Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                                      por Antonio Arencibia

                                                                                                                                                            

 

 EL PROGRAMA "ESCRIBA Y MANDE"

 

Cuando la familia de Lula se mudó a Sao Paulo, dejaba atrás, -como ocurre en casi todas  partes del mundo-, los estrechos horizontes de un pueblito de campo y le daba la oportunidad a Luiz Inacio de iniciar en la gran metrópoli, el largo camino que lo conduciría de la tornería al sindicalismo y de ahí a la presidencia de Brasil. Durante su larga  trayectoria hacia la primera magistratura, hace 28 años el brasileño conoció a Fidel Castro, en Managua, en ocasión del primer aniversario del derrocamiento de Anastasio Somoza Debayle, según rememora en estos días el dictador para sus lectores. Las tres partes publicadas hasta la fecha con el título de “Lula”, en la prensa oficial del régimen son una especie de reedición escrita de lo que relató el mandatario visitante a la prensa en La Habana: que durante su encuentro, “Fidel habló dos horas y yo media”.

 

Estas tres “Reflexiones” evidencian el afán protagónico de Castro hasta el fin y otro intento de interpretar la historia para justificar  como infalibles todas sus decisiones políticas. También ejemplifican la última variante de gobierno provisional por ausencia física del dictador: éste escribe y manda.

 

El sindicalista-presidente y el rumor del árbol

 

En agosto de 2006, los preocupados sucesores acogieron el símil del Caguairán para referirse a su Jefe en gravísimo estado de salud. Ese árbol de madera dura, semejante a la Quiebra Hacha, quisieron que representara el retorno del Comandante. Hoy, a año y medio de la Proclama, la imagen vegetal es mucho más adecuada. Fidel Castro no puede arrancarse de donde se encuentra, ha perdido la movilidad que le caracterizó, es un viejo árbol que cobija por un corto tiempo a viejos admiradores y curiosos. La visita del antiguo sindicalista brasileño, hoy estadista, es otra ocasión para cerciorarnos de que las  pretensiones de Castro de que el mundo acepte su inmovilismo son como el ruido de las plantas: están ahí pero no impresionan. Excepto a aquellos que solo pueden sobrevivir apegados de forma parásita al árbol decrépito.

 

Como Fidel Castro escribe o habla de cualquier tema para hacerlo de sí mismo, el caso de Lula no es una excepción. En los artículos aclara que solicitó a éste permiso para hablar “con libertad y a la vez con prudencia” sobre la conversación que sostuvieron. Es una suerte del mandatario carioca tal solicitud, pero no debería confiarse, pues algo similar hizo el presidente Fox en el año 2002, y Castro reveló la conversación cuando le pareció conveniente.

 

En el primer artículo, firmado el 22 de enero, Castro da una visión general de los problemas de la izquierda en América. Al hacer memoria de los viejos tiempos muestra a Frei Betto como crítico de Lula, a Ernesto Cardenal como adversario de Daniel Ortega y aunque menciona a Sergio Ramírez, calla que fundó el Movimiento de Renovación Sandinista en contra del Frente Sandinista. Después de apoyar a Cardenal por ser “prototipo de pureza”, el convaleciente Castro escribe, sin decir nombre, que había otros en Centroamérica y otras áreas, “menos consecuentes, [que] alguna vez fueron revolucionarios”  que según él, se pasaron a  “las filas del imperio” por ansias de bienestar y dinero.

 

Como buen anfitrión y agradeciendo el gesto económico de Brasil con su régimen, saca al mandatario de Brasil de aprietos, con una frase que sirve para muchas cosas “nunca fue un extremista de izquierda, ni ascendió a la condición de revolucionario a partir de posiciones filosóficas, sino de las de un obrero de origen muy humilde y fe cristiana, que trabajó duramente creando plusvalía para otros”. Cuando en Cuba se publica esa idílica expresión, el que la lee carece de información sobre la protesta de decenas de miles de izquierdistas que Lula tuvo que enfrentar en Porto Alegre en el 2005, y que por no inclinarse a soluciones radicales, esa izquierda le acusa de apoyar un proyecto neoliberal para Brasil.

