Cubanálisis El Think-Tank

             ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

    Armando Navarro Vega, Córdoba, España

  

 

 

                               

                                                                                                                                                            

 

Podemos puede

 

Podemos, el movimiento liderado por el joven profesor Pablo Iglesias, puede acceder al poder en las próximas elecciones generales tras situarse entre las dos o tres opciones más votadas. Esta afirmación no pretende ser un pronóstico de lo que ocurrirá, sino una hipótesis acerca de lo que puede ocurrir en función de la evolución de los hechos, tendencias y acontecimientos que dominan el escenario político, económico y social en España y Europa.

 

Iglesias tiene madera de líder. Es inteligente, egocéntrico, ambicioso, vanidoso, tiene hambre de poder, y parece poseer la determinación necesaria para llevar a cabo su empresa. Si a ello se añade un auténtico sentido de misión, ello le convierte en un fanático de su obra.

 

Domina como ningún otro político español el arte de la comunicación de masas. Pero sobre todo, está pertrechado con un “complejo, completo y estructurado método del conocimiento y de transformación de la realidad” inspirado en lo que V. I. Lenin describió como “la tres partes del marxismo”:

 

  • el materialismo dialéctico e histórico o filosofía marxista;
  • la economía política marxista, fundamentada en la teoría de la plusvalía, y
  • el socialismo científico, expresión teórica de la lucha de clases.

 

El marxismo en este caso, más que un guión pautado y rígido, es para Iglesias y sus compañeros una herramienta metodológica para entender y decodificar las actuales circunstancias históricas concretas de España y Europa.

 

Pablo Iglesias ha recibido un aluvión de críticas desde todos los partidos, la prensa y los agentes sociales. En su inmensa mayoría son críticas vulgares dirigidas a desacreditarle y a equipararlo “con los miembros de la casta”, fundamentadas en cálculos electoralistas, o en el afán de notoriedad de algunos formadores de opinión.

 

Pero mientras estos insisten en protagonizar escaramuzas y batallitas dialécticas en las tertulias televisivas, que usualmente solo sirven para reforzarlo y divulgar su ideario, Pablo Iglesias tiene una estrategia y un método de acción para “tomar el cielo por asalto”, como acaba de declarar triunfalmente en el congreso fundacional de su agrupación, en clara referencia a las palabras de elogio a los revolucionarios franceses escritas por Karl Marx, en carta dirigida a Ludwig Kugelmann el 12 de abril de 1871.

 

Iglesias conoce perfectamente el contenido y la intención de esas palabras, a través de las cuales Marx le recuerda a su destinatario que ya, en el último capítulo de su obra “El Dieciocho Brumario” expone “…como próxima tentativa de la revolución francesa no (solo) hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular…” 

 

O sea, la demolición del viejo orden político, económico, jurídico, institucional y social como condición previa para la consolidación del poder político del nuevo régimen. Nadie que conozca mínimamente la doctrina marxista leninista puede decir que Iglesias no está poniendo con claridad las cartas sobre la mesa. Pero sus críticos mayoritariamente adolecen de dicho conocimiento.

 

El discurso y la acción del líder de Podemos parte de la identificación en la España actual de lo que Lenin denominó una “situación revolucionaria”, caracterizada por los siguientes rasgos:  [1]

 

 

1)      La imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma inmutable… Para que estalle la revolución no basta que “los de abajo no quieran” vivir como antes, sino que hace falta también que “los de arriba no puedan vivir” como hasta entonces.

 

2)      Una agravación, superior a la habitual, de la miseria y las penalidades de las clases oprimidas.

 

3)      Una intensificación considerable, por las razones antes indicadas, de la actividad de las masas, que en tiempos “pacíficos” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por la situación de crisis en conjunto como por las “alturas” mismas, a una acción histórica independiente.

 

No en todos los casos la presencia de dichas premisas conduce directamente a la revolución. Según Lenin:

 

“… la revolución no surge de toda situación revolucionaria, sino solo de una situación en la que a los cambios objetivos antes enumerados viene a sumarse un cambio subjetivo, a saber: la capacidad de la clase revolucionaria para llevar a cabo acciones revolucionarias de masas lo bastante fuerte  como para destruir (o quebrantar) al viejo gobierno, que jamás “caerá”, ni siquiera en las épocas de crisis, si no se lo “hace caer”.

