Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

CUANDO "OCCIDENTE" DEJÓ DE EXISTIR ( I I I ) 

 

DISUASIÓN, CONTENCIÓN Y PETRÓLEO

 

En la década del 50, el por entonces abanderado supremo de la paz y la coexistencia pacífica, el premio Nóbel de matemáticas Bertrand Russell, propuso que la Unión Soviética fuera atacada para prevenir que consiguiera armas nucleares. La contención estaba acorde con el derecho internacional, pero se crearon nuevas técnicas para conseguir y lanzar las armas de destrucción masiva, y ha surgido una oscura red mundial terrorista contra la cual las medidas de contención carecen de sentido.

    

Este nuevo orden mundial se inauguró en 1990 con la invasión de Irak a Kuwait, que amenazaba un reajuste de las reservas financieras del orbe, realineando las alianzas políticas continentales, replanteado el fenómeno energético y provocando una crisis económica internacional.

 

Es difícil aceptar que Washington no hizo entonces un cálculo de las intenciones reales iraquíes detrás de la disputa por precios petroleros y territorios. Era pueril haber pensado que la masiva acumulación de material bélico en la frontera con Kuwait era una bravuconada de Saddam Hussein. Resultan aún nebulosas las razones por las cuales Occidente no detuvo con antelación tal intrusión, anticipándose a la crisis que estalló en el Golfo, salvo que no estuviese claro cuál iba a ser el rol de los soviéticos. Pero, sin dudas, los principales servicios de inteligencia occidentales disponían de información suficiente sobre los proyectos militares de Hussein.

 

La preocupación sobre el diferendo árabe israelí, el colapso comunista, la disminución de la rivalidad Este-Oeste y la unificación alemana tenían ocupadas a las principales potencias internacionales, y hasta ese momento existía una sorda complicidad de Estados Unidos, Gran Bretaña, Austria, Alemania y Francia en el rearme del ejército iraquí.

 

La confianza e impunidad con que Hussein atacó a Kuwait, junto a sus preparativos para atacar a Arabia Saudita, no nació de una decisión unilateral. Como ha sido norma para todo conflicto bélico, desatado por uno u otro bando desde la II Guerra Mundial, resulta inverosímil que el régimen iraquí no haya "consultado" previamente con su principal retaguardia logística entonces, la URSS. Gorbachov, además, con su amplia red de inteligencia en Irak, conocía con antelación los planes de Hussein, quien de alguna forma interpretó como "luz verde", el silencio soviético y su interés en un incremento súbito del precio petrolero.

 

La alarma europea estribó en la posible integración de los recursos financieros del Cercano Oriente a la economía de los Estados Unidos, transformándose en su mercado principal y centro de las inversiones de petrodólares. Siria consolidó en ese momento su control del Líbano y recibió una jugosa compensación por su alianza al Occidente en contra de Hussein, además de ser aceptado con mayor consideración entre los países moderados petroleros del área. Pero Irán, cuyos sueños de expansión fundamentalistas fueron cortados en seco por Hussein en la sangrienta guerra de 8 años, mantuvo una sorprendente neutralidad al principio, y un rumorado alineamiento a la coalición anti-Irak al final, beneficiándose de la situación petrolera, al poder elevar sus exportaciones. Los iraníes, necesitados de reconstruir su economía, presionaron exitosamente por la concesión de créditos y tecnología del Occidente.

 

«Es probable que la historia registre el 11 de Septiembre como el punto decisivo en la conformación del orden internacional para el siglo XXI». La afirmación es de Henry Kissinger, uno de los principales estrategas norteamericanos de los últimos 50 años. «El 11 de Septiembre puso fin a algunas de las ilusiones pretenciosas de los años 90. (...) La idea de que una Europa unida buscaría constituir su identidad en confrontación con Estados Unidos quedó en el olvido (...) Rusia se transformó en socia de la campaña antiterrorista, China aportó inteligencia (...) ninguna de estas medidas era concebible hace unos meses. (...) En consecuencia, y por primera vez en medio siglo, Estados Unidos ya no tienen que enfrentar a ningún adversario estratégico, y no hay ningún país ni grupo de países que pueda pasar a serlo durante por lo menos los próximos 10 años».

 

ESTADOS UNIDOS, RUSIA Y EL MEDIO ORIENTE

 

En octubre de 2003, Estados Unidos persuadió a Rusia para que aplazara la entrega de las barras de combustible a Bushehr, lo cual ha ralentizado el programa iraní y la inauguración del reactor valorado en 800 millones de dólares se pospuso. Mientras tanto, Rusia e Irán continúan adelante con sus largas negociaciones sobre la construcción de tres a cinco instalaciones adicionales por un coste de 3.200 millones de dólares.

