Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

CUANDO "OCCIDENTE" DEJÓ DE EXISTIR ( I I ) 

 

Occidente ni se suicida, ni decae: hace mucho que no existe

LA GEOESTRATEGIA REGIONAL

Los países y grupos étnicos del mundo islámico, más que en cualquier otra región, han sido piezas de los duelos y maniobras de las potencias mundiales. El Káiser Guillermo II fraguó el propósito de entrar hasta el Golfo Árabe mediante un ferrocarril de Berlín a Bagdad, pero Londres lo obstruyó creando al Irak, un estado tapón arrebatado a Estambul que además asimiló la zona petrolera de Mosul. Mediante el acuerdo secreto Sykes-Picot en 1916, Inglaterra y Francia se repartieron el carcomido imperio otomano; sólo Egipto e Irán quedaron intocados.

Así nacieron, protegidas por Francia, las repúblicas de Siria y Líbano, y por Inglaterra los Hachemita de Transjordania. Mientras, por el Pacífico, se levantaban dos colosos: el mikado japonés; y los Estados Unidos con su armada en Pearl Harbour y una cadena de estaciones en Midway, Guam, Wake y Corregidor. Inglaterra descentralizó entonces su imperio en tres zonas: Europa, el Medio Oriente, y el eje Hong-Kong-Singapur. El Medio Oriente se manipulaba desde Suez en Egipto, Adén en la Arabia occidental, y el sultanato de Kuwait en el Golfo.

El horizonte político del Asia y del mundo árabe incrementaba la relevancia estratégica de Adén en el Yemen. Se contempló la revisión de toda su orientación en Arabia del sur, producto del papel que jugaba Adén en la cadena comercial del imperio, la intensificación de sus inversiones petroleras en Irán e Irak y la alarmante proximidad de la independencia de la India. Las pretensiones itálicas se vieron de pronto favorecidas al otro lado del Mar Rojo, ahora que soñaban con reconstruir el imperio romano. Italia veía los territorios del Yemen y Adén como áreas de expansión, además de una peligrosa cabeza de playa hacia las posesiones británicas en todo el Medio Oriente.

 

En este interludio entre las dos guerras, los planes estratégicos de las potencias coloniales para esa zona fueron materializándose. Con desmesurado costo, Francia desarrolló la extraordinaria base naval de Diego Suárez, que la enraizaría resueltamente en el océano Índico. No menos significativa fue la actitud de los Estados Unidos al situar en Pearl Harbour su mayor pujanza del Pacifico. A partir del largo y confuso episodio colonial de la Península Arábiga, Gran Bretaña advirtió de sobra la inapreciable conveniencia de proteger sus rutas comerciales a la India a través del sector oriental árabe, obsesionada nada menos que por el recuerdo del proyecto del corso Napoleón Bonaparte durante su expedición a Egipto en 1798, de abrir un canal de acceso al Mar Rojo para demoler el poder inglés por el flanco indostánico.

 

Benito Mussolini presionaba considerablemente para que el Yemen se inclinase al "Eje" Roma-Berlín-Tokio. Pero Londres maniobró con astucia, y en 1938, mediante el acuerdo anglo-italiano, se puso fin a los sueños romanos de crear un imperio sudarábigo. Asimismo las actividades económicas de Estados Unidos en la península tendieron a hegemonizar las concesiones petroleras en Irak, Kuwait, Bahrein, y Arabia Saudita, pese al celo del premier británico sir Winston Churchill por mantener las manos de tan opulento aliado apartadas de estas reservas.

 

Benito Mussolini hizo lo propio con Massawa, en Abisinia (la actual Etiopía), procurando yugular la arteria comercial de Suez. La adquisición de Abisinia era solo parte del esquema, debido a que la base de submarinos en Massawa, protegida solamente desde Eritrea, resultaba altamente vulnerable. Por ello, su conquista Abisinia, sumada al control del puerto somalí de Mogadiscio, disputaba la entrada al Mar Rojo al Adén británico. Pero el Duce no se contentó con plantarse en la orilla opuesta de Suez, y amenazó al Adén desde la propia Península al pretender introducirse en Yemen. Su empresa de crear un imperio marítimo a la entrada del Mar Rojo desde ambas costas estaba a medias cuando Hitler precipitó el conflicto bélico en Europa.

Con el control de parajes capitales como Gibraltar, Malta, Chipre y Suez, el Mediterráneo continuaba siendo desde el tratado de Utrecht una posesión británica. Gran Bretaña actuaría con decisión contra los pasos de Estados Unidos, Francia, Japón e Italia en el Asia, creando alrededor de sus posesiones coloniales un anillo de bastiones navales y aéreos: El Cabo, Mauricio, Adén, Ceilán, India, Hong-Kong, Panang y Singapur.

La disyuntiva inglesa de defender el Lejano Oriente o el Medio Oriente fue zanjada el 15 de febrero de 1942 por el “tigre de la Malasia”, el mariscal japonés Yamashita, al ocupar con facilidad el hasta ahora bastión inexpugnable de toda Asia, Singapur, defendida por 60,000 soldados. Sólo con la escandalosa caída de esta última se encogería este cinturón imperial de acero, que se replegó alrededor del Canal de Suez, y con ello el imperio británico que había glorificado Rudyard Kipling, pero tomaría aún veinte años para que los ingleses reconociesen la magnitud del hecho.

La fragmentación anglo-francesa del "Creciente Fértil" se compensaba en parte con la unificación de una porción de la Península Árabe bajo el liderazgo del pro-inglés Ibn Saud. Solo Turquía y Yemen permanecían fuera de su órbita. Por esos años, 63 millones de toneladas de mercancías pasaban por el Canal de Suez, tocando el puerto de Adén, de las cuales el 74 % se dirigía a Europa; la monarquía Hachemita del Irak preconizaba la unión de todos los territorios norteños árabes de vocación agraria, la llamada unión del Creciente Fértil, fundamentada en el triángulo de Damasco, Riad y El Cairo.

 

El Cairo se transformó entonces en capital de los territorios aledaños, llegando incluso a contemplarse unificar económicamente el área. Yemen mantenía su neutralidad pese a las violentas presiones italianas y británicas. Al parecer, las simpatías del Imán se inclinaban a las potencias del Eje, esperanzado que una derrota aliada le posibilitara hacerse de Adén. Pero, así y todo, los italianos nunca lograron influir directa y decisivamente en Yemen, menos aún al ser derrotado en Libia el Afrika Korps que dirigía el mariscal Erwin Rommel. Finalmente, el 26 de febrero de 1943, se ordenó el arresto y la reclusión de los italianos y alemanes que operaban en suelo yemenita, así como el rompimiento de relaciones diplomáticas.

La Segunda Guerra Mundial y la descolonización desencadenada por la Carta del Atlántico, alteraron este diseño estratégico.