 

Esa capacidad para llevar a cabo acciones revolucionarias recaería en Podemos, devenido en “partido de vanguardia”, y en su máximo líder, Pablo Iglesias.

 

¿Es posible afirmar que existe una situación revolucionaria en España, que situaría a Podemos con su discurso ya desde la línea de salida como claro vencedor? Examinemos la existencia de las “condiciones objetivas y subjetivas” para ello.

 

El economista turco Daron Acemoglu, profesor del M.I.T, y Jim Robinson, profesor de la Universidad de Harvard, coautores del libro “Por qué fracasan los países: el origen del poder, la prosperidad y la pobreza”, han acuñado el término “élite extractiva” para referirse a “un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población”. Sistema que también ha practicado con notable éxito la clase política española, devenida en un “grupo de interés particular” que pretende mantenerse por siempre jamás a costa de los contribuyentes.

 

Un grupo que, como señala el también economista César Molinas, se reproduce mediante un sistema electoral que no permite la elección de candidatos sino de partidos, lo que posibilita que las cúpulas de los mismos controlen los poderes del estado y los órganos de vigilancia.

 

Los recortes los sufren las rentas productivas de los ciudadanos y empresas privadas vía impuestos, mientras se mantienen las improductivas. Surgen fundaciones de todo tipo, empresas públicas deficitarias, aeropuertos fantasmas, suntuosos palacios de congresos, centros de salud y deportivos sobredimensionados y/o inacabados, carreteras que conducen directamente a un río,  y un larguísimo etcétera, de las cuales se beneficia solo la élite extractiva.

 

Los partidos políticos crearon y mantuvieron la burbuja inmobiliaria, porque la misma era su particular instrumento de financiación para sí mismos y para sus ayuntamientos, camuflando sus verdaderas intenciones en evidentes carencias legales que no solo no ignoraban, sino que impidieron resolver. Ellos diseñaron planes urbanísticos, recalificaron suelos a placer, y estimularon la concesión de créditos imprudentes gracias a su control sobre las cajas de ahorro.

 

Atendieron con esmero su vasta red clientelar de estómagos agradecidos, y no repararon en gestos y en gastos para contentarlos a través de subvenciones que terminaron pagando los sufridos contribuyentes, y los impotentes usuarios de unos servicios monopólicos, como en el caso de las subvenciones a las energías renovables. Compraron conciencias, voluntades y algo más por una razón muy poderosa: porque podían.

 

¿Cuál es el rasgo cualitativamente diferente de la situación actual, y que le pone en bandeja a Podemos una oportunidad histórica sin precedentes? Nuevamente es V. I. Lenin, en su obra “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo” quién explica la diferencia:

 

La ley fundamental de la revolución, confirmada por todas ellas, y en particular por las tres revoluciones rusas del siglo XX, consiste en lo siguiente: para la revolución no basta con que las masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de vivir como antes y reclamen cambios, para la revolución es necesario que los explotadores no puedan vivir ni gobernar como antes. Solo cuando las “capas bajas” no quieren lo viejo y las “capas altas” no pueden sostenerlo al modo antiguo, solo entonces puede triunfar la revolución. En otros términos, esta verdad se expresa del modo siguiente: la revolución es imposible sin una crisis nacional general (que afecte a explotados y explotadores).

 

Dicho con una expresión que está de moda en los telediarios, se trata de “la tormenta perfecta”, y eso es lo que está ocurriendo delante de nuestros ojos.

 

La crisis económica es una manifestación y una consecuencia de la crisis institucional generada por la existencia misma de la élite extractiva y de sus políticas diseñadas para la propia satisfacción de sus necesidades. De mercados y sectores enteros regulados y controlados por ella.

 

La oligarquía gobernante en España, en Europa o en Estados Unidos es el fruto del maridaje entre las élites extractivas y el poder económico, donde la posición hegemónica se intercambia según las condiciones particulares concretas en cada país. Si el sector financiero presenta todas las características propias de un oligopolio (un mercado sin competencia real, dominado mayoritariamente por un pequeño número de prestadores de servicios, y en el que ninguno de ellos puede imponerse del todo porque generaría un monopolio) es gracias al control de aquellas, a través de las políticas dictadas por la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y/o específicamente el Banco de España. Políticas que determinan las condiciones de ingreso en ese selecto grupo, el precio del dinero, o las normas para conceder los préstamos, entre otras.

