Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

Amir Valle, Berlín

 

 

 

EL JUEGO DE LA CONVENIENCIA INTELECTUAL COMO MECANISMO DE PROYECCIÓN EN LA HISTORIA CULTURAL DE LA ISLA EN LOS ÚLTIMOS 50 AÑOS.

 

¿De dónde son los intelectuales?, preguntaría alguien, parafraseando la muy conocida canción de Matamoros. De sus propias capillas, sería la respuesta.

 

Lamento repetirlo en este comienzo: los intelectuales cubanos de hoy (básicamente los que han desarrollado vida y obra después de 1959), por diversas razones que intentaremos dilucidar en este artículo, no han estado (debería decir que siguen sin estar) a la altura del poderoso y pujante movimiento intelectual de otras épocas, en tanto fuerza que mueve el pensamiento social de una nación y provoca rebeliones internas en los mecanismos subterráneos de desarrollo y crecimiento de una sociedad.

 

En mis “Reflexiones para perder el miedo”, escritas como respuesta a ciertas y muy vergonzosas señales de exclusión surgidas durante la llamada “Guerrita de los emails”, luego de la aparición en la Televisión Cubana (con homenajes bien claros) a dos de los cabecillas ejecutores de la política de represión de los años 60 y 70, escribí:

 

“…vivimos un momento en que se está definiendo, rearmando, reformulando el destino de un país, y los intelectuales, si siguen divididos por todas esas circunstancias, seguirán teniendo el triste papel del inútil callado que aprueba lo que otros piensan y deciden, en lo que constituye un bochorno para la historia de la intelectualidad en un país donde estuvimos siempre a la cabeza de todos los grandes movimientos políticos y sociales que se dieron, incluido el del proyecto original de la Revolución Cubana. Aún cuando muchas de esas rencillas, muchas de esas divisiones y muchas de esas heridas sean totalmente justificadas, se impone ser menos egoístas y pensar no en nuestro dolor personal, no en lo que perdimos o nos quitaron, sino en los dolores y las traiciones que sufre la Nación, y en los agujeros negros que existen en esa Nación, por nuestro conformismo intelectual, nuestros miedos, y nuestras ausencias como protagonistas del pensamiento social de las últimas décadas”

 

Y en ese párrafo quise lanzar un mensaje basado en estas, creo, esenciales preguntas:

 

¿Cuál debe ser la participación del intelectual cubano en todo el proceso actual de reformulación del destino de Cuba?

 

¿Qué hace pensar a los políticos que son ellos los únicos que pueden dirigir ese proceso, desconociendo a todos los sectores de la sociedad cubana („revolucionarios“ o „disidentes“ según los términos al uso), entre los cuales se encuentra el sector intelectual?

 

¿Hasta cuándo el intelectual seguirá teniendo el triste papel del inútil callado, pieza a utilizar por los políticos a conveniencia?

 

¿Nos seguirá aplastando la vergüenza de no llegar ni a los tobillos de aquellos intelectuales que en épocas pasadas alentaron, promovieron y hasta dirigieron los más fuertes movimientos sociales en defensa de la nación?

 

¿Debe el intelectual cubano continuar en sus capillas, que son iguales a esas trincheras que erigen los políticos, pensando solamente en ellos, en sus obras, en la salvación de su pellejo y/o (generalmente) de las prebendas que han conseguido?

 

¿Hasta dónde es justo continuar lamiéndose las heridas, sean justificadas o inventadas, contribuyendo con nuestros dolores a esa desunión que sólo a los políticos conviene, sin pensar en la destrucción paulatina que ha tenido la Nación, la Patria y la Isla desde 1959 hasta hoy?

 

¿Está el intelectual cubano consciente de que no tenido el valor de generar un pensamiento independiente, lúcido y útil para esa Patria que no es „ara y no pedestal“, como dijera nuestro Martí y ha olvidado el gobierno cubano en su actuación social de estas décadas?

 

¿Cuándo va a entender que su papel ante la sociedad (es decir, ante sí mismo como creador de ideas) no es el de fonógrafo de una ideología grabada a la fuerza por otros, que no es el de la oveja que bala ante el cántico del pastor, que no es el del monje que se retira a una montaña para hacer votos de silencio?

