Cubanálisis  El Think-Tank

         ARTÍCULO ORIGINAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                    Juan F. Benemelis

 

 

 

 

                                                       

 

 

Cuba, entre la lógica y la incertidumbre

 

Quizás sea cierto el comentario atribuido a José Lezama Lima, de que Cuba es un país frustrado en lo político. Lo cierto es que analizar las circunstancias políticas y sus consecuencias siempre termina en la frustración, a no ser que se tengan de antemano visiones pre-hechas; o que, quien se lanza a tal aventura, con arrogancia, ya tenga previsto el escenario y su solución.

 

La historia no se comporta de manera lineal, como lo creyó Carlos Marx; ni es siempre la resultante de una causa, el manido efecto cartesiano.

 

Eugenio Yáñez me lanzó a una aventura, al pedirme que escribiera sobre el exilio, la oposición, el régimen, el tablero actual, las piezas de dominó en juego, y demás. Digo aventura porque ya todas las posiciones están ocupadas… es decir, tanto el régimen, como la oposición interna, como el exilio, como la Moncloa, como el Departamento de Estado, como Miraflores, como el Kremlin, como la Calle 8, como los think-tanks de la Universidad de Miami y de la Universidad Internacional de la Florida, todos, todos “saben” y están “convencidos” de cuál es la estrategia correcta, de cómo va a concluir el entuerto habanero, de quién está equivocado, etcétera, etcétera, etcétera.

 

Veamos por partes.

 

Como dije en una oportunidad anterior: el sino de Cuba se mantiene… el de estar siempre disputada por los grandes poderes hegemónicos del momento. En su caso, por Estados Unidos, por su cercanía geográfica y el peso de los cubanos en Estados Unidos.

 

Poco se ha analizado hasta qué punto el absolutismo y la intolerancia conforman el legado cultural, político, y el carácter despótico vigentes hoy en la psiques individual y colectiva de la inmensa mayoría del pueblo cubano. Opinaba el novelista cubano Severo Sarduy que el absolutismo ideológico que caracteriza a los cubanos proviene en gran parte “de la España torquemadesca, represiva, fascinada por la humillación y la muerte”. 

 

Pero esa España “torquemadesca” no era represiva en el vacío, sino en un contexto histórico específico, dentro de parámetros que la revelan como una humanidad socialmente racista, sexualmente misógina, políticamente masculinista, y teológicamente patriarcal. Por ello, Cuba no resulta una nación lograda.

 

Luego de perder significado estratégico para Washington a partir de la disolución del bloque soviético, el país ha quedado abandonado a su suerte política, a merced de los embates provenientes de la oposición y al manejo indiscriminado de la represión.

 

Se ha debatido si para derrocar a los Castro la lucha guerrillera ya es impracticable, y si las acciones y sabotajes son una dilución; si el lobby en Washington es un laberinto sin salida; si el diálogo resulta una parodia; si la resistencia pasiva es una ilusión; si la presión internacional es una quimera; si el abandono voluntario del poder por los Castro es el sueño de una noche de verano; y si el tiranicidio está imposibilitado por su impenetrable guardia pretoriana.

 

Concedamos a los cubanos el haber sostenido la oposición a ultranza en décadas, intentando casi todas las recetas del laboratorio político: desde la lucha armada y el tiroteo costero hasta el diálogo y las tácticas “ghandianas”; el gardeo a presión sobre los funcionarios norteamericanos, europeos y latinoamericanos.

 

El bombardeo radial sobre la Isla; el diluvio de libros, publicaciones y conferencias internacionales sobre el castrismo; las acusaciones de violaciones de derechos humanos en organismos internacionales; el piqueteo constante; las flotillas; el rescate de los balseros; las muestras de rebelión popular contra el estado; los apedreamientos de edificios y ómnibus; los motines.

 

Cuba ha pasado de la autocracia caudillista a la dictadura colegiada, con sectores de la tecnocracia leales al proyecto neo-castrista. El proyecto del raulato no se enfoca al desarrollo de la economía nacional, sino simplemente a su racionalidad para garantizar la subsistencia. No se busca una real economía mixta con dos sectores, uno estatal y otro privado.