 

Sorpresas, deslices y tergiversaciones

 

Otra sorpresa que nos deparan estas Reflexiones es saber que para Castro,- sin renunciar al proyecto de socialismo de estado en Cuba-, la construcción de “una sociedad sin explotadores ni explotados” tiene que ceder  paso a la “supervivencia humana”, amenazada, entre otras calamidades, por el cambio climático. Claro que el dictador no explica quiénes y como van a luchar frente a esos peligros. Quizás mediante una especie de gran cruzada mundial anticonsumo en la que el pueblo cubano, muy a su pesar, tiene gran experiencia.

 

Uno de los momentos más escalofriantes de los artículos sobre Lula, es cuando Fidel Castro habla de José Stalin como “militante honesto y consagrado”, cuyos “graves errores” lo llevaron a posiciones “sumamente conservadoras y cautelosas”. Es exacta la aseveración que hace de que antes de la invasión hitleriana, “Stalin purgó a  3 de los 5 Mariscales, 13 de los 15 Comandantes de Ejercito, 8 de los 9 Almirantes, 50 de los 57 Generales de Cuerpo de Ejercito, 154 de los 186 Generales de División, el ciento por ciento de los Comisarios de Ejército y 25 de los 28 Comisarios de los Cuerpos de Ejército de la Unión Soviética”.

 

Lo que no es correcto es que omite la palabra fusilamientos. El mariscal Tukhachevsky y otros siete oficiales fueron ejecutados el 11 de junio de 1937. Unos 30 mil de los casi 80 mil oficiales fueron llevados a prisión o fusilados. Por eso hay que decir que las “purgas” de que habla el dictador no son las de palmacristi o aceite de aeroplano que usaban Mussolini o Batista para castigar a sus opositores, sino purgas de plomo en su mayoría, como las de los comandantes  rebeldes Sorí Marín y William Morgan o como las del general Arnaldo Ochoa. No debemos olvidar que el Comandante Hubert Matos se salvó del paredón por ser juzgado en 1959, cuando Castro todavía juraba que la Revolución era “más verde que las palmas”.

 

Si lo anterior puede provocar el infarto de los trotskistas que, como Celia Hart, todavía apoyan a “su Comandante”, éste se mete en asuntos muy serios cuando hace una especie de reseña del judaísmo para llegar a la creación del estado de Israel. Ahora explica que el sionismo fue apoyado por los estadounidenses debido a que “odiaban con razón a los nazis y cuyas bolsas financieras estaban controladas por representantes de aquel movimiento”. Sin mencionar una sola vez el Holocausto judío, Castro sigue la propaganda antisemita, tan del agrado de los Ayatolás iraníes, según la cual los israelitas controlan “los centros financieros más importantes de Estados Unidos”. Cualquier persona medianamente informada del acontecer financiero y de los debates congresionales norteamericanos, sabe de las colosales inyecciones de capital en este país procedentes de países árabes con grandes recursos petroleros.

 

No podía Castro dejar de referirse al tema del culto al líder al escribir que “nunca se practicó tampoco en nuestro país el culto a la personalidad, prohibido por nuestra propia iniciativa desde los primeros días del triunfo”.Pero esto forma parte de la hipocresía institucional que se oculta bajo la frase que “Fidel no lo sabe”. Ya sea en  las “Constituciones” promulgadas que incluyen su nombre en el texto; en el estudio obligatorio de su pensamiento en el sistema educacional, en vallas gigantescas a lo largo del territorio nacional, en las citas interminables de sus discursos infinitos, el país ha estado saturado hasta el envenenamiento de su nombre y su presencia durante medio siglo.