Nacimiento de la Guerra Fría

 

Los cambios acaecidos en la correlación mundial, cuando desde un polígono de Siberia en junio de 1949, se ponía fin al monopolio nuclear norteamericano, produjeron una honda transformación en la estrategia militar y la política internacional. Uno de tales ejemplos sería el repliegue de los focos de gravedad políticos fuera de Europa occidental. A partir de esa fecha, con la apertura de la "Guerra Fría" se justificaba a su vez en términos de estrategia nuclear la estancia militar en la zona. Fueron años de intensas polémicas sobre la naturaleza y extensión de la presencia militar británica fuera de Europa y el Mediterráneo. Si el poderío militar británico en la política mundial contaría desde el momento sólo en forma psicológica, en el océano Indicó, sería todo lo opuesto. Al calor de la "doctrina Eisenhower" Inglaterra decidió asumir la defensa convencional y nuclear, estratégica y táctica de la comarca comprendida de Libia a Pakistán, y desde Turquía a Adén.

 

Las diferencias entre las grandes superpotencias mundiales quedaron nítidamente reflejadas. Merced a ello, el planeta quedó dividido en dos bloques bien distintos: los países aliados de Estados Unidos, defensores del capitalismo, y los países en la órbita de la Unión Soviética, bajo regímenes  comunistas. Tal distinción dio lugar a la llamada Guerra Fría, en la cual la nota predominante en las relaciones internacionales entre los Estados Unidos y la Unión Soviética fue la desconfianza mutua, lo que desembocó en un clima de tensión mundial. Aquella política de acusaciones mutuas y de miedo soterrado hizo que la mayoría de los países se viesen forzados a tomar parte, constituyéndose dos poderosos bloques militares: la OTAN (formada por Estados Unidos y sus aliados) en 1949 y el Pacto de Varsovia (la Unión Soviética y sus aliados) en 1955.

 

A lo largo del periodo conocido como Guerra Fría, ambas potencias vivieron del equilibrio del terror, es decir, la consciencia de que un enfrentamiento abierto no solo llevaría a la destrucción de los países afectados por la guerra, sino posiblemente al resto del planeta. Esto fue en parte gracias al desarrollo armamentístico de los dos bloques, como, por ejemplo, la generación de armas nucleares de cada vez mayor potencia y de misiles de más largo alcance.

 

La OTAN fue uno de los dos grupos militares vinculados a superpotencias que aparecieron tras la Segunda Guerra Mundial, concebida originalmente como una entidad defensiva frente a la otra gran superpotencia, la Unión Soviética. La OTAN se fundó inicialmente en 1949 con los siguientes miembros: Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos, Dinamarca, Noruega, Islandia, Portugal y Luxemburgo. A lo largo de los años se han unido otros países, entre ellos España, en 1982. La sede estuvo en París hasta 1967, cuando se trasladó a Bruselas, en Bélgica.

 

La OTAN es una consecuencia directa de la Segunda Guerra Mundial, de la división de los vencedores en dos bloques y el subsiguiente surgimiento de la Guerra Fría entre los dos grandes bloques ideológico-económicos. En 1947 surgieron en Estados Unidos dos grandes iniciativas relacionadas con el continente europeo, escenario principal de la reciente conflagración mundial: La llamada “doctrina Truman”, de carácter básicamente político y adoctrinador, y el “plan Marshall”, de naturaleza económica. La idea de los dirigentes estadounidenses era reconstruir Europa Occidental, la más castigada por la guerra, con el fin de que no pudiese ser víctima de un ataque de los soviéticos, tanto  desde el punto de vista militar como ideológico.

 

En la misma línea de trabajo, el ministro británico de asuntos exteriores, Ernest Bevin, logró que cinco países de la zona firmasen un pacto de asistencia mutua en caso de un eventual ataque armado (Tratado de Bruselas, 17 de marzo e 1948). Su colega canadiense, un mes más tarde, propuso que Estados Unidos debería participar en este acuerdo militar. Con todos estos antecedentes, el 4 de abril de 1949 fue firmado el Tratado de Washington por parte de diez ministros de exteriores europeos y dos americanos (Canadá y Estados Unidos), documento que dio nacimiento formal a la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Su entrada en vigor se produjo el 24 de agosto de ese mismo año. Posteriormente se unieron Grecia y Turquía en 1952 y la República Federal Alemana en 1955.

 

Otro gran problema que llevó de cabeza a la alianza atlántica fue la mala relación entre dos miembros vecinos, Grecia y Turquía, enfrentados política e ideológicamente. Los Balcanes eran una zona donde cohabitaban dos países aliados (Turquía y Grecia), junto a dos del Pacto de Varsovia (Bulgaria y Rumania), más dos no alineados, Yugoslavia y Albania. La situación provocó aun mayor malestar en los jefes de la OTAN cuando el jefe del gobierno griego, Papandreu, desvió parte de las tropas de la frontera greco-búlgara en febrero de 1985 para colocarlas en la frontera con Turquía.

 

La expansión soviética en Europa Oriental y central era visible tras la guerra mundial. Esto fue visto como una amenaza por los países capitalistas, llegando incluso a hablar el presidente Truman de “contener el avance del comunismo”. De aquí nacieron tanto el Plan Marshall como la Doctrina Truman. Por su parte, la Unión Soviética apoyaba, o imponía por la fuerza si era necesario, regímenes de corte estalinista en la Europa del este. En 1961, las fuerzas comunistas levantaron el muro de Berlín con la intención de separar la zona occidental de la oriental.

 

El triunfo en un país del potencial de China de una revolución comunista alarmó más, si cabe, a los estados occidentales. En 1949 se proclamó la República Popular China, que se mostró como aliada de la Unión Soviética. Corea había quedado dividida en dos estados, al norte la República Popular de Corea, comunista; y la República de Corea al sur, capitalista. En 1950, el ejército del norte, apoyado por los chinos, invadió el sur. Estados Unidos acudió en apoyo de Corea del Sur, desencadenándose una dura guerra que finalizó en 1953 sin ningún resultado: las fronteras volvieron a su lugar anterior, y el antagonismo entre norte y sur permanece hasta hoy.

 

La otra cara de la misma moneda la ofrecieron los países de tendencias comunistas y aliados de la Unión Soviética. El Tratado de Varsovia, de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua, fue suscrito en la capital polaca en mayo de1955. Sus miembros fundadores fueron Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, República Democrática Alemana, Rumania y la Unión Soviética. Los órganos principales del extinto Pacto fueron, entre otros, el Comité Consultivo Político (CCP), integrado por los secretarios generales de los partidos comunistas de los países miembros.

 

La preeminencia que Moscú tenía en este pacto era incluso mayor que la que Washington tiene sobre sus aliados. En efecto, la Unión Soviética suministraba los dos tercios de los medios convencionales del Pacto, la totalidad del armamento estratégico, y sobre todo, ostentaba la exclusividad radical de la fuerza nuclear. Del mismo modo, en los máximos órganos del Pacto se encontraban siempre funcionarios soviéticos.

La OTAN consideró a los montes Zagros como una muralla natural para el Mediterráneo; no sin razón, la aguda mente guerrera de Dwight Eisenhower profetizaba que las batallas de tanques del futuro se librarían en las arenas del Islam que van del río Nilo al Kurdistán. Sus propuestas de que el Occidente debía prepararse para tal guerra, sonaron extrañas en aquella época. Pero no todo salió perfecto para Washington. Por otra parte, la zona se aquilataba como base de ataque aéreo y terrestre contra las concentraciones económicas y petroleras soviéticas a lo largo de la cuenca del Donetz, en los Urales, así como en el sur siberiano; además, sólo se encontraba a mil millas en radio aéreo de los aeropuertos de Bulgaria, el Cáucaso y Turquestán.

