Cubanálisis El Think-Tank

             ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

 

 

     Antonio Arencibia, La Coruña, España

  

 

 

                               

                                                                                                                                                            

 

Donald Trump y el aislacionismo en el siglo XXI

 

Durante su confirmación ante el Senado de Estados Unidos, Wilber Ross, propuesto como  Secretario de Comercio de la administración Trump, fue preguntado por la Ley Smoot-Hawley de 1930, que provocó, con su subida unilateral de aranceles, las represalias de varios importantes países afectados. A la pregunta del panel, Ross contestó que aquella ley “no había funcionado bien y probablemente no funcionaría bien hoy en día” y que la política de su departamento se limitaría a amenazar con “sanciones” a quienes no cumplan las normas del comercio.

 

Ni la respuesta del hoy Secretario de Comercio norteamericano, ni la pregunta que le hicieron eran inocentes. La ley mencionada fue parte de un conjunto de medidas aislacionistas que se aprobaron durante las décadas de 1920 y 1930, y que incluyeron, además de los altos aranceles a las importaciones, el cierre de fronteras a los inmigrantes de distintas regiones de Europa y Asia y rigurosas cuotas de admisión para extranjeros.

 

Como sabemos que Donald Trump habló durante su campaña electoral de la posible subida en un 45 por ciento de los aranceles a los productos chinos y en un 35 por ciento a los mexicanos, y además, una de sus primeras órdenes ejecutivas ha sido frenar la entrada de inmigrantes de siete países musulmanes, no podemos contentarnos con la respuesta de Ross en el Senado. A todas luces el mandatario republicano no solo está hablando de aplicar, sino que ha intentado poner en práctica medidas aislacionistas similares a las que caracterizaron la política de Estados Unidos en aquel período de entre guerras.

 

Dos ciclos bien diferentes

 

Hace casi un siglo, al terminar la hecatombe de la I Guerra Mundial, Estados Unidos se replegó en sus fronteras. A pesar de haber entrado en el conflicto tan tarde como en abril de 1917, al terminar este un año y siete meses después las bajas de las fuerzas expedicionarias norteamericanas fueron de 320,000 hombres entre muertos y heridos. Esta experiencia se tradujo en un gran resentimiento general contra los europeos por no haber evitado la guerra, acrecentado por el impago de las deudas contraídas por varios países aliados con el gobierno norteamericano y que ascendían a 10,000 millones de dólares de aquella época.

 

Otros factores que dieron base a medidas de freno a la inmigración fueron las críticas de los sindicatos a la mano de obra barata de los trabajadores inmigrantes, que conllevaba la baja de los salarios y que los dueños de las industrias básicas y los ferrocarriles ya no necesitaban masas de trabajadores no calificados. Además, se temía la infiltración desde Europa de activistas de movimientos políticos radicales como el comunismo y el anarquismo.

 

He aquí lo que a primera vista parece un grupo de elementos similares, entre el ciclo de los años 1920s y el de 2017, pero que tienen  marcos muy distintos.

 

Primero: Si descontamos las guerras indirectas, hace ya más de 70 años que acabó la Segunda Guerra Mundial.

 

Segundo: Hoy frenar la inmigración no significa mejorar los salarios de los trabajadores de Estados Unidos. Para entenderlo, hay que recordar que las fábricas cerradas en el llamado Cinturón de los Grandes Lagos se debieron a su relocalización en el extranjero, y que correspondían a sectores industriales como la siderúrgica y la automovilística, cuyos trabajadores tenían tan altos salarios que eran considerados como “aristocracia obrera”.

 

Tercero: Estados Unidos tiene supremacía mundial en sectores de la industria aeronáutica, aeroespacial, y de alta tecnología de la comunicación. Como se ha visto al aplicarse el veto de viaje en días recientes, esas empresas dependen en parte de personal altamente calificado de distintas nacionalidades que se mueven entre sus países de origen y los lugares de la Unión donde residen y trabajan.

 

Cuarto: Es muy cuestionable que el líder de la primera potencia mundial cierre las puertas a la globalización, abandonando ya proyectos de tratados multilaterales como el Transpacífico, y declarando su intención de revisar el NAFTA, vigente con México y Canadá. Por el contrario, el líder chino Xi Jinping defiende el mantenimiento del status quo y está impulsando una política de tratados, entre los cuales está su ofrecimiento a la Unión Europea de ampliación de lazos económicos.

 

¿Cómo enfrentar a China?

 

La apertura hacia la República Popular China del presidente republicano Richard Nixon dio inicio al proceso, inimaginable entonces, por el que esa nación ha llegado a ser la segunda potencia económica. Es fácil hoy criticar aquel cambio de rumbo que ha convertido a China en la “fábrica del mundo” pero en aquellos tiempos de Guerra Fría se justificaba que Washington se aprovechase del diferendo ideológico entre Pekín y Moscú para fortalecer a la populosa nación asiática y así debilitar a la Unión Soviética.

