Cubanálisis El Think-Tank

             ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

    Armando Navarro Vega, Córdoba, España

  

 

 

                               

                                                                                                                                                            

 

Cubanálisis-El Think-Tank continúa reproduciendo parte del libro de Armando Navarro Vega "Cuba, el socialismo y sus éxodos", publicado por Palilibro en 2013. Armando Navarro presentó exitosamente su libro durante el Primer Festival de Arte y Literatura Independiente de Miami, el 14 de Diciembre del 2014, en el Miami Hispanic Cultural Arts Center, en Miami, Florida. Con esta tercera parte culmina la publicación del capítulo "De la sovietización a la supervivencia".

 

DE LA SOVIETIZACIÓN A LA SUPERVIVENCIA - I I I

El Período Especial en Tiempo de Paz

 

El último recurso empleado para salvar in extremis la vida del régimen, que marcaría definitivamente la diferencia de la revolución cubana con los procesos de desintegración de la URSS y de los ex miembros del Campo Socialista del este europeo, fue la proclamación del Período Especial en Tiempo de Paz, consistente en el establecimiento (¿reestablecimiento?) de una economía de guerra con los componentes habituales de tales situaciones: contracción extrema del consumo, apelación a la autarquía y al autoabastecimiento, y mantenimiento de las actividades indispensables para garantizar la supervivencia del país al menos en el corto plazo.

 

El peligro que tiene una situación así es que se pueda producir un estallido social, pero en Cuba ello era (y es) altamente improbable, aunque no imposible. En definitiva ya existía una dilatada experiencia y una perfecta organización en materia de racionamiento, y solo había que hacer creíble la determinación de aplastar por la fuerza cualquier intento de oposición, cualquier atisbo de sintonía con las reformas iniciadas en otras latitudes, considerándolo como un acto de alta traición en complicidad con el imperialismo yankee, y dejando que el síndrome de indefensión adquirida o desesperanza inducida hiciera el resto del trabajo. A nivel individual, siempre quedaría la fuga como alternativa cuando se presentase la ocasión.

   

Fidel Castro estaba resuelto a resistir el embate de los acontecimientos que se sucedían a diario en Europa Oriental. Así evaluaba la situación en el discurso pronunciado en el acto conmemorativo por el XXXVI Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada, celebrado en la ciudad de Camagüey el día 26 de julio de 1989:

 

“Pero, ¿en qué condiciones internacionales se desenvuelve nuestro actual esfuerzo?... Hay dificultades en el movimiento revolucionario mundial; hay dificultades en el movimiento socialista. Ni siquiera podemos decir con seguridad que los suministros del campo socialista, que con la puntualidad de un reloj han estado llegando a nuestro país durante casi 30 años, sigan llegando con esa seguridad y con esa puntualidad de reloj… Hay dificultades y son crecientes las tensiones y los conflictos entre las nacionalidades de la URSS; son evidentes igualmente las tensiones internas dentro de la URSS, y hemos sido testigos de la huelga de cientos de miles de mineros del carbón en Siberia, en Donestsk y en otros lugares. Esas noticias llenan de felicidad a la reacción mundial, esas noticias llenan de felicidad al imperio… en unas elecciones recientes en Polonia la oposición liberal, la oposición procapitalista o, al menos, la oposición antisocialista, que todavía no ha definido bien, bien, bien cuáles son sus intenciones, ganó, en las elecciones para senadores, casi el ciento por ciento de los cargos; y hoy en Polonia, incluso, el líder de esa oposición, el señor Walessa, conocido por informaciones periodísticas en nuestro país, le ha planteado al presidente Jaruzelski, que ganó la presidencia por un voto más del mínimo indispensable, que lo mejor sería que le entregara el gobierno a la oposición… En Hungría ocurre lo mismo. Hace un día se sacaron a elección cuatro cargos de diputados, y tres de ellos los ganó ampliamente la oposición… ¿Ante qué fenómenos estamos, acaso ante un tránsito pacífico del socialismo al capitalismo en esos países?”

 

Y seguidamente lanza una advertencia, casi una profecía de lo que ocurriría en Cuba:

 

“… tenemos que advertir al imperialismo que no se haga tantas ilusiones con relación a nuestra Revolución y con relación a la idea de que nuestra Revolución no pudiera resistir si hay una debacle en la comunidad socialista; porque si mañana o cualquier día nos despertáramos con la noticia de que se ha creado una gran contienda civil en la URSS, o, incluso, que nos despertáramos con la noticia de que la URSS se desintegró, cosa que esperamos que no ocurra jamás, ¡aun en esas circunstancias Cuba y la Revolución Cubana seguirían luchando y seguirían resistiendo! (APLAUSOS PROLONGADOS).

 

¡Cuba y la Revolución Cubana resistirían! Lo digo, y lo digo con calma, con serenidad y con toda la sangre fría del mundo. Es hora de hablarles claro a los imperialistas y es hora de hablarle claro a todo el mundo. Nosotros no bromeamos”.

 

Nuevamente Fidel Castro encuentra un destino superior hacia el que dirigir sus esfuerzos, una sagrada misión que justifique sus “sacrificios y desvelos” al frente de una pequeña nación amenazada por un enemigo formidable, el mayor enemigo que ha conocido la Humanidad en toda su historia.

 

Si desapareciera el socialismo de la faz de la tierra, el Invencible Comandante en Jefe seguiría encarnando la lucha sin cuartel contra el cruel e inhumano capitalismo, liderando la resistencia del último reducto contra el salvaje asedio del yankee opresor hasta las últimas consecuencias.

