Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

                                          Américo Martín, Venezuela

 

 

 

 

¿ES TAN NUEVA LA “GEOMETRÍA” DEL PODER?

(Fragmentos de su libro Socialismo: ¿Siglo XXI o Siglo XX?)

 

Los contumaces veinte soldados de la historia

 

            Una manera –no la única, claro, y tal vez no la mejor- de analizar la dinámica del poder es ponderando sus “signos externos”. Hay pequeñas y grandes formalidades que permiten marcar diferencias entre  los dirigentes de un gobierno democrático y el líder de un régimen autocrático. El alud de la concentración cada vez mayor de poderes en un sola mano y la reducción simultánea de los espacios independientes o de disidencia, suelen reforzar en los autócratas ideas desproporcionadas sobre su propio valor o sobre su misión. Es por cierto un patrón de conducta ampliamente conocido a lo largo de los siglos, que no interesa especialmente a los efectos del presente libro. Lo que en cambio vale destacar de ese padrón es la propensión en este tipo de mandatarios de alterar la geografía política de sus países con un bolígrafo y desde una atalaya lejana. Es como si se tratara de una operación militar trazada sobre un mapa, sin tomar en cuenta a las comunidades y pueblos históricamente arraigadas en sus espacios, cuyas vidas serán brusca e inesperadamente alteradas.

 

            La organización político-territorial de Venezuela sobre una matriz de veinte estados no obedeció al capricho de un gobernante, por muy poderoso que fuera. Lo mismo ocurre con muchos, por supuesto no todos, los municipios y parroquias. No quiere esto decir que sus límites no puedan ser alterados o su existencia misma no pueda terminar. Ya hay en Venezuela 24 estados, pero ese incremento obedece a un desarrollo natural, buscado y esperado. Que los Territorios Federales Amazonas y Delta Amacuro o que el Departamento Vargas se hayan convertido en estados es perfectamente lógico. La vida de nadie ha sido especialmente alterada por esos cambios y antes bien puede haberse visto beneficiada. La fuerza de la división político-territorial histórica deriva del arraigo social que ha adquirido. Se reconocen, claro está, ciertas flexibilidades. En la Constitución de 1961 los 20 estados clásicos, reconocidos como entidades autónomas e iguales no podían ser inmutables. Se admitía la posibilidad de que los Territorios Federales fueran convertidos en estados, como en efecto ocurrió, o incluso, que algunos estados fueran fusionados por ley o sus linderos pudieran ser corregidos. Era una sana previsión, pero el legislador no hizo uso amplio de semejante atribución, en radiante reconocimiento de que los estados no eran simples trazados lineales sino productos de una larga historia.

 

            El doctor Pedro Cunill Grau, maestro de geógrafos en América Latina, subraya la sólida conformación de las provincias constituidas en Hispanoamérica, denominadas estados desde la Constitución federal de 1863. Cunill afirma que el legado geohistórico estadal es “sumamente fuerte”

 

            “En Venezuela –dice Grau- sus orígenes se remontan a 465 años (…) Estas realidades se fueron retocando y consolidando en los siglos coloniales y en la primera mitad del siglo XIX”  Se fueron estructurando  así las veinte provincias que “con algunos cambios en sus topónimos, serían convertidas ulteriormente en estados” (39)

           

            ¿Será fácil destruir esta minuciosa urdimbre de siglos? El presidente Chávez cree que sí y a esa suprema meta se dirige el llamado “sacudón territorial”, uno de los cinco motores del socialismo siglo XXI. Después de arremeter frontalmente contra la descentralización, espera rehacer, conforme a sus pálpitos, el mapa político-territorial, incluidos los estados, los municipios y las parroquias. No ha sido el único en procurarlo. Antes que él, se lo propusieron y fracasaron en el intento, el presidente Antonio Guzmán Blanco en su Constitución de 1881 y el presidente Cipriano Castro en la suya de 1902. Guzmán redujo los veinte estados a nueve con el fin de controlarlos mejor, y Castro, en la misma línea, los redujo a trece. No obstante, la realidad de los 20 se reimpuso después de Guzmán y después de don Cipriano.