 

Gracias a ese maridaje los estados han crecido enormemente hasta ahora. Como advierten los economistas liberales, el problema de España y de Europa no es precisamente la falta de gasto público, sino un exceso propiciado por un endeudamiento galopante.

 

El estado sobredimensionado a través de estructuras que se reproducen a escala (estado central, comunidades, mancomunidades, ayuntamientos, consejerías, delegaciones provinciales) dilapida sin miramientos la riqueza que genera el aparato productivo.

 

El estatismo exacerbado, lejos de ser la solución como reclama la izquierda y la derecha, es la causa del problema. El origen de la tormenta no radica en un capitalismo salvaje que no existe por demás en ningún sitio (desde luego no en España), sino en un estatismo desatado, defendido con uñas y dientes por la élite extractiva. El estado es hoy en día más grande en términos absolutos y relativos que antes de la crisis.

 

Pero ¿acaso no es precisamente eso, más intervención, más estado, más controles, lo que propone Podemos? ¿Por qué entonces puede tener más oportunidades que otros partidos de convencer a un electorado de que él es la salvación y la única alternativa de regeneración política? La respuesta puede resumirse en una receta de coctelería: un explosivo combinado de descrédito, hartazgo y crisis, con unas gotitas de amargura y una ramita de ingenuidad.

 

El conocimiento público de los casos de corrupción en condiciones de crisis (no la crisis que analizan los economistas en sus despachos o los diletantes mientras degustan una relaxing cup of café con leche, sino la crisis que afecta la propia supervivencia de muchas familias) ha producido el mayor descrédito que ha sufrido jamás la élite extractiva. No es que antes no fuesen corruptos, ni siquiera que no afloraran informativamente los hechos, sino que importaba menos en la medida en que no existía la percepción del expolio al llenar el carro de la compra por menos de cinco mil pesetas. Es triste, pero es así.

 

Felipe González perdió las elecciones frente a Aznar por apenas un puñado de votos, a pesar del rosario de escándalos que se destaparon entonces: la trama española del caso Flick, Kio, los fondos reservados, Rumasa, Filesa y las subtramas del AVE y de Seat, los casos del hermanísimo Juan Guerra y del cuñadísimo Francisco Palomino, Cesid, Ibercorp, Urbanor, Sarasola, Urralburu, Bardellino, Godó, los casos BFP, Tibidabo, Estevill, Turiben, Salanueva, Expo 92´, Roldán y Paesa, Banesto, el Gal, Petromocho, Naseiro, la PSV, Hormaechea, el llamado caso de la minería y el caso Sóller.

 

Estaban pringados los partidos, los sindicatos, los funcionarios, la policía, la Guardia Civil, los órganos de la seguridad del estado y de la inteligencia, los bancos, o los jueces, en una colección exhaustiva de delitos: financiación ilegal, evasión de impuestos, robo, pagos fraudulentos, desvíos de dinero público para uso privado, enriquecimiento personal, sobornos mediante pago de sobresueldos y gratificaciones, cohecho, fraude, escuchas ilegales, tráfico de influencias, malversación de fondos, prevaricación, usurpación de funciones, gestión irregular, estafa, alzamiento de bienes, y hasta la creación y financiación ilegal de una red terrorista.

 

Fuimos testigos del procesamiento y/o  la entrada en prisión casi simultáneamente del Director de la Guardia Civil, del Presidente del Banco de España, del Secretario de Estado de Seguridad, del presidente de una importante entidad bancaria como Banesto. El propio Presidente del Gobierno fue señalado insistentemente como “El señor X”, el máximo responsable del entramado Gal, aunque el aseguraba que se enteraba de todo por la prensa. Y la vida siguió igual.

 

La situación actual es distinta, porque las esperanzas de cambio dentro del sistema se han esfumado. Ocho años de gobierno de Aznar, otros tantos de Zapatero, y casi tres años de Rajoy, lejos de resolver aquellos problemas los han agravado. Solo la insolvencia del Partido Popular ha impedido que desapareciera el Partido Socialista Obrero Español de la escena política. Peor aún, en determinados momentos ha hecho buena la gestión política de Zapatero.

