Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                       Juan F. Benemelis

 

 

CUANDO "OCCIDENTE" DEJÓ DE EXISTIR ( I ) 

 

 

Cuando se analiza la política internacional y el rejuego de las potencias y las geo-estrategias en el siglo XX-XXI, se toma su historia socio-política como si fuese una muestra definitiva, algo que debió ser tal y como ocurrió, con una lógica lineal con pocas opciones de bifurcación. Es decir: dos guerras mundiales, fascismo y comunismo, disolución del imperio turco y luego de los imperios coloniales europeos, Hiroshima y Nagasaki, Guerra Fría, Corea y Vietnam, el Estado de Israel, el desmembramiento de Indochina, la revolución cubana, etcétera. Pero ninguno de tales contextos históricos tenía ineludiblemente que cobrar vida.

 

La historia que no fue

 

La historia política del siglo XX-XXI pudo ser inversa a la que tuvo lugar; es más, la que aconteció y tenemos como real se debió altamente a hechos fortuitos más que a una terminante lógica de causa-efecto en los acontecimientos. La actual configuración geo-política de poderes (Estados Unidos, el bloque europeo, Rusia, China, Japón) dependió de decisiones que convinieron a uno u otro en su momento. Lo peligroso es que tal esquema mental de ver los acontecimientos del pasado reciente como ineludibles y forzados lo aplicamos a las situaciones actuales y a las posibles tendencias del futuro, opacando así el análisis y los posibles escenarios, puesto que la realidad actual pudo ser muy distinta.

 

Uno de los mitos que proviene del siglo XX es que aún vivimos una objetividad monopolizada por la “civilización occidental”, cuando en realidad ya ella no existe. Europa, centro de tal civilización (puesto que Estados Unidos no ha sido propiamente un país culturalmente europeo por mucho que se fuerce tal esquema) hace mucho dejó de ser un actor internacional y foco de ideas, de las ciencias y de la cultura. El planeta se halla económica, política y culturalmente bajo el patrocinio de Estados Unidos, Japón, China, Rusia y en breve la India, con una crecida interacción con el Medio Oriente y el Asia Central. De ahí que Occidente-Europa, sus “valores” judeo-cristianos, ya no sean una esencia hegemónica, sino un mito recurrente. La confusión proviene del hecho que aún somos actores de esa época que se esfumó, y los actores históricos no son sus mejores historiadores o intérpretes.

 

Nadie discute que de todos los imperios modernos el británico fue el más sobresaliente, desde la Roma cesariana, englobando un cuarto del territorio planetario. Del mismo salieron Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Irlanda, Hong-Kong y Singapur, parte del África, del Medio Oriente y del Caribe, entre otros; y tuvo dos momentos decorosos cumbres cuando derrotó a Napoleón Bonaparte y cuando abrazó las campañas contra la trata y la esclavitud.

 

Según las tesis del oficial de marina estadounidense A. T. Mahan desarrolladas a principios del siglo XX en su libro The Influence of Sea Power Upon History, fue la acción de la Armada Real Británica, al controlar los océanos y los puntos marinos de confluencia, lo que aseguró la derrota de Napoleón y transformó a Gran Bretaña en un poder mundial predominante. Su dependencia al comercio ultramarino, como resultado del cometido al libre comercio, hizo de la supremacía de su Armada Real en el océano un asunto de supervivencia imperial y nacional.

 

Si algo irrevocable tuvo lugar fue el factor de que la geografía de las islas británicas se interponía en todas las rutas marítimas que partían de Alemania, escenario magistralmente descrito por Mahan en 1902. Pero este disyuntiva de asfixia marina alemana a la vez resultaba el dilema de la supervivencia del propio Estado inglés, y obviamente Londres no iba a sacrificar su imperio y Estado por el teutón. De ahí que la resolución del Káiser Wilhelm II, de construir una Armada en aguas vecinas fuese intolerable para Inglaterra, temerosa de una supremacía naval antagónica en el Mar del Norte atentase contra su imperio colonial y contra ella misma y Escocia. Pero esta desconfianza inglesa no estaba adecuadamente fundada pues el Káiser, si bien buscaba consolidar a Alemania como el poder central europeo, no perseguía desbancar al imperio inglés.