 

No fue coincidencia el que los rusos armaran a la Alianza del Norte en Afganistán, la que desató la ofensiva contra los talibanes, bajo el mando del general uzbeco Abdul Rashid Dostum y el tayiko Mohammad Qasim Fahim. La entrada inconsulta a Kabul de la Alianza del Norte, que provocó la irritación del Pentágono, tenía como objetivo la instalación de un gobierno pro-ruso y aliado a la India, con vistas a controlar el futuro pasillo petrolero.

 

De hecho, la “Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU de América” revisada de marzo de 2006 identifica a Irán como el mayor reto al que habrá de hacer frente EEUU en el futuro. Según el informe, “es posible que no tengamos que hacer frente a ningún reto mayor procedente de un único país que el que supone Irán”. Añade que “continuaremos adoptando todas las medidas necesarias para proteger nuestra seguridad nacional y económica contra las consecuencias adversas de su mala conducta”. Advierte que las actuales gestiones diplomáticas internacionales destinadas a poner freno al programa de enriquecimiento nuclear de Teherán “deben tener éxito para poder evitar el enfrentamiento”.

 

Esta situación pone al descubierto que hay algo de tanta importancia para Estados Unidos que el petróleo, y esto es su seguridad nacional, y por ahí se halla la explicación de toda su política exterior en las últimas administraciones. Las decisiones de Washington y Londres no se han basado en los consejos de los cárteles petroleros, o de sus asesores políticos y militares, sino en las informaciones de inteligencia y los criterios de sus científicos nucleares y bioquímicos.

    

Interpretaríamos mal la disuasión si imagináramos que la sola existencia de la abrumadora fuerza de Estados Unidos le hubiera impedido a Saddam Hussein cometer más agresiones. El Iraq del extinto Saddam Hussein atacó a Irán en 1980 y a Kuwait en 1990. Disparó cohetes balísticos contra Irán, Arabia Saudita, Bahrein e Israel en 1991. Su régimen ordenó la muerte de toda persona entre las edades de 15 a 70 años en aldeas kurdas en el norte. Atacó con gases letales a muchos iraníes y a 40 aldeas iraquíes.

           

Si bien Irak no tenía amigos en el Oriente Medio, los estados árabes se hallaban en una encrucijada. Tenían que rechazar de forma pública cualquier acción colectiva contra Irak proveniente de la ONU, como concesión a las turbas callejeras, pero a la vez estaban temerosos ante una decisión unilateral de cualquier coalición encabezada por Estados Unidos fuera de las paralelas de la ONU. Arabia Saudita quería salir de Saddam Hussein, pero se amedrentaba de lo que Estados Unidos pudiera hacer en un Oriente Medio post-Irak, y si tal acción minaría el poder de su casa real. Jordania ha estado virtualmente atada al diferendo palestino. Siria se ha dedicado a censurar las acciones de Estados Unidos, apoyar a los terroristas de Hezbolah, y a tratar de asegurar su influencia en el Líbano, y permanecer expectante para que Turquía no se haga del Mosul petrolero en Irak.

   

El empeoramiento de la situación en Irak, la creciente inestabilidad de Afganistán, la amenaza nuclear que agitan Corea del Norte e Irán, la polarización izquierdista de varios gobiernos de América Latina encabezados por Cuba y Venezuela, la devaluación del dólar y la recesión barrieron con las esperanzas republicanas en las elecciones. Además de la situación caótica en Irak, hay un profundo conflicto entre Israel y los palestinos de Hamas y Hezbollah apoyados fuertemente por Irán y en menor grado por Siria. La muerte de Arafat dio paso a una renovación del liderazgo y las formas políticas de los palestinos, pero no precisamente para aminorar las tensiones; el ascenso al gobierno de los extremistas fundamentalistas musulmanes de Hamas y el vacilante liderazgo del antiguo terrorista de Al Fatah y ahora presidente de la Autoridad Palestina, Mohammed Abbás (Abu Massen), no han contribuido a una distensión en el área.

