Cubanálisis El Think-Tank

             ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

    Armando Navarro Vega, Córdoba, España

  

 

 

                               

                                                                                                                                                            

 

Cubanálisis-El Think-Tank continúa reproduciendo parte del libro de Armando Navarro Vega "Cuba, el socialismo y sus éxodos", publicado por Palilibro en 2013. Armando Navarro presentará su libro durante el Primer Festival de Arte y Literatura Independiente de Miami, el 14 de Diciembre a las 2:45 PM, en el Miami Hispanic Cultural Arts Center, que está localizado en el 111 SW 5th Avenue, Miami, FL 33130

 

De la sovietización a la supervivencia

 

I

 

Mientras el socialismo se derrumbaba inexorablemente, y ante la crisis económica que ya sufría el país años antes de la desaparición de la URSS y del Campo Socialista, Fidel Castro decidió enrocarse en su particular ortodoxia, mostrándose impermeable ante la marea de cambios proveniente del este. La estrategia aplicada fue simple: no permitir absolutamente nada que lesionase su poder, al grito de “Socialismo o Muerte”.

 

El citado Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971 coincidió con el inicio del período de mayor alineamiento de Cuba con la Unión Soviética, que se extendería en su máximo esplendor hasta 1986 y que abarcaría todos los ámbitos de la vida del país: ideológico, socio-cultural, educacional, económico, tecnológico, militar y político-institucional.

 

El estudio y la difusión del marxismo leninismo alcanzó su cenit en estos tres lustros, y la heterodoxia se convirtió en una debilidad ideológica muy peligrosa para la salud de quien la practicara. No obstante, y como no podía ser de otra manera, la adopción del socialismo real siempre estuvo sometida a la estrecha vigilancia del Comandante en Jefe.

 

La ayuda económica de la URSS, como ya se ha comentado, fue una inestimable tabla de salvación para una economía que agonizaba tras los dislates de los años 60, y en particular después del estruendoso fracaso de la zafra azucarera de 1970. A cambio, el régimen institucionalizó el socialismo “a la soviética” (con sus matices) y promovió a los comunistas ortodoxos a la primera línea de la dirección ideológica bajo el auspicio y la protección personal de Raúl Castro.

 

De esta forma las Fuerzas Armadas Revolucionarias y sus cuadros dirigentes asumieron un papel protagónico en la vida del país y en la economía, que se ha mantenido hasta la actualidad e incluso se ha fortalecido.

 

El tránsito de la sovietización a la supervivencia del régimen estuvo jalonado por una serie de eventos y circunstancias que se presentan a continuación.

 

·         El Sistema de Dirección y Planificación de la Economía

 

Desde el inicio de la década del 70, y bajo la atenta mirada de Raúl Castro, comenzó un proceso de reorganización del sistema económico y financiero del país, que alcanzó su momento cumbre con la instauración del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE) en 1976.

 

El SDPE siguió las pautas generales del modelo adoptado por la URSS después de la “desestalinización”, consistente en combinar la planificación centralizada con el empleo de discretísimos mecanismos de mercado, y con cierto nivel de descentralización de algunas decisiones económico administrativas en favor de las empresas estatales socialistas y los territorios.

 

Las decisiones en cuanto a qué producir, en qué magnitud, a qué precios, con qué salarios, o en qué, cuándo y cuánto invertir siguieron estando determinadas centralmente, mientras que la empresa recuperó el empleo de magnitudes monetarias para planificar (dentro de lo ya planificado) y controlar la producción, con más pena que gloria, a través del Cálculo Económico.

 

La Junta Central de Planificación, los Ministerios y los Comités Estatales (Estadísticas, Finanzas, Precios, Abastecimiento Técnico Material, etc.) definieron conceptos e indicadores a través de sus Bases Metodológicas, que las empresas tendrían que emplear en su práctica cotidiana. De nuevo cobró importancia la medición de la producción en magnitudes monetarias (Producción Bruta, Mercantil, Realizada) así como el cálculo y el análisis de los costes, la ganancia y la rentabilidad.

 

Según el nuevo SDPE, de la ganancia obtenida se practicarían deducciones con destino al presupuesto nacional y para atender otras obligaciones, y se dotaría de manera planificada unos fondos de estimulación económica según las regulaciones vigentes. La empresa podría disponer de dichos fondos, previa consulta con el nivel administrativo superior al cual estaba adscrita, para reinvertirlos internamente o para incentivar la productividad de los trabajadores (partiendo de normas de trabajo, salarios y recompensas definidas también de manera centralizada) combinando así los estímulos materiales y morales. Si aún quedara después de todo ello un “saldo libre” de ganancia, se aportaría también al presupuesto.

 

En la agricultura se impulsó la creación de Cooperativas de Producción Agropecuaria, constituidas por pequeños agricultores que aportarían sus tierras, animales e instrumentos de trabajo. Se trataba en realidad de seudo cooperativas, en la medida en que el Estado presionó a los campesinos para que se integraran, y exigió como requisito previo a su constitución “la correspondiente aprobación del Ministerio de la Agricultura, a propuesta de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, oído el parecer del Ministerio de la Industria Azucarera cuando procede”.[1]

 

El Estado también fijó los volúmenes de producción, los precios de los productos, y estableció la obligatoriedad por parte de las cooperativas de vender la producción comprometida a las empresas estatales de acopio, con lo cual vulneró los principios cooperativos internacionalmente reconocidos de adhesión voluntaria y abierta, de autonomía e independencia, y de gestión democrática de los socios.

 

A caballo entre las décadas del 70 y el 80 surgió el llamado “Mercado Libre Campesino” (Decreto Ley No. 66 de 1980); se autorizó el ejercicio de una serie limitada de “Actividades Laborales por Cuenta Propia” (Decreto Ley No. 14 de 1978) y se creó el denominado “Mercado Paralelo” (1983-84)

 

·         El Mercado Libre Campesino

 

Algo más de una década después de la Ofensiva Revolucionaria del 68, los pequeños agricultores propietarios de sus tierras y las Cooperativas Agropecuarias fueron autorizados a comercializar sus productos (solo la producción que excediera al plan de entrega comprometido con el estado) a unos precios más elevados, en lo que se llamó el “Mercado Libre Campesino”.

 

Ello posibilitó que la población pudiese adquirir vegetales, frutas, pollos, carne de cordero o de cerdo (no de res) fuera de la libreta de abastecimiento, y recuperar para la mesa algunos productos como la malanga o el chopo, ausentes de la misma por una larga temporada.

 

Contrastaba el surtido, la cantidad y la calidad de los productos, con el desabastecimiento crónico en la red de distribución normada, a pesar de que el estado era el propietario de alrededor del 80% de las tierras cultivables del país.

 

Con un precio en aquellos momentos iniciales, si no me falla la memoria, de 7 pesos la libra en el mercado campesino (unos 15.25 pesos el kilo) pocas familias podían permitirse el lujo de frecuentar el consumo de carne de cerdo. El salario medio mensual de Ciudad de la Habana, el más alto del país, rebasaba por escaso margen los 180 pesos incluso después de la reforma de precios y salarios del año 1981, por lo que un kilo de carne de cerdo equivaldría aproximadamente a un 8.5% de dicho salario medio mensual. Aún así, una familia de cuatro o cinco miembros en la que trabajaran al menos dos, podía darse una alegría esporádicamente y sin tener que delinquir. Era la diferencia de contar con una alternativa a la libreta de abastecimientos y al mercado negro.

 

Para que se tenga una idea más concreta de lo anterior en términos comparativos con España. Partiendo de los datos de la Encuesta Anual de Estructura Salarial del año 2009, publicada en las “Notas de Prensa” del Instituto Nacional de Estadísticas el 22 de junio de 2011, es como si un kilogramo de carne de cerdo costara en España, grosso modo, unos 159 euros.[2] Una cuota hipotecaria mensual de 600.00 euros, equivaldría a la compra de 3.77 kilos de carne de cerdo.