 

            Hay algo que identifica a estos personajes y es que no fueron mandatarios democráticos, independientemente de la obra notable dejada por el primero y la mediocre, del segundo. Podría pensarse que la manía de quebrantar el “legado de la historia” de que nos habla Cunill Grau es propia de dictadores y autócratas, debido a que pueden sobreponerse a las demandas colectivas, sofocar por la fuerza las presiones regionales y nacionales, irrespetar el principio de la legalidad y ejercer sin límites el poder. Pero los hechos desmienten esa presunción porque de los muchos régulos que plagan la historia republicana del país, sólo dos –y ahora tres, con Chávez- dispusieron una reagrupación caprichosa de estados y regiones sin tomar en cuenta los “gentilicios” formados por el tiempo. Aludiendo al mapa propuesto por el presidente Chávez, escribe la geógrafa Rosa Estaba:

 

            “El nuevo mapa político desdeñaría gentilicios que maduraron en las entidades federales durante siglos” (40)

 

            Por “gentilicio” ha de entenderse el profundo sentimiento de pertenencia que las generaciones van adquiriendo con los lugares donde viven y al paso de su desarrollo han crecido. El conocido y estupendo regionalismo y la identificación, por ejemplo, de los zulianos con su estado o los de los habitantes de Petare con su localidad, resultan de procesos que se pierden en el tiempo.

 

            “Se trata –continúa Estaba- de inventar, mediante la suma voluntarista de territorios, ciertas regiones o ejes de desarrollo con sendos vicepresidentes territoriales designados por el Ejecutivo  (…) Es el despropósito de centralizar y de sustituir o disminuir las unidades intermedias del gobierno y de poder, que nos retrotrae a pasadas iniciativas sin éxito”  (41)

 

Geometría impertinente, ejes, ciudades socialistas y regiones

 

            Guzmán Blanco, Cipriano Castro y Hugo Chávez tienen algo en común, más allá de su falta de hábitos democráticos, y es su personalidad. El delirio de grandeza, la convicción de que con ellos arranca la historia de Venezuela, que antes de su acceso al poder habría estado sumida en las sombras. Como el pasado no existe, proceden a borrar sus impertinentes huellas y en eso van desde la adopción caprichosa de nuevos nombres y formalidades para las 

mismas  instituciones y emblemas, hasta operaciones muy peligrosas como la encerrada en la promesa de realizar una nueva “geometría del poder”.

 

            Lo paradójico es que la aniquilación de esos gentilicios tan vinculados a la vida local nos haría víctimas inermes de la oficialmente rechazada globalización, fenómeno inevitable respecto del cual la única respuesta razonable es la de aprovechar sus ventajas, minimizando las desventajas (42) Pero para beneficiarnos de aquellas el país debería romper la condición monoproductora que se ha venido reimponiendo en los últimos años, diversificar su economía y consolidar sus espacios locales, que son escudos protectores en la medida en que alojan y alimentan fuerzas endógenas eventualmente capaces de participar en forma competitiva en el mercado global, y al mismo tiempo de defender nuestra cultura. Una economía monoproductora, dependiente por completo de la importación, con su red urbano-regional desarticulada y una hegemonía centralista asfixiante, tal cual tiende a configurarse la venezolana en los últimos años, será apendicular del sistema internacional, así el gobierno proteste y se tire al suelo. Brasil y Chile, por ejemplo, cuyas capacidades productivas internas crecen, se diversifican y multiplican, absorben tecnologías avanzadas y forman su personal bajo estándares internacionales, han entrado de lleno en el proceso globalizador en condiciones más favorables que las nuestras.

 

            El vocablo “geometría” usado por el presidente Chávez para definir su proyecto político-territorial, es muy revelador. Subraya Rosa Estaba:

 

            “El reemplazo del mapa de Venezuela repite fracasos anteriores basados en concebir el territorio como una figura geométrica, vacía de historia.