 

Con igual indiferencia hacia la verdad se refiere a Ernesto Che Guevara y a sus criterios sobre la política soviética. Como si hubiese estado siempre de acuerdo con el argentino, escribe”

 

Lo que ocurrió después en la URSS no habría sorprendido al Che.  Mientras tuvo cargos importantes y ejerció funciones, fue siempre cuidadoso y respetuoso. Su lenguaje se endureció cuando chocó con la horrible realidad humana impuesta por el imperialismo, que percibió en la antigua colonia belga del Congo.

 

La memoria selectiva del Comandante obvia las críticas a la Unión Soviética y China que hizo Guevara en Argel en 1965, que llevaron a  un choque frontal entre ambos y precipitaron la expedición congolesa. Claro que a partir de entonces Che no tenia cargos ni funciones en el régimen pues había tenido que dejar escrita su carta - renuncia. Una de las grandes amarguras de Guevara en el Congo fue saber de la lectura sin aviso de esa carta, el 3 de octubre de 1966.

  

 Nuevo decálogo del inmovilismo

 

Como era de esperar, el núcleo duro de las Reflexiones tituladas “Lula”, son las recetas del “socialismo a la castrista’. Una sucinta versión de todo lo que dice el dictador al respecto incluye:

 

-        justificaciones sobre el problema ganadero en Cuba  explicado mediante el tipo de alimentación requerida por la vaca “Ubre Blanca”,

-          la insólita dureza del suelo cubano que rompía los tractores soviéticos;

-      la imposibilidad de resolver la producción de granos para la población porque el alto costo en máquinas y combustibles se suma a que las tierras “no son aptas”;

-         falta de mano de obra abundante en el campo como en China y Vietnam para producir granos y arroz;

-         no se pueden reparar las viviendas, no por falta de materiales, sino por el costo del arreglo

-          

Falta en la relación de excusas, como si la Isla fuese la excepción en el mundo, la frase del Comandante, “el clima ha cambiado en Cuba, Lula”. También falta su insistencia en “continuar creando reservas de alimentos y combustibles”, para el caso de un “ataque militar directo” y la letanía de supuestas agresiones bacteriológicas o virales, contra las cañas, el café, las papas, los cerdos y las personas. Por suerte, según Castro, “si emplearon otros virus, no lo sabemos – o no lo hicieron por temor a la vecindad con Cuba”.  Es inexplicable, con estos criterios, por qué se arriesgaron a comprar alimentos en Estados Unidos en el 2007 por valor de 600 millones de dólares.

 

El que opine en contra de cualquiera de esas afirmaciones es, según Castro, un “gusanillo”,  como el joven que dijo a un periodista extranjero que no quería saber de ningún socialismo. Quien aspire a incrementar su consumo, sucumbe el “egoísmo individual” que desde hace casi 240 años promueve Adam Smith para impulsar “la riqueza de las naciones; es decir, ponerlo todo en manos del mercado”. Mientras el dictador se regodea ante la posibilidad de una recesión mundial, como el loro en el mástil del barco que se hunde, los hechos lo desmienten. Nadie va a utilizar el mercado a ciegas, incluso un presidente de ideología conservadora como George W. Bush no duda en hacer intervenir al estado para frenar la crisis financiera con un paquete de medidas económicas urgentes en Estados Unidos. Es la idea ciega del estado como dueño y regulador de todo, la equivocada. Permítase en Cuba la venta libre de materiales de construcción y habrá reparación de viviendas. Los campesinos saben que las vacas no tienen que comer únicamente pienso balanceado para producir leche.  Déjese libertad de producción y venta al hombre del campo y habrá comida. Otórguese la tierra al que la quiera trabajar y no estará tan dura y se recogerán varias cosechas.

 

El nuevo pacto con los sucesores

 

Hace ya algún tiempo se ha hecho patente que la sucesión es imposible en tanto Fidel Castro respire. Los altibajos de las “reformas” han sido directamente proporcionales a su hoja clínica y toda idea de “cambio estructural” se ha pospuesto, mientras el Gran Enfermo, en función de astrólogo, considere que no hay una coyuntura planetaria favorable.