 

Supremacía de “Occidente”

 

Cuando se inició el siglo XX, Occidente (sinónimo de Europa con una extensión en Norteamérica) era supremo en todo el planeta. Tanto la Primera Guerra Mundial como la Segunda pueden tildarse como las sangrientas guerras civiles que concluyeron los siglos de dominio de Occidente y configuraron la muerte de su civilización, o más propiamente la europea.

En el siglo XX, los cimientos de la civilización judeo-cristiana, la Belle epoque de la reina Victoria, fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguieron oleadas de rebeliones y revoluciones que situaron en el poder a un sistema que reclamaba ser la alternativa, predestinada históricamente, a la sociedad burguesa y capitalista, primero en una sexta parte de la superficie del mundo y, tras la Segunda Guerra Mundial, abarcaba a más de una tercera parte de la población.

Si en el curso del siglo XIX un puñado de países a orillas del Atlántico norte conquistaron con increíble facilidad el resto del mundo no europeo y lo transformaron y gobernaron, establecieron una superioridad a través de su sistema económico y social, y su tecnología, erigiéndose en los “señores de la raza humana”, etnocéntrico y racista, la dinámica de la mayor parte de la historia mundial del siglo XX consistió precisamente en intentos por imitar ese modelo establecido en y por Occidente. No es sólo porque ha sido el más mortífero de la historia a causa de la envergadura, la frecuencia y duración de los conflictos bélicos que lo han asolado sin interrupción, sino también por las catástrofes humanas, sin parangón posible, que han causado, desde las mayores hambrunas de la historia hasta el genocidio sistemático. En el siglo XX las guerras se han librado, cada vez más, contra la economía y la infraestructura de los estados y contra la población civil. Desde la Primera Guerra Mundial se han contado muchas más bajas civiles que militares en todos los países beligerantes.

Pero la Primera, al igual que la Segunda, no tuvo que suceder. La Primera Guerra Mundial, como resultado de disparates, sobre todo por parte de los estadistas ingleses, fue la catástrofe original para las otrora naciones cristianas europeas y desbancó la institución de la monarquía, preparando el terreno para la revolución bolchevique. Lo sorprendente es que cuando se analizan los hechos que la llevaron a realidad, cada uno de los pasos y las medidas eran ilógicos e irresponsables y resultaban evitables en materia política.

 

El pensamiento detrás del colonialismo, lo que llevó a la Primera Guerra, al incidente de Fashoda (1898) sobre las fuentes del Nilo, que casi provoca la guerra entre Francia e Inglaterra. El pensamiento dominante de Teddy Roosevelt en la guerra hispano-americana y la ocupación de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y luego Panamá (Warren Zimmermann. First Great Triumph. New York: Farrar, Straus and Giroux, 2002).

 

Hasta 1914 Gran Bretaña actuaba como centro de un inmenso dominio cuyo destino se arbitraba en Londres, no existían allende Europa contendientes estelares que le fueran hostiles y que no temblasen ante su majestuosa flota. Pero el concluir la Primera Guerra Mundial la determinación europea ya no implicaba la de todo el planeta; habían surgido dos nuevas potencias, Japón y Estados Unidos, y un estado totalitario en la antigua Rusia de los zares. Inglaterra decidió descentralizar su imperio en tres zonas; Europa, el Medio Oriente, y el eje de Hong-Kong a Singapur.