 

Se ignoran las concomitantes fuerzas de localización que explican la existencia objetiva y remiten de los ámbitos territoriales o entidades federales que los actores sociales han venido haciendo suyos al calor de nuestra arraigada y civilizadora red urbano-regional, nuestro más importante recurso para el progreso del país” (43)

 

            La nueva geometría del poder consagra el centralismo y revierte el significativo proceso descentralizador que cobró tanto impulso en 1989, cuando alrededor del nuevo concepto se produjo una verdadera confluencia nacional. Han tenido que ocurrir muchas abjuraciones para que la tesis del presidente Chávez pueda gozar del respaldo de sus seguidores, entre quienes militan antiguos esforzados luchadores por la descentralización. El problema es que muchas de las medidas que está adoptando o proponiendo el régimen bolivariano posiblemente provoquen un efecto contrario al perseguido. Al estudiar el Poder Comunal llamamos la atención sobre el hecho de que, concebido para suplantar municipios y alcaldías autónomas y centralizar el poder por su dependencia absoluta del Fondo organizado y tutelado por el presidente, ha introducido el germen de una descentralización incontrolable e iconoclasta. Y no puede ser de otra manera, debido a que otorga la plenitud del poder a las asambleas vecinales de los Consejos Comunales, mientras escucha voces que lo estimulan a dar una pelea inútil contra el “poder   constituido”.

 

            Desde la atalaya del poder, el presidente podría observar el vasto proyecto que se ha propuesto. En sentido macro, el país estaría cruzado por ejes de desarrollo siempre concebidos, planificados y ordenados desde el Olimpo del poder, con base en un sistema fuertemente centralizado cuyo vértice es la cumbre presidencial. Completarían esta visión de fantasía, las redes de fundos zamoranos, zonas especiales de desarrollo, consejos obreros, cooperativas y por encima de todo consejos comunales federados y confederados que darán lugar a ciudades artificiales, en principio llamadas “federales”, hasta que se descubra la última expresión de la metamorfosis: las “ciudades socialistas”

 

            En el diseño presidencial estos variados órganos administrativos carecen de autonomía, no son soberanos ni profundizan la descentralización, sino que por el contrario consolidan la centralización y el papel del presidente como centro del sistema solar, con sus planetas satélites. En su concreción sin embargo, pueden desatar tendencias descentralizadoras pugnaces, que no sirvan a uno ni al otro propósito.

 

            De esas quiméricas ciudades, la que probablemente incentive más el ánimo presidencial  es la ciudad petrolera socialista que se levantaría en las hoy despobladas orillas del Orinoco. Rosa Estaba considera que la idea es insostenible. Va contra la corriente. Sobrestima el poder financiero del gobierno,  tan atraído hacia obras colosales frecuentemente inconclusas o voluntariamente abandonadas, y desestima lo que la historia ha construido. En resumidas cuentas, el presidente concibe cuatro ejes para el desarrollo: el occidental, el norte-llanero, el oriental y el Orinoco-Apure.

 

Independientemente de la racionalidad o no que puedan tener, podrían arrojar resultados catastróficos por la forma improvisada, desordenada y caprichosa que las grava. En su afán de hacer a un lado la historia y enviar sus etéreos proyectos, Chávez corre el riesgo de centuplicar el error atribuido por Pérez Alfonso a la Gran Venezuela del primer gobierno del presidente Pérez (44)

 

            Una solución inteligente de la permanente puja entre la centralización y la descentralización fue la regionalización administrativa iniciada en Venezuela en 1969. Sin tocar la clásica división político-territorial cuyo espinazo son los veinte estados tradicionales, se le superpuso por decreto la división en ocho y después nueve regiones administrativas. La raison d’étre de tal decisión fue, digámoslo así, político-funcional. Se quiso fortalecer la planificación y de allí que las regiones fueran definidas como  “ámbitos espaciales básicos a los efectos de la planificación del desarrollo económico, social y físico del país; del proceso de ordenación territorial y urbana y de la ordenación de las actividades de la Administración Pública Nacional, Estadal y Municipal” (45)

 

            Se disponía también que los límites de las regiones, dictados por decreto presidencial, coincidieran “en lo posible” con los de los estados. Desde luego, siendo nueve debían necesariamente incluir varias entidades y excepcionalmente partes de algunas de ellas. Fue un esfuerzo interesante pero básicamente fallido, por las mismas razones que aquí se anotan y que el presidente no entiende. Menudearon los roces entre las regiones y los estados por un inevitable solapamiento de funciones. Los estados resistieron y terminaron imponiendo su idiosincrasia. Eso fue reconocido por el legislador que dictó en 1990 la Ley Orgánica de Descentralización, instrumento normativo que se propuso impulsar la tendencia  de hacer de los estados y municipios los ámbitos de base de la planificación y ejecución de la actividad administrativa nacional, regional y local.