 

A pesar de ello, el que quisiese garantizar la adquisición de una buena pieza debía “marcar” en la cola de madrugada, porque la oferta en relación con la demanda seguía siendo totalmente insuficiente. Había otras opciones (no siempre o necesariamente más baratas) como el cordero o la gallina.

 

Además se podía completar, según las posibilidades económicas, un menú criollo con frijoles negros, arroz blanco, yuca, plátano macho verde o maduro, y una ensalada de lechuga y tomates. También se podía comprar unas naranjas agrias para adobar la carne como marca la tradición culinaria cubana, una cabeza de ajo, un par de cebollas, o un pimiento verde para los frijoles. Un verdadero festín imposible de organizar con todos los ingredientes a la vez desde hacía años. Incluso se podía comprar algo de postre: una barra de dulce de guayaba por aquí; un turrón de maní o una “raspadura” de caña de azúcar por allá. Estos productos se miraban con recelo por parte del Estado, en tanto podían representar el germen de una producción industrial capitalista.

 

·         El trabajo por cuenta propia o el renacer de las peluqueras

 

Con la autorización de un número restringido de Actividades Laborales por Cuenta Propia, ejercidas individualmente, renacieron las peluqueras, las costureras, los sastres, los mecánicos, los electricistas, los albañiles o los plomeros (fontaneros). Se autorizó también la construcción y la reparación de viviendas particulares por medios propios.

 

No era fácil encontrar los materiales o las piezas de recambio necesarias, supuestamente disponibles de manera irregular e insuficiente en los llamados Rastros del Pueblo (el propio término sugiere algo residual, marginal), pero el cubano inventaba, innovaba, resolvía creativamente, lo que traducido significa que le robaba al Estado todo cuanto podía.

 

Surgieron las ferias y los mercados de artesanía, como el que funcionaba con gran éxito los sábados en la Plaza de la Catedral en la Habana Vieja. Concebido en principio como un espacio donde los artesanos expondrían y venderían sus obras artísticas, terminó convirtiéndose en un laboratorio de experimentación en pequeña escala de lo que puede lograr el desarrollo de la iniciativa privada.

 

La Plaza de la Catedral se erigió en el centro de la moda de los jóvenes habaneros. Los artesanos que trabajaban el cuero competían entre sí para ofrecer un surtido de piezas que iban desde cinturones y bolsos de piel, hasta las sandalias conocidas como “guaraches”, popularizadas por los exiliados chilenos que buscaron refugio en Cuba en 1973 antes de marcharse masiva y jubilosamente a Suecia, Francia o México, confeccionadas con suelas de neumáticos de coche o camión, pero con una cantidad casi ilimitada de modelos y diseños cerrados y abiertos, con tiras entre los dedos, con talón o sin él, con cordones para atarlos a las pantorrillas como los coturnos romanos, y que vinieron a aliviar en alguna medida el problema del calzado, en particular de una población joven que además nunca había tenido hasta entonces la ocasión de escoger y encontrar su gusto entre una gama de productos.

 

Se vendían blusas, camisas y faldas largas, muy de moda entonces, elaboradas con lienzo de algodón natural o teñido, decoradas con círculos concéntricos formados por el procedimiento de amarrar la tela en varios puntos con cintas o cordeles antes de sumergirla en el tinte; con bordados, con figuras de estambre multicolor de clara inspiración étnica, al igual que los ponchos, también herencia chilena. Los diseños y las técnicas de fabricación empleadas se renovaban y mejoraban constantemente. La gente demandaba diferenciación y exclusividad, y la obtenía.

 

También se producían y comercializaban cientos de artículos de bisutería, de adorno y de utensilios prácticos para el hogar, desde moldes para hacer los bocadillos conocidos como “discos voladores”, hasta tablas con cuchillas regulables en altura para cortar patatas y plátanos.

 

La técnica del “Macramé” (definida como el arte de hacer nudos decorativos) causó auténtico furor, y hasta la Federación de Mujeres Cubanas organizó cursos para facilitar su aprendizaje. Se empleaban fibras de algodón y yute para trenzar maceteros, bolsos y cenefas para adornar telas, pulseras, posavasos, tapetes, salvamanteles y un largo etcétera. Se confeccionaban cortinas y tapices con el empleo combinado de trozos de madera, bambú o caracolas.

 

Se vendían pequeñas vidrieras decorativas y lámparas Art Nouveau que “rivalizaban” con las Tiffany. Una amiga las hacía con los vidrios opalinos de las mamparas y con los restos de los vitrales que encontraba rastreando entre los escombros de los derrumbes y demoliciones de la Habana Vieja.

 

También se podían adquirir figuras y esculturas de madera y de barro de todos los tamaños; macetas, vasijas y platos decorativos. Los pintores y dibujantes exhibían y vendían sus cuadros y dibujos realizados con diferentes técnicas.

 

Entre esos artistas había uno que no destacaba de manera particular a primera vista, a menos que se supiese quién era. Rondaba los cuarenta y tantos años, era delgado, atlético, canoso y con grandes entradas. Solía situarse con una silla y una sombrilla de playa para protegerse del sol, de espaldas al muro bajo que rodea la explanada que da entrada a la Catedral. Le recuerdo con pantalón corto y una camiseta de camuflaje, exhibiendo sus cuadros y conversando afablemente con posibles compradores y paseantes. Se trataba del Coronel de Tropas Especiales Antonio “Tony” de la Guardia Font.

 

La liberalización de la iniciativa privada, aunque fuese en pequeñísima escala y asediada por todo tipo de restricciones, reveló el enorme potencial creativo latente en la población. Al margen de lo buenas o malas que fueran las cifras macroeconómicas, la grey habanera tenía acceso mínimamente por primera vez en muchos años a una gama de productos y servicios que le facilitaban la vida, o que simplemente ponían una nota de color en su árida existencia, de una calidad más que aceptable, de producción nacional, y que rompían con la fealdad uniforme y el maltrato gratuito a que les condenaba permanentemente la red de distribución estatal. Además, esa experiencia demostró lo que eran capaces de hacer los cubanos residentes en la isla cuando los estímulos eran los adecuados.

 

·         La desigual batalla del Comandante contra pitirres y adoquines

 

Pero el Comandante sabía que la pequeña producción privada genera “capitalismo” de manera espontánea[3], y que ello constituye un problema político que hay que atajar, un virus devastador para el socialismo y para el sometimiento del individuo al poder. También tenía ya la suficiente experiencia como para saber que la “oferta” socialista no podría competir jamás con el mercado, e insistió por ello en la necesidad de fomentar la conciencia comunista (defendida ardientemente por Che Guevara) como vía para garantizar la aceptación de las carencias, para sustituir el consumo material por el consumo ideológico, y para institucionalizar una especie de voto de pobreza impuesto que impediría que “la masa” accediese a la condición de sujetos de derecho, de verdaderos ciudadanos libres.

 

Fidel Castro también era consciente en ese momento del pulso al que lo estaban retando los “reformadores” del SDPE, y la emprendió contra los mecanismos de mercado que pretendían dinamizar la economía y aliviar la escasez.

 

El 17 de marzo y el 1 de abril de 1982 se llevan a cabo por la Policía Nacional Revolucionaria las operaciones denominadas “Pitirre [4] en el Alambre” y “Adoquín”, dirigidas contra el afán de lucro y los especuladores del Mercado Libre Campesino y de la Plaza de la Catedral respectivamente. Así justificaba el Comandante ambas redadas, apenas unos días después, en el discurso que pronunciara en la clausura del IV Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas en el Teatro Karl Marx, el 4 de abril:

 

“… otra de las iniciativas sobre las cuales se crearon actividades especulativas y de lucro fue alrededor de los mercados campesinos, ¿comprenden? Una fórmula capitalista, porque esa fórmula es capitalista, que toma en cuenta el hecho de que existen todavía muchos agricultores individuales, considerándose que había cierto trapicheo, y en busca de las posibilidades de algunas producciones marginales que el Estado, las grandes empresas agrícolas especializadas, no suelen producir, o para llevar un poco más de mercancías al mercado, esa que se contrabandeaba o se consumía, o para lograr un poquito más de esfuerzo de esos campesinos individuales, y por ello se autorizaron tales mercados.

