Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

   Juan F. Benemelis y Eugenio Yáñez

 

 

 

 

                                                       

 

 

Auge y decadencia de la ACTIVIDAD exterior del castrismo ( I )

 

Un examen por país de las actividades cubanas en América Latina, el Caribe y África pone en claro que la Cuba de Fidel Castro desarrolló desde inicios de la década 1960 una campaña internacional para promover la insurgencia armada, desestabilizar gobiernos y poner en el poder a movimientos y políticos marxistas, de izquierda, o convenientemente aliados.

El segundo lapso de la política exterior de Castro, en especial la africana, se extiende desde los inicios de 1963 hasta el desastre económico de la zafra azucarera de 1970. Dentro de este arco histórico es posible detectar dos momentos: de 1963 a 1968, cuando acontecen el fracaso de la guerrilla del Che Guevara en Bolivia y la ocupación soviética de Checoslovaquia; y de 1968 a 1970, con su modelo de construcción simultánea del socialismo y el comunismo, así como la fusión estado-partido, semejante al comunismo de guerra bolchevique.

La total dependencia a la URSS aterraba a Castro, quien buscaba aparentar libertad de movimientos en la arena internacional, presentándose dentro del movimiento comunista internacional como una alternativa entre Pekín y Moscú. Se cultivan relaciones con una constelación de estados considerados progresistas. Cuba abraza las causas afroasiáticas de mayor aceptación: la descolonización, el antiapartheid, la unidad africana, la causa Palestina, el derecho de China comunista a la ONU, el apoyo al Vietcong.

En 1966, Castro convoca una conferencia de los movimientos armados y adeptos a la violencia del Tercer Mundo: la Tricontinental. A la misma acude lo más notable del caleidoscopio revolucionario: 513 delegados de 83 grupos provenientes de Asia, África y América Latina. Entre los asistentes figuraban Amilcar Cabral, Agostino Neto, Salvador Allende y Luis Augusto Turcios Lima La estrategia exterior residirá en exacerbar los inmemoriales antagonismos en países con dificultades económicas, suscitando reacciones represivas que hiciesen factible el ascenso de vanguardias marxistas o pro-castristas. Cuba y China comienzan a consagrarse a ese esquema, pero con finalidades opuestas.

En 1968 se dan cita en Moscú todos los partidos comunistas latinoamericanos para examinar la situación general del continente y asegurar un frente común que excluya a China. Los soviéticos presionan porque se brinde apoyo y se coordine con La Habana la agenda de la revolución. Castro tiene en mente el logro de una posición máxima entre los No-alineados, y fuerza a su maquinaria a una ampliación de las relaciones interestatales. En el campo económico se fortalecen los eslabones con el reino autoritario de Marruecos, y se colabora con la URSS (a través de la DGI) en Nigeria, súbitamente desgarrada por la secesión de Biafra; para la banda oriental africana, se incuba la secesión eritrea de Etiopía, mientras se mide, una vez más, la temperatura en el Cono Sur.

Así, La Habana transforma el empuje guerrillero anticolonial de los polos culturales ribereños de Guinea Bissau en su proyecto subversivo de mayor envergadura, desde las fallidas misiones de Che Guevara en Congo y Bolivia hasta la posterior exitosa invasión angoleña, contraponiéndose a la China comunista en África.

En 1970 La Habana consuma los ajustes para la famosa Mesa Redonda, donde estarán envueltos los Tupamaros y el FARO de Uruguay, el MIR de Chile, el ELN de Bolivia (cuyo líder, “Chato” Peredo -hermano de “Inti” y “Coco”- había recogido el testigo guerrillero de Che Guevara), los Montoneros, la FAR y la FAP argentinas, el ALN de Brasil, el Ejército de Liberación de Colombia (ELC) y la FALN venezolana de Douglas Bravo.

Esta Mesa Redonda adopta alentar la violencia urbana y rural en todo el Cono Sur de América Latina, y en especial en Brasil y Bolivia; conduce también al contrabando de armas en el vecino Paraguay por parte de un grupo mixto de argentinos y uruguayos. Se decide que, a diferencia del trazado original de Che Guevara, el comando internacional sólo coordinará operaciones, sin interferir directamente en la táctica y autonomía de cada organización.