 

¿Cómo explicarles que no han utilizado, ni en la isla ni en el exilio, en beneficio de prestigiar su presencia en la historia cultural de la isla, las cuotas de libertades individuales que les han dejado, que han ganado o que han asumido cuando han llegado algunos a sitios donde esas libertades pueden manifestarse? 

 

También en ese trabajo, escribí:

 

“¿Con qué derechos se pretende seguir excluyendo al que piensa distinto del cada vez más necesario proceso de „pensar a Cuba“? Y más aún: ¿Hasta cuándo ese proceso de alimentar la Nación con el pensamiento ciudadano va a ser privilegio de unos pocos que, desde el poder, imponen lo que debe pensarse sobre algo que pertenece a todos? ¿Hasta cuándo nos vamos a burlar de José Martí, ese intelectual al que tanto se pone de ejemplo, olvidando que él dejó bien claro con su pensamiento que la Patria es de todos, es ara y no pedestal, y no es feudo ni capellanía de nadie?”

 

No son preguntas, aclaro, únicamente para los intelectuales de la isla. Cada una de ellas se aplica, con perspectivas distintas, es obvio, a la intelectualidad cubana esté donde esté. Nadie queda a salvo de las responsabilidades que referimos. Y, lamentablemente, hay tanta culpa dentro de los marcos insulares como en esas otras latitudes donde vive buena parte de nuestros intelectuales.

 

El juego de la conveniencia.

 

Fidel Castro siempre ha desconfiado de los intelectuales. He dicho que basta un poco de esfuerzo para darse cuenta: revísense sus discursos. Allí encontrarán cosas asombrosas dichas sobre nosotros, valoraciones absolutamente nacidas de un desprecio irracional en alguien que un día descubrió que las ideas y el pensamiento sólo son útiles para calzar, sostener, justificar el único modo que él cree provoca el desarrollo del ser humano como individuo social: la acción (entendida en su caso como violencia, tal cual ha demostrado a lo largo de su vida). Encontrarán, además, que no es cierto que Fidel Castro haya sido un hombre de ideas fijas y concretas, si acaso, su única idea fija ha sido siempre el poder, supuestamente para beneficio de un pueblo, aunque un simple análisis de su gestión como político sea suficiente para demostrar que es el mayor culpable de la depauperación social, moral y económica de nuestra nación. En ese sentido, su gris hermano Raúl ha sido más consecuente: al menos en eso le lleva mucha ventaja a su hermano Fidel.

 

Pero Raúl detesta a los intelectuales. Igual que los detestó el Ché, igual que los detesta hoy más de la mitad de la cúpula, básicamente esos nuevos “talibanes de la política“, que han ascendido sin más méritos que su condición de repetidores de las “geniales ideas del jefe“. Es lógico: no hay imagen más exacta para demostrar qué cosa NO ES un intelectual que la de nuestro Ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque, o que la del Presidente del Instituto Cubano del Libro, Iroel Sánchez (alguien que fue capaz de decir en una de sus reuniones que la primera misión de un artista y de un intelectual era escuchar todos y cada uno de los discursos de Fidel Castro), o que la del comisario político vestido de intelectual (pero la mona, aunque se vista de seda, mona se queda) Carlos Mas Zabala, hombre de pensamiento falangista y de cuna ideológica estalinista.

 

Lamentablemente, luego de una gestión ministerial inicial donde logró hacer cosas interesantes y vitales para el desarrollo de la cultura cubana (sacando del fuego de ciertos políticos irracionales a unos cuantos intelectuales „díscolos“), Abel E. Prieto se ha ido convirtiendo en uno de los mayores represores del pensamiento independiente y en uno de los personajes del gobierno cubano a quien se atribuye la mayor cantidad de mentiras públicas (dichas a la prensa internacional casi siempre) en un intento fallido por silenciar las censuras, las represiones, las exclusiones, los encarcelamientos y hasta los fusilamientos sucedidos, al menos, en los últimos cinco años. 

 

Ante esas circunstancias, ¿qué salidas tiene la intelectualidad? 

