Cubanálisis El Think-Tank

 ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

            Eugenio Yáñez, Antonio Arencibia y Juan Benemelis

BARACK HUSSEIN OBAMA, EL PRESIDENTE “IMPOSIBLE”

 

Tras un intenso viaje por caminos accidentados y peligrosos durante 21 meses, Barack Obama ganó la presidencia de Estados Unidos, en una contundente victoria en que superó a John McCain en votos electorales en más de 2 a 1, y en votación popular en más de 7 millones de votos, la mayor cantidad de votos totales en la historia de la nación, y el mayor porcentaje de votos recibidos, en mucho tiempo, por un candidato Demócrata a la primera magistratura.

 

Durante esos largos 21 meses se escucharon continuamente las predicciones de los expertos asegurando la imposibilidad de que Obama llegara a la candidatura, y mucho menos aún a la presidencia, por una serie de supuestas razones que se fueron desvaneciendo una tras otra.

 

Era “imposible” que un joven y casi desconocido senador afro-americano (un verdadero afro-americano, de padre kenyano y madre norteamericana) sin muchos recursos financieros a su disposición, pudiera derrotar la extraordinaria y omnipresente maquinaria política de los Clinton, que ya había decidido, desde mucho antes, que la candidata del Partido Demócrata sería Hillary. Era visto sin experiencia política acumulada para hacerse cargo de la oficina presidencial, y menos aún para ser el comandante en jefe de la nación más poderosa del planeta: sus posibilidades más allá de las primarias del “super-martes”, día en que la gran mayoría de los demócratas escogerían entre varios candidatos de su partido, eran muy remotas..

 

Pero Barack Obama contaba con una excelente campaña, organizada y manejada magistralmente por un equipo de asesores de notable efectividad. El aparato político obamista empezó a recaudar fondos de campaña en una magnitud desconocida hasta entonces, a través de la Internet y las comunicaciones celulares, y aplicando un concepto novedoso poco usual en la política norteamericana: no pocas grandes donaciones, sin desdeñarlas, pero recabó infinidad de pequeños aportes de los miembros de base de su partido, a veces hasta cinco, diez o veinte dólares. Parte importantísima de esta estrategia fue la afiliación masiva de sus simpatizantes, especialmente gente joven, blancos, negros e hispanos, y la reactivación del voto negro en general. Como consecuencia, Obama siempre dispuso de más recursos financieros que sus contrincantes, y el día de las elecciones presidenciales tenía en su haber tres millones de donantes y millones de voluntarios en la base haciendo campaña por su candidatura.

 

El candidato “imposible”  sorprendió al gran público por su gran capacidad oratoria y una ecuanimidad a prueba de ataques y golpes bajos, estableció un estilo de campaña elegante y muy sereno, lo que continuamente terminaba poniendo a la defensiva a sus atacantes. Cuando surgió el espinoso asunto del pastor de su iglesia, vocero de un radicalismo antiamericano absurdo y elocuente a la vez, Obama “subió la parada” con un impresionante discurso en Filadelfia que colocó el debate por encima de las barreras raciales y la superficialidad, demostrando de paso que no tenía rival de ese calibre intelectual en ninguno de los campos contendientes.

 

A la vez, cuando el controvertido pastor no comprendió el mensaje y continuó con su discurso incendiario, Obama mostró el pragmatismo suficiente para separarse de este y de su iglesia, a la que había pertenecido durante veinte años.

 

Se aseguraba por los expertos que, aunque en las encuestas hubieran declarado lo contrario, a la hora de votar en las primarias imperaría entre los demócratas de raza blanca el llamado “efecto Bradley”, según el cual a la hora decisiva el votante blanco preferiría hacerlo por un blanco (en este caso una blanca, Hillary Clinton,) antes que por Obama.

 

Lo creyeron tan así que la campaña de la senadora no tenía planes ni estrategia para después del “super-martes”, pues suponían que ya entonces el destino inexorable habría vencido.

 

La historia se conoce: tras veintidós debates televisados y una agotadora campaña de seis meses a lo largo y ancho del país, Obama ganó la nominación demócrata en junio. Y entonces los expertos aseguraron claramente que su única opción de triunfo presidencial sería llevando a Hillary Clinton en la boleta como Vicepresidente, para asegurar el apoyo de un partido dividido por unas prolongadas y a veces demasiado agrias elecciones primarias.