En mayo de 1972 Castro efectúa un largo periplo por los países del este europeo, con la URSS como destino final. Uno de sus propósitos personales en este eje militar con los soviéticos es reconstruirse un prestigio internacional en África y Asia, especialmente frente a China, y tratar de ocupar el vacío dejado en los No-alineados por el egipcio Nasser, el hindú Nehru, y los africanos Kwame Nkrumah y Modibo Keita. Desaparecidos dos de los fundadores, Nasser y Nehru, y con un Tito yugoslavo cada vez más distante de la escena internacional, el liderazgo de los No-alineados pasaba a manos de Castro, para deleite soviético.

En la cuenca del Caribe practica una estrategia similar: en Guyana, entre 1972 y 1973, en Barbados en 1973, y en Trinidad Tobago en 1974, Cuba obtiene consentimiento para el uso de radas portuarias y aéreas, asegurando el empleo futuro de ambos extremos del Atlántico para sus actividades subversivas: el Caribe como espacio de tránsito militar, y el África como receptáculo decisivo de la logística militar en las campañas posteriores de Angola y Etiopía. Todo ello al mismo tiempo que Estados Unidos se empantanaba en los arrozales de Vietnam.

En septiembre de 1973 tiene lugar la IV Conferencia Cumbre de los No-alineados en Argel. En su discurso, Castro ataca la teoría de los dos imperialismos. La oposición a los postulados pro-soviéticos de Castro tiene como ejes primordiales al caudillo libio Khadafi y al príncipe camboyano Norodom Sihanouk. Entonces Castro, en solidaridad con Arafat, rompe relaciones con Israel y presenta la resolución de abrazar con todos los medios el sostén de la violencia desatada por la OLP. Además, será el primer mandatario del Tercer Mundo en proclamar que el petróleo era una trascendental arma de presión contra el capitalismo occidental.

A medida que avanza la década del setenta, la significación del castrismo alcanza particular importancia en la política exterior soviética. Castro, en la cumbre de la jerarquía del bloque comunista, se mostrará más selectivo en África: ha de escoger tramas neurálgicas y vulnerables en nuevos rincones del continente, promoverá organizaciones políticas de prestigio, y ha de relacionarse más íntimamente con gobiernos de probada estabilidad, como los de Tanzania, Guinea y Argelia. A tales efectos, el rodillo bélico edificado en Cuba y los cuerpos de seguridad germanoriental están a punto. Se hace sentir el incremento del efecto ideológico de figuras carismáticas como el caribeño Castro y el cirenaico Khadafi.

Los cubanos ofrecen a los iraquíes entrenamiento de contrainsurgencia para ser utilizado contra los kurdos; y la perturbación es de tal magnitud que, en 1974, La Habana se ve en la necesidad de expandir su misión militar e incluir el entrenamiento de comandos especiales, a la vez que ayudaba a construir carreteras militares hacia el frente israelí y el iraní.

Cuba y el bloque soviético consideraban que el triunfo de Allende en Chile era una victoria del comunismo que permitiría establecer una versión chilena de las “democracias populares” de Europa Oriental. Por esa época, Cuba conformó un alto mando para la revolución en el Caribe y América del Sur, en la forma de una estructura que encauzó los propósitos de su aparato de inteligencia y su Departamento América en proporcionar armamento, entrenamiento e inteligencia a las plataformas subversivas del área. A esta junta perteneció un puñado selecto de latinoamericanos, los Macheteros entre ellos. De esta manera se diseñarán los esfuerzos para atemorizar a la comunidad empresarial norteamericana a través de atentados, secuestros y sabotajes.

La creciente demanda de armamentos y el aumento de los ejércitos se aprovecha en detrimento de los intereses de China y de la perfecta indiferencia de los Estados Unidos. La URSS y Cuba esperan que este entorno obligue a una alineación de aquellos estados independientes más débiles. La URSS decide centrar el empujón final para rematar la ciudadela sudafricana, punto geoestratégico cardinal de la zona. Se diseña una escalada gigantesca para todo el sur continental.