 

El “Período Especial en Tiempo de Paz” es por definición un concepto defensivo, un pilar fundamental sobre el que se fundamenta “la guerra de todo el pueblo”. Así lo explica el propio Fidel Castro: [1]

        

“Nuestro pueblo ha venido, durante años, preparándose contra determinados peligros. Hace 10 años venimos reforzando nuestras defensas, venimos aplicando la concepción de la guerra de todo el pueblo, y venimos preparándonos… Hemos elaborado planes para todas las variantes, comenzando por el bloqueo militar total del país, en cuyo caso aquí no podría llegar ni una bala… Podrían imponer un bloqueo total, y nosotros elaboramos nuestros planes para resistir un bloqueo total; podría limitarse a un bloqueo, o podría ser bloqueo con hostigamiento militar, o podría ser bloqueo con guerra de desgaste contra nuestro país; o podría ser, al final, bloqueo con invasión a nuestro país… Nosotros llamamos a ese período de bloqueo total, período especial en tiempo de guerra; pero ahora tenemos que prepararnos… para período especial en tiempo de paz… ¿Qué significa período especial en tiempo de paz? Que los problemas fueran tan serios en el orden económico por las relaciones con los países de Europa oriental, o pudieran, por determinados factores o procesos en la Unión Soviética, ser tan graves, que nuestro país tuviera que afrontar una situación de abastecimiento sumamente difícil. Téngase en cuenta que todo el combustible llega de la URSS y lo que podría ser, por ejemplo, que se redujera en una tercera parte, o que se redujera a la mitad por dificultades de la URSS, o incluso que se redujera a cero, lo cual sería equivalente a una situación como la que llamamos el período especial en tiempo de guerra. No sería, desde luego, tan sumamente grave en época de paz, porque habría aún determinadas posibilidades de exportaciones y de importaciones en esa variante. Debemos prever cuál es la peor situación a que puede verse sometido el país a un período especial en tiempo de paz y qué debemos hacer en ese caso. Bajo esas premisas se está trabajando intensamente.”

 

Los efectos del descalabro del socialismo se hicieron sentir en Cuba de inmediato y con especial crudeza en dos renglones básicos de la vida cotidiana: la alimentación y el transporte. Ambos, actuando de manera conjunta, produjeron un importante deterioro de la salud de la población.

 

El transporte urbano se redujo al mínimo. El transporte interprovincial de pasajeros en autobuses y trenes se convirtió en algo testimonial. En las carreteras apenas circulaban camiones con mercancías, y tanto el puerto de La Habana como los del resto del país estaban prácticamente sin actividad. La línea del horizonte era un continuo de cielo y mar, en contraste con la animada actividad de buques que entraban y salían sin cesar con anterioridad.

    

El 21 de septiembre de 1990 el periódico Granma anunciaba la compra de 200,000 bicicletas, la posible adquisición de otro medio millón, y la construcción en estudio de tres fábricas “con el fin de ayudar al país a enfrentar la severa crisis energética, consecuencia de la disminución de dos millones de toneladas en los embarques soviéticos de petróleo, y la Crisis del Golfo”.

 

Ello venía a sumarse a las 14 medidas restrictivas del consumo de gasolina y electricidad anunciadas el 29 de agosto, en lo que podría considerarse como el inicio del “Período Especial en Tiempo de Paz”. El 26 de septiembre se ampliaba oficialmente el racionamiento.

 

El país y La Habana en particular se cubrieron de bicicletas. El “derecho a compra” se otorgaba en los centros de trabajo, donde se firmaba un contrato que establecía limitaciones en cuanto a la posibilidad de traspaso o cesión de la propiedad del bien adquirido, ya que se entendía que ese “derecho” era casi un privilegio otorgado al trabajador para su traslado diario, con el objetivo de “garantizar la producción y los servicios en la situación crítica por la que atravesaba el país”.

 

Se podían pagar al contado o en cómodos plazos mediante descuentos directos en la nómina. El comprador acudía después a buscar su “vehículo” al taller de ensamblaje que le fuera asignado.

 

Lo que no resultaba cómodo en absoluto era la bicicleta en cuestión. Había dos modelos con unos exóticos nombres, “Flying Pigeon” y “Forever Bicycle”. La primera siempre era negra (como el famoso Ford Modelo T) y de “varón”, por tener una barra que cerraba el cuadro en la parte superior.

 

Muchos varones intentaban cambiar la suya por el modelo sin barra con el objeto de aligerar en algo los 23 kilos de acero que contenía su estructura Made in China. La una y la otra poseían un rudimentario sistema de freno de mano que se negaba a funcionar con las llantas mojadas, lo que representaba un auténtico peligro cuando llovía.

En Europa en general, y en España en particular, la bicicleta tiene muchos defensores como medio de transporte sano y ecológico. Pero la propulsión humana también requiere energía que proviene, como todo el mundo sabe, de los alimentos ingeridos. Y la obtención de esa energía era más que nunca, en la Cuba de principios de los 90, la esencia de los tres problemas existenciales básicos que enfrentaban los cubanos en su cotidianidad: el desayuno, el almuerzo y la cena.

 

No solo desaparecieron los mercados paralelos y aumentó el racionamiento, sino que además las cafeterías y los restaurantes quedaron prácticamente sin actividad.

 

Recuerdo que una mañana salí de la Facultad de Economía con la intención de comer algo. En la heladería Coppelia, situada enfrente, solo estaba funcionando una de las áreas de atención al público, y la cola era enorme. La pizzería de L y 21 estaba cerrada por reparaciones. El Soda-INIT de 23, un establecimiento de comida rápida también vecino de Coppelia, estaba cerrado sin más.