 

El raulismo ya no aborda los problemas sociales, lo que profundiza los conflictos raciales y de clase. El dilema es el poco tiempo biológico de esta gerontocracia, la escasez de recursos financieros, y un horizonte internacional cada vez menos favorable.

Algunos opinan que el régimen permanece estacionario y, por tanto, es mejor compartir la caza con el cazador, que ser cazado; o que, concediéndole las alternativas, Castro puede optar por una neutralidad reformista de la que pueden obtenerse beneficios.

Una de las escuelas predominantes es la de observar y esperar, para salvaguardar la integridad del territorio ante el zarpazo imperial, y proteger vidas humanas. Para otros, la armonía que proyectan los medios masivos del régimen es proporcional a las dimensiones del estallido postcastrista, ya que el dilema moral, social, económico y político es de tal magnitud que concurren todos los ingredientes para una espantosa catástrofe nacional.

 

La agenda política de casi todos los movimientos opositores contempla una solución nacional pacífica, y pese a que sus actividades están confinadas a pequeños cónclaves privados y sus demostraciones públicas son desbaratadas de inmediato, sostienen una amplia red de contactos con organizaciones o individualidades del exilio cubano, con gobiernos y funcionarios extranjeros, y con instituciones internacionales.

 

Pese a que se hallan frente a un clan agresivo, primitivo y sitiado, su membresía se multiplica en universidades, sindicatos, círculos periodísticos y religiosos, de forma tal que es imposible para el régimen destruirlos, porque ya es más experimentada e inteligente y está dispuesta a soportar cualquier riesgo. Así, Cuba cuenta con una oposición doméstica extensa y militante.

 

Las medidas de mantener el embargo, las restricciones financieras, la congelación de créditos y todo lo que conlleve a que el régimen habanero no logre un respiro, tienen como objetivo crear una situación interna insostenible que provoque confrontaciones, ya fuese pueblo-gobierno, élite-elite, etcétera.

 

Estas medidas no le propiciaron el respiro que tuvo dentro del bloque soviético, digamos, Polonia, Hungría o Yugoslavia. Le impidieron consolidar la élite como clase. En el caso de Corea del Norte, lo tiene arrinconado, y en el de África del Sur, provocó la caída del Apartheid. Digamos que hubo inefectividad y efectividad, enlenteciendo y dificultando planes y objetivos. Eso se hizo evidente en los esporádicos lapsos en los cuales Castro tuvo un cierto acceso a los mercados crediticios internacionales, 1972-1976, con un resultado relativamente visible en la economía.

 

En todo ello, hay razón.

 

Los (vamos a calificarles de alguna manera) “aperturistas” argumentan que la “línea dura” (¿lo es en realidad?) lo que hecho es lesionar a la población, que la élite no se afecta con tales medidas, y que ello juega con la retórica castrista. También aducen que tal cosa posibilitó por largo tiempo a La Habana presentarse como una víctima de Washington-Miami, paralizando cualquier intento de condena internacional.

 

En todo ello, también hay razón.

 

Los “aperturistas” consideran que cambiar totalmente de estrategia, levantar el embargo, promover la avalancha de viajes y las remesas de los familiares desde Estados Unidos y otros países, crearía un estado de ánimo diferente en la población, actualmente acogotada represiva y económicamente. Y que sólo en un escenario como tal puede promoverse la sociedad civil independiente capaz de retar al régimen, equipada con los medios de comunicación de vanguardia.

 

Amén de que sería más fácil la ayuda a la oposición, pues no se podría enarbolar que son “peones del enemigo”, pues el enemigo norteamericano dejaría de serlo para convertirse en el amigo abastecedor. Con ello se estaría en las puertas de la transición.

 

Cuando se piensa así, parece que es una posición loable.