La pérdida soviética de la mayoría mecánica en el Oriente Medio, a manos de la detente magistralmente manejada por el Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, no se compensa con el apuntalamiento castrista en Yemen del Sur y Somalia. En una reunión del CAME celebrada en 1973, en Checoslovaquia, el soviético Leonid Brezhnev bosquejó en un discurso su concepción filosófica expansionista: “confíen en nosotros, camaradas. Para 1985, como consecuencia de lo que estamos logrando ahora con la detente, habremos conseguido la mayoría de nuestros objetivos en Europa Occidental. Habremos consolidado nuestra posición; habremos mejorado nuestra economía. Y un cambio decisivo en la correlación de fuerzas tendrá lugar, al punto que para 1985, estaremos en posición de implantar nuestra política allí donde lo necesitemos”.

Luego de establecerse en Angola y Mozambique, el eje La Habana-Moscú se lanzó a la búsqueda del control definitivo de movimientos como la SWAPO de Namibia, el ANC sudafricano, el sandinismo nicaragüense, y la Nueva Joya de Granada. Los soviéticos y los cubanos ganan posiciones en Guinea, Guinea Bissau, Malí, Ghana, Somalia y Etiopía. De ostentar una categoría marginal en el área, se transfiguraron en el fundamento político terminante en todo el sur arábigo, el Cuerno de África y el Cono Sur, saturando el vacío causado por la retirada inglesa al Este de Suez, por los titubeos de la OTAN, y por los aprietos del ejecutivo norteamericano.

Sin duda, la política africana de La Habana-Moscú sentó las bases y formó parte de una mancomunidad global con zonas precisas como el Cono Sur, el Mar Rojo y la América Central, que pudieran debilitar a largo plazo las bases estratégicas y el poderío aéreo y naval de Estados Unidos y de Europa Occidental. Es tal diseño el que lleva a que Moscú y La Habana precipiten los conflictos angoleño, etíope, afgano y salvadoreño. A medida que tanto el Golfo Persa como el Mar Rojo y el cono sudafricano fueron cobrando mayor trascendencia como planos sensibles, las superpotencias fueron proyectando sus sombras en las mismas. En este sentido, y acaso con mayor visión, la URSS se abalanzó por alcanzar la delantera.

La baja prioridad estratégico-militar que África y América Latina tenían tradicionalmente para los Estados Unidos influyó en que este país no respondiera en toda su dimensión a los problemas que le planteaba Cuba. La incapacidad de Occidente para una respuesta de acción rápida en el área convencional pesó tanto como la pérdida de terreno ante Pekín, la guerra del petróleo, el ascenso político internacional de los estados africanos y la escasa importancia que Washington prestó a tal fenómeno. Todos estos factores se dejaron sentir cuando la URSS y Cuba llevaron a cabo la campaña angolano-etíope, la afgana, la salvadoreña, la de Namibia y la de Yemen del Sur.

Con Yemen del Sur y Etiopía, Castro logra custodiar la entrada del Mar Rojo, arteria petrolera europea. La presencia soviético-cubana en Angola y Etiopía era de atributo estratégico para el Occidente. Ambos países están instalados en las proximidades de rutas navales vitales y de vastas reservas minerales. Con Angola, los soviéticos, por mediación de los cubanos, lograron una base segura en el extremo oriental del Atlántico y el pivote para desmoronar todo el sur africano.

En Angola, la URSS emplaza alrededor de Moçamedes, Lubanga y Matala cuatro bases coheteriles de radares, y en toda la periferia sur cañones de grueso milimetraje, carros anfibios, y demás. Cerca de Namibia erige sistemas de radares que rastrean todo el perímetro del cercano Atlántico. La URSS y Cuba hacen alarde de la potencia aérea emplazada en Angola y del patrullaje naval soviético en la región.