 

Pronosticaron que los dieciocho millones de votantes que apoyaron a la senadora Clinton, especialmente las mujeres demócratas, se quedarían en sus casas el día de las elecciones presidenciales, o votarían por McCain, de no incluir a la Senadora por New York en la boleta demócrata. Por esas razones los “politólogos” especularon que habría en agosto una muy sangrienta convención Demócrata, donde los barones del partido ( es decir los superdelegados), podrían ignorar el mandato de los votantes y elegir de cualquier forma a Hillary o recurrir a una tercera figura como Al Gore para superar lo que se consideraba una irremediable escisión.

 

Una vez más, Barak Obama decidió hacerlo a su manera, manteniendo sus posiciones sin depender ni pactar con el clan de los Clinton. Organizó un comité para escrutar y evaluar una extensa fuente de probables candidatos como compañeros de boleta, y finalmente seleccionó a Joseph Biden como compañero de boleta, un demasiado locuaz senador con 36 años de servicio en ese cuerpo legislativo, a cargo del poderoso comité de relaciones exteriores y una experiencia acumulada que complementaba a todas luces la poca experiencia congresional y en política internacional de Obama.

 

Y así llegó a la convención de agosto donde recibió la nominación sin que la sangre llegara al río, porque ni sangre hubo, donde pronunció un sólido discurso sobre sus ideas y programa de gobierno, y comenzó a unificar a los demócratas tras su liderazgo, prometiendo cambio y nueva esperanza a la nación sin necesidad de explicar siquiera detalles y vericuetos de ese cambio.

 

Los expertos, otra vez, aseguraron que así le era imposible ganar la presidencia, y nos explicaban,  (segmentando los votantes y grupos en la mejor tradición del “gurú” republicano Karl Rove), que no había nada que hacer, que los demócratas, una vez más, perderían la oportunidad de derrotar a un partido republicano que era visto como co-responsable de los graves errores de la administración Bush.

 

Cuando John McCain seleccionó como compañera de boleta a Sarah Palin, pensando que podría captar a su favor a las eventuales frustradas seguidoras de Hillary Clinton, y los republicanos tuvieron un repunte en las encuestas gracias al dinamismo, aunque vacío, de la gobernadora de Alaska, los expertos se encargaron de decirnos que esa era la prueba evidente de los errores e insuficiencias de Obama, quien no podría ganar la presidencia, sin entender que la gobernadora de Alaska y la Senadora newyorquina difieren totalmente en experiencia, reconocimiento público y programa político.

 

Contra Obama se lanzaron acusaciones racistas a veces demasiado mal disfrazadas, otras mucho más sofisticadas, pero racistas al fin; se habló de sus vínculos con “terroristas”; de asociaciones no muy claras con personajes indeseables; se le señaló de elitista, enemigo de los que toman cerveza y van a la iglesia, de “Joe six-pack” y “Joe the Plumber”, y finalmente se le tildó de socialista, comunista, y muchas cosas más. Buena parte de la prensa cubana digital en el exterior se definió claramente por McCain frente a Obama, en lo que estaban en todo su derecho, aunque algunos llegando absurdamente a extremos y vulgaridades de lenguaje. Afortunadamente, después de las elecciones han decidido guardar un discreto y reflexivo silencio, por ahora.

 

Resultó patético ver a John McCain y Sarah Palin, en los días finales de la campaña presidencial, clamando a “Los Angeles Times” por un supuesto video que “demostraría” la asociación de Obama con un profesor de la Universidad de Chicago que se iba a la de New York también como profesor, y que se consideraba cercano a la Organización de Liberación de Palestina.

 

Los expertos entonces nos recordaron continuamente “el efecto Truman” (el perdedor en las encuestas ganaba finalmente la elección), “el efecto Bradley” (los blancos declaraban su predilección por el candidato negro, pero votaban por el blanco), los potenciales peligros de un exceso de confianza. Aseguraron que los votantes jóvenes y los negros demócratas tenían menos hábito de ir a las urnas “el día D” que los republicanos, y con una aritmética elemental explicaban las diversas posibilidades de que McCain alcanzara los mágicos 270 votos electorales necesarios para convertirse en presidente.

 

A pesar de todo, los resultados de la votación presidencial a favor de Barack Hussein Obama fueron aplastantes: más de 2 a 1 la proporción de votos electorales ganados, alrededor de siete millones de ventaja en votos populares, y el salto para las filas demócratas de estados considerados bastiones republicanos, como Virginia y Colorado, o campos de batalla (battlegrounds) como Ohio y Florida. Además de imprimirle al proceso electoral del 2008 entusiasmo, compromiso y participación como no se conocían en la historia de los Estados Unidos.