 

La Arcada, la cafetería ubicada en los bajos del ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión) estaba sin actividad por falta de agua. En la pastelería Karla no había nada que vender “por falta de materias primas”, y otro tanto ocurría en las cafeterías de los bajos del edificio FOCSA, en M y 17.

 

En el recién rebautizado Hotel “Guitart Habana Libre” (ya entonces regentado por la empresa española Guitart) los cubanos no podíamos consumir. Confieso que cuando terminé aquel infructuoso periplo se me saltaron las lágrimas de ansiedad e impotencia.

 

Los indicadores nutricionales [2] de la población mostraron un declive alarmante. En 1993 el consumo energético promedio diario descendió hasta 1.863 Kcal, un 22,38% menos que el valor recomendado (unas 2.400 Kcal) Otras reducciones notables con respecto a los valores de referencia fueron las ya de por si reducidas proteínas (36,56%), los ácidos grasos esenciales (74,17%), las vitaminas A (59,34%), B2 (48%), B12 (39,29%), la Niacina o vitamina B3 (54,82%), el Hierro (22,36%), o el Calcio (16,92%).

 

Decenas de miles de personas comenzaron a experimentar de manera mas acusada de lo habitual los síntomas de las carencias vitamínicas: cansancio crónico, mareos, anemia, descalcificación, osteoporosis, trastornos de la visión, afecciones en la piel, diarreas y diversas alteraciones del aparato digestivo, encías sangrantes e inflamadas, deterioro del sistema nervioso, alteraciones nerviosas como irritabilidad o depresión, la famosa neuropatía periférica, o el aumento de las enfermedades gastrointestinales, incluida la incidencia de cáncer.

       

Se produjo una epidemia de neuropatía [3] que afectó a decenas de miles de personas. Según el Dr. Hernández Almeida, para encontrar un antecedente a la epidemia que asoló la isla entre 1991 y 1997 hay que remontarse a un episodio similar registrado entre 1898 y 1900, surgido como consecuencia de la crisis alimentaria que sufrió el país en la guerra de independencia. En aquel entonces, la mayor incidencia se produjo en adultos, y en particular en las mujeres recluidas en los campos de concentración de Valeriano Weyler.

Estas fueron, según la citada fuente, algunas de las principales características de la epidemia que sufrió la población cubana en el inicio del Período Especial:

 

“La enfermedad comenzó con casos esporádicos aislados a finales de 1991 y principios de 1992, y tuvo una tendencia progresiva creciente a ritmo exponencial en 1993. El mayor reporte de casos tuvo lugar en mayo de 1993 con 30.000 enfermos… Al finalizar 1997 se habían notificado un total de 58.600 enfermos para una tasa de 146,2 por 100,000 habitantes en todo el país. (12)

 

La epidemia, en su forma inicial de neuritis óptica afectó a hombres, sobre todo fumadores y alcohólicos; pero luego al predominar la forma periférica fueron las mujeres las más afectadas y no existió una asociación clara con los hábitos tóxicos antes mencionados. La edad comprendida entre los 25 y 64 años con un 86,6% de los enfermos ha sido la más afectada, pues se trata de la población laboralmente activa, la que produce bienes y servicios y por tanto la de mayores requerimientos proteico-energéticos… la causa básica necesaria es el súbito trauma nutricional (con poco tiempo de adaptación) sufrido por la población cubana a comienzos de la década del 90… el estrés oxidativo reinante como consecuencia de la ingestión excesiva de carbohidratos (20)… y el gasto adicional de energía en forma de caminatas, uso de bicicletas o ambas”. (22)

 

El efecto combinado de la mala alimentación con las caminatas y la bicicleta se hizo visible a partir de la pérdida generalizada de peso corporal de hasta un 25%, particularmente ostensible en el caso de los hombres.

 

Siempre que pienso en los estragos del Período Especial me viene a la memoria la imagen del profesor Félix Torres (fallecido poco después) con los pantalones precariamente sostenidos por un cinturón al que no le cabía un agujero más, luciendo unos enormes pliegues de tela en la cintura, y los zapatos pugnando por escapárseles de los pies. Un hombretón apacible con un apetito insaciable del que fui testigo presencial en muchas ocasiones, capaz de zamparse el solo una caja de pasteles de guayaba mientras conversaba pausadamente acerca de lo humano y de lo divino.

 

Otro compañero comenzó a sufrir desmayos. El médico le comentó gráficamente que su organismo tenía las reservas en cero, que lo que comía en ese momento era el único combustible del que podía disponer, y que por tanto le aconsejaba dejar la bicicleta. Mi compañero le contestó que ello era imposible, que la bicicleta era el único medio que le garantizaba llegar al trabajo, a lo que el médico le replicó: -“Chico, pues escoge… o trabajas o vives”.

 

La gente trataba de resolver la comida como podía. Otro colega marcaba en una cola a las 05:30 ó 06:00 de la mañana en una cafetería que estaba dentro del recinto de la Colina Universitaria, con el objeto de obtener un número que le garantizaba comprar al mediodía una pizza para su hijo y un plato de spaghetti para él. El siempre fue delgado, pero en aquel momento parecía un prisionero de Auschwitz. Visto de perfil no tenía ni diez centímetros entre el abdomen, curvado totalmente hacia adentro, y la espalda. Algunos nos referíamos a él en broma como el “New Man”, porque era la viva representación del Hombre Nuevo socialista: un humanoide sin estómago y con los brazos largos para trabajar.

 

En un día laborable más o menos típico, yo salía de la casa a las 06:30 de la mañana si tenía clases a primera hora (07:30) Esos sesenta minutos me permitían recorrer los 18 kilómetros que separaban mi lugar de residencia de la Facultad, dejar la bicicleta en el aparcamiento y refrescarme un poco.

