Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                                      por Antonio Arencibia

                                                                                                                                                            

 

 FIDEL CASTRO, NUEVO MAGO DEL SUSPENSE

 

Una incertidumbre recorre la Isla y domina la atención  de los cubanos de adentro y de los exiliados en todas las playas donde hemos ido a recalar. ¿Dejará Fidel Castro el poder el 24 de Febrero? A una semana de la fecha, el “suspense” ha sido alimentado por una frase críptica del propio dictador en la última parte de su larga diatriba contra el Senador John McCain: 

 

“En la próxima reflexión abordaré un tema de interés para muchos compatriotas, pero no lo adelantaré.”.

 

Antes de esta última y nebulosa declaración Castro había abordado directamente el asunto el 17 de diciembre, en el Mensaje al Director de la Mesa Redonda donde aseguraba que su deber elemental “no es aferrarme a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes, sino aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir”. Y afirmaba que tendría que ser “consecuente hasta el final”. Diez días después enviaba otra carta a la Asamblea Nacional, en la que ratificaba no ser “una persona aferrada al poder”. Esta señal bastó para que Ricardo Alarcón, que sabe bien de qué palo se rasca, declarara a toda prisa a la prensa, que él “votaría por Fidel con las dos manos y todos los días...".

 

Paralelamente, es curioso percatarse de que algunos analistas se enteran o al menos ahora lo declaran al Miami Herald [1], que desde marzo del año pasado, cuando Fidel Castro empezara a escribir sus Reflexiones, las ha utilizado para hacer saber sus puntos de vista, muchas veces en contraste con los de su hermano Raúl a cargo del gobierno interino. Los cubanos hace rato que debatimos esa cuestión, y como consecuencia la mayoría se acerca a una de estas dos posiciones contrapuestas: los que creen en una pugna verdadera entre Fidel y Raúl Castro, y los que consideran todo un paripé, es decir una simulación de contradicciones para garantizar cambios futuros De ahí que algunos den importancia y otros no, a una decisión de Castro respecto a sus cargos “civiles”. Ambos puntos de vista son directamente proporcionales a identificar al uno o al otro con los conceptos de “cambio” o “inmovilismo”

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Entre los que ha opinado sobre el asunto, está el señor Pedro Campos, que escribe con autorización para el exterior, y se aparece en las páginas de Kaos en la Red, con el artículo “Un nuevo gobierno para Cuba”, donde asegura que “[e]l pueblo de Cuba espera, expectante, el 24 de febrero cuando la nueva Asamblea Nacional elegirá al próximo Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros”.[2]

 

A diferencia de Alarcón que jura votar por Fidel Castro, Campos, que favorece “cambios estructurales”, ya los ve venir en la persona del general Castro y hace recomendaciones al nuevo gobernante. (Ver el artículo completo de pedro Campos en la sección “Castrismo”).

 

Por tratarse de un asunto tan serio me excuso con el lector por dedicar cierto espacio a argumentar  mis análisis.

 

El cargo de Comandante en Jefe

 

A lo largo de los últimos cincuenta años, y especialmente desde 1959, Fidel Castro ha ido estableciendo gradualmente un régimen a su imagen y semejanza. Ha creado y controlado todas las palancas del poder, por lo que hasta que no ocurra su tránsito biológico, tal estructura no se podrá desmontar en lo esencial.

 

Históricamente hablando tenemos que referirnos primero al título de Comandante en Jefe.

Esa denominación surge durante la reunión de los dirigentes del Movimiento 26 de Julio en Alto de Mompié, el 3 de Mayo de 1958, dando a Castro el mando único al nombrarlo “Secretario General del Ejecutivo del Movimiento y Comandante en Jefe de todas las fuerzas revolucionarias, incluyendo a las milicias de las ciudades y comunidades urbanas que hasta entonces habían estado bajo la jefatura de René Ramos Latour”[3].

 

Luis M. Buch, quien fuera Ministro de la Presidencia en el primer gobierno formado tras el 1º. Enero de 1959, señala en su libro Gobierno Revolucionario Cubano: Génesis y Primeros Pasos, que el entonces presidente Manuel Urrutia, “declinó a favor del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz la Jefatura de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire, mando que, por la Constitución de 1940, correspondía al Primer Magistrado de la nación.”. [4]  Aquel acto consistió no solo en la “renuncia” del control civil sobre las Fuerzas Armadas, sino en el establecimiento de Castro como Comandante en Jefe, no de las fuerzas de su organización, sino de la nación.