 

Asimismo, apuntan que ya existe una visión generacional diferente… que la confrontación régimen habanero-con quien fuere, no debe conllevar el sostener la relación del cubano de afuera con sus familiares de adentro. Es cierto que quienes llevan o envían ayuda a sus familiares en Cuba de cierta manera le ofrecen una oportunidad al régimen de aprovecharse de parte de tales recursos. Es cierto también que lo contrario es hundir en una mayor depauperación al familiar.

 

¿Qué sucede aquí? Los tirios piensan que el régimen se desploma en cualquier momento, sobre todo mientras más se le apriete, y por tanto, el acto de enviar o llevar recursos dilata el final. Los troyanos, y los pobladores isleños, están convencidos de que el régimen no se cae, que los americanos nunca van a llegar, y que el exilio no va a derrocar a La Habana. Por lo tanto, hay que ocuparse de los seres queridos.

 

Ambos podrían tener razón, pero pueden estar equivocados.

 

Los troyanos consideran que tal cosa consolidaría más aún al régimen, pues significaría entradas financieras para sus vacías arcas. Y que mientras tengan el control represivo en sus manos, nada sucederá. Amén del hecho ético-filosófico de contemporizar con un régimen que viola constantemente los derechos humanos.

 

Y hay una gran porción de verdad en tales planteamientos.

 

Hace más de un siglo, de Albert Einstein para acá, la fórmula “causa-efecto”, que de la física había saltado al análisis histórico y político, quedó desahuciada, demolida por la incertidumbre cuántica, por el caos. Sin embargo, es increíble que se mantenga como el instrumento de análisis político, tanto de los analistas profesionales como de los de café-con-leche. Si hacemos tal cosa, resultará lo otro…

 

Y esto corresponde tanto a quienes abogan por un cierre a cal y canto alrededor del régimen habanero, como quienes apuestan a que la talanquera se abra totalmente.  Como a quienes se apuntan al “no hagan olas”.

 

Los tirios, o la auto-calificada (osadía) “línea dura” siguen el mismo esquema. Apretemos y aquello se desploma. Los troyanos, “aperturistas”, están en el mismo camino: abramos y aquello se desploma.

 

¿Cuál es, a mi modo de ver el Perogrullo? ¿Y, adonde conduce todo mi análisis? Pues a lo siguiente: ninguna de las posiciones tiene la verdad absoluta en sus manos. Abriendo puede provocarse el desplome o la consolidación. Cerrar puede desplomar o consolidar. Parapetarse en el Palacio de la Revolución, ejerciendo control informativo y represión puede prolongar por otra generación al castro-socialismo, como también lo puede evaporar en 24 horas.

 

Las transformaciones sufridas por el mundo político a lo largo de las últimas décadas, principalmente, han replanteado nuestro sentido del análisis político y de la historia.

 

Hay hechos pequeños que pueden desviar el curso de los acontecimientos. Las decisiones políticas y económicas que se toman desde el Estado, deciden el curso inmediato… por eso, pueden ser decisiones X o Y, y entonces tendríamos realidades diferentes. Tanto las ciencias, como las humanidades u otras disciplinas han demostrado la inconsistencia de tales postulados.

 

Así, la Revolución Cubana se produjo por un solo fenómeno: la persona, aspiración y deseo de Fidel Castro, el cual implementó un derrotero muy específico, muy de lo que pensaba hacer, a la historia reciente de Cuba. De haber muerto Fidel Castro en El Moncada, o en alguna refriega universitaria, o si hubiera logrado el asiento senatorial que le solicitó a Fulgencio Batista, sin dudas tendríamos un escenario totalmente diferente.

 

Nadie pensaba que el sólido bloque soviético se esfumaría en un par de años. La caída del muro de Berlín, la derrota del llamado socialismo real, la redefinición de las fronteras nacionales, la universalización de patrones culturales y éticos, decretaron la muerte de la utopía.

 

Karl Marx, Frederick Engels, Antonio Gramsci, Lucien Goldmann, y otros “ideólogos” han sido gradualmente condenados al sarcófago de las momias.

 

Podemos, a la memoria, enumerar también los siguientes: el fracaso de todas las revoluciones en el Tercer Mundo; el cambio demográfico en la Isla llevando a la población negra y mulata como mayoría lo que ilegitima “por color” a la élite actuante; la transformación de Cuba en el país económicamente más pobre de América Latina, al nivel de Haití.