 

Bueno, inmediatamente una plaga de intermediarios empezó a crearse alrededor de eso, una plaga de intermediarios, que no producían nada, y compraban y acaparaban productos que en muchos casos los campesinos debían haber vendido a acopio para su normal distribución. Había un sujeto que tenía 50 000 plátanos. Ah, 50 000 plátanos en un almacén, ah, en el almacén de un militante —cosa curiosa—, nos corrompen al militante, 50 000 plátanos que habían sido trasladados desde Holguín. ¿Cuánto dinero ganaba ese hombre vendiendo un plátano a 80 centavos en unos días? Esos son los que después quieren comprar hasta el teatro "Carlos Marx" (RISAS), y si no pueden comprar el teatro tratan de comprar al administrador del teatro.

 

Existe el Mercado Libre Campesino, es una concesión por determinadas necesidades. Tendremos que abordarlo, cuando discutamos con los campesinos ese problema… Admitimos que siga el mercado libre, ajustándose estrictamente a las regulaciones establecidas… pero bien arreglados estaríamos si distribuyéramos la carne a base de precio aquí, porque el burgués nuevo ese la compra toda y el trabajador no puede comprar ninguna. Porque si la carne aquí se pone por la libre haciendo como hacen por allá por Europa que usted la pone a 10 pesos la libra, se acabó el racionamiento, sobra carne, sobra...

 

Alrededor de la Placita (se refiere a la Plaza de la Catedral de La Habana) que fue una actividad de Cultura, ocurrieron también irregularidades. Ya antes de eso había empezado a proliferar el comercio individual, cuando se autorizan actividades por cuenta propia y ya en cada esquina algunos querían poner un timbiriche. Se dijo que no, artesanos vendan producciones individuales, pero véndanlas al Estado, que el Estado las comercialice… Porque siempre falta algo, aunque sea un palillo de dientes o un imperdible de esos... ¿Cómo le llaman a este de la ropa, al palillo ese de colgar las sábanas? (RISAS)

 

Algo siempre falta, desgraciadamente. Ahora, ¿cómo debemos resolverlo? ¿Por la vía capitalista? Yo creo que la solución de eso está en las empresas locales, fórmulas socialistas, no tiene que ser centralizado, ni producto de la planificación nacional, sino de la iniciativa de los poderes populares: voy a poner una fábrica de palillos de estos de colgar la ropa, o de percheros, porque no hay percheros; y no que descubre un tipo que no hay percheros, los fabrica, los vende en la esquina, y los vende a diez veces lo que vale un perchero, y ese tipo gane diez veces lo que gana un obrero, y hasta incluso deja el trabajo en una fábrica o centro de servicios para ir a hacer percheros. Eso realmente no le conviene a nadie. Fórmula socialista, las empresas locales para resolver todos esos problemas, y no fórmulas capitalistas.

 

Se suponía que la plaza famosa estaba circunscrita a artesanos de verdad, a artistas, trabajos artísticos; pero inmediatamente empezaron a proliferar los burgueses, los neoburgueses, y compra por allí, roba por allá, compra piel por acá y a hacer unas zapatillas, las zapatillas famosas de los 50 pesos. Y empezó a desarrollarse alrededor de eso un neocapitalismo. Experiencia muy interesante.

 

Nadie piensa atentar contra la sacrosanta Placita, pero que sean artistas de verdad y artesanos de verdad. Y si cobran muy caro, al Estado no le quedará más remedio que poner un buen impuesto también para captar las ganancias excesivas, porque no es razonable eso... Estas son manifestaciones capitalistas, son burguesas, son antisocialistas, son anticomunistas, son antiinternacionalistas, y promueven la corrupción...

 

Fiel al más puro espíritu del mercantilismo de los siglos XVII y XVIII, para el Comandante solo el comercio exterior ejercido por “funcionarios al servicio de la Corona” goza de reconocimiento y prestigio. Los “intermediarios” que ponen en contacto a los productores con los consumidores finales en un mercado interno son, por definición, “especuladores” de la peor calaña.

 

Si alguien se roba 50,000 plátanos o emplea un recurso ajeno bajo su custodia en su propio beneficio, júzguelo y condénelo, pero no confunda torticeramente la gimnasia con la magnesia.

 

Son los mismos argumentos falaces y absurdos que justificaron en 1968 la Segunda Ofensiva Revolucionaria. Es la misma defensa a ultranza de la distribución igualitaria como paradigma de la “justicia social”, del Estado como único y sabio productor/proveedor de bienes y servicios, que finalmente logra eliminar “la explotación del hombre por el hombre”, transformándola en “la explotación del hombre por el Estado Socialista”.

 

Es, ante la evidencia de la validez del mercado, el mismo razonamiento del marido engañado que sorprende a su mujer con otro hombre en el sofá de su casa, y decide tirar el sofá para resolver el problema.

 

La mención a la “sacrosanta placita” es una seria advertencia a los tecnócratas promotores de las iniciativas de mercado y de las actividades por cuenta propia, en cuanto a que ese no es el camino bendecido por el Máximo Líder. Es también una llamada al orden al Ministerio de Cultura, al Fondo de Bienes Culturales y a su presidenta, Nisia Agüero, para que ejerzan el control requerido sobre los artesanos y artistas.

 

Es el fin de una iniciativa que despertó los deseos de realizar y de realizarse de muchas personas, que logró que muchos pudieran volver a ilusionarse con algo tan sencillo como decorar un rincón de su casa o comprarse unas sandalias.

 

Las operaciones “Pitirre en el Alambre” y “Adoquín” tuvieron además su fundamento en la persecución del delito, como si el robo al Estado y la bolsa negra no fuesen el complemento necesario y habitual de la escasez totalitaria.

 

Los artesanos y productores no podían justificar el origen de todos los materiales, o incluso de las herramientas con los que trabajaban y/o elaboraban sus productos. Ese fue el motivo esgrimido para detenerlos y posteriormente encarcelarlos durante meses o años, en función de la naturaleza y la cantidad del material incautado.

 

Mi amiga la de las lámparas podía justificar el vidrio con sus incursiones a los edificios en ruina, pero no podía justificar los materiales que utilizaba para unir entre si las piezas de cristal.

 

Otro amigo y vecino pudo justificar mediante facturas el material principal con el que fabricaba sus bolsos, pero no así los remaches de metal, el hilo de coser, las cremalleras, o la tela de los forros con los que les daba el acabado. De haber existido un sitio donde comprarlos legalmente, no habría que tenido que recurrir a un mercado negro obviamente más caro.

 

Muchos tenían sus correspondientes licencias y pagaban sus impuestos, pero al final comprendieron (demasiado tarde y a un altísimo coste) que estaban atrapados en la estructura de corrupción creada por el propio sistema, que ahora este utilizaba para sancionarlos cuando, desde el punto de vista político, lo estimó conveniente.

 

¿Por qué el gobierno no garantizó la venta legal de la totalidad de las materias primas y materiales que necesitaban los productores y artesanos, [5] sobre todo teniendo en cuenta que en rigor no existía en el país un mercado como tal, sino un “sistema de abastecimiento técnico material”, impidiendo así el desvío de recursos y facilitando la labor de aquellos?