 

Pueden darse infinidad de explicaciones sobre el por qué de estos resultados, y ya lo están haciendo los republicanos, que aún no se reponen del golpe fulminante. Mientras los ganadores normalmente celebran los triunfos, los perdedores se especializan en encontrar y dar explicaciones. Aunque tampoco una parte de los demócratas, todavía celebrando la victoria, entiendan por qué pudieron ganar, y de forma tan arrolladora.

 

Hay una razón muy sencilla, sin embargo, que no se quiere entender: Barack Obama desarrolló la primera campaña presidencial de los Estados Unidos en la era de la información y el conocimiento, con herramientas y estrategias propias de esa era contemporánea, mientras su contendiente mantuvo el enfoque tradicional y desgastado de una campaña de tiempos de la sociedad industrial y el siglo XX. A George W Bush le dio resultado la misma estrategia que le falló a McCain porque sus dos oponentes, Al Gore en el 2000 y John Kerry en el 2004, siguieron también las viejas estrategias desgastadas.

 

Barack Obama cambió las reglas del juego, despertó a las multitudes, lanzó un impreciso pero convincente mensaje de cambio y esperanza en una época en que está frenada la dinámica de la sociedad norteamericana (y no solo por la crisis financiera, que pudo haber llegado seis meses antes o el día después de las elecciones) y logró convencer a millones y millones de votantes que podría haber otro camino para hacer las cosas.

 

Lo que venga de ahora en adelante está por ver: no será un paraíso terrenal con una economía repuntando hacia los cielos ni con soluciones mágicas a todos los problemas, ni tampoco un poder de fanáticos talibanes creando comités de defensa de la revolución en cada esquina, mientras los milicianos desfilan armados y cantando por la Calle Ocho frente a un restaurant Versailles nacionalizado. Al señalar durante la campaña que eliminaría las prohibiciones del Presidente Bush para viajar a Cuba y enviar remesas, se crearon expectativas que se han extendido mucho más allá de los límites de la promesa: dijo eso y nada más, el resto son suposiciones.

 

En el plano internacional vendrán los desengaños: una buena parte de los caudillos del mundo y personas de anti-norteamericanismo virulento han querido ver en las declaraciones de Obama sobre su disposición a conversar con el adversario una señal de bandera blanca y rendición incondicional, considerando que Estados Unidos se doblegaría a las más absurdas exigencias: muy pronto los Hugo Chávez, iraníes, norcoreanos y el grupo terrorista Hamás salieron a la palestra lanzando sus carnadas y globos de sonda, pero advirtiendo que lo pedían todo a cambio de nada. Posiblemente antes de la toma del posesión del 20 de enero ya habrán declarado que se sienten defraudados, que no hay tal "cambio" con Barack Obama. Allá ellos si creyeron que al cambio y esperanza prometidos significaba rendir a los Estados Unidos ante los intereses terroristas o a los caprichos de los caudillos.

 

La democracia norteamericana acaba de mostrar una vez más su extraordinaria vitalidad y capacidad de superarse a sí misma. Si Barack Obama desarrolla sus programas y sus políticas, como es de esperar, en los marcos de la democracia y el derecho, nada hay que temer en cuanto a la vitalidad y permanencia de la democracia norteamericana, aunque los resultados de su administración dejen mucho que desear; si intentara hacerlo de otra forma, esa misma democracia vital e inextinguible le impedirá salirse de sus marcos, o podría cuestionarse su poder en términos constitucionales mediante los tribunales o un “impeachement”.

 

Y dentro de cuatro años los norteamericanos decidirán, una vez más, si Barack Obama debe recibir un segundo mandato presidencial por otros cuatro años, o deberá venir otra persona a dirigir los destinos de la nación más poderosa del planeta.

 

Por el momento, el candidato "imposible" hoy es el presidente electo de los Estados Unidos, y en enero será el 44º Presidente de la nación más poderosa de la tierra.

 

La más poderosa no por sus colosales riquezas y su imponente potencia militar, sino por la fuerza de sus ideas y por ser capaz de reinventarse en momentos de crisis, sin "revoluciones" ni dramatismo, y elegir para presidente una opción “imposible”.