 

            Pues bien, aunque parezca extraño, la “nueva geometría del poder” pasa por alto semejantes antecedentes. En su apremiante deseo de presentar un proyecto novedoso y revolucionario, Chávez comete el imperdonable error de regresar a ideas ya muy viejas, muy reaccionarias y muy impopulares. Si respetara la historia no se hubiese condenado a  repetirla (46)

 

La nueva geometría del poder en la reforma constitucional

 

            En los borradores de las actas del Consejo Presidencial para la Reforma Constitucional, juramentada el 17 de enero de 2007 por el presidente Chávez las ideas expuestas arriba se exponen en un tono de insólita agresividad. El propósito de barrer lo históricamente construido para sustituirlo por una marejada de instituciones nuevas y colonizar con fines de urbanización las tierras no ocupadas, toma un curso funambulesco. Las flamantes ciudades que surgirán por decisión superior serán, primero federales y luego, socialistas. En la historia de Venezuela nunca nadie propuso algo tan caótico. En el discurso de la juramentación de la Comisión, ya el presidente había marcado la pauta con una cauda de imprecisas alucinaciones:

 

            “Hay una idea que a mí me parece maravillosa y es crear un sistema de ciudades federales y territorios federales. Por ejemplo, aquí al lado de Caracas, entre Caracas y el mar vamos a hacer una ciudad nueva, pero va a ser una ciudad socialista, no va a ser una ciudad capitalista ¡no!” (…) “Yo me imagino 10, 15 o 20 territorios federales dispuestos a lo lago y ancho, pero es para concentrar allí el esfuerzo del gobierno y del pueblo, para desarrollar allí un conjunto de proyectos y lograr, en un plazo perentorio, que ese territorio pase de federal a comunal” (47)

 

            Para el profesor Alexander Luzardo, reconocido ambientalista venezolano, la idea de colonizar “espacios vacíos” es profundamente reaccionaria. En su criterio, repite la intentona de los gorilas militares brasileños en las décadas de los años 1960 y 1970 de ocupar y destruir la amazonia. El destino de semejante aventura no podía ser otro que la más completa derrota. Era altamente depredador, consumía ingentes recursos (48)

           

            En 1985 los militares de Brasil aplicaron el plan Cala Norte para la defensa de las fronteras. Desconociendo los frágiles ecosistemas de la vasta Amazonia, instalaron unidades militares en las poblaciones fronterizas con la intención de combatir la posible entrada de insurgentes, y combatir el narcotráfico y el contrabando. Una vez más las movilizaciones humanas y de recursos ordenadas desde la cumbre tropezaron con el tejido social históricamente formado.       

 

            Un desastre más grave que los mencionados coronó la intensa campaña iniciada en la década de 1960 por el premier Nikita Jruschov en la URSS, con el objeto de   “colonizar las tierras vírgenes”. Desde el Kremlin, al vaivén de los caprichos del régimen, el Politburó pretendía movilizar poblaciones enteras y grandes instalaciones hacia los vastos territorios vacíos de la Unión, como si las concentraciones poblacionales tradicionales se debieran a motivos baladíes. Se ha dicho que el costoso fracaso de esa política, junto con la aventura de los misiles cubanos, fue determinante en la caída de Jruschov.

 

            Estos diseños quiméricos, que movilizan de un lado a otro millones de ciudadanos cuya opinión nadie se toma el trabajo de consultar, han sido propios de regímenes de fuerte signo totalitario, tales como el de los militares brasileños y el gobierno comunista soviético. En la misma forma parece haber procedido el régimen fidelista, al fundar la ciudad juvenil de Isla de Pinos o cuando decidió cambiar la histórica división del territorio nacional para llevarla de seis a 16 provincias. Las condiciones de Cuba no permiten la evaluación independiente de esas medidas.