 

En realidad la vista gorda del Estado fue desde un principio una bala en la recámara preparada para dar el tiro de gracia a una actividad que el Comandante siempre consideró políticamente peligrosa, no solo porque “generara capitalismo de manera espontánea” y demostrara la superioridad de la iniciativa privada, sino fundamentalmente porque desafiaba su poder personal. Como siempre, él se adelantó un par de jugadas a sus adversarios.

  

Todo el mundo continúa participando 53 años después del arribo al poder de la camarilla gobernante de la misma farsa, y compra artículos que sabe claramente que han sido sustraídos en alguna parte. Un conocido que cuando yo estaba en Cuba vendía “productos agrícolas a domicilio”, me contó una vez una anécdota muy simpática.

 

Entre sus clientes habituales estaba la mujer de un Teniente Coronel del ejército, y en alguna que otra ocasión éste en persona le abrió la puerta. Conociéndole, y nada más verlo, el oficial le decía imperativa y atropelladamente: - ¡No me diga nada, ni una sola palabra, no quiero saber nada!... ¡Marilú (gritaba el nombre de la mujer) te buscan aquí!- y se escabullía a toda velocidad para no incurrir en una grave “debilidad ideológica”, o convertirse en cómplice declarado de un delito de receptación, aunque después degustara los “frutos prohibidos” junto al resto de su familia en la mesa.

 

·         El Supermercado Centro y otras alegrías.

 

Las alternativas socialistas al Mercado Libre Campesino y al desarrollo de las actividades por cuenta propia, fueron el Mercado Paralelo y las Empresas Locales del Poder Popular. En el primer caso se trataba de un conjunto de establecimientos comerciales, una cadena de tiendas denominada “Amistad”, en la que se vendían diversos productos producidos por las empresas estatales y/o importados de los países socialistas, que incluían desde alimentos frescos hasta artículos de perfumería, y a un precio muy superior al de los productos subvencionados que se distribuían a través de la Libreta de Abastecimientos, y de la Libreta de Productos Industriales. Dichos precios se establecían centralizadamente, y no estaban sujetos a los cambios en la oferta y la demanda.

 

Ya desde la segunda mitad de los 70´, con el nuevo SDPE, había comenzado la práctica de “liberar” algunos productos alimenticios de la red de distribución, como el pan, los huevos, la leche y algunos de sus derivados como el queso crema o el yogurt, y esporádicamente algunos productos agrícolas.

 

La primera vez que pude comprarme un litro de leche “por la libre” a 80 centavos, me senté en el portal de un edificio próximo al establecimiento donde lo adquirí para “paladearlo mejor”, como diría el Lobo-Abuela de la Caperucita Roja. Lo mismo hice en su momento con el Jamón York, “liberado” al precio de 6 pesos la libra (13 pesos el kilo) Ambas cosas no era posible hacerlas desde principios de los 60´.

  

Las Empresas Locales del Poder Popular por su parte producían algunos productos de naturaleza industrial como muebles y utensilios para el hogar, con un escaso surtido, con una pésima calidad y terminación, también a un precio más elevado, y prestaban servicios diversos, desde albañilería o fontanería hasta la reparación de calzado, electrodomésticos, colchones o relojes.

 

En ambos casos, el objetivo declarado era que la elaboración y venta de dichos productos o servicios no normados constituyese un estímulo para el sobrecumplimiento de las metas productivas. Ello impulsaría a los trabajadores a trabajar más para ganar más de acuerdo con la política de incentivos materiales vigente (a cada cual según su trabajo, de cada cual según su capacidad era teóricamente la fórmula socialista de distribución) y las empresas verían recompensados sus esfuerzos con una mayor ganancia y rentabilidad. En definitiva, la manifestación de las relaciones monetario mercantiles en el socialismo.

 

Pero ambos instrumentos competían en realidad con un mercado negro dominado en un principio por el trueque, [6] que había estado funcionando como el auténtico y único mercado durante décadas, con una fuerte inflación, y del que dependía en buena medida la población para satisfacer sus necesidades. Todo ello encubierto por la aparente cobertura protectora de la Libreta de Abastecimientos y la estabilidad de los precios en la superficie del sistema, fruto de decisiones políticas que nada tenían que ver con las oscilaciones de la oferta o la demanda.

 

Creo recordar que fue en diciembre de 1983 que abrió sus puertas el “Mercado Centro”, el buque insignia de las tiendas “Amistad”, en las instalaciones donde años antes estuviese ubicada Sears (Sears, Roebuck & Co.), una de las mejores tiendas por departamentos de La Habana junto con El Encanto, Fin de Siglo, La Época o Flogar.

 

Dentro del Mercado Paralelo era la única tienda de sus características en la ciudad, con una población ya entonces cercana a los dos millones de habitantes, [7] por lo que a pesar de los precios las colas eran de cuatro horas como mínimo. Pero una vez dentro del recinto, la inusual variedad del surtido, la organización y presentación de las mercancías o el fuerte aire acondicionado evocaban otras épocas.

 

Reaparecieron productos y marcas “de antes” [8] como las cervezas Cristal, Hatuey y Tropical (que además recuperaron sus etiquetas), así como los rones tradicionales como el Matusalén, el Paticruzado o el Arechabala, junto a añejas marcas del siglo XIX rescatadas para la comercialización internacional por la revolución, como el Havana Club.

 

Resucitó el chocolate granulado “Milo” con otro nombre más propio de un medicamento, Alimento Tónico Fortificante, producido en la misma fábrica que perteneció en su día a la firma Nestlé, rebautizada ahora como Dietéticos Bayamo. El mismo chocolate que en mi infancia temprana solía mezclar con leche condensada y degustar lentamente, en cucharaditas calculadamente avaras, mientras veía en la televisión a Superman, al Investigador Submarino, las Aventuras de Rin Tin Tin y el Cabo Rusty, a Batman, o al Llanero Solitario con su inseparable amigo el Indio Toro.

 

Retornaron los zumos de frutas tropicales, ahora bajo la marca “Taoro”, y las barras de guayaba o los dulces en conserva “Conchita”. Volvieron los “Peter” (ya no se llamaban Peter´s, pero eran esencialmente las mismas tabletas de chocolate con leche de esa marca) las Africanas (barritas de crujiente bizcocho bañadas en chocolate, envueltas en papel de aluminio, que también se podían adquirir tras épicas y tumultuosas contiendas en los dos Zoológicos, en el Acuario y en el Parque Almendares) las galletas de chocolate con crema, o los Cakes Helados (tartas heladas) hasta entonces patrimonio exclusivo (y no siempre disponible) de “la Ward”, la famosa heladería habanera de la calle Santa Catalina.

 

En el Mercado Centro había lugar hasta para algunas exquisiteces. Era posible comprar quesos de producción nacional de distintos tipos (Gorgonzola, Cheedar, Camembert, Gouda, Emmenthal, Gruyére, o Roquefort), y se podían adquirir excelentes vinos de importación, los famosos Sangre de Toro y Tokay procedentes de Hungría, o el búlgaro Mélnik.

En otros establecimientos dispersos por La Habana había zapatos “por la libre” (a 130 pesos el par, equivalente casi al doble de un salario mínimo) y algo de ropa, con un diseño y calidad más o menos aceptables.

 

Se podía escoger entre dos tipos de shampoo, o entre un desodorante spray y un roll-on búlgaro, polaco o de producción nacional, este último de la marca “Suchel”. El perfume Moscú Rojo rivalizaba con el Coral Negro, demostrando que había vida más allá de las colonias Fiesta y Bebito.

 

Se podían comprar equipamientos para el hogar y efectos electrodomésticos paralelamente al Plan CTC (un sistema de asignación de derecho a compra de ciertos artículos por méritos laborales a través del sindicato) por primera vez en un cuarto de siglo, a plazos y sin necesidad de ser “Vanguardia Nacional del Trabajo”: refrigeradores, cocinas de gas con horno o sin él, y ollas de presión de producción nacional de la marca Input; ventiladores Órbita, lavadoras Aurika 80, televisores “Krim 218”, aparatos de radio VEF, Meridian o Sokol, y hasta aires acondicionados soviéticos BK 2500.