 

A pesar de que Alemania e Italia se habían dejado sentir en el mundo árabe, la zona continuaría bajo el férreo mando británico con Suez en Egipto, Adén en la Arabia occidental; Muscat, en la oriental; el sultanato del Kuwait en el fondo del Golfo, y las islas Bahrein. Con el siglo XX, la Península Arábiga presenció la puja de las potencias del eje fascista, en especial de Italia, obligando a los ingleses a que separasen Adén de la administración de la India que ya estaba contaminada de ghandismo. Asimismo, la Unión Soviética trató varias veces de entrar a través del Yemen en esta área petrolera.

 

A pesar del caótico panorama económico turco y la mortal debilidad contraída por Inglaterra a finales del siglo XIX, ésta luchaba por mantener la integridad del imperio otomano, como un muro de protección a sus colonias asiáticas; pero cuando los gobernantes otomanos se inclinaron al bando alemán, su derrumbe se transformó para Londres en un objetivo militar estratégico. En los albores de la Primera Guerra Mundial, la Península Arábiga, Adén y el Golfo Árabe se encontraban virtualmente bajo el control o influencia turca; aunque en ciertas comarcas de la Arabia central, como el Nejd y el Yihaz (hoy dos partes integrantes de la Arabia Saudita) particularmente, su preponderancia había sido nominal. En esas porciones, Ibn Saud en el Nejd, cabeza de la militante secta puritana de los Wahabitas, y Hussein en Yijaz se inclinaban a los británicos.

 

La “Gran Guerra”

 

La causa principal de la Primera Guerra Mundial fue la lucha por el poder y la hegemonía entre los estados-nación más poderosos de la época. Esta guerra dejó en ruinas a toda Europa y Oriente Medio, mientras que Estados Unidos incrementó su poder como consecuencia de haber llevado el peso principal del esfuerzo bélico. Los países vencedores impusieron muchas cargas políticas, diplomáticas y militares a los vencidos. Fueron esto, y los tratados impuestos, los factores que incentivaron la Segunda Guerra Mundial. Las naciones vencedoras se cuidaron en establecer condiciones de equilibrio sólidas, capaces de mantener un entorno pacífico.

 

Los austriacos no querían una guerra balcánica, ni europea, ni mucho menos mundial, sino una campaña de “castigo” contra los serbios, quienes a su vez actuaron con cautela aceptando los puntos del ultimátum vienés; pero este ultimátum, mal-interpretado en el Kremlin (que además nunca supo del acatamiento serbio a los términos austriacos), llevó a la unilateral y necia movilización general del ejército ruso, pensando que tal resolución detendría a los austriacos y no tendría consecuencias continentales. Por su parte, el Káiser se hallaba desesperado tratando de evitar una posible guerra balcánica que podía desatar la inconsulta decisión austriaca, cuyos mandatarios nunca le comunicaron la medida de invadir Serbia ni la aceptación del ultimátum por parte de Belgrado.

 

El Káiser jamás pensó que el diferendo austro-serbio provocase una confrontación continental, pero su Estado Mayor, con gran pánico, le persuadió a responder a la movilización rusa, antes de que el ejército alemán fuese aplastado por la combinación de Francia y Rusia. El Káiser consideraba que se podía evitar una guerra europea y así lo demuestran sus comunicaciones al Zar Nicolás, solicitándole reconsiderara su orden de movilización militar, que obligaba una respuesta alemana en la frontera con Francia. Los planes de movilización y leva del ejército alemán, provenientes del período de Otto von Bismarck, respondían a la geo-estrategia de la guerra decimonónica franco-prusiana, pues se dislocaban con inmediatez sus fuerzas en las fronteras con Francia y Rusia, y se invadía preventivamente a Bélgica, y esto sólo podía ser considerado por Paris y Moscú como el primer acto de una ofensiva de guerra, y no una simple alerta militar. Ambas partes estaban erradas, y equivocadas fueron también las conclusiones luego hechas en Londres y Washington.