En las cercanías de Moçamedes, los soviéticos construirán un aeródromo con capacidad para futuros abordajes contra África del Sur. La URSS y Cuba, en suma, contarán en la zona con los medios logísticos, dispositivos navales y fuerzas aerotransportadas capaces de emprender una eventual campaña militar sobre Namibia o un enfrentamiento contra el potente ejército sudafricano.

Con Libia, el Kremlin dispuso de una posibilidad de expansión hacia el sur sahariano; y con el Frente Popular de Liberación del Sahara Español y Rio Muni (FPOLISARIO), La Habana trató de labrarles a los soviéticos la entrada atlántica del Mediterráneo. Por ello fue vital la propulsión de partidos marxistas-leninistas en Angola, Yemen del Sur, Etiopía y, dentro de lo posible, Mozambique y Zimbabwe, con el propósito de hacer irreversible el proceso socialista mediante una maquinaria de poder autónoma a los vaivenes de los líderes carismáticos. Experimentos todos que, a largo plazo, abortaron.

El bloque soviético esperaba además una evolución favorable en Zaire, sobre todo a partir del período post-Mobuto. Mientras tanto, se inició la erosión de África del Sur, que idóneamente se pensaba realizar a partir de una Namibia “cubanizada”. A través de Etiopía, Yemen del Sur y Angola, el Pacto de Varsovia esperaba desestabilizar el este y el sur africano.

El Occidente industrializado, especialmente Europa, dependía notablemente de este cono geográfico para abastecerse de los materiales cruciales usados en la defensa y la alta tecnología. Cualquier crisis donde se viese complicado el bloque comunista iba a limitar el acceso a tales fuentes mineras al congestionarse, como resultado, las líneas internacionales de transporte. El emplazamiento en Europa de cohetes norteamericanos Pershing y Crucero desató la reacción del bloque soviético a través de una ola terrorista contra las instalaciones de la OTAN, al igual que mediante campañas de desinformación, y de la manipulación de foros internacionales en contra del “Occidente guerrerista”.

La URSS fue estableciendo una serie de puntos navales y aéreos que le diera la posibilidad de contrarrestar el poderío marítimo norteamericano, especialmente de submarinos Trident. Desde Kamchatka, la bahía de Cam-Ram, Adén, Luanda, Sao Tomé, Cuba, Granada y Nicaragua, la Unión Soviética sólo necesitaba ocupar el espacio en la zona sur del Atlántico y del Pacífico.

Nicaragua le concedió la flexibilidad de atravesar el continente americano y obtener acceso a los dos océanos. La participación cubano-soviética en los conflictos locales africanos distorsionó el contenido no alineado de muchos países, al introducir a sus respectivas dinámicas la dimensión foránea Este-Oeste.

Las potencias occidentales, atrapadas en el dilema de sus conveniencias estratégicas y materiales, y conscientes además de la fragilidad de la estructura política del apartheid, retroceden visiblemente a partir de 1976. El peligro no sólo radicaba en la pérdida de posiciones y medios vitales, sino en el hecho de que los estados tercermundistas se tornaban más tolerantes con respecto a la URSS.

No se puede considerar la acción cubano-soviética como resultante de una crisis coyuntural, sino más bien como el encaje entre las aspiraciones de expansión geográfica militar que en su momento presentaron grupos en la burocracia soviética y las posiciones de Castro.

Moscú, sin embargo, no poseía el caudal financiero para importar los minerales que exigían tanto su diseño industrial-mineral como la expansión exterior y el sostenimiento de sus estados clientes. Al final, esta tensión y la carrera armamentista con los Estados Unidos derrumbaron el sistema. Los países del extinto bloque oriental comunista resultaron substanciales para la URSS, no sólo en el plano económico, sino fungiendo como especie de escudo-tapón dentro de una coalición defensiva del Ejército Rojo frente a Occidente.

Durante los decenios del setenta y del ochenta se estableció una alianza formidable entre Cuba, la URSS y Alemania Oriental, con miras al Tercer Mundo, en la que la URSS proporcionaría el arsenal bélico de multitud de ejércitos, Alemania Oriental estructuraría los órganos de seguridad, y Cuba vendría a foguear y armar a innumerables movimientos guerrilleros.