 

Aunque los precios eran absolutamente desproporcionados en comparación con los salarios, y no existía una gama intermedia entre la Libreta de Abastecimientos y el Mercado Paralelo, el saber que esas cosas estaban ahí (y la esperanza de que algún día aumentara la oferta en cantidad y calidad) proporcionaba tranquilidad y, por qué no, una cierta sensación de logro. Parecía que el socialismo, al fin, empezaba tímidamente a dar algunos frutos.

 

·         Los “éxitos” de la economía socialista

 

Pero esto era un espejismo, y no solo por el hecho de que la oferta era absolutamente insuficiente, o porque este “florecimiento” feneció en apenas tres años. Los problemas de la economía cubana (con sus peculiaridades) ya entonces eran estructurales e insalvables como en el resto de los países socialistas.

 

Como señala el académico cubano Carmelo Mesa-Lago, [9] en 1988 los pequeños propietarios privados controlaban solamente el 8% de la tierra cultivable, y las cooperativas un 12%, lo que significa que el 80% restante estaba en manos del Estado.

Pero ese reducido porcentaje de pequeños propietarios privados tenían un peso descomunal en la producción global de productos agrícolas como las judías (85%), el tabaco (74%), las verduras (67%), o los plátanos (52%), por citar algunos ejemplos. Evidentemente la propiedad privada estimulaba el cultivo intensivo de la tierra.

 

A pesar de ello Fidel Castro estaba decidido a convertir el mayor número posible de granjas privadas en cooperativas, por considerar a estas últimas una forma socializada de propiedad, un paso de avance hacia la estatalización definitiva, que facilitaba en mayor medida el control por parte del Estado tanto sobre la producción, como sobre la comercialización.

 

Entre 1981 y 1983 se produjo una ofensiva en esta dirección, que trajo como resultado que el número de cooperativas de producción agrícola se elevara a la cifra record de 1,472 entidades, que empleaban un total de 82,611 socios y trabajadores.

 

Pero ello trajo aparejado también una notable reducción de la eficiencia de las mismas. Entre 1981 y 1985 los costes de producción de las cooperativas se incrementaron en un 28%. El análisis del aprovechamiento de la jornada laboral arrojaba que los trabajadores trabajaban solo entre cuatro y cinco horas diarias. Los rendimientos agrícolas fueron bajos en aquellas cosechas en las que los agricultores privados tuvieron éxito, y el número de cooperativas no rentables aumentó desde un 11% hasta un 30%.

 

Cuando se produce la abolición de los mercados campesinos en mayo de 1986, ya había decrecido el número de cooperativas y de sus socios trabajadores, que retornaron hacia la producción privada.

 

Por su parte el profesor cubano Manuel García Díaz [10] (quien fuera Vicepresidente de la Junta Central de Planificación hasta mediados de los 80), califica de “dramática” la reducción de manera sostenida de la productividad del capital en la agricultura estatal, y señala este hecho como “uno de los mayores fracasos de la política económica castrista”.

 

En 1960, por cada peso de capital invertido en el sector se obtenía un peso con 17 centavos de productos. En 1985 la productividad del capital era ligeramente inferior a 20 centavos, y en 1989, por cada peso invertido sólo se obtenían 17 centavos de productos, siete veces menos que en 1960.

 

Las inversiones brutas en el sector agrícola entre 1960 y 1989 fueron de casi 15 mil millones de pesos, sin incluir las obras hidráulicas. Ello representa unos 17 mil pesos de inversión bruta por trabajador, y sin embargo “la productividad neta se redujo un 10%, y por unidad de capital un 85%”, lo que contradice la lógica económica más elemental.

 

En términos de producción física la situación no era diferente. Los rendimientos por hectáreas de los principales productos (tubérculos, hortalizas, plátanos, cereales y leguminosas) experimentaron un comportamiento inestable, con una clara tendencia a la disminución entre 1970 y 1988, después de una recuperación parcial a partir del desastre que representó el guevarismo entre 1966 y 1970. [11]

 

Para colmo, en muchas ocasiones los productos cosechados se perdían en el campo porque el transporte de acopio no llegaba a tiempo. Cuantos conservamos aún en la memoria la visión, por poner un ejemplo, de cientos de cajas de tomates podridos apiladas en las cunetas, que nunca llegarían a la red de distribución aunque computaran (eso si) como datos de producción.

 

Los cubanos nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a ese pequeño ejército de unos 10,000 transportistas privados de mercancías y personas, que atenuaron en parte la ineficiencia del sistema de abastecimiento, y que lograron (“con su afán de lucro” y sus viejas máquinas) que la pérdida de productos agrícolas no fuera mayor de lo que fue. Recuerdo en especial un viejo camión Mack que sería de la época de la 1ª Guerra Mundial, con su distribución de cadena y arranque con manivela, que llegaba renqueante pero triunfal con su estiba de sacos de patatas a las bodegas del barrio.

    

Sin embargo el Comandante en Jefe, haciendo gala una vez más de su tozuda negación de la realidad para salvaguardar su poder, acusó a los pequeños agricultores privados de no cumplir sus compromisos de entrega de producción al estado, de no pagar impuestos, de explotar al pueblo y de enriquecerse a su costa con los elevados precios de sus productos. De hacer ostentación de su afán de lucro y de su condición de nuevos ricos comprando automóviles (“flamantes” coches americanos de los años 40 y 50 sin piezas de repuesto), de adquirir productos compulsivamente en el Mercado Paralelo (una suerte de frenesí alimentario similar al de los tiburones), de frecuentar los restaurantes y lugares de ocio, privando al parecer con ello de ese derecho a los “trabajadores”, y generando unas desigualdades impropias de una sociedad socialista.

 

Las empresas estatales intentaron durante un tiempo sustituir el vacío dejado por la supresión del Mercado Campesino, pero sin éxito.

 

Otro resultado significativo que avala la liberación de la iniciativa privada es la construcción de viviendas por cuenta propia, según señala Mesa-Lago en el trabajo citado:

 

“También en la primera mitad del decenio del ochenta el relajamiento de la construcción y venta de las viviendas privadas, combinadas con la autorización para el trabajo autónomo y el más fácil acceso a los materiales de construcción, promovieron el boom más grande de la construcción de viviendas durante la Revolución: de las 398.000 viviendas levantadas durante el período 1981-86, 252.300 (el 63 por 100) fueron construidas por la población privadamente; si se excluyen las casas sin certificados de habitabilidad, de un total de 336.091 viviendas, 190.391 (el 57 por 100) eran privadas. Esta última cifra equivale a TODAS las viviendas construidas entre 1967 y 1980, mientras que la cifra más alta de construcción privada, 252.300 viviendas, representa el 85 por 100 de todas las levantadas entre 1959 y 1980”.

 

El problema de la productividad del capital [12] no se circunscribe exclusivamente al sector de la agricultura. A pesar de la enorme inversión realizada en el período comprendido entre los años 1960 y 1989 de casi 30 mil millones de pesos (netos) en todos los sectores de la esfera productiva, “la productividad del capital se redujo de 59 centavos por peso de capital a 39, es decir, decreció un 34%, a una tasa media anual de 1,4%” lo que acarreó “el incremento irracional del coste de producción”.

 

En la industria en particular, la tendencia (excepto entre 1968 y 1970) fue positiva hasta 1975, año en que comenzó a descender hasta alcanzar en 1989 (dos años antes de la desaparición de la Unión Soviética) un valor similar al de 1960.

 

Los problemas de las empresas se repetían con una regularidad que deja pocas dudas acerca del carácter sistémico de los mismos.