 

No argumento en contra de que los conceptos de seguridad británicos y germanos eran irreconciliables; para la Alemania de Bismarck, del Káiser y de Adolf Hitler, rodeada de naciones temerosas de su poder, su seguridad residía en la unificación de Europa bajo su liderazgo, mientras que Gran Bretaña promovía la doctrina del balance de fuerzas. Pero en la política pan-germánica del canciller Otto von Bismarck no estaba considerado el instaurar un imperio mundial. Los alemanes no entendían que Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y el Japón sostuviesen su natural “zona de influencia” y a ellos les vedasen su “espacio vital” en Europa central. Sus geo-estrategas tenían razón: Gran Bretaña, apoyada en Francia, evitaba la ascensión de un poder continental cuya base fuese un núcleo germano.

 

Mientras Inglaterra conservase la supremacía naval indiscutible e impidiese a Alemania el acceso del Asia Central, su preeminencia estaba asegurada. Por eso era imprescindible imposibilitar una alianza germano-rusa, mediante un semillero de estados tapones en la Europa oriental. De ahí su aseveración de que la hegemonía sobre la Europa oriental definía el control del centro-eje territorial, y por tanto del planeta. La germanofobia británica, que resentía el ascenso alemán, llegaba a supuestos falsos al temer que de propinar este una derrota a Francia posibilitaría la preeminencia europea de su rival y el propio eclipse como potencia mundial, cuando en realidad, las posiciones inglesas de “principio” eran cuestionables, pues de permitirse que Alemania dominase Europa ello no lesionaba su poder imperial ultramarino.

 

Por eso tal consideración no llevaba necesariamente a una resolución británica sin sentido estratégico, ni lógica de seguridad nacional o de intereses de Estado, al declararle al guerra por dos veces a Alemania: en 1914 y en 1941; puesto que ni Bismarck con su doctrina de un poder centro-europeo, ni el Káiser con su programa de desarrollo naval, ni Hitler proyectando sus panzer en los “espacios vitales” del continente deseaban la destrucción de Inglaterra o de su imperio colonial. Para Alemania, en ambas guerras, la búsqueda de la autosuficiencia económica y de civilización, mediante un espacio vital, y la posesión de aquellos recursos y materias primas necesarias para mantener el impulso industrial y social resultarían las paralelas esenciales de una consideración geoestratégica.

 

La Primera Guerra Mundial se hizo bajo el lema de forjar un mundo más seguro para la democracia, y la Segunda se calificó como una “guerra honrosa” para erradicar el fascismo. Todo a partir de la doctrina wilsoniana de auto-determinación y la remodelación planetaria introducida por Franklyn D Roosevelt, que destruyeron los imperios coloniales del Viejo Continente. Pero, estos “principios éticos” no dejaron de ser cínicos. En ambos casos la determinación de Londres forzó luego la entrada de Estados Unidos al teatro bélico, transformando dos posibles contiendas continentales en mundiales.

 

No era aplicable una teoría del dominó a la decisión británica de zambullirse en una guerra de trincheras que llevó al colapso alemán con la entrada norteamericana. Sería un conflicto innecesario debido a que la cadena de acontecimientos que llevó a su estallido se pudo haber roto en cualquiera de sus eslabones. Para Inglaterra esta guerra no sería una necesidad sino una guerra de elección, sobre todo porque los alemanes evitaron confrontarlos.

 

El proteccionismo comercial norteamericano lesionaba la economía británica, mientras Alemania se le emparejaba en su desarrollo industrial, y ya era la nación europea más poderosa y, después de Rusia, la más poblada. En 1870 Alemania había aplastado militarmente a Francia en seis semanas. Los halcones ingleses con Winston Churchill a la cabeza vieron la guerra europea como una oportunidad para incrementar su prestigio nacional y expandir su imperio. La guerra, como la definió el propio presidente norteamericano Wilson, fue una contienda comercial e industrial. Ella se percibía en la “City” como una conflagración en la cual los ejércitos franceses y rusos encajonarían a los de Alemania, mientras la Armada Real enviaría al fondo oceánico la flota teutona del almirante Alfred von Tirpitz, arrollaría las colonias del Káiser y barrería el comercio alemán de ultramar; en suma, una oportunidad para aplastar al principal rival del poder británico, como otrora se hizo con Napoleón.