 

Mi departamento docente estaba en el piso 12, y las aulas normalmente en el piso 10. Con mucha suerte funcionaba el ascensor, de lo contrario tenía que subir andando. Al terminar mis horas lectivas continuaba con otras actividades hasta media tarde. Si había alguna reunión, quizás la jornada se prolongaba hasta las 18:00 o 19:00 horas.

 

Ya entonces, como parte de las medidas de ahorro energético, los cursos para trabajadores dejaron de ser nocturnos para convertirse en vespertinos, o se desarrollaban con una frecuencia menor (los llamados “cursos por encuentros”).

 

En muchas ocasiones, en los momentos más álgidos del Período Especial, lo único que había ingerido en todo el día era una rebanada de mi cuota diaria de pan, una pieza redonda de apenas 30 gramos, porque el resto se lo dejaba a mi hijo mayor que entonces tendría unos doce años, para que junto a las porciones que le dejaban su madre y su abuela pudiese contar con un refuerzo en el desayuno, el almuerzo y la cena. Si había leche y/o café, tomaba un café con leche o un café solo.

 

El regreso pedaleando, diez o doce horas después, sin haber comido y muchas veces sin haber bebido agua, era lo peor con diferencia. No digo nada del sol del trópico, del gradiente de humedad que con el calor te hace sudar a mares, o de las típicas y sorpresivas turbonadas de verano para las que iba preparado con una bolsa plástica o “jabita de nylon” donde guardaba mis materiales de clase y, lo más importante, mis zapatos.

 

Yo me preparaba para el recorrido sicológicamente como los atletas antes de la competición. Mi técnica consistía en ponerme metas más o menos cortas: “ahora solo tengo que llegar hasta la Estación de Ómnibus”, “ahora solo hasta la Ciudad Deportiva”, “hasta 100 y Boyeros… el entronque de la CUJAE... Río Cristal… ”.

 

En total 36 kilómetros de ida y vuelta en el día, sin comer ni beber. Llegué a pesar 65 kilogramos, unos 10 kilos menos del peso que se consideraba apropiado a mi edad, estatura y corpulencia. Por suerte en mi caso este recorrido no lo hacía a diario porque tenía un horario de trabajo por actividades, pero mucha gente cubría asiduamente un trayecto incluso mayor.

 

Como siempre ocurre, la vida es del color del cristal a través del cual se mire. Un equipo de investigadores cubanos de la universidad de Cienfuegos y de la Escuela John Hopkins de Salud Pública de la universidad estadounidense de Loyola, publicado en septiembre de 2007 en el American Journal of Epidemiology, concluyó que el Período Especial tuvo un “efecto beneficioso sobre la disminución del número de muertes atribuidas a la diabetes, enfermedades coronarias y paros cardíacos”, en lo que consideraron “una oportunidad única de observar el impacto de la pérdida de peso en toda la población de un país, ocasionado por una reducción sostenida de la ingestión de calorías, sumado a un aumento de la actividad física”.

 

El doctor Manuel Franco (español según tengo entendido), del Departamento de Epidemiología de la Escuela John Hopkins de Salud Pública, afirmó que se trataba de “… el primer y seguramente el único experimento natural nacido de desafortunadas circunstancias”. Bueno, natural, natural… lo que se dice natural… no es. Me quedo más conforme con lo de las desafortunadas circunstancias.

 

Lo que no dice el doctor Franco es que la incidencia de la diabetes y las enfermedades coronarias no era (como pretenden hacer ver las autoridades sanitarias de la isla, y los amigos y simpatizantes en los organismos de salud internacionales) “enfermedades de la civilización” de las que “disfrutaba” la población gracias al “desarrollo” alcanzado por Cuba, [4] sino la consecuencia de las deficiencias nutricionales de nuestro eterno período especial alimentario.

 

De una dieta forzosa basada en un desmesurado consumo de carbohidratos y azúcar, de huevos (no siempre disponibles) como principal y, durante años, casi única fuente de proteínas de origen animal, de grasas saturadas de origen incierto, de posteriores y esperpénticos inventos para suplir la falta de proteínas como la “masa cárnica”, el “picadillo de soja” (soja no apta para el consumo humano según se ha denunciado en varias ocasiones), el “perro sin tripa”, o más recientemente la “moringa” que tanto le gusta al Comandante, [5] frente al casi inexistente consumo de frutas, verduras y pescados pese a vivir en una isla tropical.

 

Repito, no por voluntad propia, no por consumir irresponsablemente la tan denostada “comida basura capitalista”, no por pura gula ante el reclamo de unas provocadoras y bien surtidas vitrinas de supermercados, pastelerías y croissanterias, sino por el racionamiento impuesto.

 

Mi padre sufrió su primer infarto a los 53 años en septiembre de 1976, pero tenía diagnosticada una hipercolesterolemia desde 1959 ó 1960, y conservaba una copia mecanografiada de la dieta que le recomendó el médico en aquel entonces, [6] de la cual solíamos reírnos con frecuencia dada la imposibilidad de seguirla siquiera mínimamente.

 

Además de los apologistas habituales, algunos analistas coinciden en reconocer el esfuerzo del gobierno cubano por mantener los “logros” en materia de salud durante el Período Especial, y suelen poner como ejemplo la tendencia decreciente de la mortalidad infantil que indican las fuentes oficiales, aún en las peores circunstancias.

Pero por otra parte, según las mismas fuentes, [7] el número total de defunciones en el país se incrementó en 1994 con respecto a 1989 en un 16,8% como consecuencia del aumento de la mortalidad en todos los demás grupos de edad a partir de los 15 años.