Por su parte, Londres se opuso a las iniciativas norteamericanas en Grecia, Turquía e Irán, e interfirió en la creación del estado de Israel. En 1951, Josef Stalin aceleró el rearme para contrarrestar esta estrategia, y pugnó por ganar un acceso al Índico vadeando el Irán, o Beluquistán vía Afganistán. Estados Unidos estacionó de inmediato sus proyectiles atómicos en Darhan, Arabia Saudita.

Las relaciones entre la OTAN y el Pacto de Varsovia respondieron siempre al estado de las relaciones entre sus dos máximos representantes: Estados Unidos y la Unión Soviética. Y estas relaciones conocieron acusados altibajos, puntos de tensión y relajación desde el año en que fue fundada la Alianza Atlántica, en 1949. La primera fase de estas relaciones fue de gran tensión, hasta el punto que se temía un enfrentamiento directo. Esta fase duró toda la década de los 50. En los primeros años 60, coincidiendo el presidente John F. Kennedy en los Estados Unidos y el premier Nikita S. Jruschev en la Unión Soviética, se fue abriendo una época de distensión en las relaciones, descendiendo el grado de desconfianza mutua y creciendo a la vez los diálogos y contactos acerca de un eventual desarme.

La descolonización

La conclusión de la Segunda Guerra Mundial no había resuelto el problema de las esferas de influencia entre las potencias imperialistas, ni creado de inmediato las condiciones para una "armoniosa cooperación", pero afectó en una profundidad sin precedentes los estados, sistemas políticos y estructuras que permanecían dominadas por los mecanismos coloniales. Comenzó la era en que las relaciones internacionales pasaron de su carácter aislado, fraccionado, continental, a un sistema global, donde los pueblos del llamado "Tercer mundo" conmocionarían las estructuras y combinaciones organizadas por las magnas potencias coloniales.

 

Debido a que esta gloria nacional se hallaba en dependencia del proceso de desarrollo económico, la obtención de colonias fue conceptuada como legítima e inevitable. Así, la prosperidad de las metrópolis coloniales en gran por ciento estuvo en relación estrecha con el aprovechamiento económico de los territorios colonizados. El verdadero propósito del régimen colonial en realidad fue el apuntalamiento de la metrópoli imperial en cuestión, y los recursos y modelos económicos de tales dependencias fueron desarrollados para obtener tales finalidades.

 

 Las prioridades agrícolas no se basaron en las necesidades locales sino en la exportación complementaria a la metrópoli; así, la producción no se revertía en el desarrollo del país. La institución de plantaciones (algodón, sisal, caucho) significó una disminución de la superficie cultivable dedicada a la producción de alimentos, y una dependencia del mercado internacional. Los campesinos privados y los jornaleros agrícolas fueron las víctimas de este cambio.

 

Como resultante de la introducción de estos nuevos métodos y cultivos, el paisaje rural de los países del llamado Tercer Mundo se caracterizaba por una distribución flagrantemente desigual entre las áreas rurales y las grandes aldeas o centros urbanos, sobre todo con la concentración de la posesión de la tierra de labor y del ingreso, provocándose cambios ingentes en tales sociedades coloniales, minando las autoridades locales, así como el éxodo rural masivo provocado por la comercialización de la agricultura.

 

Es conocido que la producción mercantil y el capitalismo existían en la inmensa mayoría de los nuevos estados, pero si al principio de siglo XX la autodeterminación de las naciones colonizadas era una utopía, la posguerra hizo realizable la liberación colonial y la aplicación de una política independiente. La desintegración de los imperios británicos, francés y holandés inauguró la crisis telúrica de la armazón colonial en Asia y África, desplazando consecuentemente a siluetas ociosas tales potencias.

 

El objetivo de la liberación fue destrozar los sólidos hilos del poder ultramarino. Si el formidable golpe de ariete independentista no lograba desmontar la vieja maquinaria colonial, al menos abría camino al proceso, definiendo como estado y nación la herencia geo-económica colonial. Plegados los primeros decorados y efervescencia de la independencia, las masas presionaron por resultados tangibles y rápidos.

 

Nunca antes en la historia, el mapa mundial cambió tan rápida y radicalmente. Imperios que se esfumaron, sistemas coloniales que estallarían, bruscos cambios en el modo de vida material y social. Asimismo, dos elementos se añadirían a la anterior proyección  capitalista de búsqueda de materias primas, mercados y zonas de inversiones: la posesión directa o indirecta como enunciado estratégico dentro de la guerra fría, y el crecimiento del papel independiente y activo de los pueblos afroasiáticos, anteriormente pasivos e inertes en el plano político internacional; todo ello como exponente del quebranto político y moral de los estados coloniales.

 

La pérdida por parte de las potencias coloniales durante la contienda mundial del control de sus colonias en el lejano oriente conllevó a una violenta reacción popular nacionalista, ante los intentos metropolitanos de restaurar su antigua hegemonía geo-política. Este fue el momento en que surgió un torbellino de movimientos nacionalistas, cuyo resultado sería la formación de estados independientes en el Asia: Indochina, Burma, Malaysia, Indonesia, Cambodia, India, marcando los primeros pasos de la descolonización mundial.

 

La contienda anterior había probado la vulnerabilidad del Canal de Suez. Si bien el alto mando británico consideró oportuno, o se vio obligado, a transferir más al sur su cadena de bases militares, centrándose en el perímetro de Kenya, Tanganyika (hoy Tanzania), Uganda y Adén, fue con el objetivo, entre otros, de custodiar la entrada marítima del petróleo de los Emiratos del Golfo. Adén sería el epicentro de este nuevo sistema, al punto que, en 1956, Lord Avon enarbolaba este pretexto como suficiente para mantener allí una descomunal base militar.

 

El Movimiento Nacionalista Árabe, conglomerado político panárabe fundado en Beirut por el marxista palestino George Habash y por Nadh Fatma, no se hallaba representado en gobierno árabe alguno pero resultaba una fuerza del radicalismo en toda el área. Si bien muchos de sus postulados nacían del nasserismo, rechazaban el camino económico y social trazado por Egipto y su socialismo islámico y, sólo en aras del momento no discrepaban con Gamal Abdul Nasser. En el movimiento existían diversas tendencias, cuyos integrantes enarbolaban criterios marxistas, maoístas, nacional-socialistas, seguidores de Garibaldi y apóstoles de Maquiavelo.

 

La actitud de los grupos políticos árabes hacia las tácticas de lucha por las independencias resultaba variada; cada posición reflejaba las diferencias existentes entre los baasistas y los nasseristas, las pugnas entre el Movimiento Nacionalista Árabe y el partido Baas. Habría que imaginar el curso de los acontecimientos mundiales y mesorientales de otra forma si el actual alineamiento de casi todo el mundo árabe hubiese tenido lugar en la década del cincuenta, cuando era fuerte el movimiento de modernización, de emancipación nacional; impulso que fue bloqueado por los soviéticos cuando, a raíz del conflicto del Canal de Suez, en 1956, Moscú le abrió las puertas al raïs egipcio Nasser, arrinconado por los ingleses y franceses.