 

De no haber tomado parte Gran Bretaña y luego Estados Unidos en este conflicto, los designios alemanes no presentaban un escollo para los ingleses, pues el desalojo del poder ruso en la Europa oriental y el desmantelamiento de su imperio colonial eran de interés nacional para Inglaterra, que así protegía su supremacía asiática y se hacía definitivamente con la Transcaucasia ampliando hacia el norte su imperio en la India. Transformados en el poder dominante europeo con la creación de una unión económica en el centro continental y la adquisición de las colonias francesas eran objetivos de Alemania que pudiesen considerarse complementarios a los intereses británicos, mucho más que el escenario con los franceses de pre-guerra. Así los británicos podían continuar omnipotentes en la mar océano, con Estados Unidos predominantes en el Hemisferio Occidental, y con su aliado japonés imponiéndose en Asia. Lenin hubiera muerto como un oscuro ruso en Ginebra y la historia no hubiera conocido a Josef Stalin, Hitler o Mao Zedong.

 

La invasión germana de Bélgica posibilitó a Inglaterra proyectarle un sentido “moral” a una guerra en la que ya habían resuelto participar por razones de realpolitik. De todos los poderes coloniales ninguno había operado con más crueldad y barbarie que la Bélgica del rey Leopoldo. No existía motivo alguno, moral o ético, para defender la supuesta neutralidad de Bélgica cuando los ejércitos del Káiser la invadieron.

 

El imperio otomano

 

Turquía buscaría ansiosamente cerrar las dos arterias de acceso al Mar Rojo y para ello logró ganarse a su causa al Imán Yahya; de esta forma comenzaron a ejercer influencia en tribus de la Península (entre los Rashid y los Xamar). La actividad alemana en Arabia e Irán, por otro lado, llevó a los ingleses a desplegar una poderosa ofensiva diplomática y militar. Apresuradamente desembarcaron tropas en Adén mientras oponían al Imán las fuerzas del pequeño y fértil estado de Asir, hoy asimilado por Arabia Saudita, fronterizo con el norte del Yemen. Por otro lado, auparon las revueltas árabes comandadas por el emir Feisal bajo la supervisión del agente de sus servicios secretos T. E. Lawrence, llamado de Arabia. Tras posesionarse de La Meca, el emir Feisal y Lawrence liberaron el puerto de Yidda, y con ello se paralizaba el intento alemán de establecer un centro de información y comunicaciones en el Yemen, impidiendo la marcha de mayores fuerzas expedicionarias por Arabia.

 

Las comunicaciones otomanas de verían interrumpidas producto de la revuelta árabe instigada por Lawrence de Arabia, y dirigida por Hussein, gran Sherif de la Meca y “descendiente directo del Profeta”, a quien los británicos prometieron conceder el control de toda la Península luego de obtener la victoria. Por su parte, apoyado por los representantes coloniales británicos en la India se desarrollaba con éxito la lucha del líder reformista Ibn Saud contra los poderosos clanes del interior desértico de tendencias pro-turcas (sobre todo el de los Rashid) en momentos en que los otomanos extraían todas sus tropas de la Península luego de su derrota en Trípoli. Se logró aislar el Yemen de Estambul, y convertir la enorme depresión del Mar Rojo en un lago británico, ocupándose el puerto de Hodeida y una parte de la Tijama.