 

En los mayores de 65 años el número total de fallecidos alcanzó la cifra record de 53.517, un 23% más que en 1989, mientras que en el rango comprendido entre los 50 y los 64 años las defunciones crecieron un 12,0%. Los enfermos y los más débiles simplemente no pudieron resistir el impacto.

 

En el anuario de 1995, en una tabla con el título “Mortalidad por enfermedades del corazón, 1970, 1980, 1994-1995,” salvo las enfermedades reumáticas crónicas del corazón, todas las demás causas (enfermedad hipertensiva, enfermedad isquémica y un abultado apartado de “otras”) registraron incrementos notables entre 1980 y 1994.

 

Con el aumento del deterioro de las condiciones higiénico-sanitarias, se disparó la mortalidad asociada a las enfermedades infecto-contagiosas y parasitarias hasta un 170,3% entre los años 1989 y 1994. Dentro de este grupo las defunciones por enfermedades diarreicas agudas representaron el 48,2% en 1994 frente al 32,7% en 1989.

 

Los casos registrados de hepatitis “tipo A” casi se multiplicaron por 10 en apenas 3 años, pasando de 2.570 en 1989 a 21.180 en 1992. En el año 1994 la incidencia descendió hasta los 14.664 casos, de cualquier manera unas seis veces la morbilidad de 1989.

 

Ya en los años 60 había ocurrido algo similar. Yo fui uno de los miles de afectados por la hepatitis tipo A y por la mononucleosis infecciosa (padecí ambas enfermedades entre 1968 y 1970) a cuya transmisión contribuyeron las carencias higiénico-sanitarias en general, y el hacinamiento en los campamentos militares y de trabajo.

  

Aún cuando se mantuvieron bajo control los niveles de mortalidad infantil, la deficiente alimentación de las futuras madres provocó un incremento del Índice de Bajo Peso al Nacer, pasando de 7,3% en 1989 al 8,9% en 1994. La información por provincias arrojó en 1994 valores superiores o iguales a la media nacional en ocho de las catorce provincias del país (más el Municipio Especial Isla de la Juventud) con magnitudes que oscilaron entre el 8,9% en Holguín y el 10,5% en Santiago de Cuba.

 

La Tasa de Mortalidad Materna Directa total pasó de un valor de 29,2 en 1989 a 42,8 en 1994. Por provincias las mayores tasas se registraron ese año en Cienfuegos (95.1), Isla de la Juventud (81.6), y Santiago de Cuba, con 67,4.

 

Es muy difícil conseguir datos relativos a la salud mental de la población y a la incidencia de trastornos mentales y del comportamiento. Se trata de una información altamente sensible porque se supone que en Cuba Socialista la población es feliz, como rezaba un slogan colocado en enormes vallas en aquella época por la Unión de Jóvenes Comunistas. [8] Ignoro si al menos existen datos comparativos del consumo de psicofármacos, pero conocí personalmente a muchísima gente que consumía (algunos abusivamente) ansiolíticos y antidepresivos de forma combinada. Las consecuencias de ello afloraron años después, y de manera dramática, en personas muy cercanas y queridas para mí.

  

Recuerdo a un pobre demente que deambulaba por La Habana y que provocaba la risa cómplice de los viandantes, cuando de repente gritaba esta enigmática frase: “Aquí todo el mundo está loco, el mar está lleno de agua, y Fidel gana 80 pesos”, e inmediatamente se ponía a soplar una lata de leche condensada vacía.

 

El número de suicidios revelaba que algo no iba bien, y precisamente en 1992 y en 1995 se registraron, como ya se comentó en un capítulo anterior, dos de las tres mayores tasas de toda la etapa revolucionaria: 21,3 y 20,3 respectivamente.

 

Los accidentes, los robos, los asaltos y la violencia en general se incrementaron. La Tasa Bruta de Muertes Violentas según el citado anuario fue de 84,4 por cada 100,000 habitantes en 1995, frente a 79,6 en 1988.

 

Las salas y quirófanos para la atención de politraumatizados estaban llenas de ciclistas atropellados. Las bicicletas se convirtieron en un codiciado botín por su alto precio en el mercado negro, y los asaltos a los ciclistas se pusieron a la orden del día. Un método empleado con frecuencia consistía en colocar un sedal o cuerda de pescar de nylon atravesando la calle de acera a acera, que de noche era completamente invisible. Al momento de pasar el ciclista los ladrones tensaban el sedal provocando la caída de aquel, y en muchas ocasiones severos traumatismos craneoencefálicos al impactar contra el asfalto, o auténticos degüellos cuando el sedal alcanzaba a la víctima en el cuello.

 

Las familias reforzaron como pudieron la seguridad de sus viviendas ante la ola de robos y asaltos. La Habana se “bunkerizó” en todos los sentidos. Incluso en repartos o urbanizaciones construidas a finales de los años 50 como Fontanar o Altahabana, caracterizados hasta entonces por la tranquilidad reinante y por sus viviendas unifamiliares con jardines al estilo de Miami, [9] se llenaron de cercas “Peerles” (conocidas también como cyclone fense o mallas de simple torsión) que separaban las viviendas de los vecinos colindantes y de las calles, y las ventanas se cerraron con rejas de hierro, con mejor o peor diseño y gusto. Por supuesto, todo con materiales robados en alguna obra del Estado.

 

Mi padre fue una de las víctimas de la violencia desatada. Oficialmente murió de una broncoaspiración, pero testigos presenciales confirmaron que fue agredido por un grupo de niños y adolescentes que comenzaron a lanzarle piedras, quizás los mismos que alrededor de un mes antes habían atacado a otro anciano produciéndole heridas en el abdomen con botellas rotas, empuñadas a modo de navajas.