 

Mis alumnos de la asignatura Análisis Económico, en la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana, hacían prácticas en las empresas y debían elaborar un trabajo de curso consistente en un diagnóstico de la situación de las mismas, y una propuesta de acciones para resolver las dificultades detectadas.

 

Un resultado típico coincidía en un 90% con los hallazgos en cualquiera de ellas, desde los incumplimientos productivos o la ineficiencia de los factores, hasta las goteras en los almacenes producto del mal estado de los techos.

 

En los Activos de Rentabilidad, unos procesos de análisis de los costes y de la eficiencia en general que tuvieron lugar en cientos de empresas de todo el país en 1981/82 y en los cuales participé, la situación reflejada era la misma. Plantillas de trabajadores “infladas” o sobredimensionadas, absentismo galopante y desaprovechamiento de la jornada laboral, en algunos casos por debajo del 50%.

 

Existencia de decenas de miles de normas de trabajo que facilitaban un sobrecumplimiento demasiado elevado, con el consiguiente sobre gasto salarial por el pago de primas inmerecidas, el crecimiento proporcionalmente mayor del salario medio con respecto a la productividad, y el incremento por ello del coste por peso de producción.

 

El incumplimiento reiterado de las normas de consumo como resultado de la centralización de los criterios de asignación técnico material, de la sustitución forzosa de insumos deficitarios o inexistentes, del robo, o de las demoras en el abastecimiento debido al mal funcionamiento de la llamada “Cadena Puerto-Transporte-Economía Interna”, mucho antes de que comenzaran a fallar o desaparecieran las importaciones procedentes de la URSS y el Campo Socialista.

 

Muchos cubanos recordarán las improvisadas áreas de almacenamiento aledañas a los puertos en las que se amontonaban durante meses (y años en los casos más graves) desde contenedores con materias primas, hasta vehículos, tractores y maquinaria pesada, oxidándose a la intemperie.

 

Las empresas, conociendo esta situación, acaparaban todo lo que podían e inmovilizaban cuantiosos recursos materiales y financieros en forma de equipos, materias primas, partes o piezas en sus almacenes (en muchísimos casos, espacios insuficientes, mal acondicionados y adaptados,  o totalmente inapropiados para tal fin).

 

Cuando comenzó el proceso de “autofagia” en 1987-88, recuerdo que un vecino y funcionario de la Delegación Provincial de Ciudad de la Habana del Ministerio de Comercio Interior me comentó que en un determinado mes, la distribución de la cuota normada de jabón de lavar de la población del territorio se hizo con los stocks retirados de las empresas. Por aquel entonces también se organizaron unas ferias para la venta de “Productos Ociosos” procedentes de dichos inventarios.

 

Era común la subutilización de la capacidad disponible de los bienes de capital y la disminución de la productividad o el rendimiento de los mismos, lo que también contribuía al incremento de los costes.

 

A pesar de las enormes inversiones ya comentadas, las ramas de actividad y empresas menos favorecidas acumulaban una obsolescencia técnica y económica considerable.

Las inversiones nuevas se priorizaban en general con respecto a las de reposición por su mayor efecto propagandístico y político.

 

Dentro de la misma empresa convivían e intentaban armonizarse en precario equilibrio un parque de maquinarias de todas las “eras tecnológicas” (algunas centenarias, según el sector de actividad) sin un mantenimiento adecuado, lo que provocaba interrupciones frecuentes del flujo productivo por roturas.

 

El “canibalismo” de piezas para mantener funcionando un equipo a expensas de otro era una práctica habitual. Los edificios, instalaciones e infraestructuras tampoco recibían mantenimiento, o este era totalmente insuficiente de acuerdo con las necesidades reales. 

El consumo energético era enorme como consecuencia del despilfarro y de la obsolescencia tecnológica, tanto del equipamiento anterior a la revolución como de los equipos y maquinarias soviéticas, en particular del parque automotor.

 

La burocratización estaba muy extendida, pero al propio tiempo (y en principio contradictoriamente) el descontrol era generalizado. Las empresas no sabían a ciencia cierta qué guardaban en sus almacenes o en qué estado estaba lo que guardaban, y en muchas ocasiones no controlaban siquiera el número o la situación de sus equipos.

 

A cada rato aparecían medios de transporte o maquinaria pesada empleada en la construcción y en la agricultura, abandonados en los lugares más increíbles, y aparentemente sin dueño.

 

Recuerdo el caso de un tractor (o quizás era una cosechadora KTP1) que “apareció” como si fuera un OVNI en medio de un campo de caña que estaba siendo cortado. Allí había permanecido como mínimo desde la recolección anterior, y habría sido “testigo” del proceso de crecimiento de la nueva plantación sin que nadie le echara en falta.

 

No hay ni que decir que la calidad de la información primaria que alimentaba al descomunal y carísimo sistema de estadísticas continuas con el que contaba el país, carecía de toda credibilidad y valor de análisis. Esto lo sabe cualquiera que haya trabajado en la actividad de administración en cualquier empresa cubana.

 

De aquí que el crecimiento o el decrecimiento en términos absolutos o relativos del Producto Social Global (o del Producto Interior Bruto calculado por diversos analistas de la realidad cubana a efectos comparativos) no pasa de ser una magnitud testimonial.

 

El indicador más importante, el que nadie incumplía (sobre el papel, claro está) sin una buena razón, era la ejecución en valor del Plan de Producción, en concreto de la Producción Bruta y la Mercantil. La Realizada (es decir, la “vendida y cobrada”) era harina de otro costal. [13]

 

Un plan que iba descendiendo por la estructura desde el nivel nacional, sectorial y ramal hasta la empresa en forma de “cifras directivas”, aunque en teoría el proceso de planificación era ascendente.

 

Un plan sobre el que la empresa tenía poco que decir, salvo que se comprometía a sobrecumplirlo “henchida de fervor revolucionario, creciéndose ante las dificultades” en épicas batallas productivas.

 

Un plan que no contaba con ningún mecanismo de autorregulación de mercado, que no tenía en cuenta las necesidades, gustos o preferencias de los usuarios finales de unos productos o servicios que, por ello, no tenían un reconocimiento social.

 

Un plan que no consideraba el impacto de una estructura aberrante de costes y de unos precios definidos caprichosamente, sobre los resultados económico financieros de la entidad.

 

Un plan que, mientras mayor era su cumplimiento, mayor era su efecto pernicioso sobre la economía a todos los niveles.

 

Un plan condenado al fracaso por su propio diseño y concepción, por la ineficacia de un sistema condicionado por criterios estrictamente políticos, dirigido a través de consignas, y lastrado por los delirios megalómanos y por los caprichos del Comandante en Jefe.

 

No había materiales para arreglar las viviendas de un país que se caía a pedazos, pero se enviaban decenas de miles de toneladas de cemento (nacional e importado) para construir un aeropuerto en la isla de Granada, considerado imprescindible por el Comandante para la extensión de la subversión, y para otros menesteres “menos nobles”.

 

Un funcionario ya fallecido (a la sazón con rango de viceministro, y con el que yo mantenía una discreta y limitada confianza política) me comentó en una ocasión que nadie era capaz de imaginar hasta qué grado llegaba la intromisión de Fidel Castro en cualquier aspecto de la economía del país, al punto de confeccionar personalmente balances de productos a nivel nacional, determinando las necesidades a cubrir, el volumen a producir, o las cantidades y las fuentes de importación según sus criterios particulares, y usualmente erróneos.