 

Así los primeros movimientos nacionalistas estuvieron encabezados por un enfermo idealismo, una élite intelectual permeada de una irremediable vacuidad, y funcionarios del aparato colonial, como en Túnez y Marruecos. Incluso aquellos lugares regidos por sólidas autocracias tradicionales, como Marruecos, Libia, Egipto, Irán, Irak, Yemén, Jordania, en mayor o menor medida, de forma parcial o total, tuvieron que compartir el poder con una tecno-burocracia o con los militares.

 

La batalla contra el poder colonial propició la ilusoria semblanza de que una vez quebrantado el colonialismo todos los males y deficiencias serían resueltos; con ello olvidaban que la disolución formal de los lazos metropolitanos no resolvía los problemas más acuciantes de sus atrasadas sociedades, sino que sólo les concedía el terrible privilegio de inaugurar un período histórico independiente. La configuración política interna de las naciones recién liberadas del control colonial se polarizó gradualmente; las clases desposeídas y los intelectuales y estudiantes trataron de canalizar sus ideales por la vía de un vago populismo y el socialismo árabe. Las fronteras no coincidían con las áreas de viejas civilizaciones o de lazos comunes, marcando en muchos casos las deficiencias de la lucha anticolonial. Las trágicas jornadas de las décadas poscoloniales en África y Medio Oriente han ilustrado la extrema dificultad de configurar una estructura estatal geográfica y socialmente estable sobre las humeantes ruinas del imperio colonial.

 

La noción Tercer Mundo, habitualmente empleada, sólo es válida en términos geográficos, al no reflejar los países integrantes una homogeneidad de estructura, ideología u orientación económica. Asimismo el término subdesarrollo, popularizado por los franceses Yves Lacoste, Francois Perroux, Leibenstein y Sauvy, busca ejemplificar el bajo desarrollo, igualando cuantitativa e intemporalmente, por medio de fríos indicadores, los desiguales ritmos y opciones económicas seleccionadas, nacidas de procesos históricos diferentes. Por ese motivo, tal categoría no resulta un instrumento de análisis útil o concepto evocador de una realidad común, luego que la primera etapa poscolonial en África y Asia fue cubierta.

 

Posterior a la Segunda Guerra Mundial y el cambio acaecido en la arena mundial, donde las potencias europeas se vieron desplazadas por Estados Unidos, y la Unión Soviética se expandía por el Báltico y la Europa central, tuvieron lugar las luchas anticolonialistas, primero en Asia y luego en la zona islámica; en esta última, ante los objetivos militares del Occidente de convertir al Medio Oriente en un campamento estratégico. La independencia de la India envolvió a todo el imperio británico en una ola de lucha anticolonial. En el caso sudarábigo los ingleses determinaron mantener a toda costa sus posesiones ante el hecho geoestratégico del Índico y profundizarían sus raíces en Adén, frente a un movimiento anticolonial desunido que se debatía entre la doble influencia de Yemén del Norte y la Arabia Saudita.

 

La orientación política, económica y militar británica se planteó en los términos de crearse en Europa occidental un poder bélico de envergadura, aéreo y terrestre, mantener activas las comunicaciones marítimas por todo el mundo, preservar sus posesiones en el Medio Oriente y África, desoyendo las peticiones de descolonización en el sudeste asiático. Dictada por la necesidad de resguardar su imperio colonial y su comercio -el primero en la zona- Gran Bretaña había ejercido su preeminencia militar, económica y política en el Mar Rojo, Adén y el Golfo Árabe. Fue entonces que los ingleses transformaron al Adén en el pivote de todo el engranaje militar para el Medio Oriente, apoyado en la base aérea de Ammán en Irak, Fayid en Egipto y en la legendaria Legión Árabe de Glubb Pashá en Jordania. Estados Unidos completó esta trinchera defensiva estableciéndose firmemente desde las Aleutinas al Japón y las islas Ryukyu y Filipinas.

 

Al independizarse el sub-continente de la India, Burma y Ceilán, Estados Unidos conminó a Inglaterra a no dejar un vacío militar en su antigua zona colonial, y auspició en 1951 el "plan Acheson", con un comando de defensa a partir de la colosal base aérea egipcia de Mers-el-Kebir, que permitiría, de ser necesario, atacar los núcleos industriales y petroleros soviéticos de la cuenca del Donetz y del sur siberiano, y controlar el radio aéreo de Bulgaria, el Cáucaso y Turquestán. Con la evacuación de la India, Pakistán, Burma y Ceilán, los ingleses ya no poseían una convincente justificación económica y militar que se correspondiese con la pérdida de su extensión imperial.

 

En Indochina, Francia tuvo que conceder la independencia a cuatro estados: Laos, Camboya, Vietnam del norte y Vietnam del sur, formándose un gobierno comunista en Vietnam del norte.

 

La doctrina Truman

 

A medida que el horizonte de posguerra crecía, el panarabismo se perfilaba como un hecho espectacular, heredando y modernizando los postulados de unidad árabe provenientes del siglo XIX. El nacionalismo fue el grito que sacudió de inmediato todo el Medio oriente, aunque manifestándose con desigual grado de intensidad y forma. En él se entremezclaron diversas tendencias originadas por las diferentes características geo-económicas, evolución social, impacto bélico, ascendencia de ideas marxistas, tradición islámica, nuevos intereses petroleros y profundas crisis internacionales.

 

A partir del reconocimiento por la ONU del Estado de Israel en 1948, el entonces presidente norteamericano Harry Truman, se comprometió a garantizar su supervivencia, entre otras razones, porque resultaba el punto estratégico más seguro a sus intereses en aquella zona. Se pensaba que la fuerza aérea israelí era capaz de liquidar en minutos la flota naval soviética del Mar Negro y Mediterráneo oriental.

 

Por otra parte, en la década del cincuenta no existió un entendimiento general anglo-norteamericano referido a la zona. A diferencia de Estados Unidos, los móviles británicos y sus dispositivos estratégicos en el mundo árabe tomaron cuerpo en una agresiva política de no apoyar a Grecia, Turquía e Irán. Asimismo, se proyectó de manera opuesta a Estados Unidos en la creación del Estado Israelí. Siria y Líbano habían pedido la inmediata salida de las tropas anglo-francesas, a pesar de verse amenazadas con recibir los métodos inhumanos que, en Indonesia, efectuaban las tropas británicas bajo el mando del Almirante Mountbatten.

 

El 17 de marzo de 1945, tropas francesas desembarcaron en Beirut, en medio de las negociaciones que se efectuaban para definir el status del Líbano y Siria. Esta acción por parte de Francia se realizó con el objetivo de presionar por el mantenimiento de una base militar que les sirviese de enlace con el sudeste asiático y custodiar, a su vez, el oleoducto proveniente de Mosul, en Irak. Las negociaciones anglo-egipcias que comenzaron el 9 de mayo de 1946, para la revisión de los tratados militares, fueron suspendidas días después al declarar Sidky Pashá, premier egipcio, que su país no aceptaba la propuesta británica para la defensa combinada de Egipto, no solo en caso de guerra, sino en tiempos de emergencia, pues sólo ello implicaba algo más que negociaciones en simple terreno militar, significaba intromisión interna (Keesing's Contemporary Archives< Nov. 30, dic. 7, 1946, p. 8287).