 

El Partido Popular es el campeón mundial absoluto de dilapidación de capital político. Los españoles le dieron una mayoría holgada que nunca mereció, visto lo visto. Ha incumplido minuciosa y concienzudamente su programa electoral, y ha traicionado tanto a sus bases como a los ciudadanos que creyeron en sus promesas.

 

Su programa económico es el mismo que posiblemente hubiese aplicado el Partido Socialista de haber ganado las elecciones generales, porque es en buena medida una continuación del comenzado por Zapatero en las postrimerías de su gobierno. Ha renunciado a unos valores y a unos principios liberales que se les suponían (no se sabe muy bien por qué). El diccionario de la RAE debería mostrar una foto de Mariano Rajoy para ilustrar la definición del vocablo “pusilánime”, y otra de grupo del Consejo de Ministros para representar gráficamente el término “ineficacia”.

 

Toda la esperanza de recuperación de la credibilidad perdida del PP está depositada por su máximo líder en una hipotética mejora de la economía, que posibilite que los ciudadanos le perdonen sus pecados. Pero hay muchos indicios de que eso no va a ocurrir.

 

Europa y España siguen en crisis, porque el guión adoptado hasta ahora para impulsar la recuperación indica justo lo contrario de lo que hay que hacer. Mercados más libres y más flexibles versus burocracias maquinales y estados cada vez más sobredimensionados; extorsión fiscal, endeudamiento y déficit público indetenibles, ajustes a cuenta del sector privado y aumento de las regulaciones. Cualquier diseño de política económica empeñado en perpetuar estos errores está condenado al fracaso por muy sofisticado que parezca, porque constituye de hecho la “respuesta perfecta al problema equivocado”.

 

Pero el Partido Socialista solo aventaja al Partido Popular en que no gobierna. A pesar de la ayuda inestimable de éste, el PSOE no genera ilusión alguna, y mantiene su bien ganada fama de pésimo gestor. En la convocatoria de las últimas elecciones autonómicas andaluzas, el entonces presidente Manuel Chávez estuvo muy acertado en la estimación de los tiempos, porque la mayoría necesaria para gobernar no la ganó la izquierda en esa región, sino que la perdió la desidia del PP a escasos meses de ganar las generales.

 

El PSOE ha perdido su centro de gravedad y ha renunciado a sus principios socialdemócratas en beneficio de un discurso de improbable aplicación  en lo económico, fragmentado en lo relativo a la cuestión nacional, rancio y guerra civilista. Su Secretario General, Pedro Sánchez, se muestra errático y ya acumula un buen número de rectificaciones a sus propias palabras, lo que le otorga una cierta aureola de improvisación y de inseguridad.

 

Se equivoca si piensa que le va a pasar por la izquierda a Podemos y a Pablo Iglesias, aunque adopte su “look” juvenil y despreocupado. En “progresía” a éste no le gana nadie. Quizás haya algún día un debate entre ambos, pero por ahora Sánchez ha declinado la invitación. Hace muy bien porque, desde luego, no tiene nada que hacer mientras se empeñe en convertirse en una mala copia de Iglesias. Sánchez es también muy joven, pero dirige un partido con mucho pasado, mientras que Iglesias solo tiene futuro.

 

Izquierda Unida, al igual que los partidos mayoritarios, carga con una pesada mochila a la espalda. El enorme peso específico del Partido Comunista dentro de esa agrupación le convierte en un proyecto ideológico anclado en el siglo XIX, y muy desprestigiado por su nostalgia por la hoz y el martillo. Su crecimiento posterior, luego de estar a punto de desaparecer hace algunos años del Congreso de los Diputados, no fue tanto un mérito suyo, como la consecuencia de un castigo de los votantes del ala izquierda del PSOE. Además, también está contaminado por los escándalos de corrupción más recientes (y alguno que otro no tan reciente) y forma parte por derecho propio, como socio de gobierno o como partido electo, de la élite extractiva.

 

Las tensiones territoriales en esta España invertebrada, acosada desde siempre por los particularismos, cuya propia existencia es en palabras de Rodríguez Zapatero “discutida y discutible”, vienen a añadir más tensión aún si cabe. Las fuerzas centrífugas actuantes la convierten en un “vasto sistema de exclusión”.