 

Al mismo tiempo las señales de su supervivencia destronan las viejas consejas que alimentan muchos en Miami, de que Castro murió hace meses y que las fotos y videos son trucados. Es una muestra de lo que los sajones llaman “wishful thinking”, que  es el refrán invertido de nuestro criollo “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. También han quedado arrinconadas por inútiles las suposiciones de que otros escriben lo que a él se atribuye. Incluso tal conjetura llegó a dar cuerpo a más de una “teoría conspirativa”. Según una de ellas los sucesores orientaban los textos de las Reflexiones para ir dando forma a reformas. Para otros, la oposición de Castro a los cambios era una maniobra de quienes en Cuba los promueven, llamada a desacreditar la política obsoleta del Comandante.

 

Nada de eso es así. No hay que ser prolijo ni académico en la argumentación. La verdad está ante nuestros ojos. Ya se prepara su regreso al poder, no físico por ser imposible, sino en efigie. Por eso imagino una escena en la  que seríamos testigos de la adaptación de un himno de combate sandinista, cuando se pronuncie el 24 de febrero, ante una silla vacía, el nombre del dictador y su reelección plenipotenciaria se celebrase con el canto de “…Caiguarán, vencedor de la muerte/ creador de la enseña rojinegra/ la Asamblea entera te grita ¡Presente!”.

 

¿Absurdo? Bueno, es un riesgo pensar.

 

A veces el que esto escribe tiene dudas y llega a creer que en cualquier momento ocurre, por acumulación, un cambio trascendental de escenario histórico en Cuba. Y que van a desaparecer como de un plumazo las figuras y los personajillos que nos han obsedido por décadas con su repetición de los mantras revolucionarios, la justificación de los errores propios y del sistema y ni una sola idea propia. Pero al releer el decálogo que Castro se apresura a dejar como receta inmutable, hay que percatarse de que, -a diferencia de otras transiciones-, en la nomenklatura cubana no parece haber quien tenga ni el coraje, ni la maldad siquiera, de prepararse hoy para el reciclaje político en condiciones de democracia.

 

El nuevo pacto está claro. Dice el dictador: Ustedes administran y yo oriento, es decir digo lo que hay que hacer. Por eso tengan presente que hay que desconfiar de los capitalistas  pero cogerle a todo el mundo lo que ofrezca, aunque con actitud de “limosna con escopeta”, es decir que sepan los socios extranjeros en el petróleo, que aunque aportan “las sofisticadas maquinas y la tecnología necesarias” el régimen no está nada contento en compartir con ellos las ganancias.

 

Y aunque no llega a escribirlo en sus artículos sobre Lula, todos saben que lo que le gusta a Castro es lo que hace Chávez, según trasluce el discurso de Carlos Lage en la VI Cumbre del ALBA. El vice-presidente favorito del mandante venezolano dijo en Caracas que hay que utilizar en la integración Latinoamericana el capital inversionista y los aranceles “como medios y no como objetivos en si mismos; uniendo así a los pueblos, más que a los mercados”.Pero esa oposición a las normas del capital y al mercado es absurda en estos tiempos.

 

El propio Fidel Castro reconoce que la idea central de Marx de que los obreros iban a sepultar el capitalismo ha chocado con factores nuevos, pero sigue obstinado, no se quiere rendir a la evidencia. Mientras tanto, en cumplimiento del pacto, el equipo de sucesión repite sus viejas ideas a pie juntillas 

 

Por eso en Cuba el poder real lo tiene ese viejo Árbol, que casi hecho leña, todavía quisiera frenar el avance complejo pero indetenible del capitalismo y mantener a la nación cubana  cautiva, al margen de la globalización, mientras pretende seguir resolviendo, a cucharaditas, los problemas creados en cincuenta años de utopía.

 

Hasta que culmine su ciclo, Castro es el que manda. Lo demás es paisaje.