 

En una empresa de productos lácteos en la que estuve trabajando como consultor contaban la siguiente anécdota. Un verano el Comandante tomó la decisión de producir helados con sabor a frutas para saciar la sed de los habaneros en las playas. Ordenó que hicieran una muestra. Se la dieron a probar y comentó que estaba muy dulce. En una segunda ocasión estaba muy ácida. Cuando finalmente le dieron a probar la que le satisfizo, dijo: - Muy bien, hagan 20 toneladas. Así, sin anestesia. No sé hasta qué punto es cierto, pero se comentaba según me recordó un amigo recientemente, que el sabor “Naranja Piña” era una invención suya.

 

En otra empresa, esta vez en Cienfuegos, el jefe de producción nos estaba mostrando a un grupo de consultores las piezas de carne que se utilizaban para elaborar unas hamburguesas muy populares en aquel entonces, que se vendían en las cafeterías y en los “Soda INIT”, reconvertidos en hamburgueserías. Nos dijo que la receta (una combinación de carne y aditivos en una proporción de 60-40%) era del Comandante en Jefe, y que por esa razón habían valorado la posibilidad de denominarlas “McCastro” en su honor, en una grotesca competencia con las McDonalds (de las cuales los cubanos solo conocíamos el nombre).

 

Al menos en La Habana la gente en la calle ya les llamaba así en son de burla, por lo que me eché a reír pensando que era una broma. Pero la forma en que me miró disipó cualquier duda al respecto, y borró de mi cara el más leve rastro de sonrisa. Aquel hombre, increíblemente, estaba hablando muy en serio.

 

Culto a la personalidad en estado puro. Ya se tratara de tornillos, helados o hamburguesas, el Comandante tenía siempre la razón y la última palabra.

 

·         Las crisis “de afuera” y la crisis nuestra de cada día

 

La falsa y efímera ilusión de prosperidad que se vivió en la primera mitad de los 80, se eclipsó de manera definitiva a partir de la conjunción de tres hechos relevantes ocurridos simultáneamente en el plano nacional e internacional:

 

  • La agudización extrema del ya crónico desequilibrio del sector externo cubano.

 

  • La llamada “2ª Crisis del Petróleo” de 1980 a 1982, aunque sus efectos perdurarían en diversos países y zonas geográficas hasta 1985, y

 

  • La crisis económica y política del Campo Socialista, que desembocaría en la desaparición de éste en 1989, y de la URSS en las postrimerías de 1991.

 

La dependencia de la economía cubana del sector externo es una característica estructural distintiva del país desde que era colonia de España. Las importaciones han sido vitales para garantizar los bienes de capital, intermedios y de consumo de la población. Pero dicha dependencia no se ha comportado de la misma manera según la etapa histórica que se analice, y la balanza comercial no siempre fue deficitaria.

 

El economista español Julián Alienes [14] logró determinar que en el año 1950, cada peso de incremento del Ingreso Nacional Creado requería 50 centavos de importaciones, concluyendo que esa alta propensión marginal a la importación era una de las principales características negativas de la economía cubana de aquellos tiempos.

 

Empleando una función matemática similar a la de aquel, García Díaz llegó a la conclusión de que en el período comprendido entre 1960 y 1989, cada peso de incremento del Ingreso Nacional Creado exigió 66 centavos de importaciones.

 

En una situación como la descrita la economía estaría obligada a producir mayormente para la exportación con el objeto de obtener los recursos necesarios para pagar las importaciones, o encontrar un donante que la subvencionase sin contrapartida, o ambas cosas a la vez, como así ocurrió.

La naturaleza parasitaria de la política económica del castrismo, afincada en la conjunción de los sueños de grandeza imperial del Comandante y los objetivos geoestratégicos de la URSS, generó una economía extraordinariamente dependiente de las subvenciones y donaciones, y un nivel de endeudamiento progresivo a partir de la acumulación de créditos millonarios imposibles de pagar.

 

Evidentemente, y más en un escenario como el descrito, el incremento de las exportaciones constituye una variable decisiva para el crecimiento económico en Cuba, pero no de cualquier manera. Un problema también histórico de las exportaciones cubanas, era su excesiva dependencia del azúcar de caña y sus derivados (lo cual “resolvió” el Comandante, años después, desmantelando la industria).

 

Según los datos oficiales, en 1960 el 79,4% del volumen total de las exportaciones se correspondió con la venta de este producto. En 1975, el peso específico de este renglón alcanzó el 89,8%, gracias en lo fundamental a que los precios se multiplicaron por seis en ese período; y en 1989, representaba el 73,2% (casi las tres cuartas partes de todo lo exportado, considerando que para entonces el mercado socialista prácticamente había dejado de existir).

 

Ello evidencia que en 30 años de revolución no se modificó en lo fundamental dicha dependencia, sobre todo debido al papel que desempeñó Cuba en la división internacional socialista del trabajo como “la azucarera del CAME”. Otro logro que debemos agradecer a la decisión estratégica del Comandante de confiar el futuro del país a “la inquebrantable amistad de los pueblos hermanos”, y a la URSS en particular.

 

Pero la progresión del déficit del saldo comercial [15] (exportaciones menos importaciones) fue brutal. Entre 1975 y 1985, el déficit pasó de -160.9 a -2,035.0 millones de pesos, una cifra casi trece veces mayor. Entre 1980 y 1985 este indicador se incrementó en un 317,0%.

 

Las importaciones aumentaron un 63% más que las exportaciones entre 1960 y 1989. Mientras que en 1960 se necesitaron 26,55 centavos de importaciones para producir un peso de ingreso nacional, en 1989 la cifra creció hasta los 63,66 centavos, unas 2,4 veces más.

 

Como se puede concluir del análisis de estas magnitudes, se estableció un ciclo vicioso según el cual se importaba para exportar (exportación dependiente a su vez de dos o tres renglones básicos, constituidos mayoritariamente por productos primarios de escaso valor añadido) y mientras más se exportaba, menos quedaba para la demanda final interna (García Díaz, pág. 209).

 

El análisis de la estructura de las importaciones ayuda también a esclarecer el drama que ha representado la escasez y la contracción del consumo de la población, que al propio tiempo ha constituido un enorme factor de desestímulo para producir.

 

En el año 1958, el 39,1% de las importaciones eran bienes de consumo, el 34,1 % bienes intermedios, y el 26,8% bienes de capital. En 1975 el peso específico de los bienes de consumo dentro de la estructura anual de las importaciones representaba escasamente el 13,3%, y en 1989 solo el 10,4%, mientras los bienes intermedios alcanzaban respectivamente el 63,1% y el 66,8% en cada caso.

 

El cálculo de la propensión marginal a la importación de bienes de consumo entre 1960 y 1989, arroja que por cada peso de incremento del Ingreso Nacional Creado, la importación de bienes de consumo se incrementó solamente en 6,95 centavos (García Díaz, pág. 211-212).

 

La dramática constricción del consumo de la población era sumamente evidente para el cubano que vivía en la isla, sin necesidad de calcular ecuaciones, de determinar parámetros ni de medir la “bondad del ajuste” de los resultados obtenidos.

 

Es más, comprender el sacrificio exigido era un deber de todo revolucionario. Formaba parte del heroísmo cotidiano al que convocaba Che Guevara al Hombre Nuevo, ya fuera como justa contribución al mantenimiento de los logros de la revolución en materia de salud y educación, o en cumplimiento del sagrado deber del internacionalismo proletario.

 

Como ejemplo de esto último, en 1971 le cedimos voluntariamente una libra de azúcar de nuestra cuota de racionamiento al “hermano pueblo chileno”, que no recuperamos nunca después del golpe de estado de Augusto Pinochet.

 

No solamente se redujo al mínimo la importación de bienes de consumo, sino que lo producido nacionalmente se exportaba y quedaba totalmente fuera de nuestro alcance, siempre que tuviese oportunidad de colocarse en el mercado internacional. Desde los mariscos hasta los cítricos, el tabaco o el ron de calidad. No hablo de precios, sino de la existencia física del producto, salvo aquellos que fuesen sustraídos y vendidos (aquí si) a precio de oro en el mercado negro.

