Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS 

     

                                                      Antonio Arencibia

                                                                                                                                                            

 

LAS FRACCIONES ENSEÑAN LAS UÑAS FUERA DE CUBA

 

Cuando el 21 de julio pasado publiqué un artículo sobre las contradicciones de la izquierda radical continental[1], no pensé que tendría que abordar tan pronto las profundas diferencias que laten en el seno del régimen de La Habana. En menos de un mes han estado aflorando posiciones divergentes sobre la cuestión de “si el eventual proceso de reformas esperado de la gestión de Raúl Castro avanza, aunque sea lentamente, o se agotó aún antes de comenzar a moverse seriamente”[2]

 

Como ha resumido acertadamente Haroldo Dilla, “en un sistema político cerrado es muy difícil distinguir fracciones y tendencias dentro de la élite política, toda vez que existe un solo discurso con pocas variantes y una mala prensa que los recoge”[3]. Por eso hay que estar atentos a las manifestaciones de apoyo al concepto de socialismo en Cuba, que demuestran discrepancias sobre las vías de posibles cambios dentro del mismo sistema.

 

El documento de Pedro Campos y “varios compañeros”, con propuestas de cambios para ser debatidos antes de que el PCC presente un proyecto de programa con vistas a su congreso el próximo año, constituye, -como ya se ha dicho-, algo inédito en casi medio siglo de autocracia y partidismo monolítico. Tras su publicación en Kaos en la Red, el trabajo mereció 296 comentarios entre el 17 y el 27 de agosto, hasta que se cerraron las discusiones.

 

Algunos blogs cubanos ubicados en el exterior, como en-cuba.com de Claudio Fernández en México, eltinterocolectivo.com de Isbel Díaz Torres, y nuestra página digital Cubanálisis, han reproducido el documento de Pedro Campos, lo que demuestra que la confrontación de ideas, incluso sobre el socialismo, forma parte del insoslayable debate nacional sobre el futuro de Cuba.

 

No es difícil desechar desde el inicio cualquier enfoque estalinista, leninista, o trotskista que se declare como tal: el problema consiste en que tales etiquetas han servido en la historia del movimiento socialista mundial para anatematizar a las facciones contrarias. Un ejemplo claro fue cuando los comunistas chinos y soviéticos  calificaron las ideas pioneras del Mariscal Tito sobre el socialismo de mercado como “revisionistas”. En la China actual eso seguramente se ha borrado del repertorio ideológico.

 

Fidel Castro y las fracciones

 

La lucha entre grupos de ideología similar la lleva Fidel Castro en el tuétano desde que participaba en las luchas de pandillas políticas durante sus años universitarios. Los términos “revolucionarios” e “insurreccionalistas” formaban parte de los nombres de los grupúsculos que aspiraban entonces al poder. Allí aprendió Castro que el mejor argumento político era un arma de fuego y que a veces el convencimiento del contrario pasaba por la morgue.

 

Esas lecciones le sirvieron más tarde, cuando enfrentó la disidencia en las filas de su propia organización, al desgajarse algunos de los participantes en los asaltos a los cuarteles de Bayamo y Santiago de Cuba del recien fundado Movimiento 26 de Julio.

 

Tras efímeras alianzas con otras organizaciones y partidos, y conspiraciones con altos jefes de la Marina y el Ejército Nacional, al llegar Fidel Castro al poder en Enero 1º, empezó el proceso por el cual apartó del gobierno a muchos de sus aliados y cerró la vía a cualquier proceso electoral.

 

Para lograr la primacía absoluta, Castro, después de apabullar políticamente al Directorio Revolucionario 13 de Marzo, le dio cabida en su coalición de “organizaciones revolucionarias” junto al Partido Socialista Popular, al que oportunamente también subordinó durante la llamada “lucha contra el sectarismo”.

 

De ahí en delante, de forma solapada  esas tendencias trataron de revivir políticamente.

 

Así, durante el juicio por delación a Marcos Rodríguez,  el Directorio se enfrentó con el PSP y Fidel Castro empezó a asumir el papel de juez supremo de las divergencias.

 

Consolidada la autocracia y rodeado el dictador solo de sus más leales colaboradores, algunos de ellos supervivientes de las destructivas críticas de Ernesto Guevara contra “la gente del llano”, la lucha de grupos pasó a un plano más subterráneo.

 

Su manifestación principal fueron las pugnas entre la gente de confianza de Raúl Castro y la de Ramiro Valdés, las FAR contra el MININT, muchas veces azuzadas por el propio Comandante.