 

Hoy, como siempre, el régimen chino es muy celoso de su poderío mundial, y por eso no le han sentado nada bien los guiños de Trump a Taiwán, ni las declaraciones del nuevo Secretario de Estado, Rex Tillerson, que ha acusado a China de intentar “apropiarse ilegalmente de áreas en disputa sin tener en cuenta las normas internacionales”, y sobre todo entre el mandarinato comunista chino se tiene muy en cuenta lo que dijera el hoy asesor presidencial Steve Bannon: que Estados Unidos podría  ir  “a la guerra” en el mar de la China Meridional “en 5 o 10 años” (1).

 

Cerremos provisionalmente los ojos al horror de un enfrentamiento militar entre las dos  principales potencias económicas del planeta, dueñas de armas de destrucción masiva, y esperemos que impere la sabiduría de la frase del libro El Arte de la Guerra, de Sun Tzu: “La mejor victoria es vencer sin combatir”. A pesar de sus repercusiones negativas, incluso una guerra comercial entre Estados Unidos y China, sin enfrentamientos militares, sería mejor para todos.

 

Quizás por eso, y no por casualidad, el día de la investidura presidencial del 45to mandatario estadounidense, empezaban las escaramuzas dialécticas entre Pekín y Washington con un comunicado del Ministerio de Comercio de China en el que recordaba que:

 

El volumen comercial entre China y Estados Unidos aumentó de 2.500 millones de dólares en 1979 a alrededor de 519.600 millones de dólares en 2016, un incremento de 211 veces en 38 años, de acuerdo con datos estadísticos del ministerio.

 

El volumen bilateral del comercio de servicios totalizó más de 100.000 millones de dólares, mientras que la inversión mutua superaba 170.000 millones de dólares a finales de 2016. (2)

 

A esto hay que añadir que en el 2016 la inversión directa de China en Estados Unidos alcanzaba un récord de 30.000 millones de dólares duplicando los 15.000 millones del 2015.

 

Presionado por las críticas norteamericanas sobre manipulación monetaria, Pekín ha estado apuntalando el yuan, que lleva ocho años perdiendo valor. Para ello ha vendido parte de la deuda que poseía en bonos del Tesoro del gobierno de Estados Unidos. Por eso hoy Japón es el primer acreedor de Washington y China el segundo. La deuda con Japón es de $1.13 trillones (en idioma inglés) y con China de $1.1 trillones, lo que en español se diría 1.13 y 1.1 billones de dólares.

 

Eso permite entender, por una parte, la supuesta “concesión” de Donald Trump a Pekín al declarar su aceptación de la política de Washington en las últimas décadas de reconocer a “una sola China”, tras haber preocupado a los mandarines pekineses al conversar telefónicamente con la presidenta de Taiwán que le llamó para felicitarlo por su victoria electoral, y los comentarios en Twitter del Presidente tras las primeras quejas chinas por esa conversación.

 

Y también facilita entender la muy calurosa recepción en Washington del presidente Trump al primer ministro japonés Shinzo Abe, las enfáticas declaraciones de sólido y permanente apoyo a la defensa japonesa por parte de EEUU, e incluso además la posterior visita el fin de semana a Palm Beach (Florida) para jugar al golf. Las cosas en política entre grandes potencias no suceden por casualidad, ni se desarrollan de la misma manera que como ocurren entre repúblicas bananeras.

 

Pero mientras la economía americana se sostenga, esas deudas de Washington en manos extranjeras no son determinantes, porque la mayoría de la deuda del Tesoro está en manos de instituciones estadounidenses como la Administración de la Seguridad Social, los fondos públicos de pensiones, y el Medicare, entre otras. (3)

 

Visto lo visto, si el presidente cumpliese lo que dijo durante su campaña y llega a subir los aranceles en un 45 por ciento a los productos chinos, los importadores pasarían ese incremento a los consumidores norteamericanos (4). En ese caso hipotético los expertos avizoran un aumento de precios a la población de repercusiones negativas para las promesas de bienestar hechas por el presidente republicano.

 

Pero aun con un costo social, si el presidente Trump se empeña no se puede descartar que ocurra una guerra comercial. Si se aplicasen medidas punitivas unilaterales por parte de Washington, el semanario británico The Economist advierte que la respuesta china podría ser muy dura, pues si solamente deja de comprar soja y aviones a Estados Unidos, afectaría el 25 por ciento de las exportaciones de ese país al gigante asiático. (5)

 

El aislacionismo y el proteccionismo no son la solución. En los años 30 del siglo pasado, cuando se puso en práctica la Ley Smoot-Hawley de subida de aranceles, Canadá, hasta entonces considerado por Estados Unidos como su más leal socio comercial, replicó imponiendo altos aranceles a 16 productos que constituían la tercera parte de las exportaciones norteamericanas a su vecino del norte.  Pero además hubo un gran viraje en los lazos entre esos dos países cercanos: Canadá reforzó su comercio con el Reino Unido y con otros dominios y colonias británicas, y tuvieron que  transcurrir 57 años antes de que se firmara un acuerdo de libre comercio entre Washington y Ottawa, y otros siete más para que se sumara México y se creara el NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte). Ahora, con las advertencias de Trump, los canadienses temen tener que volver a empezar la partida.