 

Por otro lado, el anuncio de la partición de Palestina provocó amplios desórdenes y protestas en la colonia británica de Adén, en diciembre de 1947, donde existía una considerable población judía. A pesar de que las manifestaciones fueron reprimidas sangrientamente, los choques entre árabes y judíos fueron brutales, con un saldo de 111 muertos y cientos de heridos. Pero las contradicciones entre los árabes conforman una historia familiar. El Medio Oriente resultó parcelado por los mandatos de París y Londres. Arabia estaba en manos de los wahabitas, mientras la monarquía egipcia y el adyacente Sudán se hallaban bajo la firme inspección inglesa.

 

Por otro lado, el prestigio británico en Arabia Saudita se esfumaba con la comparecencia y actividad del cartel petrolero norteamericano ARAMCO, que se alojó sólidamente en toda la Arabia. Aportando el 80% del total de la renta nacional, no le fue difícil a Estados Unidos materializar la utilización de Dahran como una base atómica, incluyendo la zona entre los territorios estratégicos indispensables para la defensa del "Mundo Libre". El 7 de marzo de 1947, la Anglo Iranian Oil Co., la Standard Oil Co., y la Socony Vacuum Oil, formaban una compañía, la Middle East Pipeline, para construir y operar el oleoducto de mil millas desde los campos petroleros de Irán y Kuwait hasta el Mediterráneo, en contraposición al que construía la ARAMCO de Arabia Saudita al Mediterráneo, a un costo de 300 millones de dólares.

 

Egipto se opuso airadamente al proyecto federativo pro-británico expuesto por los hachemitas (partidarios de Hasem) Abdulá y Nuri Es-Said; sin embargo, calorizó propuestas de ellos, que tendían a la creación de una Liga Árabe. En 1945, había nacido esta organización como una frágil asociación que para muchos jóvenes nacionalistas era simplemente una "convención de caballeros". Egipto comenzó a utilizar la Liga Árabe para sus proyectos políticos de unificar el valle del Nilo, tratando de anexionarse el Sudán. Las debilidades de la Liga Árabe se mostrarían crudamente en su primera prueba: la guerra con Israel en 1948-49, donde no solo existió un completa ausencia de coordinación militar, sino que a lo largo de la contienda Egipto y Transjordania (hoy Jordania) se socavaron una a otra.

 

La pérdida de Palestina hundiría a la comunidad árabe en un cúmulo de sucesos que culminarían con la revolución egipcia de 1952. Producto de ello, el nacionalismo y anticolonialismo, especialmente contra Inglaterra, resultó más explosivo en Egipto y Palestina, mientras que en el Golfo Árabe y el Irán se mantendrían bajo una exasperante quietud. Por el tiempo, los gobernantes era derrotados y asesinados, las sectas islámicas fanáticas ejercían su influencia decisiva, numerosas y laboriosas negociaciones eran violadas horas después de concluidas. Los puntos de conflicto pronto resaltaron: Suez, Palestina, Sudán y Argelia. El bastión medio oriental amenazaba con alterar radicalmente el balance de fuerzas mundiales en detrimento de las burguesías monopolistas.

 

Pero el Medio Oriente era el área más inconsistente dentro de la estrategia global, y sensible, por tanto, de precipitar una confrontación mundial, debido a razones tan poderosas como el propio Canal de Suez, la posesión de los recursos energéticos más respetables del planeta, imprescindibles a los polos industriales capitalistas, la existencia del estado de Israel, y el proceso nasserista.

 

Estados Unidos se encontraba especialmente interesado en que Inglaterra no dejase un vacío militar en su antigua zona colonial, conminándole por tanto a consolidarse al sur de la Península y concertar alianzas militares regionales. El secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, auspiciaba en 1951 la implementación del "plan Acheson” que contemplaba la constitución de un comando de defensa de todo el Medio Oriente, a partir del colosal complejo militar de Suez, bastión de 65 millas de largo construido al costo de 1.5 billones de dólares, la base de guerra más descomunal del planeta para la época (Acheson, Dean; Power and Diplomacy; Cambridge; 1958).

 

La formación de este mando aliado mesoriental buscaba supeditar las fuerzas armadas de los países del área a la OTAN para así facilitar, en caso de crisis, el envío de unidades armadas, y utilizar las instalaciones, los puertos, las comunicaciones y otros dispositivos de los países árabes como el ala norte de todo el sistema defensivo ante la URSS. Estados Unidos buscaba reconstruir una estructura militar regional que centrara el sistema militar de Europa, Asia y África.

 

En noviembre de 1951 los soviéticos anunciaron con alarma que implementarían medidas militares enérgicas para contrarrestar este cinturón de fuego, pero, ante el estupor del occidente, la propuesta contenida en el llamado Plan Acheson fue rechazada por el monarca egipcio Farouk, bajo la presión de las tendencias nacionalistas locales, subestimadas por Inglaterra y Estados Unidos. La crisis en Egipto, Palestina, Chipre y el norte africano acabaron por alterar los planes militares de las potencias de la OTAN, concebidos sobre la base del primer factor estratégico de la zona, el geográfico. Por su localización, como la historia lo ha pulsado, constituye enlace o barrera interoceánica y continental, a despecho de los nuevos medios de comunicaciones. La clausura del Canal de Suez significaría engrosar en seis mil millas la distancia naviera, y el doble de barcos a utilizar.

 

El segundo coeficiente estratégico radica en el petróleo. El crecimiento de las relaciones entre Arabia Saudita y Estados Unidos se haría relevante en la década del 50, cuando Ibn Saud, ante el rechazo inglés, buscó -con el apoyo de Washington- crear una federación que englobase Kuwait y Bahrein, y así llegar a convertirse en el primer productor mundial de petróleo. Alrededor de 1955, ya las inversiones petroleras norteamericanas en Arabia sobrepasaron los mil millones de dólares, al mismo tiempo que constituían allí la base de Al Zahran. Por otro lado, en esa década los monopolios petroleros británicos extrajeron de la zona más de nueve mil millones de dólares y la actividad portuaria del colonial Adén, que superaba los treinta millones de toneladas anuales y recibía un promedio de 5,800 navíos anuales, sobrepasaba la de Marsella, aún considerando que los buques franceses utilizaban sus instalaciones en Yibuti y que Estados Unidos tiene acceso a Europa por el Atlántico y al Asia por el Pacífico.

 

El tercer factor de peso era el político, en el cual Egipto desempeñaba un papel clave. El área, a no dudarlo, irradiaba sus conflictos por la zona norteafricana y por el resto del Asia. Así, cualquier disputa local se vería ligada a los planes de la OTAN, las bases militares y la guerra fría, el petróleo y las transnacionales, los asuntos religiosos, los intereses vitales británicos y la problemática israelita.

 

Fue así que, en esos años, Estados Unidos ejercía enérgicas presiones en Siria para que ésta renunciara a sus compromisos con la Unión Soviética, y Turquía, por su parte, amenazaba las fronteras, resultando necesario para Siria reforzarse militarmente con ayuda Egipcia. Washington, por su parte, enarbolaba el celebrado "Plan Dulles", que propulsaba la adjudicación del Canal de Suez a una administración internacional.