El cono surafricano se verá trastornado por el expansionismo soviético, la presencia militar cubana y la crisis del apartheid. A ello se unirá la importancia de sus recursos minerales, los intereses económicos occidentales y el complejo conjunto de protagonistas, con intereses diversos y en conflicto, incapaces de una solución de unanimidad. La URSS, con extrema cautela, construirá a lo largo de los años setenta y ochenta una fuerza convencional en el Cono Sur, capaz de hacerle frente a una contienda local mediante la capacidad combinada de unidades del bloque soviético estacionadas en los estados de la línea del frente y en Etiopía.

Con las victorias de Angola y Etiopía, desde el promontorio que dominaba el Movimiento de Países No-alineados, Castro decide hacerse sentir como una potencia política y física en el continente africano. Se mueve con celeridad en la República Centroafricana al lado de la URSS y de Libia, donde instructores militares de los tres países preparan el pequeño ejército del “emperador” Jean Bedel Bokassa.

 

Tras la independencia de Mozambique, donde el FRELIMO asume el poder, Cuba comenzó su patrocinio enviando mentores militares y de seguridad, implementando programas técnicos y de educación, así como asesoría en la contienda contra la oposición armada del RENAMO. En Mozambique organiza Cuba una base para el entrenamiento de las guerrillas rhodesianas (Zimbabwe) de Joshua Nkomo, a quienes concede la logística necesaria.

Castro cultivó lazos directos con los comunistas del mundo árabe: el grupo libanés de George Habash, los judíos marxistas egipcios de Curiel, los iraníes del partido Tudeh, los iraquíes y los jordanos. En contraste con la agenda soviética, la primordial esfera de interés para Castro estuvo siempre concentrada en los impacientes musulmanes radicales. Este amplio abanico de enlace servirá con el tiempo para emplazar una pasarela entre la URSS y los árabes musulmanes no-marxistas.

Asimismo, la realidad militar de Castro no se restringió al África negra: en el mundo islámico dicha ingerencia estuvo generalizada. Yemen del Sur, por ejemplo, llegó a contar con 800 militares cubanos cual si fueran gurkhas antillanos, que asiduamente participaron en crisis intestinas o en los choques con Yemen del Norte y Omán. En la Libia de Khadafi, los batallones cubanos llegaron en su momento pico a la cifra de 2,500 soldados.

En el sur del Líbano un centenar de militares castristas adiestraban a la OLP. El Irak de Saddam Hussein contó con brigadas de construcción militar, así como 250 instructores en especialidades militares. También Siria se benefició con tanquistas y artilleros cubanos y, en tiempos normales, dispuso de hasta 300 soldados de la Gran Antilla. Por su parte, alrededor de 150 más fueron destacados en Argelia.

La alianza con Khadafi concederá a Castro mayor beligerancia con las facciones “duras” del mundo árabe, especialmente con la OLP, los sirios, los iraquíes y los sudyemenitas, facilitándole la importación de considerables partidas de petróleo árabe. Conjuntamente con Trípoli, La Habana llegará a inmiscuirse hasta en el Lejano Oriente.

Khadafi brindará su donación a las cuadrillas terroristas de Europa, entre otras a las italianas Brigadas Rojas, los separatistas de Cerdeña y la neonazi “Ordine Nero”. Con respecto al Pacífico meridional es notable el favor de ambos, en bienes y en armas, a los sublevados comunistas filipinos, la asistencia al Frente Socialista Kanak de Nueva Caledonia y sus gestiones para facilitar la presencia soviética en Vanuatu. La Habana proveerá a muchos países árabes de fogueo militar, uso y ensamblaje del arsenal bélico soviético, asesoría en los aparatos de seguridad y en las estructuras paramilitares y de masas.

En los albores de los setenta, los cubanos preparan de forma aislada en Jordania a sinnúmero de guerrilleros latinoamericanos y palestinos de Al Fattah. Los palestinos serán puestos al corriente en las tácticas terroristas en dos planteles soviéticos: Simferapol, en el Mar Negro, y Gorkovskoye Shosse, contiguo a Moscú. Además, Cuba les asegurará capacitación (incluso al temible Abu Nidal) en disímiles latitudes: Yemen del Sur, Nicaragua, Líbano, Libia, e Irak.