 

 

El complejo de culpa del intelectual.

 

La primera salida, es obvio, es superar de una vez su complejo de culpa inicial, que parece ser, todavía hoy, uno de los mayores frenos para el desarrollo de su pensamiento independiente y de su accionar como individuos ante la sociedad en los nuevos tiempos, como si aún estuvieran atados por un pasado del que no están nada contentos. Nuevamente remito a una relectura de muchos de los emails circulados en la „Guerrita de los emails“: se encontrará en unos cuantos, otra vez, el dolor de “no haber podido hacer nada útil” por la Revolución. 

 

Muy inteligentemente incentivado por el Ché (para sólo poner el ejemplo más notorio) en uno de sus más conocidos escritos (El hombre y el socialismo en Cuba), el complejo de culpa del intelectual, del cual hablara tanto (y todavía habla) Roberto Fernández Retamar, persigue al intelectual cubano. Personalmente escuché manifestaciones de ese complejo (distintas según las circunstancias de vida de cada escritor) a Eduardo Heras León, Reynaldo González, Pablo Armando Fernández, entre otros, mientras que a César López, Lisandro Otero, José Soler Puig o Julio Travieso, los vi orgullosos de haber dado “su granito de arena” a la derrota de Batista y el ascenso de la Nueva Era.

 

 A uno de ellos, en su hoy muy lujosa casa de La Habana, le escuché decir: “no tuve valor de coger un arma en aquellos momentos... me encerré en mis libros”, como si para demostrar su valía como ser humano fuera obligatorio estar entre esos jóvenes que murieron con un arma en la mano, luchando contra Batista.

 

En una conversación personal, en Las Tunas, con el presidente del Instituto Cubano del Libro, Iroel Sánchez, en relación con mi trabajo para Patricia Gutiérrez Menoyo y la Colección Cultura Cubana, llegó a decirme: “piensa si con lo que haces estás pagando a la Revolución lo que ha hecho por ti”. Otra vez la deuda, la culpa.

 

Pienso que, tanto en silenciamientos forzosos como en frustraciones, suicidios intelectuales y muertes (reales o culturales), la intelectualidad cubana ha pagado, y con intereses altos, su culpabilidad por la no participación en las luchas contra Batista (como sí lo hizo antes en las luchas contra otros tiranos y gobernantes corruptos). Si queda el consuelo, les pido que piensen en lo que hace unos meses dijera Mario Vargas Llosa: “no sé si realmente haya culpa en no haber participado en una lucha contra algo corrupto y criminal para implantar otro sistema tan corrupto y tan criminal como el anterior”.

 

Ese sentimiento de culpa, es curioso, existe también en el exilio cubano. A más de una veintena de escritores cubanos residentes en España, Estados Unidos, América Latina y Alemania (para mencionar los países sin citar nombres) les he escuchado su impotencia, a veces rabiosa, como de herida supurante y todavía abierta, de no poder hacer nada para cambiar las cosas en la isla. A algunos otros, por el contrario, se les puede escuchar diciendo en todos los foros que la única posición que conviene es la de “colarse en el mundo cultural establecido por el régimen”, aún cuando sobre ellos caiga la culpa de “dialogueros”.

 

 Nuevamente, tal modo de apreciar las cosas provoca posiciones autoexcluyentes: el intelectual se aísla en proyectos editoriales o culturales que tilda de “apolíticos”, o se dedica a denigrar de quienes insisten en mantener una posición activa cultural-políticamente hacia la promoción de cambios en la isla, o se encierra en una concha en la cual pretende ignorar, incluso, las razones de su exilio, o denigra de cuanta obra y cuanto autor y cuanto pensamiento intelectual salga de la isla, entendiéndolo como “al servicio del castrismo”, alimentando las exclusiones y las parcelas.

 

Pero queda claro: mientras los intelectuales cubanos no nos desprendamos de esa culpa por no haber hecho lo suficiente para que triunfara la Revolución, o de ese eterno agradecimiento a lo que la Revolución nos ha dado, o de esa maldita inconformidad por no poder hacer nada contra la Revolución de Fidel Castro, la unidad necesaria estará muy lejos de alcanzarse. Y sin unidad, bien se sabe, nada se logra en estos terrenos del pensamiento social y de la acción del ser humano en su sociedad, especialmente cuando se quieren promover cambios.