 

TRANSICIÓN EN EL MUNDO ÁRABE

 

Estamos ante el fin del universo árabe en la forma en que lo conocíamos hasta ahora. El monolitismo con que se trataba de presentar al panarabismo sólo ha generado en tales países violentos resentimientos. Con la crisis en Irak, de Irán y de Afganistán, el mundo árabe afronta una transición capital, al quedar como un grupo de países con amplia diversidad de intereses; situación que se venía desarrollando en la búsqueda de nuevas ideas y estructuras políticas, como el pluralismo y el coqueteo con ciertas formas del fundamentalismo islámico, donde la visión totalitaria, a lo Hussein, se hallaba en declive.

    

Proyectar cualquier conflicto del Medio Oriente como un diferendo entre malos y buenos es demasiado simplista. Los países islámicos básicamente se están enfrentando a ellos mismos, en una violenta crisis de identidad, donde varios mitos se evaporan, y se pone fin a la forma en que hemos visto ese mundo: la idea ilusoria de que las crisis del área podían solucionarse dentro del mundo islámico y del pan-arabismo; y el resquebrajamiento de la vieja concepción, de presentar una sola cara al resto de las naciones no islamizadas, produciéndose un nuevo realineamiento histórico, al ocupar las mismas trincheras soldados árabes con fuerzas "extranjeras", en contra de otro país árabe.

    

Los recientes eventos no solo hacen temblar el mito de la unidad árabe, trayendo a primer plano un nuevo espíritu de alineamiento también con el exterior. El Medio Oriente se va escindiendo claramente en una coalición de países pro-occidentales encabezados por Egipto, el único estado-nación verdadero de la región, y donde figuran reinos y emiratos petroleros opulentos como Kuwait y Qatar; y, por otro lado, los feroces países nacionalistas antioccidentales, algunos, como Irán, con vastos recursos y grandes yacimientos de petróleo.       

    

No es sólo el peligro de la propagación del terrorismo contra Occidente, la implosión de cuatro rascacielos más o el chantaje de Teherán sobre sus vecinos de la Media Luna y la Cimitarra lo que está en juego en el Oriente Medio, es la salvaguarda de la humanidad ante el fanatismo religioso de los fundamentalistas islámicos que amenazan constantemente con destruir a “los infieles”. Para Israel no hay duda alguna de que el rearme iraní tiene como primer punto la destrucción de su Estado a corto, mediano o a largo plazo, pero para los países occidentales concebidos en la tradición judeo-cristiana el peligro no es menor.

    

En poder de los centros de inteligencia y decisión política de Occidente se hallan evidencias de los esfuerzos de Teherán por agenciarse y manufacturar armas de destrucción masiva. Por eso son cínicas las posiciones, sobre todo europeas, de erigir frente a la política de Washington un manto moral; y es impúdica la posición de Putin cuando critica la política estadounidense en la región.

    

Es conocido que Irak dispone de los yacimientos de petróleo más extensos del planeta (sin explotar), por eso Francia, Rusia, Ucrania y China se han mostrado contrarios a todas las acciones de Washington, y han votado por el petróleo y no por la seguridad regional. Baste decir que Francia tenía con Saddam Hussein contratos de explotación petrolera colosales, sólo seguido del ruso ascendente a $40,000 millones de dólares. Mientras Ucrania ha seguido exportando ilegalmente material militar a todo el Medio Oriente.

    

La exigencia de pruebas concluyentes de la fabricación de armas nucleares es una exigencia inadecuada en el mundo al que estamos entrando. Se confunde disuasión con acusación. No se está en el mundo de la teoría jurídica, donde todos los estados son iguales a pesar de su estructura constitucional. Un mundo tal pasa por alto la mortalidad que es exclusiva de las armas de destrucción masiva y niega que haya algo realmente nuevo en el terrorismo mundial.

    

Es inadmisible que las compañías alemanas y su gobierno sean tan inocentes que desconozcan las intenciones de Teherán de exterminar a los judíos, por eso es sórdida su posición cuando calificó al otrora presidente George Bush de Hitler moderno, sobre todo al haber sido los consorcios germanos los que propician la infraestructura tecnológica iraní para afrontar el desarrollo nuclear, y como erigieron en sigilo la industria iraquí de gases venenosos (el sarín y el tarim, experimentados en Treblinka y Auswitch), que pretendían ser utilizados nuevamente contra Israel.

    

Francia, Alemania, Ucrania y Rusia son cómplices del rearme iraní, y se benefician de su comercio con el petróleo, y por eso encabezan la lista de quienes rechazan estructurar nuevamente la coalición aliada en el Oriente Medio para presionar a los ayatolas. No hay “moderación” ni visión “civilizada” en sus cancillerías.