Cuando los ingleses se vieron obligados a evacuar sucesivamente Egipto e Irak, la mayor parte del material bélico y tropas fueron transferidos a Chipre y Adén, que sería el cuartel general meridional de las fuerzas británicas. Luego del abandono de Suez y tras la opción formal de los nacionalistas africanos de crear una gigantesca base militar en Mombasa, el gobierno británico decidió reorganizar sus fuerzas armadas en tres puntos: Alemania Federal, Singapur y Adén, con una jurisdicción que comprendía de Libia a la India y del Caspio a Madagascar; el triángulo Perim, Adén y Somalia controlaría para el occidente la unión marítima de dos mundos, así como las riquezas petroleras.

El Istmo de Suez no era conceptuado como un simple pasillo naviero, sino un circuito de avanzada en la defensa del este africano, el Asia occidental y el océano Índico; para ello, el Istmo se protegía con la Cirenaica, Chipre, Kenya y Adén. El Medio Oriente era el aérea más inconsistente dentro de la estrategia global y sensible, por tanto, de precipitar una confrontación mundial debido a razones tan poderosas como el propio Canal, la posesión de los recursos energéticos más respetables del planeta, imprescindibles a los polos industriales capitalistas, la existencia del estado de Israel y el proceso nasserista.

La ex-comunión por parte de las potencias europeas, especialmente la Francia del joven Francois Mitterrand, de los movimientos de reivindicación nacional árabes, después de la Segunda Guerra Mundial y a raíz de la nacionalización del Canal de Suez, polarizó al futuro mundo árabe, emergiendo un puñado de estados religiosos fundamentalistas, represivos, militaristas, o monarquías medievales clánicas, con acceso a la super-producción, que desviarían el patrimonio petrolero al desastroso curso el armamentismo o al lujo banal de los jeques en Saint Tropez o Sorrento.

El conflicto alrededor del Canal de Suez y la degradación de las relaciones entre el mundo árabe y Occidente atemorizan a los británicos a tal punto que deciden dilatar la puesta en vigor de cualquier reforma constitucional que concediese la autonomía del Yemen del Sur. Tal decisión incitó una réplica inmediata de todos los países árabes, precipitándose las manifestaciones anti-británicas. Una de ellas sería la firma del pacto entre la República Árabe Unida, (la RAU: federación de Egipto y Siria) Yemen y el Sudán donde se planeaba incluir al Adén dentro de un sistema defensivo árabe que buscaría el fomento de la insurrección interna en las áreas del mundo árabe, aún bajo la bota colonial de Londres. Al final, Londres pudo imponer un cauce "constitucional" a la independencia, con vistas a ganar tiempo y preservarse allí en el futuro.

El desaparecido nasserismo egipcio de Nasser y Anwar El-Sadat, y el intento nacionalista de Abdulá Al-Salal en Yemen del norte, resultaron un modelo de tolerancia y liberalidad con escasos membretes represivos, comparados con la Siria de Asad, el Irak de Sadam Hussein, la Libia de Muamar Ghadafi, el Irán de los Ayatolás, el Yemen y las caducas monarquías de Jordania y Marruecos.  Cuando el Occidente tildaba de dictador al general Abdul Karim Kassem, que instauró la república en Irak, este resultaría un "ángel misericordioso" comparado con Sadam Husein. Al abortarse finalmente esta forma moderada de nacionalismo modernista árabe, a nombre de grandes cruzadas ideológicas y bajo el síndrome del comunismo, el Occidente aupó lo más reaccionario del movimiento islámico, empantanándose en el tirante diferendo palestino.

Los ingleses no lograron conformar en los emiratos y en Adén partidos por intermedio de los cuales lograran ir manejando la independencia sin tener que recurrir a las autoridades tradicionales clánicas, como hicieron en Malasia con el Partido de la Alianza. Realmente, el factor político precipitador en el Sur arábigo nació del proceso egipcio, el Movimiento Nacionalista Árabe y del Baas; la opción del presidente Nasser por un socialismo árabe, de tipo reformista, que rechazaba el marxismo a nombre del Islam, influyó incuestionablemente en todos los rincones del orbe islámico.

Así, la descolonización sud-arábiga se desarrolló bajo un número significativo de influencias externas y factores internos: desde el exterior, el nasserismo egipcio y el baasismo sirio-iraquí se hacían sentir, fundido con el diferendo árabe-israelí; además de ello, la tozudez británica de mantener la zona bajo control militar, los deseos del Yemen del Norte por anexarse Adén y la voracidad de los monopolios petroleros completarían el cuadro donde sultanes y débiles organizaciones políticas debatían la independencia. Pero los verdaderos motivos residían en los planes militares y la situación crítica que atravesaba el Medio Oriente, entre el diferendo israelita con Siria y las fricciones de Jordania con la Arabia Saudita, unidos a los roces sauditas con el Irak por los reclamos de ésta sobre el recién independiente Kuwait.

En mayo de 1951, tuvo lugar una crisis entre Inglaterra e Irán que sacudió el mundo. El Premier iraní, Mossadegh, decretó la nacionalización del monopolio petrolero Anglo-Iranian Oil Company, encadenando todo el futuro británico. A este conflicto se sumaria el teorema palestino y la corrupción nacionalista egipcia, profundizando la grieta de Albión, quien se debatía en los espinosos inciertos financieros de un imperio que se despedazaba y una Liga Árabe que probaba ser para Londres un instrumento difícil de manejar. Cuando el "asunto Mossadegh" entró en el paroxismo, los carteles ingleses llevaron a efecto una doble estrategia. Por un lado centraron sus esfuerzos de prospección y explotación sobre Kuwait. Por otra parte, la British Petroleum decidió construir una refinería en Adén y allí procesar el crudo del Golfo Árabe y Arabia Saudita, satisfaciendo sus necesidades militares. En 1955 ya Adén era el cuartel general meridional de las fuerzas británicas; además de ser punto de reavituallamiento de los petroleros, procesador del crudo árabe destinado a Londres, cuartel general operacional británico para la zona, resultó ser ahora más indispensable que en la época imperial británica de Keepling.

 

Kuwait creció en menos de diez años, de un tradicional puerto pesquero a una potencia mundial financiera, al punto de alinearse actualmente como el cuarto productor de petróleo en el mundo. La velocidad del cambio conllevada por la repentina riqueza petrolera tuvo su ejemplo en el incremento de producción logrado por la Kuwait Oil Company, y en el más alto per-cápita estadístico del mundo. Ello, de inmediato, planteó el diferendo fronterizo con Irak, los esperados choques bélicos de éste con los ingleses, las conocidas e inconclusas sesiones urgentes de la Liga Árabe, de la ONU, etcétera.

A pesar del fracaso publico de Suez, Estados Unidos decidió extender la "doctrina Truman" al Medio Oriente, y así incrementar la guerra fría. En enero 1957 Ibn Saud visitaba a Eisenhower para definir el arriendo de la base militar de Dahran y sus proyectos de ampliación orientada por el Pentágono, aceptando el ofrecimiento de noventa cazas bombarderos Sabre. Poco después se consumaba un semicírculo de bases atómicas alrededor de todo el campo soviético, que se extendía desde Okinawa y Japón a través de Irán y Turquía, hasta Europa central. De esta forma, en caso de guerra, la Unión Soviética debía habérselas con este "anillo", además de Estados Unidos. La situación en la zona y en el campo mundial se tensó cuando era anunciada la aparición de bombarderos y cohetes nucleares en la base saudita de Dahran, solo a mil millas del territorio soviético.