 

La histeria en la década de los ochenta de que Japón estaba en vías de desbancar económicamente al resto de los imperios tecno-económicos, no pasó de la histeria.

 

¿Quién en su sano juicio auguraría que el team olímpico de lucha de Bulgaria acapararía el poder al inicio de la sucesión? ¿Quién conocía a Václav Havel una semana antes de las manifestaciones en la Avenida Wenceslao?

 

¿Qué analista o político previó la carnicería entre serbios y croatas, entre serbios y herzegovinos? Ni que China se convirtiese en el taller del planeta. Y mucho menos que la economía mundial entrase en una crisis general en el 2008. Tres meses antes de su elección como presidente, quien apostase por Barack Obama estaba chiflado.

 

En dos días, luego del atentado en Atocha, Zapatero pasó del sótano electoral a La Moncloa. Los intransigentes guerrilleros salvadoreños hoy son juiciosos congresistas, y los “demócratas” iraquíes van en vías de transformarse en facciosos tribeños religiosos. Los encarnizados enemigos afganos, talibanes y gobierno, se dan la mano por debajo de la mesa.

 

¿Quién iba a imaginar que los líderes del Kuomintang y del Partido Comunista Chino en algún punto se iban a sentar civilizadamente a planificar cooperación, participación, cuando entre ambos existía un océano de sangre de millones de muertos? ¿Quién iba a pensar que el exilio armenio y la oposición interna armenia, que tanto habían luchado de conjunto, para lograr la transición del comunismo, iban a ser enemigos encarnizados?

 

El descubrimiento y explotación de los yacimientos petroleros en el Golfo de México introduce un elemento estratégico que puede variar cualquier cuadro concebido hasta el momento. Ello introduce variables manejadas fuera del alcance económico y político de los opositores de Castro y de las fuerzas favorables a la transición a la democracia y una economía de mercado, tanto en la calle como en la nomenklatura de intramuros.

 

Aquí tenemos que incluir al régimen habanero.

 

Pero la élite en el poder en La Habana tiene una noción equivocada de la Historia; piensa que de todas maneras tenía que producirse la revolución, que ellos encarnan. De ahí que no se preocupen de aquellos “pequeños detalles”, al menos los visibles, que podrían hacer girar abruptamente la pendiente por donde se desliza el proceso cubano.

 

El castrato piensa que tiene la situación bajo control y la sucesión en el bolsillo; que para asegurar el pase de batón aún tienen que mantener el control de la información y aplicar la represión cuando se requiera. Y, apuestan a que un “aterrizaje suave” reformista y ciertas aperturas en el mundo cultural permitirán que los futuros cuadros dirigentes, se consoliden.

 

El raulato está probando un sinnúmero de modelos estructurales. Pero el punto neurálgico no radica en el tipo de modelo organizativo, y esto es válido para cualquiera de los sistemas económicos a aplicar, incluido el libre-cambio, el capitalismo regulado, el capitalismo de Estado, el socialismo utópico, el socialismo de mercado, etcétera.

 

El punto nodal reside en si cualquiera de los modelos estimula o no al productor, si logra crear un mercado interno autónomo del Estado, si consigue que el individuo se sienta realizado psíquica y espiritualmente en tal entorno. El mantener sin estímulo al productor cubano, de hecho plantea un elemento que abre pocas opciones y ramales de futuros.

 

Se habla de si la actual élite tiene tiempo o no para superar tal crisis, si cuenta con el apoyo internacional suficiente para la canasta básica, si puede desatar las “fuerzas productivas” internas. Habría que preguntarse entonces, ante tal evidente ecuación, si la actual élite raulista es insensible ante el cubano de a pie, o si es obtusa en sus “principios” de los años sesenta del pasado siglo, o si sencillamente es la más incapaz que ha regido a Cuba desde que Colón la descubrió.