    

Una vez más, la guerra de Irak y el fundamentalismo fanático-suicida de los gobernantes iraníes demostraron que tanto los países europeos occidentales, como la Unión Soviética, China, África del Sur, India y Pakistán, todos tomaron al mundo por sorpresa con sus programas nucleares, a pesar de que sobre muchos de ellos existía una vigilancia intensa. Otra prueba es que se experimentan enormes dificultades para tratar de contabilizar el material fisionable ruso, a pesar de su cooperación genuina.

    

La permanencia del régimen fundamentalista iraní en el poder traerá sorpresas dolorosas a la comunidad internacional. No puede olvidarse el otro ejemplo en la zona, cuando los países y fuerzas políticas que rechazaron el desarme iraquí por la fuerza pasaron por alto que las sanciones y las inspecciones no lograron detener su rearme. Las consecuencias son demasiado serias para prestar atención a las medidas de “disuación” que no funcionaron con Saddam Hussein y no funcionarán con los ayatolas; o las restricciones que no lo contuvieron, ni van a contener a Teherán; o por una mayor supervisión que es impracticable por la dimensión del país persa.

 

MEDIOS DE DESTRUCCIÓN MASIVA Y SEGURIDAD NACIONAL

 

El análisis de riesgo es diáfano; en muy pocos años la capacidad de armamentos biológicos, químicos, nucleares y cohetería de Irán será enorme y peligrosa. Los pequeños estados del Oriente Medio sucumbirían a los dictados de Teherán. De no ponerse coto a su producción y compra de componentes de armas de destrucción masiva, y salirse con la suya obviando y violando las resoluciones de la ONU, ello sentaría un precedente amenazador que ya aprovecha Corea del Norte y podría extenderse a la India y Pakistán, y a los frágiles estados del Asia Central.

           

De mantenerse en el poder, el actual liderato de Teherán finalmente conseguirá un arma nuclear, y si eso ocurre probablemente disuadirá a Estados Unidos de interferir en el Golfo. El Presidente iraní, como su historia personal lo ha demostrado, sería capaz, además, de utilizar a los terroristas, actores no estatales, como agentes no identificables para atacar a Estados Unidos o al Reino Unido o a cualquier otra nación.

    

Mientras Irán persevere en esa carrera y mantenga su esfuerzo en procura de armas de destrucción masiva, Israel sólo buscará el momento propicio para destruirlo. Por eso, al cortarse una de las mayores fuentes de suministro del terror e inestabilidad con el derrocamiento de Saddam Hussein y la futura instauración de una sociedad inclinada al diálogo pacífico, capaz de influir positivamente en la región, se pretende establecer un modelo positivo con resonancia en las cerradas monarquías de Arabia Saudita e Irán.

    

El error de la coalición militar que encabezó Estados Unidos fue no haber liquidado totalmente la infraestructura paramilitar de Saddam Hussein, no lograr la presencia de un poder local unificador inmediatamente y empantanarse en el campo de batalla que ha devenido en una tortuosa guerra civil.

    

La acción contra Irak, como las anteriores en Kosovo, Haití, Panamá, Afganistán y la anterior Guerra del Golfo, significaron un profundo cambio en las normas dominantes del siglo XXI en el derecho internacional, pues ha reforzado el mandato emergente de que los regímenes que repudian la base popular de su soberanía (al desmantelar las instituciones democráticas, negar los más básicos derechos humanos, practicar el terror contra su propio pueblo) ponen en peligro su derecho a la soberanía. Estos profundos cambios en el derecho internacional obedecen a cambios igualmente profundos en el ambiente estratégico.

    

Tanto Estados Unidos como Inglaterra han planteado que propician un gobierno en Irak que sea pluri-étnico, basado en el imperio del derecho, que preserve la integridad territorial, que esté en paz con sus vecinos, que no posea armas de destrucción en masa y que acate las resoluciones de la ONU. En el norte, dos grupos políticos kurdos, la Unión Patriótica de Kurdistán (UPK), y el Partido Democrático del Kurdistán (PDK), han establecido un auto-gobierno que se caracteriza por sus niveles de libertad personal, participación cívica e imperio de la ley sin precedentes en la región. La mayoría de los poblados allí han sido reconstruidos; florecen los partidos opositores, los periódicos independientes y la televisión por satélite.

   

Cuatro millones de iraquíes exilados esperaban la oportunidad para construir un nuevo Irak después de Saddam Hussein, pero las terribles confrontaciones entre facciones políticas opuestas, entre musulmanes sunnitas y chiítas, y los cruentos y constantes ataques de los grupos terroristas de cualquier bando han convertido ese sueño en algo irrealizable por el momento.