 

La táctica fraccional era colocar a algunos de sus hombres en posición de favoritos de Castro. Como el autócrata nunca admitió errores, estos personajes pagaban  por ellos, por eso el reverso de su ascención meteórica muchas veces resultaba en ese ostracismo domiciliario que los cubanos llamamos “plan payama”. 

 

Dando un salto en la historia de los grupos y las  defenestraciones de sus integrantes, llegamos al fusilamiento de Arnaldo Ochoa y Tony de la Guardia, la sospechosa muerte en prisión del ex Ministro del Interior, José Abrahantes, y la concentración del poder militar y la policía política en manos de Raúl Castro, que ha facilitado enormemente su acceso a la presidencia tras la grave enfermedad de su hermano.

 

Quizás una de las más hábiles señales hacia los “históricos”, por parte del general, fue la resurrección política de viejos revolucionarios desplazados u olvidados por décadas. De esa manera se le devolvió lustre oficial en la prensa y en ceremonias de aniversarios a Julio Camacho Aguilera y a Faure Chaumón, (foto) entre otros dirigentes postergados.

 

Los jefes de fracciones no dan la cara dentro de Cuba

 

Pero los planes de Raúl Castro van más allá: necesita revitalizar al PCC, para los cambios limitados que tiene en mente, y por ello planteó la necesidad de discusiones en el seno de esa organización política.

 

El principal obstáculo que enfrenta es la resistencia de su hermano en la prensa oficial expresada mediante las “Reflexiones”. Por eso Raúl Castro ha tenido que imponerle ciertos límites, como cuando “Granma” no publicó su ataque contra la Unión Europea del 20 de junio, ni tampoco su artículo del día siguiente, que se divulgaron solo en Internet. 

 

En este último trabajo, titulado “La verdad y las diatribas”, el viejo dictador se refirió indirectamente a las discrepancias entre él y Raúl al escribir  "No soy ni seré nunca jefe de fracción o grupo. No puede deducirse, por tanto, que haya pugnas dentro del Partido”.

 

Cuando Pedro Campos firma un proyecto de programa partidista junto a “otros compañeros”, o Celia Hart dice a Página 12 de Argentina, que “muchos de nosotros esperábamos que [Raúl] ascendiera al grupo de apoyo de Fidel”, demuestran que es falso lo que Castro ha dicho de que no hay pugnas en el partido único.

 

Pero además, tanto Celia como Campos, son proyectados como en un teatro de sombras: no se ve a quienes los manipulan. Es verdad que estamos en una especie de entreacto de duración indefinida en el teatro totalitario cubano, pero aún así no se puede pensar que, al cabo de cinco décadas de sumisión, un grupo de “comunistas cubanos honestos” actúan de forma resuelta e inconsulta y se atreven a romper la unanimidad aparente, sin el apoyo abierto o encubierto de los grandes jefes.

 

Las veces que esto ha ocurrido durante el medio siglo castrista, como el discurso pro-perestroika de José Abrahantes pronunciado poco antes de la visita a Cuba de Gorbachev,  fue seguido por un juicio político y una muerte sospechosamente prematura.

 

A falta de democracia en Cuba, incluso en el seno del partido único, se imponen las intrigas y conspiraciones palaciegas. Por eso es que solo a nombre de, o con la anuencia expresa o tácita de Fidel o Raúl Castro, se pueden plantear desde la Isla, aunque solo sea para el extranjero, ideas que contradigan el discurso oficialmente autorizado.

 

Celia Hart frente a Raúl Castro y el camino chino

 

Celia Hart no es precisamente un dechado de discreción. Su estilo es la arenga de barricada a favor de la revolución mundial ininterrumpida. Después de haber escrito la primera parte del artículo “Cuba, en marcha revolucionaria… y sin Fidel”[4], ahora, en vez de dedicarse a la segunda parte, la emprende contra un titular del cotidiano argentino El Clarín, pero su verdadero objetivo es Pedro Campos y el documento que éste propone sea debatido antes del congreso del PCC.[5]

 

Aunque se cuida de descalificar directamente a Pedro Campos, al reconocer “su ética intelectual”, prácticamente le insulta cuando dice que su Propuesta no es más que “una dentro de un millón y medio, entre las cuales están las mías, las de mis vecinos, la de mis hijos….y hasta la de mi perro”.