En marzo de 1957 tenía lugar la conferencia de Bermudas, entre el presidente Dwight Eisenhower y el premier británico Harold MacMillan, donde Estados Unidos decide hacer extensiva su sombrilla nuclear a Gran Bretaña. En los acuerdos se santificó el Pacto de Bagdad y el derecho estadounidense de utilizar su poder aéreo en el Medio Oriente a partir de la base inglesa de Adén. Como declaraba James Baldwin en mayo de 1957: "la doctrina Eisenhower requiere ahora un poder militar superior para llenar el vacío militar en todo el vasto arco del estratégico océano que corre de Adén a Singapur" (Citado por Fleeming; The Cold War and its origins; 2 v.).

El dilema de Israel demostró ser una gran complicación y una fuente de conflictos perennes entre los países árabes productores de petróleo y los poderes occidentales. Inevitablemente, las compañías petroleras fueron atrapadas en el fuego cruzado. El emir de Kuwait, Abdallah al-Salem al-Sabah, aplicó en 1958 restricciones a las compañías petroleras para impedir la venta del petróleo kuwaití a Israel. De esta manera Kuwait entró de lleno en el ruedo político regional al adherirse en el boicot árabe contra Israel (Darwish, 1991, p. 29). Sin embargo, los países árabes productores de petróleo no poseyeron influencia y poder de negociación hasta 1961, doce años después que Palestina había sido “perdida” a los judíos, cuando fundaron en Venezuela la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEC).

Ante el horizonte regional, el Baas sirio presionó en 1957 en pro de una unión militar con Egipto, aunque el proyecto no contó con todo el apoyo de los progresistas sirios debido a que Nasser impuso como condición la disolución de todos los partidos políticos, incluyendo el comunista. La junta militar de Siria -formada también por oficiales que habían apoyado a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial-, animada por el formidable arsenal bélico que le había proporcionado la Unión Soviética, se hallaba ansiosa por confrontar a Israel en el campo de batalla, buscando entre otras cosas legitimarse ante su población árabe; al efecto sus Migs violaban con insistencia el espacio aéreo enemigo. Las alturas de Golán, que constituyen un mirador militar hacia Israel, se habían convertido en un complejo sistema militar, con artillería subterránea, cohetería tele-dirigida, y campamento de dos divisiones blindadas.

Entonces Israel luchó por consolidar cuatro áreas vitales de existencia que le harían irreversible como Estado en el área: agua, alimentos, armamentos y energía. Asimismo, inició un agresivo programa de desarrollo atómico (Dimona y Nebi Rubin) para fines militares y pacíficos, como la desalinización del agua de mar y la generación de electricidad. Para balancear su desnivel demográfico ante los árabes impulsó la cohetería reactiva que produjo a los famosos mísiles Gabriel (aire-aire) y Shafrir (tierra-aire) (Peres, 1979, 46).

Ante el horizonte regional, el baas sirio, encabezado por Salah Bitar, Michel Aflak y Akram Kourani, presionó en 1957 en favor de una unión militar con Egipto, aunque el proyecto no contó con todo el apoyo de los progresistas sirios, debido a que Nasser impuso como condición la disolución de todos los partidos políticos. Calorizado por Estados Unidos, los reinos hachemitas de Irak y Jordania se apresuraron entonces en producir una "contra unión" frente a la recién formada República Árabe Unida.

El 14 de febrero de 1958 se anunciaba en Bagdad una federación árabe con Irak y Jordania. Luego de una crisis interna en Jordania, donde el rey Hussein tuvo que enfrentar a fuerzas militares de tendencia nasserista, la Sexta Flota norteamericana zarpó de la Riviera francesa el 25 de abril, fondeando frente al Líbano, para apoyar a la monarquía tambaleante. Pero el 14 de julio de ese año la región volvía a conmocionarse con la revolución iraquí encabezada por Karim Kassem, quien logró derrocar la monarquía hachemita, ejecutando el rey Feisal y a Nuri-Es-Said, piedras angulares del Pacto de Bagdad.

Al día siguiente, ante los peligrosos sucesos del Irak, y enarbolando la "doctrina Eisenhower", los efectivos de la Sexta Flota mediterránea entraron en el puerto de Beirut y desembarcaron sus infantes de marina para apuntalar al presidente Camille Chamoun. En esa misma semana unidades aéreas inglesas desembarcaron e invadieron Amman, la capital jordana, para sostener al rey Hussein y sofocar el movimiento nacionalista que ponía en peligro las posiciones militares del occidente.

La medida buscaba compensar el reciente colapso político de Dulles en Suez, pero ante la protesta soviética, que presuponía incluso la eventualidad de afrontar una conflagración nuclear, Estados Unidos decidió retirar sus fuerzas. Gran Bretaña extrajo lecciones de los últimos acontecimientos y decidió centrar su estrategia en fomentar un poder nuclear independiente, abandonando el énfasis en las armas convencionales. Para realizar estos costosos objetivos, debía abandonar su papel "mundial", acelerando la descolonización, manteniendo sólo aquellos puntos de interés supremo como la Federación de Rhodesia, el Golfo Árabe y por supuesto Adén. Con ello, reconocía lo obsoleto de la Mancomunidad Británica, buscando transformarse en un poder netamente continental, predominante en Europa Occidental.

Gran Bretaña redujo sus fuerzas en Libia, evacuó Jordania y luego Kenya tras los sucesos de los Mau-Mau. Se responsabilizaba a los gobiernos coloniales en Malasia y Nigeria con su seguridad interna mediante la autonomía; asimismo, comenzaba la discusión de transferir sus fuerzas militares acantonadas en Sierra Leona. El mando mesoriental dejaba de estar centralizado en Chipre, pasando a Londres, pero se apuntalaba el comando de Adén, dependiente directamente de Inglaterra, y que tenía la jurisdicción de todas las tropas inglesas terrestres y aéreas en la Península Árabe, la Somalia inglesa y los dispositivos navales del Golfo Árabe.

Pero, en 1961, este programa del premier inglés Harold MacMillan ya se encontraba en ruinas ante la imposibilidad de descolonizar la península arábiga, so pena de peligrar sus fuentes energéticas imprescindibles. Con ello se derrumbaba el mito del poder nuclear independiente, debido, entre otros factores, al excesivo costo y los insolubles problemas técnicos del adoptado proyecto coheteril Blue Streak. Ante el ridículo internacional, Gran Bretaña tuvo que suplantar su fracasado proyecto negociando los mísiles aire-tierra con ojivas nucleares norteamericanos Skybolt; pero, luego de varios experimentos, Estados Unidos los desechaba por un sistema más ofensivo, el de los submarinos Polaris, que fueron emplazados en Escocia, por medio del acuerdo MacMillan-Eisenhower. Ello, a su vez, ponía enteramente a la desacreditada Gran Bretaña en manos de Washington.