 

Mi padre, tratando torpemente de huir, tropezó y cayó. No se sabe si perdió el sentido por una pedrada, o al golpearse la cabeza contra el suelo. Murió ahogado en su vómito, en una acera sucia, rota y maloliente de la calle Consulado, muy cerca de su casa, la noche del viernes 24 de enero de 1992, la más larga de mi vida.

 

Mi madre, mi hermano y yo le dimos sepultura la tarde siguiente, a la misma hora en que supuestamente debíamos estar todos juntos celebrando mi cumpleaños. Hubo denuncia, pero nunca supimos nada acerca de los resultados de la investigación policial, si es que la hubo.

 

Poco antes de que ocurrieran los hechos estuve conversando con él acerca del tema de la violencia, del incidente del anciano herido con cristales, y me comentó lo indefenso que se sentía ante su incapacidad física para hacer frente a una agresión o para escapar.

 

Comenzó a salir a la calle con un palo de escoba a modo de bastón, que según decía le aportaba una cierta seguridad. Me recordaba por su fragilidad e ingenuidad a la rosa de “El Pequeño Príncipe” de Antoine de Saint-Exupéry, armada con sus amenazadoras espinas para protegerse de las fieras.

 

Solo deseo que no haya sentido miedo ni dolor en sus últimos momentos. Que la inconsciencia no le haya permitido sentir repugnancia por el lugar en que cayó su cuerpo, ni vergüenza por las circunstancias de su propia muerte. Una muerte pública y casi obscena para él, siempre tan pulcro, reservado y tímido.

 

Veinte años después no puedo hablar de él sin emocionarme. Ojala sea verdad que podamos reencontrarnos algún día en alguna parte, porque tenemos (como siempre) mucho de que hablar.

 

·         La supervivencia del régimen y el final del socialismo en Cuba

 

Como ya se ha comentado, la revolución cubana impuso desde sus primeros momentos un cambio en el orden económico, político, social, e institucional preexistente en el país. El Estado se convirtió en propietario de todos los medios y recursos productivos, y ejerció el control absoluto sobre la educación, la cultura y los medios de comunicación. Abrazó como doctrina oficial el marxismo leninismo, se declaró socialista y comunista, y entró a formar parte de la comunidad de países que practicaban el llamado socialismo real en Europa Oriental y en Asia, cuyas economías se caracterizaron por funcionar de manera centralmente planificada. Todo ello con una particularidad distintiva: la existencia de un líder indiscutido e indiscutible que ejerció el poder de manera incontestable. Cuba quedó sometida a los designios de un animal político de la talla de Fidel Castro, cuya adhesión al Campo Socialista fue su estrategia para perpetuarse en el poder.

 

La justificación del ejercicio del poder político absoluto se envolvió en un halo de cientificidad y objetividad. Según el comunismo científico, la Ley Económica Fundamental del socialismo consistía en la satisfacción de las (crecientes) necesidades (materiales y espirituales) de todos los miembros de la sociedad, a diferencia del capitalismo en que el hombre habría de procurarse individualmente dicha satisfacción vendiendo como una mercancía su propio trabajo, en un sistema mercantilista de explotación diseñado para generar la máxima plusvalía para el capitalista propietario de los medios de producción.

 

En el socialismo en cambio el trabajo no tendría un carácter mercantil. Aquí las relaciones sociales de producción dejaban de ser relaciones de explotación para convertirse en relaciones de colaboración entre iguales para el empleo de unos medios de producción que son propiedad social.

 

En el socialismo real, dado que el estado reservó para sí la propiedad de todos los medios de producción en representación / usurpación de los miembros de la sociedad, la propiedad estatal se convirtió (falazmente) en sinónimo de propiedad social, y el estado asumió la organización y el control sobre la producción, la distribución, la redistribución y el uso final de lo creado, control que finalmente alcanzó hasta las áreas más íntimas del pensamiento de las personas.

 

Así, la responsabilidad de garantizar la satisfacción de las necesidades crecientes de los miembros de la sociedad recayó en el todopoderoso, paternal y autoritario estado socialista.

 

Quién si no estaría en capacidad de organizar el proceso de producción y distribución de la riqueza a través de la Ley del Desarrollo Armónico y Proporcional de la Economía, que vendría a eliminar las injusticias y la anarquía del mercado sustituyéndolas por la planificación centralizada.

 

Quién si no podría librar a la economía socialista de las crisis capitalistas, regular conscientemente el proceso único de reproducción social, distribuir los recursos materiales y de trabajo entre las distintas esferas de actividad y entre las diversas ramas de la economía, y contribuir a borrar las diferencias entra la ciudad y el campo, o entre el trabajo manual e intelectual.

 

Quién si no estaría en condiciones de gestionar conscientemente la acumulación de una parte del Producto Social Global para ampliar la producción en aras de aumentar el bienestar del pueblo, según la Ley de la Acumulación Socialista actuando conjuntamente con la Ley del desarrollo preferente de la producción de medios de producción.

 

Quién si no lograría hacer realidad la vigencia de la Ley de la elevación incesante de la productividad del trabajo para garantizar la reducción del tiempo de trabajo socialmente necesario para producir una unidad de producción, estimulada permanentemente por el dominio de la propiedad social y apoyada por el incesante desarrollo científico técnico, con el objeto de crear la base técnico material del comunismo.

 

Quién si no lograría fijar la remuneración en base a la cantidad y la calidad del trabajo, estimular a los trabajadores a elevar progresivamente el nivel técnico de la producción y de la productividad, y combinar de manera justa los intereses individuales y sociales con poderosos estímulos morales, todo ello gracias a la manifestación de la Ley de la distribución con arreglo al trabajo.