 

            El espinazo de los nuevos territorios federales del proyecto chavista, concebidos como la semilla de la futura sociedad socialista, serán los Consejos Comunales. Sobre esas columnas se edificara el socialismo. Y pese a que en los borradores de la reforma filtrados a la prensa no se contempla todavía la eliminación de Gobernaciones, Alcaldías y Municipios, no queda la menor duda de que así ocurrirá. El presidente gobernará sobre territorios federales de proteicas fronteras, que podrán variar a su capricho. El Poder Comunal, los Territorios federales, las ciudades comunales y finalmente las ciudades socialistas perderán por completo su autonomía. Se piensa atribuirle al presidente la función de nombrar a discreción vicepresidentes territoriales que serán sus brazos largos, meras extensiones ejecutivas, ni más ni menos que las satrapías persas o los virreinatos coloniales de España.

 

            Son proyectos tan descabellados que difícilmente pudieran promoverse en países donde se mantenga en pie la libertad de expresión. Acribilladas por la crítica bien fundada, fábulas “geométricas”  como éstas no llegarían muy lejos. El control monopólico del poder, el desprecio a la disidencia y el progresivo estrangulamiento de la libertad de crítica suelen alimentar estas visiones cesaristas que tanto acarician la vanidad de los caudillos.

 

            ¿Cómo imagina el presidente Chávez que estas fábulas puedan tener la más mínima posibilidad de éxito?

 

 

NOTAS:

 

(39) Pedro Cunill Grau, Venezuela: Opciones geográficas, Grijalbo S.A. Caracas, Venezuela 1993

(40) Rosa Estaba, Sacudón Territorial, voluntarismo totalitarista, más y más miseria. Ponencia elaborada en febrero 2007

(41) Ibíd

(42) La globalización sufre los embates de un cierto nacionalismo, similares a los que en su tiempo golpearon la revolución industrial. La revolución industrial dio un poderoso impulso al desarrollo material y tecnológico, sin los cuales la Humanidad hubiera desaparecido de la faz del planeta. Pero arrasó con formas productivas, profesiones altamente apreciadas, y rasgos autóctonos de cultura. Hubo una reacción neurótica: desde la destrucción por los trabajadores de la nueva maquinaria hasta una imperecedera corriente literaria como el romanticismo. Los poetas se retiraban de las ciudades malditas a los paisajes naturales. Pero finalmente el mundo entró en la onda industrial, y el ser humano se salvó como especie. Las naciones mejor preparadas pudieron resistir exitosamente los aspectos negativos y brutales del maquinismo. Las peor preparadas se hundieron en el mundo del subdesarrollo. Exactamente lo mismo está ocurriendo con la globalización. Ofrece oportunidades gigantescas a quienes logren insertarse en forma inteligente en ella. Los aspectos brutales de la globalización como los de la revolución industrial podrían ser neutralizados con inteligencia, capacidad negociadora y sentido de la oportunidad. No se trata de entrar, sino de saber entrar

(43) Ibid

(44) Muchas críticas y no pocas defensas estallaron durante el gobierno de CAP, pero si comparáramos aquellas desproporciones con las del régimen del presidente Chávez, las críticas tendrían que multiplicarse y las defensas desaparecer. La Gran Venezuela fue un juego de niños al lado del Socialismo siglo XXI. Lo refleja –entre otros indicadores- el crítico nivel de la deuda pública externa e interna que a la altura del presente año agobia a Venezuela.

(45) Ley Orgánica para la Ordenación del Territorio, artículo 61, publicada en la Gaceta Oficial, No. 3238 extraordinario, 11 de agosto 1983

(46) En honor a la verdad, en los años 1990 fui un defensor de la idea de sustituir la división territorial con base en estados, por la de regiones administrativas. De 20 pasaríamos a 9, ni más ni menos que lo dispuesto por Guzmán Blanco, pero no exactamente con iguales límites. Escribí una tesis en defensa de tales ideas para mi curso de postgrado en Derecho Administrativo de la UCAB. No había medido en profundidad la potencia del legado histórico de que nos hablan los profesores Cunill Grau y Rosa Estaba, pero me rendí a esa verdad hace ya bastantes años. Espero que también lo haga el presidente Chávez sin necesidad de aguardar un desenlace que dará por tierra con su proyecto, a un costo seguramente muy elevado

(47) Reportaje publicado en el diario El Nacional, 17 de junio 2007

(48) Ibíd