 

La historia de la zona mesoriental, como lo habían demostrado estos hechos recientes, se vería marcada por la presencia de la cardinal base militar y comercial británica del enclave de Adén, que jugaría aun más como punto de filtración colonial inglesa y eje de espionaje para todo el sur-arábigo. En la última fase de la Primera Guerra Mundial, la administración colonial de la India había subvencionado prudentemente a Ibn Saud y, por ello, su conquista del Yijaz no preocupó grandemente a los ingleses. A pesar de que Alemania e Italia se habían dejado sentir en el Yemen, éste aún continuaban bajo el férreo mando británico, que todavía resultaba hegemónico en la Península Arábiga y mares circundantes, Adén, en la Arabia occidental; Muscat, en la oriental; el sultanato de Kuwait, en el fondo del Golfo, y las islas Bahrein. De esta forma, Inglaterra preservaba incólumes sus fronteras imperiales, que apartaron la zona de los beneficios de la revolución industrial y la tecnología moderna.

 

Esta guerra evitable fue una tragedia a escalas inimaginables que envolvió 65 millones de soldados, reclutados supuestamente por orgullo nacional e ideales de paz e igualdad. El número de muertes fue diez veces más que la sangrienta contienda civil norteamericana. Ella gestó la Segunda Guerra Mundial y un número de ideologías fanáticas como el leninismo, el estalinismo, el nazismo, el fascismo, el maoísmo, los kamikazes nipones, y otras, provocando más destrucción y muerte que la propia conflagración de 1914.

 

Los intereses vitales norteamericanos no estaban en peligro cuando John J. Pershing desembarcó en Francia. El presidente Wilson violó el principio de política exterior proclamado por George Washington de no intervenir en guerras europeas y de no establecer alianzas permanentes. Al final, no sólo la presencia militar norteamericana en el frente resultó decisiva, hundiendo la moral germana en las trincheras, sino que fue el presidente Wilson quien dictó las normativas de paz, remodelando caprichosamente y de manera ignorante a la Europa centro-oriental y al mundo otomano.

 

Gran Bretaña confiscó los barcos mercantes y el imperio colonial alemán, el tercero del planeta. Lloyd George proclamó en la Cámara de los Comunes la eliminación de Alemania como rival comercial y poder mundial. Pero lo que Londres había soslayado era que un rival más formidable se había erigido al pasar el centro financiero mundial a los Estados Unidos. Y, esto se manifestó en el hecho de que Gran Bretaña cesó en 1918 la construcción de barcos de guerra, mientras Estados Unidos la iniciaba a gran escala.

 

Por su parte, Francia de manera rencorosa logró se impusieran sanciones en Versailles que lindaban con la aberración. Incluso, después que los soldados germanos depusieron sus armas y sus buques de guerra se rindieron, Gran Bretaña y Francia aplicaron un bloqueo de alimentos que provocó la muerte de miles de civiles, en uno de los capítulos más negros de la historia europea. Por ello se llamó a Versailles una “paz vengativa”.

 

Se gesta la Segunda Guerra Mundial

 

El propio John Maynard Keynes profetizó que el aplastar a Alemania con una deuda de 32 billones de marcos era crear las bases para una nueva guerra. Lo más estúpido y vejatorio fue cuando se obligó en el Tratado de Versailles que los alemanes se confesaran de crimen histórico y aceptaran la mentira de que ellos solos habían sido los promotores de la guerra. Así, este colosal disparate político (incluso si hubiese sido verdad, que no lo fue) creó la sed de venganza que premeditadamente explotó el nacional-socialismo hitleriano.

 

Gran Bretaña y Francia diseñaron la geografía del Cercano Oriente a través del acuerdo secreto Sykes-Picot, donde se preveía la repartición del carcomido imperio otomano; sólo Egipto y el Irán quedaban tal y como habían sido a través de milenios. El Tratado de Versailles no sólo afectó a Alemania, sino que dejó incumplidas las promesas de independencia que los británicos habían hecho a los árabes. Así, la generación que madura en la entre-guerra y funda los movimientos nacionalistas árabes cae bajo los influjos del populismo nacional socialista de Adolf Hitler y el fascio de Benito Mussolini, sobre todo la retórica anti-colonial contra Britania y la Galia.