           

La colosal combinación del poder naval, aéreo, terrestre, de espionaje y tecnológico de los Estados Unidos, ciertamente le posibilita vencer en una confrontación armada directa. Pero la crisis de Irak, a pesar del formidable despliegue bélico de Estados Unidos ha demostrado los límites del poder militar para defender sus intereses vitales, a la vez que ha evidenciado la dependencia entre las estrategias geopolíticas y los intereses económicos internos.

    

Por otra parte, y desde hace mucho, Inglaterra y Francia dejaron de ser imperios y son potencias de segundo orden carentes de política exterior, cuyas posiciones internacionales están cuajadas justamente de aquellos vicios que achacan a la política exterior norteamericana: riñas partidistas domésticas, intereses mercachifles, visión política provinciana.

    

Uno de los retos más espinosos en materia de seguridad nacional al que se enfrenta Estados  Unidos en la actualidad es su excesiva dependencia del petróleo procedente de algunas de las zonas más inestables del mundo. Estados Unidos es la mayor economía del mundo y la más avanzada tecnológicamente, y sin embargo los combustibles fósiles continúan siendo la columna vertebral del sistema estadounidense. Puesto que la seguridad energética está íntimamente vinculada a la prosperidad económica y la seguridad nacional, el petróleo es uno de los principales factores que determinan la política exterior y militar de Estados Unidos.

 

En efecto, con menos del 5% de la población mundial, Estados Unidos es el mayor consumidor de petróleo de la tierra, con un 25% del consumo diario mundial. Al mismo tiempo, aporta sólo el 9% de la producción mundial de petróleo y posee menos del 3% de las reservas probadas mundiales de petróleo. Esto hace que dependa enormemente de los proveedores extranjeros para satisfacer su demanda nacional de energía. De hecho, en la actualidad las importaciones suponen el 60% de su consumo total de petróleo y las proyecciones indican que antes de 2025 importará más del 70%.

 

Así, desde Irak hasta Venezuela, pasando por Irán y Nigeria, el petróleo está omnipresente en los cálculos de la política exterior estadounidense. Incluso el fomento de la democracia en Oriente Próximo, que es la piedra angular de la política exterior, se ve amenazado en la actual situación de incremento del precio del petróleo. Conforme aumenta la demanda estadounidense de petróleo también lo hace la exposición de Estados Unidos a los problemas que afectan a las inestables regiones productoras de petróleo del mundo.

 

La solidaridad Atlántica se ha desmoronado. Por eso es infantil la fórmula de París, Roma y Berlín de sanciones al régimen de Irán como el mecanismo para lidiar con futuras crisis regionales. Porque ¿olvidan que fueron ellos precisamente quienes presionaron intensamente a Washington para que se involucrara de pies a cabeza en el Oriente Medio; quienes esperaron a que Estados Unidos les sacase las castañas del fuego en Kosovo; quienes solicitaron que EEUU mediara ante la emergente influencia del mundo árabe y el peso político que adquirían Arabia Saudita y Egipto; quienes exigieron la protección de Washington a los yacimientos petroleros de esa área?

    

Este nuevo tipo de guerra relámpago requiere de EEUU el entrar en nuevas alianzas que faciliten lanzar sus respuestas de acción rápida. Todo indica que los principales teatros de tales acciones se centrarán en el Medio, Centro y Lejano Oriente. Las ex repúblicas soviéticas del Cáucaso y del Asia Central son un polvorín; el choque Turquía-Armenia es sólo cuestión de tiempo, como lo es el de Georgia con Azerbaiján, y el de Azerbaiján con Irán; Turquía, además, quiere recobrar el Mosul petrolero, ahora parte de Irak; el duelo Pakistán-India –aderezado con armas atómicas- promete complicarse; China crece de forma alarmante en la esfera militar, y así  sus exigencias sobre Taiwán; Irán aspira engullirse a los Emiratos del Golfo y se proclama líder en la “guerra santa contra los infieles”; el asunto kurdo no está resuelto, como no lo está la querella entre islámicos y cristianos en el Sudán; Yemen, Siria e Irak tienden a fragmentarse bajo trazas étnicas. La época de las bases militares y los pactos bélicos secretos no ha concluido. Por eso, el actual escenario iraquí abarcará mucho más que la erradicación de régimen de Saddam Hussein o la eliminación total de los talibanes en Afganistán. 

 (continuará)