 

En resumen, las condiciones objetivas y subjetivas para que exista en España una situación revolucionaria tal como la definió Lenin están dadas, y Podemos las ha identificado correctamente:

 

·         En la situación actual de prolongación de la crisis económica en Europa, agravada en el caso de España por unas características estructurales que la convierten en un problema crónico, de sobredimensionamiento creciente del estado, de endeudamiento y déficit galopante, de incremento de la presión fiscal hasta límites intolerables, de ajustes que recaen siempre sobre las espaldas del sector privado, de descrédito absoluto de los partidos políticos, de los bancos, de los empresarios, de la justicia y de prácticamente todas las instituciones, la élite extractiva no puede mantener su dominio sobre la sociedad española tal y como lo ha ejercido hasta ahora.

 

·         La crisis económica española no tiene solución en el corto, en el mediano y en el largo plazo, por la sencilla razón que no se están aplicando las soluciones requeridas. Una parte cada vez mayor de la sociedad no está dispuesta a continuar sufriendo las consecuencias de un eventual empeoramiento de la misma, ni una contracción indefinida de un nivel de vida que quizás no se correspondía con sus posibilidades reales, pero del cual disfrutó en algún momento anterior, cada vez más lejano.

 

·         Todo ello, unido a la percepción por parte de amplios sectores de la sociedad española de que los partidos, los sindicatos y el resto de las instituciones están corrompidas hasta el tuétano, provoca una necesidad de “hacer algo”, de cambiar las cosas, de movilizarse, de realizar esa “acción histórica independiente” a la que alude Lenin. 

 

Pablo Iglesias ha comprendido perfectamente la situación, y está en disposición de liderar un cambio. Solo falta comprobar si está en capacidad de hacerlo. Más aún, conoce las claves y los resortes psicológicos y sociológicos que le permitirán capitalizar el descontento.

 

Solo hay que leer las conclusiones de un estudio realizado por la Fundación BBVA con el título “Valores político económicos y la crisis económica” dado a conocer en abril de 2013, basadas en 15,000 encuestas realizadas en diez países de la Unión Europea. Algunas de esas conclusiones le otorgan un margen de actuación considerable desde la perspectiva de lo que conocemos acerca del ideario de Podemos:

 

·         Si bien existe en España un bajo nivel de asociacionismo y una baja vinculación con el espacio público por parte de la ciudadanía, el perfil del español que se moviliza o participa en acciones sociales y políticas es un individuo con estudios, de izquierdas, que lo hace fundamentalmente a través de manifestaciones, huelgas e Internet, y que lee el periódico regularmente.

 

·         Los españoles valoran desfavorablemente el funcionamiento de la democracia. Perciben que su capacidad individual de influencia en las decisiones políticas es muy limitada, y que los políticos prestan más interés por sus propios asuntos que por lo generales.

 

·         Los españoles desconfían fundamentalmente de los jueces, los militares, los empresarios, los religiosos y los políticos, y expresan un nivel de confianza más bajo que el resto de los europeos en sus instituciones, en particular respecto al gobierno, los bancos y los sindicatos.

 

·         El nivel de identificación con el capitalismo es el más bajo de la U. E. Un 74% de los encuestados lo rechaza, y sólo un 11% se identifica con este.

 

·         El 31% de los encuestados se declara de ideología socialista.

 

·         España, después de Italia, es el país de la U.E. donde un mayor porcentaje de la población (el 74,1%) considera que “el Estado debe ser responsable de asegurar un nivel de vida digno”, mientras que el resto de Europa apuesta por que cada persona se haga responsable de su vida.

 

·         Un 85% de los encuestados españoles (más de 20 puntos por encima de la media europea) cree que el Estado debe ocuparse directamente de temas como la sanidad o las pensiones.

 

·         También los españoles encuestados son partidarios de que el estado controle los beneficios de las empresas, los precios o los salarios. Mientras que para Europa la economía de libre mercado es “el sistema más conveniente”, para los españoles es “la causa de las desigualdades sociales”.

 

·         España, según esta encuesta, es el único país de la unión donde los ciudadanos reclaman que los ingresos sean igualitarios “aunque eso perjudique a quiénes trabajan más”.