 

 

La ética vs. el individualismo egoísta

 

La segunda salida tiene que ver con el individuo que es cada intelectual, con su ética, con su natural egoísmo.

 

A estas alturas de la historia de la cultura universal es imbécil negar el papel del egoísmo en la creación. El creador es, por naturaleza, egoísta, y a partir de las derivaciones e influencias de ese egoísmo en su talento creativo, en su capacidad de trabajo, en su proyección como “ser generador de ideas” dentro de una sociedad, es que puede llegar a ser uno de “los elegidos” o permanecer en el justo rincón de los que siempre harán bulto (sin que ello signifique menosprecio, que ya se sabe la cultura de un país está formada tanto por los grandes creadores como por los solamente buenos, mediocres y distinguiblemente malos).

 

El problema del intelectual comienza cuando no logra delimitar los espacios de acción de ese egoísmo (generalmente destinado a operar en la intimidad creativa) y de esa ética tan mencionada y tan poco usual en los medios intelectuales (que no por gusto va acompañada de la palabra “social”).

 

La intelectualidad cubana, bajo este presupuesto, no ha sabido mantener el imprescindible equilibrio, violentando su comportamiento ético a favor de su individualismo, marcado absolutamente por el egoísmo.

 

Analícese, dentro de la isla, las posiciones de la mayoría de los intelectuales que fueron prácticamente aniquilados en otras épocas y hoy comulgan con un proceso que hace a otros lo que a ellos se les hizo alguna vez. Analícese, en el exilio, donde se sabe Poderoso Caballero es Don Dinero, las posiciones de un amplio grupo de intelectuales que ponen sus ideas en manos de quien paga mejor (sea el gobierno cubano -- oh, el exilio blando o de terciopelo es una prueba irrefutable, o sea el partido o la institución del país que nos acoge). Analícese, en ambos entornos, las posiciones de aquellos que prefieren callar, aduciendo razones justificables o no, haciéndose cómplices, por ausencia y sin quererlo, de los muchos desmanes, divisiones, guerras entre cubanos, exclusiones, parcelaciones, etc., que suceden a su alrededor. Analícense, otra vez en los dos entornos, las posiciones de aquellos intelectuales que priorizan los espacios conquistados por su obra en el mundillo cultural nacional o internacional y para no poner esos espacios en peligro callan, no quieren ver (y hasta intentan justificar) las injusticias, las violaciones contra las libertades individuales, los contubernios económicos y de otras conveniencias, que afectan a sus colegas de la isla y el exilio.

 

Gracias a ese egoísmo es imposible que los intelectuales cubanos comiencen a intentar sanarse de las heridas, las divisiones, las clasificaciones denigratorias excluyentes, las excomuniones culturales, los odios personales, las guerras fratricidas entre grupos literarios y tendencias... Larga, muy larga es la lista de llagas que nuestro egoísmo impide sanar.

 

 

Las presiones (acá, allá, en todas partes)

 

La tercera salida es soltar el lastre de las presiones sociales. No soltar ese peso lleva al juego de la conveniencia, macabro juego, triste juego, bochornoso sobre todo.

 

La conveniencia es resultado de un modo de defensa. No puede negarse. El ser humano es un animal, aunque se diga “humano”, y como bestia biológica lleva en sus genes una marca indeleble: la de la supervivencia. Toda especie, ante un ataque, intenta sobrevivir, y tiene para ello mecanismos múltiples, también se sabe.