 

Pero donde más abiertamente se pronuncia la Hart a favor de Fidel Castro y en contra de las decisiones de Raúl es en la entrevista que concede a la publicación argentina Página 12.[6]

 

Allí, no solo critica que el general no haya hecho avanzar a la gente del “grupo de apoyo del Comandante” dentro de la nomenklatura, sino que protesta la promoción de Machado Ventura a primer vicepresidente, debido a que “dirigió el partido en su época más stalinista.” Sabemos el extraordinario celo trotskista de Celia Hart, pero parece que cometió un desliz : ¿Se le habrá olvidado que el primer secretario del partido comunista cubano en todos estos años no fue el georgiano Jossif Vissarionovich Dzhugasvili, alias Stalin, sino su amado Fidel Castro? ¿O es que es igual?

 

Pero quizás la frase más significativa de Celia Hart es la que da título a la entrevista, donde plantea abiertamente:

 

Yo tengo miedo de que sigamos el camino de China, donde el Comité Central terminó diciendo que todo el mundo se debe enriquecer y los millonarios dirigen ahora el partido.

 

Pedro Campos, por su parte, no combate ni a Celia ni a su trasnochado trotsko-guevarismo, aunque ha señalado en otros escritos suyos los errores de Ernesto Guevara respecto a la transformación de las cooperativas agrícolas a inicio de los años 60. Pacientemente se dedica a recoger las opiniones que suscitó su propuesta de plataforma programática alternativa, y que ahora reproduce Cubanálisis.

 

A dónde pudiera llegar el debate

 

Quizás uno de los criterios más interesantes sobre el proyecto de Campos es el del dirigente izquierdista Narciso Isa Conde, ex Secretario General del Partido Comunista Dominicano, muy vinculado a la guerrilla de las FARC y conocedor profundo de la política interna e internacional del régimen castrista[7].

 

Isa Conde, al conocer del documento y leerlo, escribió a Campos: “No tengo que decirte la sintonía que tenemos, comparto el nervio del asunto.” 

 

En este artículo se pronuncia enfáticamente a favor de “un socialismo participativo y democrático”. También quiere que se revierta a los trabajadores y el pueblo “el poder anti-democrático de un estado-partido todopoderoso”, aboga por la autogestión y reconoce que en Cuba hay “una revolución estancada y amenazada por una crisis estructural”.

 

Respecto al camino de China su preocupación es la burocracia que “puede gerenciar un ´comunismo´, un ´socialismo´ pro-capitalista, híbrido, con  capitalismo de estado y con capitalismo  privado (nacional y transnacionalizado), sin democracia”.

 

Pero para llegar a la contradicción esencial del régimen de La Habana, Isa Conde hace suyo el análisis de otro autor, que considera que en “la relación inmovilismo vs. movilismo”, Fidel Castro es el freno y el general el propulsor.

 

Como se ve, las posiciones recogidas en este dossier son bien contradictorias, pero participan en el gran rejuego Fidel-Raúl y sin dudas están influídas o autorizadas por una de las dos figuras del poder real, ¿o por ambas?

 

Algunos analistas han planteado que la propuesta alternativa de Pedro Campos forma parte de una maniobra del régimen de crear una “disidencia oficial”, como si no hubiesen suficientes elementos para constatar que realmente hay corrientes de ideas y grupos con puntos de vista divergentes y opuestos a todos los niveles de la nomenklatura.

 

La historia de las transiciones en Europa demuestra que esas fracciones comunistas pueden llegar a ser caja de resonancia de ideas democráticas suprimidas por el propio partido.

 

En un clima de debate de ideas, los que inicialmente representaron o respondieron a altas  jerarquías pueden cambiar de pabellón, y los que hoy apoyan la participación de los obreros cubanos en la dirección de las fábricas, mañana pueden luchar por los derechos de expresión y reunión de todo el pueblo.

 

 

Notas

[1] Ver “¿Una izquierda sin Castro ni Chávez?, Cubanálisis, julio 21 del 2008.

[2] “Malas calificaciones para Raúl Castro al terminar el semestre”, Cubanálisis, 25 de agosto del 2008.

[3] Haroldo Dilla, “La élite política y los cambios:la intuición del límite”, Kaos en la Red, 11 de agosto 2008.

[4] Reproducido en Cubanálisis, el 25 de agosto del 2008.

[5] Celia Hart, “Lo que Clarín no dice”, Kaos en la Red, agosto 29 del 2008, reproducido esta semana en Cubanálisis.

[6] Celia Hart, “Temo que sigamos el rumbo de China”, Página 12, agosto 25 de 2008, reproducido esta semana en Cubanálisis.

[7] Narciso Isa Conde, “Cuba: ¿Cuál Democracia? ¿Cuál Socialismo?”, Kaos en la Red, agosto 30 de 2008, reproducido esta semana en Cubanálisis.