  

Precisamente el sábado 16 de febrero se contaron 49 años del día en que Fidel Castro decidió asumir el cargo de Primer Ministro, en movida política por la cual ahora tendría la responsabilidad no de “representar’ sino de “dirigir la política general del Gobierno”. A partir de ese momento el “Jefe político del Gobierno” prescinde del Presidente provisional. Para seguir la farsa de separar lo civil de lo militar, el disminuido Urrutia mediante el Decreto No. 564, concedía a Castro “… licencia en el cargo de Comandante en Jefe de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire de la República, respectivamente. Esa jefatura sería asumida por el comandante Raúl Castro Ruz, que hasta entonces había sido Segundo Jefe de tales fuerzas.”[5] La “delegación” se había convertido en prerrogativa de Fidel Castro con el traspaso de la jefatura militar a su segundo, Raúl Castro.

 

Esta ficción terminará con la renuncia forzada de Urrutia, la designación de Osvaldo Dorticós como “presidente” y la dictadura descarnada de Castro, ratificada en la Constitución Socialista de 1976 y continuada hasta la Proclama del 31 de julio de 2006.

 

A partir de este último momento, hay que decir que los miembros del equipo de sucesión, reconociendo el traslado provisional del cargo de Comandante en Jefe a Raúl Castro, lo han mencionado en sus intervenciones mediante el coloquial “Fidel”. Pero la prensa oficial siguió haciendo uso del título para referirse a Castro y lo que constituía una excepción se fue generalizando a medida que pasaba el tiempo y éste sobrevivía a sus graves trastornos de salud.

 

Según han señalado algunos observadores, aunque en el famoso discurso del general Raúl Castro en  Camaguey el 26 de julio, éste se refirió en varias ocasiones a su hermano como el Comandante en jefe, se refería siempre a acciones acaecidas en el pasado, todas anteriores a la Proclama. Por otra parte, y quizás con el propósito de añadir al Secreto de Estado de su posible retorno una capa más de intriga, a lo largo de casi cien artículos “Reflexiones”, el dictador solo ha firmado con su nombre.

 

Pero estamos hablando de un cargo histórico, que se hizo a la medida de un hombre, como el de los Comandantes de la Revolución a los tres que lo recibieron. El grado más alto en las Fuerzas Armadas es el de General de Ejército y lo ostenta Raúl Castro. A su muerte o sustitución basta un ascenso en el escalafón militar para que se cubra ese grado.

 

La Constitución que rige no recoge el cargo de Comandante en Jefe como correspondiente al Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, sino que la Presidencia conlleva desempeñar la función de Jefe Supremo de todas las instituciones armadas, nada tiene que ver con la provisionalidad de Raúl como Comandante en Jefe.

 

Pero tampoco tiene sentido que el general Castro sea Jefe Supremo de las FAR y Comandante en Jefe provisional, mientras vive un Comandante en Jefe histórico. Como dice un buen amigo, ese último título y el de los Comandantes de la Revolución, morirán con los que los ostentaron, como el número en el uniforme de los peloteros estelares, que no se usa más después que se retiran.

 

El Primer Secretario

 

Una vez Castro en control indiscutible del aparato militar y el del estado y gobierno, se dedicó a dar forma a su Partido, utilizando los mejores cuadros del PSP que le hicieron entrega de sus banderas y le convirtieron en el máximo intérprete de la ideología comunista criolla. Insertado desde muy pronto en la órbita soviética, y con sus jefes guerrilleros de confianza convertidos en la mayoría del Buró Político del nuevo Partido Comunista, se dedicó a sentar “pautas revolucionarias” para los países del Tercer Mundo.

 

Durante el llamado período de institucionalización, cuando se decidió a copiar las constituciones y estructuras estatales del bloque soviético, se aprobó la Constitución Socialista, en cuyo Preámbulo se recoge el nombre de Fidel Castro y se estableció el papel de “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado” para el Partido Comunista de Cuba.