 

En la historia cubana futura no puede predecirse que prevalezca una transferencia al segundo escalón de la nomenklatura, una intensa lucha del poder tras los hermanos Castro, o un pronunciamiento militar, o lo menos considerado: un estallido. Depende de los factores que estén presentes en cada momento y que pueden distorsionar este cuadro.

 

Navegan en una situación de crisis, convencidos que ella se sortea si dan los pasos correctos desde la atalaya del poder. A esto sólo podemos señalar que tal criterio fue lo que provocó la evaporación, de un día para otro, del aparentemente sólido bloque soviético.

 

Se ve que no califican como políticos, pues aún se aferran a la lógica cartesiana de causa-efecto. No reparan en imponderables, cuando es ya imprescindible ver lo político desde el incongruente concepto de la incertidumbre.

 

Resultará imposible para cualquier administración de Estados Unidos superponer consideraciones éticas, filosóficas o morales por encima de sus intereses nacionales y estratégicos. El dilema entre petróleo y oposición jamás se plantearía por quienes asumen la implementación de una política petrolera hacia Cuba.

 

Cuba exhibe hoy día la patología del imperio al cual perteneció, y es un museo viviente de los males que aquejaron el ex bloque soviético que incluye desde una moneda inservible, conversaciones telefónicas grabadas, colas interminables, estantes vacíos, edificios ruinosos, hasta la prostitución de adolescentes por baratijas foráneas.

 

Uno de esos insignes enigmas contemporáneos es el por qué el castrismo, con sus cárceles atiborradas, y su pueblo depauperado, fue el único proceso de la familia soviética que capturó la imaginación de los radicales y la izquierda chic occidental, y del puñado de marxistas transformados en viudas ideológicas tras la desaparición del sistema soviético.

 

La traba radica en la nulidad gerencial del estado y la tozudez de los Castro, pues la isla posee los recursos naturales, humanos calificados, y la infraestructura mínima, para sustentar una población dos veces mayor que la actual, y sin razón para la miseria.

 

La élite cubana sabe que ante cualquier cambio pierde sus prerrogativas, ya que una vanguardia marxista en el poder no puede conformarse en estado democrático y pluralista, como ilustra el aleccionador ejemplo del bloque soviético. Allí, donde la decadencia del sistema avanzó demasiado y la nomenklatura no prevaleció ante la democratización, la población abandonó al Estado benefactor por las incertidumbres de una sociedad de consumo en cuanto tuvo la libertad de opción.

 

En manos de Castro y de sus desorientados leales, ahora sumidos en la orfandad ideológica, sin disyuntivas y con un entorno geográfico en democracia, se encuentra el futuro de un país en agonía secuestrado por una burocracia militar.

 

La renuencia al cambio acentúa precisamente el consenso general por un cambio. Por eso, los Castro tratan de preparar mentalmente a su élite para una tenaz resistencia, sin importar costos humanos, para que llegado el caso, sepa valerse de la violencia; por eso no autentica a la oposición política del patio: para impedir que se combinen la presión externa con grupos internos.

 

Pese a todas las vueltas que se le dé, Cuba concluirá en un sistema democrático, cuyas características (neo-liberal, social-demócrata, economía mixta, parlamentario, congresista, transición de terapia de shock estilo Polonia, economía dual estatal y privada a la China, privatización paulatina, etcétera) dependerán de las corrientes y partidos políticos que se conformen en la Isla.

 

No se puede forzar la aplicación de tales modelos desde ahora como si éste o aquél fuese el perfecto o el salvador.

 

No se sabe si Cuba continuará su eterno ciclo de caudillos ungidos por las masas, de auto-próceres salvadores de la patria, de capillas promotoras de revoluciones, de la violencia como el instrumento fundamental del cambio y de la solución de las querellas políticas.

 

Es cierto que se está en presencia de una población para quien el futuro es incomprensible y donde lo válido es sólo el presente. Pero el deslizamiento de Cuba a un final sórdido continúa, y ni el propio Raúl Castro es capaz de contener el colapso de la sociedad utópica propugnada por el marxismo‑leninismo, que se mantiene gracias a la represión política, moral, económica y policial.