 

La vida ha demostrado que nada de eso se cumplió nunca en ninguna parte, y Cuba no fue una excepción. La planificación centralizada no propició el “desarrollo”, la “armonía” y la “proporcionalidad” que proclamaba, y fue en realidad un instrumento de control político sobre la sociedad al servicio de una oligarquía partidista.

 

La excesiva centralización, fruto de la estatalización universal de todos los recursos, provocó la enajenación creciente de la población tanto de la propiedad de los recursos como de las decisiones a todos los niveles, lo que unido a las carencias materiales crónicas se tradujo en un desinterés olímpico por la producción, por la calidad de lo producido, o por la eficiencia o la eficacia.

 

De aquí que todas esas “leyes objetivas” fueron en realidad una auténtica milonga, un discurso vacío de contenido para justificar el ejercicio absoluto del poder.

  

La historia del socialismo real es la historia de un fracaso universal, salvo en lo tocante a su capacidad para reprimir, someter y sojuzgar. En eso incluso sus primos hermanos, el fascismo y el nazismo, tendrían mucho que aprender de él. En nombre de la utopía comunista se han contabilizado en el siglo XX unos 100 millones de muertos [10] y se ha infligido un sufrimiento incalculable, pero aún así el socialismo real los sobrevivió a ambos, y nunca ha sido enjuiciado moralmente con la contundencia con la que aquellos lo son.

 

La capacidad del socialismo real para generar riquezas de manera sostenible fracasó en todas las latitudes y longitudes del globo terráqueo; en todos los países de todos los continentes en los que se instauró, independientemente de sus recursos naturales, de sus orígenes y niveles precedentes de desarrollo económico, político, social e institucional; más allá de razas, lenguas y dialectos, de antecedentes históricos, culturales o religiosos.

A pesar del discurso oficial tan querido y celebrado por la extrema izquierda occidental, el socialismo real también murió en Cuba junto con la desaparición del Campo Socialista y de la Unión Soviética. Que nadie se llame a engaño.

 

Al desaparecer las condiciones que posibilitaban el desarrollo de una política económica basada en la dependencia absoluta, desapareció el soporte que permitía mantener los niveles mínimos de consumo necesarios para reproducir y mantener las estructuras de dominación política. Los logros propagandísticos de la revolución por excelencia (la salud y la educación) resultaron ser tan insostenibles como la economía en ausencia del apoyo financiero soviético.

 

La evidencia del fracaso y el imparable declive posterior se justificó con la situación de supervivencia a la que arrastró al país el derrumbe del sistema socialista, junto con el “criminal bloqueo imperialista”. Pero el balance fue desolador.

 

Entre 1989 y 1993 el PIB decreció casi un 35%, y la inversión bruta cayó en picado. La productividad, el consumo privado, las importaciones y las exportaciones también disminuyeron sensiblemente. La contracción de la actividad productiva se hizo sentir de manera particular en la agricultura, en la industria manufacturera y en la construcción. La producción azucarera disminuyó casi un 50% como resultado de la disminución tanto de la caña molida como de los rendimientos industriales. En la agricultura no cañera y en la rama pecuaria hubo drásticas reducciones de la producción en términos físicos.

 

Salieron a la superficie todos los problemas estructurales de la economía cubana que hasta entonces habían permanecido solapados, demostrando que tras más de treinta años el mayor logro alcanzado por la revolución era la consolidación del subdesarrollo y de la dependencia externa.

   

La proclamación del Período Especial en Tiempo de Paz puso en evidencia como nunca antes que las únicas y verdaderas leyes económicas actuantes fueron los caprichos y las prioridades políticas de Fidel Castro.

 

La “construcción del socialismo” se aplazó sine die (si es que alguna vez estuvo en la agenda del Comandante) aunque la propaganda dijese otra cosa, y quedó subordinada a la supervivencia del régimen. Supervivencia a cualquier precio, a cualquier coste, a cuenta del sacrificio de una nación y de sus habitantes.

 

La desaparición del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) reveló las serias dificultades que tendría Cuba para insertarse en el mercado mundial. El país tendría que competir en un verdadero mercado de bienes, servicios y capitales con una oferta de escaso valor añadido, con una ya abultada deuda y una bien ganada reputación de mal pagador.

 

El grueso de la actividad comercial internacional de Cuba se había desarrollado durante la revolución según los criterios de planificación centralizada y especialización productiva asignada dentro del CAME a cada país (la ya comentada “división internacional socialista del trabajo”) por medio de programas de cooperación a largo plazo, planes quinquenales, y convenios o acuerdos bilaterales, así como de mecanismos de pago y establecimiento de precios basados en criterios políticos, para los que los precios del mercado mundial eran un simple referente.

 

El Campo Socialista funcionó como un “entorno protegido” y autárquico en el cual sus miembros operaban casi aislados del mercado mundial capitalista, salvo en lo referido a la importación de determinadas materias primas y recursos tecnológicos inexistentes dentro de aquel, lo que les obligaba al propio tiempo a contar con una oferta para la exportación en moneda convertible.

 

Las empresas cubanas que producían bienes o prestaban servicios para el mercado interno operaban en moneda nacional, por lo que no contaban con divisas para importar directamente los recursos que necesitaban para producir (en caso de que fuesen autorizadas a hacerlo) y dependían en este sentido de lo que le asignara el estado. El monopolio del comercio exterior por parte del estado había provocado una desconexión entre la producción y el mercado externo.