 

Aunque en los países europeos de la órbita soviética se intentó la separación de las funciones del Partido y del Estado, esto traía contradicción de funciones, debido a que el poder real en las llamadas “dictaduras democráticas del proletariado” lo tiene la cúpula partidista. Como consecuencia, no hay una única solución a esas interferencias. En China Comunista, el Presidente es también Secretario General del Partido, mientras que en Vietnam se separan las funciones del Primer Secretario de las del Presidente y el Primer Ministro. La realidad es la dictadura del partido y por ello todos los cuadros principales tanto del Estado, como del Gobierno tienen que ser miembros del Buró Político, donde reside el verdadero poder.

 

Como hemos comentado, el propio Fidel Castro ha señalado la importancia de disponer de tiempo para “meditar” sobre los principales problemas, y su disposición de “aportar experiencias e ideas”. Y ya que se encuentra imposibilitado de conducir personalmente las actividades del Estado y el Gobierno, sus “ideas” como Primer Secretario del Partido único equivalen a órdenes para las instituciones estatales.

 

¿O es que acaso alguien cree que hay democracia en el seno del Buró Político cuando está presente Fidel Castro?  Quien eso crea no leyó lo que dijo Raúl el 25 de diciembre, de que hay que luchar para que el Partido único sea “el más democrático que exista, donde se discuta más, que existan diferencias, no antagónicas, y que se emitan en el lugar que corresponda”.

 

Cuando el Segundo Secretario dice que se debe luchar para que en esa agrupación todopoderosa, “sin miedo de ninguna clase cada cual exprese lo que sienta”, nos hace recordar a Virgilio Piñera cuando confesó su miedo en el famoso encuentro de la Biblioteca Nacional con Fidel Castro. Ese es de arriba abajo el Partido Comunista que él creó y que no escapa a la atmósfera de opresión y temor generalizada en la Isla.

 

A ese poder y al título de Comandante en Jefe no va a renunciar jamás. Solo tras su muerte, si no se tuercen los planes de los sucesores, es que se convocaría un Congreso del Partido, para repartir “la herencia de Alejandro”. Mientras tanto, toca a Raúl Castro, como interlocutor obligado, tratar de convencer a su hermano mayor de cada pasito que haya que dar, sin prisa, en el camino de los “cambios”.

 

El rostro civil de la dictadura

 

El a veces llamado Parlamento, y los Consejos de Estado y de Ministros, son la cara civil de un régimen que se simula democrático, pero allí tanto como en el Partido y las Fuerzas Armadas, también se reflejan el temor a desagradar al dictador y la obediencia ciega. Sus personajes más destacados entre los que no proceden de las filas guerrilleras, son Ricardo Alarcón, Presidente de la ANPP, y Carlos Lage, Secretario del Consejo de Ministros.

 

Ante el ocaso médico de Castro y las largas y premeditadas ausencias de Raúl del primer plano del protagonismo político, han subido de valor las acciones de ambos personajes en el mercado internacional. Por decisión superior que tiene en cuenta la importancia de la “envoltura” del producto, parecen jugar un papel más importante que el que les corresponde. Pero en ausencia de una verdadera transición democrática, estos civiles no son más que telón de fondo mientras se desarrolla un drama entre militares.

 

Con la candidatura única y el voto único se ha garantizado el mínimo del 50 % de los votos válidos para la “elección“ de todos y cada uno de los diputados. Pero como ya hemos advertido en otro artículo, el continuismo es general en todas las instancias del Poder Popular.

 

Si siguen los mismos que han ocupado los cargos principales o al menos la mayoría casi absoluta de estos, no hay posibilidad, excepto por un milagro, de que los inmovilistas de siempre se vuelvan reformistas. Y que los diputados de base pierdan el doble pánico, el de pararse ante ese enorme teatro con una adusta Presidencia que los escruta y tener el valor de plantear públicamente los problemas, cuando no lo han hecho los dirigentes.

 

Por eso no hay que esperar nada trascendental por ahora. Pero si se mantiene el ritmo de la Sucesión y sigue controlada la situación social, tras la muerte de Castro, cuando se separen los múltiples cargos del dictador, Lage, Alarcón u otros civiles tendrán algún protagonismo.