 

Europa no sale de su estupor

 

Ahora hay que pasar a otro tema. Europa no tiene que ver directamente con la abolición o modificación de tratados comerciales con Estados Unidos, aunque los expertos dudan que sigan las conversaciones secretas iniciadas durante la presidencia de Obama. Las críticas del nuevo presidente son con relación al incumplimiento del aporte al presupuesto de la OTAN por parte de varios países de la Unión Europea.

 

¿Cuál es la realidad europea?

 

Llegué a España hace seis años, cuando en Europa no había fronteras, pero el terrorismo yihadista nos ha devuelto a la dura realidad. Tras los terribles atentados de París y Niza, las autoridades francesas han vuelto a controlar el acceso a su país. A las costas españolas llegan a diario cientos de refugiados, la mayoría huyendo no de las bombas sino de la vida miserable en África Subsahariana. Aun así, es solo un goteo comparado con la avalancha de los que huyen por mar hacia Grecia o Sicilia.

 

Sin embargo, hoy eso casi no aparece en la pequeña pantalla, que nos brinda un show diario de las “ocurrencias” de Donald Trump.  Más allá de la importancia noticiosa, se está generalizando una falsa imagen alimentada por las opiniones de “expertos” más duchos en resentimiento hacia Estados Unidos que en conocimientos de la historia y las instituciones de ese país.

 

Mientras miran la paja en el ojo ajeno no quieren admitir que hay por lo menos siete vigas en el ojo europeo que tienen que atender urgentemente antes que infecten a toda la Unión Europea. Un reportero de The New York Times ha descrito esas urgencias en forma de preguntas:

 

¿Traerá inestabilidad el ‘Brexit’?;

¿Se apartará Turquía de Europa?;

¿Encontrará Grecia alivio a su deuda?,

¿Se mantendrán sin quebrar los bancos de Italia?;

¿Se irá Cataluña de España?;

¿Respaldará Estados Unidos a Europa?,

¿Triunfarán los nacionalistas en todas partes? (6)

 

Un análisis detallado de esas siete crisis sobrepasaría los límites de este artículo, pero al menos el lector hispanoamericano puede comprender fácilmente por que estos temas tienen estupefactos al Consejo Europeo y a las instituciones de la UE en Bruselas.

 

Quizás eso explica que se enreden en debates dialécticos con Trump por sus declaraciones de que la OTAN es “obsoleta” y que fue un “error catastrófico” que Ángela Merkel abriera las fronteras a “tantos ilegales”. Es verdad que la dirigente alemana le contestó con bastante sobriedad: “Yo pienso que los europeos tenemos nuestro destino en nuestras manos. Y que nosotros decidiremos sobre nuestros desafíos”. (7)

 

Hasta ahora, y a pesar de su indudablemente errónea decisión de abrir las fronteras a miles y miles de refugiados, la canciller y líder Demócrata-Cristiana tiene bastante respaldo; pero hay que estar alertas, porque las elecciones generales alemanas del próximo mes de septiembre podrían traer un cambio de liderazgo. La candidatura de Martin Schulz, ex-presidente del Parlamento Europeo, que tiene una postura de mayor enfrentamiento con las posiciones de Trump, ha dado nuevos bríos al Partido Social Demócrata Alemán, y ya se empieza a considerar que Ángela Merkel pudiera ser derrotada. (8)

 

A la hora de votar, la población de los países de la Unión Europea premiará con su respaldo a aquellos dirigentes que se dediquen a resolver los problemas internos y,  además, aquellos que vienen de fuera, como la inmigración ilegal.

 

Y para hacer frente a la amenaza creciente de Rusia es necesario que la OTAN siga siendo un escudo eficaz. Para ello los políticos europeos tendrán que cumplir los compromisos contraídos en el 2015: elevar su presupuesto militar, destinando un 2% del Producto Interno Bruto a la defensa común.

 

Si la U.E. cumple esos compromisos colectivos insoslayables puede frenar  la tendencia al aislacionismo del nuevo mandatario estadounidense.

 

NOTAS

 

(1) Redacción, “Sin duda, guerra con China”: ¿Qué le espera a EE.UU. con el Rasputin de la Casa Blanca?, RT (Russia Today), 2 feb 2017    

(2) China y EEUU comparten fuertes relaciones de comercio e inversión, Xinhua.net, 2017-01-20.           

(3) Daniel Lacalle, Who Owns the US debt? No, not China. Not even close, Blog dlacalle.com, 3 febrero, 2017.

(4) Aranceles de Trump a China y México afectarían a EEUU, profesionalespanama.net, diciembre 1, 2016.        

(5) America, China and the risk of a trade war, The Economist, Jan 28th 2017

(6) Rick Gladstone, The Questions That Could Reshape a Worried Europe in 2017, The New York Times, JAN 28, 2017.   .

(7) Carmen Valero, Merkel responde a Trump: "Los europeos decidimos sobre nuestros desafíos", El Mundo, l6 de enero de 2017.

(8) Melanie Amann, Christiane Hoffmann and Christoph Schult, Merkel's Conservatives Divided as Campaign Begins, Spiegel Online, February 09, 2017.