  

A todo ello hay que sumar la pérdida absoluta de convertibilidad real de la moneda nacional, un factor sin duda importante para poder comparar la competitividad de las exportaciones en términos reales, luego de haber alcanzado antes de la revolución la paridad con el dólar.

 

Muchos de estos problemas eran compartidos por los países ex socialistas. La mayoría de los gobiernos emergentes optaron (con resultados desiguales, como luego ha habido ocasión de comprobar) por liberar a las fuerzas productivas del yugo del estado. Instauraron el pluralismo político, establecieron o restituyeron derechos civiles, económicos, sociales y laborales, crearon un marco institucional acorde con las nuevas realidades, estimularon la propiedad privada, respetaron la libertad religiosa y de opinión, e impulsaron el desarrollo de una sociedad civil plural. La mayoría aceptó la existencia de Partidos Comunistas, que se encogieron hasta las dimensiones que les correspondían después de las traumáticas experiencias vividas. Algunos forman parte de la Unión Europea como Eslovenia, Estonia, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Polonia, Lituania, Letonia, Rumania y Bulgaria.

 

Fidel Castro sabía muy bien que ese no era su camino. La única coartada posible para mantener el control político absoluto era “la defensa de la soberanía nacional y del derecho inalienable del pueblo cubano a construir el socialismo frente a la agresión imperialista”, manteniendo intacta en lo posible la estructura de poder. Pero desde el punto de vista económico no había otra alternativa que insertarse en la economía mundial asumiendo las reglas del juego del mercado capitalista… hasta cierto punto.

 

Ese ha sido el dilema en el que se ha debatido y que hasta ahora, veinte años después de la desaparición de la Unión Soviética, ha resuelto con relativa eficacia la gerontocracia cubana en el poder. Así daba comienzo la restitución del capitalismo en Cuba.

 

Pero un capitalismo de “mentirijillas”, deliberadamente limitado, restringido, condicionado y vigilado por el Gran Hermano, del cual se ha excluido a la población cubana salvo para someterla a un mercado cautivo y precario, imprescindible para reproducir la estructura de relaciones de dominación, y suministrar la fuerza de trabajo que necesitan los inversores extranjeros y la nueva casta económica (barata, explotada, sin derechos, sumisa) y del cual participa con gran regocijo la élite de las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior en el papel de empresarios prósperos. Un capitalismo sui géneris, a la medida de la supervivencia y la continuidad del régimen por otros cauces.

 

-------

[1] Discurso en la clausura del XVI Congreso de la CTC, celebrado en el teatro "Carlos Marx", el 28 de enero de 1990, "Año 32 de la Revolución".

[2] Pérez M., Miranda R.- "Situación nutricional de la población Cubana". Publicación de la ANEC (Asociación Nacional de Economistas de Cuba) 1997, Ciudad de la Habana.

 [3] Hernández Almeida, Ezequiel.- “La epidemia de neuropatía cubana, un fenómeno re-emergente” Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Docente "Celia Sánchez Manduley". Manzanillo, Granma. Multimed, 1998.

[4] Según la particular contabilidad nutricional del Comandante,  “al exportar calorías por más de 7 millones de toneladas de azúcar, la isla produce calorías para 40 millones de personas, independientemente de las exportaciones de cítricos y algunos otros cultivos”. Esto lo dijo en las conclusiones de la Asamblea Provincial del Partido de la Habana, efectuada en la Escuela Interarmas General "Antonio Maceo", en Ceiba del Agua, el 3 de febrero de 1991.

[5] Veinte años después del inicio del Período Especial en Tiempo de Paz, la Web oficial “Cubadebate” publicó el 17 de junio de 2012 una escueta reflexión del Comandante acerca de las virtudes de la Moringa, una planta que también hace las delicias de los naturistas españoles, cuyo nombre en Cuba está cargado de evocaciones fálicas y rimas malsonantes. Imagino el “relajo” que debe de haber en la calle con el asunto. Según el Líder Máximo… “Están las condiciones creadas para que el país comience a producir masivamente Moringa Oleífera y Morera, que son además fuentes inagotables de carne, huevo y leche, y fibras de Seda que se hilan artesanalmente”, y añade que esas plantas “son capaces de suministrar trabajo a la sombra y bien remunerado, con independencia de edad y sexo. Como diría Hamlet, “lo demás es silencio”.

[6] Por cierto, entre las recomendaciones estaba la de consumir únicamente aceite de oliva en pequeñas cantidades. Incluyo esta nota porque creo haber leído en alguna parte que los médicos españoles comenzaron a hacer esa recomendación de manera generalizada con posterioridad a esa época, pero no me atrevo a afirmarlo categóricamente.

[7] Los datos relativos a mortalidad y morbilidad para calcular los porcentajes expuestos, han sido extraídos de “Biblioteca Virtual en Salud, Estadísticas de Salud de Cuba, Anuario Estadístico de 1995 http://bvs.sld.cu/cgi-bin/wxis/anuario/  Escogí el anuario de ese año porque refleja con claridad lo que fueron los primeros momentos del Período Especial, especialmente entre 1989 y 1994.

[8]Somos Felices Aquí

[9] Muchas de las familias fundadoras emigraron del país, y las casas fueron entregadas a médicos en el caso del reparto Altahabana, y a profesores universitarios principalmente de la CUJAE (Ciudad Universitaria “José Antonio Echeverría”) en el caso de Fontanar, por lo que el vecindario era selecto. A finales de los 80´ comenzaron a construirse edificios de microbrigadas que cambiaron la fisonomía y la convivencia en ambas urbanizaciones. 

[10] Ver “El libro Negro del Comunismo”. Ediciones B. Barcelona, 2010