Por otro lado, la retirada colonial encontraba fiera resistencia por parte de los colonos blancos en Kenya, Rhodesia y los sudafricanos. Asimismo, muchos países africanos, como Ghana, se habían propasado del cálculo político británico, poniendo en quiebra un diktat secular. Francia, con el recién formado Mercado Común Europeo, amenazaba engullirse los restos coloniales ingleses, a la vez que torpedeaba el ingreso de los "lores" en la mancomunidad europea. Londres se encontraría en un callejón sin salida, restándole sólo languidecer sin brusquedad; así concluía sus capítulos un imperio que, junto al de Gengis Khan, había figurado como el mayor de la historia humana.

La rotunda negativa egipcia llevó a que, en diciembre de 1953, el entonces vicepresidente de Estados Unidos, Richard M Nixon, efectuara una visita a Karachi, asignando a Pakistán el papel que otrora desempeñó la India en el imperio británico, y abogando por el Pacto de Bagdad, basado en el eje turco-pakistaní-iraquí, para cubrir el vacío entre la OTASO y la OTAN,  y dividir a su vez la unidad árabe propugnada por el presidente Nasser como puente entre el nacionalismo de Asia y el África explosiva. En su afán por lograr la cohesión del Atlántico al Golfo árabe y construir el área en bastión de la política occidental, Nixon propuso suplantar en el Comando Mesoriental al renuente Egipto por Pakistán, donde se construirían bases aéreas, desde la cual bombarderos pesados estuvieran en condiciones de alcanzar los centros industriales de la Unión Soviética.

 

Con un Egipto que rechazaba la internacionalización del Canal de Suez, Gran Bretaña buscó cubrir militarmente el sur peninsular y el Golfo árabe, descansando al norte en el Pacto de Bagdad, A diferencia de Estados Unidos, fomentador de pactos militares con nuevos países, Inglaterra sostenía el criterio de mantener y reforzar los puntos de apoyo tradicionales. La inclusión de Irak en las alianzas occidentales en febrero de 1955, había traído el desplome momentáneo de la Liga Árabe. Conjuntamente con el Pacto de Manila y la OTAN, Estados Unidos cercará al bloque soviético con un anillo de bases militares, acción que provocó el rearme egipcio, indio y afgano, con la ayuda soviética.

 

La crisis en Egipto, Palestina, Chipre y el norte africano acabó por alterar los planes militares de las potencias de la OTAN. Concebidos sobre la base del primer factor estratégico de la zona: el geográfico. Por su localización, como la historia lo ha pulsado, constituye enlace o barrera inter-oceánica y continental, a despecho de los nuevos medios de comunicaciones. La clausura del Canal de Suez significaría engrosar en seis mil millas la distancia naviera, y duplicar los barcos a utilizar.

En marzo de 1957, en la conferencia de Bermudas con el presidente Eisenhower, el premier británico Harold MacMillan había accedido a emplazar los submarinos Polaris en Escocia, poniendo a su país bajo la sombrilla nuclear norteamericana. Así se derrumbaron los empeños londinenses por conseguir un poder nuclear independiente, debido a lo costoso y complicado de su proyecto balístico Blue Streak.

Obviando al espinoso asunto palestino -por supuesto-, el Occidente de la época “maccarthista”, obsesionado por el duelo nuclear con los soviéticos, y receloso de la retórica del nacionalismo y la supervivencia del estado de Israel, descartó a los regímenes árabes de posguerra que, buscando establecer un estado de corte moderno, se proclamaron contra el extremismo islámico y retaron el poder retrógrado de jefecillos tribales transfigurados por obra y gracia del petróleo en jeques y emires. Con excepción del francés Charles De Gaulle, euro-América nunca aquilató el no-alineamiento de un Nasser de Egipto, de Karim Kassem de Irak, de Al-Salal de Yemen, de Mohamad Mossadegh de Irán, o el Neo Destour de Habib Burguiba de Túnez. Al abortarse este nacionalismo árabe, a nombre de magnas cruzadas ideológicas, Occidente polarizó la región, aupando teocracias fundamentalistas y monarquías clánicas que empantanaron, entre otras cosas, el diferendo palestino.

El presidente John F. Kennedy conformó entonces la famosa "tríada", independizando sus tres fuerzas nucleares: los submarinos Polaris, los cohetes intercontinentales Minuteman, y los bombarderos estratégicos B-52. Para 1962, el flanco sur soviético (el Medio Oriente) era su franja más vulnerable, sembrada de bólidos Thunderbird y Polaris con ojivas nucleares. En este esquema, Inglaterra, desde su cuartel general en Adén y con 200 mil soldados y un millar de aviones, tenía la responsabilidad convencional y nuclear de Libia a Pakistán y del Caspio a Madagascar.

La tensión desapareció después de diferentes actos. Los tanteos y acercamientos entre Estados Unidos y la Unión Soviética fracasaron tras el asesinato de Kennedy y el alejamiento del poder de Jruschev, quien denunció los excesos del estalinismo y trató de empezar la desestalinización en la Unión Soviética. Jruschev fue apartado del poder por la burocracia estalinista, volviéndose a un régimen dictatorial estalinista bajo el gobierno de Brezhnev (1964). Tras la caída del bloque comunista, la distensión entre los países del antiguo comunismo y los capitalistas casi desapareció del todo. Actualmente, la mayoría de los estados del antiguo bloque comunista han acotado las políticas e ideologías del mundo capitalista.

Subordinada a esta estructura militar global, y abrumada además por los gastos militares, la administración laborista inglesa de Harold Wilson ordenó en 1966 la extracción de su Comando “al este de Suez", dejando sólo varios escuadrones de bombarderos en Bahrein, Massirah, Gan y las islas Coco. La incomodidad norteamericana se acrecentó cuando Londres desmanteló en 1967 su aeródromo en Khormaksar, Adén, asiento de los bombarderos nucleares Canberra, enfilados contra el rodillo de tanques y artillería soviética del Caspio y Asia Central, y vigilia de los 400 millones de toneladas de petróleo que franqueaban el Canal de Suez.

Ante este desmoronamiento del pacto de Bagdad y la OTASO, Estados Unidos tuvo que reorganizar su croquis militar, y con ello la geopolítica del Medio Oriente. En el Mediterráneo se precipitó el golpe de estado en Atenas, que le concedió más latitud a la Sexta Flota, y ensambló una defensa móvil para  África Norte y el Medio Oriente. La fuerza aérea israelí asumió la empresa de liquidar la flota naval soviética del Mar Negro y el Mediterráneo oriental.

En Asia, Estados Unidos asignó al Japón e Indonesia la labor de contención de China; encargó al Irán la custodia del Golfo Árabe y a Arabia Saudita de Irak, Yemen y los Emiratos. En el Índico se posesiono de los centros de telecomunicaciones y enclaves ingleses y forzó a que Gran Bretaña, al menos, militarizase cuatro islas (Diego García, Aldaba, Farquahar y Desrodes), para uso de su Séptima Flota del Pacífico. Estas decisiones probaron ser oportunas en la guerra del Golfo y en la ofensiva sobre Afganistán, en la que los B-52, desde Diego García, los F-16 desde Bahrein  y Massirah, y los F-117 Stealth desde Turquía, resultaron la columna vertebral de los asaltos aéreos.

 (continuará)