 

Pero será una especie de reedición de los viejos tiempos después de la caída del Gobierno de los Cien Días. Aparecerán los nuevos “Laredo-Bru”, “Barnets”, “Mendietas” y hasta algún que otro “Miguel Mariano”, pero detrás del telón y aparentando respeto a las instituciones y sus representantes, el General de Ejército, los Comandantes supervivientes y el generalato africano, seguirán “cortando el bacalao.”

 

Variantes y acomodos

 

La oficialización del Sucesor el 24 de febrero como Jefe de Estado y de Gobierno presenta más dificultades que ventajas. Una de ellas, que ya hemos apuntado en otra parte, es que privaría a Fidel Castro de la inmunidad que le reconoce el derecho internacional. Aunque no es concebible que viaje al extranjero, basta el fantasma de un sensacional proceso judicial en su contra, como el que sufriera Augusto Pinochet, para que el equipo gobernante desista del cambio.

 

Además, ¿para qué cambiar si hace más de año y medio que se gobierna sin la presencia de Castro? Debido a que la separación del Estado y el Gobierno implica una reforma constitucional y referendo, es más racional que Raúl siga como Presidente provisional del Consejo de Estado y de Gobierno, mientras Lage se ocupa de esta última tarea, como ha hecho siempre en la práctica por su cargo de Secretario del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros.

 

Mientras tanto y para consumo externo, Raúl, vestido de civil, posa de reformista ilustrado cuando abraza a Antón Arrufat en la Feria Internacional del Libro de La Habana, después que el dramaturgo hiciera un discurso donde señalaba que se vivían “días cruciales para la nación”.

 

No importa que nada de esto se reprodujera en Granma o Juventud Rebelde, igual que durante la Feria del año pasado: el general Castro gusta de presentarse ante los extranjeros como “tolerante”.

 

Dos días después, el Enfermo en Jefe marca su territorio en ese evento mediante el envío de un libro con una dedicatoria a Pedro Álvarez Tabío, “editor y guardián intachable de documentos históricos”.  Nada de felicitaciones al autor de la obra largo tiempo prohibida “Los siete contra Tebas”, Fidel Castro congratula al editor, su editor y custodio de la tonelada de papeles públicos y secretos, que ha dejado en cinco décadas de autocracia.

 

Los que leyeron el artículo “Ruidos en el sistema”, que publicamos en CUBANALISIS, no se sorprenderán que en el acto de la Feria del Libro estuvieran haciendo entrega del libro su secretario personal, “Carlitos” Valenciaga, y José Miyar Barrueco, secretario del Consejo de Estado.[6]

 

La presencia de estos “plenipotenciarios” es la marca del poder de Fidel Castro, la extensión de sus viejos tentáculos hacia los Consejos de Estado y de Gobierno, para estar al tanto de lo que se cocina en su ausencia.

 

Un buen conocedor del paño como Carlos Franqui, planteó en conversación telefónica con el Miami Herald, que las Reflexiones “en un final… son como decretos” y que “Fidel no necesita cargos”[7].  

 

He aquí la esencia de la cuestión, más allá de los sueños y conjeturas de los optimistas y reformistas: no hay suspense.

 

Con Castro vivo no hay cambio posible.

 


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[1] Frances Robles, “Are Castro's writings subtle jabs at Raúl?” Miami Herald, February 17, 2008.

[2] Pedro Campos, “Un nuevo gobierno para Cuba”, Kaos en la Red, 15 de febrero de 2008.

[3] Antonio Arencibia, “La formación del régimen castrista y su ejemplo para Venezuela”, Cubanálisis, 23 de enero de 2007]

[4] Luis M. Buch, ¿Cómo surgió la idea de formar un Gobierno Revolucionario? (partes 1 a  6), Granma, enero de 2007, extractos de su libro “Gobierno Revolucionario Cubano: Génesis y Primeros Pasos”.

[5] Ibidem.

[6] José Luis Estrada Betancourt y Rachel Domínguez Rojas, "Envía Fidel felicitación a Pedro Álvarez Tabío, Premio Nacional de Edición 2007", Juventud Rebelde, 17 de febrero de 2008.

[7] Frances Robles, Ob Cit.