 

Sin saberlo, los firmantes del Tratado de Versailles atentaron contra la existencia de la civilización occidental. Esta guerra, bajo la presión norteamericana, que expulsó a los Habsburgos de Austria y a los Hohenzollerns de Alemania, al presentarse tales vacíos abrió la opción del monstruo hitleriano. Así, puede decirse que Hitler nació en Versailles.

La “gran guerra” había dejado una huella indeleble en los gobiernos, en particular el francés y el británico. París había salido de ella desangrada y potencialmente más débil que la derrotada Berlín. Los únicos países europeos interesados en aliarse con los galos eran demasiado débiles; así los gobiernos franceses emplearon sus recursos en construir la “línea Maginot”. Los británicos, conscientes de su debilidad, no tenían ya una flota naval capaz de actuar simultáneamente en los tres grandes océanos y en el Mediterráneo. Su imperio mundial, más extenso que nunca, estaba al borde de la descomposición.

La guerra y los años de carnicería humana desacreditaron la retórica de orgullo nacional, la fe en las nociones de razón, progreso y humanismo, con la pérdida de la superioridad y autoridad moral por parte de los estados europeos se esfumó el mito de la invencibilidad de Occidente que le “otorgaba” el derecho a regir y “civilizar” a otros pueblos. Incluso las nociones de Dios, del arte representativo parecían no escapar al desastre. La “moderna” civilización occidental que se había desarrollado a partir del Renacimiento fue minada ante la desintegración del orden político continental.

 

En un solo siglo, las monarquías y clases políticas europeas desaparecieron, mientras el cristianismo, el cemento ideológico de Occidente, fue desplazado por un secularismo trivial. De ahí nació el nacionalismo y la auto-determinación que luego en la guerra siguiente haría trizas el orden colonial y la geografía política del planeta hasta nuestros días.

 

El monstruo nazi

 

Aún se desconocen los objetivos de Adolf Hitler, si sólo pretendía la hegemonía continental, la obtención de materias primas y enclaves geo-estratégicos, o aspiraba al dominio del mundo, con un futuro enfrentamiento con Estados Unidos por medio. Quizás esta noción cobró fuerzas en medio de la euforia inicial de las armas alemanas. Lo que es innegable es la creencia nazi de obtener la unificación europea a partir del nacionalismo alemán; lo especulable, sin dudas, es que una Europa unida bajo las águilas germanas al final se plantearía la conquista de todo el Hemisferio Occidental.

 

Abundan las críticas de Hitler a la poca capacidad norteamericana para intervenir  en los asuntos internacionales, su limitada competencia armamentista y su débil carácter como nación, producto del cruzamiento racial. El Estado Mayor alemán no estaba equivocado respecto a la incapacidad militar norteamericana, lo cual se mostró en las campañas africanas del mariscal Erwin Rommel, el cual los aplastó en sus enfrentamientos; asimismo lo comprueba el fiasco que representó la invasión a Normandía, que pudo ser peor de haber estado Rommel dirigiendo las defensas. También, de no ser por las gigantescas ofensivas soviéticas en el frente oriental, que comprometió al grueso de las reservas militares alemanas, el frente occidental se hubiera derrumbado. El grueso de los generales norteamericanos en el teatro de operaciones europeos, sobre todo Patton, lo confirmaron con sus exigencias de que Estados Unidos rearmasen al ejército alemán para aniquilar a la Unión Soviética.

 

Algunos historiadores se inclinan a pensar que a los nazis sólo les interesaba el espacio económico y cultural austro-húngaro, recuperar sus viejas colonias africanas, asimilar las francesas y belgas y buscar una balanza colonial con Inglaterra. Hay aspectos debatibles y confusos como la obcecación inicial de Hitler por una alianza con Estados Unidos e Inglaterra para enfrentar a la Unión Soviética, que llevó al fatal viaje de Rudolf Hess a Inglaterra. Ello marca su doctrina de acabar con el comunismo y exterminar el sionismo. Fueron los japoneses quienes, contra el criterio de Hitler, se lanzaron al craso error de Pearl Harbour, y esto se comprueba con la decisión norteamericana de entrar en la guerra contra Alemania porque ésta se había aliado con el Japón.