El favorable resultado de una instrucción aislada y lejos de un medio proclive a distraer la concentración de los reclutas fue de inmediato experimentado con los fedayines palestinos, los cuales comenzaron a ser capacitados por los soviéticos y cubanos en Corea del Norte, al clausurar el Rey Hussein II sus santuarios jordanos.

Luego de una gira por África y el Medio Oriente en 1977, Castro aumenta el volumen de cooperación política y entrenamientos que venía otorgando a la OLP sistemáticamente desde 1974. Arafat se aventura con Castro para labrar en el Medio Oriente la candidatura de Cuba como sede del Movimiento de los Países No-alineados. Y es precisamente en la Conferencia de los No-alineados de La Habana que Castro propone la formación de un estado independiente palestino, en contraposición con la idea de crear entidades autónomas en la franja de Gaza y en Cisjordania.

Tras una conversación con Habash, en marzo de 1978, los cubanos concertan una alianza secreta en La Habana entre la OLP y el Frente Sandinista. A raíz de estos arreglos, los palestinos darán acondicionamiento en el Líbano a las guerrillas salvadoreñas del Frente Farabundo Martí. Shafik Handal y Cayetano Carpio, máximos exponentes del partido comunista de El Salvador, se transformarán en los correveidiles entre palestinos, sirios y cubanos.

Castro aumenta entonces su presencia en los campamentos palestinos del Líbano. Los centros de inteligencia cubanos en Beirut y en Chipre constituirán los nervios centrales en las relaciones con la OLP; a través de ellos se canalizará el grueso de la cooperación económica y militar a este organismo, así como a otros grupos terroristas.

Los fines de la década del setenta representaron el ápice de la influencia cubana en África. Las hábiles manos de sus procónsules Jorge Risquet, Raúl Curbelo Morales y el general Arnaldo Ochoa, de sus espías expertos en operaciones ilegales -Piñeiro, Antonio y Patricio de la Guardia-, habían sido decisivas.

Sintiéndose firme en este contexto, Castro decidió ocuparse de nuevo hacia otra área de gran valor estratégico, hacia el traspatio del imperio norteamericano: El Caribe y Centroamérica, donde esperaba generalizar los conflictos locales, la violencia urbana y rural, los movimientos masivos en favor de la justicia social, y la erosión de las estructuras tradicionales, para que el poder hemisférico de los Estados Unidos se replegase.

Con el 50% del tráfico marítimo caribeño amenazado era posible para la coalición URSS-Cuba colocar a los Estados Unidos a la defensiva. Por otra parte, las cuencas petroleras de México y Venezuela podrían ser presionadas en sus bordes; Castro esperaba que ambos países se rindiesen a su diktak. Las actividades subversivas cubanas emergieron virtualmente en todos los países de la región del Caribe, incluso México.

Castro dedicó entrenamiento y ayuda financiera a movimientos insurgentes muy específicos que dieran todos los indicios de garantizar la victoria política o militar. Eso no significó que Cuba considerase su epopeya finalizada y cortase sus alianzas con el resto de los opositores o que no continuase siendo santuario de revolucionarios exilados. Es así, en esta mutación, cómo Castro mantuvo siempre su capacidad de maniobra futura en los lugares, y a través de los grupos que habían sido objeto de su atención.

En la entrevista que Castro concedió a Tomás Borge en el verano de 1992, éste narra cómo Cuba hizo esfuerzos excepcionales para apoyar la lucha guerrillera, que había explotado, como cosecha natural, en numerosos países de América Latina. Añade Borge que personalmente recibió ayuda del Che Guevara y participó en un fallido desembarco de armas destinadas a Nicaragua en la costa norte de Honduras. Detalla Borge que numerosos grupos guerrilleros intentaron la lucha armada en Venezuela, Brasil, Colombia, Argentina, Perú, entre otros países, con la asistencia de Cuba, refiriéndose al caso de Bolivia como el intento más espectacular.