 

En una situación como la descrita, la efímera remontada del consumo a principios de los 80´ se frenó casi de inmediato, también ante las dificultades para acceder a los créditos internacionales producto de la 2ª Crisis del Petróleo, y de la contención (primero verbal, y luego progresivamente real) de la ayuda de la URSS.

 

La guerra entre Irak e Irán desata una subida abrupta y desorbitada de los precios a nivel global, acompañada de un estancamiento de la producción (la famosa estanflación), del aumento del desempleo, de fuertes caídas en la actividad industrial y en el comercio mundial, y de tasas de crecimiento negativas en muchos países.

 

La escasa disponibilidad crediticia asociada a la situación descrita se agravó en particular para Cuba, gracias a la intensa campaña desplegada por Fidel Castro contra el pago de la deuda externa del Tercer Mundo, a la que calificó de “impagable e incobrable”, y que alcanzó su punto más álgido con la realización de la ya citada reunión cumbre a la que asistieron 1,200 delegados de decenas de países, entre el 30 de julio y el 4 de agosto de 1985, en el Palacio de las Convenciones en La Habana.

 

Cuba aún entonces estaba fuertemente arropada por la URSS y el Campo Socialista, y su deuda exterior con los países capitalistas no era muy cuantiosa, por lo que el discurso político oficial con respecto a la deuda externa de los países subdesarrollados (en particular de América Latina) estaba rodeado de un halo de desinteresada solidaridad con la causa de los más pobres. Pero ya existían indicios de que la privilegiada relación con los países socialistas estaba tocando a su fin.

 

No era en modo alguno un secreto para el gobierno cubano que en la nomenclatura soviética crecía el número de voces críticas con el sostenimiento, al parecer eterno, del régimen de La Habana, sobre todo después de que la población de ese país comenzara a sufrir de manera directa en el consumo la crisis del modelo socialista y las consecuencias de la guerra de Afganistán.

 

Yuri Andrópov, consciente de la grave situación por la que atravesaba la economía soviética, se quejó durante una intervención en el Comité Central del PCUS en junio de 1983 del cuantioso gasto que implicaba el sostenimiento de sus aliados del campo socialista y del Tercer Mundo en particular, entre los cuales Cuba ocupaba un destacadísimo lugar.

 

Cualquier duda al respecto quedaría despejada posteriormente con la intervención de Mijaíl Gorbachov en el Ministerio de Asuntos Exteriores de la URSS en mayo de 1985, en una conferencia a puerta cerrada sobre cuestiones de política exterior, con la participación de los responsables del Ministerio y de los embajadores:[16]

 

“Hay que comprender que las relaciones con los países socialistas han entrado en una nueva etapa histórica. Se han terminado los tiempos en que los ayudábamos a organizar la economía, los partidos, sus instituciones políticas. Los países, los estados que ya tienen cuarenta años de desarrollo independiente… son estados adultos y no se les puede llevar de la mano al jardín de la infancia… Hay que meterse decididamente en la cabeza que los pueblos de los países que se han liberado deben construir una nueva sociedad con sus propias fuerzas. De ninguna forma hay que alentar o ceder a los ánimos de vivir de la caridad. Aquellos a los que prestamos ayuda deben saber que no damos lo que nos sobra, sino que nos lo quitamos a nosotros mismos”.

 

(continuará)

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[1] Artículo 10 de la Ley nº 36 de Cooperativas Agropecuarias de 22 de julio de 1982.

[2] Según dicha encuesta, el salario medio anual en España es de 22,511.00 euros, unos 1,876.00 euros mensuales. El 8.5% de esa cantidad mensual asciende a 159,45 euros.

[3] “La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada y más implacable de la nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía… cuya potencia consiste, no sólo en la fuerza del capital internacional… sino, además, en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción. Pues, por desgracia, ha quedado todavía en el mundo mucha pequeña producción y ésta engendra al capitalismo y a la burguesía constantemente, cada día, cada hora, por un proceso espontáneo y en masa”. Lenin, Vladimir Ilich.- “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”, Capítulo II “Una de las condiciones fundamentales del éxito de los bolcheviques”, segundo párrafo. Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1975

[4] El “Pitirre Abejero”, o “Pitirre” como se le llama a secas en Cuba, es un pájaro pequeño, de apenas unos 23 centímetros de largo y un peso no mayor de 50 gramos. Coloquialmente, la expresión “hay pitirre en el alambre” representa una advertencia de que alguien acecha, vigila o espía.

[5] Lo que queda claro es que había existencias en el país de dichas materias primas y materiales, por lo que hubiese sido totalmente factible autorizar su venta para producir artículos que el Estado no era capaz de diseñar y fabricar, cubriendo así una demanda real.

[6] Derivación natural de la distribución igualitaria según la cual a mí me correspondía la misma cuota de arroz que a usted, aunque yo no comiera arroz, y a usted la misma cuota de leche condensada que a mí, aunque usted no tomara leche.

[7] En 1976, según los datos recogidos en el documento “Población de Cuba, Provincias y Municipios 1976-2009” publicado por el Centro de Estudios de Población y Desarrollo (CEPDE, Edición 2010, Oficina Nacional de Estadísticas, Cuba) la población de la provincia Ciudad de la Habana ascendía a 1, 961,674 habitantes. Si se añade la población de la provincia Habana (570,945) que por su relativa cercanía también acudía a esta tienda, la cifra asciende a casi dos millones y medio de clientes potenciales para adquirir artículos que en muchos casos solo se vendían allí.

[8] Coloquialmente, un producto era de buena calidad si clasificaba en las siguientes categorías genéricas: “de antes” (anterior a la revolución) o “de afuera” (producido no solo fuera de Cuba, sino también del Campo Socialista)

[9] Mesa-Lago, Carmelo.- “El Proceso de Rectificación en Cuba: causas, políticas y efectos económicos”. Revista de Estudios Políticos (Nueva Época) Núm. 74. Octubre-Diciembre 1991 Páginas 497- 530

[10] García Díaz, Manuel.- “La Economía Cubana: estructuras, instituciones y tránsito al mercado” Editorial Universidad de Granada, 2004.

[11] La Unión Soviética, China y el resto de los países socialistas tuvieron problemas similares en el sector agropecuario. Conviene recordar que la aplicación de los incentivos de mercado en el mismo fue unos de los principales elementos constitutivos de la Nueva Política Económica (NEP) entronizada por Lenin casi 60 años atrás.

[12] García Díaz, Op. Cit., páginas 86-92

[13] En muchas ocasiones esa producción era “irrealizable” dadas sus características físicas o técnicas, o como consecuencia de la cadena de impagos que se fueron acumulando a lo largo de este período. La falta de una alternativa o “el derecho a adquirirlo” (otorgado por la libreta de abastecimientos) obraba milagros, como en el caso de unos memorables calzoncillos de tela de algodón a media pierna, pespunteados con un hilo negro y conocidos popularmente como “mata-pasiones”, que contribuyeron sensiblemente al aumento del índice de divorcios.

[14] Alienes Urosa, Julián.- “Características Fundamentales de la Economía Cubana”, 1951. Editorial P. Fernández y Cía. Para conocer un análisis más detallado de las principales tendencias del sector externo en Cuba, tomando como referencia la obra de Alienes, ver García Díaz Manuel, Op. Cit., páginas 183 – 220. A continuación cito y comento algunas de sus principales conclusiones. 

[15] Datos extraídos de la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba. Anuario Estadístico de Cuba 2010. Edición 2011. Sector Externo. Tabla 8.3 “Intercambio total y Saldo Comercial”. Porcentajes calculados a partir de la información contenida en dicha tabla.

[16] “Mijaíl Gorbachov: Memorias de los años decisivos 1985-1992”  Globus Comunicación, 1994.