes, y chinos, y la capacidad de arbitraje que Estados Unidos pueda ejercer sobre Rusia. Moscú tiene que asimilar como su única verdadera opción geoestratégica a la nueva Europa en proceso de formación y no el “Viejo Continente”.

 

Es casi imposible la exclusión de Estados Unidos del continente asiático, pues con vistas a consolidar su actual preeminencia global y lanzar una geoestrategia consecuente con tal posición, necesita  de una alianza  con el Japón y una relación cooperativa con la China continental

 

 

Así, es la consideración geopolítica la que marca las grandes paralelas del acontecer internacional. El acceso a una alta o escasa demografía, el usufructo de recursos minero-energéticos, y la posesión de un elevado desarrollo tecnológico y científico posibilita que la población de ese Estado esté integrado el sistema económico internacional, disfrutando de todas las ventajas que ello concede, en nivel de salud, educación y vida (R. Cifuentes. El ataque global concertado a los recursos naturales. http://www.rcci.net/globalizacion

 

No se puede apuntar que tal consideración esté ausente de las políticas en las actuales potencias mundiales. Así, áreas críticas para el sostenimiento del desarrollo mundial, como el petróleo del Medio Oriente y del Cáucaso resultan objetos de seguridad nacional para muchos estados. Al no existir un acuerdo tácito en cómo utilizar aquellos recursos vitales, son los estados más poderosos e influyentes, militar y tecnológicamente, quienes adquieren el derecho sobre tales recursos y los dominan de manera directa o indirecta. Otros recursos vitales para los niveles de consumo del Primer Mundo, también adquieren la categoría de “estratégicos”,.

 

Ya para los inicios de la Guerra Fría, uno de los geopolíticos más descollantes del siglo XX, el norteamericano George Kennan expresaba lo siguiente: “Tenemos que proteger nuestros recursos, los de Estados Unidos, el hecho de que estén en otros países es un accidente”. Algo que no difería en su esencia con los postulados de las alemanias del Káiser y del Führer y que, en el caso de Estados Unidos sólo venía a coronar lo expresado a inicios del siglo XIX por Monroe. Su tesis se complementó con las famosas “doctrina Truman”, “doctrina Dulles” y “doctrina Eisenhower” las cuales establecieron: “71 complejos militares en todo el mundo y 800 bases aéreas, navales y de infantería, puestos de vigilancia, espionaje, comunicaciones y depósitos de armas repartidos en 130 países” (Maldonado C., Adolfo (2005). América se escribe con sangre. IPHC, Frente Nacional por la Salud de los Pueblos del Ecuador, II Asamblea Mundial de la Salud de los Pueblos. pp. 43).

 

En ciertas áreas del Medio Oriente, Asia Central y América Latina se corresponden las reservas energéticas y de gas con la presencia de bases militares norteamericanas, las cuales, además, cumplen funciones de protección ante la insurgencia guerrillera y, actualmente, el terrorismo y el entrenamiento de ejércitos locales (Diario La Jornada México, 23/09/2003). Muchos consideran que tal relación es una arquitectura geopolítica para hegemonizar, mediante el control militar, los recursos vitales al desarrollo y alto nivel de vida. No es menos cierto que el negociador norteamericano del TLC para la región, Robert B. Zoellik expresó en 2003 que el TLC con los países Andinos representaba “serviría como complemento natural al Plan Colombia” (Menéndez Quintero, Marina. Mapas de la hegemonía norteamericana en América Latina. www.alcaabajo.cu).

 

Protegido por dos océanos y por un cordón territorial incluido en sus planes de auto-defensa (México, Canadá y Cuba) y con una proyección internacional casi similar a la insularidad imperial de Inglaterra, Estados Unidos aún debate en su interior su definición en el planeta, y esta ambivalencia se refleja en acciones incompletas y tendencias proteccionistas. Sin embargo, la preservación de los niveles de consumo y vida de los polos industrializados del planeta requieren la protección de las fuentes energéticas, tarea que se halla en la agenda la OTAN, del NORTH-COM, el SOUTH-COM, el CENT-COM y las fuerzas aereo-navales del Pacífico.

 

La guerra preventiva, la doctrina estratégica de las fuerzas militares norteamericanas, no es una consideración novedosa, sino que se halla desarrollada en los postulados de la geo-política del siglo XIX e inicios del XX. Asimismo, la modernización y adaptación de las fuerzas armadas para afrontar los conflictos asimétricos fue también esbozado por Rudolf Kjellen para que Alemania, con su superioridad tecnológica, conquistase la potestad mundial.

 

Como sucede a menudo, es necesario retornar a las fuentes clásicas, y en el caso del tablero político que se desarrolla en esta primera parte del siglo XXI, es inevitable revisar a los teóricos que fundamentaron la geo-política, para acaso admitir que un Haushofer no estuvo muy errado al considerar que la tendencia era al dominio del planeta por un super-Estado y que el candidato más corpóreo (¿destino manifiesto?) no era la Inglaterra victoriana, Rusia o Alemania, sino los Estados Unidos.

 

La historia, sin embargo, guarda lecciones imborrables, a partir de los primeros super-Estados que conoció la civilización (Persia, Macedonia, Cartago, Roma, Ghengis Kan, Bizancio, los califatos, España, Inglaterra, Francia) y ellas son que junto a la expansión de la supremacía y el dominio se halla la obligación de hacer uso repetidamente de la fuerza so pena de naufragar. Sólo que en el caso norteamericano aún su destino hegemónico planetario aún no ha sido asimilado del todo por su nación.