Uno de los más claros ejemplos es Nicaragua, donde en 1978 un viejo tinglado vinculado a La Habana, los sandinistas, fue preparado para deponer por las armas al dictador Somoza. En la década de los setenta, los cubanos empezaron a moverse asiduamente en la América Central donde la existencia de regímenes autoritarios de extrema derecha imperaba en Nicaragua, Guatemala, Honduras y El Salvador.

 

La victoria sandinista y la del movimiento de La Nueva Joya en Granada revitalizaron el impulso del líder cubano en la promoción de la rebelión armada como medio más viable para lograr la liberación nacional en América Latina.

En 1987, Cuba orquestó una vasta campaña internacional en favor de las guerrillas salvadoreñas, y fue sede, en enero, de una conferencia de solidaridad que encabezó el propio Manuel Piñeiro. Dos meses después, las guerrillas desataron nuevamente un asalto furioso sobre los cuarteles de la Cuarta Brigada, causando numerosas bajas; en una alocución pública, el presidente Napoleón Duarte denunció el intervencionismo de Castro y aportó pruebas de la asistencia y asesoría técnica que brindó para esta agresión.

En un seminario que dictó en La Habana el 27 de abril de 1982 a raíz de la Conferencia Internacional Teórica, Piñeiro reafirmó la viabilidad de este modelo de lucha, diferente al foco guerrillero guevarista de los años sesenta. A fines de octubre de ese mismo año tuvo lugar otro encuentro privado en La Habana, nuevamente convocado por Castro. Asistieron miembros de sus servicios secretos, portavoces de los partidos comunistas latinoamericanos y de los movimientos insurgentes.

El objetivo era articular una estrategia continental. Piñeiro tuvo a su cargo la clausura del evento, en donde expresó que las revoluciones en Cuba, Nicaragua y Granada presentaban diferencias conocidas, pero entre las raíces semejantes se hallaba el uso de las armas. Posteriormente, el 30 de agosto de 1984, Piñeiro apuntaría que a pesar del fracaso de Granada existía optimismo debido a la consolidación de la revolución cubana, la victoria sandinista en Nicaragua, la lucha guerrillera en El Salvador, y el antiimperialismo de las democracias representativas.

Ahora Nicaragua figuraba, junto a Surinam y Guyana, entre los aliados más valiosos de La Habana. Granada resultó un predio del todo seguro, sujeto a esquemas estratégicos a largo plazo. Por intermedio de Granada, Castro buscó su hegemonía en todo el Caribe oriental, y mediante Nicaragua hacia Centroamérica, mientras sostenía el terrorismo en Puerto Rico y Colombia.

Las zonas del continente consideradas neurálgicas estaban entonces localizadas en El Salvador y Colombia, que podrían convertirse en vitales reservas de La Habana. Una vez que obtuvieran el triunfo en El Salvador, el designio castrista consistía en propinar un doble golpe: primero, guerrillero, hacia Guatemala y Honduras; y segundo, una presión simultánea en Costa Rica para desplomar el gobierno y hacer ascender a los comunistas al poder.

Panamá se bamboleaba hacia los vientos cubanos bajo la férrea dirección de Noriega. Este último y los sandinistas servirían además a Castro en sus ideas de incursionar dentro de Colombia a través del M-19, valiéndose del puente de los narcotraficantes. El “neutralismo” de México en el diferendo Cuba-Estados Unidos concedía a Castro un país base para realizar los contactos. Los sandinistas tuvieron bases en México, desde donde canalizaron recursos y dinero que, como miembro de la Internacional Socialista, les propiciaba el PRI. Asimismo, la plataforma salvadoreña del FDR de Manuel Ungo plantó sus cuarteles generales en la ciudad de México, al igual que su brazo armado.

Así, la década del ochenta vería nuevamente el progreso de la insurgencia guerrillera y el retorno del terrorismo a escalas más prominentes. Más de una veintena de partidos latinoamericanos recibirían el patrocinio logístico de Castro.

 

(continuará)