 

La conveniencia como método natural de supervivencia salta cuando las presiones del entorno social se recrudecen por determinadas circunstancias, históricas, políticas, económicas. Los cubanos, ya por más de cuatro décadas, hemos recibido presiones de esa sociedad en la cual hemos vivido en la isla, o a la que nos hemos trasladado, en el exilio. Son presiones distintas, variables, tanto en gradación como en permanencia. El sistema social creado por Fidel Castro en la isla es uno de los más cerrados para el desarrollo de las libertades individuales (lo ha demostrado la propia historia del socialismo), y por ello, cada ciudadano ha tenido que desarrollar ese instinto de supervivencia, cuya manifestación más visible, socialmente hablando, es la llamada doble moral o doble comportamiento social del cubano. Asimismo, aquellos sistemas a los cuales se han trasladado la mayoría de los cubanos, con sus leyes de competencia, de fomento del individualismo, donde impera (otra vez) el Poderoso Caballero Don Dinero, es también un sistema cerrado que obliga a tomar posiciones que van en contra de ciertas libertades (aún cuando se tengan otras), y crea otros traumas en la conciencia social del exiliado, tan dañinos como el de la doble moral. Para decirlo en buen cubano: en todas partes va resultando casi imprescindible vender el alma al diablo, aunque se pague en dineros diferentes, o en especias nada parecidas.

 

La conveniencia empieza a ser peligrosa cuando se establece como juego, como método de posicionamiento en una situación o un entorno equis, sea del signo que sea. El juego de la conveniencia intelectual es la manifestación más destacable, en el medio cultural, del influjo de la doble moral que hoy afecta a la totalidad del pueblo cubano, incluido el gobierno y sus personeros.

 

Dentro de ese juego de la conveniencia, en ambos escenarios (la isla y el exilio), solemos encontrarnos con intelectuales que terminan repitiendo las ideas de quienes les pagan mejor; con instituciones que cambian sus proyectos identitarios por convenios políticos de pura conveniencia (económica o de supervivencia); con grupos de poder intelectual que emplean la divisa „Divide y vencerás“ erigiéndose como “únicos” o “victimas no retribuidas” o “elegidos por la Historia”; con acercamientos oportunistas entre intelectuales y tendencias políticas de moda, muy publicitadas o en el poder, produciéndose con toda normalidad el conocido “cambiocasaquismo” y un listado amplio de “cambiacasacas”;  y con quienes han pasado a llamarse “la intelectualidad silenciosa” (a quienes Antonio Benítez Rojo llamó “los mudos invisibles”), especializados en no oír, no mirar, no opinar, en escenarios públicos y oficiales, aunque después sean los creadores de las “bolas” que circulan de modo público y atronante, a partir de sus propios comentarios insidiosos, inconformes, venenosos, parcializadores, exclusorios, en la intimidad de sus vida como intelectuales.

 

El único modo de librarse de todas esas ataduras es la defensa, a costa de cualquier precio, del pensamiento independiente frente a las presiones, al egoísmo natural del intelectual y frente al complejo o de deuda social. Si tu pensamiento se corresponde con el del gobierno  o sistema donde te encuentras, tu ética permanece inalterable, monolítica, limpia; no te verás obligado a asumir un doble juego moral que convertirá tu vida como individuo social en un escenario con dos puestas teatrales que deberás cumplir. Independencia es ética también: pensar distinto implica el respeto al pensamiento ajeno; implica el acercamiento respetuoso mediante el diálogo al proyecto social, político o cultural diferente al nuestro; implica tolerancia y mentalidad abierta; implica reverencia ante la unidad en la diversidad como concepto vital para el pensamiento de una Nación; implica pertenencia y colaboración a un proyecto amplio, abierto, plural donde se lleve a la Nación, a la Patria, a la Isla y al Sistema social elegido por los caminos de una democracia real donde se escuche la voz de todos sin limitaciones, sin límites de permisividad, sin empleos de la fuerza de quienes, temporalmente, son responsables de dirigir el poder desde las instituciones creadas para ello.

 

La defensa por el intelectual de su pensamiento libre es el único camino para su real y plena participación en la vida social de la isla como creador y motor de la parte de la conciencia social que le corresponde desarrollar. Sólo de ese modo la intelectualidad cubana será libre.

 

La experiencia hasta hoy ha demostrado que el juego de la conveniencia social en estos últimos 50 años ha llevado a nuestros intelectuales a planos bochornosos de esclavitud, desunión, servilismo, dependencia y mendiguismo cultural. De todos depende borrar esa mancha en la historia de nuestra Cultura.