 

La ofensiva militar contra la Unión Soviética a partir del Este fue una decisión unilateral de Hítler en contra de sus mejores estrategas, quienes proponían asaltar la URSS desde el Sur, por Turquía e Irak, para disponer de los pozos petroleros de Irak, de Irán y del Cáucaso, y evitar la barrera que representaba Stalingrado. Tan es así, que esa era la idea que tenían los generales ingleses, quienes aconsejaban al gobierno que preparase su repliegue al Canadá, pues la guerra en Europa la consideraban perdida. A su vez, es conocido que la Unión Soviética pudo detener al ejército alemán debido a los suministros masivos de armamento que recibía de Estados Unidos.

 

Es difícil, sin embargo, aceptar estas aspiraciones tan limitadas, pues Hitler logró recrear el imperio austro-húngaro con la vista gorda de las potencias occidentales: el Anschluss, Sudetes y Checoslovaquia. Y ello no explica su decisión en 1941 de asimilar espacios a costa de Rusia y Ucrania, para supuestamente quebrar la asfixia económica, lograr las materias primas y los abastecimientos económicos.

 

Y esos eran los planes del Estado Mayor alemán mucho antes de la Primera Guerra Mundial, heredados de la tradición prusiana, por la cual todo lo que había sido alemán debía volver a ser alemán. Ya Federico el Grande había dicho que el apoderarse de Danzig posibilitaba que el resto cayese como fruta madura. La voluntad alemana por fronteras seguras responde a su vulnerabilidad en el centro del continente, que la hizo escenario obligado de casi todas las guerras europeas. Eso fue, precisamente, lo que impidió la formación temprana de un Estado alemán moderno, y su obsesión por la expansión.

 

En Hitler no existe nada nuevo en cuanto a objetivos geoestratégicos: ya estaban en las carteras del Káiser en su aspiración de anexionarse Bélgica y el norte de Francia. Por eso Hitler, al buscar el control del petróleo del Cáucaso y de Ucrania como asentamiento de campesinos germanos y explotación de materias primas, así como las riquezas naturales de Siberia, sólo siguió la tradición colonialista y expansionista de los Hohenzollern, para los cuales quien controlase Rusia y Alemania controlaba el mundo.

 

Pese a la industrialización alemana, en su clase dirigente aún se hallaba arraigado el agrarismo como forma natural de expansión. El rechazo euroamericano al militarismo alemán era porque buscaba la expansión colonial no en pueblos “poco desarrollados” sino en aquellos con un mismo nivel de civilización. Pero no sólo era una visión hitleriana; las cancillerías de la época reconocían que la unión de la potencia industrial alemana con los espacios euroasiáticos llevaba al dominio mundial, y fue por eso que se desató la Segunda Guerra Mundial. Inglaterra no aspiraba a ser un mero satélite germano, de ahí su apoyo incondicional a Polonia y su rechazo a negociar con Alemania. Luego de ser imperio mundial, Inglaterra estaba dispuesta a morir con las botas puestas.

 

Otros autores apuntan a manifestaciones de Hitler sobre una futura guerra con Estados Unidos, a partir de las aspiraciones territoriales y de expansionismo bélico del Reich por bases y plazas insulares del África atlántica, sobre todo Marruecos y Túnez, y su delicada diplomacia con España y Portugal, con propósitos ofensivos, relacionado con el desarrollo de los bombarderos de largo alcance. Puede incluirse en esta relación la diplomacia alemana en la América Latina y su diseño estratégico con islas cisatlánticas como las Azores, Canarias, Madeira, y Cabo Verde. Esta vertiente lleva a que luego de hacerse de Europa, era inevitable la guerra contra Estados Unidos, y al final, una lucha contra Japón.

 

(continuará)