 

·         En España sólo uno de cada cinco ciudadanos aboga por los recortes, y cuatro de cada cinco quiere mantener el Estado de Bienestar. También hay un elevado consenso (con una puntuación de 7,7 sobre 10) de aumentar los impuestos “a quienes más ganan por sus inversiones”, y con una puntuación de 7,1 de aumentar los impuestos “a quiénes más ganan por su trabajo”. Eso sí, solo merece una puntuación de 1,2 sobre 10 la subida del IVA.

 

·         Por último, otras medidas reclamadas por los españoles encuestados son limitar los ingresos de los ejecutivos de bancos, regular la banca, reducir los tipos de interés, y aumentar la inversión pública. En cambio no están de acuerdo, como sí lo están el resto de los europeos, con reducir el número de funcionarios, flexibilizar el mercado de trabajo, reducir el gasto público, o inyectar capital a los bancos con problemas.

 

Este es el resultado de treinta y seis años de ideario falangista y de paternalismo franquista, de casi treinta años de “trabajo ideológico” de gobiernos socialistas, y de siglos de exaltación católica de la pobreza y del sufrimiento como pasaporte al paraíso.

 

Nada que objetar, salvo que si se aplica ese programa España se alejará definitivamente de cualquier solución medianamente racional a sus problemas actuales, porque ese fue precisamente el nivel de pensamiento en el que fueron creados.

 

Si efectivamente hay una masa social lo suficientemente significativa que está dispuesta a suscribir los resultados de esta encuesta como suyos; si sienten el ideario de Podemos como algo propio, si el PP y el PSOE no inician ya un gran pacto de estado para acabar con las lacras que padece España, si el resto del electorado que no conecta con Podemos se desmoviliza, Pablo Iglesias puede ser el próximo Presidente del país. Al final, Podemos puede.

 

Ya a estas alturas solo me intriga cómo pretende Pablo Iglesias emprender la tarea de “tomar el cielo por asalto” para desmontar el “Ancien Régime”. Si lo hará al estilo de la Dictadura del Proletariado (lo que sería una torpeza que me resisto a atribuirle a priori) o instaurando algo similar a lo que existe en su amada República Bolivariana de Venezuela (algo a lo que también aspira el neocastrismo en Cuba). Un capitalismo monopolista de estado o corporativo, dirigido con un estilo autoritario y clientelar. Un sistema político basado en el odio de clases y la confrontación social; una economía subsidiaria centralizada, controlada por corporaciones estatales o mixtas, con la complicidad de sindicatos verticales y organizaciones empresariales, sectoriales, gremiales y profesionales afines al nuevo régimen; sustentado en el secuestro de las libertades, de los medios de comunicación, de las instituciones, de los poderes públicos, y de consejos electorales que fijan reglas de juego ad hoc, para incumplirlas después según convenga. Que toleran a una oposición light mientras la puedan instrumentalizar, pero que convierten a sus adversarios reales en peligrosos enemigos pro imperialistas que han de ser destruidos por todos los medios, incluidos los peores; cuya máxima aspiración es mantener ad infinitum su mandato y el de su partido con las leyes en la mano, constitucionalmente y mediante elecciones disimuladamente averiadas, para que nadie pueda cuestionar su “legitimidad democrática”.

 

La primera opción es el comunismo, prácticamente descartada por inviable, aunque nunca se sabe lo que puede llegar a votar el pueblo soberano. La segunda se llama fascismo (de manual) o Socialismo del Siglo XXI, según la práctica bolivariana.

 

Pero no hay que irse demasiado lejos para comprobar la vocación fascista de Podemos. Sólo hay que echarle un vistazo al programa con el que se presentó Falange Española de la JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista) a las elecciones municipales de 2013, para verificar las coincidencias ideológicas en cuanto a los diagnósticos y las propuestas de soluciones.

 

Otro dato en esta dirección es el encendido entusiasmo con el que Ricardo Sáenz de Ynestrillas (destacado político y militante fascista) reivindicó hace pocos días públicamente, a través de las redes sociales, la identificación del discurso de Podemos con la “genuina Falange de José Antonio (Primo de Rivera)”.

 

En cualquier caso, una verdadera tragedia para España.

 

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[1] Lenin, Vladimir I.- “La bancarrota de la II Internacional”, mayo-junio de 1915